foto: Eduardo Morales López
Castilla del Pino (2001), afirmó que los sentimientos son instrumentos que disponen los humanos para relacionarse con su entorno (con personas, animales y cosas) y consigo mismos (con sus pensamientos, fantasías, deseos, impulsos). Los sentimientos forman parte de la capacidad del ser humano para relacionarse social y afectivamente con sus semejantes.
Los sentimientos son “estados del Yo”, decía T.Lipps. Lo que se denomina “estar afectado por un sentimiento” es el reconocimiento de esa modificación de la totalidad del sujeto, y no sólo de su aparato emocional; afecta a la totalidad del organismo.
El amor, etimológicamente, tiene como prototipos el sentimiento maternal, el sentimiento erótico y la amistad. La palabra amor procede de la raíz amma “madre”, de modo que el amor es maternal. También de aquí deriva “amistad”.
El fenómeno romántico está relacionado asimismo con el apego, la querencia, el deseo, el cariño, la pasión, la amistad, la búsqueda, el erotismo, la sexualidad, los cuidados y la atención, la intimidad y el compromiso. A nivel etimológico, por ejemplo, el amor se relaciona con el deseo: querer procede de quarare, “buscar”. Según José Antonio Marina (1999), la palabra voluntad procede de la raíz indoeuropea wel- “desear, querer”, de donde salieron el francés vouloir, el alemán willu o el eslavo velja, todos con el mismo significado.
Otra raíz es la de eros, palabra de origen desconocido que designaba el dios del amor y el deseo sexual en la Antigüedad griega. Por último, libido significa también “deseo”. Procede de la raíz indoeuropea leubh-, “amar, desear”, de donde han derivado el inglés love y el alemán liebe.
Otra raíz es la de eros, palabra de origen desconocido que designaba el dios del amor y el deseo sexual en la Antigüedad griega. Por último, libido significa también “deseo”. Procede de la raíz indoeuropea leubh-, “amar, desear”, de donde han derivado el inglés love y el alemán liebe.
También se relaciona etimológicamente con el agrado, el cuidado y con la pertenencia a un grupo: la raíz griega phil, de origen desconocido, no expresaba un sentimiento, sino la pertenencia a un grupo social. Se utilizaba también para las relaciones de hospitalidad; de allí pasó a significar “amigo”. De esta raíz procede también filtro como “bebedizo para despertar el amor”. Otra familia, dilección, deriva del latín diligere, palabra curiosa que procede del verbo leer, y que designa una elección y estima basada en la reflexión. Implica “cuidado, atención”. La palabra diligente ha pasado a significar “dispuesto a hacer con prontitud e interés las cosas que tiene que hacer” pero, según Marina (1999), se utilizaba originariamente como la palabra para designar el significado de “amante”.
El amor de pareja: el colocón del romanticismo
El amor pasional es una forma de relacionarse con los otros miembros de la sociedad, y con los miembros de otras sociedades, y a la vez un estilo de vida, una forma de estar en el mundo, una amalgama de sentimientos, una forma de enajenación y al mismo tiempo de lucidez mental, pues el amor es una vía hacia el conocimiento, como dijo Platón hace muchos siglos.
El amor es consecuencia del miedo humano a la soledad, pero a la vez es una aventura por las profundidades de nuestro ser que hay que vivir con valentía para ser disfrutada. En el amor romántico confluyen el arrebato y la contención, el paso de los años y la pasión de una noche. Es una condensación de mitos que circulan por el espacio colectivo, pero también un sentimiento que genera potentes hormonas y respuestas físicas visibles e internas que sacuden y modifican el organismo humano, su conducta y sus actuaciones.
El amor es acción pura, pero también se resume en divagaciones y ensoñaciones íntimas de carácter platónico. Está anclado a la realidad; se expresa en forma de caricias, jadeos, gemidos, susurros y gritos, sangre, sudor, semen y fluidos, pero también es un fenómeno idealizado y vivido de forma irreal. El romanticismo puede suscitar en las personas sentimientos de altruismo, generosidad, entrega, sacrificio, ilusión, felicidad intensa, pero también es un sentimiento gracias al cual aflora nuestro lado oscuro: el egoísmo, el miedo y las inseguridades, los complejos, los deseos de venganza y dominación, la crueldad extrema. Por eso a menudo el amor romántico nos muestra la peor cara de nosotros mismos, nuestro lado más sombrío e inconfesable. Por eso a veces tememos enamorarnos, precisamente por la intensidad que nos invade, y por su doble dimensión: por un lado el amor posee una dimensión radiante y luminosa, y por otro lado oscura y hasta siniestra.
El amor es, también, un arte, como dijo Erich Fromm (1959). Es una fuente sentimental que genera otras emociones fuertes; a menudo se le acusa de ser un elemento perturbador, generador de caos y destrucción, provocador de actos irracionales que anulan la lucidez y cordura de las personas, como si pudiese separarse a las emociones de los pensamientos, como si los sentimientos y las ideas fuesen entes contrapuestos.
El amor nos hace tomar conciencia de la muerte y de la vida como procesos inseparables. Nos produce una sensación de poder abarcar la totalidad del ser, porque nos vuelve hacia nosotros mismos, y en ese proceso podemos conocer la realidad desde la propia realidad, como si fuese la de la Humanidad entera. Esto sucede porque al volverse hacia sí, el humano encuentra su animalidad a través de su propio cuerpo, sus deseos, e instintos. Y también se choca con la realidad de su pequeñez y vulnerabilidad; por eso ansiamos la eternidad, la perfección, el infinito, la sublimación de los sentimientos.
En este sentido, el amor es una fuerza grandiosa que hace tomar conciencia al ser humano de su insignificancia y su breve paso por este mundo. Y eso sucede porque el amor romántico es un deseo de eternidad que nos arroja a la cara la precariedad de nuestra existencia, como personas y como especie. El mundo fue creado por accidente; una casualidad maravillosa hizo que en este planeta la vida surgiera en un caldo primigenio. No sabemos por qué estamos vivos o para qué, pero el amor a veces logra proporcionarnos un sentido, un motivo, una causalidad.
Sabemos que todo se acaba, aunque no sabemos aún por qué. Los seres humanos, las estrellas, los planetas y los sistemas solares se apagan, se extinguen, explotan, se deshacen y se recomponen formando nuevos cuerpos; pero nosotros somos demasiado pequeños para poder ver y entender el mundo en una línea temporal que mide años/luz. Debido a esta indeterminación es probable que el ser humano sea el único ser de la Tierra que maneja el concepto de eternidad.
Sabemos que todo se acaba, aunque no sabemos aún por qué. Los seres humanos, las estrellas, los planetas y los sistemas solares se apagan, se extinguen, explotan, se deshacen y se recomponen formando nuevos cuerpos; pero nosotros somos demasiado pequeños para poder ver y entender el mundo en una línea temporal que mide años/luz. Debido a esta indeterminación es probable que el ser humano sea el único ser de la Tierra que maneja el concepto de eternidad.
El amor, entonces, nos pone en contacto con lo grandioso (la vida, la eternidad, el movimiento, la existencia) y con lo insignificante (nosotros mismos, perdidos en una esquina de una galaxia lejana y aislados por distancias astronómicas del resto del universo). Y esta conexión con la inmensidad nos hace ser conscientes de lo extraño y maravilloso que es a la vez estar vivo. Existir es un estado tan precario que precisa ser disfrutado con intensidad, porque es poco probable que vuelva a repetirse. La pasión amorosa se acaba; explota con violencia o se extingue lentamente, pero se acaba, como la vida misma, como nuestra propia existencia. Por eso el amor nos pone en relación con la vida y la muerte; por eso lo experimentamos de un modo tan trágico y pasional en ocasiones.
La realidad de la persona enamorada es mucho más colorida, diversificada, intensa y placentera que la realidad del día a día; por eso hoy en día el amor romántico sirve como dispositivo de evasión, bien consumido como relato, bien vivido en persona. Por su carácter escapista, el romanticismo a menudo constituye una realidad utópica que choca con la realidad; en ella deseo y frustración van de la mano. La extraordinariedad del amor correspondido radica en que nos eleva por encima de la cotidianidad, normalmente monótona y rutinaria para la mayor parte de la Humanidad. En un sistema tan cruel como el nuestro, tan desocializado e individualista, es normal que el ser humano desee vivir otro tipo de realidades; enamorarse sería un modo de evadirnos, de relacionarnos y de trascender la realidad.
El romanticismo, así, actúa de trasfondo, distorsionando, enriqueciendo, transformando la realidad cotidiana. El amor es un estado naciente (Alberoni, 1979) que nos sitúa en una posición comprometida con la realidad, porque es más intensa que la cotidiana.
Los enamorados se ven de pronto mostrando su mejor cara, tratando de ser buenas personas, siendo hospitalarios, ofreciendo su ayuda, haciendo sentir bien al otro, deseado lo mejor para el otro. Muchos se ven “fuera de sí”, como contemplándose a sí mismos desde lejos, sorprendidos por su propia generosidad, altruismo y capacidad de entrega: “El amor es el comunismo dentro del capitalismo. Incluso a los más avaros les da por regalar y se sienten por ello totalmente felices” (Ulrich Beck, 2001).
Necesitamos enamorarnos del mismo modo que necesitamos rezar, leer, bailar, navegar, ver una película o jugar durante horas: porque necesitamos trascender nuestro “aquí y ahora”. Alejarnos de la realidad, ponernos en la piel de otras personas, de otros seres fantásticos, viajar a otros mundos, descubrir nuevas cosas, buscar la trascendencia espiritual. Fusionar nuestra realidad con la realidad de otra persona es un proceso fascinante porque se unen dos biografías que hasta entonces habían vivido separadas, se construye una historia en común, y se proyecta un presente y futuro idealizado, situado más allá de la realidad propiamente dicha, y alejada de los cambios y avatares de la vida.
Por eso el amor es para los enamorados como una isla o una burbuja, un refugio o un lugar exótico, una droga, una fiesta, una película o un paraíso: siempre se habla de las historias amorosas como situados en lugares excepcionales, en contextos especiales, como suspendidas en el espacio y el tiempo. El amor en este sentido es algo extraordinario, un suceso excepcional que cambia misteriosamente la relación de las personas con su entorno y consigo mismas. Esa magia es lo que hace este fenómeno incomprensible para muchas personas, que no se explican por qué sus vidas cambian cuando se enamoran, por qué hacen cosas que nunca harían, por qué son capaces de cualquier cosa por su amado o amada…. ¿te ha pasado alguna vez?.

2 comentarios:
Me ha encantado este artículo, Coral. Consigues explicar lo oscuro sin que pierda su misterio.
"CRÍTICA DEL PENSAMIENTO AMOROSO" MARI LUZ ESTEBAN.... recomendable al 100%
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