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21 de mayo de 2018

Prólogo de Mujeres Que Ya no Sufren Por Amor

Foto cortesía de la librería Louise Michel Liburuak


Las mujeres que ya no sufrimos por amor somos pocas aún, pero somos cada vez más. No nos hemos liberado del dolor ni hemos encontrado la fórmula para ser felices en el amor, pero nos llamamos así porque ya no nos sentimos condenadas a sufrir por amor: sabemos que lo romántico es político, y que otras formas de relacionarnos, de organizarnos y de querernos son posibles.

Las mujeres que ya no sufrimos por amor estamos haciendo la revolución amorosa desde los feminismos: estamos poniendo sobre la mesa la importancia de reinventar el amor romántico para sufrir menos, y disfrutar más del amor. Las redes sociales y afectivas, las emociones y los cuidados están en el centro de nuestro pensamiento, nuestros debates y nuestras luchas.

Las feministas hemos logrado muchos cambios a nivel legislativo y político, y estamos despatriarcalizando todo: la ciencia, la educación, las religiones, la medicina, la filosofía, el periodismo y la comunicación, el cine, el teatro, la democracia, los deportes, las instituciones, la familia… pero nos queda mucho trabajo por hacer en el nivel sexual, emocional y sentimental.

Aunque hace décadas que luchamos por alcanzar la autonomía económica, hasta hace poco se había hecho muy poco por la autonomía emocional, y cada una tenía que buscar las herramientas individualmente para poder trabajar la dependencia sentimental y despatriarcalizar sus emociones. Hoy, sin embargo, estamos trabajando colectivamente fabricando esas herramientas para la revolución de los afectos.

Nuestra forma de amar es patriarcal porque aprendemos a amar bajo las normas, las creencias, los modelos, las costumbres, los mitos, las tradiciones, la moral y la ética de la cultura a la que pertenecemos. Cada cultura construye su estructura emocional y sus patrones de relación desde una ideología concreta, por eso nuestra forma de amar en Occidente es patriarcal y capitalista.

Las niñas y los niños recibimos mensajes opuestos y aprendemos a amar de forma diferente, así que, cuando nos encontramos en la adultez, resulta imposible quererse bien. Los niños aprenden a valorar y defender su libertad y su autonomía; las niñas aprenden a renunciar a ellas como prueba de su amor cuando encuentran pareja. Las niñas aprenden a situar el amor en el centro de sus vidas, mientras que los niños aprenden que el amor y los afectos son “cosas de chicas”. Las niñas creen que para amar hay que sufrir, pasarlo mal, aguantar y esperar al milagro romántico; los niños, en cambio, no renuncian ni se sacrifican por amor. Las niñas aprenden a ser dulces princesas; los niños, a ser violentos guerreros. Ellas creen que su misión es dar a luz a la vida; la misión de ellos es matar al enemigo. Mientras ellas se hipersensibilizan y dibujan corazones por todos lados, ellos se mutilan emocionalmente para no sufrir y se preparan para ganar todas las batallas.

Así las cosas, no es de extrañar que cuando nos juntamos para amarnos el encuentro sea un desastre. En estas condiciones es imposible construir una relación basada en el respeto mutuo, el buen trato y la igualdad. Es imposible gozar del amor en una estructura de relación basada en la dominación y la sumisión, y en las luchas de poder que nos quitan gran parte de nuestro tiempo y energía: las guerras románticas que sostenemos nos impiden disfrutar del amor y de la vida.

Aprendemos a amar desde nuestra experiencia personal con la familia y el entorno más cercano, pero también con los relatos que mitifican el amor e idealizan unos modelos determinados de masculinidad y feminidad. Mitificar el amor sirve para que las mujeres, movidas por la pasión amorosa, interioricemos los valores del patriarcado, obedezcamos los mandatos de género y cumplamos con nuestros roles de mujer tradicional, moderna y posmoderna a la vez.

Estamos disfrutando de un salto tecnológico impresionante que nos permite contar relatos en múltiples formatos y soportes, pero el esquema narrativo de las historias sigue siendo el mismo: “Mientras él salva a la humanidad, ella espera a ser rescatada de la pobreza, de la explotación, de un encierro, de un hechizo, o de una vida aburrida. Cuando él termina su misión, va a buscarla y se la lleva a palacio, donde ambos vivirán felices y comerán perdices”.

Por culpa de estos cuentos, desde pequeñas nos convertimos en adictas a la droga del amor romántico, y así nos tienen entretenidas soñando con nuestra utopía romántica. Al patriarcado le conviene que permanezcamos encadenadas a esta ilusión, cada cual buscando la manera de ser rescatada por un príncipe azul. El milagro romántico nos aísla de las demás: para el patriarcado no hay nada más peligroso que las mujeres unidas, alegres y empoderadas trabajando en equipo en busca del bien común.

El romanticismo patriarcal es un mecanismo de control social para dominar a las mujeres bajo la promesa de la salvación y el paraíso amoroso en el que algún día seremos felices. La monogamia, por ejemplo, es un mito inventado exclusivamente para nosotras; ellos siempre han disfrutado de la diversidad sexual y amorosa y nos han prohibido que hagamos lo mismo. En el pasado, las leyes permitían a los hombres matar a sus esposas adúlteras. Hoy en día, la infidelidad femenina sigue siendo inaceptable, mientras se disculpan las “canitas al aire” de los hombres. Las mujeres seguimos sacrificándonos, renunciando, aguantando y sufriendo “por amor”, seguimos trabajando gratis en casa y en los cuidados “por amor”, seguimos soñando con la salvación personal a través del amor.

El patriarcado sigue vivo en nuestros corazones y goza de una excelente salud, por eso es tan importante hablar en términos políticos de nuestras emociones y relaciones. Desde mi perspectiva, el amor es un arma muy potente para revolucionar nuestro mundo y cambiarlo de abajo arriba. Podemos liberarlo de toda su carga patriarcal y expandirlo más allá de la pareja, hacia la comunidad. Podemos eliminar las jerarquías y luchas de poder entre nosotros, y construir nuestras relaciones con los demás desde la ternura, la empatía, la generosidad, la solidaridad y el compañerismo.

¿Os imagináis cómo sería el mundo si las mujeres, en lugar de despilfarrar nuestro tiempo en el amor romántico, lo dedicásemos a la lucha por una sociedad más libre e igualitaria? ¿Os imagináis a millones de mujeres trabajando unidas por la defensa de la naturaleza y los derechos humanos? Yo sueño con el día en que el amor rompa la barrera del dúo y pueda expandirse para cambiar toda nuestra forma de organizarnos y de relacionarnos.

Ese día aún está muy lejos: las ideas evolucionan a toda prisa, y somos geniales a la hora de imaginar nuevos modelos amorosos y nuevas formas de relacionarnos, pero las emociones evolucionan lentamente a lo largo de las décadas, y no podemos cambiar en dos semanas nuestra forma de sentir. Son muchos siglos de patriarcado los que llevamos a cuestas, y no tenemos herramientas aún para gestionar nuestras emociones. Seguimos con la misma madurez emocional de los primeros Homo sapiens: sentimos las emociones más básicas (alegría, ira, tristeza, miedo) de manera similar. La mayor parte de la humanidad resuelve sus conflictos con violencia, porque no nos educan para hacer frente a los tsunamis emocionales que nos invaden cada vez que sufrimos y hacemos sufrir a los demás. En las escuelas no nos enseñan a querernos bien, y cuesta mucho trabajo aprender a relacionarse con amor con nosotras mismas, con nuestro entorno y con la gente a la que queremos.

Sin embargo, estamos… en ello. 

Cada vez somos más mujeres pensando y debatiendo sobre nuestra forma de querernos y relacionarnos, cada vez somos más las que queremos liberar al amor del patriarcado, y las que reivindicamos nuestro derecho al bienestar, al placer y a la felicidad.

Las mujeres que ya no sufrimos por amor estamos analizando nuestra cultura amorosa para transformarla de arriba abajo, buscando otras formas de querernos, fabricando colectivamente herramientas para aprender a usar nuestro poder sin hacer daño a los demás, y para construir relaciones bonitas con los demás. Relaciones desinteresadas, relaciones basadas en el amor compañero, relaciones basadas en el placer, la ternura y la alegría de vivir.

Estamos con la imaginación activada, buscando nuevas formas de relacionarnos con nosotras mismas y con los demás. Queremos un mundo mejor para todos y todas, un mundo sin violencia, y sin guerras. Nuestro objetivo común es parar la guerra contra las mujeres y entre las mujeres, y contra nosotras mismas: queremos aprender a querernos bien para poder amar a los demás de la misma manera.

La revolución amorosa es a la vez personal y colectiva: lo romántico es político, pero también es social, económico, sexual y cultural. Queremos que el amor deje de ser un instrumento de opresión para utilizarlo como motor de la revolución sexual, afectiva y de cuidados en la que estamos trabajando desde los feminismos.

Las mujeres que ya no sufrimos por amor nos estamos cuestionando todo: ¿cómo desmitificamos el amor?, ¿cómo vamos a trabajar los patriarcados que nos habitan?, ¿cómo acabamos con las relaciones de dominación y sumisión?, ¿cómo nos liberamos de las masculinidades patriarcales?, ¿cómo aprendemos a amar sin hacernos la guerra?, ¿cómo podemos construir relaciones placenteras, hermosas, respetuosas, e igualitarias?, ¿cómo aprendemos a resolver nuestros conflictos sin violencia?, ¿cómo tejemos redes de cuidado, de trabajo cooperativo, de solidaridad con la gente?, ¿cómo vamos a trabajar desde el feminismo para reapropiarnos del placer, para reinventar el amor, para liberar al deseo de la culpa y los miedos?

Estamos en un momento apasionante. Por fin el amor ha dejado de ser un asunto íntimo y privado para convertirse en un debate social y político. Ahora hablamos de amor en las redes sociales, en las asambleas, en los bares, en las tesis doctorales, en los blogs, en los congresos y en las fiestas populares.

Las mujeres que ya no sufrimos por amor aún lo pasamos mal, pero no nos sentimos solas. Todas queremos vencer al monstruo de la soledad que nos tiene muertas de miedo, queremos superar la dependencia emocional, y aprender a amar desde la libertad, no desde la necesidad.

Es mucho el trabajo que tenemos por delante: queremos construir un amor compañero en el que nos sintamos libres e iguales. Queremos relaciones basadas en el buen trato, en el placer compartido, en la honestidad y la ternura. Queremos cambiar nuestra relación con nosotras mismas, y entre nosotras. Y queremos acabar con el patriarcado, la desigualdad, la pobreza y la violencia. Se trata de reinventar el amor para que nos alcance a todos y a todas.

El amor es una herramienta maravillosa para la transformación individual y colectiva. Cuando el amor no se reduce a la pareja y llega al vecindario, al barrio, al pueblo, entonces es un motor para construir una sociedad libre de explotación, violencia, jerarquías y dependencias.

La revolución amorosa que estamos llevando a cabo las mujeres feministas pone en el centro la alegría de vivir, los afectos, los cuidados y el placer. Sabemos que otras formas de quererse y organizarse son posibles, y aquí estamos: unidas, creativas y combativas, reivindicando el disfrute y el placer. Somos las mujeres que ya no sufren por amor.


Coral Herrera Gómez: Mujeres que ya no sufren por amor: Transformando el mito romántico, Editorial Libros de la Catarata, Madrid, 2018.






¿Cómo puedo conseguir el libro?

- Puedes encargarlo en tu librería favorita. 

- Puedes comprarlo on line en la web de la Editorial Catarata

- Puedes pedirlo en Amazon


16 de mayo de 2018

Feminismo para sufrir menos, y disfrutar más del amor: nuevo libro de Coral Herrera Gómez




En su nuevo libro, "Mujeres que ya no sufren por amor: transformando el mito romántico", Coral Herrera Gómez analiza la manera en la que aprendemos a ser hombres y mujeres, y a relacionarnos entre nosotros, con el objetivo aportar su granito de arena para liberar al amor de su carga machista y patriarcal. La autora cree que para poder sufrir menos, y disfrutar más del amor necesitamos herramientas para desmontar el amor romántico, y para llevar la teoría feminista a la práctica.

Coral Herrera afirma que el amor es una energía que mueve al mundo, y tiene un potencial transformador que es revolucionario a todos los niveles, porque puede cambiar nuestra forma de sentir, de gestionar nuestras emociones, de relacionarnos y de organizarnos social, política y económicamente. Ella nos invita a trabajar individual y colectivamente para despatriarcalizarlo, reinventarlo, ensancharlo, multiplicarlo, y expandirlo más allá de la pareja.

Bajo el lema de que lo romántico es político y otras formas de quererse son posibles, la autora propone algunas claves para desaprender todas las creencias en torno a la utopía romántica posmoderna de corte individualista que nos mantiene anestesiadas, aisladas unas de otras, en eterna búsqueda del amor, encerradas en nuestra burbuja de miedos, y creyendo que estamos condenadas a sufrir por amor.

Coral Herrera trabaja desde la autocrítica amorosa feminista. Para aprender a querernos bien, y para poder relacionarnos de una forma más libre, igualitaria y amorosa con nosotras mismas, entre nosotras, y con los hombres, cree que es esencial que analicemos las relaciones de poder y las herramientas que tenemos para unirnos, para separarnos, para disfrutar del amor, para arreglar nuestros problemas y resolver los conflictos que tenemos con nuestras parejas y con las demás relaciones que construimos con nuestros seres queridos.

En esta recopilación de artículos, escritos con un lenguaje accesible y con espíritu alegre y combativo, la autora nos abre las puertas de una nueva utopía amorosa de carácter colectivo en la que quepamos todas y todos. Para llegar a ella es necesario hacer una revolución afectiva, sexual, amorosa, emocional, y cultural que nos permita construir relaciones más sanas y más bonitas.

Las mujeres que ya no sufren por amor son las protagonistas de esta transformación social  y esta revolución amorosa: hemos puesto en el centro del debate y la lucha feminista la ética de los cuidados, la política de las emociones, y el derecho de las mujeres al placer, al bienestar, y a disfrutar del amor, y de la vida en libertad, y en buenas compañías.


Coral Herrera Gómez es Doctora en Humanidades y Comunicación, escritora y bloggera, y coordinadora del Laboratorio del Amor, una red social de mujeres y un taller permanente en torno a los estudios sobre las relaciones amorosas desde una perspectiva de género. Ha trabajado como consultora de comunicación y género en organismos internacionales como Unesco, ILANUD, AECID y actualmente trabaja en UNED Costa Rica, y en Observatorio de Medios y Comunicación Centroamericano (GEMA). Escribe en su blog desde hace siete años y colabora en diversos medios de comunicación como Mente Sana o Pikara Magazine. Ha sido profesora e investigadora en la Universidad de la Sorbona en París IV, en la Universidad Carlos III de Madrid y ha publicado varios libros, entre los que destacan La construcción sociocultural del amor romántico (Fundamentos, fecha) y Más allá de las etiquetas (Txalaparta, 2011). También ha participado en varios libros colectivos e imparte conferencias en congresos internacionales sobre comunicación y género.



Herrera Gómez, Coral: Mujeres que ya no sufren por amor, Editorial Catarata, 2018, Madrid.



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8 de mayo de 2018

¿Y tú, a qué estás esperando?


by Sean Joro, Hule

Esperamos que nos vuelvan a invitar a salir después de la noche de pasión,
esperamos que no sea la primera y también la última. 
Esperamos que nos contesten un wassap, una mensaje, un mail, una llamada, 
esperamos que nos den un toque de facebook, un corazoncito en instagram, un like en twitter...
Esperamos que nos salve del aburrimiento y del vacío existencial, 
que nos cure los miedos y nos haga felices, 
que sea tan bonito como nos lo contaron,

que nos quepa el zapatito y nos lleve a su palacio de cristal.
Esperamos el final feliz que nos merecemos,

esperamos que sea para siempre. 

Esperamos a que llegue a casa al final del día,
Esperamos que no nos mienta, 
esperamos a ver si cambia,

esperamos a ver si se cura, 
esperamos a ver si arregla sus problemas, 
esperamos a ver si se divorcia de su esposa de una vez por todas. 
Esperamos a ver si le llega la madurez como por arte de magia, 
esperamos a ver si asienta la cabeza (junto a nosotras), 
esperamos ser las elegidas para formar una familia, 
esperamos que no nos de plantón de nuevo. 
Esperamos a ver si paga la pensión alimenticia. 
Esperamos a ver si desaparece de nuestras vidas y nos deja en paz, 
esperamos al futuro a ver si allí volvemos a enamorarnos. 
Esperamos que la próxima vez podamos hacerlo mejor, 
Esperamos la llegada del nuevo príncipe azul,
Esperamos que nuestro amor lo conmueva, lo transforme, lo deleite. 
Esperamos que aprenda, que reflexione, que tome decisiones, que de el paso, que reaccione.  
Esperamos que algún día deje de tener miedo y sea valiente. 
Esperamos que la próxima vez no vuelva a ocurrir. 
Esperamos que algún día nos necesite, 
esperamos que algún día él se de cuenta de lo especiales que somos, 
que pase algo mágico y aprenda a amar, 
que venga a nosotras rendido de amor y ternura.
Esperamos ser importantes y necesarias, 
esperamos poder salvar a quien nos lo pida, 
esperamos el milagro que nos regale el amor verdadero.

Esperamos demasiado. 
Esperamos en vano. 
Esperamos para nada. 

¿Y tú, a qué estás esperando para liberarte de la espera?


29 de abril de 2018

Las novias de La Manada







Las novias de #LaManada. Pienso mucho en las novias de los violadores sevillanos. No puedo dejar de pensar en cómo el amor nos ciega a las mujeres hasta el punto de no poder apreciar el peligro que corremos estando con un violador. Pienso en concreto en ellas porque he leído que creen que sus chicos son buenas personas. Aunque les ponga los cuernos, aunque se junte con amigos para violar y eyacular en el cuerpo de una mujer sin condón, aunque le roben el móvil para que no pueda pedir ayuda, aunque la dejen tirada y desnuda en un portal. Algunas defienden la inocencia de su novio aunque él mismo haya grabado su crimen y haya presumido de ello en su grupo de Whatssap. Imagino que alucinarán con las cientos de miles de personas que salimos a protestar el día de la sentencia, imagino que no entenderán porqué nos duele tanto la absolución de violación.

El entorno de los violadores culpabilizan a la víctima. Aplauden al violador cuando asegura que ella disfrutó mucho más que él. Las novias de La Manada, ¿Se podrán poner en el lugar de la víctima en algún momento?, ¿O creen que por culpa de ella todo el mundo llama violador a su novio, cuando en realidad lo que hicieron es una «fechoría», o una «chiquillada», cosas que hacen los chavales con novia cuando salen a divertirse?. Eso es lo que asegura el abogado y el juez: ella quiso y ahora los denuncia para hundirles la vida.

Las novias de #LaManada son como las heroínas de las novelas románticas, esas mujeres que creen ciegamente en su príncipe azul y defienden a su violador a capa y espada, creyendo que su entrega y fidelidad serán recompensados algún día. Las imagino indignadas pensando que qué injusto es que su chico sea tratado como un delincuente, y con miedo por el próximo juicio que tienen por otra violación grupal en Córdoba, porque aunque los absuelvan por violación algo les caerá por abuso. También imagino sus dudas y sus miedos, y lo que sentirán cuando algunas de sus amigas traten de hacerles ver que su novio además de machista es violento y peligroso, para ellas y para las demás mujeres. Debe de ser bien difícil estar en ese lugar, luchando por dentro y aferrandose al amor que sienten para perdonar las infidelidades, las mentiras, el machismo y para aguantar todo por amor. 

Esta es la trampa del romanticismo patriarcal en la que caen miles de mujeres casadas con puteros y violadores como los de La Manada. Unos violan gratis y otros pagando, unos a solas y otros en grupo, pero sus esposas creen que son buenas personas porque no perciben las mentiras y los cuernos como parte de la violencia machista que sufren. La dependencia emocional nos mantiene atrapadas a muchas en relaciones con machistas asquerosos y así seguirá siendo mientras nos sigan estafando con el mito del Amor romántico. 

Las novias de La Manada no son «ellas», somos nosotras. Somos muchas las mujeres que pasamos años de nuestras vidas drogadas de amor romántico, todas en mayor o menor medida hemos buscado el príncipe azul y soñamos con la salvación. Muchas de nosotras, incluidas las feministas, nos autoengañamos esperando un cambio o un milagro en relaciones en las que no hay amor. Muchas aguantamos y sufrimos por amor, nos empequeñecemos para que nos quieran, nos quedamos en relaciones en las que no nos tratan bien y no nos sentimos felices. Todas nosotras nos hemos puesto sumisas creyendo que así nos van a querer más, hemos dejado de ser nosotras mismas, nos hemos entregado de un modo total y completo al amor. El autoengaño es global: la estafa romántica nos tiene anestesiadas a millones de mujeres en todo el mundo. Así que las novias de los violadores no son ellas, somos nosotras.

Hay que liberar al amor del machismo, hay que salir de las relaciones con tíos machistas, hay que dejar solos a los tíos violentos, hay que visibilizar sus caras, nombres y apellidos para que ninguna vuelva a querer y a cuidar a tipos así.

 #MachismoMata#LoRománticoEsPolítico

1 de abril de 2018

El masoquismo romántico


Todo el masoquismo romántico lo hemos heredado del cristianismo. Nos gusta sufrir por amor porque Dios, el ser que más nos ama, se sacrificó por nosotros y sufrió una agonía terrible en la cruz para salvarnos de nuestros pecados y para demostrarnos cuanto nos quería. La cultura cristiana ensalza y adora esta capacidad para el sacrificio y el sufrimiento de Jesús, y nosotras aprendemos que eso es el amor, y así nos entregamos a él: devotas, de rodillas, sumisas, sufridoras, llenas de angustia y de dolor, como la Virgen María siguiendo a su hijo hacia la muerte. 

Son muchos siglos de sadismo y masoquismo y por eso nos cuesta tanto disociar el amor del sufrimiento: seguimos creyendo que cuanto más sufrimos, más grande va a ser la recompensa que recibiremos. Nos prometen que alcanzaremos el Reino de los cielos, el paraíso romántico con nuestro Salvador, el Príncipe Azul.... y así es como caemos en la trampa de creer que es inevitable pasarlo fatal cuando amamos a alguien, nos pensamos a nosotras mismas como condenadas a sufrir el amor como si fuese una enfermedad, y como si no pudiésemos hacer nada por dejar de sufrir. 

Resulta difícil desmontar la religión del romanticismo patriarcal, pero estamos en ello. Ya no nos resignamos, ya sabemos que no queremos torturas, castigos, culpa, desgarros, agonías: queremos disfrutar de nuestro derecho al placer y a la ternura con un compañero o compañera. Queremos un amor para ser felices, para crecer, para gozar. Queremos sufrir menos, y disfrutar más del amor, y de la vida, que es muy corta y hay que vivirla con alegría 

#DiNoAlMasoquismoRomántico #StopSufrimientos #DerechoAlPlacer#QuererseBien #AmarEnLibertad #AmarConAlegría #Disfrutar#OtrasFormasDeQuererseSonPosibles

13 de febrero de 2018

San Valentín 2018

Veo a muchas chicas hablando del día de San Valentín, no veo a ningún chico hablando de tan sagrada fecha, ¿será que a ellos les importa poco o muy poco, y que a nosotras mucho, o demasiado? Da qué pensar, ¿no, compañeras?, ¿nos lo miramos juntas?



11 de febrero de 2018

Otras formas de organizarnos son posibles



En la actualidad nos organizamos en jerarquías: arriba unos pocos multimillonarios, en su mayoría hombres blancos, y abajo todos los demás. Cada uno ocupamos una posición diferente dentro de esta pirámide social y económica, dependiendo del país en el que hemos nacido, la clase a la que pertenecemos, si somos hombres o mujeres, si somos heteros o no lo somos, la edad que tenemos, la profesión que ejercemos, la religión que seguimos...

Entonces para que unos pocos dejen de acumular todo el poder y todos los recursos explotando a los demás, tenemos que acabar con esta jerarquía y buscar otras formas de organizarnos social y económicamente de manera que todos podamos disfrutar de la vida. Nuestras relaciones personales y sociales son interesadas, nos relacionamos con la estructura de dominación y sumisión, y perdemos mucho tiempo y energías en luchas de poder en las que todos queremos ganar, o al menos, intentamos que no abusen de nosotros.

Hay que acabar con el patriarcado y el capitalismo: son formas de organizarnos y relacionarnos que no nos sirven. Si fuesen buenas, el mundo iría de maravilla, pero resulta que es justo todo lo contrario: nos dirigimos de cabeza hacia la autodestrucción.

La especie humana sobrevivió gracias a nuestra capacidad para cuidarnos los unos a los otros, para colaborar, cooperar, trabajar en equipo, y ayudarnos mutuamente. Ahora vivimos en un mundo atroz, en parte porque hemos abandonado estas redes de cuido, de trabajo en equipo, de solidaridad en grupo, y necesitamos volver a recuperarlas para hacer frente a un sistema injusto, desigual y violento. Es urgente acabar con la pobreza y dejar de destrozar el planeta, es urgente cambiar el modo de producir y de consumir, es urgente acabar con las guerras y la violencia. Hay que redistribuir las riquezas para que nos alcancen a todos, hay que dejar de construir enemigos, y lo más importante: hay que seguir trabajando para que todos y todas tengamos garantizados las libertades y los derechos humanos fundamentales.

Si, otras formas de organizarse y de relacionarse son posibles: necesitamos mucha generosidad, mucha solidaridad, mucha alegría de vivir y mucho amor del bueno para construir un mundo más humano, más pacífico, más justo, más igualitario y diverso en el que quepamos todos y todas.

Coral Herrera Gómez

10 de febrero de 2018

Qué bonito es el amor (correspondido)


·"MiniCuadro", de David Fernandez Saez


A veces en la vida pasan cosas extraordinarias, como enamorarte de alguien y ser correspondida. Es una de las experiencias más hermosas y alucinantes de estar viva. Querer y que te quieran, estar en el mismo momento, en la misma onda, con la misma energía puesta en el amor, con la misma curiosidad y fascinación por adentrarse en el interior de la otra persona . Tener el mismo ritmo, tener las mismas ganas, la misma ilusión, y parecidas ideas sobre el amor y la pareja. Que nos apetezca a los dos lo mismo, que nos pase a los dos lo mismo, que nos veamos los dos inundados de la borrachera del enamoramiento a la vez.

No es frecuente, pero pasa. Yo lo he vivido algunas veces en mi vida y ha sido maravilloso. Es bien difícil que ocurra, porque todos llegamos al amor con nuestros miedos, resistencias, intereses, deseos, y con nuestro pasado a las espaldas. Es bien difícil que se de la chispa entre dos personas a la vez, y que puedan vivirlo con la misma intensidad ambos. A veces vivimos ese espejismo durante unos días, pero pronto empiezan los peros, los problemas, las definiciones, los miedos, y ya no resulta tan fácil gozar del amor. 

Para mi ese momento que transcurre entre el primer beso y el ¿"qué somos?" es un espacio de incertidumbre deliciosa, porque es el momento máximo de libertad total, y trato de alargarlo lo más posible cuando los dos estamos disfrutando con tanta intensidad y tanta alegría. No hay ninguna palabra que reduzca o limite el encuentro, no hay ningún límite al placer. El cuerpo nos lleva al otro cuerpo, llamamos sin saber si estamos haciendo bien o no, queremos drogarnos como locas y lo más alucinante es que a la otra persona le pasa lo mismo. No hay límites al amor, sólo muchas ganas de verse y de compartir placeres. No hay obligaciones ni compromiso, sólo el aquí y el ahora: podemos detener el mundo y amarnos como si no hubiera un mañana. No sabemos si será una gran historia de amor ni cuánto durará, pero no nos importa porque lo único que queremos es saborear el presente y disfrutar de una oportunidad única de vivir en un estado de locura total durante un tiempito que siempre nos parece corto. 

Porque después de este tiempito de felicidad desbordante y colocón permanente, generalmente viene la realidad y pasan muchas cosas: que nos definimos como amantes clandestinos, novios o novias oficiales, rolletes de primavera, amiguitos. A veces no nos gusta la posición en la que nos han colocado o el modelo que hemos elegido para construir la relación. Suele pasar que baja la intensidad, nos tranquilizamos un poquito, reanudamos nuestras rutinas, nos vamos conociendo mejor y ya no nos gustamos tanto. A veces pasa que uno quiere compromiso formal y el otro no, que uno se está enamorando demasiado y el otro demasiado poco, que no tenemos nada que ver, que no hay compatibilidad, que no hay tiempo para el amor, que no hay ganas de profundizar, que no hay ganas de ir a ninguna parte, que hay demasiados miedos o demasiados obstáculos para disfrutar del amor, o que la otra persona no tiene las cualidades que buscábamos en la pareja ideal. 

Entonces lo realmente extraño es cuando no hay ningún "pero". Cuando a ninguno de los dos se nos pasa. Cuando no hay problemas y sigue sin haberlos. Cuando no ha habido ninguna señal que nos haga ver que estamos aterrizando en la realidad, que el cuento se terminó, que ya no hay más droga gratis. Cuando podemos seguir la fiesta del enamoramiento sin muros, sin obstáculos, sin peros, sin que nadie ni nada nos lo impida. Cuando la cosa en vez de disminuir se hace más grande, cuando ambos permanecemos desnudos y con el corazón abierto, cuando nuestra vida sigue inundada de risas, de sonrisas, de caricias, de juegos, de conversaciones profundas, de abrazos, de sesiones increíbles de sexo... cuando todo esto nos pasa, no queda otra que disfrutar intensamente, zambullirse en la historia, sentir el placer de poder amar sin prohibiciones, sin obstáculos, sin tener que dismular o reprimirse. Sentir el placer de ser amada. Sentir una intensa alegría de vivir sin miedo a que se acabe. 

No todo el mundo lo logra: no es fácil disfrutar del amor. Y no todo el mundo sabe qué hacer cuando se presenta la felicidad así como así, sin avisar. Pienso, por ejemplo, en esas parejas que se quieren mucho y para no aburrirse, se inventan problemas, se pelean, batallan y se reconcilian. Creen que el amor es una guerra y que cuanto más dolor sientan, más pasión desbordan.

Definitivamente, disfrutar del amor es un arte y requiere entrenamiento para poder vivirlo sin boicotear la relación y sin boicotearse a sí misma. Necesitamos herramientas para poder ser felices sin más, para poder disfrutar del presente, para nutrir la llama del amor, para construirlo día a día, para compartir la alegría y el amor el tiempo que dure. El tiempo que nos dure. 


24 de enero de 2018

Entrevista a Coral Herrera Gómez en Diario Público




Entrevista a Coral en Público por Beatriz Asuar Gallego:

Los mitos del amor y la realidad de las relaciones sociales: una distancia tan grande que parece existir en mundos paralelos. Este es uno de los motivos que impulsó a la antropóloga Coral Herrera a comenzar a investigar sobre el amor romántico: "Desde pequeña me contaban cuentos que luego no veía en la realidad. Lo que veía en mi vida eran peleas, divorcios, gente sufriendo, errores… y los mitos me presentaban el amor como algo maravilloso y que dura para siempre".

Buscando cómo llevar la teoría a la práctica y, sobre todo, conseguir "sufrir menos y disfrutar más del amor", comenzó a estudiar el amor desde una perspectiva feminista. Así, se lanzó a un mundo todavía desconocido e hizo la primera tesis sobre amor romántico. "El amor tiene que ser algo bonito y placentero, un motor que nos lleve a querernos y tratarnos bien y hacer un mundo mejor. Por eso, cuando termine la tesis doctoral la convertí en tres libros, abrí un blog y comencé a hacer talleres para que pudiera llegar a más gente". Y en este camino sigue, haciendo de su investigación y del amor un tema colectivo que abandone el ámbito individual y privado para que pase a entenderse como un fenómeno social.

Beatriz Asuar: ¿Cómo se construye nuestra forma de amar? 

Coral Herrera: Nuestra forma de construir el amor romántico tiene que ver con la forma en la que nos organizamos social, económica y políticamente. Lo romántico es político, y por ello, se construye a través de la ideología de ese momento. En la actualidad a través del capitalismo y del patriarcado. Así entendemos que se ame de forma diferente en distintos tiempos y en distintas culturas.

Por la ideología patriarcal construimos nuestra forma de amar en base a unos mitos que perpetúan el machismo en las relaciones. Y la capitalista se mantiene, principalmente, a través de la idea de la concepción de la propiedad privada: cuando amas a alguien, ese alguien te pertenece, eso de 'yo soy tuya y tu eres mio'.

Y la manera que tenemos de reproducir estas ideas es a través de la cultura: canciones, películas, chistes, series de televisión… Reproducimos así los mitos románticos del amor romántico.

B. A.¿Qué mitos del amor romántico?

C. H. Yo siempre hablo de tres frases principales: quien bien te quiere te hará llorar, los que más se pelean son los que más se desean y del amor al odio hay un paso. Tres ideas que están muy arraigadas en nuestro imaginario colectivo. De manera que si tú le gustas a un niño en el colegio es normal que el chico te haga rabiar, te moleste, te violente… porque todos los adultos se ríen y le parece muy normal que si tu le gustas a un niño, el niño te machaque y te acose. Hacemos creer eso a los niños, en vez de decirles, 'si te gusta fulanita, la tienes que tratar bien, dale unos besitos, si le gusta bien, y si no te aguantas'. Así se naturaliza la violencia, y ese es el principal problema, que lo tenemos tan normalizado que no nos parece violencia.

O que si no le haces caso, ella irá a ti…

Exacto. Y eso es maltrato. Los chicos así aprenden desde pequeños que cuanto más maltrates a una mujer, más la vas a tener en tu poder. Es un ejemplo de como nos enseñan desde pequeños a tratarnos mal y hacer sufrir a quien nos gusta.

¿Cómo sustenta el amor romántico la violencia machista?

El amor romántico tal y como lo concebimos es muy violento. Está basado en una forma de relación sadomasoquista. La cultura cristiana nos ha transmitido el placer del sufrimiento, que consisten en creer que para conseguir el amor verdadero hay que sufrir mucho, hay que aguantar mucho y hay que pasarlo muy mal. Este mensaje se transmite principalmente a las mujeres, que somos las que tenemos que aguantarnos, sacrificarnos y renunciar a todo.

"El amor romántico tal y como lo concebimos es muy violento"

Por otro lado, todas nuestras relaciones están basadas en jerarquías. En estas jerarquías, a veces mandas, y a veces obedeces. Y todo el amor romántico está construido en este binomio de sumisión - dominación, es decir, uno domina y otro se somete. No nos enseñan a relacionarnos horizontalmente, de tú a tú, de igual a igual. Y como vivimos en una sociedad tan machista, nuestra forma de querernos es machista y por eso siempre la sumisión es de la mujer ante el hombre. Y encima, como está acostumbrada al sufrimiento, no nos importa y nos creemos que así es el amor.

Con los jóvenes esto pasa aún más. A las adolescentes les parece normal que su novio le diga cómo tienen que vestir. O cómo tiene que ser el largo de la falda o el ancho del escote. Y este es el problema, que se ha normalizado y se ha teñido de amor lo que es control y dominación.

¿En estos procesos tan machacantes cómo acaba nuestra autoestima?

Nunca nos enseñan a querernos bien a nosotras mismas. Primero, porque desde pequeñas vemos a las mujeres más cercanas, mujeres que no les gusta sus físicos y que están siempre intentando perder kilos, con dietas, gimnasios, operaciones… Eso nos da la idea de que nuestros cuerpos son imperfectos y que tenemos que machacarlos para que sean como la sociedad quiera.

A nivel de personalidad, como las niñas tenemos que ser mucho mejor que los niños para ser iguales, nos lleva a un nivel de autoexigencia brutal que hace que tengamos que ser buenas en todo, y esto es imposible. Hay un mito de la superwoman que nos dice que tenemos que llegar a todo y esto nos hace sufrir mucho y sentir constantemente que tenemos que mejorar.

B. A. "Hay un mito de la 'superwoman' que nos dice que tenemos que llegar a todo y esto nos hace sufrir mucho"

C. H: La autoestima es fundamental para nosotras y para relacionarnos. Si yo estoy bien conmigo misma voy a tener una relación mucho más bonita. Porque si no me quiero bien voy a estar pensando que no me merezco el amor de la otra persona y que mi valía personal depende de si me quieren o no me quieren... Pero todos somos iguales de estupendos si tenemos novio o no. Antes, durante y después. Y no lo dejas de ser porque te dejen de querer. Esto nos cuesta mucho a las mujeres porque tenemos una necesidad enorme de reconocimiento externo, una dependencia enorme de cómo nos quieren los demás y de cómo nos ven los demás, y si nos aprecian los demás o no.

Esto tiene que ser un tema fundamental en las escuelas. Primero, que nos enseñen a querernos bien a nosotras mismas, y luego que nos enseñen a querer y tratar bien a los demás y gestionar nuestras emociones. Que nos enseñen a gestionar la pena, la alegría, la ira. la frustración... ¿De qué nos sirve aprendernos la lista de reyes visigodos? Absolutamente de nada. Lo que necesitamos es aprender a relacionarnos y aprender a que nuestras relaciones sean menos conflictivas y dolorosas. Aprender a resolver conflictos sin violencia.

Seguir leyendo en Público.es:

http://www.publico.es/sociedad/amor-romantico-coral-herrera-disfrazado-amor-control-dominacion.html

23 de enero de 2018

¿Cómo usas tu poder?




¿Cómo usas tu poder?, ¿cómo consigues lo que quieres/deseas/necesitas de los demás?, ¿cómo te sientes cuando no lo logras?, ¿cuales son tus estrategias para persuadir a tu gente conocida, ¿y a la desconocida?, ¿te impones siempre, cedes mucho, o sientes que hay un equilibrio entre tus intereses y los de los demás?, ¿ejerces el poder desde la dominación o la sumisión?, ¿quién te domina/explota/oprime y a quienes oprimes y explotas tú?, ¿cómo usas tu poder en tus relaciones de pareja?, ¿cómo te lo trabajas?

Este es el tema del mes en el Laboratorio del Amor: estamos reflexionando sobre cómo usamos nuestro poder, cómo lo regalamos, cómo lo ocultamos, cómo lo ejercemos sobre los demás, cómo nos posicionamos en la jerarquía del patriarcado y el capitalismo, y cómo podríamos transformar el concepto de poder para transformar el mundo que habitamos.

Nuestra forma de organizarnos es piramidal: arriba unos pocos, abajo las grandes mayorías. Todos ocupamos una posición determinada en una jerarquía en las que tenemos gente arriba y abajo. En la cúspide de la pirámide están los pocos hombres blancos y occidentales que acumulan el 80% de la riqueza en el mundo, y en el escalón más bajo está la anciana lesbiana negra o indígena, pobre y del mundo rural, discapacitada o enferma. Arriba los más privilegiados, abajo los nadie. Abajo del todo, la masa de mujeres pobres que viven por debajo de los hombres más pobres del planeta.

En cualquiera de las posiciones en las que estamos ejercemos nuestro poder para evitar que abusen de nosotros, pero también para abusar de los demás. Cada uno de nosotros tiene sus intereses, sus necesidades, sus apetencias, sus proyectos, su visión de mundo, y casi siempre chocan entre sí. Las relaciones humanas son tan conflictivas porque funcionan bajo la estructura de la dominación y la sumisión: desde ambas posiciones ejercemos nuestro poder, y a menudo esto significa entrar en batalla y que una de las dos personas gane sobre la otra.

Desde que nacemos vivimos inmersos en luchas de poder. Ya desde bebés tenemos que utilizar estrategias para pedir amor, alimento, calor, que nos cambien el pañal, que nos quiten el miedo, que nos presten atención. Algunos humanos adultos desprecian esta capacidad para manipular que tienen los bebés, porque sienten que son pequeños tiranos que tienen que sufrir y pasarlo mal para aprender a sobrevivir. Por eso se insiste tanto en que los niños tienen que ser disciplinados y mutilados para que crezcan y no sean malcriados (niños que reciben "demasiado" amor), que no se rebelen cuando reciben órdenes, que se conformen con lo que hay, que no se acostumbren a los brazos, al amor y a las caricias, que se callen y no hagan ruido, que no lloren, que no den la lata. Por eso los niños que no lloran y no piden cosas son "buenos", y los niños que se comunican y se expresan para conseguir lo que necesitan, se les llama "malos". Un bebé es malo si llora porque su objetivo es joderte. Hay gente a la que ni se les pasa por la cabeza que lo hacen para comunicar que se sienten mal o necesitan algo. Por eso hay mucha gente que no les atiende ni les consuela: "es que le viene bien para ensanchar pulmones", que en realidad quiere decir: "que se joda y se acostumbre que la vida es dura".

También los animales están sometidos a la crueldad de los seres humanos adultos: ellos son los más débiles, los que soportan patadas, malos tratos, hambre y sed, dolor, soledad obligada. Destrozamos su hábitat natural para construir hidroeléctricas o minas, para extraer petróleo, para obtener materia prima de los bosques y las selvas. Los secuestramos, los domesticamos, los exhibimos, los compramos, los vendemos, los regalamos, los explotamos para que trabajen para nosotros, los ponemos a pelear a muerte para divertirnos, los explotamos reproductivamente para ganar dinero con sus bebés, los abandonamos en cualquier sitio cuando nos aburrimos, o los mandamos a dormir cuando molestan mucho, y no nos sentimos culpables porque los animales son "cosas", propiedades con las que puedes hacer lo que quieras porque su vida no vale nada.

A los humanos nos encanta ejercer el poder, tener la razón, resolver los conflictos a favor nuestra siempre, ganar todas las batallas, demostrar quién manda. Nos encanta que nos admiren, nos teman, o nos obedezcan. Nos encanta que nos idolatren, que los demás se relacionen de rodillas con nosotros, que todo gire en torno a nosotros. No nos importa acumular riqueza mientras la mitad del planeta pasa hambre, sólo pensamos en nuestro interés, y no somos capaces de pensar en el bien común. Por eso hacemos la guerra y masacramos poblaciones enteras con bombas, por eso nos hacemos la guerra dentro de las familias y las comunidades, y por eso también nos hacemos la guerra a nosotros mismos.

Estas luchas de poder nos quitan la mayor parte del tiempo y las energías que tenemos. Hacemos la guerra entre madres e hijas, padres e hijas, hermanos, compañeros del cole y del trabajo, y por supuesto, con la pareja. También batallamos contra el vecino que pone la música muy alta un sábado a las 7 de la mañana, contra el policía que quiere multarte, contra el teleoperador de la empresa de telefonía de la cual quieres darte de baja, contra el banco que nos ha cobrado de más, contra el casero que no te arregla una gotera.

Batallas contra tu abuela porque no le da la gana tomarse la pastilla de la tensión, contra tu hija porque no ha hecho los deberes, contra tu madre porque le ha dado chocolate a tu hijo y estaba castigado, contra tu jefa porque llevas un año pidiéndole un aumento de sueldo, contra tu hermana porque insiste en meter a la abuela a una residencia, contra tu compañero de trabajo que te tiene envidia y está siempre criticándote, contra tu marido porque se pasa toda la tarde en el gimnasio, contra tu ex porque quiere llevarse a la niña en Nochebuena, contra tu suegra porque les pone la televisión a los niños miles de horas.

En algunos casos ganamos nosotras las luchas de poder, en otros casos ganan los demás. Unos utilizan el juego sucio, otros batallan con las mínimas dosis de ética, empatía, generosidad y solidaridad que se requiere para que una relación funcione. No nos es fácil conseguirlo porque desde la infancia nos enseñan a relacionarnos en la competición constante entre nosotros para ver quién saca mejores notas, quién es más listo, quién corre más, quién mete más goles, quién es más guapo/a, quién es más valiente, quién es más sexy, quién es más poderoso. Es fácil verlo en los colegios: las posiciones más altas de cualquier grupo siempre están ocupadas por dos o tres personas, da igual que tengan 9 años: a esas edades ya tienen muy claras las jerarquías.

Lo mismo sucede cuando estamos en pareja. Desde el momento en que definimos el modelo de relación que queremos tener y pactamos normas de convivencia, ya estamos interaccionando, construyendo un vínculo, negociando para que ambos miembros estén contentos con los pactos alcanzados. Todo va bien cuando ambos coincidimos en el tipo de relación que queremos (pareja de amor total y oficial, amigos con derecho a roce, amantes clandestinos, etc), pero si uno quiere una cosa y la otra persona quiere otra, empiezan los problemas.

A los humanos enamorados nos cuesta pensar con claridad, no sólo porque estamos con la borrachera del enamoramiento que nos coloca a todos en las nubes, sino porque hemos interiorizado muchos de los mitos que nos hacen creer que el amor es perfecto, eterno, y maravilloso. A veces nos pasa que preferimos creer que en algún momento el milagro del amor romántico nos pondrá a los dos en el mismo nivel, nos amaremos con la misma intensidad y al mismo ritmo, nos acoplaremos a la perfección, tendremos los mismos intereses y necesidades, trabajaremos en equipo para ser felices.

Lo más práctico sería ser realista y ponerse a pensar: si la otra persona no se enamora de tí, si no quiere el mismo tipo de relación, si te pone barreras porque no sabe disfrutar del amor, si le da pereza, si es un mutilado emocional, si no le apetece comprometerse, si no siente la borrachera del enamoramiento...lo mejor es dejarlo. Pero lo que hacemos es quedarnos y empeñarnos en que funcione la cosa y llegue a donde nosotras/os queremos que llegue.Y ahí ejercemos nuestro poder sobre el otro, cuando exigimos o mendigamos amor.

Las mujeres hemos sido educadas para someter al amado con nuestras artes de seducción y con victimismo. Los hombres han sido educados para someter a la amada utilizando sus encantos y su poder patriarcal, su capacidad para dominar e imponerse, su fuerza física y su violencia.

Así las cosas es bien complicado relacionarse desde el compañerismo: todas nuestras relaciones están basadas en la estructura hegeliana del amo y el esclavo. Unos mandan, otros obedecen. Pero siempre estamos en movimiento y haciendo las dos cosas: mandamos y obedecemos, damos y recibimos,  vamos alternando según el contexto en el que batallamos.

En las relaciones igualitarias también hay luchas de poder. Hay gente que las saca a la luz, que habla de ellas, que bromea con ellas, que se las trabaja. Pero la mayor parte de la gente no logra hablar de sus batallas y reflexionar sobre ellas. Simplemente se enfocan en lograr lo que necesitan utilizando los medios que hagan falta para lograr los fines.

Y en esto se basa un poco la dinámica de nuestra sociedad: en andar batallando unos contra otros en lugar de cooperar y colaborar para que a todos nos vaya bien. Mientras sigamos dentro de las estructuras de la jerarquía patriarcal y capitalista, seguiremos unos arriba y otros abajo, alternando posiciones según el momento del día: en el lapso de 24 horas podemos ser empleados sometidos, y reyes de nuestro hogar, podemos ocupar posiciones directivas en un sindicato, y podemos estar sometidos al poder de un padre tiránico. Así es el poder, nos contaba Foucault: un mecanismo de ida y vuelta en el que nos movemos y cambiamos de posición constantemente.

Otras formas de ejercer el poder son posibles. Es cierto que unos usan su poder de forma autoritaria, absolutista, y fascista, pero también es verdad que muchos otros usan su poder para la lucha por un mundo mejor. Unos usan su poder para acumular más poder, más recursos, más mujeres, más dinero. Otros usan su poder para ayudar a los demás. No todas las estrategias valen: no las que se utilizan para engañar, coaccionar, manipular a los demás. No las que hacen daño, ni las que se hacen con afán vengativo o destructivo. Vivimos en un mundo violento porque la mayor parte de nosotros sólo sabe ejercer su poder utilizando la violencia física, emocional, sexual, psicológica, económica.

Nos cuesta mucho verlo porque todos nos creemos que somos buenas personas, que llevamos la razón, que nos merecemos lo que obtenemos en nuestras luchas de poder. Y no solemos pararnos a pensar si realmente estamos siendo buenas personas, o si estamos haciendo daño a los demás. Y esta es la clave para pensar la ética del poder: ¿cómo podríamos ejercer el poder sin violencia?


¿Cuales son tus estrategias? 

Algunas de las estrategias que utilizamos para conseguir de los demás lo que necesitamos/deseamos/queremos son:

- Coacción: obligar a la otra persona o chantajearla. Por ejemplo, presionar e intimidar a alguien para que deje de hablar con su ex, para que te preste dinero, para que te conceda una cita, para quedarte con más dinero de la herencia, para que recoja su habitación, para que tenga sexo contigo, para que se enemiste con su familia, para que te diga en todo momento donde está y qué está haciendo.

- Manipulación perversa: engañar, mentir, machacar la autoestima, confundir a la otra persona para que cambie de opinión, para que haga lo que quieres, para controlarla, para someterla, para manejarla según te convenga. Por ejemplo: amigas que quieren enemistarte con otra amiga y utilizan mentiras para hacerte creer que ella no te quiere y habla mal de ti. Contar una historia con partes inventadas para que los demás se compadezcan de ti y culpabilicen a la otra persona.

- Victimismo: chantajear emocionalmente, amenazar, arrojar toneladas de reproches y acusaciones, montar tragedias y dramas para hacer sentir culpable, o hacer sentir mala persona a la que no hace lo que tú quiere o no te da lo que tú necesitas. Es un arte de dominación que se ejerce desde la sumisión: el victimista quiere dar pena y se exime de toda responsabilidad sobre sus actos y sus sentimientos para que tú te sientas responsable de su bienestar, de su salud, y de su felicidad. En los casos más extremos los victimistas se auto-lesionan y amenazan repetidas veces con "suicidarse". Son violentos y egoístas, pero con sus llantos y sus dramas se colocan en la posición del ser débil que necesita protección, mimos, cuidados, recursos, y lo que haga falta. Lloran, reprochan, patalean, hacen berrinche para que tú no les lleves la contraria, para que les quieras como ellos quieren, para que estés siempre atenta a sus necesidades y apetencias.

- Inacción: no hacer nada para ganar una batalla en la que se te pide que hagas algo, que cambies algo, que des algo. Por ejemplo: que te pidan un favor y tú digas que sí sabiendo que no vas a hacerlo. O hacer esperar a alguien a ver si se harta o se le olvida, o renuncia a sus propósitos. O no contestar cuando se dirigen a ti haciendo como que no te das por aludido.

- Seducción: utilizar tus encantos para despertar su deseo. Pedir las cosas con una sonrisa, con amabilidad, con buenas vibras, con alegría. Hacer reír a la otra persona, hacerle sentir especial. Por ejemplo: que se enamore de ti, que te de su juguete que tanto gusta, que te haga mimos, que te de de comer, que te hagan regalos, que te dejen salir de fiesta con tus amigas en la adolescencia, que te suban el sueldo, que te concedan una cita, que te den una beca para poder estudiar, que te den ese puesto de trabajo, que te firmen ese papel, que te perdonen una infracción.

- Negociación: utilizar la asertividad para comunicar lo que queremos o lo que necesitamos. Hablamos desde nosotras mismas, de cómo nos sentimos, de cómo vemos la situación, sin utilizar el juego sucio: ni chantajes, ni mentiras, ni amenazas, ni tratar de meter miedo, ni tratar de dominar al otro con estrategias ocultas. Se trata de parar la batalla para sentarse a hablar evitando el victimismo, las coacciones, la violencia, o la manipulación. Es una conversación que se realiza en horizontal, de tú a tú, con el corazón abierto, y en estado de escucha activa y afectiva. Cuando logramos hablar así, escuchando amorosamente, hablando con sinceridad y cuidando a la otra persona sin dejar de cuidarnos a nosotras mismas, entonces es posible pactar, ceder en algunas cosas, que la otra persona ceda en otras, que nadie salga perjudicado, y que ambas personas se queden lo más contentas posibles con los acuerdos alcanzados.


¿Cómo trabajar mi poder?

Yo me trabajo mi poder desde hace años, cuando empecé a leer sobre feminismo. He utilizado todas las estrategias explicadas anteriormente, y por eso me trabajo la asertividad, la empatía, la solidaridad con la gente con la que batallo, tanto con las personas que quiero como con las desconocidas. Mi objetivo es aprender a comunicarme mejor, a decir lo que siento, a ejercer mi poder desde una posición amorosa. Quiero llevar la teoría feminista a la práctica, a mi día a día, y así poder aprender a relacionarme en igualdad, desde el respeto y la empatía. Quiero transformar la manera en la que construyo y vivo mis relaciones con los demás, y aportar en la transformación política, económica, social, sexual y emocional del mundo en el que vivimos.

Lo personal es político y lo romántico es político: hay que trabajarse mucho el poder, individual y colectivamente. Si queremos acabar con las jerarquías que nos sitúan a unos encima de otros y que generan tanta desigualdad, discriminación, explotación, y violencia, tenemos que cambiar el concepto de poder, y utilizarlo para el bien común. Para acabar con el odio hacia el otro, para dejar de construir enemigos, para parar las guerras tenemos que repensar la forma en la que nos relacionamos sexual, afectiva, sentimentalmente. Transformar el modo de organizarnos política, social y económicamente, para que unos pocos no se queden con todo. Pensar entre todos qué tipo de familias y comunidades afectivas queremos, qué tipo de parejas queremos construir, cómo podríamos vivir mejor todos, cómo podríamos distribuir los recursos equitativamente.

Yo me lo trabajo con esta sencilla pregunta: ¿cómo podría yo hacer para que mi poder no perjudique, no someta, no abuse, no apague la luz de las personas con las que me relaciono?

Lo primero es analizarse a una misma para entender cuales son los privilegios que tenemos, cómo los usamos, cómo nos aplastan los privilegios de los que están arriba, cómo aplastamos nosotras a los que están abajo. Es un trabajo que requiere mucha honestidad, y mucha autocrítica amorosa. Se trata de ver cómo dominamos y cómo nos sometemos, cómo luchamos por conseguir nuestros objetivos y nuestras metas, y ver si estoy haciendo daño a los demás, o si me estoy haciendo daño a mí misma.

Se trata de ser honesta: ¿me estoy resignando, me estoy imponiendo, me estoy sintiendo humillada, me siento poderosa, me estoy dejando explotar, me estoy dejando tratar mal, estoy yo tratando mal a la otra persona?

Y sobre todo, pensar constantemente en qué ocurre cuando ganamos una lucha de poder, cómo afecta a los demás que yo consiga lo que necesito o lo que quiero. Si podría yo contribuir a que nos vaya bien a todos, no sólo a mí.


Otras cuantas preguntas para trabajarnos el tema del poder y el amor:

¿Cómo puedo trabajarme el Ego para dejar de necesitar la admiración de los demás, para abandonar esa obsesión por ser importante, por ser especial, por ser necesaria?, ¿cómo puedo valorarme a mi misma sin necesitar constantemente el reconocimiento de los demás?, ¿por qué creo que me da valor tener pareja?, ¿por qué mi Ego y mi autoestima se hunden si no tengo pareja?

¿Cómo construir relaciones más bonitas, más sanas, más equilibradas, más honestas?. ¿Cómo amar y querer de forma desinteresada, con toda la generosidad del mundo?, ¿cómo cuidar a la otra persona y cuidarme yo durante las luchas de poder?, ¿cómo elimino la necesidad de control y dominio sobre la persona que amo?, ¿desde qué posición pacto los términos de mis relaciones sexoafectivas, me pongo sumisa o dominante, me pongo victimista o agresiva?, ¿cómo negocio esos pactos sin que nadie tenga que ceder en todo?, ¿cómo alcanzar autonomía para relacionarme desde la libertad, y no desde la necesidad?

¿Soy honesto/a con mi pareja?, ¿y conmigo misma?, ¿cómo me relaciono con la culpabilidad: la que se crea en mi y la que creo en los demás? ¿Soy capaz de aceptar al otro tal y como es, o mi secreto deseo es cambiarlo para que sea como quiero?, ¿cuáles son mis límites y los de la otra persona?, ¿son compatibles nuestras particulares apetencias y gustos sobre el sexo y el amor?,

¿Cómo relacionarme en un plano horizontal con mis parejas?, ¿cómo amar y defender mi poder?, ¿cómo me relaciono con el poder del otro o la otra?, ¿cómo hago para seguir siendo yo aunque me enamore locamente?, ¿cómo hago para no ponerme en un altar o no ponerme de rodillas a la hora de relacionarme con mi pareja?, ¿cómo hago para no machacar la autoestima de la otra persona?, ¿cómo amo y defiendo mi libertad, y la de mi pareja?,

¿Qué pasa si dejo de ganar siempre en todos los sitios y con todo el mundo?, ¿qué ocurre si me harto de someterme a los demás para que me usen como alfombra?,

¿Cómo me siento cuando no me aman como quiero/como sueño/como necesito?, ¿cómo me siento cuando la otra persona me ama ciega e incondicionalmente, y yo no siento lo mismo?, ¿me siento responsable del bienestar y la felicidad de tu pareja?, ¿hago responsable al otro de mi bienestar y mi felicidad, o soy yo la que asumo mi cuido personal?,

La pregunta más importante para mí es la que se centra en el placer, en el disfrute, en la alegría de vivir: ¿cómo utilizar mi poder para que me haga la vida más bonita a mí y a la gente a mi alrededor?


Coral Herrera Gómez



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