Conferencia Coral Herrera Gómez
Noviembre 2014
Gran Canaria, España
El amor romántico es la
herramienta más potente para controlar y someter a las mujeres, especialmente
en los países en donde son ciudadanas de pleno derecho y donde no son,
legalmente, propiedad de nadie. Son muchos los que saben que combinar el cariño
con el maltrato hacia una mujer sirve para destrozar su autoestima y provocar
su dependencia, por lo tanto utilizan el binomio maltrato-buen trato para
enamorarlas perdidamente y así poder domarlas.
Este relato de horror es muy
común en el mundo entero. No solo proxenetas y chulos, sino también numerosos novios
y maridos tratan a las mujeres como yeguas salvajes que hay que domesticar para
que sean fieles, sumisas y obedientes. Muchos siguen creyendo que las mujeres
nacieron para servir o para amar a los hombres. Y muchas mujeres lo seguimos
creyendo también.
“Por amor” las mujeres nos
aferramos a situaciones de maltrato, abuso y explotación. “Por amor” nos
juntamos con tipos horrendos que al principio parecen príncipes azules, pero
que luego nos estafan, se aprovechan de nosotras, o viven a costa nuestra. “Por
amor” aguantamos insultos, violencia, desprecio. Somos capaces de humillarnos “por
amor”, y a la vez de presumir de nuestra intensa capacidad de amar. “Por amor”
nos sacrificamos, nos dejamos anular, perdemos nuestra libertad, perdemos
nuestras redes sociales y afectivas. “Por amor” abandonamos nuestros sueños y
metas, “por amor” competimos con otras mujeres y nos enemistamos para siempre, “por
amor” lo dejamos todo…
Este “amor”, cuando nos llega,
nos hace mujeres de verdad, nos dignifica, nos hace sentir puras, da sentido a
nuestras vidas, nos da un status, nos eleva por encima del resto de los
mortales. Este “amor” no es solo amor: también es la salvación. Las princesas
de los cuentos no trabajan: son mantenidas por el príncipe. En nuestra
sociedad, que te amen es sinónimo de éxito social, que un hombre te elija te da
valor, te hace especial, te hace madre, te hace señora.
Este “amor” nos atrapa en
contradicciones absurdas “debería dejarle, pero no puedo porque le amo/porque
con el tiempo cambiará/porque me quiere/porque es lo que hay”. Es un “amor”
basado en la conquista y la seducción, y en una serie de mitos que nos esclavizan,
como el de “el amor todo lo puede”, o “una vez que encuentras a tu media
naranja, es para siempre”. Este “amor” nos promete mucho pero nos llena de
frustración, nos encadena a seres a los que damos todo el poder sobre nosotras,
nos somete a los roles tradicionales, y nos sanciona cuando no nos ajustamos a
los cánones establecidos para nosotras.
Este “amor” nos convierte también en seres dependientes y egoístas,
porque utilizamos estrategias para conseguir lo que anhelamos, porque nos
enseñan que una da para recibir, y porque esperamos que el otro “abandone el
mundo” del mismo modo que nosotras lo hacemos. Es tanto el “amor” que sentimos
que nos convertimos en seres amargados que vomitan diariamente reproches y reclamos. Si alguien no nos ama como amamos nosotras, este
“amor” nos hace victimistas y chantajistas (“yo que lo doy todo por ti”). Este “amor”
nos lleva a los infiernos cuando no somos correspondidas, o cuando nos son infieles,
o cuando nos abandonan: porque cuando nos hemos dado cuenta, estamos solas en
el mundo, alejadas de amigas y amigos, familiares o vecinos, pendientes de un
tipo que se cree con derecho a decidir por nosotras.
Por eso este “amor” no es amor. Es
dependencia, es necesidad, es miedo a la soledad, es masoquismo, es una utopía colectiva, pero
no es amor.
Amamos patriarcalmente: el romanticismo patriarcal es un mecanismo cultural para perpetuar el patriarcado, mucho más potente que las leyes: la desigualdad anida en nuestros corazones. Amamos
desde el concepto de propiedad privada y desde la base de la desigualdad entre
hombres y mujeres. Nuestra cultura idealiza el amor femenino como un amor
incondicional, abnegado, entregado, sometido y subyugado. A las mujeres se nos enseña
a esperar y a amar a un hombre con la misma devoción que amamos a Dios o esperamos
a Jesucristo.
A las mujeres nos han enseñado
a amar la libertad del hombre, no la nuestra propia. Las grandes figuras de la
política, la economía, la ciencia o el arte han sido siempre hombres. Admiramos
a los hombres y les amamos en la medida en que son poderosos; las mujeres
privadas de recursos económicos y propiedades necesitan hombres para poder
sobrevivir.
La desigualdad económica por
razones de género nos lleva a la dependencia económica y sentimental de las mujeres. Los
hombres ricos nos resultan atractivos porque tienen dinero y oportunidades, y
porque nos han enseñado desde pequeñas que la salvación está en encontrar un
marido. No nos han enseñado a luchar por la igualdad para que tengamos los
mismos derechos, sino a estar guapas y conseguir a alguien que te mantenga, te quiera
y te proteja, aunque para ello tengas que quedarte sin amigas, aunque tengas
que juntarte a un hombre violento, desagradable, egoísta o sanguinario. El
ejemplo más claro lo tenemos en los capos de los narcos: tienen todas las
mujeres que quieren, tienen todos los coches, droga, tecnología que desean, tienen todo el poder
para atraer a muchachas solas y sin recursos ni oportunidades.
Esta desigualdad estructural
que existe entre mujeres y hombres se perpetúa a través de la cultura y la economía. Si gozásemos
de los mismos recursos económicos y pudiésemos criar a nuestros bebés en
comunidad, compartiendo recursos, no tendríamos relaciones basadas en la
necesidad; creo que nos amaríamos con mucha más libertad, sin intereses
económicos de por medio. Y disminuiría drásticamente el número de adolescentes pobres
que creen que embarazándose van a asegurarse el amor del macho, o al menos una
pensión alimenticia durante veinte años de su vida.
A los hombres también los
enseñan a amar desde la desigualdad. Lo primero que aprenden es que cuando una
mujer se casa contigo es “tu mujer”, algo parecido a “mi marido” pero peor. Los
varones tienen dos opciones: o se dejan querer desde arriba (machos alfa), o se
arrodillan ante la amada en señal de rendición (calzonazos). Los hombres
parecen mantenerse tranquilos mientras son amados, ya que la tradición les enseña
que ellos no deben darle demasiada importancia al amor en sus vidas, ni dejar
que las mujeres le invadan todos los espacios, ni expresar en público sus
afectos.
Toda esta contención se rompe
cuando la esposa decide separarse e iniciar sola su propio camino. Como en
nuestra cultura vivimos el divorcio como un trauma total, las herramientas de
las que disponen los varones son pocas: pueden resignarse, deprimirse,
autodestruirse (algunos se suicidan, otros se enzarzan en alguna pelea a muerte,
otros conducen a toda velocidad en sentido contrario), o reaccionar con
violencia contra la mujer que dicen amar. Ahí es cuando entra en juego la maldita
cuestión del “honor”, el máximo exponente de la doble moral: los hombres de
manera natural persiguen hembras, las hembras deben morir asesinadas si acceden
a sus deseos. Para los hombres tradicionales, la virilidad y el orgullo están
por encima de cualquier meta: se puede vivir sin amor, pero no sin honor.
Millones de mujeres mueren a
diario por “crímenes de honor” a manos de sus maridos, padres, hermanos,
amantes, o por suicidio (obligadas por sus propias familias). Los motivos: hablar
con un hombre que no sea tu marido, ser violada, o querer divorciarse. Un solo
rumor puede matar a cualquier mujer. Y estas mujeres no pueden emprender una
vida propia fuera de la comunidad: no tienen dinero, no tienen derechos, no son
libres, no pueden trabajar fuera de casa. No hay forma de escapar.
Las mujeres que sí gozan de derechos,
sin embargo, también se ven atrapadas en sus relaciones matrimoniales o
sentimentales. Mujeres pobres y analfabetas, mujeres ricas y cultivadas: la dependencia emocional femenina no distingue entre clases sociales, etnias,
religiones, edad u orientación sexual. Son muchas en todo el planeta las
mujeres que se someten a la tiranía del “aguante por amor”.
El amor romántico es, en este
sentido, una herramienta de control social, y también un anestesiante. Nos lo
venden como una utopía alcanzable, pero mientras vamos caminando hacia ella,
buscando la relación perfecta que nos haga felices, nos encontramos con que el
mejor modo de relacionarse es perder la libertad propia, y renunciar a todo con
tal de asegurar la armonía conyugal.
En esta supuesta armonía, los
hombres tradicionales desean esposas tranquilas que les amen sin pedir nada (o
muy poco) a cambio. Cuanto más deteriorada sienten las mujeres su autoestima,
más se victimizan, y más dependientes son. Por lo tanto, más les cuesta
entender que el amor de verdad no tiene nada que ver con la sumisión, ni con el
sacrificio, ni con el aguante.
La pareja es el pilar
fundamental de nuestra sociedad. Por eso Hacienda, la Iglesia, los Bancos, etc
penalizan la soltería y promueven el matrimonio heterosexual; cuando el amor
acaba o se rompe lo vivimos como un fracaso y como un trauma. Nos desesperamos
completamente: no sabemos separar nuestros caminos, no sabemos tratar con
cariño al que se quiere alejar de nosotros o al que ha encontrado nueva pareja.
No sabemos cómo gestionar las emociones: por eso es tan frecuente el cruce de
amenazas, insultos, reproches, venganzas, y putadas entre los cónyuges.
Y por eso, también, tantas
mujeres son castigadas, maltratadas y asesinadas cuando deciden separarse y
reiniciar su vida. La cantidad de hombres que no poseen herramientas para
enfrentarse a una separación es mucho mayor: desde niños aprenden que deben ser
los reyes, y que los conflictos se solucionan con violencia. Si no lo aprenden
en casa, lo aprenden en televisión: sus héroes hacen justicia mediante la
violencia, imponiendo su autoridad. Sus héroes no lloran, a no ser que consigan
su objetivo (como ganar una copa de fútbol o exterminar a los androides).
Lo que nos enseñan en las
películas, cuentos, novelas, series de televisión es que las chicas de los
héroes esperan con paciencia, los adoran y los cuidan, y están disponibles para
entregarse al amor cuando ellos tengan tiempo. Las chicas de la publicidad
ofrecen su cuerpo como mercancía, las chicas buenas de las pelis ofrecen su
amor como premio a la valentía masculina. Las chicas buenas no abandonan a sus
esposos. Las chicas malas que se creen dueñas de su cuerpo y su sexualidad, que
se creen dueñas de su propia vida, o que se rebelan, siempre se llevan su
castigo merecido (la cárcel, enfermedad, ostracismo social o muerte).
A las chicas malas no solo las odian los
hombres, sino también las mujeres buenas, porque desestabilizan todo el orden “armonioso”
de las cosas cuando toman decisiones y rompen con ataduras. Los medios de
comunicación a menudo nos presentan los casos de violencia contra las mujeres como
crímenes pasionales, y justifican los asesinatos o la tortura con expresiones
como esta: “ella no era una persona muy normal”, “el había bebido”, “ella ya
estaba con otra persona”, “él cuando se enteró enloqueció”. Y si la mató, fue
porque “algo habrá hecho”. La culpa entonces recae sobre
ella, y la víctima es él. Ella metió la pata y merece un castigo, él merece
vengarse para calmar su dolor y reconstruir su orgullo.
La violencia es un componente estructural de nuestras sociedades desiguales, por eso es necesario que el amor no se confunda con posesión, del mismo modo que no debemos confundir la guerra con “ayuda humanitaria”. En un mundo donde utilizamos la fuerza para imponer mandatos y controlar a la gente, donde ensalzamos la venganza como mecanismo para gestionar el dolor, donde utilizamos el castigo para corregir desviaciones y la pena de muerte para reconfortar a los agraviados, se hace necesario más que nunca que aprendamos a querernos bien.
Es vital que entendamos que el
amor ha de estar basado en el buen trato y en la igualdad. Pero no solo hacia
el cónyuge, sino hacia la sociedad entera. Es fundamental establecer relaciones
igualitarias en las que las diferencias sirvan para enriquecernos mutuamente,
no para someternos unos a otros. Es también esencial empoderar a las mujeres
para que no vivamos sujetas al amor, y también enseñar a los hombres a
gestionar sus emociones para que puedan controlar su ira, su impotencia, su
rabia, y su miedo, y para que entiendan que las mujeres no somos objetos
personales, sino compañeras de vida. Además, debemos proteger a los niños y las niñas que sufren en casa la violencia machista, porque han de soportar la humillación y las lágrimas de su heroína, mamá, porque han de aguantar los gritos, los golpes y el miedo, porque han de vivir aterrorizados, porque se quedan huérfanos, porque su mundo es un infierno.
Es urgente acabar con el terrorismo machista: en España ha matado a más personas que el terrorismo de ETA. Sin embargo, la gente se indigna más ante el segundo, sale a la calle a protestar contra la violencia, cuida a sus víctimas. El terrorismo machista se considera una cuestión personal que afecta a determinadas mujeres, por eso mucha gente que oye gritos de auxilio no reacciona, no denuncia, no interviene. Echando un vistazo a las cifras podremos darnos cuenta de que lo personal es político, y también económico: la crisis acentúa el terror, pues muchas no pueden plantearse separarse, y el divorcio queda para las parejas que puedan permitírselo económicamente. Una prueba de ello es que ahora se denuncian menos casos y en ocasiones las mujeres se echan para atrás; con las tasas judiciales aprobadas en España, las mujeres más humildes ni se van a plantear ir a denunciar: apelar a la justicia es cosa de ricas.
Es urgente trabajar con hombres (prevención y tratamiento) y proteger a las mujeres y a sus hijos/as. Debemos empoderar a las mujeres, pero debemos trabajar también con los hombres, si no toda lucha será en vano. Es necesario promover las políticas públicas para que tengan un enfoque de género integral, y es necesario que los medios ayuden a generar un rechazo generalizado hacia esta forma de terror instalado en tantos hogares del mundo.
Es necesario un cambio social y cultural , económico y sentimental. El amor no puede estar basado en la propiedad privada, y la violencia no puede ser una herramienta para solucionar problemas. Las leyes contra la violencia de género son muy importantes, pero han de ir acompañadas de un cambio en nuestras estructuras emocionales y sentimentales. Para que ello sea posible, tenemos que cambiar nuestra cultura y promover otros modelos amorosos que no estén basados en luchas de poder para dominarnos o someternos. Otros modelos femeninos y masculinos que no estén basados en la fragilidad de unas y la brutalidad de otros.
Tenemos que aprender a romper
con los mitos, a deshacernos de las imposiciones de género, a dialogar, a
disfrutar de la gente que nos acompaña en el camino, a unirnos y separarnos en
libertad, a tratarnos con respeto y ternura, a asimilar las pérdidas, a construir
relaciones bonitas. Tenemos que romper con los círculos de dolor que heredamos
y reproducimos inconscientemente, y tenemos que liberar a mujeres, a los hombres
y a los que no son ni una cosa ni otra, del peso de las jerarquías, de la
tiranía de los roles, y de la violencia.
Tenemos que trabajar mucho para
que el amor se expanda y la igualdad sea una realidad, más allá de los discursos. Por eso este texto
está dedicado a todas las mujeres y hombres que luchan contra la violencia de
género en todos los puntos del planeta: grupos de mujeres contra la violencia, grupos
de autorreflexión masculina, autores/as que investigan y escriben sobre este fenómeno,
artistas que trabajan por visibilizar esta lacra social, políticos/as que
trabajan para promover la igualdad, activistas que salen a la calle a condenar
la violencia, maestros y profesoras que hacen su labor de sensibilización en las aulas, ciberfeministas que juntan firmas para visibilizar los asesinatos
e impulsar leyes, líderes y lideresas que trabajan en las comunidades para erradicar
el maltrato y la discriminación de las mujeres. La mejor forma de luchar contra
la violencia es acabar con la desigualdad y el machismo: analizando, visibilizando,
deconstruyendo, denunciando y reaprendiendo junt@s.
Conferencia: Amor romántico y violencia. Coral Herrera Gómez
Gran Canaria, Noviembre 2014.
Gran Canaria, Noviembre 2014.
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