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31 de agosto de 2019

La violencia de los niños: cómo la aprenden, y cómo la ejercen contra los demás y contra sí mismos.





La violencia de los niños: cómo la aprenden, cómo la interiorizan, cómo la ejercen
contra los demás y contra sí mismos.




Conferencia impartida en el II Congreso Mundial de Infancia Sin Violencia en la Universidad de Buenos Aires organizado por Aralma los días 21, 22 y 23 de
Agosto 2019 en Argentina.




Resumen de la Conferencia:




A los niños les contamos historias que se desarrollan en torno a la aniquilación de los enemigos. En casi todas las películas infantiles hay enemigos que quieren matar al protagonista, la misión del héroe es exterminarlos. El asunto es que en la vida real, los niños creen que los enemigos son ellos mismos, y por eso acosan al niño gordo, a la niña con gafas, al niño trans, a la niña torpe, al niño inmigrante, a la niña con pelo afro. Entonces hay que explicarles quienes son sus enemigos en la realidad, las personas que más daño les hacen: las personas que abusan sexualmente de ellas, las que provocan pobreza y hambrunas, las que envenenan el agua que beben, las que les quitan su
derecho a la educación y la sanidad, las que quieren hacer quitarles su tiempo cuando
se hagan mayores, las que expanden el odio contra grupos humanos por su color de piel, su clase social, su religión o su orientación sexual. Los enemigos reales son aquellos
que quieren convertirles en trabajadores y consumidores que van a lo suyo y no se solidarizan con los demás. Son los que roban bebés y trafican con niños y niñas, los que hacen negocios alquilando mujeres para que vendan a sus bebés, son los que esclavizan
a los niños y niñas en minas, fábricas de textil y calzado, y prostíbulos. Son los que les destrozan la infancia para utilizarlos como soldados en las guerras, los que bombardean ciudades sin remordimiento, los que obligan a desplazarse a miles de personas huyendo de la guerra y buscando un país seguro para vivir, los que están apropiándose del agua potable para hacer negocio, los que comercian y consumen pornografía infantil, los que los separan de sus padres en las fronteras para torturarlos, los que les matan en las cárceles para menores extranjeros. Estos son los enemigos de los niños y niñas, y
tienen derecho a saber cómo tratamos los adultos a la infancia, y de quienes tienen
que protegerse.




Conferencia completa:





Título:

La violencia de los niños: cómo la aprenden, cómo la interiorizan, cómo la ejercen contra

 los demás y contra sí mismos.

Autora:

Coral Herrera Gómez. Doctora en Humanidades y Comunicación Coordinadora del

Laboratorio del Amor

Palabras clave:

violencia infantil, malos tratos, gestión de las emociones, cultura patriarcal, machismo,

misoginia, cuidados, amor, feminismo, relatos, ficciones, imaginario colectivo

Texto:

Los niños y las niñas no sólo son víctimas de la violencia: también aprenden a ejercerla
contra los demás, y contra sí mismos. Las vías de aprendizaje son dos: por un lado, la socialización en la familia, en la comunidad a la que pertenecen, y la institución en la que son educados. Por otro lado, aprenden a ser violentos con las películas y las series de televisión, los cuentos que les contamos, las canciones que escuchan, los videojuegos, los chistes y los refranes.

La violencia está normalizada hasta tal punto que somos incapaces de percibir el daño
que hace a los  niños y a las niñas estar expuestos a la violencia desde su más tierna
infancia: a diario ven  escenas de peleas, luchas, guerras, asesinatos, violaciones, y nos
creemos que estar expuesto a tanta violencia no les afecta al cerebro ni a las emociones,
y que no les hacen daño.

Intentamos eliminar el azúcar y los alimentos ultraprocesados, pero no nos preocupamos
por los contenidos audiovisuales que consumen y por los valores que adquieren viendo
películas machistas y violentas. Les enseñamos a ser educados, a pedir por favor y a dar las gracias, a comer correctamente en la mesa, a sacar buenas notas, pero no les enseñamos a ser buenas personas.







Les dejamos solos frente a la pantalla para que se insensibilicen con la violencia, y luego no entendemos por qué se divierten tanto haciendo sufrir a los demás. No les explicamos por qué los dueños de los medios mitifican al macho violento, ni por qué no nos ofrecen otros modelos de masculinidad. No saben por qué estos hombres poderosos quieren que ellos también sean violentos, ni para qué.

No les estamos ofreciendo herramientas para relacionarse con el mundo desde el amor y los cuidados: los niños sólo están aprendiendo a aniquilar a sus enemigos, y ni siquiera saben quiénes son su mayor amenaza: no desde luego sus compañeros de juegos.

Los niños varones son los que aprenden a ejercer la violencia física contra los otros niños,
contra las niñas, contra los animales y contra los adultos de su entorno. A las niñas se les
enseña a  aguantar o soportar esa violencia, y además las engañamos para que crean que la
violencia que recibirán de su pareja es una prueba de amor.


¿Cómo se les enseña a los niños a ser violentos? Los relatos más importantes de nuestra
cultura están basados en el monomito del héroe que abandona su hogar para correr una serie de aventuras que le harán enfrentarse a sus propios miedos y les convertirá en hombres adultos.

Este monomito es la base de la historia de Jesucristo y de casi todos los héroes de nuestra
cultura para poder hacerse hombres de verdad, los niños tienen que separarse física y
emocionalmente de sus madres y del entorno de cuido, que es generalmente un mundo de
mujeres formado por sus abuelas, tías, primas, hermanas y vecinas de la comunidad. El
mensaje que nos lanzan en estas historias de superación y transformación es que el varón
sólo puede florecer si logra romper el cordón umbilical que le une a este mundo de afecto, cuidados y ternura, y si logra desconectar de sus propias emociones para endurecerse y convertirse en máquinas de matar.

El héroe es generalmente siempre un niño asustado que logra vencer a sus propios
monstruos cada vez que se enfrenta a los enemigos que encuentra en el camino. Tiene
una misión que cumplir, algo  que es más importante que su propia vida: salvar al
mundo de una amenaza, restituir el orden, legitimar a un rey frente a otro rey. El niño
tendrá que convertirse en un guerrero justiciero que ni siente ni padece: casi todos los héroes y superhéroes de nuestra cultura luchan sin tener que cuidarse a sí mismos, sin velar por su propia seguridad: son gente sacrificada y sufridora a la que no le importa arriesgar su propia vida con tal de pasar a la posteridad y despertarla envidia y la admiración de los demás.

Son héroes mutilados emocionalmente, soldados que obedecen al patriarcado sin

cuestionarlo, leales a las leyes de la selva, en la que sólo sobreviven los más fuertes.

Los niños construyen su identidad masculina imitando a estos héroes, a los que admiran por su fuerza, su valentía y su agresividad. Bajo esta identidad masculina
subyace la idea de que cuanto más sufra y más se sacrifique, mayor será la recompensa:
convertirse en un hombre poderoso, temido y obedecido por los demás. Por eso le gusta
sufrir y hacer sufrir: cuanto mayor sea la tortura, más macho se sentirá.

Todos aprenden pronto que la violencia legítima es la que ejercen los “buenos”, y la
violencia que hay que combatir es la de los “malos”. Los guionistas, los narradores y
productores culturales les ofrecen un modelo de masculinidad basado en la idea de que la
violencia es natural en los hombres, y es además necesaria para acabar con el “mal”.

A través de los relatos, los niños entienden que la violencia es la única manera para
resolver conflictos y para obtener lo que desean, lo que quieren o lo que necesitan,
porque sus héroes resuelven así, y no tienen herramientas para hacer frente a sus
problemas. Creen que el pez grande tiene derecho a comerse al chico, y con los cuentos
que les contamos, más lo que ven en la vida real, aprenden rápido cómo funciona la pirámide social del patriarcado: los hombres jóvenes, blancos, fuertes, heterosexuales y ricos están arriba, y abajo están todos los demás.

Y claro, ninguno quiere estar abajo: su lucha ha de ser ir escalando en esta pirámide hasta
alcanzar la cima, sometiendo y aplastando a los demás. Las producciones audiovisuales les enseñan cómo embrutecerse y cómo acumular riquezas, poder y mujeres a través de esta lucha por ser los mejores: sólo los más fuertes, los más rápidos, los más inteligentes y astutos están llamados a coronar el éxito. Y es que arriba del todo es donde mejor se vive: a todos los demás se les contempla desde arriba hacia abajo, se les domina, se les utiliza, se les obliga a tratarlos con respeto y a obedecerlos.

A los niños no les enseñan a cooperar y a trabajar unidos para luchar contra las injusticias, para conseguir derechos para todos, o para hacer de este un mundo mejor: todos los mensajes de nuestra cultura patriarcal van en sentido contrario. La lógica que aprenden es la de la competitividad: si son disciplinados, si trabajan duro, si dominan su entorno, pueden llegar a ser los amos del mundo.

Si no logran ser presidentes, empresarios de éxito o futbolistas famosos, siempre podrán reinar en sus casas como reyes, y mandar sobre su esposa, hijas e hijos. Hasta el hombre más pobre del mundo puede ejercer de monarca absoluto en su propia casa, como si fuera un premio de consolación por no haber podido triunfar en un mundo en el que el éxito está reservado para unos pocos machos alfa.

A través de las películas y los videojuegos, no sólo aprenden a ser hombres, también
aprenden a relacionarse con las mujeres. En casi todas las producciones culturales, las
mujeres son estereotipadas como seres perversos de las que hay que defenderse. Primero

aprenden a despreciara las niñas: no hay mayor insulto en un kinder, una guardería o un
colegio que ser categorizado como una niña. A los niños les da un terror absoluto que sus
compañeros o sus padres les llamen “nena”, “nenaza”,“niña”, “niñata”.

Elisabeth Badinter nos contaba en su libro que la masculinidad se aprende en base a tres pilares fundamentales: “No soy una niña”, “no soy un bebé”, “no soy homosexual”. Así que aprenden a ser hombres desde el rechazo a todo lo femenino, el desprecio a los más débiles y la dominación. Sueñan con ser hombres ricos y famosos, y para eso tendrán que construir sus relaciones desde el abuso y la explotación hacia los demás: nadie se hace rico si no es contando con mano de obra gratis, o muy barata, y si no es acaparando los recursos de los demás.

Los hombres, sólo por nacer hombres, se merecen una mujer que les cuide. Primero es
mamá, y después la novia que llegará a ser esposa: nunca les enseñamos a cuidarse a sí
mismos, porque los héroes están siempre poniendo su vida en riesgo, comen mal, duermen mal, sufren heridas y tienen el cuerpo lleno de dolores y cicatrices que demuestran que son tipos duros capaces de aguantar el sufrimiento como si fuera algo consustancial a la masculinidad heroica.

Otra de las cosas que aprenden los niños viendo dibujos animados es que la venganza
es totalmente legítima: si un hombre pretende hacerte daño, puedes matarlo. Si una
mujer te destroza el corazón o te engaña, tienes derecho a matarla. Es la filosofía del
ojo por ojo, diente por diente: si una mujer no se pliega a tus deseos, si te rechaza o
te abandona, tienes derecho a destrozarle la vida porque de ti no se ríe de nadie, y a
ti no te abandona nadie si no es perdiendo la vida. Este es el mensaje principal que
transmiten muchos cuentos infantiles y que permanece dentro de ellos toda su vida: uno
puede vengarse cuando sufre o cuando se pone en entredicho su honor o su prestigio, sin
importar las consecuencias.

Los niños son educados para que también usen la violencia contra sí mismos,
poniéndose constantemente en riesgo y generando conductas autodestructivas que
pueden llevarles a la muerte en su adolescencia y adultez. Se les obliga a demostrar
constantemente su hombría a través de su habilidad para autolesionarse, automutilarse, y
ponerse en peligro a sí mismos ya sus acompañantes. Por eso conducen borrachos, hacen
carreras de coches en la carretera, se tiran a una piscina desde el balcón de un hotel, se suben a gran altura para hacerse un selfie, consumen alcohol y drogas hasta caer desmayados, provocan peleas para que alguien les agreda, juegan a asfixiarse, y se enfrentan a la policía para demostrar su valentía.

El héroe que los niños admiran esconde su fragilidad y su vulnerabilidad, y se avergüenza de su debilidad, de su torpeza o de su falta de habilidades para ser un macho alfa. Cambian los nombres y los rostros, pero el modelo heroico es siempre el mismo: hombres que no le tienen miedo a nada, hombres que consiguen lo que quieren caiga
quien caiga, hombres ambiciosos que generan riqueza y dominan territorios enteros para poner a millones de personas a su servicio.

La masculinidad patriarcal no es solidaria, sino competitiva: los hombres necesitan los aplausos, la admiración y la envidia de los demás, por eso en las películas infantiles
los héroes son personas, incapaces de mostrar afecto, generalmente tensos y estresados,
y casi todos con muchos traumas encima. Cuando entran en combate lo hacen llenos de
odio, de furia, y de rabia, emociones que les genera mucha adrenalina y les ayuda a matar a sus enemigos.

Los niños ponen en práctica lo que aprenden a través del juego libre: por eso en los patios
de los colegios y en los parques los niños forman bandos en los que juegan a aplastar a los otros, a machacarlos, torturarlos y matarlos. Por eso excluyen a las niñas del juego: no hay nada que les de más miedo que les gane una niña con habilidades físicas superiores, no hay mayor humillación para un niño que quiere ser macho.

Las niñas son las espectadoras, son un trofeo de caza, y una recompensa a sus esfuerzos para la guerra. Durante la historia, las niñas son torpes y caminan por la selva en tacones, se asustan por todo, gritan como hienas cuando ven una araña, y meten la pata constantemente para poner al héroe más difícil su misión, y para realzar la hombría de su acompañante. Cuanto más estúpidas parecen ellas, más inteligentes parecen los protagonistas de las ficciones que consumen los niños. Cuanto más débiles y más desprotegidas parecen ellas, más importantes y necesarios parecen ellos. Es por esto que  las heroínas de los relatos son siempre retratadas como seres inferiores: para que ellos  parezcan más grandes, más veloces, más fuertes y más listos.

Las niñas no suelen aparecer nunca en las ficciones como sujeto, sino como objeto. Un objeto que pasará a ser propiedad privada del protagonista si logra enamorarla.

Y es que los niños aprenden pronto que la única forma de tener a una mujer a tus pies sin
obligarla, es a través del amor. Por eso en la adolescencia van al amor como si fueran a la
guerra: pierde el que se  enamora, gana el que no se enamora y logra enamorar a una o a
varias mujeres.

Los niños y las niñas se juntan en la adolescencia para ligar y tener sexo, pero a ellas
les enseñan a buscar al príncipe azul, y a ellos a acumular conquistas para mostrar su hombría.

Por eso a ellos les gustan las pelis de acción y a ellas las películas románticas y las de princesas.

Todo lo que ven en las películas, lo ven también en casa. Sus padres son los reyes del hogar, los que mandan, los que tienen la autoridad, y los que traen el dinero a casa. Las mamás son las que trabajan doble jornada laboral: además de traer dinero a casa, se encargan de todo lo demás.

Lo hacen “por amor” al hombre y a la familia, lo hacen porque les toca, lo hacen porque son mujeres y les gusta cuidar a los demás.

A las niñas también se las enseña a competir entre ellas, por eso las princesas están siempre solas y jamás forman alianzas con otras mujeres para liberarse de la esclavitud o la explotación, del encierro o del aburrimiento. También aprenden a ser sufridoras y sacrificadas, a aguantar y a soportar, a ceder y a tragar, a renunciar a sí mismas, y a vivir esperando eternamente la llegada del héroe, aunque sea durante décadas como es el caso de Penélope en la Odisea, o de la Bella Durmiente en Disney.

Las mujeres aprenden a vivir en sueños, suspirando por la llegada del amor que transforme sus vidas, imaginando y recreándose en el milagro romántico, ese que va a salvarlas y va a solucionar todos sus problemas. Las princesas no aspiran a ser compañeras, sino a ser siervas de su amado, a curar las heridas del guerrero, a ser leales a su media naranja.

Y esto no sólo lo ven en las películas, sino también en la vida real: ven mujeres que
renuncian a sus sueños al juntarse a un marido, ven mujeres que soportan toda la carga
sin quejarse, ven mujeres que son castigadas cuando se rebelan a los mandatos de género
y a su condición de objeto. Todos los días en el mundo, los hombres violan y matan a
mujeres libres que desobedecen las reglas del patriarcado.

Por eso en casa se las educa para que sean sumisas, complacientes, serviciales, entregadas, abnegadas y encantadoras. Y no sólo en casa, también en la escuela se nos enseña cuál es nuestro lugar en la pirámide social, y cuál debe ser nuestra forma de ser mujeres.

Es en la escuela, alrededor de los 6 o 7 años, cuando nos damos cuenta de que somos
seres inferiores:  los genios de la música, la ciencia, el deporte son todos hombres. Los
grandes personajes de la Historia: políticos, reyes, papas y obispos, hombres de negocios,
exploradores, faraones, zares y emperadores, son hombres. Las mujeres están borradas de
los libros de texto: no aparecemos por ningún lado. Y las pocas que aparecen son mujeres
patriarcales que imitan a los hombres, como Cleopatra o Isabel la Católica.

A las niñas se nos permite llorar, y a los niños se les prohíbe llorar. A ellos les permiten
expresar su rabia y a nosotras no: las niñas no pueden enfadarse, no pueden expresar su
enojo, y generalmente a única vía para dar rienda suelta a la rabia que tenemos es volverla
contra nosotras mismas.

A través de la cultura audiovisual, las mujeres aprendemos a odiar nuestros cuerpos
y nuestra apariencia física, por eso nos torturamos con operaciones de cirugía estética,
con dietas espantosas, con sesiones de gimnasio interminables, con tratamientos de belleza caros y dolorosos. Odiamos nuestras imperfecciones, nuestra grasa, nuestras arrugas, nuestras canas, nuestros excesos o carencias: nos enseñan a compararnos entre nosotras, a considerarnos enemigas y rivales, y a odiar al género femenino.

La tortura no es sólo física: las niñas aprenden desde muy pronto a tratarse mal
a sí mismas, a sentirse inferiores, a depender del reconocimiento de los hombres

y del afecto de los hombres. Los problemas de autoestima vienen desde la más
tierna infancia: nosotras somos las guapas, ellos son los inteligentes, los bondadosos,
los fuertes, los valientes. Nosotras somos lo contrario a ellos, pero sólo conseguiremos
que nos den afecto si nos mantenemos guapas y si aparentamos ser sumisas.

Esta es la razón por la que los niños juegan a someter y asesinar, y las niñas juegan
a cuidar: en las películas se endiosa a los hombres por su capacidad para matar, y a las
mujeres por su capacidad para dar vida, y para cuidar bebés. Y así es como los niños
aprenden a ser hombres y a relacionarse con las mujeres: nunca desde la cooperación,
siempre desde la estructura de la dominación y la sumisión que subyace a todos los
relatos de nuestra cultura patriarcal.

Los macho alfa de carne y hueso son como sus héroes de ficción: hombres que ejercen la violencia para hacer el bien, hombres con poder para dominar su entorno. Presidentes
de gobierno, presidentes de las empresas más exitosas del mundo, futbolistas millonarios,
mafiosos y narcos. Lo que ellos ven en televisión son hombres que hacen leyes, y hombres que se las saltan para acumular poder, riquezas y mujeres. Algunos caen presos, pero otros viven la vida a todo lujo tomando decisiones que afectan a millones de personas.

Para el macho patriarcal, todo vale en la carrera para acaparar recursos, aunque ello
suponga tener que hacer sufrir a mucha gente, aunque implique la destrucción de un
bosque o del planeta entero. Su egoísmo, avaricia,  soberbia y codicia no tiene fin:
así son los héroes de nuestros niños, hombres sin capacidad para  la empatía, hombres
despiadados de sangre fría y corazón helado incapaces de sentir amor por la Humanidad.
No les importan los medios para lograr sus fines.



Los niños no son educados para cuidar a los demás, sino para que les cuiden. Por eso
no saben relacionarse con las niñas de igual a igual: no las consideran compañeras. Son
siempre seres a los que puedes utilizar para satisfacer tus deseos sexuales, o para aumentar tu prestigio de macho, pero no son jamás compañeras. Más bien, son el enemigo a batir: los hombres que se enamoran de las mujeres están en una situación de total fragilidad, y ningún hombre quiere ser manipulado por una mujer poderosa.

Los niños tienen miedo al poder y la libertad de las niñas, por eso necesitan
dominarlas. Todas son las enemigas, excepto la mamá y unas pocas mujeres de la familia:
de las demás no te puedes fiar. Nuestra cultura misógina expande el odio hacia las mujeres a través de los anuncios y las ficciones: son seres despreciables y malvados que pueden arrancarte el corazón y chuparte la sangre, vaciarte el bolsillo y dejarte en la calle.

Por eso muchos sueñan con encontrar algún día a su princesa: una mujer sumisa, sin deseos propios, devota y leal, discreta y obediente que les ame para siempre, les
perdone los pecados, les frenen en sus locuras, les consientan todos los caprichos, les

enseñen el buen camino, les castiguen cuando se portan mal, que sean comprensivas y
quieran sacarles del pozo en el que a veces se hunden, y que les cuiden cuando
enfermen y envejezcan. Necesitan una especie de doble de mamá que les ame
incondicionalmente, hagan lo que hagan, y que no les abandone jamás. Necesitan
sentirse especiales e importantes: quieren ser imprescindibles, y quieren reinar en su
hogar. Y muchos se frustran porque no encuentran a esta mujer de ficción que sepa
esperar y aguantar.

Nos educan de manera diferente frente al amor, por eso no es fácil quererse bien
cuando legamos a la juventud y a la adultez y nos juntamos en pareja. El odio
contra las mujeres está latente en nuestras relaciones: los niños lo interiorizan
cuando les contamos que existen las mujeres buenas y las mujeres malas, a las
primeras se las respeta, y a las demás no.

A las niñas nos enseñan en la escuela que cuando un niño nos acosa, nos golpea,
nos humilla y nos maltrata es porque se ha enamorado de nosotras. Nos
compadecemos del bruto que no sabe controlar sus emociones y que necesita
dominarnos para aplacar su complejo de inferioridad y sus miedos. Nos
compadecemos del maltratador porque vemos ahí al niño asustado que necesita
cariño y atenciones, que ha sido mutilado en su infancia, que no tiene herramientas
para gestionar sus emociones. Y por eso aprendemos desde niñas a soportar malos
tratos: nos hacen creer que es una bofetada en un ataque de celos es una prueba de
amor.

Quien bien te quiere te hará llorar, nos dicen. Los que más se pelean son los que
más se desean, nos cuentan. Y por último nos hacen creer que el amor y el odio
son lo mismo, aunque en realidad son emociones completamente contrapuestas.

Nos hacen creer que somos culpables de la violencia que recibimos, porque algo
habremos hecho mal, porque hemos desobedecido, porque le hemos hecho enfadar, o
porque hemos cometido algún error.

Las niñas aprendemos a portarnos mal con las demás niñas desde muy pequeñas
a través de las relaciones de rivalidad y competición. Pero sobre todo, aprendemos
a tratarnos mal a nosotras mismas porque crecemos con la autoestima por el suelo.

Nuestro mayor miedo es que nadie nos quiera, nadie nos proteja, nadie nos cuide, por eso
nuestro sueño es ser amadas y elegidas para ser la esposa de un hombre con éxito. Y por
eso nos resignamos a tener relaciones en las que no somos felices: creemos que no nos
merecemos más porque no nos enseñan a querernos bien a nosotras mismas, ni a
cuidarnos a nosotras mismas.

Estos son los mensajes que nos lanzan los medios de comunicación y las industrias
culturales para que aprendamos a ser hombres y mujeres, y para que aprendamos
a relacionarnos entre nosotros  desde esta cultura de la dominación y la sumisión.

Con estos mensajes en forma de mitos interiorizamos la violencia y la
reproducimos: en nuestros juegos de la infancia primero, y en nuestras vidas
adultas después.

Por eso es tan importante exigirle a los productores y creadores culturales un cambio
en la ideología que transmiten en los relatos, en la información y en el entretenimiento
que nos ofrecen. Ellos son los principales transmisores de los valores capitalistas y
patriarcales, los que perpetúan  a través de estereotipos y de mitos todos los principios
basados en la dominación masculina, los  responsables de que en nuestro imaginario
colectivo la violencia sea la principal forma de relacionarnos entre nosotros.

Los creadores son los que ensalzan la masculinidad más violenta y cruel al
mitificarnos a hombres sin sentimientos, sin ética, y sin escrúpulos. Ellos nos ofrecen
modelos de personas y de relaciones, y nos hacen creer que la violencia es legítima y
necesaria si la emplean “los buenos”. Mientras, en las escuelas se nos niega la
educación emocional que necesitamos para aprender a tratarnos bien, a querernos desde
la solidaridad y el compañerismo, a relacionarnos sin miedos y sin necesidad de
dominarnos los unos a los otros.

No nos enseñan a gestionar nuestras emociones, a despedirnos de nuestros seres
queridos, a conseguir lo que necesitamos o a resolver los conflictos sin utilizar la
violencia. A los niños les insisten en que tienen que aprender a defenderse cuando les
atacan, pero  no les enseñan a no atacar a los demás. A las niñas les enseñan a evitar
ser violadas, pero no enseñan a los niños a no violar. A los padres y a las madres les
preocupa que sus hijos sufran bullying, pero no se preocupan por si son ellos los que
ejercen acoso y violentan a sus compañeros o compañeras.

Creo que es esencial ofrecer educación emocional a los niños y a las niñas, y
educación feminista, ecologista, y pacifista, pero también necesitamos con urgencia
herramientas que nos permitan explicarle a los niños por qué sus héroes son así y qué
mensajes les están lanzando los señores creadores, por qué y para qué lo hacen, cómo
nos influyen a nosotros, y cómo va el mundo gracias a esta forma de pensar.

Es urgente ofrecerles otras referencias y otros modelos de masculinidad y feminidad
que no estén sujetos a la norma patriarcal. Necesitamos otros héroes y heroínas, otros
relatos, otras tramas, otras formas de resolver los conflictos, otros finales felices.

Necesitamos sensibilizar a los escritores, dibujantes, diseñadores, guionistas y productores sobre la importancia de acabar con el sufrimiento, y de fomentar la cultura del disfrute, del respeto, del buen trato. Necesitamos que dejen de matar a las madres y que los niños aprendan que no tienen por qué rechazarlas ni aprender a vivir sin ellas: sólo necesitan herramientas para ser autónomos y para vivir el amor sin miedo.

Necesitamos un cambio radical que deje de presentar como negativos los valores tradicionalmente asociados a lo femenino: la ternura, la empatía, la solidaridad, los afectos y las redes de cuidados.

Un primer paso podría consistir en poner los cuidados en el centro de la política
y la economía, en el centro de los relatos, en el centro de las luchas para construir
un mundo mejor. Poner todo el tiempo los cuidados en el centro: para transformar el
mundo hay que aprender a cuidarnos a nosotras mismas y a los demás. Creo que es la
única manera de garantizar a los niños y las niñas infancias felices y libres de violencia
y sufrimiento: enseñándoles a cuidar la naturaleza, a los seres vivos, y a los seres
humanos que viven en este planeta.

Coral Herrera Gómez



Argentina, Agosto 2019

15 de diciembre de 2018

Crianza con apego, y compartida




Cuando hablo del derecho que tenemos las mujeres a criar a nuestros propios hijos, no pienso en el modelo tradicional de la mujer sola que se queda en casa, abandona su carrera y sus proyectos personales para dedicarse con esfuerzo y sacrificio a cuidar a los demás. 

Yo pienso más bien en la crianza con apego y compartida, es decir, aquella que se hace en tribu. La que se ha hecho siempre, toda la vida, en los pueblos y en las comunidades: las madres han contado siempre con sus madres y abuelas, con sus tías y primas, con sus hermanas y amigas, y con las vecinas, incluso también con los hombres de la familia, en especial con los abuelos. 

Ahora también hay tribus de mujeres que se apoyan mutuamente en la crianza, y tribus mixtas de amigas, amigos y parejas que se implican en el cuidado de todos los niños y las niñas para que todos puedan tener tiempo libre, y para poder acompañar y apoyar a las madres en el período de lactancia, tanto a nivel emocional como a nivel logístico y económico. De verdad que me parece una brutalidad que tantas mujeres queden condenadas a la dependencia económica y a la soledad, además siento que la crianza es una de las tareas más duras del mundo. No pienso que la solución sea buscar una sustituta para que haga nuestro trabajo y el de nuestro compañero con un salario indecente. 

Siento que no pensamos en los bebés, y que la clave no es explotar a mujeres más pobres o condenar a los niños a pasar diez horas en la guardería: hay que robarle tiempo al capitalismo para que nos deje criar y cuidar a nuestra gente. Las jornadas actuales, los horarios y las condiciones laborales no permiten que nadie se implique en una responsabilidad que tiene que ser compartida. 

Así que hay que buscar la manera de compartir los cuidados, y en esto los hombres tienen que trabajarselo mucho, a nivel personal y también a nivel político: son ellos los que tienen que aprender a cuidar, replantearse su uso del tiempo libre, y pedir las condiciones laborales aptas para asumir sus responsabilidades. 

#LaCrianzaEsPolítica#LosCuidadosSonPolíticos #CrianzaConApegoYCompartida#TribusDeCrianza #ComunidadesDeCrianza

14 de agosto de 2018

ElDiaDeLaMadreYoQuiero




En el día de la Madre yo quiero: 

- que todas las maternidades sean libres y elegidas,

- que ninguna niña, adolescente o mujer adulta sea forzada a sufrir un embarazo, a tener un pato forzado, ni sea obligada a ser madre,

- tiempo, ingresos y apoyo de la comunidad para cuidar, criar y educar a nuestras crías,

- que se proteja a las madres, a los niños y las niñas de la violencia machista, 

- que todas tengamos garantizados nuestros derechos sexuales y reproductivos, 

-que nuestros niños y niñas tengan garantizados sus derechos humanos fundamentales y que tengan las condiciones para ser criados en entornos amorosos, y educados en las mejores condiciones,

- que no separen a las mamás de los recién nacidos en los hospitales. Es cruel, perjudicial e innecesario,

- que nos garanticen embarazos y partos respetados, con un personal sanitario sensibilizado y formado, queremos hospitales libres de violencia obstétrica y de crueldad, 

- que todas podamos disfrutar de nuestro derecho y el de los bebés a la lactancia materna. Que caigan todos los mitos, la desinformación, los prejuicios y la doble moral que nos censura, que todas las mujeres sean libres para decidir si quieren o no dar de mamar, y cuánto tiempo quieren hacerlo. 

- que todas las mujeres podamos vivir y criar en un mundo sin machismo, sin explotación, y sin violencia en el que las mujeres seamos libres y tengamos derecho a tener derechos. 

- que entre todas acabemos con la explotación reproductiva y la compraventa de bebés, que ninguna mujer pueda ser alquilada y utilizada por empresas, ni por "clientes". No somos mercancía, nuestros bebés tampoco,


- que tengamos tiempo libre y seamos cuidadas en los primeros años por nuestra red afectiva,

- que todas las madres tengamos unos ingresos dignos para poder criar a nuestros propios hijos e hijas si así lo deseamos,

- que toda la comunidad se involucre en los cuidados y la crianza de los bebés, los niños y las niñas, que la gente cercana disponga de un tiempo a la semana para cuidar a las madres y sus crías, a la gente enferma o discapacitada, a los adultos y adultas mayores de la red social y afectiva a la que pertenecemos.


- que todas las mamás podamos tener las condiciones económicas y los apoyos necesarios para poder disfrutar de la maternidad y la crianza de mis hijos e hijas, 


que respeten a las mujeres que no desean ser madres,

- más justicia social, más igualdad y más derechos para todas las mamás del mundo

 #MaternidadesLibresYElegidas#MaternidadesDeseadas #CostaRica


2 de julio de 2018

La crueldad en el embarazo, el parto y la infancia


Joe Webb
 

Crueldad en el embarazo y el nacimiento: violencia obstétrica

Somos gente cruel: vivimos en un mundo que ha normalizado y naturalizado la violencia hasta tal punto que no la vemos. Vivimos en un mundo en el que todos ejercemos nuestro poder sobre los demás en la medida en que nos dejan, o en que podemos. Es la ley del más fuerte: el pez grande se come al chico. 

Con los bebés es con quien más nos cebamos a la hora de aplicar nuestra maldad sin ningún tipo de remordimientos. Un ejemplo es cuando después de nacer alguien te pide que dejes al bebé en la cuna. No lo hace porque sea mala persona, sino porque a ella le dieron el mismo consejo transmitido por generaciones y generaciones bajo los más absurdos argumentos: "No le cojas mucho en brazos que se malacostumbra". 

¿Qué tiene de malo que un ser humano se acostumbre a los brazos, a los besos, a los mimos, al calor humano, a las palabras de amor?, ¿hay algo malo en un bebé que necesita cariño y demanda atención?

La cultura de la crueldad consiste en creer que hay que separar al niño y a la madre porque les viene bien a los dos: "así ella descansa, así el niño descansa, así se le pasa el calor, está mejor solito en su cuna". Es lo que siempre se aconseja, por lo tanto ya es una costumbre, por lo tanto no se cuestiona. Es lo normal, lo común, lo natural. 

La crueldad con los bebés empieza desde antes de salir del útero de las madres. Las mujeres embarazadas tenemos que llevar el seguimiento de nuestro embarazo en una estructura patriarcal como la Medicina moderna, que nos trata como a enfermas, que nos toma por ignorantes, que nos somete a pruebas dolorosas e invasivas, que toma decisiones sin consultar sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas, que nos trata mal cuando no nos informan de lo que está pasando, que no nos deja parir en la posición que nos pide el cuerpo en ese momento, que nos medica sin nuestro consentimiento.

Cuando aceleran el parto sin respetar los ritmos de la mamá y el bebé, cuando nos hacen miles de tactos innecesarios, cuando nos gritan de malos modos para que pujemos, cuando nos aplican procedimientos que no hemos autorizado, cuando nos hacen cesáreas innecesarias. Todo se hace por el “protocolo”, y  aunque ya hay muchos países tratando de adaptarse a las nuevas recomendaciones de la OMS sobre el parto respetuoso, lo cierto es que el personal sanitario tiene unos horarios terribles, unos turnos de trabajo inhumanos, y unos salarios indecentes que les hacen víctimas y a la vez agentes de la crueldad del sistema laboral y médico. 

El parto es un momento trascendental en nuestras vidas, pero puede ser una experiencia hermosa o una auténtica tortura. En webs como ElPartoEsNuestro podéis leer historias de violencia hacia las madres en uno de los momentos en los que somos más vulnerables. El maltrato a las parturientas es una práctica común en muchos países del mundo: damos a luz la vida en condiciones de estrés, agotamiento, miedo, angustia, y dolor. Nada más nacer el personal sanitario suele tener mucha prisa para separar a madre e hija, y llevarse al bebé a hacer unas pruebas que podrían hacerse perfectamente estando el bebé sobre el pecho de la madre. Pero no lo hacen porque el primer acto de crueldad cultural es separar al bebé y a la mamá: así les demostramos a ambos quién manda sobre sus cuerpos, sobre su salud, sus afectos y sus vidas. 

Están más que comprobados los beneficios físicos, mentales y emocionales de los partos respetados en lo que no se separa a los bebés de sus madres en sus primeras horas de vida. Cuando ambos están juntos les mejora la presión sanguínea y la respiración, se regula la temperatura corporal, se estabiliza el latido cardiaco, y no hay cuna ni incubadora en el mundo que pueda sustituir a una madre o un padre haciendo el piel con piel con su bebé. Las máquinas no susurran palabras de tranquilidad al oído, no huelen a nada, no proporcionan consuelo frente al miedo, no cantan la canción que los bebés han estado escuchando durante meses en el vientre materno.

Y si la madre se rebela ante la crueldad de la separación, todo el mundo le exige que sea obediente, paciente, y se resigne a las normas obsoletas y crueles del hospital. 

Desde estas primeras horas en adelante, toda la sabiduría popular consiste en machacar a la madre para que no mime demasiado al hijo. Para que sea dura y firme, para que no se deje manipular por el pequeño bicho que quiere tiranizarla. Este es más o menos el argumento para justificar todos los comentarios acerca de lo importante que es la disciplina para un bebé desde los inicios de vida: dejarlos llorar para que ensanchen los pulmones, dejarlos resignarse para que se duerman después de pedir auxilio durante un rato a lágrima viva, dejarlos que se den cuenta de que sus necesidades no son importantes. 

La crueldad ignora la extrema vulnerabilidad de un bebé, que necesita sentirse seguro y protegido todo el tiempo. Su supervivencia depende de nosotros, de la atención que pongamos, de los cuidados que le brindemos, y esto nos hace sentirnos poderosos. En lugar de despertar ternura, en muchos adultos y adultas se despierta una sensación de triunfo: "este ser es mío, depende de mí, yo mando en él". 

Es curioso que cuando un familiar llora en una celebración nadie dice: "dejarle solo que le viene bien para ensanchar pulmones, no le hagáis ni caso". Generalmente nuestro impulso natural es ir a consolar a nuestro ser querido. Pero en los bebés es diferente: se entiende que lloran para molestarte, para interrumpirte, para llamar la atención, para tiranizarte. Entonces se les aplica esta forma sutil de maltrato para que su cerebro entienda que la vida es dura y cruel desde sus primeros segundos de vida hasta los últimos.

Otro de los actos máximos de crueldad consiste en no dejar que las mamás y los papás críen a sus bebés. La sociedad separa a las familias durante más de diez horas al día, y medica a los niños que viven con dolor esa separación forzosa. En algunos países los bebés sólo tienen derecho a estar con sus madres tres meses, en la mayoría los padres no tienen derecho a cuidar a sus hijos e hijas ni un sólo día. 

Es cruel que el mercado laboral nos aleje de nuestros bebés para que los cuiden otras personas a cambio de salarios bajos o muy bajos, y en condiciones poco idóneas por la cantidad de bebés y de niños y niñas que algunas profesionales tienen que cuidar. Deberíamos poder, las mamás que quisiéramos, encargarnos personalmente de la crianza y educación de nuestros bebés junto con nuestros compañeros y nuestra comunidad. Es monstruoso que sólo podamos vernos una, dos o tres horas al día, generalmente con una acumulación de cansancio atroz. No tiene sentido que nos presionen para ser mamás y luego no nos permitan serlo.

 
Crueldad en la infancia

Desde los primeros días de vida se nos fuerza de manera más o menos violenta a tener horarios, a distinguir entre el día y la noche, a comer cuando dice el pediatra, (no cuando tengamos hambre) a dormir cuando dice el pediatra (no cuando estemos cansados). Se escriben miles de libros con consejos para obligar a los niños a dormir toda la noche sin despertarse, para que sean niños-mueble que no den guerra durante el día, para que madruguen, para que corran a cumplir con los horarios del colegio y las extraescolares, para que no griten y no molesten, para que obedezcan en todo y no den problemas. Pero no encontramos la solución: es imposible tratar de conciliar el capitalismo con la infancia. 

Los niños y las niñas tienen otro ritmo, y necesitan mucho amor y mucha libertad de movimientos. Necesitan estar al aire libre, en contacto con la naturaleza, haciendo ejercicio y jugando. Los obligamos a permanecer miles de horas sentados en clase y ir de un lado a otro para cumplir con todas las obligaciones del día: es cruel que sólo puedan estar con su familia dos o tres horas al final del día, cuando todos están cansados y sin ganas de jugar, cuando a los adultos les toca hacer la cena, preparar el baño, recoger la habitación y la cocina. Cuando todo el mundo está de mal humor, vaya, y con prisas para desactivar por fin a los niños.

La cultura de la crueldad se aprende en las escuelas. Aún hay maestros y maestras que creen que la letra con sangre entra. Que para aprender hay que sufrir, hay que pasarlo mal, hay que disciplinarse y soportar estoicamente los gritos, insultos y golpes de los profesores. Ello incluye también los abusos sexuales, no sólo en la escuela, también en la familia: vivimos en una sociedad monstruosa que viola a diario a los niños y a las niñas. Y no es para satisfacer el deseo sexual de los adultos: es para ejercer el poder y el control sobre los seres más débiles y más vulnerables. 

Las niñas son más vulnerables que los niños, pero toda nuestra cultura se vuelca en enseñarnos que las niñas tienen que aguantarse, y que si los niños las pegan es porque les gusta. Sin embargo, cuando un niño se queja de maltrato, se le invita a hacer frente a su agresor y a convertirse en agresor a su vez: “defiéndete y ataca, que sepa que mandas tú y que no puede tratarte mal".  Es decir, a las niñas les hacemos ver que el maltrato es una prueba de amor, y que aguantar el maltrato también es una prueba de amor. Y a los niños, que la violencia es algo normal y que tienen que aprender a ser violentos si no quieren recibir hostias por todos lados, y a diario.

Los niños nos imitan: establecen jerarquías de poder y tratan mal a los que están por debajo de ellos. Utilizan motes para reírse de las singularidades de cada cual (gordo, orejón, cabezón, gafotas, enano, moro, chino, negro, loco, etc.), y reproducen todo el racismo, el clasismo, la homofobia, el machismo, y los odios que aprenden en casa y ven en la tele. En un aula de niños de 9 años, ya hay supremacismo blanco y patriarcado en cantidades industriales: ya hay grupitos de niños alfa haciendo de matones con los más débiles. Toda la crueldad con la que tratan a sus compañeros la han aprendido viendo a los adultos y adultas relacionarse, pero también tiene que ver con sus instintos primarios, y sobre todo, con su necesidad de tener el poder y el control. 

Se supone que en el proceso de socialización tenemos que enseñarlos a ser solidarios, a sentir empatía por los demás, a ser generosos, a compartir sus juguetes, a no acaparar todos los juguetes de los demás niños, a no resolver los conflictos con violencia. Esto debería formar parte de la educación que reciben en casa y en la escuela, pero no hay manera de que los adultos nos den ejemplo cuando somos niños. Si ellos acaparan recursos, y resuelven sus conflictos de poder con violencia, aprendemos a hacer lo mismo que los adultos. 

Creemos que la única manera de pasar de la infancia a la adultez es sufriendo para después hacer sufrir a los demás e inflingirles el mismo dolor que sentimos en la infancia. Así se perpetúa el ciclo de la violencia psicológica, emocional y física; creyendo que es el mejor método para aprender a ser humanos. Por eso castigamos a los niños, les imponemos nuestras normas, les hacemos sentir un estorbo, les mandamos callar, les neutralizamos con drogas, les desconectamos con pantallas para que nos dejen en paz un rato. 

Somos crueles con las niñas y los niños porque no los consideramos ciudadanos de pleno derecho, para nosotros no son sujetos, y no tienen derechos: somos nosotros, los padres y las madres, los que ponemos las normas y aplicamos las sanciones. Somos los presidentes, los legisladores, la policía, y los jueces de nuestra propia casa, así que los niños están completamente indefensos ante los abusos de poder, el sadismo y la violencia de los adultos.

Las estadísticas sobre maltrato infantil, abuso sexual, violaciones, y asesinatos de niños y niñas son atroces en todo el mundo. Los niños pobres y los refugiados son los más vulnerables: mueren huyendo de guerras, pasan toda su vida entre las bombas y llorando a sus muertos, se juegan la vida en el mar, sufren violaciones, secuestros y son esclavizados en redes de traficantes de niños para su explotación sexual o para robarles algún órgano y desaparecerles del mapa. 

Los niños son los que más sufren la violencia patriarcal, el hambre, el miedo, el horror de la guerra, la esclavitud, la soledad, las enfermedades mentales y los trastornos emocionales. Y hasta que no pare la explotación y la violencia en el mundo, no dejaremos de destruir a las nuevas generaciones para que lleguen heridas a la adultez, y reproduzcan la misma violencia que sufrieron. La crueldad que sembramos se vuelve contra nosotros: el dolor se perpetúa durante generaciones, vivimos en un mundo enfermo lleno de gente que necesita mucho amor, mucho cariño, muchas atenciones, mucha ternura. 

Para cambiar el mundo en el que vivimos, tenemos que empezar por la forma en que las mujeres parimos, por nuestros derechos sexuales y reproductivos, por garantizar a todas las madres un parto respetado, por permitir a las madres y a los padres criar a sus bebés. 
Y desaprender toda la cultura de la crueldad para poder aprender a disfrutar de la infancia, de la crianza, de la comunidad afectiva en la que nacemos y vivimos los primeros años de nuestras vidas.

Coral Herrera Gómez 

23 de enero de 2018

Mujer sorda y cyborg. Mi discapacidad auditiva y mi capacidad de adaptación

Ilustración de la Señora Milton para el artículo publicado en Pikara Magazine 


Somos millones de personas, pero nadie nos ve. Nuestra discapacidad es invisible y además tratamos de que no se nos note. Yo al principio me ponía roja, porque me daba vergüenza y no sabía pedir ayuda ni facilitarle a la gente que fuese solidaria conmigo. Ahora ya no digo “estoy sorda” (se reían pensando que bromeaba), sino “soy sorda”, y si no se lo creen, les enseño mis ciberoídos: me siento orgullosa de ser una mujer cyborg del siglo XXI.

Al principio pensé que tenía un tumor cerebral y me iba a morir, luego reuní valor y fui al médico, y cuando me dijeron el diagnóstico y la solución, la primera reacción fue sentirme fatal al saber que tenía una discapacidad seria, que es irreversible, que ya nunca más podré escuchar el sonido natural, sino electrónico, y que soy dependiente de mis aparatos y de mis pilas: sin ellas estoy perdida.
Luego lo pensé mejor y me sentí afortunada por tener acceso a la tecnología que me permite oír. Aquí, en Costa Rica, la sanidad pública te proporciona los audífonos, pero en el resto del mundo existen muchas personas sin medios para comprarse unos, están condenadas al aislamiento y a los peligros que conlleva no oír apenas, o no oír nada.
La otosclerosis es una enfermedad degenerativa de los huesecillos del oído. Se hereda, normalmente la sufrimos las mujeres y los embarazos te disparan la sordera por las hormonas. Es operable y hay gente que recupera el 90% de la audición, pero en mi caso el otorrino —un hombre que habla susurrando (sí, no es broma: el tío trabaja con personas sordas y habla bajito, tan tranquilamente)— me dijo que no me merece la pena operarme porque necesitaría audífonos igualmente.
Lo mío empezó con el embarazo: empecé a engordar y a dejar de oír a un ritmo vertiginoso. Gorda, y sorda; tardé tiempo en poder asimilar ambos términos para definir los cambios brutales en mi cuerpo y en mi identidad. Mi gente empezó a quejarse de los ¿qué?, esa muletilla que usamos las sordas para que nos repitan lo que han dicho. A la segunda me decían en tono de cabreo: “¡Pero qué sorda estás, Coral!”; y me lo repetían, pero con tono irritado: “Que-si-te-gusta-el-helado-co-ño;, que-cie-rres-la-puer-ta-jo-der”. Nadie repite dos veces con una sonrisa. Yo me sentía fatal, sobre todo si a la tercera tampoco me enteraba. Me faltaba asertividad y valentía para decir: “Oye, tengo una discapacidad, soy sorda, un poquito de paciencia, ¿no?”.
CON EL EMBARAZO, EMPECÉ A ENGORDAR Y A DEJAR DE OÍR A UN RITMO VERTIGINOSO. TARDÉ EN ASIMILAR LOS CAMBIOS EN MI CUERPO Y EN MI IDENTIDAD
Tuve que aguantar muchas broncas de mi gente —“Es que no me escuchas, no te interesa lo que te digo, no me haces ni caso”—. La cosa es peor en el espacio público, cuando vas a Hacienda, al hospital, a la embajada, a resolver papeleos. Los funcionarios te miran mal porque no les gusta repetir, se cabrean, se lo toman como algo personal, como si te estuvieras riendo de ellos en su cara. Al médico no voy nunca sola, siempre tiene que venir mi compañero a “traducirme” porque aquí en Costa Rica gritar es de maleducados, así que te repiten amablemente lo que te han dicho, pero no te elevan el tono ni el volumen. En general aquí la gente habla muy bajito, en especial las mujeres. En España es al revés: todo el mundo grita y se pasa mal a veces porque los ruidos fuertes te taladran el cerebro. Mi cerebro no distingue los sonidos lejanos de los cercanos, los sonidos importantes de los no importantes, porque no oigo con mis oídos. Los golpes me retumban y me duelen, todo me suena demasiado alto.
No puedo regular sola el audífono, se hace con un programa, así que no puedo decirle a mis ciberoídos: “Estoy en una fiesta con mucha gente, bájame el ruido de fondo”. Ni: “Estoy sola en la habitación, no necesito mucho volumen ahora”. Los audífonos de alta tecnología son así: puedes conectarte por bluetooth al teléfono, a la compu, a la tele, y ecualizar el sonido a tu gusto. Ya estoy ahorrando para poder comprarme unos.
Conforme aumentaba mi sordera, adopté tres estrategias: una es aprender a leer los labios, pero necesitas tener enfrente a la persona y que no se tape la boca con pañuelos, bufandas, cigarros, ni con la mano;. otra es intentar reconstruir el mensaje con las pocas palabras que entiendas. Suena divertido, pero es agotador, porque si te falta el verbo principal o el sujeto la adivinanza es una tortura. Y la tercera es hacer como que has entendido lo que te han dicho, sonriendo mucho. Lo único malo es que es fácil que te descubran cuando te hacen una pregunta y tú sólo sonríes, y te sientes fatal. Es de muy mala educación no pedir que te repitan cuando no has entendido algo.
También es de mala educación pedir que te repitan algo cuando la otra persona ya lleva un rato hablando. Si te sientes fatal, solo te quedan tres opciones: hacer un comentario que no suele tener nada que ver con lo que te están diciendo, cambiar de tema, o sonreír con cara de gilipollas sin comentar nada. Este es el motivo por el cual las sordas parecemos gente rara y tenemos salidas raras. Yo ahora sonrío mucho: prefiero que la gente se crea que estoy un poco loca, a que se crean que soy una antipática, una maleducada o una estirada.
Mientras llegaba la fecha de entrega de mis audífonos, siguieron los problemas, y la búsqueda de soluciones. La sordera me iba aislando cada vez más, a veces sin darme cuenta me quedaba en mi mundo y me costaba mucho salir de él. Para mí el silencio es delicioso, en él puedo perderme en mis pensamientos y seguir el hilo en el que está trabajando mi mente. Mi compañero se enfadaba y me decía que cuando no le respondía se sentía mal tratado. Que era desesperante hablar y no tener respuesta, que era como hablarle a una pared. O peor aún, a veces contestaba y me metía en una conversación con él, y de pronto la abandonaba y le dejaba ahí tirado.
Yo me disculpaba, pedía perdón, me sentía fatal, y se lo volvía a hacer una y otra vez. Así que se me ocurrieron dos cosas para que mi problema no fuese tan doloroso para ambos: le pedí que cuando me hablara, me tocara físicamente para aterrizar en la realidad y en la conversación; y, cuando empezamos una conversación, dejo de hacer lo que esté haciendo y me sitúo frente a él para hablar, sin hacer nada más. Antes podíamos charlar mientras uno cocinaba y el otro fregaba platos, pero desde que soy sorda, ya no.
Mi vida sexual y amorosa se vio afectada también, porque al principio no escuchaba a mi compañero decirme cosas cuando hacíamos el amor, hasta que le pedí que me hablara directamente al oído y descubrí que se siente rica la vibración. Con los audífonos ocurre a veces que, si me aprietas las orejas al besarme o al abrazarme, suena un ruido metálico, poco erótico para mi compañero, que dice que parece que está haciendo el amor con una ginoide. Mi bebé en cambio se parte de risa con su “mamá robot”.

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