21 de febrero de 2026

El mito de la libertad de elección

 

Uno de los mitos más potentes de nuestra cultura es el de la libertad de elección. La filósofa Ana de Miguel lo explica muy bien: ninguna persona es libre para elegir cuando está condicionada por la necesidad. 

Además , también nos condiciona la clase social a la que pertenecemos. Un hombre de clase obrera no puede elegir su trabajo: tendrá que buscar un empleo determinado por el barrio en el que nació y el colegio en el que estudió.

El ascensor social funciona sólo para unos pocos elegidos: para triunfar en la vida necesitas herencia, apellidos y contactos. La gran mayoría de los pobres mueren pobres y los ricos mueren ricos, no hay más que echar un vistazo a las estadísticas que lo demuestran.

La libertad no es lo mismo para los hombres que para las mujeres. Para ellos, la libertad consiste en acumular poder, dominar a los demás, y usar a las mujeres como sirvientas domésticas, sexuales o reproductivas. 

Los deseos masculinos son ahora derechos humanos, pero tienen que pagar por ellos. A ellos les dicen que ellos pueden llegar a ser quien quieran ser, otro gran mito de la posmodernidad que está haciendo mucho daño. Ahí están los influencers vendiéndote la idea de que se puede vivir sin trabajar, invirtiendo en criptomonedas o convirtiéndote en influencers como ellos. 

La libertad para las mujeres es otra cosa. No tenemos libertad para elegir si queremos o no ser madres, pero tenemos libertad para gestar bebés para los hombres que quieren ser padres, para dedicarnos a la prostitución y al por-no, para trabajar gratis para el marido y para ponernos el burka. Nos dicen que eso es libertad e incluso que es un derecho y que nadie puede impedírnoslo si nosotras queremos someternos voluntariamente.

Pusieron en el centro el concepto de consentimiento precisamente para ello, con el mantra de que si nosotras consentimos el abuso, la explotación y la violencia, ya no es violencia. 

Pero la realidad es que muchísimas mujeres consentimos la violencia y decimos “sí” cuando queremos decir “no” por múltiples motivos: miedo, necesidad económica, dependencia emocional, y la creencia de que nuestro rol es complacer a los demás. 

Nos coaccionan, nos manipulan y nos presionan porque previamente nos han educado para consentir y no nos han enseñado a ser asertivas y a poner límites. Y cuando nos atrevemos a decir NO y a protestar, nos tachan de exageradas, de intensas o de locas. 

Usan a las mujeres más dóciles para defender sus intereses y sus privilegios. Ellas utilizan también el mito de la libre elección porque han llegado a creer que poner el cuerpo al servicio del patriarcado y el capitalismo es empoderante. La realidad es que  lo único que nos empodera es tener autonomía económica y que nuestros cuerpos no son un producto ni un bien que tenemos: nosotras somos nuestros cuerpos. 

Mi cuerpo soy yo, no es una cosa que tengo, ni es un medio para alcanzar mis metas. Yo soy mi cuerpo. 

Las mujeres que tienen dinero no “ponen el cuerpo” para ayudar a los hombres a cumplir sus deseos y satisfacer sus necesidades. E incluso muchas usan su poder para someter a las mujeres sin dinero, como la escritora que alquiló a una mujer pobre para que pusiera el cuerpo, y gestara y cuidara al bebé comprado mientras ella escribía un libro sobre los derechos de las mujeres. 

La libertad de las mujeres está supeditada al deseo y las necesidades masculinas. Por eso la sociedad aplaude cuando enseñamos nuestras tetas para despertar el deseo sexual y se horroriza cuando las sacamos para amamantar a nuestros bebés. 

Las mujeres somos tan libres en el patriarcado que tenemos sólo tres opciones: casarnos con Dios, casarnos con un hombre, o servir a muchos hombres. Si no elegimos ninguna de las tres opciones, y preferimos quedarnos solteras, si no queremos tener hijos, si preferimos centrarnos en nuestra carrera, se nos señala como egoístas y ambiciosas. Las mujeres libres y con poder son señaladas como brujas, y son una amenaza para la sociedad, porque provocan un efecto contagio en las demás. El precio que pagamos por ser libres es demasiado alto.

No somos libres las mujeres, porque no tenemos poder en la esfera pública ni tenemos autonomía económica. La explotación sigue siendo explotación y la violencia sigue siendo violencia aunque la aceptemos voluntariamente. No os dejéis engañar: consentimos porque no tenemos otra. Igual que los hombres de clase trabajadora que aceptan salarios que casi no dan para vivir: la gran mayoría no tiene otra opción. Y aunque muchos luchan contra la explotación laboral, la gran mayoría no apoya la lucha contra la explotación doméstica, sexual y reproductiva de las mujeres porque se benefician de ella. 

En un mundo donde solo disfrutan de los derechos humanos quienes puedan pagarlos, y donde la pobreza nos esclaviza a todos y a todas, es fundamental desmontar los mitos que sostienen el sistema, y uno de los mas importantes es el mito de la libre elección.


Coral Herrera Gómez Blog

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