6 de junio de 2024

Coral Herrera en el Cine

 



Tengo el honor de poder participar en dos cine-forum en las próximas fechas: 

el 7 de junio en Málaga (Festival de Cine de Málaga) , y el 13 de julio en Madrid (CSIC). 





En Málaga tendrá lugar en el Cine Albéniz, el viernes 7 de junio de 10 a 13 horas, y está organizado por el Ayuntamiento en el Marco de las Jornadas de Corresponsabilidad. 
Analizaremos la película "À Plein Temps" y no hace falta inscribirse. 



En Madrid tendrá lugar en el CSIC, el viernes 19 de julio, la película se titula "Un Amor"
 y participa también Petra J. Benyei,



 


¿Qué es "lo normal"?, ¿Quién es "normal"?







"Cuando un juicio no puede enunciarse en términos de bien y de mal se lo expresa en términos de normal y de anormal. Y cuando se trata de justificar esta última distinción, se hacen consideraciones sobre lo que es bueno o nocivo para el individuo. Son expresiones de un dualismo constitutivo de la conciencia occidental". 
Michel Foucault




Lo normal, la normalidad, lo normativo, son conceptos que hemos creado para tratar de definir el conjunto de normas que regulan nuestra convivencia. Tiene que ver, según la RAE, con la costumbre, lo habitual, lo corriente, lo común, lo frecuente, lo acostumbrado, lo razonable y lo lógico. En su lado opuesto, está lo anormal, asociado con la rareza y lo insólito. 


El concepto "normal" nos sirve para distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, lo que está bien y mal. Pero la normalidad sirve, además, para discriminar a todas las personas y grupos humanos que no se ajustan a los patrones y modelos que sigue la mayoría. 


Aquellos que son diferentes se etiquetan como anormales, inadaptados, raros, desviados.

Los que no obedecen los mandatos sociales y de género son también considerados locos, chalados, marcianos, dementes.


Las personas que más rechazo generan son aquellos que resultan inclasificables: por mucho que lo intentemos no podemos etiquetarles ni definirles según los estereotipos. 


¿Qué son los estereotipos? Son imágenes agrupadas en categorías que se usan para simplificar la realidad mediante la generalización. Por ejemplo: “los andaluces son fiesteros”, “los latinos son apasionados”, “los pobres son vagos”, “las madrastras son malas”, “las niñas son cursis y débiles”


¿Para qué sirven los estereotipos? Para que todo siga como está, para que el orden social se mantenga intacto, y para perpetuar la jerarquía social y los valores del capitalismo y del patriarcado: la acumulación de poder, el abuso y la explotación, el acaparamiento, el individualismo y el consumismo, las relaciones basadas en la estructura de la dominación y la sumisión. 


Los estereotipos, además, sirven para reforzar el machismo, el clasismo, el racismo, la xenofobia, la aporofobia, la lesbofobia, la homofobia, la misoginia, y demás enfermedades de transmisión social. 


La “normalidad” es un dispositivo de control social que nos somete a las leyes de un grupo. En ellas se nos dice cómo debemos vestirnos, cómo debemos movernos, cómo debemos pensar y actuar, cuáles deben ser nuestras metas y aspiraciones, cuáles deben ser nuestras emociones y cómo deben ser nuestras relaciones con los demás. 


¿Cómo consigue el poder que obedezcamos la norma? 


Asociando lo “normal” a lo “natural”, es decir, asociando lo “normal” a la naturaleza, la biología, y la realidad material. Un ejemplo es la idea de que las mujeres nacemos con un don natural para cuidar a servir a los demás, y que no necesitamos nada a cambio. Nosotras, por naturaleza, somos sacrificadas y entregadas, y nuestro papel en el mundo es servir a los hombres para que vivan como reyes. 


También se nos asigna el rol de sirvientas con la excusa de que así nos han tratado siempre. Cuando nos dicen que “la vida es así”, en realidad nos quieren hacer creer que no hay nada que podamos hacer para cambiar las cosas: son así desde el principio de los tiempos. Este es el argumento que usan para defender las tradiciones culturales en las que se ejerce violencia contra las mujeres o los animales: atentan contra los derechos humanos, pero “es su cultura y hay que respetarla” 


Los mandatos del orden social no están escritos en ninguna parte, pero todos los seres humanos los aprendemos desde pequeños en casa, en el colegio y a través de la cultura y los medios de comunicación. Aprendemos que los niños no lloran y  las niñas no se enfadan, aprendemos a obedecer a los más fuertes y a abusar de los más débiles, aprendemos rápidamente quienes mandan y quienes merecen mayor respeto, y cuál es nuestro lugar dentro de la jerarquía social.  


¿Cuál es el castigo para todos y todas aquellas que se desvíen de la norma, o la desobedezcan? 


El rechazo y el ostracismo. No hay nada que nos duela más que nos critiquen y que nos condenen a la soledad. Cuando no existían las cárceles, las personas que causaban daño a algún miembro del clan eran expulsadas del grupo, y el tener que marcharse y dejar de contar con la protección de la comunidad significaba la muerte. 


Y es que los seres humanos no podemos sobrevivir sin los demás: somos animales gregarios. Las especies que viven en manadas sobreviven más tiempo, y la Humanidad es una especie muy vulnerable que ha podido sobrevivir gracias a su inteligencia colectiva, y a su capacidad para trabajar en equipo y para cooperar. 

Hoy en día castigamos a las personas que son diferentes o que se desvían de nuestro concepto de “normalidad” mediante la expulsión hacia los márgenes y la periferia. 


Nadie desea caer en la exclusión social, por eso tendemos hacia la homogeneización: la diferencia nos asusta, y todo aquello que nos rompe los esquemas mentales y las creencias, nos da miedo. Por eso nos esforzamos por cumplir con los mandatos sociales y por hacer “lo que todo el mundo hace”, aunque para ello tengamos que traicionarnos a nosotros mismos. 


La normalidad también tiene que ver con la hegemonía, es decir, el grupo de poder que decide lo que es normal y lo que no lo es, y por tanto, quién es normal y quién no lo es. 


A través de la cultura estos grupos nos imponen su ideología y su visión de mundo como si fuera la única posible. Por eso podemos afirmar que la normalidad es un concepto arbitrario que sirve como mecanismo para crear sentido y para imponerlo como si fuera producto de la naturaleza o la ley divina. 


Sin embargo, el concepto de normalidad cambia según las culturas y las generaciones. Lo que es "normal" para mí, no lo es para mi abuela. Las normas son diferentes según donde hayas nacido: por eso lo que es “normal” para una mujer europea, puede no serlo para una niña saharaui o para una anciana japonesa. 


Cada comunidad tiene sus costumbres, cosmovisiones, tradiciones, creencias y supersticiones, cada religión tiene sus mandamientos, cada pueblo establece sus propias normas.


La normalidad varía no sólo según las zonas geográficas, sino también según las épocas históricas, la clase social, la etnia, el género.... y las circunstancias personales. Cada uno de nosotros tiene una idea particular de cosas que son "normales" y cosas que no lo son. 


Nos obligan a “normalizarnos” para que nos reprimamos y nos disciplinemos, y sigamos la senda marcada: el coste de ser uno mismo o una misma en esta sociedad es demasiado alto. Por eso todos y todas llevamos una máscara social y simulamos que estamos completamente adaptados a la norma, aunque la realidad es que nadie se adapta de un modo total y absoluto. 


Prueba de ello es que, como nos contaba Foucault, el sistema tiene que vigilar, controlar y castigar a la población constantemente para que no nos desviemos de la norma. 


En general, nos cuesta más asumir normas que nos han sido impuestas, y nos cuesta menos aceptarlas cuando participamos en su elaboración y aprobación. Por eso al poder le cuesta tanto imponer las suyas, y por eso invierte tanto dinero y energía en los sistemas represivos y de control. 


En la posmodernidad sólo se nos permite la transgresión a un nivel estético. Nuestras jerarquías son una gran fuente de violencia y sufrimiento, pero solo nos atrevemos a innovar en el ámbito de la imagen, la moda y del consumo. 


Otras normas son posibles, otra normalidad es posible: ¿cómo podríamos cambiarla? 


En primer lugar, desalojando al policía patriarcal que llevas dentro de ti y con el que te juzgas a ti mismo/a, y a los demás. Cuando dejas de preocuparte por encajar en la sociedad, entonces te liberas a ti y también liberas a los demás, para que puedan ser ellos mismos y ellas mismas.


El limite a la libertad ya sabemos cuál es: tu puedes ser como quieras, siempre y cuando no abuses del resto, y no hagas daño a los demás.


En segundo lugar, tenemos que asumir colectivamente que la normalidad es un asunto político, que solas y solos no podemos, y que necesitamos a los demás para cambiar las normas y para cambiar nuestra realidad. 


Y en tercer lugar, trascendiendo lo estético y llevando a cabo una revolución ética que realmente sea transformadora, y a partir de la cual podamos inventar nuevas normas.


La revolución no está en la imagen que ofrecemos ni en nuestro aspecto físico, sino en los cambios personales que haces para intentar ser mejor persona, y en los cambios sociales que hacemos juntas para transformar nuestras formas de relacionarnos y de organizarnos económica, sexual y afectivamente. 


Que no se nos olvide que las mejores normas son las que elegimos y establecemos nosotros y nosotras en comunidad, no las que vienen impuestas por los grupos de hombres con poder. 

Otras normas son posibles, otras realidades son posibles.

Coral Herrera Gómez



Este artículo fue publicado en la Revista Valors, número 226

con el título:

“La normalitat, un assumpte polític”



Según el Diccionario de María Moliner: Norma

"Regla sobre la manera como se debe hacer o está establecido que se haga cierta cosa: "La provisión de cargos está sujeta a ciertas normas". 

Norma general. Norma de conducta. 

Uso, costumbre: "Las normas sociales varían de un país a otro". Conjunto de las reglas de fabricación de un producto destinadas a estandarizar y a garantizar su funcionamiento, seguridad, evitar efectos nocivos, etc."

Según la RAE, Normal es:

1. adj. Dicho de una cosa: Que se halla en su estado natural.
2. adj. Que sirve de norma o regla.
3. adj. Dicho de una cosa: Que, por su naturaleza, forma o magnitud, se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano.


Normalizar es: 
1. tr. Regularizar o poner en orden lo que no lo estaba.
2. tr. Hacer que algo se estabilice en la normalidad. Normalizar políticamente.
3. tr. tipificar (‖ ajustar a un tipo o norma).





Artículos relacionados: 


3 de junio de 2024

Coral Herrera en México



Dentro de unos días voy a estar en Ciudad de México, invitada por Romina Sacre, al Aniversario de Sensibles y Chingonas y a la inauguración de su espacio presencial. 

El taller dura 8 horas, puedes elegir el sábado 15 de junio o el domingo 16 de junio, 

puedes venir sola o con tus amigas, ¡te esperamos!


Aquí tienes toda la información y el botón para inscribirte

¡no te lo pierdas que solo hay 30 plazas! 


Gira la Revolución Amorosa 2024

31 de mayo de 2024

Coral Herrera en Madrid: Feria del Libro



Como todos los años, me han invitado a firmar en la Feria del Libro de Madrid, el domingo 2 de junio a las 12 horas en la caseta 105, ¡veniros!

Después toca Sabadell, Malaga y Ciudad de México, 

aquí puedes ver  todos mis eventos de la gira 2024 💜

30 de mayo de 2024

Feminismo en casa: cómo hacer la Revolución Amorosa en familia




La Revolución empieza en casa. Si estás hasta el moño de que tu familia te trate como a una sirvienta, en este post te cuento cómo llevar el feminismo a tu hogar, y cómo poner en práctica la Ética del Amor y la Filosofía de los Cuidados. 

Llevar la utopía a la práctica no es una tarea fácil, sobre todo cuando tus hijas e hijos se han acostumbrado, igual que tu marido, a recibir cuidados sin darlos, y a vivir como reyes s tu costa. 

No es fácil porque los miembros de tu familia no quieren que nada cambie: viven de lujo así, aunque tengan que soportar a veces tus estallidos de rabia y frustración. Les compensa recibir broncas y soportar tu malhumor, y estar todo el día en pie de guerra.

Pero tu Salud está en juego: el agotamiento y el rencor contra los que abusan de nosotras nos acaba enfermando a nosotras. Nos medican para que aguantemos, pero estamos hartas de aguantar. 

¿Por donde empezar? Mi propuesta es que convoques a tu familia a una asamblea, y que sea una reunión libre de pantallas y dispositivos. 


Aquí los pasos para celebrar la primera Asamblea Familiar:

1) Toma de conciencia: Lo primero es expresar como te sientes sin que nadie te interrumpa. Evita los reproches para que no empiecen a defenderse: es más efectivo tratar de generar empatía contando cómo te sientes, y explicando qué necesitas para sentirte mejor. 

Es importante explicar al final que no eres la única, que somos millones de mujeres en todo el mundo en la misma situación. Tu pareja, tus hijos e hijas y demás miembros de la familia tienen que darse cuenta de la injusticia social que supone la explotación doméstica que sufren las mujeres en todo el mundo. El mejor indicador para que entiendan lo que sucede es el del tiempo libre: en todo el mundo los hombres tienen el doble de  tiempo libre que las mujeres, y las mujeres sufren doble jornada laboral.

Se estima que las mujeres que son madres solo tienen una hora libre de tiempo al día, y además la mayoría no tiene derecho a permisos por enfermedad, días de descanso y vacaciones, ni salario. Tienen que comprender que el agotamiento no solo causa mal humor, también tiene un fuerte impacto en tu salud mental, emocional y física. 

Después de analizar el contexto mundial, toca aterrizar y plantearse en grupo: ¿cuánto tiempo libre tenemos cada miembro de la familia, y cómo podríamos hacer para que todos disfrutáramos del mismo número de horas para descansar y disfrutar de la vida? 

Y aquí es cuando es necesario debatir sobre cómo podemos abolir la monarquía patriarcal para sustituirla por una democracia asamblearia. 

Lo más importante es que tus seres queridos se planteen conjuntamente las estrategias para liberar a mamá de su papel de criada, y lograr que tenga todos sus derechos garantizados.

Al final de este primer paso todos y todas deben tener claro que cuando los cuidados no son mutuos, es explotación emocional y doméstica. 

Y que hay que abandonar las estructuras de abuso con las que nos relacionamos, porque los valores del capitalismo y el patriarcado están basados en los privilegios masculinos, el individualismo, la dominación, la acumulación, las jerarquías de poder y las guerras.

La revolución amorosa pretende sustituir estos valores por los del feminismo, el ecologismo, el pacifismo y los derechos humanos fundamentales: apoyo mutuo, cooperación, empatía, solidaridad, igualdad, libertad, paz, trabajo en equipo y compañerismo.


2) Soluciones

Aquí nos ponemos en plan práctico  y lanzamos la pregunta: ¿cómo cuidamos la familia entre todas, y cómo podemos mejorar nuestro hogar?

Es posible que los miembros de tu familia te propongan explotar a una mujer más pobre que te sustituya a ti y cobre poco dinero, pero esta no es una solución feminista. Lo que queremos es erradicar la explotación, no que tú te liberes explotando a otra mujer, y que los demás miembros de tu familia sigan viviendo como si fueran hijos de faraones.

La solución entonces es repartir las tareas de un modo equitativo e igualitario, de manera que cada miembro de la familia, según su edad y capacidades, aporte y colabore. 

En un hogar feliz, se practica la comunicación no violenta, todos dan y reciben cuidados, todos tienen los mismos derechos y las mismas obligaciones y nos prestamos apoyo mutuo. 


3) Cambios: este es el momento para plantearse: 

¿Qué cambios tenemos que hacer cada uno para transformar esta familia?, ¿qué necesitamos para vivir mejor?

Lo primero es que todos los miembros de la familia aprendan a cuidarse a sí mismos, empezando por el  marido, que tiene que hacer autocrítica amorosa y dar ejemplo. Los discursos sobre la igualdad no sirven de nada si los hombres adultos de la casa no dan ejemplo. Ellos son los que tienen que empezar a tratar a sus parejas como compañeras, y renunciar a sus privilegios masculinos.

El siguiente paso es que todos aprender a cuidar a su gente querida y los espacios que habitan, y para esto hay que entrenar a diario, y tomar plena conciencia de que todos y todas somos responsables del bienestar familiar y del funcionamiento del hogar. 

Los niños que se crian en un hogar feminista no necesitarán una criada cuando logren conquistar su autonomía y las niñas no querrán ser las criadas de nadie cuando sean adultas. Si te ven a ti defendiendo tu derecho a recibir cuidados, y tu derecho a tener tiempo libre para descasar y divertirte, ellas también lo harán. Si no abusan de ti, es más probable que tampoco abusen de los demás cuando se independicen y se hagan adultos.

Nosotras también tenemos que hacer cambios mientras llevamos el feminismo a nuestro hogar. Por ejemplo, tenemos que tomar conciencia de que el poder que sentimos llevando el control de todo y siendo imprescindibles para todos, en realidad nos esclaviza. Es una trampa del patriarcado. Por eso hay que aprender a soltar: nosotras no nacimos para ser policías, ni carceleras. Este papel de capitana del hogar nos convierte en sirvientas. 

No es fácil cambiar, pero se puede: se vive mucho mejor en estructuras horizontales e igualitarias basadas en el trabajo en equipo, y esta es en realidad la única manera de criar personas autónomas, solidarias , responsables y comprometidas. 

Y es también la única manera de cuidar tu salud y de procurarte a ti misma una Buena Vida. 


4) Eaboración del Pacto de Cuidados Mutuos y firma de el Contrato Amoroso:  ha llegado el momento de juntarse y ponerse a escribir. 

No se os olvide que para cualquier ser humano es más fácil cumplir con las normas en cuya creación ha participado, que cumplir con las normas impuestas por otros.

En esta fase del proyecto revolucionario se establecen las normas de convivencia, y se reparten las tareas equitativamente. 

Poned todo el tiempo el foco en cómo vamos a cuidar el ambiente y la atmósfera familiar, cómo vamos a expresar nuestras emociones y cómo vamos a resolver los problemas sin hacernos daño. 

También hay que establecer la periodicidad de las asambleas familiares, y la forma de evaluar si los pactos se están cumpliendo y si el proyecto está funcionando. En estos espacios es importante que todos y todas podamos contar cómo nos estamos sintiendo, y qué necesitamos para estar mejor, y cómo podríamos mejorar el proyecto. 

Se trata de poner en el centro el Bien Común y el Buen Vivir, y aplicar la ética del amor y la filosofía de los cuidados a vuestra vida cotidiana. Se aprende tomando conciencia, practicando la autocrítica amorosa, y entrenando día a día.


5) Celebración: hay que celebrarlo con una buena fiesta, repartiendo las tareas para organizar el evento entre todos y todas, y poniendo en marcha el Pacto de Cuidados. Buena comida, música y baile: empieza una nueva etapa en vuestras vidas.

Parece fácil así planteado, ¿verdad?

Pero, ¿qué hacer si los miembros de tu familia no quieren cambiar, o dicen que van a cambiar pero te toca a ti estar detrás de ellos para que cumplan sus acuerdos? 

Mi consejo es que apliques las estrategias de lucha de la clase obrera, incluida la huelga general. Y si nada sirve, amenazas con que te vas. Y si no te creen, vete unos días a casa de tu amiga. Y al final haces lo que hacen muchas mujeres, cada vez más: demanda de divorcio al canto.

Piensa que en esta batalla no estás sola: todos los días todas las mujeres protestan y luchan en sus hogares contra el abuso, la explotación y la violencia. En todo el mundo. En todas las casas. Lo mismo las que son feministas que las que no lo son: la lucha por los buenos tratos, la justicia y los derechos humanos de las mujeres tiene siglos de Historia y es universal. 

Apoyaté en otras mujeres, y busca más familias revolucionarias, verás que las transformaciones son contagiosas, y que es posible llevar la utopía a la práctica. Tú y todas las mujeres del mundo tenemos derecho a vivir una Buena Vida. 

Coral Herrera Gómez 


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Si tú también estás haciendo la Revolución Amorosa y quieres sentirte acompañada, 

 ¡vente con nosotras al Laboratorio del Amor! 

25 de mayo de 2024

Eventos de Coral Herrera en Junio



En Junio voy a estar en Madrid, Málaga, Sabadell y Ciudad de México,

 aquí tienes todas las convocatorias:


MADRID


día 2, domingo
Hora: 12 a 14 horas
Firma de ejemplares en la 
Feria del Libro de Madrid, 
Caseta 105 Editorial Catarata



SABADELL 





día 4, martes

“AMOR DEL BUENO: CÓMO LIBERAR AL AMOR ROMÁNTICO 
DE LA VIOLENCIA Y EL MACHISMO”

Organizado por: Escola de Gènere
Hora: de 18.30 a 20h
Dónde: Casal Pere Quart
Ubicación: Rambla, 69




MÁLAGA 
día 7, viernes





Día: viernes 7
Hora: 10 a 13 horas
Dónde: Cine Albéniz
Orgniza: Área de Igualdad del Ayuntamiento de Málaga







CIUDAD DE MÉXICO 
dia 14 y 15




Donde: Estudio Agosto
Ubicación: Av. Río Mixcoac 39-5.
Credito constructor
Benito Juárez, CDMX



Y en agosto, ¡voy a Colombia! 

días 22-28 
Bogotá y Villavicencio


Pronto todos los detalles
Organizado por: Puenteras Mujeres




16 de mayo de 2024

10 de mayo de 2024

Cómo trabajar las Masculinidades en el ámbito de la pareja






CÓMO TRABAJAR LAS MASCULINIDADES EN EL ÁMBITO DE LA PAREJA: LOS PRIVILEGIOS DE LOS HOMBRES Y LOS DERECHOS HUMANOS DE LAS MUJERES

Coral Herrera Gómez

Capítulo 6 del libro:  Hombres en el siglo XXI. Análisis críticos de las masculinidades”, TIRANT LO BLANCH MASCULINIDADES, 2024


En las parejas que desean construir una relación igualitaria, basada en el respeto, el disfrute y los cuidados mutuos, uno de los principales problemas que surgen durante el proceso de negociación es el tema de los privilegios de los hombres y los derechos de las mujeres. Todas y cada una de las cuestiones a negociar en el seno de las parejas para la firma del contrato amoroso están atravesadas por la desigualdad estructural del sistema patriarcal. 

En este capítulo vamos a hablar del trabajo que pueden llevar a cabo los hombres para construir relaciones libres de sufrimiento, violencia y explotación, y lo haremos desde la Ética Amorosa y la Filosofía de los Cuidados, instrumentos que además de permitirnos analizar la realidad con una perspectiva feminista nos permiten también fabricar las herramientas que necesitamos para relacionarnos en igualdad y en libertad. 

 El primer paso es tomar conciencia: vamos a analizar los privilegios masculinos desde la perspectiva de los derechos humanos fundamentales de las mujeres. El segundo paso es plantear algunas de las preguntas que pueden constituir el punto de partida para que los hombres puedan trabajar en ello, individualmente y en pareja.


Tipo de relación y grado de compromiso

Cuando una pareja se plantea definir qué tipo de relación quieren tener, es fundamental tener en cuenta el contexto en el que lo hacemos: la sociedad en la que vivimos impone la monogamia a las mujeres, mientras que a los hombres les permite vivir una doble vida como hombre soltero, y como hombre casado. Desde siempre los hombres han podido gozar de una vida sexual y sentimental diversa y variada, gratuitamente o pagando, mientras las mujeres se quedaban encerradas en el hogar, privadas de todo tipo de relación sexual con otros hombres y otras mujeres. 

¿Cuál es el castigo reservado a las mujeres que se saltan esta ley del patriarcado? Muchas mujeres son asesinadas por su marido no solo por ser infieles, sino también por las sospechas de sus parejas. Lo mismo en países desarrollados que en vías de desarrollo: nos siguen matando por adulterio, y en algunos países, la impunidad de los femicidas es del 90%, como en México, según cifras de ONU Mujeres del Informe 25N de 2018.  

Otros castigos reservados para las mujeres que no obedecen las normas de la monogamia: palizas y violaciones por parte de su marido, expulsión del hogar o abandono por parte del marido, rechazo por parte del núcleo familiar, violencia psicológica y emocional por parte de la comunidad, ostracismo y aislamiento social. 

¿Cuál es el castigo que reciben los hombres por ser infieles? Tres días en el sofá, luego llega el perdón, y regresan al lecho conyugal. En el caso de ellos, lo denominamos “aventuras” o “echar unas canitas al aire”, en el de ellas, en cambio, es un atentado contra la moral, un pecado mortal, un delito imperdonable. 

La doble vida de los hombres está sustentada bajo el pacto de silencio que les protege a ellos (Celia Amorós, 2004) y les oculta la información a ellas, de manera que muchas mujeres viven en una realidad paralela que nada tiene que ver con la realidad que conocemos como objetiva o real. Y esto es violencia porque vivir en una realidad paralela no permite a las mujeres decidir si quieren estar en una relación abierta o cerrada, o si prefieren no compartir vida junto a un compañero que no respeta los pactos de exclusividad y fidelidad. 

Vivir en una vida de engaños y mentiras es muy doloroso y atenta contra nuestra dignidad y nuestra imagen. Aún los cuernos que sufrimos desatan las risas, comentarios y burlas de los demás, que nos señalan públicamente como fracasadas y como culpables del engaño de nuestros maridos. La infidelidad masculina es siempre culpa de las mujeres: por intentar robarle los maridos a las otras, o por no complacer y cuidar a los nuestros. El rol de criadas y de policías nos pone de rodillas: el deber de las mujeres es satisfacer sus necesidades y deseos, y a la vez vigilar y controlar a los esposos para evitar sus romances extraconyugales.

 Para los hombres que desean revisar sus privilegios, la cuestión principal a trabajar en este área es la honestidad. La única manera de no mentir y no engañar, es ser sincero y respetar los pactos, o reformularlos. Sea cual sea el modelo de relación que queramos, el pacto principal debe ser la honestidad y la confianza mutua, y para ello los hombres tienen que comprometerse a no ocultar información a sus compañeras, y a ser responsables para comunicar a sus parejas lo que está ocurriendo cuando se quiere romper el pacto de monogamia, o cuando se ha roto.  Solo con información podemos tener el poder para renegociar los pactos, o bien para dejar la relación. 

Esta cuestión sobre el tipo de pareja que queremos tener es muy importante, porque muchas mujeres ni siquiera se hacen esta pregunta: somos educadas para aceptar el tipo de relación que quieren nuestros compañeros masculinos, porque las necesidades de ellos son siempre más importantes que las nuestras. Y cuando somos capaces de expresar lo que nosotras necesitamos, deseamos y queremos, entonces la negociación es mucho más complicada porque puede ocurrir que no coincidamos en el tipo de relación que queremos construir. 

Si cada cual desea un modelo de relación diferente, entonces no podemos seguir adelante. Hasta ahora las mujeres aceptaban el modelo que sus parejas les imponían, porque fuimos educadas para ser dependientes y sumisas, pero cada vez hay más mujeres que quieren construir relaciones igualitarias basadas en el respeto, los buenos tratos, la igualdad, la libertad, la comunicación, la empatía y la solidaridad. Los hombres ya no pueden imponer su modelo, ahora tienen que negociarlo. Y ese modelo de monogamia impuesta para nosotras, y de poliagamia elegida para ellos, ya no nos vale. 

Desde la perspectiva de la ética amorosa, los hombres podrían preguntarse: ¿es justo pedirle a mi compañera una relación monogámica en la que yo puedo saltarme las normas cuando quiera, y ella no porque el coste de saltárselas es demasiado alto?, ¿o podríamos buscar una fórmula para pactar exclusividad renunciando a mi privilegio de hacer lo que yo quiera a base de mentiras y engaños?, ¿estoy realmente dispuesto a renunciar al privilegio de la doble vida?, si la respuesta es no, ¿podría plantearle a mi pareja una relación abierta?

El trabajo más importante en este punto es la honestidad y el compañerismo, dos de las asignaturas pendientes más difíciles para los hombres educados en el patriarcado, que deben tomar conciencia de que la monogamia impuesta a las mujeres mediante engaños y mentiras, es un acto de violencia contra nosotras porque atenta contra nuestra libertad para elegir el tipo de pareja que queremos tener.  


Placer y disfrute sexual

Un estudio publicado por UNFPA en 2021 afirma que solo el 52% de las mujeres casadas o en unión tienen autonomía corporal y son dueñas de su cuerpo, su sexualidad y su salud. Es decir, solo la mitad de mujeres en el mundo toman libremente sus propias decisiones sobre relaciones sexuales, uso de anticonceptivos y atención médica. Solo la mitad de las mujeres pueden tomar sus propias decisiones a la hora de decidir sobre la atención de su salud, y decir “no” a su pareja si no desea tener relaciones sexuales.

El privilegio masculino nos sitúa a las mujeres como sirvientas de los hombres: nuestro rol nos obliga a ser complacientes y a anteponer los deseos de nuestra pareja por encima de los nuestros. Los hombres siguen disfrutando de sus relaciones sexuales cuando les apetece y con quien les apetece, incluso aunque sus parejas no quieran tener sexo. 

Creen que tienen derecho a ello porque son hombres, y porque aportan dinero a la economía familiar. Este privilegio lo gozan no solo con sus propias esposas, sino también con mujeres pobres a las que pagan a cambio de sexo. Y cuando no pueden obtenerlo con dinero, lo obtienen a la fuerza de sus parejas: la mayor parte de las agresiones sexuales y violaciones las sufrimos en casa. 

Así que el trabajo principal de los hombres es aceptar que no son dueños de sus compañeras, y que ellas tienen derecho a decidir si quieren o no tener sexo. Ahora que las mujeres estamos reivindicando nuestro derecho al placer y al disfrute, los hombres pueden trabajar su egoísmo, y empezar a preocuparse por el placer y las apetencias de sus compañeras. 

En este punto es necesario tener en cuenta otro dato: la mayor parte de los hombres ha aprendido a excitarse viendo en sus pantallas a mujeres sometidas y humilladas, cosificadas, traficadas, y obligadas a abrir sus orificios corporales para que los hombres se froten y eyaculen en ellos. Un 63% de los niños de 8 años ven porno habitualmente o lo han visto alguna vez, según el informe de 2020 de Save The Children. 

La mayoría de las mujeres del porno y la prostitución son mujeres sin libertad de elección, sometidas por la pobreza y la necesidad económica. Y el porno es cada vez más cruel, más machista y más violento: ¿cómo podrían los hombres desaprender a excitarse con el sufrimiento de las mujeres?, ¿es posible disfrutar del sexo sin vejar, sin humillar, sin escupir, sin orinar, sin defecar, sin abofetear y sin desgarrar vaginal y analmente a las mujeres?

Gracias a la falta de educación sexual y al porno, la mayor parte de los hombres emparejados son pésimos amantes, como lo demuestran las estadísticas que se publican cada año sobre el porcentaje de mujeres que fingen sus orgasmos: alrededor de un 70% de las mujeres. La mayoría de ellas lo hacen para  no herir el ego de sus compañeros masculinos, o para que ellos lleguen al orgasmo y terminen cuanto antes. 

La doble moral nos ha hecho creer que las mujeres que disfrutamos del sexo somos enfermas, degeneradas, desviadas, o malvadas: en el imaginario colectivo la relación de las mujeres con el sexo es utilitaria. A nosotras no nos debe gustar el sexo, solo debe ser un medio para conseguir dinero, amor, hijos, o el trono del matrimonio. Porque disfrutar es pecado para nosotras, pero hacerles disfrutar a ellos es un deber. Es obvio que tanto hombres como mujeres necesitamos educación sexual y emocional, pero además, es urgente acabar con el machismo que castiga a las mujeres que viven libremente su sexualidad. 

Así que la cuestión para trabajar este tema desde las masculinidades, es que los hombres sean capaces de eliminar sus prejuicios contra las mujeres que disfrutan, que puedan hablar de sexo con sus compañeras, que aprendan a escuchar con atención amorosa, y a experimentar e investigar con la pareja los caminos del placer femenino

Una de las claves para la transformación masculina es que sean capaces de desarrollar la empatía para preocuparse por el placer de sus compañeras tanto como se preocupan por el suyo. 


Otra de las claves del trabajo es crear las condiciones para que las mujeres podamos gozar sin peligro. ¿Cuáles son los principales peligros que corremos las mujeres? Los embarazos no deseados, las enfermedades de transmisión sexual, y la violencia sexual. 

Los hombres tienen que tomar conciencia de que todas nosotras tenemos derecho a tener relaciones deseadas y seguras en las que nuestra salud mental, emocional y física, y nuestra propia vida se vean amenazadas. Para ello se tienen que replantear dos cuestiones: una es el uso de anticonceptivos y barreras para protegerse y proteger a sus compañeras. La otra es la aceptación del no, una de las cuestiones más problemáticas de la masculinidad que vamos a analizar en los siguientes puntos. 


Salud sexual, relaciones seguras y libres de violencia

Todas las mujeres tenemos derecho a tener relaciones sexuales y sentimentales seguras, libres de coacción y de violencia, y a no morir por enfermedades de transmisión sexual, embarazos no deseados, partos o abortos legales o clandestinos.

Sin embargo, cada año mueren cerca de medio millón de mujeres como resultado de complicaciones derivadas del embarazo o el parto, según un estudio de 2017 de la Organización Mundial de la Salud: se practican más de veinticinco millones de abortos inseguros en el mundo y en ellos mueren 40 mil niñas y mujeres cada año. 

Los hombres educados en el patriarcado siguen sin responsabilizarse de su propia salud sexual y de la de sus compañeras, y esta es la razón por la cual las mujeres deben asumir solas todo lo que tiene que ver con la salud sexual y la planificación familiar, como si fuese un problema exclusivamente suyo.. 

Todas nosotras tenemos derecho a tener relaciones basadas en el deseo sexual, no en nuestra necesidad económica o en nuestro rol como objetos sexuales al servicio de los hombres. La doble moral del patriarcado nos ha hecho creer que el apetito sexual de los hombres es irrefrenable, que no pueden controlarse a sí mismos, que son incapaces de actuar con ética cuando sienten deseo sexual por una mujer. Por eso se disculpa a los hombres y se culpa a las mujeres de provocarles. 

En el imaginario colectivo somos nosotras las que les obligamos a tener relaciones fuera del matrimonio, o a violarnos, porque vamos vestidas de una forma provocativa, o porque salimos de noche, o porque caminamos solas por la calle.  

Y sin embargo, la gran mayoría de las agresiones sexuales no las sufrimos a manos de desconocidos, ni en la calle. Según el Informe del 25 de Noviembre de la ONU en 2018, nos violan en casa, y nos violan nuestros novios, maridos, padres, hermanos, abuelos, tíos, primos, y amigos de la familia. 

¿Y por qué nos violan los hombres que más dicen querernos? La antropóloga argentina Rita Segato (2017) nos lo explica de una forma clara en sus obras: los hombres no violan por apetito sexual, sino por la necesidad de sentir que tienen el poder. No es un acto sexual, sino de dominación. No les mueve el placer, solo la necesidad de sentirse importantes.  

Además, muchos hombres poseen una escasa tolerancia al rechazo y no soportan que les digan que no cuando desean tener relaciones sexuales. Les han educado para que crean que nosotras somos objetos, y que nuestros cuerpos están a su disposición, gratis o pagando. Si se casan con una mujer, son dueños de su vida, y creen que tienen derecho a penetrarlas aunque ellas no lo deseen.

En España un 13,7 % de las mujeres españolas han sufrido violencia sexual en la pareja, casi 3 millones de mujeres. El 6,6% de las mujeres que han tenido pareja manifiestan que al menos alguna de sus parejas, a lo largo de su vida, la ha obligado a mantener relaciones sexuales cuando ella no quería. Un 6,3% de las mujeres que han mantenido relaciones sexuales sin desearlo, lo han hecho por miedo a lo que su pareja les podía hacer si se negaban. Un 3,5% de las mujeres encuestadas afirman que les resultó humillante o degradante tener relaciones sexuales contra su voluntad, sobre todo cuando su pareja le impedía salir, “sujetándola o haciéndole daño”

También las cifras sobre prostitución nos demuestran que los hombres siguen abusando de su poder para tener sexo con quien deseen y cuando deseen: alrededor de un tercio de los hombres (el 32,1%) reconoció haber pagado dinero por mantener relaciones sexuales al Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) en 2008. El 10,2% señaló que solo había pagado una vez en su vida y otro 21,9% reconoció que habían sido más veces.

Estos datos nos demuestran que los hombres tienen que plantearse estas cuestiones desde la ética amorosa: ¿es justo que yo pueda tener relaciones con mujeres pobres que si pudieran no tendrían jamás sexo conmigo?, ¿es justo que mis compañeras sexuales queden embarazadas porque a mí me molesta usar preservativo?, ¿es justo que mis compañeras sexuales enfermen y su vida corra peligro porque yo tengo todas las relaciones que quiero sin usar protección?, ¿cómo puedo cuidar mi salud sexual y la de las mujeres con las que me relaciono? 

Otros temas para trabajar : la frustración al no, la necesidad de dominar, el placer del poder, y el respeto a la libertad de la pareja. Para dejar de ejercer violencia sobre sus compañeras sexuales y sentimentales es preciso desarrollar la autocrítica amorosa, aprender a cuidarse a sí mismos, escuchar a sus compañeras, y a aceptar un no cuando sus compañeras no desean tener relaciones sexuales. 


El cuidado del hogar, los familiares y los hijos e hijas


Todas las mujeres tenemos derecho a tener relaciones igualitarias en las que los cuidados sean mutuos, y a tener tiempo libre para descansar y para disfrutar de la vida. 

Sin embargo, en España las mujeres trabajamos gratis durante 43 días al año

Dedicamos una media de 6 horas (5 horas y 59 minutos) al trabajo doméstico. Los hombres emplean en este grupo de actividades menos de la mitad del tiempo, 2 horas y 20 minutos, según el Instituto de las Mujeres de España del año 2020. 

En todo el mundo la gran mayoría de las mujeres tenemos una doble jornada laboral: una fuera de casa, remunerada generalmente con sueldos precarios, y otra en casa, sin remuneración, sin cotizar a la seguridad social, sin permiso de baja por enfermedad, sin días de descanso, sin vacaciones, y sin derecho a la jubilación. Es un trabajo que tenemos para toda la vida, algunas desde que somos niñas, y no tiene prestigio social, ni se valora, ni se paga: damos los cuidados gratis. 

Cuidamos la organización, administración y limpieza del hogar, parimos, criamos y educamos a los hijos y las hijas, cuidamos de las personas dependientes de la familia (adultos mayores, familiares con discapacidades, familiares accidentados o enfermos), de las mascotas y de las plantas, ejercemos de limpiadoras, enfermeras, cocineras, educadoras, asistentas, psicólogas, secretarias, y  asumismos toda la carga mental, la mayoría solas, sin ayuda ni colaboración, y el resultado es que ellos tienen mucho más tiempo libre que nosotras, y que nosotras estamos agotadas. 

Si los cuidados no son mutuos, son explotación doméstica, y todo tipo de explotación es violencia, porque alguien se beneficia del robo de nuestra energía y nuestro tiempo. A las mujeres nos obligan a vivir una vida de servicio, sacrificios, renuncias, y nos medican para que podamos aguantar el ritmo de vida sin protestar. 

El tema de los cuidados es una cuestión de justicia social: sin tiempo libre y sin energía, las mujeres no podemos descansar, ni disfrutar de nuestras pasiones, ni de nuestra gente querida. 

Los hombres no pueden seguir abusando de las mujeres ni pueden seguir llamando “amor” al trabajo gratuito, como afirmaba la antropóloga feminista Silvia Federici en su teoría sobre el patriarcado del salario (2018), según el cual a las mujeres nos toca el papel de las obreras, mientras los hombres actúan como la patronal. 

La sobrecarga de trabajo de las mujeres es el principal motivo para divorciarse hoy en día, según la Asociación Española de Abogados de Familia en febrero de 2022. Y es que no es posible disfrutar del amor de pareja en un contexto de abuso y explotación doméstica. 

¿Cómo se trabaja desde las masculinidades? Tomando conciencia del problema, y buscando un cambio en las relaciones de poder, para “desgenerizar” las tareas de cuidado, en palabras de Alicia Puleo (2011). En su día a día, los hombres pueden asumir su corresponsabilidad como persona adulta en las tareas de cuidados, negociando para repartir el trabajo, y organizando la logística con la compañera para igualar la carga de trabajo y de tiempo libre. 


La libertad de las mujeres y el derecho a vivir una Buena Vida

Las mujeres perdemos el derecho a la libertad cuando nos emparejamos. Primero, por una cuestión de tiempo y de dinero: además de no tener horas libres al día, tampoco tenemos autonomía económica que nos permita decidir libremente con quién queremos estar, y cuándo queremos terminar una relación sentimental. 

Pero también porque la monarquía masculina se sustenta sobre la obediencia femenina. 

Muchas niñas y mujeres en el mundo viven confinadas en sus hogares y solo tienen permiso del marido para ir al mercado, al médico y a la iglesia, pero nunca solas, siempre acompañadas por familiares. Son muchas las mujeres que no tienen libertad de movimientos, ni tienen libertad sobre sus cuerpos, su sexualidad, sus maternidades. Son muchas las que ni pueden elegir pareja, ni pueden divorciarse de ella, porque incluso aún siendo legal el divorcio, no poseen autonomía económica.

Muchas mujeres pierden su derecho a estudiar, a trabajar, a viajar, a tener sus propios proyectos personales y profesionales cuando se emparejan o se casan. En todo el mundo, son millones las mujeres que no pueden expresar sus opiniones, sus sentimientos, sus ideas y sus conocimientos en el espacio público, no pueden tomar decisiones, ni manejar su propio dinero, ni tener su propia red social y afectiva. Muchas mujeres tienen la comunicación limitada, vigilada y controlada por sus padres, novios y maridos. Cuando empiezan su primera relación con un hombre, pierden completamente el derecho a la intimidad y a la privacidad porque son obligadas a compartir sus contraseñas de correo y perfiles en redes sociales.

En España: el porcentaje de mujeres residentes de 16 y más años que manifiestan haber sufrido en algún momento de su vida los distintos actos de violencia psicológica de control por parte de alguna pareja o expareja, es del 31%, es decir, más de 6 millones y medio de mujeres.Las mujeres también sufrimos violencia emocional: al menos un 21,9% de las mujeres residentes en España, según la Macroencuesta de 2019 soportan o han tenido que soportar insultos, gritos, burlas crueles, amenazas, castigos, humillaciones, comentarios despreciativos y malos tratos.   

¿Cómo podrían los hombres trabajar sus masculinidades para dejar de limitar o prohibir el derecho a la libertad de sus compañeras? Desmontando, en primer lugar, la idea de que una mujer a la que amas es propiedad suya. Y trabajando, en segundo lugar, la necesidad de dominar, someter y tener el control sobre su compañera. 

Desde niños los hombres aprenden a valorar y a defender su libertad, pero no la de los demás, y por eso es tan necesaria una educación feminista que les ayude a comprender por qué las mujeres nacemos libres y cuales son los derechos fundamentales de los seres libres. También es necesaria la educación emocional, para que aprendan a resolver los conflictos sin violencia, y para que aprendan a cuidar sus emociones de manera que no hagan daño a nadie. 


Tema económico: gastos e ingresos

Según la Macroencuesta de 2019, un 10,8% de las mujeres residentes en España de 16 y más años ha sufrido violencia económica por parte de alguna pareja o ex pareja en algún momento de su vida: 6,9% ‘se negaba a darle dinero para los gastos del hogar cuando la pareja tenía dinero para otras cosas’, 7,2% ‘le impedía tomar decisiones relacionadas con la economía familiar y/o realizar las compras de forma independiente, 4,9% ‘no le dejaba trabajar o estudiar fuera del hogar’.

En todo el mundo, los hombres tienen en propiedad las tierras, los medios de producción y de comunicación, los bancos, las empresas, las iglesias. Nosotras las mujeres, trabajamos para ellos, por eso los grandes puestos de responsabilidad los siguen teniendo ellos, y por eso nosotras ocupamos los puestos peor valorados y peor remunerados. Nuestros salarios son más bajos, trabajamos gratis muchas horas, sufrimos más la precariedad laboral, el desempleo, y la falta de derechos laborales. Nos despiden cuando nos embarazamos, no nos contratan si tenemos bebés o críos pequeños, no ascendemos en las empresas ni en las instituciones, no obtenemos financiación para nuestros proyectos de investigación, el mundo de los expertos en cualquier cosa, es un mundo de hombres. 

A la hora de negociar en pareja cómo repartirse los gastos y los ingresos en pareja, entonces, los hombres tienen que tener en cuenta la brecha salarial de su país (en España es del 18%) La gestión de la economía de la pareja debe hacerse de manera proporcional a los ingresos de las mujeres, pero también teniendo en cuenta cómo nos afecta a las mujeres todos los factores anteriormente citados. 

¿Cómo pueden trabajar los hombres este tema? 

Lo más importante es que los hombres reconozcan lo que hacemos como trabajo, que asuman que el trabajo gratuito que hacemos es explotación, y la explotación es violencia. También deben renunciar al privilegio de la explotación doméstica, y trabajar la empatía, la solidaridad y el compañerismo para afrontar los gastos compartidos como un equipo

Cuando hay dependencia económica en la pareja, es preciso plantearse conjuntamente el tema de una posible separación y preguntarse: ¿tenemos los dos la misma libertad y las mismas condiciones para terminar la relación?, ¿cómo podríamos hacer para que ambos seamos libres para quedarnos o para irnos? 



Los cuidados en la pareja 

Las mujeres tenemos derecho a vivir relaciones libres de violencia, y a que no se nos someta a ningún tipo de tortura ni a tratos crueles, inhumanos o degradantes. Sin embargo, alrededor de 81,000 mujeres y niñas fueron asesinadas en el 2020, y la mitad, unas 47,000 de ellas, (es decir, el 58%), a manos de sus parejas o familiares. 

Es una cifra que se repite cada año, según ONU Mujeres, que estima que 736 millones de mujeres -alrededor de una de cada tres- ha experimentado alguna vez en su vida violencia física o sexual por parte de una pareja íntima, o violencia sexual perpetrada por alguien que no era su pareja (el 30% de las mujeres de 15 años o más) Esto equivale a una mujer o niña asesinada cada 11 minutos por maridos y hombres de su entorno. 

¿Qué deberían trabajar los hombres para que las mujeres podamos tener nuestros derechos garantizados? En primer lugar, renunciar al privilegio de recibir cuidados sin darlos, en segundo lugar, aceptar que las mujeres son libres y que ellos no son dueños de su cuerpo ni de sus vidas. Y en tercer lugar, aceptar, como afirma Miguel Lázaro (2022) que la masculinidad patriarcal es la principal amenaza que afrontan las mujeres para su vida y su seguridad, para su desarrollo personal, y para alcanzar la igualdad individual y colectiva. 


Conclusión

A nivel colectivo, de todos los factores de cambio, según Pierre Bourdieu, los más importantes “son los que están vinculados a la transformación decisiva de la función de la institución escolar en la reproducción de la diferencia entre los sexos (...) y la transformación de las estructuras familiares”. 

Los hombres tienen que tomar conciencia de cómo funciona el patriarcado, cómo lo han interiorizado, y cómo pueden liberarse de todas las creencias, los valores y principios que les someten al rol de hombre, y a los mandatos de género. 

Es un proceso de autoconocimiento y autocrítica amorosa que les permitirá identificar sus privilegios, y  todo aquello que necesitan cambiar para aprender a relacionarse con las mujeres en condiciones de igualdad y libertad. 

En el centro de este trabajo están los cuidados: podemos educar a las nuevas generaciones de hombres para que aprendan a cuidarse a sí mismos y a cuidar sus relaciones desde la Ética Amorosa. 

Lo más urgente, es el reparto de los cuidados del hogar, la crianza, las mascotas y los familiares dependientes. Después, es necesario aprender a elaborar los pactos para que podamos construir relaciones sanas en las que ambos miembros de la pareja puedan disfrutar por igual. 

Otras formas de ser hombres son posibles: el trabajo con uno mismo contribuye al contagio social, porque los hombres que tienen alrededor se ven afectados e influenciados por los cambios que hace el resto. 

Otras formas de relacionarnos, de querernos y de organizarnos son posibles: la clave está en entrenar día a día en el desarrollo de la empatía, la honestidad, la solidaridad, el compañerismo, la igualdad y la equidad, la sensibilidad. 

Y tomar conciencia de que todos estos cambios personales y colectivos no sólo sirven para ser mejores personas, para liberarse a sí mismos y para liberar al amor del patriarcado y el machismo, sino que también contribuyen al cambio colectivo, y a la construcción de un mundo mejor. 


Coral Herrera Gómez



Este capítulo forma parte del libro colectivo :Hombres en el siglo XXI. Análisis críticos de las masculinidades”

Editado por Anastasia Téllez Infantes, Javier Eloy Martínez Guirao, Joan Sanfélix Albelda (Eds.),

TIRANT LO BLANCH MASCULINIDADES, 2024

A la venta en papel y en ebook









Otras publicaciones de Coral Herrera: 


Masculinidad, amor romántico y relaciones de pareja

Capítulo 6 del libro: 

Hombres, Masculinidad (es) e Igualdad , coordinado por Bakea Alonso e Isabel Tajahuerce, de la Editorial Aranzadi.


España, junio 2022

Formato: papel y ebook










Coral Herrera Gómez, editorial Catarata, Madrid, 2019









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