23 de octubre de 2026

Bienvenida a la Revolución Amorosa




—Es que tengo que ir a la huelga, mamá, y luego a la manifestación. 

—No sales si no haces tu habitación y el cuarto de baño.

—Pero mamá, ¡hoy es un día muy importante! 

—No hay nada más importante que limpiar el cuarto de baño, hija.

—¡Puedo hacerlo mañana! Hoy tengo que salir a la calle a luchar por un mundo mejor.

—La revolución empieza en el cuarto de baño, Coral.

—Pero ¿qué estás diciendo?, la lucha es en la calle.

—No, está en tu casa. La revolución empieza en ti, en tu hogar. Aquí funcionamos como un equipo, y te recuerdo una vez más que yo no soy tu sirvienta ni la de tu hermana ni la de tu padre. Yo trabajo toda la semana y no es justo que tenga que hacer lo que te toca a ti. No es justo. Aquí todos aportamos, no puedes estar haciendo discursos bonitos sobre la solidaridad y el apoyo mutuo y explotando a tu madre al mismo tiempo. 

—Pero mamá, no hace falta que lo hagas tú, puedo hacerlo mañana yo. 

—No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. No digas lo que vas a hacer: hazlo.

—Jo, mamá. 

—Y mientras limpies, no te olvides de que la revolución empieza en el cuarto de baño, hija. Lo entenderás cuando seas mayor. 

—Ya —resoplo con fastidio y agarro la esponja y la bayeta. 

—Venga, y así cuanto termines, coges tu pancarta y te vas tan contenta a tu revolución. 


Confieso que me costó años darme cuenta de la razón que tenía mi madre. Yo era una adolescente rebelde y soñadora, y estaba fascinada con las utopías y las revoluciones, pero no me daba cuenta de que lo personal es político. 

Ahora sé por qué Mamá decía que la revolución empieza en el cuarto de baño: porque no podía hablar de solidaridad en mis discursos si no la practicaba en mi vida diaria. No podía hablar de justicia social si no asumía mi responsabilidad como parte de una familia igualitaria. No podía hablar de la lucha de las mujeres ni de la igualdad si no hacía mi parte de las tareas en casa. No podía hablar de democracia ni de república si en mi casa me comportaba como una princesita.

Mis padres me educaron desde los valores de los derechos humanos y de los movimientos sociales: el pacifismo, el ecologismo y el feminismo, y mi primera manifestación fue contra la entrada de España en la OTAN. Yo me pasé la infancia devorando libros sobre mujeres y hombres valientes que desobedecieron las normas de su tiempo, se rebelaron ante la injusticia y la violencia, y se unieron a más personas para cambiar las cosas. Yo admiraba mucho a las mujeres y hombres que creyeron en una causa y lucharon por ella, y yo soñaba con revoluciones hermosas preguntándome si en el tiempo de vida que me quedaba podría vivir una. 


Nunca imaginé que en el futuro me iba a dedicar a recorrer escuelas, universidades, centros sociales y culturales, bibliotecas, salones de actos y auditorios para hablar de utopías. Ahora que me dedico a viajar por el mundo con mi revolución amorosa, le cuento a todo el mundo aquella escena con mi madre y repito sus palabras una por una: la revolución comienza en el cuarto de baño.

¿Cómo empezó a germinar dentro de mí la idea de la revolución amorosa? 

Recuerdo que empecé a leer a autores anarquistas, marxistas y comunistas (a las pensadoras y activistas las conocí después), y a hablar apasionadamente de política en el instituto. Pero no todo lo aprendí en los libros, los fanzines, las revistas y los manifiestos; también lo aprendí en la calle, en primera persona. 

En mi primer año de bachillerato empezaron las protestas estudiantiles contra la guerra de Irak y contra el Plan Bolonia, que pretendía reducir los presupuestos de las universidades públicas y mercantilizar las carreras orientando los planes de estudio y la investigación a las necesidades de las empresas privadas en lugar del interés social. Yo era feliz aprendiendo a moverme en organizaciones asamblearias, yendo a las manifestaciones, conociendo gente con las mismas inquietudes sociales y políticas que yo. En la universidad renunciamos a tener un delegado o delegada en clase y nos organizamos asambleariamente. Así fue como aprendí que no necesitamos líderes ni lideresas: lo que necesitamos es aprender a dialogar, a alcanzar acuerdos, y a trabajar en equipo.

Mi primera experiencia fuerte empezó el día que terminé de trabajar de cajera en un gran supermercado: todos los que participamos en la huelga contra la apertura de las tiendas de 24 horas nos quedamos sin renovar contrato. Me llamó un amigo de la Facultad para invitarme a una asamblea en Lavapiés que culminó con un encierro indefinido en una parroquia de Vallekas, en Madrid, en el año 2001. San Carlos Borromeo abrió sus puertas para que un grupo de españoles e inmigrantes nos encerráramos para pedir el cierre de los CIE (Centros de Internamiento para Extranjeros) y para protestar contra la Ley Orgánica 8/2000 de José María Aznar sobre los derechos y libertades de los extranjeros en el país y su integración social, que limitaba varios derechos fundamentales como el de reunión y asociación, y el ejercicio de la huelga.

Los lemas del movimiento eran “Ningún ser humano es ilegal” y “Papeles para todos”, y no estábamos solos: hubo encierros en muchas ciudades españolas simultáneamente. Estuvimos seis meses viviendo allí y no paramos de organizar eventos públicos para visibilizarnos: charlas, talleres, conciertos, cinefórums, comidas populares, juegos solidarios y eventos para la infancia y las personas mayores. 

No éramos españoles “ayudando” a inmigrantes, éramos gente diversa luchando juntos y juntas por la misma causa. En el encierro había gente de todas las edades, clases sociales y nacionalidades: tuvimos mucho apoyo de personas famosas del mundo del arte y la cultura, salimos en los medios, sacamos a decenas de miles de personas a la calle y logramos la regularización de muchas personas.

Yo aprendí muchísimo en esos seis meses, pero lo más importante fue darme cuenta de que aquello que estábamos haciendo era amor. Era el AMOR en mayúsculas. Lo llamábamos solidaridad, compañerismo, apoyo mutuo, justicia, igualdad…, pero yo lo que sentía allí, luchando por los derechos humanos con tanta gente diversa, era la fuerza revolucionaria del amor. 

Porque ¿qué otra cosa es el amor político sino comprometernos con la dignidad, los derechos y la libertad de personas a las que ni siquiera conocemos?, ¿qué otra cosa era el amor sino esos espacios de cuidados en los que nos repartíamos las tareas y convivíamos bajo el mismo techo prestándonos apoyo mutuo y aprendiendo juntos?


Después de aquel encierro no volví a casa. Me fui a vivir a un barrio utópico de Madrid llamado Lavapiés con un grupo de gente maravillosa que hoy sigue siendo familia. 

Eran los tiempos del Laboratorio, un centro social autogestionado en el que se reunían los colectivos y las asociaciones vecinales, se impartían talleres, se celebraban presentaciones de libros, charlas y conversatorios, ciclos de cine y de teatro. Asistíamos a conciertos y fiestas, teníamos servicios de asesoría legales para inmigrantes, redes de ayuda mutua, espacios de encuentro, y era un lugar lleno de vida. 

En el barrio había muchos edificios vacíos de dueños fantasmas y especuladores sin escrúpulos. Mi grupo de gente y yo okupamos uno en la calle Ave María y estuvimos seis años viviendo allí con una señora que se negaba a abandonar su hogar, y que fue acosada por el dueño durante años para que se rindiese y abandonase el inmueble. Nosotros la protegimos, sacamos toneladas de basura del edificio, limpiamos, pintamos y convertimos los bajos en un gimnasio y en un estudio de música al que acudían grupos del barrio.

Nos organizábamos asambleariamente y cuidábamos entre todos de todo. A la comunidad entró una familia marroquí y gente joven de muchos otros países diferentes. Entre todos velábamos por el bienestar de Flora y Abdul (ambos tenían 86 años) y creamos nuestras propias normas de convivencia. 

Aquellos fueron algunos de los años más felices de mi vida, porque aprendí realmente a vivir en comunidad, a ser respetuosa y responsable, a trabajarme por dentro para que tanto los demás como yo pudiéramos tener una vida buena. Aprendí que enfrentarse a la vida con un equipo es mucho más fácil que hacerlo sola. No teníamos mucho dinero, pero sí mucho tiempo para recoger y reciclar cosas de la calle, para arreglar la casa, para participar en los movimientos vecinales del barrio y de otros barrios como Vallekas, Moratalaz, Entrevías, Aluche y Carabanchel. 

En los centros sociales okupados y autogestionados solías encontrar en la entrada una tela blanca con el lema: “Otro mundo es posible”. Al principio yo no lo sabía, pero después me di cuenta entusiasmada de que estábamos haciendo historia. 

La mecha prendió en Seattle, Estados Unidos, en 1999, cuando enormes movilizaciones rodearon la reunión ministerial de la Organización Mundial del Comercio. Allí confluyeron sindicalistas, ecologistas, organizaciones campesinas, movimientos indígenas, feministas, estudiantes, ONG, anarquistas, movimientos de derechos humanos y organizaciones contra la deuda externa. 

Después de Seattle vinieron Washington, Praga, Niza, Génova y muchas otras contracumbres. El primer Foro Social Mundial de Porto Alegre (Brasil) en 2001 trató de dar un paso más: pasar de la protesta a la propuesta. Frente al “no” a la globalización neoliberal, empezar a construir el “sí” de las alternativas.

Lo veíamos en la tele, pero cuando se convocó la protesta en Barcelona no lo dudamos un segundo: fuimos para allá y aún lo recuerdo como una de las manifestaciones más masivas y grandiosas en las que he participado nunca. 

El Banco Mundial tenía previsto celebrar allí su Conferencia Anual sobre Economía del Desarrollo. Nosotros organizamos una gran contracumbre y una campaña bajo el lema: “Un altre món és possible / Otro mundo es posible”. Esta reunió unos 350 colectivos que organizaron debates, encuentros, actos culturales, conciertos, conferencias y movilizaciones. Participaron además organizaciones y activistas internacionales relacionados con Vía Campesina, la Marcha Mundial de las Mujeres y otros movimientos sociales.

La movilización fue lo suficientemente importante como para que el Banco Mundial cancelara finalmente su reunión presencial en Barcelona. Lo que nació como un movimiento antiglobalización acabó siendo un movimiento altermundialista, definido como “un movimiento de movimientos” porque no había un partido ni un sindicato ni una organización central que lo dirigiese.

Confluían colectivos muy distintos: el MRG (Movimiento de Resistencia Global), ATTAC (Asociación por la Tributación de las Transacciones Financieras y la Acción Ciudadana), la RCADE (Red Ciudadana para la Abolición de la Deuda Externa), colectivas ecologistas, pacifistas y antimilitaristas, movimientos feministas, organizaciones de cooperación y solidaridad internacional, sectores sindicales, movimientos okupas y autónomos, organizaciones estudiantiles y numerosas asociaciones ciudadanas. 

Teníamos internet, super útil para organizar movilizaciones y compartir información entre distintas ciudades y distintos países. Teníamos la ilusión de que el siglo XXI nos abría las puertas para el cambio, que era posible organizarse de otras maneras, que podíamos cambiar las cosas y que no necesitábamos una bandera ni un líder supremo. Lo nuestro eran las redes horizontales, las asambleas, la descentralización, la autonomía de los colectivos, la participación directa y la cooperación entre movimientos diferentes.

Como éramos muy diversos, cada cual teníamos nuestros propios objetivos: democratizar las instituciones económicas internacionales; cancelar la deuda externa de los países empobrecidos; limitar el poder financiero y de las multinacionales; defender los servicios públicos; combatir la pobreza y las desigualdades; establecer mecanismos fiscales sobre las transacciones especulativas; defender los derechos laborales; construir formas de comercio más justas; proteger el medioambiente; defender los derechos de las personas migrantes y oponerse a las guerras.

¿Y sabes qué era lo más importante para mí? Que estábamos demostrando que para mejorar nuestro mundo y hacer cambios no hacían falta líderes mesiánicos ni grupos de poder que articulasen el movimiento. No había manual de instrucciones ni libros sagrados ni verdades absolutas. Nadie decía cómo se tenían que hacer las cosas. No había un modelo ideal de mundo, nadie imponía de forma totalitaria su propio modelo: lo que estábamos haciendo era plantear que se podían hacer las cosas de otra manera y que podíamos estar mejor y vivir mejor. 

Cada colectivo y movimiento trabajaba desde su ámbito de lucha: unos estaban volcados en el medioambiente, unos trabajaban en sus barrios y otros estaban centrados en los derechos laborales, los de las mujeres o en el fin de la guerra. Realmente era como un sueño que fuéramos capaces de ponernos de acuerdo en lo básico: queríamos erradicar la pobreza, la explotación, la desigualdad y la injusticia, queríamos hacer propuestas y dejar volar la imaginación para soñar con una sociedad mejor. 

Y aprendí también que “Otros barrios son posibles” y que es precisamente en tu comunidad donde puedes empezar a cambiar el mundo. Están las grandes causas, pero es en tu pueblo y en tu barrio donde tienes más capacidad de impacto y donde se puede mejorar la vida de la gente. En tu casa y en tu familia, en tu equipo de baloncesto, en tu asociación de vecinas, en tu grupo de amigos, en tu pareja también.

Gran parte de esta energía social se volcó después con la lucha pacifista y antimilitarista del “No a la guerra”. El pacifismo dejó de ser durante unos meses una posición intelectual y se convirtió en una cultura compartida.

En España se convirtió en un movimiento social masivo, transversal y profundamente pedagógico: durante algunos meses, millones de personas discutieron públicamente sobre guerra, imperialismo, legalidad internacional, petróleo, propaganda, desobediencia y responsabilidad ciudadana.

Su gran momento fue el 15 de febrero de 2003, cuando se convocaron manifestaciones coordinadas en cientos de ciudades de todo el mundo. Según el estudio global de Dominique Reynié (2004), la movilización total acumulada durante el periodo crítico del conflicto alcanzó los 36 millones de personas en unas 3.000 protestas distintas. Se considera que fueron las mayores jornadas de movilización antibélica de la Historia. 

Madrid y Barcelona estuvieron entre las ciudades con movilizaciones más grandes. Participaban organizaciones pacifistas y antimilitaristas, ecologistas, feministas, sindicatos, movimientos estudiantiles, ONG de cooperación, plataformas altermundialistas, asociaciones vecinales, partidos políticos, universidades y una enorme cantidad de gente que no pertenecía a ninguna organización. 

Durante semanas, el “No a la guerra” salió de las manifestaciones y entró en la vida cotidiana. Había carteles en los balcones, chapas, pegatinas, camisetas, conciertos, recitales, asambleas universitarias, concentraciones ante instituciones, paros laborales, huelgas estudiantiles, caceroladas y actos en colegios y facultades. 

A mí me impactó mucho el trabajo de Mujeres de Negro, una organización feminista que llevaba años trabajando en España conectada con redes internacionales de mujeres israelíes, palestinas, serbias, croatas, bosnias y otras activistas contra las guerras. Su posición era especialmente interesante porque vinculaba la violencia militar con otras formas de violencia y defendía explícitamente la noviolencia, la desobediencia y la resolución pacífica de los conflictos.

En Sevilla, Mujeres de Negro defendía entonces la idea de que “la paz hay que construirla día a día”, y a mí me sirvió para aprender que la paz no consiste únicamente en que los Estados no se bombardeen: es una forma de relación que se aprende y se practica.

En las movilizaciones estudiantiles de Madrid de marzo de 2003 apareció una pancarta que decía “Haz el amor y no la guerra”. La frase viene de la contracultura pacifista de los años sesenta, pero la vi por primera vez ese día y me hizo pensar mucho. No significa “querámonos todos” ni que haya que ignorar los conflictos, significa aprender a tener conflictos sin destruirnos.

El movimiento fracasó en su objetivo inmediato: no consiguió impedir la invasión de Irak, pero muchísima gente aprendió a luchar, a crear redes, a hablar de cuestiones éticas. Y dejó una pregunta fundamental: ¿qué hacemos cuando quienes gobiernan actúan contra aquello que una mayoría considera justo?

La respuesta del movimiento fue la de organizarnos, salir a la calle, desobedecer, hablar, explicar, manifestarnos y negarnos a permanecer indiferentes.

Y aquí comprendí que en esto consiste la Revolución: cuando un montón de buenas personas se unen para luchar contra la violencia y la injusticia. Cada uno de nosotros y nosotras piensa de una forma diferente, pero a todos nos une el amor por la vida. Nos juntamos porque queremos un mundo mejor y no nos quedamos en el discurso: la revolución es sobre todo acción.

Gracias a todas estas experiencias que había vivido, yo estaba convencida de que el amor era una fuerza revolucionaria, pero en aquella época sonaba muy cursi. Pensaba que el amor era la salvación y la solución a todos nuestros problemas. La gente se reía de mí y me decían que era demasiado joven e ingenua. En aquellos tiempos la gente te tachaba de soñadora y utópica como si serlo fuera un defecto o una debilidad. 

Yo necesitaba argumentos para defender mis ideas, así que cuando me tocó elegir un tema de investigación para mi tesis doctoral, lo tuve muy claro: quería escribir sobre el amor. Y cuando empecé a leer me encontré el mejor argumento para defender mi tesis de que el amor podía cambiar el mundo. Una sola frase condensa todo: “Lo personal es político”.

Jamás la escuché  durante la carrera de Humanidades, pese a que es una de las ideas más brillantes que ha generado la filosofía en el siglo XX. Durante cuatro años nos asomamos a todas las ciencias sociales: teoría política, economía, historia, literatura, sociología, antropología, y pese a que nuestros profesores nos hablaron mucho del capitalismo, apenas nos hablaron del patriarcado. Cuando empecé a leer por mi cuenta, comprendí que no se puede entender el mundo en el que vives si no te hablan de ambos sistemas.

Comencé a investigar la dimensión económica, social y política del amor, y a darme cuenta de que lo que sostiene a ambos es precisamente el amor de las mujeres. El capitalismo no podría sostenerse sin el trabajo gratis que hacemos: estamos hablando de toneladas de horas cada año. 

Y lo vi muy claro: para cambiar el mundo hay que transformar el amor. Si dejamos las estructuras jerárquicas basadas en el abuso y la explotación, y aprendemos a relacionarnos en horizontal, creando redes de amor y de apoyo mutuo, podremos construir una sociedad más pacífica, más igualitaria, más justa y más amorosa. 

Me sentí muy feliz cuando me di cuenta de que el amor es una construcción social impregnada de ideología patriarcal y capitalista, y que todo lo que se construye se puede destruir, transformar, reinventar. Bastaba con aprender a amar desde otros valores que no sean la dominación y la sumisión, el ejercicio autoritario del poder, la propiedad privada, la acumulación de riqueza y el acaparamiento de los recursos, la competencia y la explotación de los unos sobre los otros. 

¿Y con qué valores podríamos cambiar el amor? Con los de la ética, los derechos humanos fundamentales y la lucha social: compañerismo, ternura, respeto, buenos tratos, igualdad, libertad, empatía, solidaridad, cooperación, apoyo mutuo… 

Yo quería contarle al mundo entero que podíamos cambiar nuestra sociedad si lográbamos cambiar nuestra forma de querernos y de amarnos. 

En el año 2011 yo había terminado mi doctorado y estábamos en plena crisis a causa de la burbuja inmobiliaria. El Gobierno impuso recortes brutales y muchísima gente se quedó sin empleo: yo no logré entrar a trabajar en la universidad. No sabía adónde ir con un título de doctora de Humanidades y una tesis doctoral bajo el brazo titulada La construcción sociocultural de la realidad, del género y del amor.

Tuve que volver a casa de mis padres, fui encadenando varios empleos precarios y mientras batallaba para recuperar mi autonomía, soñaba con la posibilidad de que la gente se lanzara de nuevo a la calle a protestar y proponer cambios. Mi sensación era que estábamos todos deprimidos tratando de salvarnos a nosotros mismos.

Decidí emigrar. Me fui el 8 de marzo a Costa Rica a buscar trabajo y el 15 de mayo estalló el 15M. Tuve que verlo por internet y amar el movimiento en la distancia. Lo vi nacer, crecer y multiplicarse a través de la pantalla. Y lo vi morir también. 

La primavera árabe fue el origen del 15M: a finales de 2010 surgió una oleada de protestas y levantamientos populares en el norte de África y Oriente Medio (Túnez, Egipto, Siria, Yemen…) que exigían democracia, derechos sociales y el fin de dictaduras que llevaban décadas en el poder. La Revolución Egipcia demostró a la juventud española que la clave de la efectividad política era la permanencia. La idea de tomar una plaza simbólica, llenarla de tiendas de campaña y no marcharse hasta conseguir las demandas fue importada directamente de El Cairo a la Puerta del Sol de Madrid.

En los meses previos a mayo de 2011, en España dominaba un clima de apatía y resignación frente al desempleo juvenil y las medidas de austeridad. La caída del dictador Hosni Mubarak en febrero de 2011, lograda por una ciudadanía desarmada que resistió en una plaza pública, funcionó como un choque de optimismo global. El razonamiento colectivo de los colectivos españoles (como Juventud Sin Futuro o ¡Democracia Real Ya!) fue inmediato: "Si ellos han podido derribar una dictadura militar de 30 años con sus propios cuerpos, ¿cómo nosotros no vamos a poder exigir reformas a nuestro propio sistema democrático?".

El 15M copió de Tahrir la estructura de una microsociedad autogestionada dentro del espacio urbano. Los comités de Sol (limpieza, cocinas, asistencia médica, comisiones de traducción) se inspiraron en los cordones de seguridad y la intendencia civil que los propios egipcios desarrollaron para sobrevivir durante los 18 días de asedio militar en El Cairo. Además, la denominada "Generación Tahrir" enseñó al mundo a utilizar las redes sociales no como un simple foro de quejas, sino como herramientas de infraestructura logística y ciberpolítica: mapeo en tiempo real, emisión de vídeo por streaming para saltar el filtro de las televisiones estatales y el uso de hashtags para internacionalizar la protesta.


En España la "Spanish Revolution" interconectó las plazas de todo el mundo. El movimiento de los indignados canalizó el descontento social bajo el lema "No somos mercancía en manos de políticos y banqueros" y exigió una democracia más participativa y transparente. La Acampada de Sol en Madrid fue el epicentro: duró cerca de un mes y se replicó en plazas de toda España (como la Plaza de Catalunya en Barcelona). El 15M visibilizó el drama de la vivienda e impulsó masivamente a la PAH (Plataforma de Afectados por la Hipoteca), logrando paralizar miles de desahucios mediante la resistencia pacífica en los portales. Además lograron que todo el mundo hablara de conceptos como la dación en pago, la auditoría de la deuda, la transparencia institucional, la reforma de la ley electoral y la lucha contra la corrupción. El movimiento demostró que era posible una movilización masiva, transversal y pacífica, alejada de las estructuras de los partidos políticos y sindicatos tradicionales. 

Después vino el Movimiento de los Indignados en Grecia desde la Plaza Sintagma en Atenas, y el  Occupy Wall Street en Estados Unidos: adaptaron la crítica del 15M a los banqueros bajo el lema histórico "We are the 99%" (Somos el 99%), denunciando que el 1% de la población controlaba la riqueza del país a costa de la mayoría. El movimiento se replicó en cientos de ciudades norteamericanas (Occupy Oakland, Occupy Boston, etc.)

Y entonces estalló la Cuarta Ola del Feminismo, a la que me sumé con alegría y entusiasmo: después de tantas luchas, por fin los medios nos dieron visibilidad y la ciudadanía comenzó a apoyar el movimiento de liberación de las mujeres. En esos momentos, estábamos centradas en la lucha contra la violencia sexual, el acoso, el cuestionamiento judicial a las víctimas y las estructuras del patriarcado. 

Todo empezó en Argentina, en 2015, con la enorme protesta desatada por el feminicidio de la adolescente Chiara Páez. Fue la primera gran demostración en esta ola de cómo un hashtag viral (#NiUnaMenos) podía vaciar las redes para llenar las plazas de forma masiva en toda América Latina. Gracias a internet, podíamos apoyarnos entre todas y aprender unas de otras. Para mí fue aprender del trabajo de las compañeras mexicanas, que enfrentan los peores niveles de violencia machista y femicida de todo el planeta. 

En 2015 en España más de 350 organizaciones territoriales y estatales confluyeron en Madrid para exigir que la violencia contra las mujeres fuese considerada una cuestión de Estado. Fue el 7N la Marcha Estatal contra las Violencias Machistas. Fue un momento decisivo porque estábamos unidas, pese a nuestras diferencias, y estábamos centradas en lo que nos preocupaba a todas. Un año después logramos sacar millones de personas a las calles indignadas por la violencia de la Manada de Pamplona en 2016 bajo consignas como "Hermana, yo sí te creo" y "No es abuso, es violación".

En octubre de 2017, las denuncias por abuso sexual contra el poderoso productor de cine Harvey Weinstein desataron un terremoto en Hollywood. El hashtag #MeToo (popularizado por la actriz Alyssa Milano pero creado originalmente años atrás por la activista social Tarana Burke) se convirtió en un fenómeno mundial de catarsis colectiva. Millones de mujeres de todos los ámbitos profesionales rompieron el silencio en redes sociales para visibilizar que el acoso sexual no era una excepción, sino una realidad estructural. 

El violador eres tú: en noviembre de 2019, en el marco de las fuertes protestas sociales que vivía Chile, el colectivo feminista Las Tesis realizó una intervención callejera frente a una comisaría en Valparaíso. La canción y coreografía, que incluía la estrofa "Y la culpa no era mía, ni dónde estaba ni cómo vestía / El violador eres tú", apuntaba directamente a la responsabilidad del Estado, los jueces y la policía en la violencia institucional. La performance se viralizó en días y fue replicada de forma idéntica por mujeres en plazas de París, Madrid, Nueva York, Bogotá, Estambul y Tokio, convirtiéndose en el himno feminista global de la década.


En los nueve primeros años estuve a caballo entre España, Costa Rica y México impartiendo charlas, conferencias, talleres y conociendo a colectivas feministas de todo el mundo. Llenaba auditorios con la Revolución Amorosa y cada vez tenía más visibilidad en redes sociales gracias al apoyo de mis seguidoras. Una de las experiencias más hermosas de mi vida sucedió en el 2018: aquel año me tocó vivir el 8M en Madrid (cada año me tocaba en una ciudad diferente de España o de América Latina). Era tantísima la gente que salió a las calles a apoyar el movimiento feminista, que la ciudad colapsó. Vinieron familias, gente de todas las edades, colectivos de otros movimiento sociales, y la manifestación no fue lo más importante: fue la huelga feminista de 24 horas concebida en cuatro dimensiones: laboral, estudiantil, de cuidados y de consumo. El lema “Si nosotras paramos, se para el mundo” quería demostrar que las mujeres no solo participan en el trabajo asalariado, sino que sostienen cotidianamente buena parte de la vida mediante trabajos domésticos, cuidados, crianza y atención emocional que permanecen invisibilizados o infravalorados. Más de 200 manifestaciones recorrieron España y los sindicatos calcularon que millones de trabajadores participaron en los paros. Yo estuve en la de Madrid y sentí que jamás en la vida iba a olvidarme de aquello: nunca había visto mi barrio, Aluche, tan lleno de gente colapsando los autobuses, el metro y el tren de cercanías. Nunca he vuelto a ver Madrid tan absolutamente desbordada. 

Aquella huelga general nos permitió llevar a cabo una inmensa pedagogía social sobre los cuidados. Durante semanas se habló públicamente de quién cocina, quién limpia, quién acompaña a los mayores, quién cría, quién se ocupa de las personas dependientes, quién soporta la carga mental, quién trabaja gratis y qué ocurriría si todas esas mujeres dejaran de hacerlo durante un día. Es decir, millones de personas pudieron comprender de manera muy concreta la dimensión política de los cuidados y hacer frente a una pregunta esencial: ¿quién cuida a quienes cuidan?

‘La Revolución será feminista o no será’

Ese día el feminismo salió en España de círculos relativamente reducidos y se convirtió en un movimiento social de masas e intergeneracional.

Una gran parte de quienes acudieron al 8M de 2018 nunca había participado anteriormente en una manifestación feminista. Las movilizaciones congregaron a adolescentes, universitarias, trabajadoras, madres, abuelas y mujeres que ni siquiera se identificaban previamente como activistas. Las crónicas de aquellos días destacaron precisamente esa incorporación masiva de nuevas participantes.

En el 2019 también logramos sacar a la calle a millones de personas, y en aquellos años teníamos muy claro que el feminismo era el único movimiento capaz de hacerle frente a la extrema derecha y al fascismo, y de movilizar a millones de personas. Los demás movimientos sociales y políticos estaban hiperfragmentados y divididos: nosotras permanecíamos unidas y enfocadas en lo que nos importaba a todas. Hasta que nos ocurrió lo mismo que al resto de los movimientos sociales.

Mientras escribo estas líneas, la plaza del Sol se ha iluminado de nuevo en Madrid. El sábado salimos a las calles y después de la manifestación, se convocó una acampada que ya lleva seis días y ha desatado varias acampadas en varias ciudades de España. Apenas estamos al inicio, pero para todos y todas las que soñamos con un mundo mejor, se ha abierto una puerta a la esperanza. Lo que ha comenzado siendo una lucha por el derecho a la vivienda, se está convirtiendo en un movimiento de la clase obrera y de la juventud que está reclamando su derecho a una vida mejor. La gente sigue creyendo en utopías y revoluciones, así que hay esperanza. 

Mi propuesta de la Revolución Amorosa no es sólo una propuesta teórica fruto de mis lecturas, sino también de varias décadas de luchas: el movimiento antirracista me enseñó que ningún ser humano es ilegal; el altermundialismo, que otro mundo es posible; el pacifismo, que hay que pararle los pies al poder cuando pretende gastarse nuestro dinero en bombardear escuelas y aldeas. Y el feminismo me enseñó que si queremos construir otro mundo posible, hay que crear comunidades de cuidado y apoyo mutuo en las que las tareas estén repartidas de un modo equitativo, y en las que todas las mujeres puedan disfrutar de autonomía emocional y económica, de sus derechos humanos, sexuales y reproductivos. Para construir un mundo mejor todas las mujeres debemos tener tiempo libre para disfrutar de la vida, libertad para movernos y expresarnos, y una red de amor y de cuidados.

La revolución amorosa no consiste en quererse más, sino en quererse mejor. Uno de sus lemas es: “Lo romántico es político”, que significa que el amor no puede ser un mecanismo de opresión, sino una herramienta para la liberación. El amor es una energía social y comunitaria con un enorme potencial revolucionario y transformador (Herrera Gómez, 2011). Estoy convencida de que si logramos querernos en igualdad y en libertad, desde los principios de la ética del amor y los cuidados, podremos cambiar también nuestras formas de organizarnos social, económica y políticamente hablando.

En este libro no solo te voy a contar lo que he aprendido leyendo libros e investigando, y todo el saber que he acumulado impartiendo talleres y formaciones a mujeres, a hombres, a niños y niñas, a adolescentes, sino también lo que he aprendido a partir de mi experiencia vital.

Mi mayor reto cuando empecé no era únicamente hacer divulgación de las ciencias sociales y recopilar lo que otras autoras y autores han dicho sobre el amor, sino sobre todo fabricar herramientas para que todas y todos podamos llevar la teoría a la práctica y convertir la utopía en realidad.

Llevo más de treinta años escribiendo y trabajando en el tema del amor desde una perspectiva feminista, y para mí lo más importante de mi obra es la coherencia entre lo que siento, lo que pienso, lo que digo y lo que hago. Lo aprendí aquel día que no quería limpiar el cuarto de baño: no puedo estar dando sermones si no doy ejemplo con mi forma de actuar y de relacionarme. A las palabras se las lleva el viento: es muy fácil elaborar discursos bonitos sobre el amor, la bondad, la igualdad y la libertad. Lo difícil es que esos discursos se conviertan en acción. 

El discurso del feminismo sobre un mundo libre de explotación y violencia es realmente hermoso, pero mi pregunta siempre fue: ¿cómo hacer para que el feminismo me sirva y me sea útil, me ayude a mí y nos ayude a todas?, ¿cómo fabricar las herramientas que necesitamos para transformar el amor y aprovechar su fuerza revolucionaria?, ¿cómo escribir sobre ética y revoluciones desde mí misma?

Porque yo no quería dedicarme a impartir discursos preciosos ni dar sermones sobre lo que debemos hacer ni tampoco ofrecer soluciones mágicas ni contenidos de autoayuda despolitizados. Lo que yo he querido siempre es trabajar en mí para demostrar que sí se puede. Me inspiro siempre en la gente que no se limita a decir cosas, sino a hacerlas.

Los cambios no son mágicos, no vienen de fuera: requieren trabajo y esfuerzo. Requieren de honestidad y responsabilidad, por eso en este libro no solo te hablo de la autocrítica amorosa; te cuento los errores que he cometido, el daño que he hecho a otras personas y cómo esos aprendizajes me están ayudando a ser mejor persona. No hablo desde la abstracción, sino desde lo que he experimentado en mis carnes y lo que he aprendido en el camino.

Este libro hace una sola pregunta tres veces y cada vez cambia de tamaño: 


¿Cómo puedo ser mejor persona?

¿Cómo podemos mejorar nuestras relaciones?

¿Cómo construimos un mundo mejor?


La revolución amorosa no es un modelo ideal ni un producto acabado ni un libro sagrado. Es una propuesta pedagógica basada en la ética del amor y los cuidados que va de lo personal a lo político, que se alimenta de preguntas y evoluciona todo el tiempo.

El tiempo de la revolución amorosa es el gerundio: estamos caminando, estamos pensando y debatiendo, estamos probando, estamos ensayando, estamos fabricando herramientas, estamos poniendo en práctica lo que estamos aprendiendo. 

Esto es un trabajo para toda la vida, porque somos seres en permanente construcción. Desde la cuna a la tumba aprendemos nuevas cosas y trabajamos para mejorar; es un proceso continuo: los seres humanos estamos en constante crecimiento. Al final todo consiste en entrenar día a día para poner en práctica todo lo que vamos aprendiendo en la vida. 

Porque la revolución amorosa no necesita personas perfectas, necesita personas dispuestas a aprender, a hacer autocrítica amorosa, a cuestionarse a sí mismas, a ser valientes para hacer cambios. Necesita personas que no se resignen y que se atrevan a soñar con una vida mejor, personas honestas y comprometidas que hagan la revolución todos los días en todos los ámbitos de sus vidas: laboral, familiar, social, pareja. Necesita personas valientes que quieran poner los cuidados en el centro y que quieran aportar su granito de arena a la construcción de un mundo mejor para todas y todos. 

Si tú también quieres ser buena persona y llevar la utopía a la realidad, seguro que disfrutas mucho con este libro. Mi deseo es que te ayude y te sirva para aprender a cuidarte a ti misma, cuidar tus relaciones y cuidar el mundo en el que vivimos.

Coral Herrera Gómez


INDICE 


Bienvenida a la Revolución Amorosa  


CÓMO SER UNA BUENA PERSONA


Capítulo 1. ¿Qué necesito para ser una buena persona? 

• ¿Qué significa ser una buena persona?

• ¿Somos buenos por naturaleza? 

• La bondad, la libertad y la responsabilidad 

• La bondad, la igualdad y la justicia

• La bondad y la dignidad


Capítulo 2. Autocrítica amorosa para ser una buena persona 

• El método de la Autocrítica Amorosa

• Todo en esta vida se puede trabajar 

• El ego y la humildad 

• El autoengaño y la honestidad


Capítulo 3. ¿Cómo uso mi poder, y cómo me lo puedo trabajar? 

• ¿Qué es el poder?

• El placer del poder

• ¿Cómo usas tu poder? 

• ¿Cómo usan los hombres su poder? 

• ¿Cómo usan las mujeres su poder?

• Cómo aprender a usar el poder

• Otras formas de ejercer el poder son posibles.


CÓMO VIVIR UNA BUENA VIDA


Capítulo 4. ¿Cómo mejorar mis relaciones? 

• Conflictos y problemas en las relaciones

• El Amor no es suficiente

• ¿Cómo consigues lo que quieres?

• Autoconocimiento, autocuidado y autocrítica amorosa

• Desaprender la crueldad

• Ética del Amor y los Cuidados

• Herramientas para la transformación y mejora de las relaciones

• El cambio empieza en ti


Capítulo 5. ¿Qué necesitamos para disfrutar de una Buena Vida? 

• La Buena Vida

• El sufrimiento es un asunto político

• Tus problemas personales son colectivos

• Los malestares del siglo XXI

• Cambia tu mundo, y cambias el mundo

• La alegría es política


CÓMO CONSTRUIR UN MUNDO MEJOR 


Capítulo 6. La revolución Amorosa 

• La fuerza del Amor 

• ¿Es el amor nuestra salvación?

• Pedagogía de la Revolución Amorosa

• Aprender a tomar conciencia

• Aprender a pensar en el Bien común

• Aprender de las experiencias que ya están funcionando

• Aprender a limpiar el váter

• Utopías para todas y todos 


Epílogo: El Pacto Amoroso


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Coral Herrera Gómez Blog

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