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12 de agosto de 2018

Feminismo para Jóvenas




Os presento la nueva publicación colectiva en la que participo: Feminismo para Jóvenas, una compilación de diversas autoras y colectivas realizada por Nadia Fink y Laura Rosso y publicada en Antiprincesas / Chirimbote, una editorial de Argentina especializada en feminismos populares para niñas y niños, infancias diversas y adolescentes. Es mi tercera publicación en América Latina, me siento muy feliz de formar parte de este libro:

https://tienda-chirimbote.mercadoshops.com.ar/feminismo-para-jovenas-994284819xJM

22 de junio de 2018

Llenar el mundo de escuelas ecofeministas y diversas




Urge llenar el mundo de escuelas ecofeministas para niños y niñas. Ya que la educación tradicional está tardando tanto en incorporar la perspectiva de género y se resiste a incorporar a las mujeres a los libros de texto, hay que crear espacios alternativos feministas, libres de bulling, de discriminación y de violencia. Espacios educativos en los que enseñen derechos humanos, en los que se enseñe a valorar la diversidad, y a interiorizar la cultura del buen trato, la empatía, la solidaridad, el amor del bueno hacia los y las humanas, los animales y la naturaleza. 

Necesitamos escuelas ecofeministas sin jerarquías, sin competitividad, sin luchas de poder, sin fobias sociales, en las que se trabaje en horizontal y en redes para construir herramientas que permitan a las nuevas generaciones aprender a gestionar y a expresar sus emociones sin hacer daño a nadie, y a resolver conflictos sin violencia. Las niñas y los niños tienen derecho a saber sobre todas esas mujeres importantes que aportaron a la Historia de la Humanidad y que fueron invisibilizadas, y tienen que saber que muchas de ellas eran lesbianas y bisexuales, y que muchos de los hombres importantes eran gays o bisexuales.

Es urgente incorporar la educación emocional y los valores ecologistas, pacifistas, antirracistas y feministas a la educación que reciben nuestras hijas e hijos, porque en las escuelas tradicionales les enseñan a ser machistas. El bombardeo mediático es demasiado fuerte, no podemos dejarlos indefensos ante tanto odio y tantos prejuicios: necesitan herramientas para analizar con perspectiva crítica lo que les están contando, cómo se lo están contando, y lo que no les están contando. 

Vivimos en un mundo racista, machista, clasista, xenófobo, homófobo, lesbofobo, y la única manera de construir un mundo mejor es revolucionar la educación, la cultura y la comunicación. Necesitamos transversalizar el ecofeminismo en la educación tradicional, y también crear espacios de educación feminista, diversa y amorosa: llenemos el mundo de escuelas feministas.


11 de junio de 2018

El Laboratorio cumple 3 años



El Laboratorio del Amor cumple tres años este mes, para celebrarlo me he grabado un vídeo en el que os cuento qué es y cómo trabajamos lo romántico en buenas compañías.

Empezamos nuevo curso el 21 de Junio, aquí tenéis toda la información y el botón para inscribiros:

8 de junio de 2018

Aprender feminismo: ¿dónde encuentro mis gafas violetas?

Mar Ordonez El arte de mi madre 


Las gafas violetas del feminismo no las puedes comprar en ninguna tienda, ni te las pueden regalar: tienes que fabricarlas tú, a solas y en compañía de otros mujeres y hombres. De momento, no las vas a conseguir en la escuela: las mujeres hemos sido borradas de los libros de texto. Tampoco lo vas a aprender en la televisión ni en los grandes medios, que invisibilizan a las mujeres, que las victimizan o las objetivizan, que refuerzan todo el tiempo estereotipos, mitos, roles y prejuicios sexistas en sus contenidos. La información y el entretenimiento siguen reproduciendo y transmitiendo el patriarcado como hace siglos: aún no han logrado fabricar sus propias gafas violetas con las que poder abarcar la realidad en toda su diversidad y complejidad.

Sin embargo, hay muchos sitios en los que puedes aprender y practicar feminismo, mucha información circulando por Internet, muchos espacios en los que se ha colado el feminismo. 

El feminismo está fundamentalmente en las calles: hay miles de colectivos de mujeres en todas las ciudades, en todos los barrios, en muchos pueblos, en todos los países del mundo. La mayor parte de los colectivos feministas se dedican a la lucha social y política, pero también trabajan en el ámbito cultural y artístico. Muchas dedican mucho tiempo a la sensibilización y a la formación: imparten o reciben talleres, organizan jornadas, conferencias y conversatorios. Se solidarizan con las causas sociales, hacen campañas, salen a las calles a protestar, se organizan para ayudar a las compañeras que lo necesitan.

También hay colectivos y movimientos sociales que están incorporando la perspectiva de género en sus luchas. Cada vez hay más manifestaciones feministas y más asambleas que trabajan para coordinar la lucha social y política por un mundo igualitario y pacífico.

Aún son minoría, pero cada vez hay más colectivos que trabajan en el ámbito de las masculinidades: hombres igualitarios, feministas o aliados del feminismo que también están trabajando en lo personal y en lo político. Ellos también publican sus libros, tienen sus blogs, revistas, webs y foros, organizan talleres: se trabajan sus patriarcados y son cada vez más.

También hay feminismo en los sindicatos y los partidos políticos, y en las instituciones: ministerios de Igualdad, Institutos de la Mujer, Casas de las Mujeres, Escuelas de Igualdad promovidas por ayuntamientos, diputaciones y universidades. A nivel internacional, todas las agencias de la ONU tienen su sección feminista y están incorporando la perspectiva de género, tenenemos ONU Mujeres y existen multitud de ONGs que trabajan para defender los derechos de las niñas y las mujeres en todo el mundo, que elaboran materiales educativos y de divulgación, además de libros y folletos con datos y estadísticas que nos ayudan a entender el mundo en el que vivimos.

Hay cada vez más feminismo en el mundo académico: también los organismos universitarios feministas imparten másteres de género, organizan congresos y jornadas, ofrecen cursos y talleres, on line y presenciales. En sus bibliotecas hay una sección dedicada al feminismo. Aunque en algunas se encuentre en lo más profundo del sótano de la Biblioteca, hay muchos libros con los que puedes disfrutar. Algunas tienen cursos on line gratuitos para formarse en temas específicos del feminismo en todas las disciplinas de las ciencias sociales: comunicación, antropología, psicología, sociología, economía, literatura, Arte, Historia, filología, etc.

Hay mucho, muchísimo feminismo en las redes sociales: cada vez circulan más vídeos, memes, infografías, documentos, artículos, documentales, en Internet. Cada vez hay más grupos de Whatsapp y de Facebook, alianzas feministas en Twitter e Instagram, redes de grupos feministas de todos los países y redes también internacionales. Hay multitud de revistas feministas digitales, blogs personales, webs, foros feministas, y puedes encontrar en todos lados recopilaciones sobre las activistas y las autoras feministas más importantes. Hay muchas periodistas feministas, filósofas, sociólogas, psicólogas, comunicadoras, bloggeras a las que puedes seguir, y grupos de otros países que están las redes y comparten sus luchas a nivel internacional.

También puedes juntarte con tus amigas una vez por semana para hablar de un tema que os interese a todas. Podéis juntaros para compartir lecturas o materiales que os ayuden a reflexionar y a debatir. El feminismo está en construcción permanente: puedes hacerlo con tus compañeras compartiendo recursos, pensando, leyendo, descubriendo, cuestionando todo, haciéndote preguntas, participando con tu gente o gente desconocida en todos los temas que abarca el feminismo.

El feminismo no es una religión, está en permanente construcción, y puedes cuestionar todo desde la autocrítica amorosa. Dentro del feminismo hay mucho que trabajar, como sacar a la luz los temas que no nos atrevemos a hablar, probar nuevas formas de relacionarnos que no estén basadas en jerarquías y luchas de poder.  Queda mucho por hacer, y el reto es apasionante: cada vez más gente se está acercando al feminismo para unirse a la revolución amorosa en la que estamos trabajando en todos los países del mundo.

Los feminismos son muy diversos. Cada grupo feminista se centra en un área de trabajo: leyes, política, economía, derechos sexuales y reproductivos, educación, derechos humanos, salud, trata, tema medioambiental, religiones, ciencia, deportes, tema LGBTQI,  masculinidades, violencia machista... Hay muchas corrientes, muchas organizaciones, muchas teorías, diferentes posiciones sobre algunos temas, y mucho debate. Hay cuestiones en las que no logramos ponernos de acuerdo, hay otras en las que todas somos capaces de dejar a un lado las diferencias para salir masivamente a las calles. Hay compañeras que te fascinarán y otras que te caerán muy mal: tú eliges con quién quieres trabajar y aprender y con quien no, tú eliges tu grado de implicación y tu forma de aplicar tu feminismo a tu vida diaria y a tus relaciones.

Fabricar tus gafas violetas es más divertido y placentero cuando nos juntamos con otras mujeres. El feminismo es un espacio para celebrar, para aprender, para empoderarnos, para colaborar, para sacar adelante proyectos, para luchar, para cuidarnos, para aprender a querernos, para apoyarnos, para escucharnos unas a otras y para acompañarnos. 





Una vez que te pones las gafas moradas, resulta complicado deshacerte de ellas: todo lo que antes te parecía "natural" y "normal" ahora te parece patriarcal. Tu capacidad de análisis se expande, y aprendes rápido a entender la jerarquía en la que nos organizamos, y tu lugar en ella. Puedes ver los privilegios que tienes, las opresiones que sufres y que ejerces, la manera en la que reproduces el patriarcado en tus relaciones afectivas y sexuales y en tus forma de estar en el mundo. Puedes empezar a liberarte en tu día a día, desde el minuto cero, en todas tus relaciones. Adquieres herramientas para trabajarte lo romántico en pareja o a solas, para defender tus derechos y los de los demás, para indignarte con las injusticias. Te vuelves más sensible, pero también más solidaria, y en cierto modo, más sabia, porque con las gafas no dejas nunca de aprender y de comprender cómo funciona el patriarcado, y se te disparan las ganas de revolucionarlo todo y ponernos a inventar formas de organizarnos y relacionarnos nuevas.

Es entonces cuando comienza también experimentas tu propia revolución personal. Con las gafas violetas adquieres superpoderes para cambiar tu vida y para constribuir a la transformación, colectiva. Tus cambios personales también son políticos: cuando una se libera, nos liberamos todas: es maravilloso sentir que no estamos solas, que somos muchas, que la lucha está dando sus frutos, que lo vamos a lograr: el patriarcado se va a acabar. 


Coral Herrera Gómez




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    29 de abril de 2018

    No es amor, es machismo





    No es amor, es machismo.

    Vigilar y controlar a tu pareja,
    limitar su libertad, 
    disponer y organizar su tiempo libre,
    querer ser el centro de su vida, 
    responsabilizar a tu pareja de tu bienestar y tu felicidad, 
    desconfiar de tu pareja, 
    violar su intimidad,
    alternar la ternura con el desprecio, 
    los mimos con la indiferencia, 
    no es amor, es machismo. 

    Aislarla de sus amigas y amigos y limitar sus redes sociales, 
    tomar decisiones que la afectan a ella sin contar con ella,
    obligarla a tener relaciones sexuales cuando no le apetece, 
    machacar su autoestima, 
    amenazar y chantajear,
    insultar y humillar a tu pareja,
    crear dramas para hundir su estado de ánimo,
    hacerle sentir culpable por todo, 
    imponer tu criterio, tus necesidades y tus deseos
    hacerte la víctima,
    maltratarla psicólogica y emocionalmente, 
    relacionarte en una estructura de dominación y sumisión 
    no es amor, 
    es violencia machista.


     #Liberaté #SalDeAhíYa #SiDueLeNoEsAmor#AmorSinMachismo #AmorCompañero
     #OtrasFormasDeQuererseSonPosibles

    Las novias de La Manada







    Las novias de #LaManada. Pienso mucho en las novias de los violadores sevillanos. No puedo dejar de pensar en cómo el amor nos ciega a las mujeres hasta el punto de no poder apreciar el peligro que corremos estando con un violador. Pienso en concreto en ellas porque he leído que creen que sus chicos son buenas personas. Aunque les ponga los cuernos, aunque se junte con amigos para violar y eyacular en el cuerpo de una mujer sin condón, aunque le roben el móvil para que no pueda pedir ayuda, aunque la dejen tirada y desnuda en un portal. Algunas defienden la inocencia de su novio aunque él mismo haya grabado su crimen y haya presumido de ello en su grupo de Whatssap. Imagino que alucinarán con las cientos de miles de personas que salimos a protestar el día de la sentencia, imagino que no entenderán porqué nos duele tanto la absolución de violación.

    El entorno de los violadores culpabilizan a la víctima. Aplauden al violador cuando asegura que ella disfrutó mucho más que él. Las novias de La Manada, ¿Se podrán poner en el lugar de la víctima en algún momento?, ¿O creen que por culpa de ella todo el mundo llama violador a su novio, cuando en realidad lo que hicieron es una «fechoría», o una «chiquillada», cosas que hacen los chavales con novia cuando salen a divertirse?. Eso es lo que asegura el abogado y el juez: ella quiso y ahora los denuncia para hundirles la vida.

    Las novias de #LaManada son como las heroínas de las novelas románticas, esas mujeres que creen ciegamente en su príncipe azul y defienden a su violador a capa y espada, creyendo que su entrega y fidelidad serán recompensados algún día. Las imagino indignadas pensando que qué injusto es que su chico sea tratado como un delincuente, y con miedo por el próximo juicio que tienen por otra violación grupal en Córdoba, porque aunque los absuelvan por violación algo les caerá por abuso. También imagino sus dudas y sus miedos, y lo que sentirán cuando algunas de sus amigas traten de hacerles ver que su novio además de machista es violento y peligroso, para ellas y para las demás mujeres. Debe de ser bien difícil estar en ese lugar, luchando por dentro y aferrandose al amor que sienten para perdonar las infidelidades, las mentiras, el machismo y para aguantar todo por amor. 

    Esta es la trampa del romanticismo patriarcal en la que caen miles de mujeres casadas con puteros y violadores como los de La Manada. Unos violan gratis y otros pagando, unos a solas y otros en grupo, pero sus esposas creen que son buenas personas porque no perciben las mentiras y los cuernos como parte de la violencia machista que sufren. La dependencia emocional nos mantiene atrapadas a muchas en relaciones con machistas asquerosos y así seguirá siendo mientras nos sigan estafando con el mito del Amor romántico. 

    Las novias de La Manada no son «ellas», somos nosotras. Somos muchas las mujeres que pasamos años de nuestras vidas drogadas de amor romántico, todas en mayor o menor medida hemos buscado el príncipe azul y soñamos con la salvación. Muchas de nosotras, incluidas las feministas, nos autoengañamos esperando un cambio o un milagro en relaciones en las que no hay amor. Muchas aguantamos y sufrimos por amor, nos empequeñecemos para que nos quieran, nos quedamos en relaciones en las que no nos tratan bien y no nos sentimos felices. Todas nosotras nos hemos puesto sumisas creyendo que así nos van a querer más, hemos dejado de ser nosotras mismas, nos hemos entregado de un modo total y completo al amor. El autoengaño es global: la estafa romántica nos tiene anestesiadas a millones de mujeres en todo el mundo. Así que las novias de los violadores no son ellas, somos nosotras.

    Hay que liberar al amor del machismo, hay que salir de las relaciones con tíos machistas, hay que dejar solos a los tíos violentos, hay que visibilizar sus caras, nombres y apellidos para que ninguna vuelva a querer y a cuidar a tipos así.

     #MachismoMata#LoRománticoEsPolítico

    20 de abril de 2018

    Pasos a seguir para triunfar en el amor


    Joe Webb, artista


    Para triunfar en el amor, las mujeres tenemos que dar dos pasos fundamentales en nuestras vidas que coinciden con nuestro paso de la niñez a la adolescencia, y el cambio a la vida de mujer adulta. Primero nos seducen con la idea de que estar sexys y siempre disponibles a la mirada y al deseo de los hombres nos hará poderosas y nos abrirá las puertas del paraíso romántico. Una vez que somos elegidas por el Macho Alfa, nuestro objetivo ha de ser todo lo contrario: convertirnos en buenas esposas y futuras madres de los hijos e hijas del Macho Alfa. 

    Así que se nos invita a moderar el largo de nuestros escotes y nuestras faldas, dejamos el rojo pasión del pintalabios, y los selfies provocativos en las redes sociales. Ya no nos hace falta despertar el deseo de los machos, ahora hay que demostrarle al príncipe azul que somos su princesa. Estos son los dos únicos modelos de feminidad que nos ofrece el patriarcado: santas o putas. Los hombres de bien nunca se casan con putas, así que el único camino es demostrar que somos mujeres buenas, fieles y sumisas para que al menos uno se enamore de nosotras. 

    Venus trasmutando en Hera: pasan los siglos y la cultura patriarcal nos sigue enviando los mismos mensajes para que sigamos obedeciendo los mandatos de género. Y para que nuestro objetivo en la vida sea ser reconocidas, deseadas y amadas por un hombre. Algunas permanecen siempre en la categoría de «mujeres para follar», gratis o pagando, y otras logran subir al trono del matrimonio y reinar desde su posición de madres-esposas. Esas son las que "triunfan".

    Ya es hora de romper esta jerarquía que nos divide en dos grupos opuestos y nos coloca en diferentes categorías. Hay que desobedecer los mandatos de género y romper con estos estereotipos y roles que nos mantienen subordinadas a la dominación masculina y nos hacen creer que sin el amor de un hombre no somos nada.

    #NiPrincesasNiPutas #OtrasFormasDeSerMujeresSonPosibles
    #MujeresQueYaNoSufrenPorAmor





    13 de abril de 2018

    ¿Seguro que ya no queremos ser princesas?





    Grace Kelly, Diana de Gales, Letizia Ortiz, Kate Middleton, Megan Markhle... el amor no sólo les sacó del mercado laboral y les abrió las puertas de la fama, sino que además entraron por la puerta grande en la Historia. Ellas son el ejemplo de cómo la magia del amor te puede convertir en una princesa, de cómo te cambia la vida de arriba a abajo, de cómo te eleva a los cielos y te abre las puertas del paraíso.

    Los modelos que luce Kate, la futura reina de Inglaterra, se agotan a las pocas horas de estrenar vestido. Sus peinados, su forma de caminar, su forma de hablar son imitados en todo el mundo. Su boda fue vista por miles de millones de personas: es una divinidad del siglo XXI, un modelo a seguir para todas nosotras. Es una mujer admirada porque conquistó al futuro rey de Inglaterra, y con sus encantos se situó en la cúspide del mundo. Salió de su anonimato y captó todo el foco mediático desde el primer segundo: es la mujer triunfadora que encontró a su príncipe azul y lo enamoró para siempre. Es la prueba de que el amor verdadero existe, y que es posible ser feliz en un palacio con una vida de lujo. Es una princesa moderna, una mujer de hoy en día, una excelente madre, una chica del pueblo que está a la altura de las circunstancias, y que cumple con las expectativas que todo el mundo tiene sobre cómo debe ser la mujer ideal.

    El mito de la princesa es un mito muy potente que hemos interiorizado en nuestra más tierna infancia, y que resulta  muy difícil de desmontar a pesar de que la realidad nos muestra que son muy pocas las mujeres que lo logran. Levanta pasiones en la mayor parte de las mujeres de este planeta porque a todas nos gustaría sentirnos amadas de un modo total y absoluto, y a todas nos gustaría cambiar de vida y dejar a un lado las angustias económicas que pasamos para llegar a fin de mes. 

    Las feministas nos identificamos con las brujas porque nos sentimos descendientes de todas las mujeres rebeldes que se unían para hacer hechizos y conjuros, para compartir saberes, para aprender juntas, para ayudarse mutuamente, y para celebrar fiestas salvajes hasta el amanecer. Mujeres sabias, empoderadas, valientes, desobedientes: nos sentimos herederas de las nietas de las brujas que no pudieron quemar.

    Sin embargo, en todas nosotras también habita la princesa que sueña con el príncipe azul o con la otra princesa con la que reinará en el paraíso romántico. Nos lo trabajamos mucho para controlar el princesismo, pero es bien difícil porque en las princesas se condensan varios mitos muy potentes de nuestra cultura romántica: el mito del milagro romántico gracias al cual encontrarás a tu media naranja entre seis mil millones de personas. el mito del amor verdadero y la felicidad eterna, el mito del sapo que se convierte en príncipe azul y el mito del amor que te salva y te cambia la vida para siempre.

    El amor romántico es una estafa que nos seduce para que las mujeres asumamos voluntariamente todos los estereotipos, roles, mitos y mandatos de género cuando nos emparejamos. Su mensaje subliminal va directo a nuestro Ego, que cuanto más inseguro es, más necesita sentirse importante, único, y especial. Alimentamos nuestros Egos con los aplausos de los demás, y con el placer que nos hace sentir despertar la admiración, el deseo y la envidia de los conocidos, y de los desconocidos. Nos encanta admirar a famosas y soñamos con llegar a serlo, aunque no es la envidia ni el deseo de los demás lo que necesitamos: lo verdaderamente importante para cualquier ser humano es ser aceptada, sentirse querida y obtener reconocimiento de  nuestra gente cercana: familia, amigos y amigas, compañeras de trabajo o de estudios, vecinas de la comunidad, y nuestra pareja.

    Las mujeres no tenemos muchas oportunidades de aparecer en los medios de comunicación, excepto si somos guapas y jóvenes y nos dedicamos a cantar, a actuar, a modelar, o a posar. Tampoco en los libros de texto, excepto cuando nos casamos con dictadores, emperadores, príncipes o reyes. Como son muy pocas las mujeres que triunfan, el amor romántico nos ayuda un poco: podemos vestirnos de princesas el día de nuestra boda, podemos llegar a ser importantes para una sola persona, podemos ocupar el centro de su vida.

    El mito del príncipe azul no sólo nos regala a un hombre perfecto (cariñoso, leal, honesto, guapo, rico, sensible, duro, bondadoso, valiente, culto, simpático, deportista, amoroso, divertido y fiel), también nos hace soñar con la posibilidad de ser amada de un modo total y absoluto por alguien que nos acepte tal y como somos, que nos quiera mucho y para siempre, que nos acompañe en el camino de la vida hasta que llegue la muerte, que sea capaz de sacrificarse y dejarlo todo por nosotras, que viva por y para nosotras, que nos tenga como a una reina.

    Este mito de la princesa está en todos los relatos de ficción y en los de la realidad, nos seduce desde todos los frentes. Príncipes solteros de carne y hueso hay pocos, es cierto, pero también están los marqueses, los duques, los condes, y todos los primos de las extensas familias reales europeas. Además, hay unos cuantos multimillonarios: políticos, cantantes, actores, empresarios, futbolistas, toreros que si se fijan en ti pueden cambiarte la vida.

    Millones de mujeres sienten fascinación por estas historias de salvación y transformación con finales felices. Es algo así como la ilusión de la lotería: un día aparecerá él en el horizonte con su caballo blanco para salvarme de mi propia realidad.

    Los medios nos endiosan a las pocas mujeres que logran salvarse por amor, y que viven como reinas gracias a su belleza y sus encantos. Las gordas, las feas, las ancianas, las mujeres con discapacidades no están, no aparecen, no protagonizan películas ni salen en portadas, no están en la alfombra roja, y no las quiere nadie. Aprendemos muy pronto que en la vida y en el amor sólo triunfan las guapas, por eso nos sometemos a la tiranía de la belleza y obedecemos al patriarcado, que nos recuerda una y otra vez que para estar guapas hay que sufrir, y para ser amadas, también

    El miedo a no ser aceptadas, a no ser queridas, a quedarnos solas, nos tiene aterrorizadas. Y el patriarcado se aprovecha de eso, haciéndonos creer además que la única forma de amor que existe es la pareja, y poniendo a todos los demás afectos de nuestras vidas en escalas inferiores, como si no necesitasemos a nadie más en nuestras vidas cuando nos enamoramos.

    Las mujeres seguimos queriendo ser princesas de nuestro pequeño reino, y uno de los pocos espacios en el que tenemos poder es en el del sexo y el amor, por eso aspiramos a poder enamorar a un hombre, y si es rico y poderoso, mejor. Hay una industria enorme en torno a este sueño del ascenso social por amor: la industria del corazón invierte millones en alimentar este mito de princesas y príncipes que se casan por amor. Por eso nos deleitamos y morimos de envidia con esas fotos de las revistas llenas de amor, abundancia, armonía, lujo y felicidad.

    Las princesas que triunfan gracias al amor acaban en un palacio o en una mansión con servicio doméstico. Se liberan del trabajo y de las tareas domésticas: su única misión es reproducirse, cuidar de su prole y ejercer de acompañante. Salen en todas las portadas, pero ninguna de ellas nos habla del precio que hay que pagar por estar ahí hasta que el sueño romántico se acaba.

    Este sueño es una trampa para que todas nos sintamos especiales, y para que creamos que la magia del amor nos salvará también a nosotras de los trabajos precarios, de la pobreza, del vacío existencial, del aburrimiento, de la tristeza, la soledad y los miedos. Lo único que tenemos que hacer es ser tener fe y paciencia, ser discretas, mantenernos jóvenes y bellas, y esperar a solas la llegada del Príncipe Azul.

    El mito del príncipe azul es también una estafa. Sólo existe en los cuentos y en las películas, y en nuestra imaginación. Tratamos de que los hombres encajen en nuestro modelo idealizado de masculinidad, y que asuman como propio nuestro modelo idealizado de amor en pareja, pero ni ellos calzan en este modelo, ni nosotras en el suyo.

    Ellos sueñan con una princesa que no existe: quieren una mujer que sea moderna y tradicional, que se encargue de todo, que les cuiden y les amen con devoción, que nunca dejen de quererles, que sean fieles y honestas, que permanezcan un paso atrás de ellos, que no se quejen, que no sean dominantes, que sepan escuchar, que tengan carácter dulce y sumiso, que sean comprensivas y perdonen todas las traiciones, que aguanten todo lo que le eches encima sin protestar, que callen cuando tengan que callar, que cocinen rico y hagan todas las tareas con buen humor, que dejen de trabajar y abandonen el espacio público al casarse, que les guste el sexo pero sólo con ellos, que cuiden su línea y su belleza para agradarles, que no limiten su libertad, que cumplan con sus deseos y sus necesidades con alegría, que sean dependientes y no tengan vida propia ni pasiones propias, que renuncien a su libertad y a sus proyectos, que abandonen su mundo social y afectivo, que permanezcan en la casa felices, que den menos importancia a los demás afectos, que se dediquen por completo a dar amor.

    No existen esas princesas.

    Nosotras no somos esas princesas

    Pero a veces fantaseamos con serlo. Las bodas reales son el ejemplo de cómo el mito de la plebeya que se convierte en princesa levanta pasiones en todas nosotras, también en las feministas. Son uno de los acontecimientos mediáticos más masivos del planeta, es el evento en el que todas las mujeres que lo deseen puedan proyectar su deseo de encontrar el amor, de ser alguien, de cambiar su vida. Las audiencias que alcanzan las retransmisiones de las bodas reales engloban a miles de millones de personas: todo un planeta pendiente de una mujer que ha conseguido cumplir su sueño de ser princesa, y aspirar al trono de reina, el máximo puesto que una mujer puede alcanzar en su vida según los cuentos Disney tradicionales. 

    Ya que no seremos reinas, al menos que nuestro amor nos trate como a una princesa. Nos conformamos con un hombre nos quiera, nos cuide, nos proteja y nos acompañe, que nos cubra de mimos, de besos y de piropos, nos haga regalos y nos colme de atenciones. Un hombre que se desviva por nosotras, que se encargue de nosotras, que cumpla nuestros deseos, que asuma la responsabilidad sobre nuestro bienestar y nuestra felicidad.

    Vivimos en un mundo que nos trata como a seres inferiores, pero nos ofrece la utopía amorosa igualitaria con la promesa de que el amor nos iguala a hombres y a mujeres. Gracias al amor de un hombre, ya no sufriremos tanto la pobreza, la marginación y la violencia, obtendremos más recursos, gozaremos de mayor respeto por parte de la sociedad, subiremos nuestro status, y dejaremos de pertenecer al bando de las perdedoras. Desde pequeñitas nos enseñan que todas las mujeres son malas, menos nosotras, que somos las buenas. Las demás son manipuladoras, perversas, interesadas, egoístas, malvadas. débiles. Por eso en algunos países es tan rara la amistad entre mujeres. Empleamos mucho tiempo y energía en competir entre nosotras por ser las más guapas, sexys, alegres y divinas. Y por eso, también, hacemos lo que haga falta para machacar a las que más brillan. Nos educan para que a las demás las sintamos como una amenaza y las tratemos como si fueran nuestras enemigas, no como compañeras ni como hermanas. 

    El amor romántico es un espejismo, una ilusión, una utopía: nos hace creer que la salvación está en buscarnos cada cual nuestro paraíso romántico, cuando la única manera de cambiar el mundo en el que vivimos es juntarnos para luchar por nuestros derechos y por un reparto más justo y equitativo de los recursos del planeta. 

    El amor romántico es una gran mentira: nadie nos obliga, pero nos sometemos voluntariamente a hombres que no nos quieren bien pensando que quizás algún día nos quieran más, nos quieran mejor. Es una trampa para que cuidemos y amemos a hombres que no nos corresponden, que no nos tratan bien, que abusan de nuestra capacidad para sacrificarnos por amor. Es una trampa para que creamos que necesitamos a un hombre en nuestras vidas, aunque no sea cierto.

    ¿Cómo liberarnos de este deseo de ser princesas o de ser tratadas como princesas por nuestras parejas, entonces? A nivel personal, el trabajo consiste en cuidar nuestra autoestima y bajar los niveles de Ego para no depender tanto del reconocimiento de los demás, para no necesitar tantos aplausos y admiración, para no depender del amor de un hombre, para liberarnos de la envidia y del deseo de despertar la envidia de los demás. El objetivo de este trabajo sería poder relacionarse horizontal e igualitariamente con nuestras parejas, y con los demás. Abandonar las luchas de poder, el afán de dominación y de control, el deseo de ser superior a las demás, la necesidad constante de reconocimiento masculino.

    En el Laboratorio del Amor nos trabajamos el mito de la princesa desde la autocrítica amorosa, haciéndonos preguntas y  cuestionándonos a nosotras mismas: ¿por qué necesito sentirme importante?, ¿cuanto dinero, energía y tiempo le dedico al amor (a buscarlo, a gozarlo, a alimentarlo o a sufrirlo)?, ¿cómo fortalecer mi autonomía y mi libertad?, ¿cómo asumir la responsabilidad que tengo sobre mi salud mental, emocional y física?, ¿cómo asumir la responsabilidad que tengo sobre mi felicidad?, ¿cómo salvarme a mi misma y de paso salvarnos todas juntas expandiendo el amor más allá de la pareja?, ¿de verdad soy tan diferente a las demás?, ¿de verdad soy tan especial y tan buena persona?, ¿en serio me merezco algo mejor que las demás, o nos lo merecemos todas?, ¿realmente necesito a alguien que me proteja?, ¿en qué me beneficia sentir la envidia de los demás?, ¿qué ocurre cuando dejo de ser amada?, ¿qué pasa cuando las cosas no funcionan en una relación y sigo empeñada en ser tratada como una princesa?, ¿seguro que el amor verdadero es perfecto y eterno?, ¿cuánto tiempo estoy dispuesta a permanecer a la espera del milagro del amor?, ¿tengo realmente ganas de buscar a un tipo que quizás no existe?

    A nivel colectivo, se trata de desmontar el mito y proponer otros modelos de feminidad basados en la diversidad, tanto para la infancia como para las mujeres jóvenes y las adultas. Otras tramas, otras protagonistas, otros finales felices son posibles: ya hay mucha gente inventando otros cuentos y visibilizando a mujeres de carne y hueso que aportan a la construcción de un mundo mejor. La visibilización y creación de otros modelos de feminidad ayudarán mucho a que las nuevas generaciones tengan nuevas referencias y nuevas heroínas, a que desobedezcan los mandatos de género, y a que se liberen de los mitos del romanticismo.Nos hace falta mucho feminismo, mucha autocrítica, mucho amor del bueno para trabajar este y otros mitos a solas y en buenas compañías.

    Yo siento que vamos avanzando: hasta Disney está tomando nota y está modernizando un poco a sus princesas. Sabemos que otros modelos de feminidad son posibles, y la realidad está llena de ellos. Las calles están llenas de mujeres diversas, mujeres luchadoras, inteligentes, comprometidas y solidarias. Mujeres que son un ejemplo para todas nosotras por su valentía, su bondad, su rebeldía, su honestidad, su generosidad, su autonomía, y su libertad. Mujeres que aportan cada día con su trabajo a la construcción de un mundo mejor. Son las mujeres que queremos ver en las películas, en las novelas, en los telediarios, en las series de televisión, en los periódicos, en los libros de texto: estas son las heroínas de las que querríamos aprender, las mujeres que querríamos llegar a ser.


    Coral Herrera Gómez


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      3 de abril de 2018

      Mujeres que trabajan con mujeres

      A quien más admiro yo dentro de la lucha feminista es a todas las que están en el frente de batalla partiéndose el alma a diario. Hablo de todas las trabajadoras sociales que atienden a víctimas de violencia machista, de todas las psicólogas, educadoras sociales, maestras, profesoras, terapeutas, cooperantes... Todas las que trabajan con mujeres y niñas en riesgo de exclusión social, mujeres inmigrantes, esclavizadas por la trata, madres solteras precarias o pobres....Todas ellas combaten el machismo cuerpo a cuerpo, día a día, desde las instituciones o los colectivos, dan lo mejor de sí mismas, se dejan la piel y se agotan emocionalmente porque todas las historias las conmueven. 

      Los aplausos son para las escritoras, conferencistas, académicas o activistas estrella. A mi me encanta saber que mi trabajo ayuda a mucha gente, pero para mi lo más valioso es el trabajo en la calle y en las casas. Estas mujeres que aman su profesión y aman a las personas con las que trabajan son las que se merecen nuestra admiración, cariño y reconocimiento, porque para ellas las mujeres tienen nombre y apellidos, porque son las que conocen la realidad del patriarcado y lo transforman desde sus puestos de trabajo. 

      Yo quiero daros las gracias a todas por la ayuda que proporcionais a la gente que más lo necesita, y por contribuir a paliar el dolor, la angustia, los miedos, la soledad, la pena y la rabia de tantas mujeres. Gracias por hacer todos los días desde las trincheras un mundo más humano, gracias por vuestra solidaridad y vuestra lucha.

      16 de febrero de 2018

      Cómo cuidar a las mujeres de tu vida que sufren violencia machista

      Grafitti de Alice Pasquini, artista italiana



      Cuando una mujer a quien queremos mucho (madre, hermana, hija, amiga, tía, sobrina, compañera de trabajo) está siendo víctima de malos tratos y violencia machista necesitamos herramientas para poder acompañarla en su proceso, para cuidarla y para cuidarnos nosotras también. Aquí algunas claves que nos pueden ser útiles:

      - Acompaña y escucha: ella no busca en ti soluciones, no quiere que la salves de su situación. Sólo quiere que la escuches, poder desahogarse, expresar sus emociones, y llorar si lo necesita. Para facilitarle las cosas, hay que crear un ambiente en el que ella pueda sentirse segura, tranquila, a salvo, y sobre todo, un espacio de intimidad en el que no se sienta juzgada ni presionada.

      - Hazle saber que te tiene ahí para todo lo que necesite, una y otra vez. Que sepa que puede llamarte a la hora que quiera si está en peligro o si se siente muy mal, que sepa que puede sentirse libre para llorar contigo o para pedirte un fuerte abrazo, que sepa que tiene tu casa si una noche se complica mucho todo, tiene el impulso de salir, y no sabe a dónde ir.

      - Regala preguntas que le permitan hablar más, que le permitan pensar en voz alta contigo, que le permitan verse desde otra perspectiva, que le permitan ir practicando la auto-crítica amorosa y disipando el auto-engaño poco a poco.

      - Desarrolla su imaginación en positivo: ¿cómo te hubiese gustado que fuese tu pareja?, ¿cómo te gustaría que fuese tu próxima pareja?, ¿cómo te gustaría estar dentro de dos años?, ¿cómo sería vivir una bonita historia de amor?, ¿cómo sería tu vida sin pareja?, ¿cómo ayudaría ella a una amiga en su situación?. Imaginad juntas un final feliz a la situación.

      - Disfrutar juntas: intentad encontrar momentos en los que él no sea el centro de atención de ambas, momentos en los que ella pueda olvidarse por un rato del infierno que está viviendo. Es fundamental poder desconectar para tomar aire, así que proponle actividades que le gusten o le diviertan, vayan a comer su comida favorita, a sitios que a ella le hagan sentir bien, a hacer cosas que le gusten.

      - Si la sientes receptiva al contacto físico, dale mucho amor: abrazos, besos, sonrisas, caricias, miradas cómplices... en estos momentos, ella necesita sentirse querida.

      - Pídele permiso para ofrecerle recursos y herramientas, instituciones o colectivas a las que pedir ayuda, lecturas interesantes sobre el tema de la violencia, o el tema de las masculinidades y los feminismos. Puedes buscar contactos de gente especialista en el tema (psicólogas, trabajadoras sociales, terapeutas) simplemente para que ella sepan que están ahí, sin que se sienta obligada a buscar ayuda. Puedes tratar de debatir con ella sobre el amor y las relaciones de pareja a nivel teórico para luego poder aterrizarlo en lo personal, puedes contarle historias de mujeres que lo pasaron fatal y lograron liberarse, puedes ponerle al alcance de su mano materiales e información que le ayuden a tomar perspectiva sobre su propia situación.

      - Pregúntale a menudo qué necesita de ti durante el proceso de acompañamiento, cómo puedes ayudarle, si puedes hacer algo que esté al alcance de tu mano, si se siente bien contigo y si confía en ti. Puedes pactar con ella la manera en la que vas a acompañarla y a cuidarla, puedes ponerle límites y pedir lo que necesites de ella, puedes hablarle también de cómo te sientes tú y de cómo te gustaría que terminase todo con un final feliz.

      - Trata de ponerte en su lugar, desarrolla tu empatía al máximo sin juzgarla. Sé comprensiva.

      - Respeta su tiempo: cada cual necesita su tiempo para reaccionar o para pedir ayuda, hay mujeres que tardan más en elaborar el proceso que están viviendo, y otras que tardan menos. No impongas tú el ritmo, y acepta si un día no quiere hablar del tema o si un día no puede parar de hablar del tema.

      - No des tu opinión ni des consejos a menos que te los pidaNo le digas lo que tiene que hacer, ni cómo, ni cuándo. Lo importante, siempre, es la escucha amorosa y atenta. No des órdenes ni ofrezcas soluciones mágicas: salir del círculo de la violencia no es nada fácil.

      - Recuerda que desde fuera se ve todo muy fácil. Evita decirle cosas como: "Si mi pareja me tratase mal me iría de su lado inmediatamente". Las circunstancias de cada una son diferentes, y en la mayoría de los casos a ellas les resulta difícil o imposible escapar de su situación.

      - Cuida mucho tus palabras. Es importante evitar sentimientos de culpa en ella, y también hay que cuidarla para que no se sienta atacada o presionada, para que no se vea de pronto entre la espada y la pared (teniendo que elegir entre su agresor o tú).

      - No la subestimes ni la trates diferente. Probablemente es consciente de la situación en la que está, pero recuerda que no es fácil reconocérselo a una misma o reconocérselo a la gente que te quiere. Es muy probable que no tenga un buen concepto de sí misma, por eso se siente incapaz de salir de la situación en la que está: necesita refuerzo positivo para aprender a confiar en sí misma y en sus habilidades.

      -  Evita los maternalismos y los paternalismos, y sitúate al mismo nivel que ella en la conversación, sin ponerte por encima, sin tratarla como a una víctima, sin considerarla una niña, sin tratar de impresionarla con tus conocimientos sobre el tema. Cuida tu rol de salvadora: no puedes rescatarla ni cambiar su vida, sólo acompañarla.

       -No le hables mal de su pareja o su ex pareja. Ella generalmente le ve su lado más humano, ve al niño asustado que lleva dentro, por eso empatiza con su agresor y lo justifica. Tú misión es tratar de que el centro de la conversación no sea él, sino ella.

      - No le regañes ni te muestres decepcionada: aunque te sientas enojada, con rabia, con dolor, decepcionada o triste, intenta gestionar tus emociones, céntrate en la escucha y el acompañamiento, y piensa en lo machacada que tiene la autoestima tu amiga o tu familiar: es importante que sepa que estás a su lado aunque haga cosas que te duelan.

      - Si ella te ve sufriendo mucho por la situación, es probable que intente protegerte y no te cuente nada de lo que le está pasando. Es importante mostrarse tranquila porque ella está viviendo un tsunami emocional y necesita contención y seguridad. 

      - No te lo tomes a lo personal cuando ella vuelva con su agresor por enésima vez, no te lo tomes a lo personal cuando ella le justifica, trata de distanciarte emocionalmente para entender que no puedes manipular sus emociones, ni dirigir su comportamiento, ni transformar su vida. Sólo puedes escucharla, acompañarla, y ofrecerle tu cariño.

      - Aprende a distinguir sus problemas de los tuyos. Puedes tomar decisiones sobre tus problemas si los tienes, pero no sobre los problemas de los demás. Puedes solidarizarte con ella, pero no asumir como propia su situación emocional. Es normal que te afecte mucho la situación porque la quieres, porque quieres protegerla, porque tienes mucho miedo de que le pase algo, pero intenta desahogarte con otra persona, y distanciarte un poco emocionalmente. Para poder ayudarla tienes que estar bien tú, sentirte con fuerzas y energías, sin sentirte culpable ni sentirte responsable. 

      - Pide ayuda a tu gente para crear una red amorosa de cuido para ella y para ti en el que podáis compartir el acompañamiento entre varias personas queridas. Cuantos más seáis ayudándola, más arropada se sentirá, pero siempre hay que respetar que no quiera compartir su proceso con más gente.

      - Recuerda que tú también necesitas apoyo moral, también lo pasas fatal, también te invaden los miedos y la rabia y la pena y el dolor, también necesitas escucha y acompañamiento. Por eso es tan necesaria esta red de cuido que os sostenga a ambas, o al menos a ti. Déjate cuidar y querer, descansa, duerme bien, come mucho, cuídate mucho y busca tus momentos lindos para tomar fuerzas en el acompañamiento.


      Coral Herrera Gómez


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      13 de febrero de 2018

      San Valentín 2018

      Veo a muchas chicas hablando del día de San Valentín, no veo a ningún chico hablando de tan sagrada fecha, ¿será que a ellos les importa poco o muy poco, y que a nosotras mucho, o demasiado? Da qué pensar, ¿no, compañeras?, ¿nos lo miramos juntas?



      4 de febrero de 2018

      Cuando no te aman como tú quieres

      Holy night, de Fran Rodriguez



      Una de las cosas que más nos hacen sufrir en el mundo es no ser correspondidas cuando nos enamoramos de alguien. Yo desde el romanticismo práctico lo veo claro: si no hay reciprocidad, lo mejor es dejar la relación. Es muy duro estar con alguien que no te ama con la misma intensidad, el mismo ritmo, la misma entrega con la que tu amas, y el sufrimiento romántico pasa factura: tienes que gastar mucha energía para que tu autoestima no baje a niveles espantosos, pasas muy malos ratos, tienes que luchar mucho contra los miedos y los celos, tu salud emocional, mental y física se va deteriorando a medida que pasa el tiempo, y todo va siempre a peor, dentro de ti y con tu pareja.

      Así que si no te sientes querida, a otra cosa, mariposa. Lo mejor es ahorrarse esos malos ratos, esos llantos, esos dolores, y no meterte en una relación que no va a funcionar. O salirte de ella en cuanto notes el desequilibrio, o cuando percibas que no tenéis las mismas apetencias, las mismas ganas, la misma ilusión, las mismas formas de entender el amor y la pareja.

      Esto así planteado suena muy sensato, y muy simple: si no hay reciprocidad, mejor no profundizar en la relación y terminarla con cariño, sin dramas, al estilo práctico. Pero en realidad no es tan sencillo como planteo por dos razones: el tema del auto-engaño (o bien nos autoengañamos con respecto a la reciprocidad y nos sentimos queridas aunque no sea verdad, o bien nos autoengañamos pensando que en algún momento se producirá el milagro y caerá a nuestros pies, rendido de amor), y en segundo lugar, el patriarcado, que no nos deja disfrutar del amor. 

      En las parejas heteras los hombres y las mujeres tenemos diferentes formas de vivir el amor, de pensarlo, de imaginarlo, y expresamos nuestros sentimientos de manera diferente. Es casi imposible amarnos en libertad y en igualdad de condiciones porque hemos aprendido cosas diferentes y sentimos diferente el amor. Nos educan de forma diferente para que nos creamos que somos diferentes.

      Por eso a veces sucede que nos aman, pero no como quisiéramos. No como imaginamos, no como soñamos, no como nos lo cuentan en las películas y en las novelas. El patriarcado educa a las mujeres para que pongamos al amor en el centro de nuestras vidas, y a los hombres los enseña a colocar el amor al mismo nivel que el trabajo, el éxito en los negocios, las relaciones con sus grupos de amigos y con su familia, el deporte, y sus pasiones personales. Por eso nosotras mendigamos o exigimos amor, somos las demandantes de amor, y ellos son los que dan amor, pero evitando los excesos.

      A nosotras el patriarcado nos quiere necesitadas de amor e hipersensibles, a ellos los mutila emocionalmente para que aprendan a sobrevivir en un mundo tan violento y competitivo. A nosotras el patriarcado nos engaña con la idea de que el amor nos va a salvar y nos va a hacer felices, a ellos los seduce con la promesa de que si son amados tendrán sexo, cuidados y compañía estable.

      Ellos aprenden pronto que la monogamia es obligatoria para nosotras, pero no para ellos. Ellos separan el sexo del amor, y pueden tener todas las relaciones que quieran porque se sienten seres libres. Ellos defienden con uñas y dientes su autonomía, nosotras le damos nuestro poder al primero que se nos acerque. Renunciamos fácilmente a nuestra libertad porque nos han hecho creer que es una prueba de amor, a ellos les enseñaron a no renunciar a nada.

      La libertad es cosa de hombres, el sacrificio, la abnegación, la entrega son cosas de mujeres. Creemos que para amar hay que sufrir, así que asumimos como algo natural estar jodidas e infelices en nuestras relaciones. Ellos en cambio para formar pareja quieren mujeres que no les den problemas, que no les monten escenas, que no les coarten su libertad, que no los acosen con reproches, llantos y chantajes.

      En la tradición patriarcal, hombres y mujeres tienen necesidades diferentes. Ellos necesitan sumisas que no protesten, que asuman su sufrimiento como algo natural, que respeten sus tiempos y espacios, que respeten su libertad, y que esperen a que ellos vuelvan. Nosotras necesitamos sentirnos especiales, necesitamos sentirnos importantes, necesitamos sentirnos imprescindibles, necesitamos sentirnos amadas y protegidas. Damos sexo para conseguir amor, y nos cuesta desvincular sexo y romanticismo porque no nos han enseñado a disfrutar del sexo como un fin sino como un medio.

      Muchas mujeres aspiramos a ser las compañeras, pero ellos no nos ven jamás como a iguales. Somos "las otras", somos las enemigas, las locas, las incomprensibles, las irracionales, las caprichosas, las salvajes, las insaciables, las que chupamos la sangre de los hombres y les destrozamos el corazón con una estaca.

      El amor invisibiliza la desigualdad económica entre hombres y mujeres, pero la realidad es que para muchas mujeres en el mundo la única posibilidad de sobrevivir y tener algunos derechos es casarse con un hombre. Todas las princesas salen de la pobreza, la explotación o la vida aburrida gracias al amor. Así que nuestras relaciones no son desinteresadas: ellos acumulan poder y recursos, y nosotras accedemos a ellos por herencia o matrimonio.

      A ellos les enseñan a defenderse del amor desde muy pequeños: creen que el amor les resta poder, les vuelve unos inútiles, les nubla en entendimiento y les somete a las mujeres.
      El amor es una guerra, y ellos no quieren ser los perdedores. Nosotras tampoco, claro. Por eso tenemos nuestras estrategias para intentar ganar, pero nos frustramos mucho porque el otro no encaja en nuestro ideal de Príncipe Azul, y la relación no es jamás como la soñamos. Intentamos con todas nuestras fuerzas que la realidad y el chico se adapten a nuestra fantasía del amor total y para siempre, pero la resistencia masculina es bien intensa. Tenemos tres opciones: ser realistas y pactar con el otro el tipo de pareja que queremos, vivir en guerra permanente, o resignarnos a estas relaciones desiguales aunque lo pasemos mal.

      Las mujeres perdemos demasiado tiempo y demasiadas energías en buscar el amor, y cuando lo encontramos, seguimos despilfarrando tratando de imponer a la pareja nuestro modelo mitificado de amor romántico. Hay mucho Ego ahí en esas luchas, pero nos cuesta verlo porque nos ampara la idea de que "lo único que queremos es amar y que nos amen". Y no, el amor no lo es todo. También está el poder, la necesidad, el egoísmo, el miedo, el Ego, y siempre ahí el patriarcado, atravesando nuestras emociones.

      Nos frustra mucho comprobar que nuestras relaciones no son como las de las películas, en las que ellos acaban de rodillas pidiendo matrimonio. Pero es que precisamente lo que no quieren ellos es ponerse de rodillas, prefieren que sea la mujer la que lo haga, ya que ese ha sido su sitio durante siglos.

      En realidad perdemos el tiempo tratando de que nos amen tal y como queremos ser amadas. Porque nuestros tenemos demasiado mitificado el amor, y nuestros deseos románticos no encajan con la forma en que los hombres educados en el patriarcado aman. No nos damos cuenta de que nosotras también estamos tratando de dominar al otro cuando queremos ocupar el centro de la vida del otro, e imponerle nuestro modelo ideal de amor.

      Y guerreamos porque el otro generalmente no está dispuesto a ceder el poder. No hay mayor terror para un hombre que ser un "calzonazos", un hombre débil dominado por una mujer, por eso se resisten tanto al amor, por eso se defienden e imponen su ritmo, su grado de compromiso, su nivel de intensidad, y sus apetencias con respecto al modelo de pareja que les resulta más cómodo.

      Y claro, en esta guerra de poder que vivimos al juntarnos, es imposible disfrutar del amor. 

      Nosotras queremos comunicarnos y hablar todo el tiempo de cómo nos sentimos y en qué punto está la relación. Los hombres en cambio no están acostumbrados a hablar de una forma tan íntima y profunda sobre sus emociones, sus miedos, sus traumas, sus fantasías. Para muchos es imposible, y para una gran mayoría es difícil: se han pasado toda la infancia reprimiendo sus emociones para no mostrar su vulnerabilidad, y para parecer tipos duros que ni sienten, ni padecen. Han tenido que ocultar, disimular, contener lágrimas, gritos, y emociones muy intensas que no podían gestionar, así que es bien complicado luego estar en pareja, desnudarse y abrirse para compartir las profundidades de nuestro yo.

      El patriarcado los hace a ellos simples, y a nosotras complicadas. Ellos quieren estar bien y que no haya problemas, nosotras queremos vivir el drama romántico y disfrutarlo hasta sus últimas consecuencias. Ellos quieren estar tranquilos, nosotras queremos seguir alimentando el amor y la pasión, y profundizar para llegar al éxtasis total.

      Ellos ya saben que son amados, nosotras necesitamos constantemente el certificado que nos asegure que nos aman y nos son fieles. Ellos están acostumbrados a dominar, nosotras estamos acostumbradas a someternos, y en el amor lo hacemos voluntariamente, sin que nadie nos obligue.

      A grandes rasgos, así funciona el romanticismo patriarcal, de manera que incluso cuando los hombres se enamoran locamente de nosotras, hay luchas de poder, hay miedos, hay problemas de comunicación, hay diferencias en cuanto al grado de compromiso que cada uno tiene, hay diferencias en cuanto a lo que cada cual entiende por "amor" y por "pareja". Y hay mucho patriarcado en nuestros deseos de vivir la relación de acuerdo a los mitos que interiorizamos con todas las historias románticas que nos tragamos.

      Hay parejas que van trabajando sus patriarcados, que están hablando acerca de estas diferencias en nuestras formas de amarnos, que están analizando la estructura con la que nos relacionamos para intentar trascender del modelo dominación/sumisión al modelo igualitario. Pero la mayoría de las parejas optan por guerrear, o someterse, o alternar ambas posiciones.

      Llegar a construir una relación de amor compañero requiere profundizar en nuestra identidad de género, analizar cómo nos sometemos y desobedecemos a los mandatos del patriarcado, cómo nos oprimen y como oprimimos, qué roles adopta cada uno, cómo afectan nuestros privilegios a la otra persona, cómo usamos nuestro poder en las relaciones con los demás.

      Transformar nuestras emociones y nuestra forma de relacionarnos requiere de una gran capacidad de análisis y de autocrítica, y no todo el mundo está dispuesto a revolucionar su vida personal porque es doloroso, y porque implica mucho trabajo. La gente prefiere adaptarse al terreno de lo conocido: tú arreglas el coche, yo cambio pañales. Tú me esperas en casa, yo me voy de fiesta. Tú me cuidas y yo te protejo.

      Así que para terminar esta reflexión, que no te amen se parece mucho a que te correspondan pero no de la manera en que tú desearías. Porque estas diferencias entre hombres y mujeres nos generan mucho sufrimiento. Y es que no basta con enamorarse: para construir una pareja tienen que darse las condiciones para poder que ambos puedan disfrutar del amor. 

      El amor no es suficiente para construir una relación sana, alegre, igualitaria, y placentera . No basta con quererse mucho, hay que quererse bien. Para querernos bien hay liberar al amor del patriarcado, y liberarnos por dentro también. Hay que portarse bien, y tratar bien a todos los compañeros y compañeras sexuales y románticas que tengamos. Para querernos bien hay que ser generosos y desinteresados, hay que ser solidarios, hay que saber comunicarse y negociar para llegar a pactos que nos hagan sentir bien a todos.

      Para querernos bien hay que amar desnudos, sin corazas, sin máscaras, sin escudos, sin armas, sin muros, sin miedos, sin peros, sin egoísmos, sin luchas de poder, sin violencia. Para querernos bien necesitamos crear una atmósfera de confianza basada en la honestidad, la sinceridad y el cariño hacia nosotras mismas y hacia nuestra pareja, incluso al final de la relación, sobre todo al final de la relación, que es cuando sale lo peor de nosotros.

      Para poder querernos bien tenemos que sentirnos libres, sentirnos libres sobre todo de la necesidad de ser amadas o de tener pareja. Sentirnos libres para amar sin dominar ni someternos, para expresar nuestras emociones, para dar y recibir, para poder ser como somos siempre. Sentirnos libres para quedarnos y para irnos, para juntarnos y separarnos. Sentirnos libres e iguales para construir una relación bonita en la que podamos disfrutar, todos y todas.

      Y para poder sentirnos libres, hay que acabar con el patriarcado, el individual y el colectivo, y hacer la revolución feminista del amor, del sexo, de los afectos y de los cuidados. En ello estamos ya unas cuantas, ¡seguimos!

      Coral Herrera Gómez


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