28 de julio de 2020

Humildad para dejar de sufrir

Necesitamos mucha humildad para dejar de sufrir, ¿cómo se puede trabajar el ego desde la autocrítica amorosa? Aquí algunas propuestas:
_ entender que nuestro amor no va a cambiar a las personas a las que amamos.
_ reconocer que no amas desinteresadamente, y que estás dispuesta a sufrir a cambio de una recompensa (que te quieran) 
_ reconocer los momentos en los que has elegido la estrategia de la sumisión para conseguir lo que necesitas o para dominar a alguien
_ aceptar que a veces queremos ayudar y cuidar a alguien para no ayudarnos ni cuidarnos a nosotras mismas. 
_ asumir el sentimiento de impotencia por no poder ayudar a alguien que nos está haciendo sufrir. 
_ aceptar que no podemos salvarle la vida a nadie porque cada cual somos responsables de nuestro propio auto-cuidado.
_ dejar de pedir reconocimiento y atención de alquien que no nos quiere bien y no nos cuida.
_ renunciar a tu rol de víctima para que los demás te den la razón y se pongan de tu parte
_ respetar el camino que elige alguien a quien quieres para auto-destruirse, y no permitir que te destruya a ti. 
_ entender que proteger a la persona que te está haciendo sufrir tiene un impacto y provoca sufrimiento en la gente que te quiere, y que no es justo.
_ aprender que no tienes tanto poder sobre la vida y los sentimientos de los demás, y que tu único poder es cambiarte a ti misma y trabajar en tí
_ saber perder las batallas, y abandonarlas para no salir heridas de ellas.

Para dejar de sufrir hay trabajar con el ego, para que no se crea tan necesario ni tan importante. Y ser humilde, para aceptar las derrotas con dignidad #Aprendiendo #Humildad #AutocríticaAmorosa

En mi blog: 

24 de julio de 2020

Definición de "Amor Romántico", por Coral Herrera





DEFINICIÓN DE AMOR ROMÁNTICO
Por Coral Herrera Gómez

El amor es una energía poderosa que mueve el mundo y nos ha permitido sobrevivir como especie. Dentro de ella hay muchos tipos de energías amorosas, y una de las más importantes es la del amor romántico, que podría definirse como el fenómeno químico, sexual, hormonal, político y cultural que atrae a los amantes entre sí bajo una intensidad descomunal, y que cuando es correspondido nos hace vivir una experiencia alucinógena que nos conecta directamente con el Cosmos. 

El amor romántico es una construcción cultural y social, un mito que se consolidó durante el siglo XIX en nuestra cultura occidental y que se expandió por todo el planeta gracias a la globalización. Hoy es un fenómeno universal que une a las personas de dos en dos, y que constituye un gran negocio para una industria centrada en las parejas y sus creaciones de nidos. 

El amor no nace, se hace: aprendemos a amar en el momento histórico que nos ha tocado, en la clase social a la que nos ha tocado pertenecer: interiorizamos la cultura amorosa en la que nacemos a través de la educación, la socialización y los medios de comunicación de masas. No se ama igual en un pueblecito de Japón que en un barrio de Montreal : el amor es un fenómeno en constante construcción que varía con las etapas históricas y épocas geográficas, y se alimenta de las culturas amorosas a las que coloniza.

La ideología que subyace al mito del amor romántico en la actualidad del siglo XXI es capitalista, colonialista y patriarcal. Es decir, que sus mensajes van dirigidos a mantenernos a las mujeres sometidas al dominio del varón, y presas de un engaño que dura hasta que maduramos o nos hartamos. Las mujeres son educadas para amar sin condiciones, en una posición de sumisión, y desde pequeñas invertimos toneladas de tiempo y energía en el amor romántico. Tanto que incluso el hombre más pobre y mísero del planeta tiene a una mujer trabajando para él y cuidándolo gratis, en nombre del amor. Son millones de horas las que dedicamos a trabajar gratis las mujeres en todo el mundo: la doble jornada laboral de las mujeres no solo es un rol femenino de nuestra cultura patriarcal, también se considera una demostración de amor hacia el marido y los hijos e hijas 

El amor también es una droga que nos tiene muy entretenidas. Nos hace pasar muchas horas soñando con el romance ideal, con la llegada de la media naranja, con el final feliz del cuento. Pero también nos hace daño, como cualquier droga, cuando abusamos de ella o nos excedemos en las dosis: el patriarcado nos quiere a todas adictas al amor romántico, y quiere que le demos prioridad a nuestra necesidad de vivir el romance por encima incluso de nuestro bienestar y nuestra salud mental y emocional.  

Cuando somos correspondidas, el amor es una de las experiencias más hermosas que podemos vivir en la vida. Si hay cuidados mutuos, respeto, honestidad, complicidad, comunicación, generosidad, compañerismo y solidaridad, y muchas ganas de disfrutar del amor, el amor es una vivencia llena de placer. Cuando podemos amar en libertad, el amor es una experiencia de liberación que nos permite disfrutar del sexo y de la vida, nos permite también ser nosotras mismas, conocernos mejor, trabajarnos por dentro, y crecer y potenciar nuestro desarrollo personal. 

El amor de pareja sólo puede disfrutarse en condiciones de igualdad, y cuando se da en un entorno libre de explotación y violencia. No nos han enseñado a tratarnos bien, a cuidarnos mutuamente, a disfrutar la relación el tiempo que dure, y a cortarla a tiempo cuando se acaba: necesitamos mucha educación sentimental, sexual y emocional para aprender a querernos bien. 

¿Por qué tanta insistencia con la pareja heterosexual y las familias felices? 

Porque las familias son las principales reproductoras, productoras y consumidoras: sostienen todo el sistema capitalista. Nos quieren de dos en dos, o de uno en uno, y nos quieren con afán reproductivo. Ahora en algunos países se permite el matrimonio igualitario y la adopción de parejas lesbianas y gays, siempre que funden una familia feliz al estilo heterosexual. 

El sexo y el amor romántico 

A las mujeres se nos educa para que no podamos separar sexo y amor romántico, y a los hombres justo para lo contrario. El mayor mandato del mito romántico es la monogamia y la exclusividad sexual y sentimental, pero es solo un mito construido para las mujeres. Los hombres siempre han gozado de una gran diversidad sexual y amorosa porque la doble moral les perdona todo. A las mujeres que gozamos de una vida sexual libre y diversa, se nos castiga rebajándonos a la categoría de “puta”, el insulto favorito de los machos patriarcales para intentar restringir o eliminar nuestra libertad sexual y amorosa.  

¿Por qué sufrimos tanto por amor? 

Porque el romanticismo y el cristianismo tienen muchas cosas en común: ambos prometen  paraísos de felicidad y abundancia, ambos exaltan el sufrimiento como una demostración de amor y una prueba de fortaleza interna. En ambos mitos hay heroínas y héroes sufridores, actos heroicos, dramas eternos, y la fe en la idea de que aunque esto es un valle de lágrimas, y lo mejor está por venir. A las mujeres nos hacen creer que aguantando y sufriendo se obtiene una gran recompensa (que te amen para siempre, que no te dejen nunca), mientras que los hombres son educados para defender su libertad, para vivir sus afectos con otros hombres y para no poner la pareja en el centro de sus vidas. El discurso romántico y el cristiano hegemónico tienen en común que ambos se dirigen a las mujeres, y ambos nos quieren de rodillas. 

Amor y feminismo

El feminismo trabaja para desmitificar el amor y construir relaciones igualitarias, sanas, libres de violencia y de dependencia. Sí es posible sufrir menos, y disfrutar más del amor. Pero hay que trabajar mucho en el ámbito educativo y en el cultural para reivindicar que otras formas de quererse son posibles, para liberar al amor de toda su ideología patriarcal, y para poner en el centro los cuidados mutuos, y los cuidados compartidos. Lo Romántico es político: el cambio tiene que ser a la vez individual y colectivo, y la revolución amorosa será feminista, o no será. 


Coral Herrera Gómez 


El Breve Diccionario de Feminismo  ya está en librerías, publicado por Los Libros de la Catarata y  coordinado por Rosa Cobo Bedia y Beatriz Ranea Triviño, junto a maestras y compañeras como Marcela Lagarde y de los Ríos, Alda Facio, Mari Luz Esteban, Nuria Varela, Silvia Buabent Vallejo, Beatriz Gimeno, Carmen Castro, Pilar Aguilar Carrasco, Mar Esquembre Cerdá, Alicia Puleo, Marian Moreno Llaneza, Laura Nuño Gómez, Luisa Posada Kubissa, Alicia Miyares, Carmen Ruiz Repullo, Henar Sastre Domingo, Victoria Sendon de Leon y muchas otras. Lo podéis comprar en papel y en ebook, en librerías y en la web de Catarata. 

17 de julio de 2020

Cómo trabajar la dependencia emocional



Ya podéis escuchar mi nuevo podcast, el 8 episodio de "Disfrutar del Amor", en Ivoox y Spotify, espero que os guste mucho y os sea muy útil. 

12 de julio de 2020

Los cuernos de las reinas son nuestros cuernos



A Sofía y a Diana las engañaron, pero nos engañaron a todas las demás también. Nos engañan todo el tiempo. El matrimonio por amor es una estafa. 

No son las únicas: a María Victoria de España, a Paola de Bélgica, a Silvia de Suecia, a Noor de Jordania, a María Isabel de Dinamarca, e incluso a la Reina Isabel II de Inglaterra, también las han engañado. 

Casi todas las princesas y reinas de las casas reales han sufrido infidelidades durante siglos. 

Y nosotras, las plebeyas, también. 

Nos casamos pensando que vamos a ser felices y que el amor verdadero es exclusivo y monógamo. Cuando descubrimos la trampa, a menudo es demasiado tarde, porque ya estamos atrapadas en una estructura de dependencia que no nos permite echar a volar. 

Las princesas que sufren por amor tienen dos opciones cuando descubren las infidelidades de sus príncipes: o renunciar al amor y al sexo, quedarse calladas y resignarse como Sofía, o protestar y divorciarse como Diana, que prefirió renunciar a los títulos de la realeza para poder vivir su vida como quería. 

Nosotras tenemos menos opciones aún: ni tenemos títulos, ni tenemos acceso al divorcio porque vamos directas a la precariedad y a la pobreza. 

¿Para qué nos engañan? Para que nos atemos a un hombre, para darle hijos, para que nos quedemos en casa, para que participemos en la estafa colectiva de la familia feliz, y para que aguantemos cuando la descubramos. 

¿Cómo nos engañan? En la infancia nos ofrecen historias de amor con final feliz y nos seducen con las imágenes de bellas plebeyas que salen de la pobreza a través del amor y se convierten en princesas. Para hacer más real el asunto, nos ofrecen bodas reales de mujeres de carne y hueso que salen del mundo laboral, se van a vivir a un palacio, comen perdices y son felices. 

La Monarquía es una institución que sirve para dar ejemplo, para ofrecer modelos de masculinidad y feminidad a los que imitar, para que multipliquemos las familias felices, para que todo siga en orden. Nos retransmiten las bodas reales para hacernos creer que la felicidad está en encontrar a tu media naranja y dedicarte a cuidarle a él y a sus hijos durante el resto de tu vida. Se gastan millonadas en sus bodas, y asistimos a ellas masivamente, encandiladas con el lujo y el derroche de flores, vestidos de alta costura, joyas, coches carísimos, sonrisas perfectas. 




El planeta entero vibra con las miradas de amor que cruzan los novios en el altar, redoblan las campanas de alegría, estallan los aplausos en la calle cuando pasa la comitiva nupcial, las multitudes piden que la pareja recién casada se bese, y nos pasamos semanas consumiendo noticias sobre el fastuoso banquete de bodas y la dulcísima luna de miel, esperando que dentro de nueve meses anuncien la llegada del primer bebé que garantizará la perpetuidad de la Corona. 

Millones de mujeres ven cumplido el sueño de los cuentos de princesas cada vez que se celebra una boda real y ven entrar a la novia por la puerta de la Catedral al son del Aleluya. Son mujeres de carne y hueso elegidas por los herederos de los tronos reales para ser las futuras reinas: unas son nobles o de familias emparentadas con la familia real, y otras son plebeyas, como Kate Middleton, Leticia Ortiz o Megan Markhle. Todas ellas ayudan a soñar a millones de mujeres adictas al amor romántico.  

Después de la luna de miel, vienen los bebés reales, y con ellos, la cascada de infidelidades. La lista de príncipes y reyes infieles de nuestra época es enorme: Alfonso XIII de España, Alberto II de Bélgica, Carlos Gustavo de Suecia, Hussein de Jordania, Federico de Dinamarca, Carlos de Inglaterra, y por supuesto, no podía faltar en esta lista, Juan Carlos I de España. 




A Sofía de Grecia la casaron muy jovencita, y en las fotos se la ve muy ilusionada. En pocos años su matrimonio estaba roto por las infidelidades de Juan Carlos I, que pagaba a sus amantes a cambio de silencio, y acumuló una enorme fortuna aprovechándose de su condición de rey inviolable. Podría haber vivido muy bien con el dinero que los españoles ponen todos los años para mantenerle, a él y su prole, pero era muy generoso con sus amantes, y quería vivir a todo trapo. Mientras se daba la gran vida, condenaba la corrupción en sus charla de Nochebuena de cada año, y advertía que el peso de la justicia debe recaer sobre todos los ciudadanos que no cumplen con la ley. 

La Reina Sofía fue educada para aguantar y para sufrir, para disimular su tristeza o su rabia, para mantener la sonrisa antes las cámaras, para seguir con su papel de esposa fiel y madre entregada, incluso cuando se empezaron a destapar todas las infidelidades de su marido. Eligió ser la mujer patriarcal, sumisa y obediente que sufre en silencio en una época en la que el divorcio estaba prohibido y el matrimonio era un sacramento eterno, ¿tenía otra opción en aquel entonces?. 

Sofía tenía que dar ejemplo a las demás mujeres de España: una mujer de verdad lleva sus cuernos con resignación y con toda la dignidad posible, y no abandona nunca su puesto como esposa oficial. 

Lady Di rompió con ese papel de mujer sufrida: es cierto que al principio se presentó ante los medios como una víctima de la infidelidad de Carlos, pero más tarde confesó que ella no renunció al sexo y al amor, y que tuvo varios amantes: un cantante, un chófer. un profesor de equitación, un guardaespaldas... no tuvo mucha suerte en el amor hasta que llegó Dodi Al Fayed, que podría haberle dado hermanos árabes a los herederos del glorioso imperio británico. 
 
El público siempre estuvo de su parte porque ella fue engañada y utilizada para estafar al pueblo británico, y la coronó como la reina del pueblo. Carlos siempre estuvo enamorado de Camila, que estaba casada. Y hoy por fin, ambos han cumplido su sueño y viven juntos y felices, con la bendición de la Reina Isabel II. 

En su momento había que buscarle a Charles una princesa de verdad. Eligieron a Diana porque era una muchacha dulce, educada, tímida, que creía en los cuentos de hadas, pero podrían haberle destrozado la vida a cualquier otra jovencita que cumpliese condiciones similares. 

No sabemos si Carlos se paró a pensar en algún momento si era justo utilizar a Diana, que tenía doce años menos que él, para poder seguir su relación con Camila. Con o sin remordimientos, él y su familia se aprovecharon de su inocencia: mientras Diana creía en el mito del matrimonio por amor, en las casas reales siempre han sabido diferenciar muy bien entre el amor y el matrimonio, el placer y las obligaciones. 




La monarquía es una institución que sostiene a las principales instituciones de los Estados posmodernos de hoy en día, que son las mismas que en la Edad Media: Ejército, Iglesia, la Banca y la Familia Tradicional. En las bodas reales están todos: el novio viste traje militar de gala, los recién casados pasan por el puente de sables que bendicen su unión, los empresarios y los banqueros lucen sus mejores galas, acuden herederos de todas las casas reales, y las bodas se celebran bajo el rito católico en catedrales imponentes con música sacra, custodiados por el ejército nacional y la cúpula de la jerarquía eclesiástica, todo adornado con flores y trajes de ensueño. 

Estas bodas, y sus consiguientes infidelidades, las pagamos nosotras de nuestro bolsillo, a través de los impuestos. 

La función de las mujeres en la monarquía es, básicamente, ser madres y esposas, mantenerse guapas, sonreír, servir al marido y a la nación, y darle herederos a la corona. Es también la función que tenemos las demás mujeres, según los postulados de la derecha más extrema de la Iglesia Católica. Los hombres son educados para vivir como reyes, mientras las mujeres somos educadas para que nos creamos que algún día seremos la princesa de alguno de esos reyes. 

A ninguna mujer le gusta vivir con cuernos, porque las que perdemos nuestro prestigio con las infidelidades de ellos somos nosotras. Ellos quedan siempre como machos con una gran potencia sexual. Las cornudas en cambio han sido siempre objeto de burla de los demás: en el imaginario colectivo, se cree que una mujer que no es capaz de vigilar, controlar y castigar a su marido, es una fracasada. 

El patriarcado nos hace creer que las culpables de las infidelidades masculinas somos las mujeres, bien porque nos dedicamos a calentar a los maridos de otras, bien porque no cuidamos a nuestros maridos, no les damos lo que desean y por eso se ven "obligados" a irse con otras. La única posibilidad de conservar algo de dignidad para una mujer cornuda es hacer como que no tiene cuernos, y sufrirlos en silencio, igual que se sufren las almorranas. 

Si te rebelas ante las infidelidades de tu marido, tienes que enfrentarte a una sociedad machista que disculpa a los hombres y se burla de las mujeres que quieren ser felices en su matrimonio, y de las mujeres que son engañadas por sus esposos. Una sociedad machista que castiga de manera diferente la infidelidad femenina y la masculina: a ellos les dejan tres días durmiendo en el sofá cuando echan canitas al aire, mientras que a ellas las asesinan cuando son infieles, o cuando quieren separarse. Según la ONU, 87 mil hombres asesinan a sus esposas o ex esposas cada año. 




Volvamos al cuento de hadas, a los trajes de novia, a los ramos de flores, al sonido de los violines. Las princesas tienen que formar familias felices para dar ejemplo a las plebeyas, y para seducirnos a todas con la idea de que la felicidad, el dinero y el poder se pueden conseguir a través del matrimonio. La revista ¡Hola! es un ejemplo del éxito de esta estrategia para que las mujeres crean en el mito del matrimonio por amor: hay millones de adictas a los reportajes de princesas mostrando sus lujosos palacios, sus lindos vestidos, y sus bebés blanquitos y rosados para despertar la admiración y la envidia de las mujeres de carne y hueso, e invitarlas a hacer lo mismo, pero con menos lujos. 

Después de esos reportajes aparecen las mujeres de toreros, futbolistas y grandes empresarios. Son princesas de segunda categoría, pero también se muestran muy felices confinadas en su hogar y dedicadas a su familia. Cuando no están cuidando de la casa, de sus maridos e hijos, ni cuidando su aspecto físico, es decir, en su escaso tiempo libre, se dedican a ejercer la caridad y a hacerse fotos con niños pobres o con enfermos de cáncer, y a acudir a fiestas como jarrón florero al lado de su esposo. Todas tienen criadas y niñeras para poder ir al gimnasio, acudir a desfiles de alta costura,  y tomar el sol en el yate   

Y después estamos nosotras, las de carne y hueso, al final de toda la jerarquía, mujeres que se topan con una realidad muy distinta a la que soñaron viendo las bodas reales por la televisión. 

¿Cómo lleva la Reina Sofía sus cuernos? Nunca ha torcido el gesto en público. A veces tarda un poco en llegar al hospital cuando operan a su marido, pero va. Cuando era joven creyó que no podía liberarse de su papel de esposa abnegada y sufriente, y aceptó su cruz particular. La mujer que sufre ha sido divinizada por la Iglesia, el modelo de la Virgen María nos fue impuesta bajo la dictadura de Franco: las mujeres debían ser monógamas y aguantar, soportar, y vivir con resignación asumiendo la presencia de las amantes de sus esposos. Sofía ha sido el ejemplo a seguir por las demás: una mujer que no protesta, y que tras la amarga decepción, decide disimular y hacer lo que se espera de ella. 

Silencio, aguante, discreción y sacrificio. Por el bien de España.

Juan Carlos quiso divorciarse de Sofía para casarse con Marta, pero le quitaron la idea de la cabeza: España no estaba preparada para los divorcios reales como Inglaterra o Mónaco. Fueron 40 años de dictadura, y la Iglesia nunca le hubiese apoyado. Debía cumplir con sus obligaciones y permanecer casado con Sofia, muy a su pesar. Los reyes tienen muchos privilegios, como tener amantes, pero no pueden enamorarse de ellas, ni casarse con ellas. 




La mayoría de las mujeres van al matrimonio hoy en día como fueron Sofía y Diana, sin saber que el mito de la monogamia es en realidad un mandato que existe sólo para las mujeres: en general, los hombres siempre han podido tener una vida sexual y amorosa diversa, y plena. Y los que más amantes tienen y los que más disfrutan son los hombres que tienen dinero y poder, como es el caso de los reyes. Todos han aparentado ser hombres monógamos y obedientes con el Régimen Heterosexual, ejemplares ciudadanos y excelentes padres de familia que van a misa los domingos, y casi todos han tenido amantes e hijos ilegítimos. En algunos casos la prensa de su país los ha encubierto, como en España, y en otros no.  

Diana también vio muchas películas de princesas, y fue al matrimonio creyendo que el matrimonio era cosa de dos. Después de la boda, Carlos apenas quería tener sexo con ella, pero disfrutaba como un loco con el gran amor de su vida: "Quiero ser un tampón para meterme en tu vagina", le decía a Camila en los tórridos mensajes publicados años después en los principales diarios ingleses. 

La Casa Real Británica utilizó a Diana para construir una familia feliz ficticia, y cuando se destapó toda la estafa romántica, ella logró que la población mundial se pusiese de su parte. 

Al principio aguantó todo tipo de humillaciones: Camila viajó con el matrimonio, sus hijos y su séquito varias veces en vacaciones, y en varios eventos públicos. Camila siempre estuvo ahí, hasta que Lady Di se hartó, decidió romper su imagen angelical y destrozó frente a las cámaras el cuento de hadas que empezó semanas antes de su boda y que duró demasiados años. 

Diana sufrió mucho: tuvo depresión, bulimia y anorexia, crisis nerviosas, e intentos de suicidio, pero Carlos no se compadeció de ella, ni se enamoró de ella. Cuando Diana se rindió, asumió que su matrimonio era de tres, y que la corona británica era una farsa, empezó a vivir mejor y a cuidarse más, y a tener también sus amantes. Se atrevió a romper el silencio, a desvelar el lado oscuro de la monarquía, a denunciar la estafa que había sufrido en las televisiones de todo el mundo. 

Tiempo después, se atrevió a hablar de sus infidelidades, y se justificó dejando claro que rompió la monogamia porque su marido nunca la amó, y nunca estaba en el palacio. Y todas la comprendimos al instante. No era justo que ella quedara condenada a vivir sin sexo, sin amor y sin cariño mientras Carlos El Egoísta vivía como antes de casarse, viendo a su amante y dedicado a sus pasiones. 

Como todos los hombres infieles que lo quieren todo: una esposa fiel y al mismo tiempo un montón de amigas disponibles en su agenda.




Sofía también tuvo a Corinna en palacio y en los viajes oficiales en avión. Era la asesora de su marido, rubia, guapa, joven, y poderosa. Y me imagino la humillación que debió sentir: se tuvo que comer la situación con patatas. 

Hoy Sofía sigue en silencio, viendo desde la distancia cómo su marido se hunde poco a poco. La prensa ya no protege al emérito, el poder judicial le ha retirado la impunidad, y cada día sabemos más detalles del engaño: la imagen de una familia real feliz, tradicional y campechana se ha desmoronado. 

Ni feliz, ni tradicional, ni campechana: hoy la familia real se ha reducido y fragmentado, hoy sabemos que Juan Carlos I utilizó sus privilegios para amasar una ingente fortuna, que nunca quiso tributar en España, que su matrimonio nunca fue feliz, y que todo lo que nos contaron era mentira. No había familia feliz veraneando en el palacio de Marivent, ni yendo a misa, ni besando la mano del Papa. El Rey no respetaba la institución del matrimonio, y tampoco amaba a su país: escondía su dinero en cuentas de Suiza y lo gastaba en mujeres. 

El símbolo de esa gran estafa es la aparición de Corinna luciendo la pulsera que le regaló el Rey de más de tres millones de euros, aunque a quien más nos duele es a todos los españoles que la financiamos pagando nuestros impuestos. Cuando se rompió la cadera matando elefantes en Botsuana, descubrimos la ficción con la que nos engañaron durante años. 

Sólo que Juan Carlos no engañó sólo a Sofía: se rió de toda España.

El Rey nos pidió perdón por la tele y nos dijo que no volvería a ocurrir. 

Como cualquier marido que es descubierto mintiendo y engañando a su compañera: te pido perdón, lo siento mucho, no volverá a ocurrir. 
 
¿Y cómo se ríen los maridos de nosotras? Echad un vistazo a los aparcamientos de los moteles y los burdeles en pueblos y carreteras: están llenos de coches por la mañana, por la tarde, y por la noche. 

¿Por qué aguantamos las mujeres los cuernos al mismo tiempo que obedecemos la ley de la monogamia? Porque no tenemos autonomía económica, ni emocional, ni redes que nos sostengan en un mundo hecho por y para las parejas. 

En las revistas del corazón las princesas que sufren infidelidades, o bien perdonan a sus maridos y les dan una segunda oportunidad, o bien son presentadas como víctimas que están luchando por sanar sus heridas y rehacer sus vidas junto a otro hombre guapo y famoso.

¿En qué se parecen sus cuernos a los nuestros? En que todas hemos sido educadas para creer en el mito de la monogamia y en el mito del matrimonio por amor, no importa a qué clase social pertenezcamos: todas soñamos, en algún momento de nuestras vidas, con el príncipe azul, con el gran amor de nuestras vidas, con el compañero ideal con el que hacer este viaje por el mundo. Y todas tenemos miedo a quedarnos solas y a que nadie nos quiera. 

¿Cuál es la diferencia entre los cuernos de las reinas y los nuestros?  Ellas tienen mucho dinero en su cuenta bancaria, y nosotras no. 

Ahora que sabemos todo lo que hay detrás de las familias unidas y felices que forman las mujeres más envidiadas e imitadas del planeta, me pregunto si volveremos a llorar con la próxima boda real. 

Ahora que sabemos que el matrimonio monógamo de reyes y reinas es una estafa en la que colaboran todas las instituciones, incluidos los medios de comunicación, ¿cuántas seguirán soñando con casarse con un príncipe que las lleve a un palacio?, ¿cuándo nos daremos cuenta de que no es lo mismo estar encerrada en un palacio que en un piso de 60 metros, y que el divorcio es un lujo que no está al alcance de la mayor parte de las mujeres del planeta?, ¿cuántas seguirán sin ver que los enlaces reales son asuntos políticos y estrategias de marketing que nada tienen que ver con el amor? 

¿Cuántas mujeres seguirán copiando los modelos del vestido de novia real para su propia boda?, ¿cuántas seguirán creyendo que sus maridos cumplirán con el pacto de monogamia que han firmado al casarse?, ¿cuantas tendrán que seguir sufriendo los cuernos en silencio, cuántas humillaciones estarán dispuestas a soportar? 

Y, cuando al poco tiempo de casarse descubran la trampa, ¿seguirán el ejemplo de la callada Sofía, o se rebelarán y se atreverán a protestar como Diana?, ¿se atreverán también a romper el pacto de la monogamia, o no lo harán por miedo a ser asesinadas?

¿Tomaremos conciencia algún día de la injusticia de la doble moral que permite a los hombres llevar  dobles vidas y regar el mundo de hijos huérfanos de padre? 

¿Entenderemos en algún momento que el amor de las mujeres es un asunto político, y que la gran estafa del matrimonio por amor está basada en la monogamia femenina y la libertad masculina?, ¿nos rebelaremos ante la injusticia y reclamaremos la libertad sexual y amorosa que nos corresponde?, 

¿Y los hombres, seguirán siendo igual de machistas o egoístas, o tomarán conciencia de sus privilegios, y se trabajarán la honestidad y el compañerismo para poder vivir en pareja?, ¿dejarán de obligar a sus parejas a ser fieles, serán capaces de amar y respetar su libertad?

¿Y nosotras, comprenderemos por fin que los cuernos de las princesas y de las reinas, son también nuestros cuernos, que el adulterio forma parte del régimen monogámico, y que la infidelidad masculina no es un problema personal ni de pareja, sino un problema colectivo? 

Coral Herrera Gómez 



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9 de julio de 2020

Hasta que descubrí que el amor es para disfrutar (yo no era feminista)

Ilustración de Laura Astorga Monestel


YO NO ERA FEMINISTA Hasta que descubrí que el amor es para disfrutar 

Una autora y una ilustradora cada semana: ¿Conocéis el proyecto latinoamericano Yo no era feminista? Esta semana toca mi relato, ilustrado por la gran artista costarricense Laura Astorga Monestel, ¡espero que os guste mucho!


Yo sí era feminista, pero aunque tenía toda la teoría en mi cabeza, no sabía cómo aplicarla a mi vida cotidiana. Es decir, yo me pensaba feminista, pero no me sentía feminista porque no lograba llevar la teoría a la práctica: en la escuela no me dieron herramientas para entender por qué anhelaba tanto ser amada por un hombre, por qué me habían hecho creer que el amor romántico tenía que ser el centro de mi vida, ni por qué sufría tanto por amor. 

Me crié con cuentos de princesas que están solas en el mundo, sin hermanas, ni madres, ni abuelas, ni primas, ni vecinas, ni compañeras de estudio o de trabajo. Pero además de películas y dibujos animados, también escuchaba los discursos de las amigas de mi madre hablando de los derechos de las mujeres, la libertad de las mujeres, y la necesidad de derribar el patriarcado para crear una sociedad igualitaria sin jerarquías ni explotación ni violencia. 

Entonces tenía dentro de mí esa necesidad de ser una mujer autónoma y libre, de estudiar y trabajar, de construir mi red de afectos, de llevar el timón de mi barco y navegar por mi vida eligiendo yo el camino y los lugares de destino. Pero a la vez, mis emociones eran profundamente patriarcales y soñaba con tener un compañero que me quisiera y con el que poder fundar una hermosa familia. Soñaba con poder vivir el romance del siglo, con vivir el amor total y absoluto que te hace sentir que no estarás sola nunca más, y ese sueño me hacía creer que al enamorarme y emparejarme, conseguiría una relación de igualdad y compañerismo de manera mágica, pensando que el amor todo lo podía. 

Sufrí mucho por amor, perdí mucho tiempo y energía en el amor, y a veces también, me olvidé de toda la teoría feminista sobre la libertad y la autonomía por amor. Yo estaba en una relación que no lograba soltar del todo, y pasaban los meses y yo no lograba desengancharme. Así que cuando me tocó hacer la tesis doctoral, elegí el amor romántico para intentar entender qué me estaba pasando, y por qué no sólo me pasaba a mí, sino a millones de mujeres en el mundo. Yo leía, escribía y me iba con mi perra al campo a pensar y a darle vueltas, fueron unos años muy felices en los que investigué mucho, y hablé mucho con mi gente. 

Y un día lo ví muy claro, mirando el atardecer: las mujeres tenemos derecho a vivir una buena vida, a disfrutar del sexo y del amor, a sentirnos libres, a buscar el placer y a ser nosotras mismas en todas nuestras relaciones sentimentales y afectivas. Esta idea en su momento fue revolucionaria para el feminismo, y en ese momento pasó del mundo de las ideas a explotar en mi corazón. 

Lo vi muy claro, si: yo no he nacido para sufrir, ninguna mujer ha nacido para sufrir. El amor no puede ser un arma de control social y destrucción de las mujeres, sino una experiencia de gozo, crecimiento y liberación, me dije. El amor es una construcción, y todo lo que se construye, se puede deconstruir y re-inventar. 

Pensé que sería maravilloso poder aplicar el feminismo al amor para liberarlo del machismo y el patriarcado, y de paso, liberarnos todas las mujeres del mundo, porque es a través del amor como la cultura patriarcal se perpetúa con mitos, estereotipos, mandatos, modelos, héroes y heroínas. 

En aquellos momentos empezaba a desarrollarse Internet, y yo lo que quería era colectivizar el debate en las redes, y sacar el amor romántico a la luz para debatir sobre el tema. Lo que había leído es que las feministas de los años 70 llegaron a la conclusión de que el amor romántico era una cárcel para nosotras y que como a muchas nos llevaba a la muerte o a una vida de esclavitud voluntaria, lo mejor era renunciar al matrimonio y así no tener que vivir de rodillas mendigando el amor de un hombre. 

Pero yo pensaba, bueno, no tenemos por qué renunciar al amor. Vamos a hacerlo feminista, vamos a transformarlo a nuestro gusto, vamos a convertirlo en una experiencia maravillosa que nos permita realmente acabar con la desigualdad entre hombres y mujeres. Y lo mismo para lesbianas y gays, gente monógama o poliamorosa: había que liberar el amor a la vez que reivindicamos el derecho al placer de las mujeres, y había que hacerlo desde los cuidados, la empatía, la solidaridad y el deseo de cambiar el mundo para construir una sociedad más pacífica, libre de violencia y dominación, una sociedad más justa, igualitaria y amorosa. 

Desde entonces, he trabajado para ayudar a muchas mujeres a construir sus propias herramientas que les permitan acabar las relaciones en las que no se sienten cuidadas ni queridas, para desengancharse de una de las drogas más potentes del mundo, para distinguir cuando están en una relación de dominación y sumisión, para dejar a sus parejas cuando no se sientan felices o cuando no se sientan bien tratadas. 

Después de cuatro años trabajando juntas en el Laboratorio del Amor, una red de mujeres internacional que es también un grupo de estudio, no hemos descubierto la fórmula ideal para disfrutar del sexo, del amor y de la vida, porque esa fórmula no existe. Cada cual tenemos que trabajar los patriarcados que nos habitan, tomar conciencia de lo que necesitamos, deseamos y queremos para estar bien y para ser felices, ponernos a  desmitificar el amor romántico, y construir otros modelos de relación en los que podamos ser nosotras mismas. 

Las semillas que hemos ido sembrando en estos años van dando sus frutos: ahora hemos aprendido a aceptarnos, a querernos y a cuidarnos a nosotras mismas, ya sabemos decir que no, ya sabemos, al menos, lo que no queremos, y tenemos más herramientas para entender lo que nos pasa, y por qué nos pasa. Ahora sabemos que lo personal es político, que hay otras formas de quererse, y que se puede sufrir menos, y disfrutar más del amor, y por eso creemos que hay que seguir trabajando mucho para poder llevar la teoría a la práctica, y para poder vivir una buena vida, que es muy corta, y sólo tenemos una. 


Coral Herrera Gómez. 

Post publicado en el libro colectivo: Yo no era feminista 

7 de julio de 2020

¿Cómo aprendemos a amar las mujeres y los hombres?



A las mujeres nos educan de manera diferente a los hombres en todo lo que tiene que ver con el sexo y el amor. Entender estas diferencias puede ayudarnos a comprender cómo hemos aprendido a amar, y por qué es tan complicado quererse bien y disfrutar del amor. Entender cómo aprendemos a amar nos puede ayudar también a desaprender todo lo que hemos aprendido, a liberarnos de los patriarcados que nos habitan, a dejar de sufrir por amor, y a cuidarnos mucho mejor para poder disfrutar más de nuestras relaciones.

2 de julio de 2020

Cómo disfrutar del Amor, ya en librerías



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Podéis adquirirlo en papel y en ebook,

Espero que os sea muy útil, que os guste mucho, y que lo disfrutéis ;) 

Coral Herrera 


Coral Herrera Gómez Blog

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