12 de julio de 2020

Los cuernos de las reinas son nuestros cuernos



A Sofía y a Diana las engañaron, pero nos engañaron a todas las demás también. Nos engañan todo el tiempo. El matrimonio por amor es una estafa. 

No son las únicas: a María Victoria de España, a Paola de Bélgica, a Silvia de Suecia, a Noor de Jordania, a María Isabel de Dinamarca, e incluso a la Reina Isabel II de Inglaterra, también las han engañado. 

Casi todas las princesas y reinas de las casas reales han sufrido infidelidades durante siglos. 

Y nosotras, las plebeyas, también. 

Nos casamos pensando que vamos a ser felices y que el amor verdadero es exclusivo y monógamo. Cuando descubrimos la trampa, a menudo es demasiado tarde, porque ya estamos atrapadas en una estructura de dependencia que no nos permite echar a volar. 

Las princesas que sufren por amor tienen dos opciones cuando descubren las infidelidades de sus príncipes: o renunciar al amor y al sexo, quedarse calladas y resignarse como Sofía, o protestar y divorciarse como Diana, que prefirió renunciar a los títulos de la realeza para poder vivir su vida como quería. 

Nosotras tenemos menos opciones aún: ni tenemos títulos, ni tenemos acceso al divorcio porque vamos directas a la precariedad y a la pobreza. 

¿Para qué nos engañan? Para que nos atemos a un hombre, para darle hijos, para que nos quedemos en casa, para que participemos en la estafa colectiva de la familia feliz, y para que aguantemos cuando la descubramos. 

¿Cómo nos engañan? En la infancia nos ofrecen historias de amor con final feliz y nos seducen con las imágenes de bellas plebeyas que salen de la pobreza a través del amor y se convierten en princesas. Para hacer más real el asunto, nos ofrecen bodas reales de mujeres de carne y hueso que salen del mundo laboral, se van a vivir a un palacio, comen perdices y son felices. 

La Monarquía es una institución que sirve para dar ejemplo, para ofrecer modelos de masculinidad y feminidad a los que imitar, para que multipliquemos las familias felices, para que todo siga en orden. Nos retransmiten las bodas reales para hacernos creer que la felicidad está en encontrar a tu media naranja y dedicarte a cuidarle a él y a sus hijos durante el resto de tu vida. Se gastan millonadas en sus bodas, y asistimos a ellas masivamente, encandiladas con el lujo y el derroche de flores, vestidos de alta costura, joyas, coches carísimos, sonrisas perfectas. 




El planeta entero vibra con las miradas de amor que cruzan los novios en el altar, redoblan las campanas de alegría, estallan los aplausos en la calle cuando pasa la comitiva nupcial, las multitudes piden que la pareja recién casada se bese, y nos pasamos semanas consumiendo noticias sobre el fastuoso banquete de bodas y la dulcísima luna de miel, esperando que dentro de nueve meses anuncien la llegada del primer bebé que garantizará la perpetuidad de la Corona. 

Millones de mujeres ven cumplido el sueño de los cuentos de princesas cada vez que se celebra una boda real y ven entrar a la novia por la puerta de la Catedral al son del Aleluya. Son mujeres de carne y hueso elegidas por los herederos de los tronos reales para ser las futuras reinas: unas son nobles o de familias emparentadas con la familia real, y otras son plebeyas, como Kate Middleton, Leticia Ortiz o Megan Markhle. Todas ellas ayudan a soñar a millones de mujeres adictas al amor romántico.  

Después de la luna de miel, vienen los bebés reales, y con ellos, la cascada de infidelidades. La lista de príncipes y reyes infieles de nuestra época es enorme: Alfonso XIII de España, Alberto II de Bélgica, Carlos Gustavo de Suecia, Hussein de Jordania, Federico de Dinamarca, Carlos de Inglaterra, y por supuesto, no podía faltar en esta lista, Juan Carlos I de España. 




A Sofía de Grecia la casaron muy jovencita, y en las fotos se la ve muy ilusionada. En pocos años su matrimonio estaba roto por las infidelidades de Juan Carlos I, que pagaba a sus amantes a cambio de silencio, y acumuló una enorme fortuna aprovechándose de su condición de rey inviolable. Podría haber vivido muy bien con el dinero que los españoles ponen todos los años para mantenerle, a él y su prole, pero era muy generoso con sus amantes, y quería vivir a todo trapo. Mientras se daba la gran vida, condenaba la corrupción en sus charla de Nochebuena de cada año, y advertía que el peso de la justicia debe recaer sobre todos los ciudadanos que no cumplen con la ley. 

La Reina Sofía fue educada para aguantar y para sufrir, para disimular su tristeza o su rabia, para mantener la sonrisa antes las cámaras, para seguir con su papel de esposa fiel y madre entregada, incluso cuando se empezaron a destapar todas las infidelidades de su marido. Eligió ser la mujer patriarcal, sumisa y obediente que sufre en silencio en una época en la que el divorcio estaba prohibido y el matrimonio era un sacramento eterno, ¿tenía otra opción en aquel entonces?. 

Sofía tenía que dar ejemplo a las demás mujeres de España: una mujer de verdad lleva sus cuernos con resignación y con toda la dignidad posible, y no abandona nunca su puesto como esposa oficial. 

Lady Di rompió con ese papel de mujer sufrida: es cierto que al principio se presentó ante los medios como una víctima de la infidelidad de Carlos, pero más tarde confesó que ella no renunció al sexo y al amor, y que tuvo varios amantes: un cantante, un chófer. un profesor de equitación, un guardaespaldas... no tuvo mucha suerte en el amor hasta que llegó Dodi Al Fayed, que podría haberle dado hermanos árabes a los herederos del glorioso imperio británico. 
 
El público siempre estuvo de su parte porque ella fue engañada y utilizada para estafar al pueblo británico, y la coronó como la reina del pueblo. Carlos siempre estuvo enamorado de Camila, que estaba casada. Y hoy por fin, ambos han cumplido su sueño y viven juntos y felices, con la bendición de la Reina Isabel II. 

En su momento había que buscarle a Charles una princesa de verdad. Eligieron a Diana porque era una muchacha dulce, educada, tímida, que creía en los cuentos de hadas, pero podrían haberle destrozado la vida a cualquier otra jovencita que cumpliese condiciones similares. 

No sabemos si Carlos se paró a pensar en algún momento si era justo utilizar a Diana, que tenía doce años menos que él, para poder seguir su relación con Camila. Con o sin remordimientos, él y su familia se aprovecharon de su inocencia: mientras Diana creía en el mito del matrimonio por amor, en las casas reales siempre han sabido diferenciar muy bien entre el amor y el matrimonio, el placer y las obligaciones. 




La monarquía es una institución que sostiene a las principales instituciones de los Estados posmodernos de hoy en día, que son las mismas que en la Edad Media: Ejército, Iglesia, la Banca y la Familia Tradicional. En las bodas reales están todos: el novio viste traje militar de gala, los recién casados pasan por el puente de sables que bendicen su unión, los empresarios y los banqueros lucen sus mejores galas, acuden herederos de todas las casas reales, y las bodas se celebran bajo el rito católico en catedrales imponentes con música sacra, custodiados por el ejército nacional y la cúpula de la jerarquía eclesiástica, todo adornado con flores y trajes de ensueño. 

Estas bodas, y sus consiguientes infidelidades, las pagamos nosotras de nuestro bolsillo, a través de los impuestos. 

La función de las mujeres en la monarquía es, básicamente, ser madres y esposas, mantenerse guapas, sonreír, servir al marido y a la nación, y darle herederos a la corona. Es también la función que tenemos las demás mujeres, según los postulados de la derecha más extrema de la Iglesia Católica. Los hombres son educados para vivir como reyes, mientras las mujeres somos educadas para que nos creamos que algún día seremos la princesa de alguno de esos reyes. 

A ninguna mujer le gusta vivir con cuernos, porque las que perdemos nuestro prestigio con las infidelidades de ellos somos nosotras. Ellos quedan siempre como machos con una gran potencia sexual. Las cornudas en cambio han sido siempre objeto de burla de los demás: en el imaginario colectivo, se cree que una mujer que no es capaz de vigilar, controlar y castigar a su marido, es una fracasada. 

El patriarcado nos hace creer que las culpables de las infidelidades masculinas somos las mujeres, bien porque nos dedicamos a calentar a los maridos de otras, bien porque no cuidamos a nuestros maridos, no les damos lo que desean y por eso se ven "obligados" a irse con otras. La única posibilidad de conservar algo de dignidad para una mujer cornuda es hacer como que no tiene cuernos, y sufrirlos en silencio, igual que se sufren las almorranas. 

Si te rebelas ante las infidelidades de tu marido, tienes que enfrentarte a una sociedad machista que disculpa a los hombres y se burla de las mujeres que quieren ser felices en su matrimonio, y de las mujeres que son engañadas por sus esposos. Una sociedad machista que castiga de manera diferente la infidelidad femenina y la masculina: a ellos les dejan tres días durmiendo en el sofá cuando echan canitas al aire, mientras que a ellas las asesinan cuando son infieles, o cuando quieren separarse. Según la ONU, 87 mil hombres asesinan a sus esposas o ex esposas cada año. 




Volvamos al cuento de hadas, a los trajes de novia, a los ramos de flores, al sonido de los violines. Las princesas tienen que formar familias felices para dar ejemplo a las plebeyas, y para seducirnos a todas con la idea de que la felicidad, el dinero y el poder se pueden conseguir a través del matrimonio. La revista ¡Hola! es un ejemplo del éxito de esta estrategia para que las mujeres crean en el mito del matrimonio por amor: hay millones de adictas a los reportajes de princesas mostrando sus lujosos palacios, sus lindos vestidos, y sus bebés blanquitos y rosados para despertar la admiración y la envidia de las mujeres de carne y hueso, e invitarlas a hacer lo mismo, pero con menos lujos. 

Después de esos reportajes aparecen las mujeres de toreros, futbolistas y grandes empresarios. Son princesas de segunda categoría, pero también se muestran muy felices confinadas en su hogar y dedicadas a su familia. Cuando no están cuidando de la casa, de sus maridos e hijos, ni cuidando su aspecto físico, es decir, en su escaso tiempo libre, se dedican a ejercer la caridad y a hacerse fotos con niños pobres o con enfermos de cáncer, y a acudir a fiestas como jarrón florero al lado de su esposo. Todas tienen criadas y niñeras para poder ir al gimnasio, acudir a desfiles de alta costura,  y tomar el sol en el yate   

Y después estamos nosotras, las de carne y hueso, al final de toda la jerarquía, mujeres que se topan con una realidad muy distinta a la que soñaron viendo las bodas reales por la televisión. 

¿Cómo lleva la Reina Sofía sus cuernos? Nunca ha torcido el gesto en público. A veces tarda un poco en llegar al hospital cuando operan a su marido, pero va. Cuando era joven creyó que no podía liberarse de su papel de esposa abnegada y sufriente, y aceptó su cruz particular. La mujer que sufre ha sido divinizada por la Iglesia, el modelo de la Virgen María nos fue impuesta bajo la dictadura de Franco: las mujeres debían ser monógamas y aguantar, soportar, y vivir con resignación asumiendo la presencia de las amantes de sus esposos. Sofía ha sido el ejemplo a seguir por las demás: una mujer que no protesta, y que tras la amarga decepción, decide disimular y hacer lo que se espera de ella. 

Silencio, aguante, discreción y sacrificio. Por el bien de España.

Juan Carlos quiso divorciarse de Sofía para casarse con Marta, pero le quitaron la idea de la cabeza: España no estaba preparada para los divorcios reales como Inglaterra o Mónaco. Fueron 40 años de dictadura, y la Iglesia nunca le hubiese apoyado. Debía cumplir con sus obligaciones y permanecer casado con Sofia, muy a su pesar. Los reyes tienen muchos privilegios, como tener amantes, pero no pueden enamorarse de ellas, ni casarse con ellas. 




La mayoría de las mujeres van al matrimonio hoy en día como fueron Sofía y Diana, sin saber que el mito de la monogamia es en realidad un mandato que existe sólo para las mujeres: en general, los hombres siempre han podido tener una vida sexual y amorosa diversa, y plena. Y los que más amantes tienen y los que más disfrutan son los hombres que tienen dinero y poder, como es el caso de los reyes. Todos han aparentado ser hombres monógamos y obedientes con el Régimen Heterosexual, ejemplares ciudadanos y excelentes padres de familia que van a misa los domingos, y casi todos han tenido amantes e hijos ilegítimos. En algunos casos la prensa de su país los ha encubierto, como en España, y en otros no.  

Diana también vio muchas películas de princesas, y fue al matrimonio creyendo que el matrimonio era cosa de dos. Después de la boda, Carlos apenas quería tener sexo con ella, pero disfrutaba como un loco con el gran amor de su vida: "Quiero ser un tampón para meterme en tu vagina", le decía a Camila en los tórridos mensajes publicados años después en los principales diarios ingleses. 

La Casa Real Británica utilizó a Diana para construir una familia feliz ficticia, y cuando se destapó toda la estafa romántica, ella logró que la población mundial se pusiese de su parte. 

Al principio aguantó todo tipo de humillaciones: Camila viajó con el matrimonio, sus hijos y su séquito varias veces en vacaciones, y en varios eventos públicos. Camila siempre estuvo ahí, hasta que Lady Di se hartó, decidió romper su imagen angelical y destrozó frente a las cámaras el cuento de hadas que empezó semanas antes de su boda y que duró demasiados años. 

Diana sufrió mucho: tuvo depresión, bulimia y anorexia, crisis nerviosas, e intentos de suicidio, pero Carlos no se compadeció de ella, ni se enamoró de ella. Cuando Diana se rindió, asumió que su matrimonio era de tres, y que la corona británica era una farsa, empezó a vivir mejor y a cuidarse más, y a tener también sus amantes. Se atrevió a romper el silencio, a desvelar el lado oscuro de la monarquía, a denunciar la estafa que había sufrido en las televisiones de todo el mundo. 

Tiempo después, se atrevió a hablar de sus infidelidades, y se justificó dejando claro que rompió la monogamia porque su marido nunca la amó, y nunca estaba en el palacio. Y todas la comprendimos al instante. No era justo que ella quedara condenada a vivir sin sexo, sin amor y sin cariño mientras Carlos El Egoísta vivía como antes de casarse, viendo a su amante y dedicado a sus pasiones. 

Como todos los hombres infieles que lo quieren todo: una esposa fiel y al mismo tiempo un montón de amigas disponibles en su agenda.




Sofía también tuvo a Corinna en palacio y en los viajes oficiales en avión. Era la asesora de su marido, rubia, guapa, joven, y poderosa. Y me imagino la humillación que debió sentir: se tuvo que comer la situación con patatas. 

Hoy Sofía sigue en silencio, viendo desde la distancia cómo su marido se hunde poco a poco. La prensa ya no protege al emérito, el poder judicial le ha retirado la impunidad, y cada día sabemos más detalles del engaño: la imagen de una familia real feliz, tradicional y campechana se ha desmoronado. 

Ni feliz, ni tradicional, ni campechana: hoy la familia real se ha reducido y fragmentado, hoy sabemos que Juan Carlos I utilizó sus privilegios para amasar una ingente fortuna, que nunca quiso tributar en España, que su matrimonio nunca fue feliz, y que todo lo que nos contaron era mentira. No había familia feliz veraneando en el palacio de Marivent, ni yendo a misa, ni besando la mano del Papa. El Rey no respetaba la institución del matrimonio, y tampoco amaba a su país: escondía su dinero en cuentas de Suiza y lo gastaba en mujeres. 

El símbolo de esa gran estafa es la aparición de Corinna luciendo la pulsera que le regaló el Rey de más de tres millones de euros, aunque a quien más nos duele es a todos los españoles que la financiamos pagando nuestros impuestos. Cuando se rompió la cadera matando elefantes en Botsuana, descubrimos la ficción con la que nos engañaron durante años. 

Sólo que Juan Carlos no engañó sólo a Sofía: se rió de toda España.

El Rey nos pidió perdón por la tele y nos dijo que no volvería a ocurrir. 

Como cualquier marido que es descubierto mintiendo y engañando a su compañera: te pido perdón, lo siento mucho, no volverá a ocurrir. 
 
¿Y cómo se ríen los maridos de nosotras? Echad un vistazo a los aparcamientos de los moteles y los burdeles en pueblos y carreteras: están llenos de coches por la mañana, por la tarde, y por la noche. 

¿Por qué aguantamos las mujeres los cuernos al mismo tiempo que obedecemos la ley de la monogamia? Porque no tenemos autonomía económica, ni emocional, ni redes que nos sostengan en un mundo hecho por y para las parejas. 

En las revistas del corazón las princesas que sufren infidelidades, o bien perdonan a sus maridos y les dan una segunda oportunidad, o bien son presentadas como víctimas que están luchando por sanar sus heridas y rehacer sus vidas junto a otro hombre guapo y famoso.

¿En qué se parecen sus cuernos a los nuestros? En que todas hemos sido educadas para creer en el mito de la monogamia y en el mito del matrimonio por amor, no importa a qué clase social pertenezcamos: todas soñamos, en algún momento de nuestras vidas, con el príncipe azul, con el gran amor de nuestras vidas, con el compañero ideal con el que hacer este viaje por el mundo. Y todas tenemos miedo a quedarnos solas y a que nadie nos quiera. 

¿Cuál es la diferencia entre los cuernos de las reinas y los nuestros?  Ellas tienen mucho dinero en su cuenta bancaria, y nosotras no. 

Ahora que sabemos todo lo que hay detrás de las familias unidas y felices que forman las mujeres más envidiadas e imitadas del planeta, me pregunto si volveremos a llorar con la próxima boda real. 

Ahora que sabemos que el matrimonio monógamo de reyes y reinas es una estafa en la que colaboran todas las instituciones, incluidos los medios de comunicación, ¿cuántas seguirán soñando con casarse con un príncipe que las lleve a un palacio?, ¿cuándo nos daremos cuenta de que no es lo mismo estar encerrada en un palacio que en un piso de 60 metros, y que el divorcio es un lujo que no está al alcance de la mayor parte de las mujeres del planeta?, ¿cuántas seguirán sin ver que los enlaces reales son asuntos políticos y estrategias de marketing que nada tienen que ver con el amor? 

¿Cuántas mujeres seguirán copiando los modelos del vestido de novia real para su propia boda?, ¿cuántas seguirán creyendo que sus maridos cumplirán con el pacto de monogamia que han firmado al casarse?, ¿cuantas tendrán que seguir sufriendo los cuernos en silencio, cuántas humillaciones estarán dispuestas a soportar? 

Y, cuando al poco tiempo de casarse descubran la trampa, ¿seguirán el ejemplo de la callada Sofía, o se rebelarán y se atreverán a protestar como Diana?, ¿se atreverán también a romper el pacto de la monogamia, o no lo harán por miedo a ser asesinadas?

¿Tomaremos conciencia algún día de la injusticia de la doble moral que permite a los hombres llevar  dobles vidas y regar el mundo de hijos huérfanos de padre? 

¿Entenderemos en algún momento que el amor de las mujeres es un asunto político, y que la gran estafa del matrimonio por amor está basada en la monogamia femenina y la libertad masculina?, ¿nos rebelaremos ante la injusticia y reclamaremos la libertad sexual y amorosa que nos corresponde?, 

¿Y los hombres, seguirán siendo igual de machistas o egoístas, o tomarán conciencia de sus privilegios, y se trabajarán la honestidad y el compañerismo para poder vivir en pareja?, ¿dejarán de obligar a sus parejas a ser fieles, serán capaces de amar y respetar su libertad?

¿Y nosotras, comprenderemos por fin que los cuernos de las princesas y de las reinas, son también nuestros cuernos, que el adulterio forma parte del régimen monogámico, y que la infidelidad masculina no es un problema personal ni de pareja, sino un problema colectivo? 

Coral Herrera Gómez 



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