QUÉ BONITO ES EL AMOR
Las bodas reales hoy en día cumplen dos funciones: una de tipo político, y otra de carácter mitológico. Sirven para demostrar que “los ricos también lloran”, que sienten, aman y sufren como el resto de los mortales; es un modo de acercarse al pueblo, y a la vez de seducirlo mediante el mito del “matrimonio por amor”, ya que antiguamente los príncipes y princesas se unían para perpetuar dinastías, unir territorios, formar imperios. Y el amor se daba siempre al margen del matrimonio; nadie pedía que los reyes y las reinas se amasen locamente y para siempre.
Hoy las monarquías europeas tratan de demostrar a la población que son “modernas” porque se unen por amor, como la gran mayoría de la población occidental (al menos, es el principal motivo que se refleja en las encuestas sociológicas). Estas uniones románticas reales, en realidad, sirven para legitimar la perpetuación de las instituciones monárquicas, estructuras que quedaron obsoletas con la imposición de las democracias en casi toda la sociedad occidental.
Ya que la necesidad de la existencia de los reinados actuales es puesta en entredicho por amplios sectores de la sociedad, que protesta porque las familias reales consumen una cantidad de presupuesto público que podría emplearse en sanidad, educación o cultura, las casas reales necesitan seducir a las masas, y una de las mejores formas es a través de las bodas entre hombres y mujeres “modernos” y enamorados.
Esta imagen de “modernidad” comenzó con la boda de Diana de Gales y Carlos de Inglaterra, porque abrió la puerta a otras plebeyas europeas para ocupar tronos reales, y porque fue la primera que se mostró accesible a la prensa, a la que permitió penetrar en la intimidad de las alcobas palaciegas británicas.
Con la boda de Kate Middleton y el Príncipe Guillermo, se ha desatado, de nuevo, un circo mediático que comenzó con la boda de la actriz hollywoodiense Grace Kelly con el Príncipe Rainiero de Mónaco.
El 19 de Abril de 1956 cerró su carrera cinematográfica con una de las bodas más espectaculares de la época, según Mariángel Alcázar (2002). La organización contó con la ayuda profesional y técnica de Hollywood. La novia fue maquillada y peinada por el equipo de caracterización de la Metro Goldwin Meyer, y su directora de moda fue la diseñadora del vestido. En la pareja confluían dos mundos distintos pero llenos de glamour y prestigio social: Hollywood y la realeza europea. Grace tuvo que renunciar a seguir trabajando, pero a cambio subió al olimpo de las princesas más populares y admiradas del mundo. Había sido educada para ser una princesa y casarse, y además era una mujer joven, sana y extremadamente atractiva: lo tenía todo para ser una verdadera princesa. La práctica totalidad de las casas reales europeas, según Alcázar (2002), rechazaron la invitación de Rainiero para mostrar su desacuerdo con que una mujer norteamericana y además, actriz, subiera al trono de Mónaco. Pero a cambio, la boda fue espectacular y los medios contribuyeron mucho a su lucimiento.
Desde entonces, las aventuras y desventuras de esa familia real se han convertido en una constante en la prensa rosa internacional. La muerte de Grace Kelly en un accidente de coche intensificó y potenció ese mito, pues Carolina, Estefanía y Alberto quedaron huérfanos, y el Príncipe Rainiero triste y solo para siempre, pues no volvió a casarse.
La boda del Príncipe Carlos de Inglaterra con Lady Di fue todavía más impactante para la población mundial que la de Grace. El relato de esta historia no podría haberlo ideado ni el mejor guionista de telenovelas, porque contiene todos los elementos narrativos para ser una historia apasionante. Para mí, la historia de amor empieza y acaba en Camilla Parker-Bowles, una mujer perteneciente a la aristocracia inglesa pero sin títulos nobiliarios con la que Carlos ha vivido un intenso y prolongado romance desde su juventud hasta la actualidad.
Conoció al Príncipe Carlos con 23 años y, según cuenta la prensa rosa, ella le comentó al príncipe que el tatarabuelo de Carlos fue amante de su bisabuela. A partir de ahí siguieron un romance que no interrumpieron pese a la boda de ella con Andrew Parker-Bowles, con el cual tuvo dos hijos.
Para casar al Príncipe Carlos, la Corona optó por una chica dulce, joven e ingenua llamada Diana. Anteriormente se había elegido a su hermana, pero Diana logró “arrebatarle” a su hermana el pretendiente y logró ser ella la que alcanzase el mayor sueño de una mujer bien educada. Carlos se casó con una chica con aspecto de virgen; una muchacha sumisa y entregada que no chocaría con los intereses de la monarquía real británica. La boda, celebrada en 1981, fue un acontecimiento mediático de gran envergadura (al que acudió Camilla en calidad de invitada de honor) que logró consolidar la monarquía inglesa y sumir a la población en un encantamiento de carácter romántico que despertó grandes pasiones a lo largo de los años.
Carlos nunca dejó de amar y de ver a Camilla, y Diana vio como su feliz cuento de princesa rosa se desmoronaba. En lugar de asumir su función como esposa real y hacer su vida por su lado, Diana se rebeló, protestó ante las cámaras, se confesó ante la opinión pública, lloró a mares y se convirtió en la víctima de la malvada Reina Isabel II y su hijo Carlos, hombre calculador y frío que no supo amar las virtudes de su princesa y tampoco supo hacerla feliz.
Y VIVIERON FELICES, Y COMIERON PERDICES... Y AL PUEBLO, AJO Y AGUA
La alianza del poder mediático con el poder monárquico ha generado multitud de bodas de ensueño que han sido seguidas a través de televisión por millones de personas en el mundo. La boda de Kate y Guillermo deja en un segundo plano la crisis nuclear de Fukuyima, la represión de las masas que luchan por sus derechos en los países árabes, o la terrible crisis económica que azota Europa. En esta semana apenas se habla de los recortes sociales que está sufriendo la población, de los dividendos millonarios que se están repartiendo los accionistas de las principales empresas multinacionales, de las rebeliones que están teniendo lugar al Sur de Europa y que están dejando miles de muertos .
Esta boda es como un cuento que actúa de calmante frente al miedo y la preocupación por el desempleo que están sufriendo millones de familias en España, Grecia, Portugal e Italia, y el fenómeno social de la generación perdida de gente muy formada sin posibilidades de trabajar.
Durante una semana nos olvidaremos de como avanza el neoliberalismo y desaparecen nuestros derechos porque hay una pareja feliz que va a casarse con todo el lujo; ellos representan lo que todos querríamos: vivir sin trabajar, y no tener que preocuparnos por nuestro futuro ni el de nuestros hijos e hijas. Kate es plebeya, hermosa, joven, sana y aunque no tiene sangre azul en sus venas, es la elegida por el hijo del heredero de Inglaterra para ser, en el futuro, la Reina del imperio británico. Él es el Príncipe Azul que la eligió para ser su esposa.
Los medios están repitiendo una y otra vez que ella es una chica “normal” (sus padres antes trabajaban, hoy regentan un negocio familiar que les convirtió en millonarios) y que él estudió como un chico “cualquiera” que compartía piso con sus amigos y amigas. Pese a que se separaron temporalmente, hoy nos cuentan que “el amor lo puede todo” y que cuando es amor verdadero, la historia acaba en boda, es decir, con final feliz. Después de que todos los hijos de la Reina Isabel se hayan divorciado (Andrés, Ana, Carlos), la población mundial puede volver a tener fe en que, esta vez sí, Kate y William van a a ser felices, no van a dar motivos de escándalo, van a tener bebés que perpetúen la dinastía Windsor.
Su historia de amor demuestra que la Monarquía no es una institución desfasada o arraigada en la tradición más rígida; porque se les ha permitido casarse, porque se les fotografía yendo de compras, esquiando, saliendo de copas con sus amigos y amigas, navegando por el mar, graduandose en la Universidad, “como cualquier pareja joven”. Además, como son muy “normales”, ambos se implican en dar publicidad y fondo a las organizaciones de caridad que ponen parches a las desigualdades sociales y económicas, pero que no sirven para acabar con ellas.
Lo que no dicen los medios es que ellos tienen privilegios que los elevan por encima de la masa, que ha de conformarse con soñar, a través de ellos, vidas felices sin necesidades ni precariedad. Y es que si la existencia de las Monarquías actuales tiene sentido, es precisamente porque ofrecen espectáculo y estrellas mediáticas con las que el vulgo se entretiene al final de su jornada laboral. La audiencia se identifica con princesas y príncipes, proyecta sus sueños sobre ellos, y también disfruta con sus desgracias, porque así sienten, de algún modo, que además de ser ricos, famosos y envidiables, son personas que, como Lady Di, tienen la regla, cometen adulterios, sufren, se automutilan, lloran, engordan y adelgazan, enferman y mueren. La principal función de las monarquías a nivel simbólico sería, pues, ofrecer relatos de vida que permitan a sus súbditos soñar y entretenerse.
LOS MITOS ROMÁNTICOS EN LAS BODAS REALES
Además de ser un rito social, las bodas reales poseen una dimensión mítica. Como todos los mitos, se ha reflejado en la literatura como un elemento que marca el final de las narraciones de un modo tan apoteósico como un espectáculo de fuegos artificiales, que acaba siempre en lo más alto. Las bodas son el símbolo del triunfo del amor, y además cumplen una función de mito colectivo y de meta socia individual. Este tipo de ceremonias no solo permiten otorgar un final feliz a los relatos, sino que también poseen una función moralizante que actúa como modelo a seguir por la gente corriente.
Otros mitos que se cumplen en la representación simbólica de la boda real son el mito del emparejamiento, el mito de la media naranja, el mito de la exclusividad la fidelidad, la perdurabilidad, y sobre todo, el, mito del matrimonio por amor.
El famoso y repetido final: “Y fueron felices, y comieron perdices”, presenta la boda como el fin de una historia de obstáculos, y el inicio de otro relato que no nos van a contar, pero que nos muestra un futuro feliz y luminoso. Es el caso de los cuentos populares como La Bella Durmiente , La Cenicienta , o Blancanieves, la boda marca el acto de salvación de la princesa por parte de su amado, que la posee simbólicamente para protegerla de todos los males. El Príncipe azul le ofrece cambiar de la autoridad del padre a la autoridad del marido, le ofrece un castillo, un título y una vida de lujo al que muchas mujeres aspiran desde niñas.
Y por eso se las educa para que sean dulces, sonrientes, para que caminen unos pasos detrás del Rey, para que no protesten y cumplan con sus obligaciones como consorte y como madres de futuros reyes o reinas. Muchos de los ritos nupciales demuestran que las bodas patriarcales siempre han constituido una entrega de la mujer al hombre; de ahí que el padre la acompañe hacia el altar. A su llegada, el padre cede simbólicamente su hija al novio, como hizo Juan Carlos I con Elena, primero, y Cristina, después; ambas tuvieron que pedir la venia al Rey, sin cuyo consentimiento no se podría celebrar el enlace. Sencillamente por que el Rey representa la ley del padre, los derechos del padre sobre la hija, del monarca sobre el súbdito, y del hombre sobre la mujer.
En el caso de la boda real española de los Príncipes de Asturias, este autoritarismo patriarcal quedó invisibilizado por el amor que declaró sentir Felipe hacia su esposa; en la rueda de prensa del palacio de la Zarzuela para anunciar su compromiso, incidieron mucho en su profundo amor y en la libertad de elección de la que ambos han gozado. Su amor es tan fuerte que pasa por encima de las jerarquías: "Me da mucha alegría manifestar lo enamorado que estoy de Letizia, la mujer con la que quiero compartir mi vida, que reúne todos los requisitos para asumir las responsabilidades de Princesa de Asturias y próxima Reina de España".
Sus insistentes declaraciones de amor antes del enlace lograron convencer a todo el mundo de que no se trataba de una estrategia política, sino de un amor real, en su doble acepción del término.
Otro mito romántico que encontramos en la boda real de Felipe y Letizia es el mito del Príncipe Azul: Felipe representa este papel a la perfección, porque es un hombre atractivo, sano, alto, con estudios, con idiomas, bien educado, y heredero de un trono. Más no se puede tener.
Letizia por su parte, representa el mito dela Cenicienta , es decir, la mujer que asciende en los estamentos sociales por amor. Como en el cuento, la Cenicienta es una mujer de origen humilde elegida libremente por su príncipe. De entre las millones de plebeyas que existen, Letizia fue la única, la favorita, la mujer que accede a la nobleza y a la Corte por amor. Por otro lado, Letizia no es víctima de la pobreza y en su historia no hay madrastras; es una trabajadora con éxito y a la vez un producto mediático cercano a la sociedad.
Letizia por su parte, representa el mito de
Hace veinte años, en la época de la Paleotelevisión , la princesa de Asturias hubiese sido una heredera al trono de cualquier monarquía europea, o al menos una mujer emparentada con la aristocracia nobiliaria (es por ello que se prefería a Tatiana de Lichenstein como candidata a esposa del heredero en lugar de Isabel Sartorius). En la Post-televisión, la futura reina de España nace en Rivas Vaciamadrid, es una mujer trabajadora, de padres divorciados, que estudió en la Universidad pública y que estuvo, noche tras noche durante algunos meses, cenando con la mayor parte de los españoles mientras presentaba los informativos de TVE 1, hecho que no es casual. Sirvió para que todos nosotros nos familiarizasemos con la futura reina de España.
Y es que para la audiencia, es más fácil proyectarse en Letizia Ortiz que en una princesa europea de sangre real; ella no sólo viene del pueblo, de un pueblo de la periferia madrileña, sino que además fue y es una estrella televisiva, un fenómeno mediático que ha logrado la aceptación mayoritaria no del pueblo español, sino de la audiencia española. Nuestra Cenicienta, además de llegar a lo más alto, logra sortear el desempleo que sufre la gran mayoría de la población treintañera española, de modo que con su matrimonio ha logrado evitar los ERES y la precariedad del empleo (si no se hubiese casado con Felipe, se hubiera quedado sin trabajo tras el cierre de la CNN en España).
LAS BODAS REALES ESPAÑOLAS
Los príncipes y princesas de hoy, entonces, necesitan el poder de los medios de comunicación para sostener su posición privilegiada, y para perpetuar las dinastías. En España, por ejemplo, fueron los medios los que legitimaron la función de Juan Carlos I, porque le mostraron como un hombre valiente que luchó por la democracia en este país cuando aun estaba débil (recordemos su glorificación tras el 23F). Una vez consolidada su disposición democrática, la monarquía española mostró su voluntad modernizadora a través de los matrimonios de las Infantas.
La de Cristina de Borbón, en cambio, fue una boda más europea, luminosa y moderna. El flamante novio, Iñaki Urdangarín, era un joven deportista y reconocido profesional del balonmano. Fue una boda integradora porque se celebró en Barcelona, lugar de residencia de la Infanta , y porque el cónyuge no pertenece a la nobleza castellana, sino que es vasco y pertenece a una familia de clase medio-alta. La conjunción de símbolos españoles, catalanes y vascos en la boda fue perfecta y representó el ideal de una España unida, pero respetuosa con el folclore, el idioma y las costumbres locales de cada región.
Después de estas bodas, el siguiente paso fue confeccionar un plan para legitimar el futuro reinado del Príncipe de Asturias. Curiosamente, la elegida por Don Felipe iba a ser una mujer de orígenes asturianos (una verdadera princesa de Asturias) y perteneciente a una familia de periodistas. En Letizia confluyen dos fenómenos importantes: es una estrella mediática, y es una mujer posmoderna que lo deja todo por amor. Letizia acerca la Monarquía española al pueblo español porque es una de nosotros; una vez convertida en Princesa de Asturias, Gerona y de Viana, Duquesa de Montblanc, Condesa de Cervera, y señora de Balaguer, se declara dispuesta a trabajar para nosotros, al servicio de la representación diplomática y empresarial española.
Con respecto al Príncipe, la estrategia mediática de la Corona ha sido presentarle como un hombre preparado, con idiomas y una “profunda vocación de servicio a España”. La imagen de Su Alteza Real es la de un hombre trabajador, moderno, “sensible” ante los problemas que azotan al mundo y las desigualdades sociales. Su boda con una mujer periodista es un modo de transmitir o construir la sensación de que Don Felipe es un hombre cercano al pueblo, porque antes de conocerla declaró su decidida pretensión a casarse por amor. Es decir, rompió con las estrictas leyes monárquicas que antes sólo permitían a los herederos casarse con personas de sangre azul, demostrando así su modernidad y su condición de hombre nuevo.
A través de su dimensión emocional, la televisión oculta e invisibiliza la dimensión política y económica de los matrimonios reales. Con la boda de Letizia y Felipe, por ejemplo, se logra legitimar la función del Príncipe heredero, porque a la gente le gusta disfrutar con los finales felices representado en directo por personas de carne y hueso.
"ME CASO POR AMOR"
En la boda de los Príncipes de Asturias, tanto Letizia como Felipe admitieron la dimensión política de su decisión de casarse. Ambos declararon que se casaban para hacer frente a las obligaciones de su condición como heredero al trono, y que eran conscientes de la tremenda responsabilidad que asumían al unirse en santo matrimonio. Admitían haberlo meditado mucho, pero también su decisión estaba basada en el profundo amor que sentía el uno por el otro. En el acto de pedida de mano, Don Felipe afirma que el matrimonio que va a contraer significa, sobre todo, la continuidad de la Monarquía :
“Permite dar la posibilidad de un eslabón más en la cadena de la dinastía que nos engarza con la historia. Aparte, me permite incorporar un valor, un activo, a mi trabajo y a la función representativa y al trabajo por el bien de los intereses generales de los españoles. Y, personalmente, un tremendo apoyo. Sus cualidades y su valía van a ser fundamentales y van a dar grandes frutos».
Los comentaristas y en general los periodistas y expertos en la Casa Real destacaron a lo largo de los días en que se cubrió el evento la importancia política de esta unión para la continuidad dinástica. El mensaje era: “gracias a esta boda habrá descendencia, y por lo tanto continuidad”. La legitimidad de la Corona , por tanto, pasa a depender de la capacidad reproductiva de Letizia, en cuyo seno recae la responsabilidad de la sucesión al trono español. Por supuesto, no se invocan otras razones para la continuidad de la monarquía excepto estas, de modo que el mensaje quedó muy claro para la audiencia: la boda simbolizaba el poder mediático monárquico, y su poder político.
A través de su boda no sólo legitiman su amor, sino que este amor legitima a su vez la Monarquía , la Iglesia que la bendice, el Estado español y el Ejército al que representa. Visto así puede parecer difícil unir ambos aspectos, pero su discurso es, desde un punto de vista técnico, perfecto: sencillo, sincero, romántico y realista, engrandecido y normalizado a la vez. Es una declaración doble: por un lado amorosa y por otro es una declaración institucional a través de la cual Felipe expresa la ilusión por servir a España y por el inicio de una nueva etapa en su vida como “hombre casado”. Concilia vida personal y profesional como nadie; ama a España y a Letizia, y ambos hacen una pareja ideal.
Cuando ella está nerviosa, él la protege con la mirada, como un padre omnipotente y como un compañero cariñoso a la vez. Los Príncipes se muestran tiernos como amantes y como compañeros; y los medios han contribuido a la entronización de esta pareja como arquetipo ideal de relación amorosa. Desde que nacieron Leonor y Sofía, los cuatro posan como una familia feliz: las dos niñas, rubias, guapas, sonrientes, llenas de vida, y con el futuro resuelto representan el estereotipo de princesitas felices que viven en un palacio con sus abuelitos los Reyes.
LO DIVINO Y LO HUMANO: LO SUYO ES PURO TEATRO
La monarquía se fundamenta esencialmente en la idea de la existencia de un centro con alguna conexión especial con lo divino, con alguna instancia que transciende el ámbito de lo mundano. Para Shils y Young, 1956, pero lo peculiar de la institución monárquica en los regímenes parlamentarios es su constante equilibrio entre lo divino-tradicional y lo legal-democrático. Por esto, para Martínez et al (2008), las ceremonias retransmitidas por televisión a públicos masivos (las ceremonias electrónicas) son una forma simbólica esencial para la perpetuación de la monarquía, pues permiten a la Realeza aparecer divina y mundana, distante y cercana a un tiempo.
En su estudio sobre la investidura del Príncipe de Gales, Blumler et al. (1971) analizaron las diferentes percepciones públicas del rol de la Reina Isabel y pusieron de manifiesto cómo la gente desearía que la monarca fuese “al mismo tiempo sublime y común, extraordinaria y normal, solemne e informal, misteriosa y accesible, regia y democrática” (Blumler et al., 1971).
Las bodas monárquicas son rituales con un fuerte componente teatral; es una performance cuidadosamente preparada por las casas reales. En el caso de los Príncipes de Asturias, el escenario fue la Catedral de la Almudena de Madrid , lujosamente decorada; la coreografía fue perfecta y estuvo marcada por el protocolo. Los actores y actrices cumplieron cada uno su papel a la perfección y recitaron su texto (el príncipe, la princesa, los reyes, las familias monárquicas, los invitados, el arzobispo, los monaguillos, los pajes reales, las damas de honor, los soldados amigos del Príncipe, el público congregado en las inmediaciones, cuya función principal fue agitar banderitas y vivas a España). Por supuesto, pudimos difrutar de los narradores principales cuya voz en off coloreaba e ilustraba lo que estábamos viendo. Hubo no sólo un trabajo de iluminación, ambientación, atrezzo y vestuario prolífico en marcas y detalles, sino también música en directo (el coro y la orquesta), que fue un elemento muy importante en esta representación dramática porque engrandeció la arquitectura del templo y la ceremonia religiosa.
Una vez fuera de la Catedral , la obra de teatro se convirtió en road movie, ya que las cámaras siguieron a los recién casados en su recorrido en coche por las calles de Madrid, y, paralelamente, siguieron el desplazamiento de los invitados de lujo hacia el lugar del banquete. La película acaba en el almuerzo; pese a que los espectadores de este espectáculo hubieran dado cualquier cosa por poder penetrar en ese espacio prohibido a las cámaras, y poder ver a la gente guapa comiendo y relacionandose entre ellos.
En la boda hubo, por supuesto, repetición de las mejores jugadas a cámara lenta (la llegada del novio, la de la novia, el intercambio de alianzas, la venia otorgada por el Rey, la colosal patada de Froilán de Todos los Santos a su primo, etc.), como en un partido de fútbol, y posterior charla-debate o puesta en común de idea por parte de expertos en la materia, alcanzando entonces la post-boda la dimensión de los programas de cotilleo habituales, pero con mayor contención por tratarse de un tema serio. Se hicieron pocas críticas, pero se trató de crear un mínimo ambiente de polémica, para seguir atrayendo el interés de la audiencia, que pudo, igual que en una obra de teatro pero a distancia, opinar mandando SMS al programa.
Asimismo, podemos ver, en términos narrativos, la boda real como el final de una telenovela, pero rodada con la emoción del directo. La luna de miel fue una especie de continuación de esa telenovela. Desde entonces, hemos asistido a los viajes, los entierros, los partos, las ceremonias… de la pareja real: todo forma parte de una historia narrada en todos los soportes (audiovisuales, escritos, etc.) que se inició con el anuncio del compromiso y que aún no ha terminado, porque seguimos sus veraneos, la escolarización de la futura heredera, las operaciones de nariz de Letizia, etc. en tiempo real, casi a diario.
LA DIMENSIÓN MEDIÁTICA DEL ENLACE REAL
S egún el estudio de Martínez y otros (2008), los telespectadores ponen en práctica estrategias de recepción encaminadas a participar activamente del acontecimiento. La televisión nos hace sentir la ilusión de que “uno puede asistir a la totalidad de un acontecimiento” (Dayan y Katz, 1985: 25). Constituirse en audiencia de un acontecimiento mediático supone, de entrada, reclamar una posición privilegiada: aquélla que debe permitir “no perderse detalle” del acontecimiento. Consciente de esa promesa de totalidad creada por la televisión, la audiencia televisiva es un público que no está dispuesto a asumir limitación alguna a su deseo de mirar: quiere estar “aquí y allí”, “ahora y después”.
En las ceremonias de Estado esta ilusión creada por el medio televisivo de que “uno puede asistir a la totalidad de un acontecimiento” (Dayan y Katz, 1985) se multiplica. El espectador/a lo sabe, y busca burlar las limitaciones que cada canal impone rastreando entre todos los disponibles. En todos los hogares observados en la investigación, los miembros de la audiencia siguieron simultáneamente la retransmisión de la Boda Real española por más de un canal, estableciendo en su mayoría TVE1 como “campamento base” y curioseando por el resto de las cadenas.
El visionado en los hogares se convierte en un momento festivo que modifica las tareas cotidianas y congrega a la familia y a invitados para celebrar el evento juntos. En el caso específico de las Bodas Reales, el rol de gestor principal del espacio de la celebración parece recaer en las mujeres (madres, hijas o amigas de la familia), del mismo modo que en las retransmisiones deportivas es ejercido por los hombres (Rothenbuhler, 1988). Esta tarea de gestión o regulación se orienta, en primer lugar, hacia la elección del lugar físico de la celebración dentro del hogar: el salón.
El día de la retransmisión de la boda, no hay otra propuesta familiar que la de ver la televisión, por lo que quien no quiere ver la ceremonia electrónica es apartado. Para Martínez y otros, lo característico de este “apartamiento simbólico/físico es que acontece sin conflicto, ya que incluso quienes no quieren ver la ceremonia electrónica reconocen la legitimidad indiscutible de la decisión de quienes tácitamente les apartan. A eso ayuda, obviamente, el hecho de que la retransmisión de la Boda del Príncipe de Asturias tuviese lugar un sábado por la mañana, una franja dedicada habitualmente a la programación infantil y en la que los adultos no suelen ver televisión”.
EL PODER CONCENTRADO
Lo más curioso de las bodas es, aparte del vestido de la novia y la pompa teatral desplegada a su alrededor, la lista de invitados e invitadas a la ceremonia y posterior banquete. A las bodas reales acuden los miembros de las casas reales del planeta, y el estamento nobiliario: condes y condesas, marquesas, vizcondes, y demás; los empresarios con más poder del país, los deportistas más famosos, representantes del mundo de la cultura, del gobierno y la oposición, representantes de las Iglesia y del Ejército, ministros y ministras, presidentes/as de Estado.
Estos ilustres invitados e invitadas serán analizados y criticados por su vestimenta y elegancia o falta de ella; pero ningún comentarista televisivo hablará de como el poder económico legitima a la monarquía y viceversa; ni de como Iglesia, Ejército, empresas e ídolos famosos multimillonarios se unen para celebrar una unión en la que se cerrarán negocios, se estrecharán alianzas, se llegará a acuerdos políticos y económicos de gran envergadura, como sucedió en la boda de la hija de Aznar con Berlusconi y sus amigos.
Esa concentración de hombres y mujeres poderosas marca una distancia con el vulgo, que solo puede asistir como espectador, detrás de la barrera de seguridad. Además, la masa no solo dará colorido y legitimidad al enlace nupcial, sino que también aumentará los beneficios de las empresas, dada la cantidad de hoteles, restaurantes, bares y tiendas de souvenirs que van a lucrarse con este enlace real. La dimensión económica del evento queda invisibilizada por el amor que sienten Kate y el Príncipe Guillermo, que se han convertido en ídolos de masas y que son objeto de admiración e imitación por parte de una población que se entretiene y se evade de sus miserias a través del cuento de hadas.
bolsitas para vomitar con la imagen de los novios
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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2 comentarios:
La verdad es que con lo último que has dicho la has bordado. Esto es lo que hay y en realidad no da para más.
oye que bonitas fotos y el vestidos de novia muy hermoso saludos
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