Hace poco charlé con el padre de una amiga sobre su longevidad, y llevo semanas pensando en nuestra conversación. Él tiene noventa y pico años y le pregunté cómo se siente con esa edad. Me contó que lo más duro es la soledad generacional: lleva al menos veinte años asistiendo a los funerales de toda la gente a la que quiso. Se han muerto sus abuelos, sus padres, sus hermanos y hermanas, sus tíos y primos, sus amigos y amigas, sus compañeros de lucha y sus colegas artistas. Y hace unos años también se fue su compañera de toda la vida. Solo le quedan sus hijos y sus nietas, y algunos pocos amigos nuevos, todos más jóvenes que él. Los vínculos con los nuevos amigos son mucho más ligeros que los que tenía con sus compañeros y compañeras de siempre.
Con ellos vivió el final del franquismo, que fue muy largo, y el inicio de la democracia. Vivieron juntos experiencias muy fuertes: reuniones clandestinas, manifestaciones prohibidas, las primeras elecciones, la maternidad, la paternidad, la experiencia de la crianza… hablaban en un idioma propio, con su humor y sus propios códigos culturales, que hoy los demás no hablamos. Vivieron el siglo XX y los inicios del XXI. Cuando ellos murieron, murió también esa complicidad entre pares, y ese idioma que hoy no puede hablar con nadie. Solo le queda una amiga igual de longeva que él, y con ella pasa buenos ratos bañanadose en recuerdos y anécdotas del pasado. A ambos les resulta extraño cómo pensamos y cómo vivimos los más jóvenes, nos ven como gente que vive de ilusiones: la ilusión de que vivimos en una democracia con separación de poderes, la ilusión de ser de clase media cuando somos clase obrera endeudada, la ilusión del progreso, cuando en realidad vamos de cabeza hacia la autodestrucción….
Se siente como un intruso en una época que no es la suya. Tenemos otras lógicas, otra forma de relacionarnos, otros chistes, otra forma de bailar, otros códigos, otros anhelos… pero sólo comprendí cuando me invitó a imaginar como me sentiría yo si no pudiera celebrar el año nuevo ni el cumpleaños con mi familia, ni llamar a mis amigos y amigas cuando me acuerdo de ellos, ni planear excursiones con ellos, ni vacaciones en verano. Cómo me sentiría si mi teléfono no sonase, y si asistiera a sus entierros, uno tras otro, despidiéndome y sintiendo que una parte de mí se va con ellos, y una etapa de mi vida también.
Al papá de mi amiga lo único que le salva es su pasión por la escultura, pero más allá de esas horas que le dedica, el día es muy largo. Por la noche antes de dormir dedica un rato a recordar a sus muertos, uno a uno los trae a la vida e imagina un abrazo largo con ellos. Luego se duerme, y al día siguiente vuelve a estar vivo.
Un día más.
Uno tras otro.
A los noventa y cinco años ya te ha dado tiempo de sobra a hacer un repaso general de lo que ha sido tu tiempo de vida y a aceptar tu muerte como algo natural e inevitable, pero, ¿qué ocurre una vez que la aceptas y te sientes preparada, y no llega nunca? Se hace raro porque una parte de ti la desea mientras disfrutas de los buenos momentos, y esa espera se hace eterna.
A mi abuela materna le pasó y a mi me costó entender que ella se quisiera morir; estaba empezando con la demencia, sentía que ya había cumplido su misión (su rol de cuidadora), no quería vivir sin autonomía y no quería atarnos a nosotras a un cuerpo en el que ella ya no iba a habitar. Hoy entiendo que cuando pierdes la autonomía y también lo que da sentido a tu vida, puedes darte por satisfecha y sentirte lista para acabar tu estancia en este planeta. Pero para ello debes enfrentarte a tu propia extinción con mucha humildad.
Cuando yo me imaginé a mi misma en esa soledad generacional pensé que debe de ser muy duro vivir sin tus capacidades plenas y con esa nostalgia perpetua. La longevidad es un regalo de la vida, pero también tiene un precio muy alto porque vives en una constante pérdida: no solo dices adiós a tu gente querida, también vas perdiendo facultades: la movilidad, la vista, el oído, el olfato, el tono muscular, la curiosidad y el afán de conocimiento, las habilidades sociales, y también la salud mental, emocional y física.
Los escenarios de tu infancia, adolescencia, juventud y adultez desaparecen o se transforman, la cultura y las canciones también se van transformando, y los cambios tecnológicos te fuerzan a tomar decisiones constantemente: o aprendes y te adaptas, o te quedas al margen. Tú eliges.
Muchas personas mayores viven constantemente cabreadas por la dificultad para moverse en un mundo que va acelerado y estresado, y que no para de avanzar, y en una sociedad que no cuida a este sector de población que cada vez es más grande. En las ciudades es mucho más complicado que en los pueblos, donde es más fácil mantener la autonomía y la libertad, vivir tranquila y al margen del ruido infernal de eso que llamamos “el progreso” o la modernidad.
Yo me imaginé a mi misma en esa soledad generacional paseando, escribiendo y leyendo, pero también me vi inundada de nostalgia. Claro que me encantaría tener la casa llena de nietos, nietas, bisnietos, sobrinos y sobrinas pero sé que estaría siempre echando de menos a mis abuelos, padres, hermana, tías, cuñadas, a mis amigas y amigos, y a todas las feministas y hombres igualitarios de mi generación. Incluso a la gente del Facebook os echaría terriblemente de menos: ya me pasa con gente que se ha ido muriendo y ha desaparecido de mi feed diario. Ya se me han muerto varios seres queridos y gente a la que aprecio mucho.
Gracias a esta conversación comencé a desmitificar la longevidad y a darle vueltas al mito de la vida eterna. Y me di cuenta de que si la Humanidad pudiera alargar nuestra longevidad hasta los trescientos años, nuestro corazón no podría resistir tantos conflictos con los demás, tantísimos duelos y despedidas, tantos cambios, tantos golpes duros de la vida. Y nuestra salud mental tampoco.
Para poder vivir tantos años nuestro cerebro tendría que convertirse en una sofisticada máquina de superar traumas, limpiar malos recuerdos, eliminar manías y obsesiones, resolver problemas y conflictos con uno mismo y con los demás. Y tendría que inventar algún mecanismo para evitar la rigidez mental. Esta rigidez no es exclusiva de la gente mayor, la sufren también personas jóvenes y adultas que no soportan los cambios, se aferran obsesivamente a sus rutinas diarias y a su pasado, se bloquean cuando tienen que aprender algo nuevo, y se aíslan cuando sienten que el mundo es incomprensible y va todo demasiado rápido.
Con trescientos años nuestro corazón estaría lleno de cicatrices y algunas heridas abiertas, de esas que jamás se cierran. Y también dolería mucho renunciar a las ilusiones: si te pasas la vida fantaseando con un cambio y soñando con un futuro ideal que no llega, tendrías que rendirte en algún momento, aceptar la vida que tienes y perder toda la esperanza de poder vivir una vida diferente. Y para algunas personas es un proceso muy duro que les amarga la existencia porque se sienten fracasadas.
En la juventud es fácil soñar con un futuro maravilloso y derrochar tu tiempo de vida, pero cuando tomas conciencia de lo frágiles que somos, de la cantidad de gente que vive sufriendo y muere a diario a causa de las guerras, la sequía, las inundaciones, y el hambre, cuando tu propia gente empieza a enfermar y a marcharse, es cuando te das cuenta del milagro que es estar vivo o viva.
Me doy cuenta de que si apreciamos tanto estar vivos es porque sabemos que la vida es corta y se acaba. Si fuese eterna no le daríamos ningún valor. Igual que hoy no le damos valor a la salud hasta que la perdemos.
Además la vida merece la pena vivirla si tienes independencia, si tienes un propósito o si sientes que tu vida tiene sentido. Y si puedes disfrutar de ella con plenitud. Pienso que si los niveles de sufrimiento que soportamos fuesen eternos, la vida sería un infierno.
Ahora entiendo que haya gente con ganas de dejar de sufrir, y gente mayor con ganas de descansar. Vivir muchos años con enfermedades y con sufrimiento es una auténtica tortura. Porque para disfrutar de la vida es esencial tener buena salud mental, emocional y física, tener una red de gente querida y gozar de las condiciones básicas para vivir bien (un hogar, acceso al agua potable, comida sana, ropa de abrigo, ingresos dignos, tiempo libre, acceso a la Sanidad pública, y todos los derechos fundamentales garantizados)
En la vida real millones de personas viven una vida terrible marcada por la escasez, la carencia, la explotación y la violencia, las enfermedades y el sufrimiento. Los conflictos con los demás nos duelen mucho y la soledad y aislamiento nos enferman y nos acortan la vida. La única forma de que nuestras relaciones duraran trescientos años es inventando herramientas para poder tener relaciones sanas y hermosas con los demás, pero ni siquiera hemos empezado a educar a las nuevas generaciones para que investiguen, inventen herramientas y las usen para nutrir y cuidar sus relaciones. De momento seguimos inmersos en el autocuidado y no le dedicamos mucha energía al cuidado de nuestras relaciones y de nuestras comunidades, que son lo que nos sostienen. La soledad hoy es la gran epidemia del siglo.
Así que lo de ser felices y vivir una buena vida sigue siendo aún una utopía. Termino con un recordatorio; una utopía no es un duelo imposible, es un camino con una meta hacia la que avanzamos colectivamente.
Y aquí os dejo con todas estas preguntas y reflexiones sobre el paso del tiempo, las relaciones, el amor, la muerte y la utopía de una larga y Buena Vida.
Coral Herrera Gómez






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