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6 de septiembre de 2019

¿Para qué sirve la autocrítica amorosa?




La autocrítica amorosa es maravillosa para la salud mental y emocional, y sirve para muchas cosas:



          - Para conocerte mejor a ti misma
          - Para aceptarte tal y como eres
          - Para ser mejor persona
          - Para ser plenamente responsable de tu bienestar y tu felicidad
          - Para ser más libre y autónoma
          - Para identificar qué necesitas trabajar para estar bien
          - Para trabajarte todo aquello que te hace sufrir 
          - Para trabajarte todo aquello que crees que puedes mejorar en ti
          - Para saber qué quieres, qué deseas, y qué necesitas
          - Para divertirte más contigo misma
          - Para cuidarte más
          - Para poder cuidar más a tus seres queridos
          - Para escucharte con amor y plena atención
          - Para aprender a comunicarte contigo misma
          - Para ser más humilde
          - Para ayudarte a ti misma
          - Para aprender a tratarte bien
          - Para evitar el autoengaño
          - Para evitar la dependencia emocional
          - Para construir relaciones sanas y libres
          - Para trabajar los patriarcados que te habitan desde la infancia
          - Para parar la guerra contra ti misma
          - Para sanarte y curar viejas heridas
          - Para dialogar, llegar a acuerdos y pactar contigo misma,
          - Para aprender a respetar los pactos que estableces contigo misma
          - Para elaborar planes y estrategias que te permitan poner en práctica la teoría
          - Para fabricar las herramientas que necesitas para llevar la utopía a la realidad
          - Para ser la escritora de tu propia historia de vida
          - Para liberarte de tus miedos e inseguridades
          - Para parar el autoboicot.
          - Para aprender a hablarte con más ternura
          - Para ser más paciente y comprensiva contigo misma
          - Para ser más sincera y empática contigo misma
          - Para aprender a gestionar las emociones y que no hagan daño a nadie
          - Para sentirte acompañada en la vida incluso cuando estás sola
          - Para centrarte en tus proyectos
          - Para empoderarte y empoderar a tus compañeras
          - Para aprender a valorar tu red de afectos
          - Para poder llegar al fondo y a la raíz de todo
          - Para ampliar tus pasiones y el gusto por la vida
          - Para ser honesta contigo misma
          - Para ser honesta con las personas con las que te relacionas
          - Para disfrutar más de tu compañía
          - Para tomar conciencia de la gente que te quiere y te cuida
          - Para felicitarte por tus pequeños y grandes avances en el trabajo personal
          - Para animarte a ti misma en las recaídas y los retrocesos
          - Para volver a identificar qué tienes que trabajarte para estar bien 
          - Para crecer, para aprender de ti misma, y para hacerte más sabia,
          - Para tomar conciencia de todo aquello que no te gusta, y que no quieres admitir,
          - Para conectar de nuevo con tu niña interior.
          - Para ponerte siempre de tu lado
          - Para mantener a raya los miedos y las inseguridades
          - Para hacerte la vida más fácil y más bonita, 
          - Para hacer la vida de los demás más fácil y bonita
          - Para dejar atrás el pasado y mirar al futuro con ilusión.
          - Para saborear tu presente.
          - Para aprender a usar tu poder sin hacer daño a nadie
          - Para sentirte orgullosa de ti misma
          - Para disfrutar más del sexo y del amor
          - Para desmitificar el amor romántico y ser más realista
          - Para disfrutar más de todas tus relaciones sexuales, afectivas y familiares
          - Para ser valiente y atreverte a todo
          - Para que no permitas que nadie te haga daño
          - Para distinguir lo que es importante y lo que no
          - Para sufrir menos, y disfrutar más 
          - Para tomar conciencia de que tienes derecho a vivir una buena vida
          - Para utilizar el sentido común y para tomar buenas decisiones
          - Para dejar de poner en el centro de tu vida la pareja romántica
          - Para apostar por tus sueños, y tus proyectos sin miedo. O con miedo, pero apostar.
         - Para comprometerte contigo misma al cien por cien: con tu relación contigo misma,                 con tu auto cuidado, con tu crecimiento, con tu salud mental y emocional, y con tu                   felicidad.




La autocrítica amorosa es el método con el que me trabajo los patriarcados que me habitan, el amor romántico, mis relaciones afectivas, y todo aquello que necesito trabajar para ser mejor persona. También trabajo la autocrítica amorosa en buenas compañías con las mujeres del Laboratorio del Amor. Nos hacemos muchas preguntas, nos brindamos consejos, nos escuchamos y nos acompañamos, cuestionamos y desmontamos el amor romántico, aprendemos a querernos a nosotras mismas, nos responsabilizamos y nos comprometemos con nuestro bienestar, y nos rebelamos juntas. 

Es mucho más fácil en grupo que a solas: trabajar con más mujeres nos ayuda a entender que nuestros problemas no son personales, son colectivos. En estos años que hemos pasado juntas hemos empezado a florecer: recoger los frutos que va dando este trabajo es una de las cosas más hermosas del mundo, porque no sólo cambiamos nosotras para sufrir menos y disfrutar más del amor. Estamos cambiando todas. Cuando una se libera, nos liberamos todas. 

El cambio individual va transformando poco a poco el mundo en el que vivimos. Cada vez somos más mujeres comprometidas con nuestro trabajo personal para vivir mejor y que los demás vivan mejor. Comprometidas con el auto-cuidado, con nuestro derecho al placer, a disfrutar del sexo y del amor, y el derecho a tener una buena vida libre de sufrimiento. 

Si quieres saber más sobre la autocrítica amorosa y trabajo que hacemos en el Laboratorio del Amor haz click aquí


Coral Herrera Gómez

17 de agosto de 2019

Próximos talleres en Costa Rica y en España

el 1 de noviembre en Sevilla, España

el 31 de agosto en Amarú, San José de Costa Rica

En Costa Rica imparto un taller en Amarú, el 31 de Agosto, 

y en España en Sala Mera, en Sevilla, el 1 de Noviembre.  


6 de agosto de 2019

Cómo cuidarte y cuidar a tu ex cuando te separas



Cuando llega la separación en una relación de pareja, hay que cuidarse mucho y cuidar a la otra persona. Al dejar de amar a alguien, no dejamos de quererlo y de preocuparnos por su bienestar y su salud. Algunos tips para quererse bien mientras nos separamos:

Cuando llega el desamor y una relación se acaba, ayuda mucho todo el trabajo que estamos haciendo desde el feminismo con las emociones y el auto-cuidado. Esas mismas herramientas pueden ayudarnos mucho a separarnos con amor, y a cuidarnos mucho a nosotras mismas: podemos construir una ética amorosa que nos permita romper nuestras relaciones intentando no empezar una guerra, no sufrir, y no hacer daño a la otra persona.

Una de las claves para cuidarnos cuando nos separamos es ser valiente y honesta/o. Hay que hablar mucho sobre cómo nos sentimos. El primer paso es sentarse a hablar con una misma y decirse en voz alta lo que está pasando: "me estoy desenamorando, ya no siento lo mismo de antes, ya no quiero seguir con él/ella".

Aceptar es una de las claves para poder separarnos bien: hay que ser muy realista, muy humilde y muy generosa, y hay que trabajarse mucho el EgoLa aceptación con respecto a una separación llega cuando somos realistas y asumimos que se acabó la historia. Con la aceptación empieza el duelo, y desde ahí nos es más fácil ser generosas y dejar marchar a la otra persona de nuestro lado.

Es maravilloso cuando podemos llegar a desear a nuestro ex lo mejor en la nueva etapa que comienza: se abre ante nosotras un nuevo horizonte, una nueva vida con nuevos afectos y con nuevas experiencias y aprendizajes. Es fascinante que ambos podamos dejar el pasado atrás, vivir varias vidas, y tenernos para siempre en el recuerdo.

Aceptar que ya no estamos enamoradas no es nada fácil.

Aceptar que ya no nos quieren es también muy difícil, y muchas nos resistimos con uñas y dientes, pensando que lo último que se pierde es la esperanza. 

Cuanto más nos resistimos, más duele el desamor. Algunas recurrimos al auto-engaño (volverá, esto es un mal sueño, en el fondo me ama, se dará cuenta de lo equivocado que está), y nos aferramos a un clavo ardiendo. Inevitablemente soñamos con el milagro romántico, el final feliz que vemos en las películas, ese momento en el que sucede algo mágico, y por fin él se da cuenta de lo maravillosa que es ella, lo ciego que estaba, y lo mucho que la ama.

Una vez que dejas de soñar con el milagro (cuando la otra persona te deja claro que ya no quiere seguir y no hay vuelta atrás, y cuando por fin escuchas lo que te están diciendo), aceptas lo que te está pasando. Viene el segundo paso, que es mucho más difícil todavía: decirle al otro/a cómo te sientes. Cuesta mucho, porque si es la otra persona la que se quiere ir, sabes que lo vas a pasar mal. Pero si eres tú la que quieres deshacer el lazo que os une, no quieres hacerle daño, te sientes una traidora, y te come la culpabilidad: prometiste que le querrías y le amarías para siempre. Estás fallando, estás demostrando que no puedes cumplir una promesa, y no sabes ni por qué te está pasando.

Cuanto más tiempo tardamos en sentarnos a hablar con la pareja, peor. Cuando llega el desenamoramiento nuestro comportamiento cambia, y las vibraciones cambian: nuestra infelicidad, nuestra culpabilidad, y nuestra desgana se palpa en el ambiente. La otra persona se empieza a dar cuenta y empiezan las preguntas, las excusas, las sospechas, las mentiras, la confusión y la incertidumbre, los miedos, los reproches, las peleas, el victimismo, las posiciones defensivas, los ataques para provocar reacción, las  llamadas de atención (trágicas o agresivas), las luchas de poder y las guerras... que aceleran el desamor y nos hacen sufrir mucho.

Tardamos tanto en dar el paso porque no nos han enseñado a separarnos bien, a cerrar las historias con cariño. Creemos que cuando llega el momento de separarse, toca vivir una escena dramática llena de insultos, reproches, reclamos, amenazas, chantajes y cosas que se dicen en momentos de dolor para hacer daño a la otra persona. La mayor parte de las veces iniciamos una guerra por inercia, creyendo que lo normal es odiar a aquel o aquella que ya no te ama. 

Si sigue pasando el tiempo y no te has sincerado, te sientes todavía más culpable y te comen los miedos, los remordimientos y las angustias, que al principio son sólo tuyas, y después son compartidas. Cuanto más disimulas, peor te sientes, y si tu pareja te pide que seas sincera y no lo eres, entonces es el infierno: cuando te dan oportunidades para que rompas la relación y no las aprovechas te sientes terriblemente.

Hay gente que lleva su cobardía al extremo y se lo monta muy mal: por ejemplo aquellos que eligen portarse mal con su pareja para que sea la otra persona la que de el paso y rompa la relación. Es común en los hombres porque tienen más dificultades para decir lo que sienten, y porque generalmente las mujeres depositan en ellos la responsabilidad de velar por su bienestar y su felicidad. Para eso está el amor: a las chicas nos enseñan que ellos son los salvadores y los solucionadores de problemas, y que sin un hombre no podemos ser felices. Entonces a ellos les cuesta más romper porque se sienten culpables o porque les da pereza. Así que eligen este camino que parece más fácil, y que sin embargo, tiene el efecto contrario.

Portarse mal con tu compañera no sirve para que te deje y sufra menos, sino más: las mujeres fuimos educadas para aguantar malos tratos, indiferencia, y para sufrir todo el tiempo "por amor": en todas las películas nos dicen que cuanto más sufres, más grande será la recompensa. Es el masoquismo romántico el que nos mantiene en relaciones tóxicas, dañinas, y basadas en la dependencia emocional.

Portarte mal para que te dejen es una opción que atenta contra la ética del amor: es una tortura para la persona a la que quieres. No le dices lo que pasa, no le das información para que pueda tomar sus decisiones, le dejas con esa duda que genera esperanza y desesperanza: es una forma de maltrato, y duele mucho.

También duele separarse y caer en el circulo vicioso de separación-reconciliación que hace tan intensas las relaciones. Es peligroso meterse en este círculo porque nos lleva a hacernos mucho daño, a sufrir mucho, y a convertirlo en una relación tóxica. Cuanto más alargamos la separación definitiva, más duele: hay que cortar por lo sano y tratar de empezar cuanto antes el contacto cero para desengancharse.

Hay parejas que logran separarse unidas, y viven juntos el proceso antes del contacto cero. Conversan mucho sobre lo que sienten y sobre los pactos que quieren hacer para sobrellevar la separación de la mejor manera posible, para hacer el proceso más fácil, para respetar los tiempos de cada uno, para repartirse los bienes comunes, para compartir la crianza y educación si tienen hijos en común, para ir hablando sobre la manera en que va cambiando nuestra relación y la mejor manera de ir separando nuestros caminos.

Se sufre mucho menos cuando te portas bien, y cuando sientes que la otra persona se está portando bien contigo y te está cuidando. Aunque ya no te ame, aunque ya no la ames.

Lo importante es cuidarse mutuamente, portarse bien, y que se porten bien contigo.

Este es el escenario ideal, pero otras veces ocurre que hay tanto dolor cuando nos separamos, que la comunicación es imposible. Entonces es mejor desconectar del todo, y gestionar la separación por separado, con ayuda de nuestra gente querida que se ofrezca para ejercer de mediadora, o de profesionales que nos ayuden a negociar. Lo más importante, es mantener el contacto cero para vivir el duelo, calmar los ánimos, y empezar a cerrar las heridas abiertas que duelen porque están en carne viva.

Cuando hay muchas emociones fuertes de por medio que nos impiden sentarnos a hablar con respeto y cariño, es mejor cortar la relación de raíz, dejar que se calmen las emociones, tomarse un descanso emocional, desintoxicarnos y desengancharnos del amor romántico. En el proceso, hay que cuidarse mucho y vivir el duelo en las mejores compañías pensando que todo pasa, todo cambia, y nada permanece, ni el dolor más intenso del mundo.

A veces es sólo cuestión de desengancharse de la droga del amor, hacerse un detox, tomarse un descanso, y aliarse con el paso del tiempo, que va cicatrizando todas nuestras heridas y nos permite construir nuevas relaciones y nuevos afectos. También es cuestión de cuidarse y trabajarse todo aquello que haya que trabajarse por dentro para pasar el duelo de la mejor manera posible.

Al separarte lo normal es que sientas empatía y te preocupes por el sufrimiento del otro, pero sobre todo hay que preocuparse y ocuparse en el de una misma: es fundamental que nos cuidemos mucho durante todo el proceso, tanto la salud física como la salud mental y emocional. Es el momento de rodearte de tu gente querida, pedir ayuda y calorcito, y tener espacio para conversar largamente y llorar las penas. Después, toca levantarse y empezar una nueva etapa en tu vida.

Necesitamos trabajarnos mucho y hablar mucho para aprender a despedirnos con cariño, sin rencor, sin odio, sin miedos, sin egoísmo y sin deseos de venganza. Para poder negociar sin pelearnos, es fundamental: 

- que seamos generosos, 
- que sostengamos una posición ética basada en los buenos tratos, 
- que no seamos ambiguos y no levantemos falsas esperanzas, 
- que seamos honestos 
- que hablemos mucho sobre lo que nos está pasando, 
- que cuidemos mucho nuestras palabras y nuestros actos, 
- que usemos el sentido común, 
- que respetemos mucho a la otra persona
- que no alarguemos el proceso, 

y que podamos cuidarnos mutuamente si se dan las condiciones, durante el tiempo que dure el proceso de separación. 



4 de agosto de 2019

Los amores compañeros




Los amores compañeros en pareja se construyen desde la filosofía de los cuidados mutuos, la confianza, la solidaridad, la complicidad, la lealtad, y el trabajo en equipo. Sabes que el tuyo es un amor basado en el compañerismo cuando te sientes cuidada por la otra persona, cuando te relacionas de tú a tú y sin jerarquías, cuando los dos os estáis divirtiendo, cuando compartis tareas igualitariamente, cuando os sentís libres para quedaros o para iros, cuando hay comunicación y os apoyáis mutuamente, cuando ambos tenéis muchas ganas de disfrutar de la relación.


El amor compañero es una forma de quererse basada en la solidaridad, la empatía, el respeto, la ternura y los cuidados. Los amores compañeros pueden surgir de la atracción sexual entre dos personas que se gustan, pero también de la amistad, y de los grupos de gente con los que nos juntamos para aprender, para celebrar la vida, o para luchar por nuestros derechos. Por eso hablamos del amor compañero en plural: porque es un amor que se multiplica y no se reduce a una sola persona. Es un amor que da para repartir a manos llenas: es una energía social que compartimos con la gente con la que nos relacionamos a diario.

Los amores basados en el compañerismo están por todas partes: es el amor de la amistad y de las relaciones familiares de cuidados. Es el amor que une a los equipos de gente cuando nos juntamos para celebrar, para aprender, para salir a la calle a defender nuestros derechos, para protestar contra las injusticias, la explotación y la violencia, o para parar las guerras y acabar con el patriarcado.

El amor compañero no se reduce a la pareja, como el amor romántico. Nos hacen creer que la pareja nos salvará de la soledad, y sin apenas darnos cuenta descuidamos nuestras redes afectivas que se van debilitando por la falta de tiempo, la falta de ganas y de cuidados. Vivimos en un mundo profundamente individualista y deshumanizado en el que cada vez hay más personas que mueren solas sin que nadie se de cuenta hasta que los vecinos avisan a la policía días después porque empieza a oler el cadáver. 

Estamos cada vez más solos y solas. Bajo la filosofía del “sálvese quien pueda”, nos creemos que nuestros problemas son personales, y por lo tanto buscamos soluciones personales, no colectivas. Batallar a solas contra un sistema tan injusto, violento y cruel como el capitalismo nos enferma, nos agota y nos amarga la vida: solos, solas, no podemos. Podremos si nos juntamos para defender nuestros derechos y libertades, y si tejemos redes de cooperación y ayuda mutua, pero para eso hace falta mucha solidaridad, mucha empatía, mucha generosidad y valentía.

Estamos ensimismados, a veces encerrados en nosotros mismos, cada cual soñando con un cambio mágico que surgirá de la nada y que nos cambiará la vida: que me toque la lotería, que alguien apueste por mí y por mis proyectos, que aparezca el amor de mi vida y se quede junto a mi para siempre. Si nos va mal, es cuestión de mala suerte, pensamos. Y es que no vemos que en realidad todo lo que nos pasa es un tema colectivo: lo romántico es político, y tenemos que ponernos entre todos a pensar formas de querernos que no duelan, y que no perpetúen la desigualdad, el abuso y la violencia. Amores que nos ayuden a ser más felices a todos, y a todas.

Yo concibo el amor compañero como una forma de relacionarse llena de ternura y solidaridad, y libre de violencia y machismo. Lo construyo con mi pareja trabajándome mucho por dentro, y trabajando juntos para poder disfrutar de nuestra relación. Ambos estamos comprobando que se vive mucho mejor sin sentimientos de posesividad, sin celos, sin miedos, sin luchas de poder, tratando de compartir las tareas al cien por cien. Queremos que nuestra experiencia amorosa se base en disfrutar, acompañarse, pasarlo bien, darse calorcito humano, reírse mucho, conversar rico, compartir placeres, crecer juntos, y cuidarnos mutuamente durante el tiempo que queramos estar juntos.

Pienso que el compañerismo como filosofía de vida, podría ayudarnos a construir un mundo en el que quepamos todas y todos, una sociedad en la que nos vaya bien a todas, y no solo a unas pocas personas. Con el amor compañero podríamos tejer redes de afecto libres de explotación y de violencia, redes de ternura y apoyo que nos permitan construir un mundo más igualitario, más pacífico, más justo y más hermoso para todas las personas que habitamos este pequeño planeta.

El amor compañero en pareja es para la gente que quiere compartir la vida con la otra persona formando un equipo de trabajo para sobrevivir y para vivir disfrutando cada día. Da igual lo que dure: lo importante es pasarlo bien, amarse a manos llenas, cuidarse mucho, divertirse y crecer juntos. El amor del compañerismo no se construye como el amor romántico, desde el interés o la necesidad, sino desde la libertad y las ganas de estar juntos. En el amor compañero no se firman contratos esclavizantes ni se hacen promesas irreales de futuro: se disfruta como se disfruta la amistad, en el puro presente, desde el aquí y el ahora.

El amor compañero se expande más allá de la pareja y se multiplica, y da para abastecer a todo el entorno de los enamorados, nunca se encierra en sí mismo. No importa si es monógamo o poliamoroso, que permanezca estable o vaya cambiando, no importa si es entre dos o si hay más participantes, lo importante es que todas nuestras relaciones estén llenas de amor del bueno.

Los pilares fundamentales de los amores compañeros en pareja son la honestidad y la coherencia. Por eso se parece mucho a la amistad, y además tiene mucho y muy buen sexo. Porque cuando conectas con alguien a fondo, y hay mucho respeto y cariño, puedes vivir el erotismo sin miedos, decir lo que te gusta y lo que no, y compartir la responsabilidad de la anticoncepción y la reproducción: las parejas que se quieren desde el compañerismo trabajan en equipo para cuidarse mutuamente.

En los amores compañeros el sexo no se utiliza para conseguir otras cosas. El sexo es para comunicarse, y disfrutar: no se concibe como una moneda de cambio ni una transacción, y no se concibe separado del amor: el sexoamor es una forma de quererse, no son dos cosas diferentes. Así pienso y siento y vivo yo el amor compañero.

La relación de amor compañero se construye desde la idea de que yo tengo los mismos derechos que tú, que podemos tratarnos como compañeros el tiempo que estemos juntos, que podemos seguir queriéndonos durante la ruptura, y también después de la ruptura, el tiempo que queramos.

El compañerismo es una forma de relacionarse con la gente de tú a tú, igualitariamente, sin jerarquías, sin dominación ni sumisión, sin sufrimientos, sin dependencias. Es una forma de relación basada en la confianza y la complicidad, que igual que construimos con los amigos y las amigas, también podemos hacerlo con la pareja.

Cuesta mucho, sobre todo les cuesta mucho a los hombres. En la cultura patriarcal el amor es una guerra y los compañeros son siempre otros hombres, nosotras somos “las otras”. El machismo más rancio impide a los hombres disfrutar del amor compañero con otras mujeres, por eso es tan importante desobedecer los mandatos de género, pensar juntos el tema del sexo, el género y el amor, desmontar y desmitificar el romanticismo patriarcal, cuestionarnos a nosotras mismas y cuestionar la cultura del amor en la que hemos sido educadas.

Sería más fácil si de pequeñas recibiéramos educación sexual y emocional para aprender a expresar y gestionar nuestros sentimientos, para aprender a disfrutar con la diversidad, para aprender a relacionarnos en igualdad y desde la filosofía de los cuidados. Esta educación sexual y emocional incluiría la fabricación de herramientas para aprender a relacionarnos desde el buen trato y el respeto mutuo, para desaprender la violencia romántica y todos los mitos que perpetúan el patriarcado, para poder analizar la realidad desde una perspectiva crítica, para poder inventar otros relatos, otras protagonistas, otras tramas, otros finales felices.

La educación sexoamorosa debería empezar en la infancia y no terminar nunca: todos y todas necesitamos herramientas para aprender a querernos mejor, para disfrutar del placer sin culpa, para aprender a amar desde la libertad, para aprender a tratarnos bien y a cuidarnos, para decirnos adiós con amor, para aprender a construir relaciones igualitarias libres de violencia y de machismo.

Con estas herramientas podremos construir enormes redes de afecto para hacer frente a los odios.  Estas redes serían una forma de resistencia frente a un sistema que no es capaz de asegurar nuestro bienestar, ni facilitar que nos cuidemos los unos a los otros, ni garantizar nuestros derechos más básicos. 

Pensad en vuestros amores compañeros y el sentido que dan a vuestras vidas: no hay nada como saber que tenemos gente que nos quiere y nos cuida, que nos escucha y nos apoya, que nos ayuda cuando lo necesitamos, que nos hace la vida más fácil y más bonita. Saber que el amor es mutuo, y que crece en la medida en que lo cuidamos, es un alivio frente a las relaciones de competencia que tenemos con nuestro entorno. 

El compañerismo está basado en una relación de lealtad y confianza que nos permite ser nosotros mismos, y nos permite crecer, evolucionar y disfrutar del amor y de la vida.  El compañerismo, la empatía, la solidaridad y el cariño son esenciales para que podamos convivir en paz y podamos cuidar juntos este planeta que habitamos.

Podemos empezar en nuestra propia casa, cuidando las relaciones con nuestra familia y amigos. Y también con nuestra pareja podemos construir un amor compañero: una relación de apoyo y cuidados mutuos que nos permita multiplicar el amor y repartirlo con mucha gente. 

Coral Herrera Gómez 


Este texto es el capítulo 19 del libro Mujeres que ya no sufren por amor



11 de julio de 2019

Nunca más de rodillas ante el Señor: las ateas del amor romántico



Rebecca Hendin para Buzz Feed


El amor romántico es una especie de religión posmoderna, y tiene muchas cosas en común con la religión cristiana. Para que nos hagamos devotas, nos seducen con el paraíso romántico: ese lugar al que llegaremos tras atravesar el valle de lágrimas, en el que seremos felices, nos sentiremos  amadas, y comeremos perdices.

El romanticismo también tiene su infierno, y caemos en él cuando nuestra pareja deja la relación, cuando ofrecemos nuestro amor y nos rechazan, cuando nos son infieles, cuando nos mienten o nos traicionan, cuando se aprovechan  de nosotras, cuando nos tratan mal, cuando nos traicionan, cuando perdemos una batalla en la guerra del amor.

Como todas las religiones, el amor romántico tiene sus santos, santas y mártires: esas mujeres enamoradas que se suicidan “por amor”, esos hombres enamorados que matan “por amor”, esas mujeres enamoradas que lo dejan todo por amor, que aguantan por amor, que se sacrifican en nombre del amor.

Los sufridores y sufridoras románticas más famosas son mitificadas y endiosadas por nuestra cultura patriarcal para que las mujeres las admiremos y las imitemos. El patriarcado nos quiere de rodillas, mirando a los hombres como miramos a Jesucristo, desde abajo hacia arriba. Para muchas mujeres en el mundo, es su primera figura de referencia: le aman como se ama a un Dios, porque Jesús es el Hijo de Dios, y le adoramos porque nos ama, nos escucha, nos acompaña, nos protege, nos quiere aunque nos portemos mal. Y nunca nos abandona. 

Jesucristo es el Hombre que todas las sufridoras necesitamos: el Salvador, el Príncipe Azul, el Don Juan, el Guerrero, el Caballero que nos rescata y nos lleva al palacio en el que seremos felices. Algunas pasamos años y años esperando su llegada.

Los relatos del amor romántico nos fascinan tanto como los relatos sagrados de las religiones: nos encantan las canciones, películas, poemas, novelas y cuentos que nos narran historias de amor y tragedias románticas. Las consumimos vorazmente porque son una drogas: nos evaden de la realidad un rato, nos entretienen, nos hacen sentir emociones fuertes y de gran intensidad, nos revuelven por dentro, nos traen la paz y avivan nuestra esperanza con sus finales felices.

Los finales felices nos recuerdan constantemente la existencia del paraíso romántico, ese lugar lleno de abundancia, felicidad, paz, armonía y amor. Así nos enganchan a la droga más potente, a la religión más patriarcal. Así nos mantienen muchos años de nuestra vida, buscando a nuestra media naranja, soñando con el amor verdadero, sintiéndonos incompletas o fracasadas, creyendo que teniendo pareja nunca más volveremos a sentirnos solas.

Para muchas de las mujeres que aman, el amor es un espejismo colectivo que puede resultar muy peligroso. Porque nos hace creer que para conseguir el amor tenemos primero que sufrir, y que el sufrimiento es una demostración de amor hacia el que nos hace sufrir, de manera que caemos en la trampa sin darnos cuenta de que el patriarcado nos quiere de rodillas. Necesita que la búsqueda de amor sea el centro de nuestras vidas, que el deseo de ser amadas nos vuelva dependientes y sumisas, y que pongamos a un hombre en la cúspide de nuestros afectos para entregarnos a él con total devoción, como si fuera un dios.

El modelo femenino a seguir que nos proponen en las películas románticas se parece tanto a la tradicional de la Virgen María: la enamorada es una mujer pura, inocente, bondadosa, altruista, entregada y leal que quiere y cuida sin esperar nada a cambio. Es una mujer que cree en su amado, que lo ama incondicionalmente, que sufre y se sacrifica por amor, que acompaña al héroe en su inmolación, que se olvida de si misma y se centra sólo en el amor.

Todas las religiones tienen su propia ideología y la imponen como normas sagradas a sus fieles. Y en el amor romántico todos los mandamientos están dirigidos a coartar la libertad de las mujeres y a garantizar la de los hombres, a ponernos de rodillas a nosotras, y a ellos elevarlos a un trono.

Por eso hay cada vez más mujeres ateas e insumisas ante la religión romántica: ya nos hemos hartado de sufrir, de rezar para que nos amen, de hundirnos en los infiernos, de pasar calvarios y pagar penitencias. Cada vez son menos las que viven esperando la llegada de Dios y soñando con el paraíso. Cada vez nos rebelamos más ante nuestro rol de mártires: lo que queremos es disfrutar, y relacionarnos con iguales. Ya no queremos vivir atravesando el valle de lágrimas: nos hartamos de pasarlo mal, y renegamos de nuestro rol de mujer complaciente y sumisa que se entrega por completo sin pedir nada, o muy poco, a cambio. No queremos vivir esperando, no queremos relaciones basadas en la dominación o la sumisión, ya no creemos en el milagro romántico. 

Las ateas del amor romántico ya no podemos creer más en el mito romántico: ya sabemos que no está ahí la salvación, ni la felicidad, ni el paraíso. Las mujeres que ya no sufrimos por amor estamos fabricando las herramientas que nos permitan unirnos algún día a un compañero o compañera sin perder nuestra libertad y autonomía. Queremos construir relaciones igualitarias, sanas, sin dependencias, y basadas en el placer y la alegría de vivir.

Ya no nos vemos tan guapas sufriendo, ya sabemos que no hace falta sufrir. Lo que queremos es vivir bien, disfrutar del sexo, de los afectos, y del amor. Lo que buscamos no son dioses a los que idolatrar, ni salvadores que nos rescaten, sino compañeros y compañeras con los que compartir un trocito de nuestras vidas. 

Queremos vivir el amor y los afectos que nos rodean aquí y ahora: sin perder el tiempo esperando, sin dejarnos seducir por las promesas falsas del paraíso romántico, amando con los pies en la tierra, y sin ponernos de rodillas ante nadie. 

Coral Herrera Gómez




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26 de abril de 2019

La gente que me cuida




Uno de los mayores tesoros que tenemos en la vida es la gente que nos quiere y nos cuida. Tener presente este amor que recibimos de tantas personas diferentes es reconfortante y ayuda mucho a destronar al amor romántico como la forma suprema de amar. T,omar conciencia de que estamos rodeadas de afectos muy diversos y mucho amor del bueno multiplica la alegría de vivir y nos mueve a repartir y compartir el amor que sentimos dentro de nosotras. 

Cuando me siento a pensar en toda la gente que me cuida, y que cuida a mis perras y a mi hijo cuando yo no puedo cuidarlos, me invade un enorme sentimiento de gratitud. La lista de gente con la que celebro mis éxitos y me apoyan en los momentos difíciles es enorme. En ella están no sólo mis familiares, mis amigas y amigos, mis amantes y mis amores, también las compañeras del Laboratorio del amor, muchas compas feministas, y muchas personas que no me conocen y me ayudan en la distancia, de diferentes maneras. A veces yo me entero quienes son, y otras veces no me entero, pero me siento igualmente agradecida. 

Pensar en todas ellas me hace darme cuenta de que a lo largo de mi vida he estado rodeada de mucho amor: me han velado las fiebres cuando he estado enferma, me han curado las heridas, me han limpiado los mocos, me han dado herramientas para ser autónoma y para ser buena persona, me han ayudado a crecer y a comprender el mundo, me han dado muy buenos consejos, me han ayudado con el autoengaño, me han guiado cuando me he sentido muy perdida, y me han proporcionado palabras de aliento cuando lo he necesitado. 

Mi gente me ha acogido en sus casas cuando me vi fuera del mercado laboral, me han prestado dinero, me regalan cosas que ya no necesitan, me han ayudado cuando emigré y llegué a Costa Rica sin apenas dinero. Mi gente querida me ayuda a pensar con claridad cuando estoy confusa, me sostiene cuando me caigo, me escucha cuando necesito desahogarme. 

Me apoyan en los momentos difíciles, me dan abrazos reconfortantes, me ayudan a reírme de mí misma, me hacen cuestionarme a mi misma, y también quererme más a mí misma. Su solidaridad me hace sentir de nuevo fe en la Humanidad, porque leyendo las noticias y viendo como va el mundo, a veces la fe me desaparece. Ellos, ellas, me hacen sentir que hay esperanza, y que mi vida tiene un sentido: el amor y los cuidados que doy y que recibo. Mitigan mi miedo a la soledad, me anclan a la realidad y me hacen sentir que esta vida merece la pena. 

Algunos llevan muchos años en mi vida, otros estuvieron sólo unos meses, o incluso un día, pero los veo a cada uno, a cada una, mirándome con ojos de amor, y me invade una inmensa gratitud, y una alegría desbordante: me siento muy afortunada, y ese sentimiento es tan potente que me alivia cualquier angustia, y me ayuda mucho en los momentos difíciles. 

Hagan este ejercicio de vez en cuando, no sólo cuando estén tristes o se encuentren en un mal momento. Se trata de visualizar una a una a todas las personas que te apoyan, se preocupan por ti, y te brindan cuidados. Verte en sus ojos y ver el amor reflejado en ellos cuando te miran.

Tomar conciencia de los cuidados que reciben y recibieron ayuda mucho a sentirte generosa y a devolver lo que recibes para que el amor sea mutuo. 

No hay dinero que pueda pagar esos cuidados, no hay manera de conseguirlos si no es amando y cuidando con el mismo amor que te cuidan a ti.

Es la mayor revolución que podemos hacer en estos días: cuidarnos gratis, querernos gratis, tejer redes de solidaridad y apoyo mutuo, darnos calorcito humano. 

Viva la gente y viva el amor, y aprovecho para dar las  gracias por los cuidados que he recibido de toda la gente conocida y desconocida que ha estado o está en mi vida ♥️

Coral 

12 de abril de 2019

Por qué le quieres aunque te trate mal

Absent Minded - Joe Webb


En las relaciones heterosexuales, a muchas mujeres nos cuesta darnos cuenta de que estamos en una relación de violencia psicológica, emocional o física porque solemos conectar con el niño asustado que todo maltratador lleva dentro. Nuestra capacidad para sentir empatía y para cuidar es la que nos hace ser compasivas y comprensivas: muchas de nosotras hemos interiorizado el mito de la Salvadora, y por eso tenemos tanta paciencia y aguantamos en relaciones en las que no somos felices y no somos correspondidas.

Algunas mujeres, sin saberlo, ejercen un rol maternal con sus compañeros, y creen que podrán salvar al amado de sus problemas a base de amor. Porque también hemos interiorizado el mito de que el amor todo lo puede, que el amor nos salva de nosotros mismos y de nuestros problemas, que el amor supera todos los obstáculos cuando es verdadero y auténtico. Y con esa idea podemos quedarnos meses y años esperando al milagro romántico que nos lleve al paraíso del amor: ese cambio que se dará por arte de magia y logrará convertir al sapo verde en príncipe azul.

Es una trampa a veces mortal para muchas de nosotras, porque al compadecernos del hombre con problemas, lo que hacemos es ponernos en riesgo a nosotras mismas. El amor no es suficiente para sostener una relación sin reciprocidad, ni para salvar a nadie de sus adicciones, de sus traumas, de su discapacidad emocional o de sus problemas con la violencia.

Las mujeres conectamos a ese niño bondadoso, tierno, vulnerable que habita en todos los hombres maltratadores y que pide amor a gritos. Como vemos a ese niño, nos damos cuenta de cómo su complejo de inferioridad se convierte en complejo de superioridad, cómo tienen dificultades para identificar y expresar sus emociones, cómo los traumas de su infancia les han destrozado por dentro, y sentimos que en realidad lo que está pidiendo ese hombre inseguro es atención y cariño. Sólo que, nos decimos para justificarle, lo que le pasa es que no sabe pedirlo bien: lo hace desde el enojo, y esa rabia le hace violento. Y creemos que podemos curarle y enseñarle a expresar sus emociones, a comunicarlas, a gestionarlas para que no le hagan daño a él y de paso no nos haga daño a nosotras.

Pensamos que nuestro amor ablandará su corazón y desintegrará el muro de acero que le hace sufrir y nos hace sufrir tanto. Creemos que si aguantamos mucho al final obtendremos nuestra recompensa: pero no es cierto. No hay recompensa. La Bestia no se convierte en Príncipe Azul nunca. No se sale de la violencia si no es con voluntad, trabajo, disciplina, y si no se pide ayuda profesional. Los problemas de masculinidad requieren de mucho tiempo y energía, y la mayor parte de los hombres no quiere trabajarse esos problemas porque no quiere enfrentarse a su dolor y no quiere mostrar su fragilidad.

Así que sólo podemos trabajar en nosotras, y girar el foco de atención hacia nosotras: siendo más comprensivas, más amorosas con nosotras mismas, podremos dejar de compadecernos de la persona que nos hace sufrir. Si aprendemos a querernos a nosotras mismas, entonces conectaremos antes con nuestra niña interior, esa que necesita ser cuidada y se merece ser feliz, que con el niño interior del hombre con problemas.

Si logramos sentir más empatía hacia nosotras mismas, seríamos más solidarias y nos cuidaríamos mucho más: le daríamos prioridad a la niña que nos habita porque sabemos que nadie más que nosotras somos responsables de su felicidad y su bienestar. Sabemos que sólo nosotras podemos velar por su seguridad, así que hay que trabajar más en nosotras, y cuidarnos mucho. Una de las claves del autocuidado es rodearte de gente que te sabe querer bien, que te hace la vida más bonita, que se sitúa como un compañero junto a ti. Ni por encima, ni por debajo: sólo puedes relacionarte en horizontal, de tu a tú, con alguien que tenga el nivel suficiente de salud mental como para quererte sin hacerte daño, y para cuidarte sin machacarte a la vez.

Una vez que priorizas a la niña, el niño no te da tanta lástima ni te despierta tanta ternura, porque no quieres que nadie haga daño a esa personita linda que está dentro de ti y que es frágil y requiere atención y cuidados. A esa niña no la dejarías sola frente a la Bestia del cuento, porque no permitirías que nadie la tratase mal.

Una vez que tienes claro que te mereces un compañero que te cuide y al que cuidar, una pareja que te haga la vida más fácil y más bonita, entonces eres capaz de abandonar al niño que no quiso trabajárselo nunca para ser mejor persona, que siempre encontró a alguien a quien culpabilizar de sus problemas, y con la que desahogarse de sus miedos y frustraciones.

Porque cuando los niños se van haciendo adultos, todos pueden elegir si desean perpetuar la cadena de sufrimiento y malos tratos, o si desea trabajárselo para hacer más feliz a sus seres queridos, y para vivir una vida llena de amor, sin lágrimas, sin conflictos, sin peleas, sin malos ratos, sin chantajes, sin silencios, sin castigos y sin violencia. La clave es darse cuenta de que todos podemos elegir qué clase de persona queremos ser, y cómo queremos relacionarnos con los demás: si no sentimos que no podemos trabajar con nuestras herramientas, entonces podemos pedir ayuda profesional. Para trabajar los problemas hacen falta ganas, motivación, capacidad para el autoconocimiento y la  autocrítica. Sin ellas no hay cambio posible, aunque te prometa una y mil veces que nunca más te va a hacer sufrir y que todo va a cambiar de manera mágica un día, cuando menos te lo esperes.

Esperar no es una opción: para desconectar del niñito asustado que hay en el interior de un maltratador, hay que conectar con nuestra niña interior, y darle prioridad a ella: se merece lo mejor, se merece mucho amor.

Recuerda: tu misión es salvarla a ella de la violencia de él, no salvarle a él de sí mismo.

Coral Herrera Gómez

Post publicado originalmente en mi blog "Amor en construcción", en Mente Sana.  

Coral Herrera Gómez Blog

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