30 de abril de 2023

Escuelas libres de violencia: propuestas para erradicar el sufrimiento infantil y juvenil




Decálogo para construir escuelas libres de abuso y violencia.

1. Lo primero es poner el foco en la violencia que sufren niñas y niños en sus hogares. Los índices de maltrato y abuso sexual infantil en las familias nos muestran que los niños y las niñas sufren mucha violencia desde su más tierna infancia, y aprenden a normalizarla.


2. Es en casa también donde los niños y las niñas sufren exposición a la violencia en las pantallas. Aprenden , desde muy pequeños a disfrutar con el espectáculo de la violencia, a divertirse viendo como otros sufren, primero, y luego a divertirse haciendo sufrir a los demás. Primero la normalizan, luego la interiorizan, y luego se hacen adictos a las emociones fuertes. Los niños y las niñas acostumbradas a la violencia necesitan cada vez más dolor, más sangre, más crueldad para entretenerse. Por eso cuando empiezan a ver porno,  necesitan ver imágenes cada vez más fuertes y más duras, así es cómo aprenden a excitarse viendo a mujeres humilladas y sometidas a todo tipo de castigos corporales. El siguiente paso es grabar sus propios vídeos pornográficos y compartirlos con sus amigos.


3. Necesitamos urgentemente una ley contra la violencia en los centros educativos, para que las víctimas puedan contar con un grupo de cuidados, y para que los agresores sean observados en todo momento. Para que la institución educativa se tome en serio la ley, es fundamental que incluya la responsabilidad penal de los miembros de la directiva. 


4. Necesitamos campañas de sensibilización y talleres de formación para el profesorado, el alumnado, y madres y padres en la cultura de la no violencia y los buenos tratos. Formación en la ética del amor y la filosofía de los cuidados, educación sexual y emocional, que les permitan adquirir herramientas para resolver los conflictos sin violencia, y para aprender a identificar las violencias que sufrimos, y las que ejercemos. 


5. Necesitamos vacunas para prevenir las principales enfermedades de transmisión social: machismo, racismo, xenofobia, clasismo, misoginia, lesbofobia, etc. La vacuna consiste en educación para los derechos humanos, y herramientas para aprender a usar tu poder, y a ser buena persona.


6. Necesitamos tomar conciencia de que todos y todas sufrimos violencia, y también la ejercemos contra los demás. El mundo no está dividido en buenas y malas personas: todos nos hacemos daño, y apenas tenemos herramientas parea resolver conflictos sin violencia. Nos herimos unos a otros no solo físicamente, sino también emocional y psicológicamente. Nuestras relaciones son dolorosas porque abusamos de los demás, y les tratamos mal. No nos hemos dado cuenta aún de que hacer sufrir a alguien en beneficio propio es violencia, porque hace daño. No nos hemos dado cuenta de que vivimos en un estado permanente de guerra, sobre todo las mujeres, que tenemos que batallar en las guerras dentro de casa y fuera de ella: en las aulas, en los centros de trabajo, en la calle, en los espacios de ocio... Si la sociedad entera rechazase la violencia en todas sus formas, si nos resultara insoportable el aumento de violaciones grupales, las cifras de acoso escolar, los suicidios infantiles. Entonces los políticos tratarían el tema como un asunto urgente. Ahora mismo lo que están haciendo la mayor parte de los adultos es hacer como que la violencia no está sucediendo, y los medios de comunicación hacen lo mismo que con la violencia machista: nos presenta cada caso como si fuera un caso aislado, un suceso excepcional, para que no tomemos conciencia de la dimensión del problema. 


7. Defender a capa y espada a nuestros hijos e hijas cuando hacen daño a los demás no les ayuda en nada. Creer que tus hijos siempre actúan en defensa propia solo porque ellos lo dicen, es muy peligroso. Los centros de menores con delitos por violencia están llenos de niños que nunca tuvieron límites de ningún tipo. Es curioso como en casa, muchos se preocupan por el sufrimiento de sus hijos, pero a pocos nos da miedo que sean nuestras hijas e hijos los agresores. En las escuelas, tanto la directiva como el profesorado, los padres y las madres, tienen que dejar de proteger a los agresores y agresoras, y el alumnado tiene que unirse y perderles el miedo. La mayor parte de la gente violenta está protegida por el silencio y el miedo: en cuanto se ven solos y rechazados por el grupo, dejan de atacar.  

 

8. El negacionismo y la indiferencia son también una forma de violencia contra las víctimas. Las personas adultas utilizan diferentes técnicas para negar y minimizar el abuso y el acoso: lo presentan como una pelea entre dos iguales, acusan a la víctima de exagerar, culpabilizan a la víctima diciendo que provoca al agresor, etc. Esta protección genera impunidad en los menores violentos, y deja a las víctimas completamente indefensas.


9. Grupos de Cuidados para alumnado y profesorado, para que todo el mundo se sienta tranquilo y confiado en las escuelas. Grupos autónomos basados en el compañerismo y el apoyo mutuo, que ayuden a los más pequeños cuando entran en el colegio, y al alumnado con necesidades especiales y con discapacidades. Estos grupos podrían proteger a los que sufren burlas crueles, humillaciones, insultos, y acoso, y podrían enfrentarse a los agresores. También podrían ayudar a los agresores a que entiendan el daño que están haciendo, especialmente en el caso de los menores que acosan y violan en manada, pues muchos creen que es una forma de divertirse como otra cualquiera. Lo ven a diario en sus pantallas, y aunque saben que es un delito, muchos creen que amenazando a las víctimas no se atreverán a denunciar. También saben que para los menores de 14 no hay consecuencias penales. Así que necesitan ayuda para trabajar su misoginia y para desarrollar la empatía y la solidaridad, y es probable que les ayudase mucho recibir esas herramientas de sus propios compañeros y compañeras. 


10. Responsabilidad social: las industrias culturales y los medios de comunicación deberían plantearse su papel como principales transmisores del patriarcado y de la cultura de la violencia. Siguen mitificando, glorificando y promoviendo la violencia, y nos la ofrecen espectacularizada como entretenimiento. No tenemos apenas referencias de masculinidades no violentas, de hombres que consigan sus objetivos o logren sus metas sin usar la fuerza física. Necesitamos héroes y heroínas libres de estereotipos y mitos patriarcales, modelos a seguir que sean capaces de resolver sus conflictos sin violencia.


Coral Herrera Gómez


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23 de abril de 2023

Los hombres que no cuidaban a las mujeres



Se van cuando te quedas embarazada porque no se sienten preparados para usar anticonceptivos no para ser padre

Se van en pleno post parto, cuando aún tienes frescos los puntos y más necesitas ayuda y apoyo emocional.

Se van también si tu bebé tiene alguna malformación, discapacidad, síndrome, o enfermedad grave.

Se van cuando enfermamos gravemente, y cuando nos dan diagnósticos de muerte.

Se van porque no quieren cuidar. 

Se van porque es muy duro vivir con personas dependientes a tu cargo.

Reciben todos los cuidados del mundo, en todas las etapas de su vida, pero  desaparecen de nuestras vidas cuando las cuidadoras tenemos problemas. 

Echad un vistazo en los hospitales, a las cárceles de adultos y de menores, ¿quienes son las que duermen junto a la cama de los pacientes?, ¿quienes son las que llevan ropa, comida, y cosas necesarias a las cárceles de hombres?,

 ¿y a las de mujeres?

Somos nosotras las que cogemos esos buses los fines de semana a lugares remotos para visitar a la gente privada de libertad, somos nosotras las que pasamos noches enteras durmiendo en una silla o en el suelo en los hospitales.

La mayoría de los hombres no siguen su relación amorosa cuando la compañera es privada de libertad. 

El abandono es cosa de hombres. 

Basta con echar un vistazo a las cifras de hogares monomarentales en todo el mundo para comprobarlo. Solo con echar un vistazo a la cantidad de demandas por pensión alimenticia os podéis hacer una idea. 

A mí me impresiona muchísimo esta cifra: las mujeres que se divorcian de su pareja con cáncer son un 2,9%, y los hombres que se divorcian de su pareja con cáncer son el 20%.

Es un dato que demuestra que los hombres reciben mucho más cuidados de los que dan. 

Y que eso de "estar juntos en lo bueno y en lo malo, en la salud y la enfermedad, hasta que la muerte nos separe", es un mandato para las mujeres, no para los hombres.

Compañeras, no se os olvide que cuando el amor no es recíproco y los cuidados no son mutuos, son abuso y explotación. 


#AbreLosOjos 

#Cuidados

#éticaamorosa 

#filosofíadeloscuidados

#elamorrománticoesunaestafa

22 de abril de 2023

La salvación no está en el príncipe azul, está en las utopías colectivas.



La salvación que andamos buscando todos y todas no esta en una persona, ni en un objeto mágico, ni en un milagro divino. La salvación de la Humanidad está en las utopías colectivas, pero la gente solo cree en dioses que ofrecen soluciones individuales a unos pocos elegidos.

Los dioses son incapaces de hacer grandes transformaciones, solo pueden ayudar a unos cuantos privilegiados. Ellos seleccionan a los que podrán vivir una Buena Vida, su poder solo alcanza para ayudar y proteger a un puñado de ricos. 

Mientras, aquí en la Tierra, los señores poderosos producen relatos basados en apocalipsis y distopías para que creamos que estamos todos condenados al infierno. Los creadores y productores culturales saben que las utopías son revolucionarias, y por lo tanto peligrosas, por eso solo nos ofrececen futuros infernales y finales horribles, llenos de sufrimiento, violencia y destrucción. 

Para que no nos pongamos creativos mitifican a los hombres violentos entregados a la autodestrucción (personal y colectiva) Nos venden relatos distópicos para que vivamos con miedo, nos creamos que todo va a peor, y no nos pongamos a soñar con un mundo mejor. 

Esos mismos señores se ríen con desprecio de la gente que se resiste a vivir con miedo. Es gente que tiene aún esperanza, y por eso resultan tan incómodos. 

Nos hacen creer que la utopía es sinónimo de "sueño imposible", que estamos condenados a destrozarnos, a aniquilar todo tipo de vida, a destruir al planeta Tierra, porque "así somos de violentos los humanos". 

Nos engañan con el príncipe azul y con el Salvador celestial, para que no sepamos quiénes son las heroínas y los héroes de carne y hueso que se dejan la piel por el sueño de un mundo mejor. No quieren que sepamos de su lucha ni que nos contagiemos de su energía y su ilusión. No sea que tomemos ejemplo y nos pongamos a revolucionarlo todo.

Nos regalan utopías individuales, pero jamás utopías colectivas. 

En la escuela no nos enseñan a pensar en el Bien Común. Nos enseñan a desconfiar de la especie humana, a competir con los demás, a guerrear entre nosotros, para poder someternos y manipularnos. 

Nos anestesian con distopías para que no nos atrevamos a imaginar un mundo mejor, una sociedad en la que la Humanidad aprenda a cooperar, a comunicarse, a cuidarse y a cuidar el planeta, a convivir con los demás seres vivos en armonía y en paz. 

En las pantallas no nos hablan de la fuerza revolucionaria del amor para que no nos entusiasmemos con la posibilidad de construir otro mundo, y de soñar con el derecho a vivir una Buena Vida. Una vida libre de explotación, de sufrimiento y de violencia. 

Nos ofrecen hombres mutilados y sin esperanza, mujeres cosificadas al servicio de esos hombres, modelos a seguir basados en estereotipos y mitos que perpetúan el sistema. Ellos quieren que vivamos derrotados, sin fe en la Humanidad, sin fe en el futuro, muertos de miedo, y cada uno buscando la manera de salvarse a sí mismo. 

El poder solo nos ofrece ídolos y modelos a seguir que cantan, bailan, posan, hacen películas, hacen deporte y acumulan dinero. No conocemos apenas a la gente que cree en utopías y trabaja por ellas, a la gente que a diario, desde sus trincheras cotidianas, aporta a la creación de un mundo mejor, y hace este un poco más habitable.

Y sin embargo, el mundo está lleno de gente que cree en utopías colectivas y que lucha por el derecho de todos y todas al Buen Vivir. 

Es la gente que protesta contra las injusticias, defiende sus derechos, y le exige a los gobiernos que acabe con la pobreza, el abuso, la desigualdad. 

Es la gente que abolió la esclavitud, el apartheid, las dictaduras, y la que se inventó Declaración de los Derechos del Hombre, una utopía que cambió la Historia. 

Estos seres humanos que sueñan con un mundo mejor inventaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que tuvo un impacto monumental, puso límites a la violencia del capitalismo salvaje, y modificó las leyes de muchísimos países. 

La Declaración de los Derechos Humanos de las Mujeres también tuvo un impacto enorme: el movimiento de liberación de las mujeres también ha modificado las leyes de muchos países y sigue hoy, con fuerza, luchando por acabar con las jerarquías, la explotación, la acumulación de poder, y con ellas, acabar con el capitalismo y el patriarcado. 

Las utopías colectivas son caminos hacia la transformación; existen muchas maneras de relacionarnos y de organizarnos a nivel social, político y económico. 

Se trata de soñarlas juntas y juntos, de unirse a la gente que ya está en esos caminos desde hace años, de aprender a trabajar en equipo, de contagiarse de esa fuerza poderosa que nos permite avanzar. 

Si nuestra cultura nos vende apocalipsis y nos hace creer que así somos, que no hay solución, que no hay esperanza, apaguemos las pantallas y salgamos a la calle a bañarnos en las utopías colectivas. 

Salgamos a mojar a los demás para que puedan unirse a la fiesta. 

Inventemos relatos utópicos y demostremos que son posibles. 

Nos quieren amargados, resignados, y muertos de miedo, nos quieren empastillados y metidos en casa, aislados de los demás, buscando desesperados la salvación personal. 

Ojalá un día nos encuentren en las calles, bailando, soñando y luchando con una vida mejor para la Humanidad y demás seres vivos del planeta Tierra.


Coral Herrera Gómez 


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20 de abril de 2023

Grupos de Cuidados contra el abuso y la violencia



Uno de los mecanismos más eficaces para protegerte de la violencia, del abuso, la explotación y el sufrimiento, es pertenecer a un grupo de cuidados en todas las etapas de tu vida. Desde la guardería, hasta la Universidad, lo mismo si trabajas en una oficina que en el campo o en la fábrica, tener un grupo de cuidados es una medida de autodefensa y de ayuda mutua que te puede proteger del acoso y del maltrato durante toda tu existencia. 

Si hubiera grupos de cuidados en los colegios, en los centros de estudio y de trabajo, en los clubes y en las compaticiones deportivas, en los espacios de ocio (conciertos, discotecas, fiestas populares, verbenas, eventos sociales), en las asociaciones y los colectivos, en los movimientos sociales, en los sindicatos y los partidos políticos, y en todas y cada una de las empresas grandes de cada país, podríamos hacer frente en común para parar a las personas que se dedican a hacer daño a los demás. 

Las personas que se dedican a hacer sufrir a otras no se atreven con los grupos. Solo se atreven con sus víctimas, cuanto más aisladas, mejor, porque cuanto más solas están, más vulnerables son. A las personas que maltratan y acosan les protege el silencio y el miedo de los demás: como nadie quiere ser su próxima víctima, nadie se enfrenta a ellos para pararles los pies.

El miedo hace que mucha gente mire para otro lado y no defienda a las victimas de una injusticia o un abuso porque es más fácil pensar que es una pelea, "yo no me meto en problemas, es un asunto entre ellos".  

Otra gente aplaude y les ríe las gracias a los violentos, e incluso se suman a las agresiones para congraciarse con la persona violenta, y no convertirse en el siguiente objetivo.

También es el miedo lo que hace que muchos se atreven incluso a culpar a la víctima de la violencia que está recibiendo, o a usar la estrategia del negacionismo: "era una broma, qué poco sentido del humor", "no es para tanto", "estás exagerando", "haberte defendido, ¿por qué no hiciste nada?"

Un ejemplo de cómo protegemos a los violadores: la prensa no le nombra ni nos enseña su cara, mientras que nos ofrecen el rostro de las víctimas y nos dan todos sus datos personales (dónde trabaja, dónde vive, si tiene o no pareja, si tiene o no hijos) 

Cuando una niña o un niño sufre violencia en el colegio, le animamos a que se defienda y ataque a sus agresores. Lo primero que aprenden al entrar en el colegio es que no hay nada peor en el mundo que ser un chivato, con el objetivo de que crean que nunca deben denunciar la violencia que sufren. 

Gracias a esta norma no escrita, muchos niños y niñas soportan el abuso, el acoso, y la violencia de los matones del grupo. Prefieren aguantar el dolor a sufrir el rechazo del grupo, por eso no se atreven a pedir ayuda a sus padres, a los profesores o a la dirección del centro

Cuando una mujer sufre violencia machista, se le dice que no se deje, que enfrente al agresor, que salga de ahí sola y que denuncie. Y cuando se atreven a denunciar, no solo tienen que afrontar las represalias, sino tratar de buscar un lugar seguro. Y a muchas las matan antes de que puedan ponerse a salvo. 

Los medios de comunicación señalan y exponen a las víctimas,  dan voz a los que dudan sobre sus testimonios, dan voz a los culpables cuando se defienden de las acusaciones, y denominan "presuntas" las agresiones , las violaciones y los femicidios hasta que los violentos son juzgados y encanrcelados. Además, nos los presentan como "casos aislados", aunque todos los días aparezca en la prensa uno nuevo. 

Es cruel pensar que las víctimas deben defenderse solas de tipos violentos: la realidad es que la gran mayoría no pueden contra sus abusadores, y no es justo dejarlas solas. No es justo porque acaban creyendo que se merecen la violencia que reciben, y creen que es un problema  personal, cuando en realidad es un problema colectivo. 

¿Cómo acabar con la violencia? 

Los humanos educados en los valores del patriarcado y el capitalismo somos gente violenta y egoísta, no sabemos pensar en el bien colectivo, no sabemos resolver nuestros conflictos sin violencia, no sabemos tratarnos bien ni sabemos relacionarnos desde el respeto, los buenos tratos y los cuidados. 

La violencia de nuestra cultura es estructural, y lo mismo que la sufrimos, la ejercemos también sobre los demás. Nuestro sistema económico es violento, porque se basa en la acumulacion y el acaparamiento de recursos y de poder por parte de unos pocos, a costa del sufrimiento de los demás. Abusamos unos de otros y nos aprovechamos de las personas que están por debajo de nosotras en la jerarquía, cuanto más necesitadas e indefensas están, más abusamos de ellas.   

El primer paso para acabar con la violencia es tomar conciencia de la que sufro, y la que ejerzo. Todos empleamos estrategias diferentes para conseguir lo que queremos, lo que necesitamos y lo que deseamos. El problema es que alguna de estas estrategias no son éticas: amenazar, chantajear, sobornar, extorsionar, humillar, abusar, acosar a alguien para que ceda o para que acabe de rodillas... son diferentes formas de ejercer el poder de forma tiránica, abusiva y violenta.

¿Cómo sabes que estás ejerciendo violencia contra alguien? Cuando le haces daño, o le perjudicas en beneficio propio, cuando te aprovechas de su vulnerabilidad o de su necesidad, cuando impones tu poder para someterle. 

¿Cómo saber si estoy sufriendo violencia? Los malos tratos, las burlas crueles, las bromas hirientes, los chismes, los bulos, los rumores, los insultos, los comentarios despreciativos, las falsas acusaciones, las palabras cargadas de odio, los ataques iracundos sobre alguien, son diferentes formas de herir a los demás, y la persona que los usa siempre lo hace en beneficio propio.

 Consiga o no su objetivo,  siempre aumentan su poder y su rango en la jerarquía, porque los demás aprenden a respetarle y a temerle, y con frecuencia le protegen y le encubren.

Así que la solución a la violencia no puede ser individual, sino colectiva. 

La única forma de que el miedo cambie de bando, es crear grupos de cuidados en todas partes.


Grupos de Cuidado de Mujeres

Las mujeres feministas llevamos muchos años organizadas. Tenemos grupos de cuidados en los que nos acompañamos cuando usamos un taxi (compartimos el número de matrícula y el recorrido en tiempo real, avisamos si el taxista hace cosas raras, avisamos cuando llegamos). 

También cuando tenemos una cita con un hombre (compartimos sus datos con las demás, y la ubicación, y avisamos cuando llegamos a casa), y cuando viajamos solas o en grupo. 

También nos cuidamos en los centros de estudio y de trabajo, en el transporte público, en las manifestaciones. En los conciertos y las fiestas vamos juntas al baño para defendernos mutuamente del acoso de los hombres, estamos atentas a la bebida propia y a la de las compañeras, nos vamos en grupo a casa si podemos. 

Los grupos de mamás también son esenciales para nosotras: las mujeres nos cuidamos unas a otras y nos ayudamos con la crianza y la educación de nuestras hijas e hijos, lo mismo en el campo que en la ciudad: solas no podemos con 2 jornadas laborales completas. Y como son tantos los padres que huyen del hogar, y como la gran mayoría de los hombres solo recibe cuidados sin darlos, no podemos contar con ellos para sacar adelante a nuestras crías. 

Quizás algún día los hombres se incorporen al sistema de cuidados, pero de momento, las mujeres para sobrevivir tenemos que pedir ayuda a grupos de mujeres, que a veces son familiares (madre, suegra, hermanas, tías), y otras veces son nuestras compañeras y amigas. 

La sororidad entre mujeres es fundamental, no hay nada más duro en el mundo que criar hijos sola. 

Estos grupos de cuidados sirven para acompañarnos también emocionalmente cuando estamos mal, para prestarnos ayuda, para contar lo que nos está pasando, para compartir información y conocimientos, y para no sentirnos tan solas en la lucha diaria contra el patriarcado.

Nos hemos dado cuenta hace mucho de que solas no podemos, pero organizadas y unidas, sí. Sabemos que solas somos más vulnerables y manipulables, y por eso hemos aprendido a ayudarnos entre todas. 

Estas estrategias de apoyo mutuo y de protección nos han servido para romper el pacto de silencio que perpetúa las violencias. Con el #MeToo hemos salido en masa a contarlas y hemos llevado a juicio a muchos hombres poderosos que se creían impunes. Incluso ahora los hombres gays también empiezan a denunciar el acoso sexual y la violencia que sufren. A los acosadores ya no les protege el silencio, ahora por fin escuchamos y creemos a las víctimas.

Otros espacios en los que son necesarios los grupos de cuidado: 

Grupos de cuidados para niñas y niños: si en el patio del colegio un niño pudiese gritar a su grupo de cuidados cuando otro niño le agrede, y el grupo pudiese ir corriendo a rodear a la víctima, mientras uno de ellos sale corriendo a pedir ayuda a alguna persona adulta, el atacante se vería solo. 

Como en muchos colegios los niños y las niñas no reciben ayuda de las personas adultas, que tratan de quitarle importancia a la violencia argumentando que "son cosas de niños", también las mamás, papás y personas cuidadoras podrían hacer grupos de cuidado para ayudar al grupo de cuidados infantil, y para exigir a la dirección del colegio que proteja a las víctimas e implante un protocolo para acabar con la violencia escolar.

Grupos de cuidados para chicas adolescentes: para hacer frente a las manadas de violadores, es fundamental que las niñas y adolescentes se organicen en grupos de cuidados, tanto en el centro de estudios como en los espacios de ocio. Las violaciones grupales están aumentando de una forma bestial, así que es importante que los agresores sepan que las chicas no están solas, que se cuidan entre ellas, y que la sociedad entera las cree, y las cuida también. Estos grupos de apoyo tendrían que contar con la protección de la comunidad educativa y los de madres y padres, y de la sociedad entera, para que no se sientan solas en su lucha por el derecho a vivir una vida libre de violencia. 

Grupos de cuidado en los centros de estudio y de trabajo: si en una oficina una mujer se dedica a hablar mal de otra, y a burlarse de ella a sus espaldas, y a hacerle la vida imposible, y se encuentra con que nadie quiere escuchar sus chismes, y nadie le ríe las gracias, probablemente se sienta aislada y sin ganas de seguir haciendo daño. Si el grupo de cuidados de la oficina se sentase a hablar con ella y a pedirle que deje de hacer sufrir a la compañera, la mujer podría plantearse que igual no merece la pena hacerle la guerra si no cuenta con el silencio, la complicidad, o el apoyo de los demás.

Los grupos de cuidados también actuarían hacia arriba: si un jefe acosa sexualmente a una empleada, si un empresario obliga a un empleado a trabajar más horas, el grupo de cuidados podría proteger a quienes sufren el abuso, y denunciar colectivamente a quienes lo ejercen.

Y en las aulas lo mismo: las personas que sufren más violencia en los centros escolares y en las Universidades son las mujeres, sobre todo las mujeres con discapacidad, las mujeres lesbianas, las mujeres indígenas o pertenecientes a una etnia determinada, y las mujeres inmigrantes. Las instituciones educativas están fallando a la hora de protegerlas de los abusos de sus compañeros y sus profesores. Así que es importante que existan grupos de cuidados en todos estos espacios, en los que las mujeres puedan compartir información y apoyarse mutuamente en cuanto empiece el acoso o la violencia. 


Cuidados en nuestros grupos sociales y familiares 

En torno a una pareja: si tu amiga os presenta a su novio, y al tipo le parece gracioso humillar a tu amiga delante de su grupo, lo más probable es que el grupo no le ría las gracias, y le pare los pies. El grupo de cuidados se forma espontáneamente, y en cuanto actúan, el agresor se da cuenta de que no tiene apoyo, y de que lo más probable es que el grupo entero trate de convencer a su amiga para que le deje. 

Sin embargo, si el chico forma parte del grupo, la cosa cambia, porque la violencia que ejercemos entre risas no parece tan violenta. Y porque los hombres tienen poderosas redes de complicidad entre ellos, redes que sostenemos las mujeres. Si ella se enfada, es muy probable que apoyemos al chico diciendole a ella que qué poco sentido del humor tiene. Y solo las chicas del grupo se preguntarán si en privado la trata igual, o peor. Y alguna puede que se atreva a encararse con él, y a preguntarle a ella cómo es la relación, y si necesita ayuda para salir de ahí. 

El primer paso es romper el silencio y perder el miedo, y crear grupos de cuidados para proteger a las víctimas

Pienso en las mujeres que pasan años soportando palizas de su marido: si las comunidades de vecinos y vecinas se uniesen en grupo para hacer frente al vecino cada vez que llega borracho a casa, y justo antes de que empiecen los golpes se presentasen juntos ante su puerta, el tipo se lo pensaría dos veces antes de empezar, y la víctima no se sentiría sola ni avergonzada. Y si tuviera el apoyo total de la comunidad, aumentarían sus probabilidades de huir de su hogar.  

Las estadísticas nos muestran que las víctimas que logran escapar son aquellas que cuentan con apoyo y protección de su familia, de sus grupos de amigas o de la comunidad de vecinos y vecinas

En el hogar: los niños y las niñas son las más vulnerables a la violencia dentro de su entorno familiar, por eso es tan importante escucharles y creerles cuando se atreven a hablar. Dado que muchos adultos no quieren romper la "armonía familiar" y le piden a las víctimas que guarden silencio y que compartan mesa con sus agresores, es fundamental que las personas adultas que sí tienen conciencia sobre el problema de los malos tratos y el abuso sexual infantil, protejan a las criaturas de los "secretos de familia" y los saquen a la luz. 

Hasta ahora se consideraba que los menores eran "propiedad" del hombre de la casa y que éste podía hacer con ellos lo que quisiera. Ahora sabemos que los niños y las niñas tienen derechos humanos, no son propiedad de nadie, y la violencia que soportan por parte de los hombres de su entorno familiar (pares, abuelos, padrastros, tíos, amigos de la familia) es inhumana. 

Todas las familias deberían contar con un grupo de cuidados en el que las víctimas puedan confiar. 


Grupos de cuidados en nuestros espacios de activismo y lucha 

En todos los espacios sociales hay luchas de poder y guerras internas para derrocar a los líderes y para sustituirles, hay peleas de egos, grupos y reuniones secretas, conspiraciones y batallas sangrientas. Estas guerras son más violentas en grupos verticales con jerarquías, en las que sus miembros batallan por cargos importantes y cuotas de poder. En los grupos horizontales estas batallas se dan en menor medida porque se funciona de manera asamblearia, y en red, de manera que la gente está más centrada en el objetivo que tienen en común, y es más fácil trabajar en equipo. 

Tanto en unos como en otros, los grupos de cuidados velarían por el bienestar, la inclusión y los derechos humanos de todos y todas, se encargarían de ayudar a resolver los conflictos personales, de ayudar a las más vulnerables, y de proteger a las víctimas de las personas que se dediquen a ejercer violencia física, sexual, emocional y psicológica contra alguien del grupo. 


Grupos de cuidados en las redes sociales  

Las redes sociales están llenas de gente que disfruta asistiendo a las peleas, cancelaciones, y  linchamientos públicos, y/o participando en ellos. La guerra en redes es permanente, no cesa jamás, y son muy pocas las personas que logran debatir en los hilos sin sufrir y sin hacer sufrir a los demás: no sabemos practicar la comunicación no violenta, no sabemos discutir sin hacernos daño, no sabemos expresar nuestras opiniones sin machacar al "adversario". 

Y este es precisamente el problema: actuamos como si las redes estuviesen llenas de enemigos, incluso dentro del bando o grupo al que pertenecemos. 

No conversamos para el placer, ni para aprender, ni para construir conocimiento colectivo: participamos en los debates para brillar y para lucirnos, para imponer nuestras ideas, para humillar a los contrincantes, para alimentar nuestros egos, para mostrar lo ingeniosos que somos en el combate verbal. 

Exhibimos nuestro poder, lo ejercemos sin piedad para llevar razón, para recibir megustas y para recibir aplausos, para ganar seguidores, para sentirnos especiales, únicos, importantes. Opinamos de todo aunque no leamos ni nos formemos para poder opinar, y atacamos sin piedad a quienes no piensan como nosotros: así es imposible aprender y disfrutar de las redes sociales. 

Cada vez hay más gente que sale de ellas para evitar sufrir, porque están cargadas de odio, y como siempre las que más abandonamos las redes sociales somos nosotras, las mujeres, que somos las que más ciberviolencia sufrimos. 

Los grupos de cuidados en redes sociales sirven para crear espacios más pequeños, espacios seguros y libres de violencia, en los que las mujeres nos apoyamos, nos damos consejos, intercambiamos información y conocimientos, establecemos alianzas y estrategias comunes, y nos protegemos unas a otras. 

En estos grupos de cuidados no tenemos miedo a ser atacadas, y podemos expresarnos con libertad y confianza, son un refugio frente a la hostilidad de los espacios abiertos. 

A medida que aumenta la violencia contra las mujeres feministas, más nos damos cuenta de lo importante que es apoyarnos unas a otras, y organizarnos para hacer frente a la misoginia y el machismo, vengan de donde vengan. 


Aprender a crear grupos de cuidados 

Si le perdiéramos el miedo a las personas violentas y nos uniéramos para hacerle frente a los abusos, los malos tratos y las injusticias, entonces no se sentirían tan poderosas. 

El miedo lo tendrían ellas, porque generalmente son muy cobardes, y paran cuando no cuentan con el apoyo (o la indiferencia, que también ayuda mucho) de los demás.

Pienso que si todas las comunidades humanas tuvieran grupos de cuidados, todos nos lo pensaríamos mucho a la hora de iniciar un ataque o una guerra contra otra persona. Lo mismo en el espacio público que en nuestro entorno más cercano: si cuando intentamos hacer sufrir a alguien, los demás se indignan contra la injusticia y se enfrentan a nosotros, probablemente desistiríamos. Porque nada nos da más miedo que el rechazo del grupo.

Mi propuesta es empezar por las escuelas: nuestros niños y niñas necesitan herramientas para tomar conciencia de las violencias que sufren y que ejercen, para aprender a cuidarse entre todos, para aprender a usar su poder sin abusar ni hacer daño a nadie. 

Además de tener una asignatura específica (Ética del Amor y Filosofía de los Cuidados), en la parte práctica aprenderían a crear grupos de cuidados, como una estrategia de defensa cotidiana contra los malos tratos, el sufrimiento y la violencia. En grupo es más fácil aprender a protegerse, a cuidarse, a apoyarse, a defenderse sus derechos, y a hacer frente común contra los abusos y las injusticias.

En grupo podemos aprender a cuidarnos a nosotros y a nosotras mismas, a cuidar nuestras relaciones, y a cuidar a la gente que sufre discriminación y violencia. 

En grupo perderemos el miedo y podremos enfrentarnos con valentía a todos aquellos que cometen injusticias, abusos y malos tratos a los demás.

Cuantos más grupos de cuidados, más solos se sentirán; es la mejor receta contra la impunidad. 

Los grupos de cuidados podrían hacer frente a emergencias, es decir, esos momentos en los que los agresores no paran de acosar a sus víctimas y les amenazan con hacerles daño. Generalmente cumplen sus amenazas, así que hay que preparar dispositivos de seguridad en torno a las víctimas, y uno de los elementos clave es que todos podamos turnarnos para acompañar a las víctimas y no dejarlas solas jamás. 

También los grupos de cuidados sirven para resistir ante la violencia de un sistema económico tan cruel y violento como el que vivimos. Mucha gente participa en grupos de cuidados y apoyo mutuo para hacer frente al drama de la pobreza, el desempleo, los desahucios, y la exclusión social. En la pandemia estos grupos de cuidado proliferaron por todos los barrios: repartieron comida, ropa y medicinas, organizaron los cuidados a personas mayores y dependientes, informaron y ayudaron a la gente a pedir las ayudas del Estado. Estos grupos de cuidado también ofrecen apoyo emocional y acompañamiento para la gente que está pasando malos momentos personales (crisis emocionales, enfermedades mentales) o simplemente etapas difíciles (la muerte de un ser querido, una separación de pareja, un problema familiar, etc). 


Lo mismo frente al matón que frente a las élites del poder 

La gente con poder nos quiere aislados y enfrentados entre todos, para poder manipular y abusar mejor de nosotros. Por eso es tan importante que nos juntemos y nos organicemos, lo mismo frente al matón del grupo, que frente a las élites del poder. 

Unidos, unidas, somos más fuertes y más grandes, empecemos en pequeños grupos de cuidado, con la gente más cercana, y aprendamos a protegernos y a apoyarnos entre todos. 

No se te olvide, formar parte de un grupo de cuidados es una medida fundamental del Autocuidado.

Y vosotras, ¿tenéis vuestro propio grupo de cuidados?, ¿os gustaría crear uno?, ¿tenéis gente querida alrededor con la que contar?


#GruposDeCuidados

#Violencia #malostratos #abuso

#ViolenciaPsicológica #violenciaemocional 

#ViolenciaEscolar 

#unmundosinviolencia 

#unavidamejor 

#cuidados 


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18 de abril de 2023

Coral Herrera en Paraguay #Gira2023

 


¡Voy a Paraguay! La próxima semana impartiré una conferencia y tres talleres en en la Escuela Feminista de Emancipa y Espacio Juliana.

Será en el Centro Cultural de España en Asunción, el martes la conferencia y el resto de los días, talleres.

Todas las actividades son gratuitas, para los talleres podéis inscribiros aquí

  💜💜💜

La Revolución Amorosa ya es Internacional, ¡estoy deseando llegar ya y abrazaros a todas!

#RevoluciónAmorosa 

#paraguay🇵🇾


Gira 2023: La Revolución Amorosa

7 de abril de 2023

Ser leal a tí misma: una medida de Autocuidado fundamental

Ilustración de Cristina Troufa


Una de las claves para construir una relación bonita contigo es ser leal contigo misma, y poder confiar en tí misma. Saber que puedes contar contigo, que te vas a cuidar, y que no te vas a fallar.

La lealtad hacia ti es una de las claves del autocuidado: nunca puedes poner las necesidades de los demás por encima de las tuyas. Ni tampoco traicionarte a ti misma, ni traicionar tus ideas, tus valores, tus principios, por complacer o agradar a alguien más.

La lealtad es una prueba de tu grado de compromiso, de tu entrega hacia una causa, de tu amor y tu respeto por algo o por alguien.

¿Por qué es tan importante la lealtad?

Porque todo el mundo te la pide. Los publicistas te piden lealtad a un producto, o a una marca. Los grupos religiosos, a una divinidad y a sus mandamientos, pero también a los líderes espirituales. Los partidos políticos te exigen lealtad al grupo que posea el poder en ese momento. Los grupos deportivos, a los colores de la camiseta. Por eso se castiga tan duramente a los fieles que cambian de equipo, de partido o de dios.

El problema es que la mayor parte de los grupos humanos son jerárquicos, y en ellos los que mandan son los líderes (generalmente son hombres). Y esto supone que en algún momento vas a tener que elegir entre la lealtad a los objetivos de esos señores, o la lealtad a tí misma, a tus principios.

Traicionarte a tí misma es una de las cosas mas dolorosas que existen, sobre todo si lo haces para complacer a alguien y te dañas a ti misma, o dañas a otras personas.

Para ser leal contigo, tendrás que desobedecer a cualquier persona que te pida una entrega absoluta, un apoyo incondicional, una fidelidad y una obediencia ciega.

El apoyo no puede ser jamás incondicional: tienen que darse las condiciones, y si no las hay, podemos retirar nuestra lealtad. Lo mismo a tu pareja, que a un hombre o a un grupo: ningún vínculo puede ser incondicional.

Solo el que tienes contigo misma.

La lealtad hacia ti es una prueba de tu compromiso con tu bienestar y tu salud mental y emocional. Ser leal a ti implica no dejarte manipular, y autorregular tus emociones para que la devoción por alguien o la convicción por una causa no te pongan de rodillas.

Esto es importante para las mujeres porque muchas de nosotras somos capaces de traicionarnos y de no respetar los pactos de autocuidado, ya que nos han entrenado para ser sumisas y complacientes, y nos han hecho creer que hemos venido al mundo a cumplir, a servir a los demás, a dar nuestra vida por los demás sin pedir nada a cambio.

Nosotras nos esforzamos siempre por ser tenidas en cuenta, por facilitar las cosas, por resolver problemas, por cuidar a los demás. Unidas sí podemos, pero solas, nos cuesta más enfrentarnos a los poderosos, cuestionar al líder, dar nuestra opinión. Cuesta que se escuche nuestra voz, que se de crédito a nuestros conocimientos y experiencia, y además el precio que pagamos por desobedecer a los hombres con poder es mucho mayor.

Por eso es tan difícil escapar del matrimonio o salir de una secta. Todo el mundo espera que aguantemos y que estemos agradecidas por la protección que nos brinda el Señor (Dios, Marido, Padre, Líder, Cura, Pastor), y los propios compañeros y compañeras nos castigan si osamos contradecir el discurso del líder, o alzar la voz contra una injusticia.

Los seres humanos tenemos un miedo terrible a ser rechazados o expulsados de un grupo, porque antiguamente, cuando éramos nómadas y no teníamos leyes ni cárceles, este era el castigo reservado para las personas que no cumplían las normas o que dañaban a la comunidad. Y ser desterrado significaba la muerte, porque solos no podemos sobrevivir.

Todos y todas necesitamos sentirnos aceptadas, reconocidas, integradas en nuestros círculos de amistad, de familia, trabajo y vecindario. Y nos duele mucho cuando somos "diferentes" o "raras", y nos discriminan, nos invisibilizan o nos excluyen. Por eso tenemos tendencia a someternos a las normas de un grupo o a las normas que impone el líder de un grupo, pero a veces el precio que hay que pagar para ser considerado uno más, es demasiado alto.

Por ejemplo, si tú eres pacifista y no soportas la violencia, pero tu grupo ha decidido que tiene un enemigo, y que hay que luchar contra ese enemigo. Primero se exponen las razones para odiar a ese enemigo, se canaliza la frustración y el malestar contra ellos, y después te plantean que no hay alternativa: o estás con ellos, o contra ellos. No hay medias tintas, tú eliges en qué bando estás. Al enemigo se le presenta como un peligro del que hay que defenderse, y después, cuando ya están activados el odio y el miedo, se justifica el uso de la violencia contra el enemigo.

Son técnicas muy antiguas que utilizan los poderosos para acumular poder, y que les funcionan muy bien, ya que cuando te obligan a tomar partido, te obligan también a participar en los ataques contra el enemigo, a aplaudir los discursos que exaltan a tu grupo y menosprecian al otro, y por supuesto se espera de ti que mueras matando.

Aunque no te guste manejar las armas, aunque no quieras perder la vida, siempre la causa es superior a ti, y a cualquiera de los integrantes del grupo.

Tu lider y el líder enemigo jamás se manchan las manos de sangre.

Y tu obligacion es aparentar que sientes el mismo odio que los demás, porque el miedo a ser señalado como miembro del bando contrario es tan grande, que te lleva, sin darte cuenta, a dejar a un lado tus principios, y a sacrificarte en nombre de (el Amor, la Patria, la Bandera, el Proyecto, el Movimiento, etc)

A lo largo de la Historia hemos conocido a muchas mujeres y hombres desobedientes que jamás se vendieron, que se atrevieron a contradecir al líder, que se atrevieron a señalar la desnudez del rey, que se atrevieron a pensar por sí mismas, a defender sus ideales, a denunciar las injusticias, y a enfrentarse a la tiranía.

Para la mayor parte de ellos y ellas, el castigo fue el ostracismo o la muerte. Pienso en Hypatia, en Jesucristo, en Juana la Loca, en Olympe de Gouges, en Mandela, y en todos los y las insobornables y rebeldes de la Historia que decidieron ser leales a sus ideas y a sus principios, y que fueron encarcelados, torturados, y asesinados por ello.

A un nivel más cotidiano, ser leal a tí misma te hace libre. Si eres una persona autónoma, tienes que saber que no vas a encajar nunca en grupos jerarquicos ni en el tradicional sistema patriarcal de la dominación y la sumisión. Primero porque no te vas a dejar explotar ni a permitir que te utilicen para sus fines, no te vas a dejar manipular, y no vas a poder obedecer normas injustas, ni directrices impuestas desde arriba.

Lo mismo con una pareja que con un grupo humano: si no puedes disentir, si no puedes expresar tus dudas, si no puedes hacer críticas constructivas, si no puedes decir que no, si te da miedo que la otra persona se enfade, si temes a las represalias, entonces lo mejor es buscar personas, grupos y comunidades en las que puedas participar y sentirte libre.

Vamos a poner un ejemplo. Tú eres católica y tu grupo religioso ha decidido que van a ir a la puerta de las clínicas a señalar a las mujeres que quieren abortar, y a acosarlas para que se sientan mal. Tú en realidad lo que querrías es acudir a la puerta de las iglesias para señalar a los curas violadores de niños y niñas, y te parece más importante defender los derechos de la infancia que acosar a mujeres.

Pero en tu grupo no quieren ni oir hablar de los obispos y los curas violadores, no les importan sus víctimas, y para ellos lo más importante es atacar a mujeres que ejercen su derecho a decidir si quieren o no ser madres.

Así que tienes dos opciones: ir con tu grupo y sentirte mal acosando a mujeres, o no ir, y asumir las consecuencias de no hacer lo que hacen todos y todas. Por ejemplo: que te aparten del grupo, que te oculten información, que te hagan el vacío, que te expulsen, o mejor, que te animen a que te vayas tú voluntariamente.

Puede pasarte lo mismo si eres una mujer feminista, y la lideresa de tu grupo propone señalar y atacar públicamente a otra mujer feminista porque no piensa como ella, o porque le tiene envidia, o porque la ha convertido en su enemiga. Os invita a participar en el linchamiento publico, pero tú piensas que quizás sería mejor poner el foco en ese profesor que violó a no sé cuantas niñas y prostituyó a no se cuantas mujeres. La lideresa prefiere un linchamiento contra esa mujer que le cae tan mal, pero a tí ni te cae mal, ni te parece bien que se linchen a mujeres en las redes sociales.

¿Qué ocurre si todas se unen menos tú?, que el próximo objetivo de la lideresa probablemente seas tú, por díscola, desleal y desobediente.

En las comunidades y en las redes con estructura horizontal, las personas más populares suelen encargarse de los cuidados y de la coordinación del trabajo en equipo. En las verticales, en cambio, los líderes y lideresas imponen sus ideas y sus normas, y ejercen su poder de manera tiránica, siempre de arriba hacia abajo. Son los que exigen lealtad y obediencia a los demás, y los que no aceptan sugerencias, críticas, y posicionamientos contrarios al suyo. Se benefician de su poder, su capacidad para influenciar y para manipular al grupo a su antojo. Se rodean de personas muy leales, y se deshacen de los disidentes y de los rivales. Son personas que quieren limitar la libertad de todos los miembros del grupo, controlar las entradas y las salidas de la gente, y son líderes que te piden esfuerzo, entrega y sacrificio, obediencia ciega, información, y dinero.

Esta es la razón por la cual resulta muy dificil ser autónoma y mantenerte fiel a ti misma: los líderes conducen a sus seguidores como un rebaño. Ellos hablan, los demás escuchan. Ellos proponen, los demás le siguen. Ellos imponen su visión de mundo y sus normas, y tú no puedes participar en la creación de las mismas. Te limitas a aceptarlas, a asumirlas, y a respetarlas. Y a hacer que otros las respeten.

Muy diferente es cuando perteneces a comunidades humanas sin líderes, cuando encuentras grupos que se organizan asambleariamente, y en los que todo el mundo tiene voz y voto. Resulta mucho más fácil comprometerse con la causa cuando sabes que puedes cuestionarlo todo, cuando sabes que tu opinión cuenta, y cuando te sientes libre para decir lo que quieres, lo que opinas y lo que sientes, sin miedo a las represalias.

Cuando tú te comprometes (con una pareja, con un grupo humano, con un proyecto o con una causa), no estás firmando un cheque en blanco. Te comprometes porque crees en el proyecto o en la causa, pero eso no significa que tengas que obedecer a nadie, ni que tengas que pensar y actuar como los demás.

Si eres leal contigo misma, nunca van a poder manipularte ni hacerte daño. Y solo tendrás que obedecerte a tí misma, y regir tu comportamiento según tus valores y principios. Lo mismo en lo que respecta a una pareja que a un grupo: seguir a alguien ciegamente puede ponerte en peligro. Porque entonces dependes de la bondad o la maldad de ese líder, que puede manejar tus emociones para controlar tu comportamiento.

Si eres una mujer feminista, una medida fundamental para el autocuidado es irte de los grupos que atacan a mujeres. No importan los motivos por los que se cancelen y se ataquen a mujeres feministas: en esos colectivos ninguna de nosotras está segura, cualquiera de nosotras puede ser la siguiente víctima.

También hay que desobedecer a los hombres que pretenden someternos aprovechándose del amor. Estamos acostumbradas a complacer a todo el mundo, y en especial a nuestras parejas, aunque ello implique hacer cosas que no queremos hacer. Creemos que amar es servir, obedecer, sacrificarse, someterse, renunciar y traicionarte a tí misma para que el otro viva como un rey. Por eso nos cuesta tanto negociar en pareja, ponerle líneas rojas, y decir que no cuando pretende abusar de nosotras. Por eso anteponemos sus necesidades a las nuestras, por eso tragamos y aguantamos, porque nos han dicho que el amor todo lo soporta y todo lo puede.

La única manera de amar en libertad es ser leal a tí misma, comprometerte contigo misma, y cuidarte mucho para que nadie pueda manipularte, ni usarte en beneficio propio. Es solo ponerse a aprender y a entrenar día a día en el arte de la autodefensa emocional.


Coral Herrera Gómez


* Si quieres fabricar tus propias herramientas y entrenar en buenas compañias, vente con nosotras a la Comunidad de Mujeres del Laboratorio del Amor. Aquí tienes toda la información.





1 de abril de 2023

Aceptar la realidad: para ser mejor persona, y para cuidar tu salud mental




Aceptar la realidad: para cuidar nuestra salud mental y emocional, y acabar con el abuso y la violencia, tenemos que trabajar mucho el arte de estar con los pies en la tierra.

Necesitamos herramientas para ser realistas, para asumir con elegancia y deportividad las derrotas, para aceptar nuestra realidad física y biológica, nuestro cuerpos y nuestro aspecto físico. 

Hay que acabar con el mito de que puedes conseguirlo todo en la vida si lo deseas mucho. 

El dinero nos permite falsear, simular, maquillar, decorar la realidad, pero no transformarla. 

Las personas que usan su dinero y su poder para que otras satisfagan sus deseos, son malas personas. ¿Por qué?

Porque nadie ha venido al mundo a servir a otros, y porque nuestros deseos y nuestros sentimientos no pueden perjudicar ni limitar los derechos de los demás. 

Tenemos que aprender a aceptar los límites de la realidad, y los que nos ponen los demás. Aprender a tolerar que nos digan "NO" y aprender a respetar las leyes que nos impiden hacer lo que nos da la gana.

No podemos usar nuestros privilegios para aprovecharnos de las personas más vulnerables. 

No es justo que vayamos por la vida creyendo que podemos hacer lo que queramos si tenemos dinero para pagarlo. 

En las personas ricas ésta actitud es obscena, y se nos antoja patológica. Pero lo cierto es que aceptar la realidad nos cuesta a todos y a todas, y que necesitamos toneladas de humildad para aceptar que lo que no puede ser, no puede ser. 

Necesitamos una educación que nos hable de los derechos humanos, y nos explique que no podemos usar a nadie para que la realidad se adapte a nuestros gustos, apetencias o necesidades. 

Tener dinero no nos hace superiores a los demás. Tener poder no significa que los demás tengan que obedecernos, sacrificarse, o servirnos. 

Hay que entrenar mucho para vivir despierta, lúcida, con los pies en el suelo, con tolerancia a la frustración, y con habilidades para asumir plenamente la realidad en cada etapa de nuestras vidas. 

Si no nos gusta la realidad, podemos pedir ayuda profesional para asumir todo aquello que no podemos aceptar.

Necesitamos aprender a aceptar los límites de la realidad, y los que nos ponen los demás.

Todos los días hay que entrenar en el arte de la humildad. 

No se puede tener todo en esta vida. 

El amor no se puede comprar. 

Los seres humanos no se pueden intercambiar, donar, regalar, prestar, alquilar, vender o comprar.

Tus deseos tienen un límite. Tu dinero no te da derecho a usar a los demás para hacer tus sueños realidad. 

No todas las estrategias que usamos para manipular la realidad son éticas, porque no está bien manipular a los demás si solo te beneficias tú. 

No está bien aprovecharte de tu poder y tus privilegios para conseguir todo lo que quieres y lo que necesitas. 

No está bien abusar de los demás sólo porque crees que son seres inferiores a tu servicio.

Sería estupendo si pudiéramos aprender todo esto en casa y en la escuela. 

Estamos hablando de nociones básicas de la ética amorosa, la salud mental, el bienestar y auto cuidado.

Estamos hablando de ser mejores personas y de construir un mundo mejor. 

Estamos hablando de igualdad, de derechos, de libertad, de justicia social.

La revolución empieza por uno mismo, por una misma: hay que ser muy valiente y muy humilde para renunciar a imponer tus deseos, y para aceptar la realidad. 

Coral Herrera Gómez


 #éticaamorosa 

#filosofíadeloscuidados 

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#otraeducaciónesposible

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