24 de abril de 2010

LA REVOLUCIÓN PATRIARCAL y EL FIN DE LAS DIOSAS



La Revolución patriarcal y el Fin de las Diosas

De la misma forma que un pueblo lleva a cabo la devaluación simbólica del pueblo enemigo para lograr que sus habitantes se odien y traten de exterminarse mutuamente, el hombre ha necesitado una operación simbólica de gran envergadura para dividir la realidad en dos esferas y lograr que la mitad de la Humanidad se subyugue a la otra mitad.

El patriarcado, como veremos, comenzó con una rebelión llevada a cabo por hombres, pero no por todos los hombres del planeta. Es decir, no fue una revolución de varones contra mujeres, sino una revolución de hombres violentos contra hombres pacíficos, mujeres, niños, animales y recursos naturales. Todo proceso de colonización tiene su dimensión militar, política y económica, pero también cultural. Para derrocar las deidades femeninas y sustituirlas por dioses masculinos, primero fue necesario despreciar la feminidad y caracterizarla como una categoría ontológica inferior, lo que sirvió para imponer una nueva cultura y una nueva religión en torno a una ideología violenta, dominadora y excluyente.

Los estereotipos patriarcales sobre las mujeres las han presentado siempre como símbolo de la naturaleza, lo irracional, lo turbio, lo emocional, lo contaminante. La feminidad se relaciona, en el imaginario colectivo, con lo salvaje, la maldad, la impulsividad, la ignorancia y la estupidez, la incapacidad, la cobardía, la debilidad (entre otras muchas cosas negativas). Probablemente esta necesidad de denigrarlas simbólicamente se debió a su poder mágico para procrear, pues los seres humanos tardaron muchos años en entender el proceso por el cual los espermatozoides fecundan un óvulo y dan lugar a una vida nueva. Hasta este siglo, el hombre no ha podido sentirse una pieza clave del proceso de creación de una nueva vida, y tampoco ha podido saber con seguridad si los hijos de su compañera eran suyos; quizás este miedo a perder energías y recursos en hijos de otros ha sido lo que ha motivado la reclusión de las mujeres en el ámbito doméstico y la constricción o limitación de su sexualidad.

En este artículo nos vamos a centrar en la dimensión cultural del sistema patriarcal. Seguiremos a Joseph Campbell, cuya tesis es que hacia el final de la Edad del Bronce y en el amanecer de la Edad del Hierro (alrededor de 1250 a.C. en Levante) existió una especie de rebelión contra el poder femenino que instauró a la fuerza una cultura patriarcal. En el seno de esta revolución patriarcal se eliminó la veneración a diosas o dioses de la fertilidad, y comenzaron a triunfar héroes masculinos con valores patriarcales como la capacidad de acción, la valentía, la fuerza bruta, la capacidad de herir y defenderse…pero también, como nos muestra la Historia de Occidente, la práctica de aniquilar y destrozar culturas, y de expoliar los recursos de los pueblos más débiles y pacíficos.

Las diosas, la vida y la muerte.




Las primeras representaciones simbólicas femeninas del Paleolítico (período que comenzó hace unos 2,5 millones de años (en África) hasta hace unos 10 000 años) son de carácter religioso. Antes de la revolución patriarcal, la mayor parte de las deidades humanas eran femeninas. En todo el mundo antiguo, desde Asia Menor al Nilo y desde Grecia al Valle del Indo abundan las estatuillas de la figura femenina desnuda, en diferentes posturas, de la diosa sostenedora y abarcadora de todo.

Martin-Cano sostiene que no es hasta la Edad del Bronce cuando aparece la figura del sacerdote, por lo que no tiene sentido pensar que en la Prehistoria había chamanes. La arqueología demuestra que durante los últimos 40.000 años de la Prehistoria humana sólo se rendía culto al Principio femenino, a la Madre Naturaleza, o a la Gran Madre Tierra, todas ellas variantes de un mismo mito. Numerosos antropólogos presuponen que entonces su culto era llevado a cabo por su representantes femeninas: sacerdotisas, magas, hechiceras, curanderas, hadas, chamanas, brujas, meigas, remedeiras/salud-dadoras, pharmaceuticas, vestales, adivinas. Posteriormente se incorporaron al culto varones que se travestían de mujeres y se auto emasculaban y convertían en eunucos, para representar y personificar en la Tierra, al paredro mortal de la Gran Diosa.

Esta idea la corroboran las obras de arte humanas más antiguas encontradas: las producciones simbólicas antropomorfas: esculturas, relieves y grabados de todos los continentes, son exclusivamente femeninas. Lo confirma Joseph Campbell para yacimientos tanto paleolíticos como Neolíticos de Europa:

... no se han encontrado objetos de arte humano anteriores al período auriñaciense, cuando aparecen de pronto las estatuillas femeninas. Hemos encontrado en Europa centenares de pequeñas figuras neolíticas de la Diosa, y casi nada en cuanto a figuras divinas masculinas. El toro y algunos otros animales, tales como el jabalí y el chivo, pueden aparecer como símbolos del poder masculino, pero la Diosa es la única divinidad visualizada en aquel entonces”. (Campbell, 1991) .


Según Armstrong (2005), la revolución neolítica había hecho que el género humano tomara conciencia de una energía creadora que invadía todo el cosmos. Al principio era una fuerza sagrada indiferenciada que convertía la tierra en una manifestación de lo divino: “Pero la imaginación mítica tiende a hacerse más concreta y circunstancial. Al igual que la adoración del cielo había conducido a la personificación del dios del cielo, la maternal y nutritiva tierra se convirtió en la Diosa Madre”.

Después de la revolución del Neolítico, los varones son considerados a menudo ineptos y pasivos; es la diosa femenina la que recorre el mundo, lucha contra la muerte y obtiene el sustento de la raza humana. La Madre Tierra, según Karen Armstrong (2005), se convierte en un símbolo del heroísmo femenino en unos mitos que, en última instancia, hablan de equilibrio y armonía restablecidos. La Diosa simbolizaba la vida y la fertilidad de las mujeres y de la tierra, pero su adoración presenta numerosas variaciones según las épocas y los lugares. Por ejemplo, en numerosos cultos la Diosa Naturaleza no es una Madre Tierra que alimenta, sino un personaje implacable, vengativo y exigente, según la antropóloga Armstrong:


“Los nuevos mitos Neolíticos siguieron obligando a la gente a afrontar la realidad de la muerte. No eran bucólicos idilios, y la Diosa Madre no era una deidad dulce y consoladora, porque la agricultura no se experimentaba como una ocupación pacífica y contemplativa. Era una batalla constante, una lucha desesperada contra la esterilidad, la sequía, el hambre y las violentas fuerzas de la naturaleza, que también eran manifestaciones de un poder sagrado. (…) La reproducción humana era sumamente peligrosa, tanto para la madre como para el hijo. Del mismo modo, la labranza de los campos sólo se lograba tras un duro y agotador trabajo”.

En la época del Neolítico, los cazadores veían que las mujeres eran la fuente de la nueva vida; eran ellas –y no los varones, de los que se podía prescindir- quienes aseguraban la continuidad de la tribu. Al igual que la Gran Diosa de los cazadores, la Diosa Madre del Neolítico demuestra, según Karen Armstrong, que aunque los hombres puedan parecer más fuertes, en realidad las mujeres tienen más fuerza y ejercen un mayor control que ellos. De ese modo la hembra se convirtió en un icono imponente de la vida en sí, una vida que requería el incesante sacrificio de hombres y animales.


En Mesopotamia, la Diosa Madre no es redentora, sino causante de dolor y muerte. Su viaje es una iniciación, un rito de transformación que se nos exige a todos. En Sumeria, Innana desciende al mundo de los muertos para encontrarse con su hermana, un aspecto soterrado e insospechado de su propio ser. Según Armstrong, en muchos mitos de este período, un encuentro con la Diosa Madre constituye la aventura definitiva del héroe, la iluminación suprema.


Ereshkigal, señora de la vida y la muerte, es también una Diosa Madre a la que se la representa pariendo continuamente. Para llegar hasta ella y alcanzar la verdadera iluminación, Innana tiene que desprenderse de la ropa que protege su vulnerabilidad, deshacerse de su egoísmo, abandonar su antiguo yo, asimilar lo que parece opuesto y hostil a ella y aceptar lo inadmisible: que no puede haber vida sin muerte, oscuridad y penurias. Según Fernand Comte (1992), Innana es una diosa astuta, voluntaria y reivindicativa: protege a Uruk y lleva a su ciudad la civilización. Diosa del amor y de la Guerra, manda en la vida y en la muerte.


Los babilonios la llamaban Ishtar, que simboliza la estrella de la montaña y la guerra. Según Comte, ella es “la estrella de la noche, es amor y voluptuosidad. Es siempre virgen, porque recobra su virginidad bañándose en un lago. Sus templos son lugares de prostitución. Bienhechora, acude a socorrer la impotencia sexual. Como diosa de la guerra es cruel”.



Los egipcios llamaban a la Diosa Madre Isis (diosa del año 1700 a.c), representada también como La Gran Maga, gran bienhechora, porque pone sus poderes mágicos al servicio de la vida. Lleva un disco solar. Es madre, protectora del amor y dueña del destino. Maga y curandera, según Comte su culto se extendió a todo el Oriente Medio.





Los sirios la llaman Astarté o Asherrat, y en India se conoce como Aditi, la benéfica: los himnos védicos la celebran como portadora de todas las plantas, de todos los animales y madre de todos los seres. Es la madre por excelencia y protectora de los partos. Según Comte, Aditi es la madre, el padre, todos los dioses; Aditi es todo lo que ha nacido. Es además la “No-ligada”, es la Libre, relacionada con la extensión, la amplitud. Es todo a la vez; es la suma, el origen y el fin, y al mismo tiempo, los contrarios; es la divinidad indiferenciada.


Otras representaciones de la Gran Diosa fueron: Abahíta (diosa persa de la fecundidad y de la aurora; es la alta, la poderosa, la inmaculada), Shing-Moo (la Inteligencia Perfecta de China, con una niña en brazos), Cibeles ( a la vez diosa de la Tierra y la Luna, maestra de las fieras, madre de los dioses, 900 a.c.), Amaterasu (diosa japonesa del sol y de la luz, del crecimiento y la fertilidad), Selene, diosa griega de la Luna llena, Artemisa o Diana, Afrodita, Amus (diosa de los celtas), Tetevina (diosa madre del dios de los aztecas).


Este concepto está también presente en el mito griego de Deméter y su hija Perséfone, que casi con toda seguridad se remonta al período Neolítico. En la antigua Grecia, Deméter era la diosa de los cereales y Señora de la Muerte y presidía el misterioso culto de Eleusis, cerca de Atenas. Según Samuel y Reyes , los antiguos cultos de la fertilidad siguieron siendo venerados en todo Israel; en el Pentateuco permanecen las huellas, silenciosamente implícitas en símbolos, de la sabiduría de la vieja Madre Tierra y su esposo serpiente. Joseph Campbell por su parte entiende que, en cuanto madre de todos los vivos, Eva debe ser reconocida como el aspecto antropomórfico perdido de la diosa madre. Y Adán, por tanto, debe haber sido su hijo, así como su esposo: porque la leyenda de la costilla es claramente una transmutación patriarcal (dando prioridad al varón) del mito anterior del héroe nacido de la Diosa Tierra, que vuelve a ella para renacer.

La sustitución masculina del poder femenino




Francisca Martin-Cano (2001), siguiendo a Campbell, defiende la idea de que la revolución patriarcal acabó con una cultura que veneraba la vida, la fertilidad y la capacidad femenina para procrear. Con el culto a la muerte, el poder de esta Diosa-Madre sufrió un proceso de depreciación simbólica a lo largo de la historia de Occidente. Las diosas serán difamadas, injuriadas, insultadas y derrotadas por sus hijos, como en la mitología griega, pero “permanecerán como una amenaza constante a su castillo de la razón, que está edificado sobre una tierra que ellos consideran muerta, pero que realmente está viva, respirando, y amenaza con escapárseles bajo los pies”.

El mito de la Gran Madre ha pervivido en numerosas culturas; en la nuestra lo ha hecho a través de la Virgen María como madre de Dios. Sin embargo, es importante destacar que fue la cultura
patriarcal la que convirtió a la Gran Diosa en “Madre de” Dios, que es un concepto bien distinto. A partir del Neolítico, la Diosa es la madre-esposa del dios muerto y resucitado, cuyas primeras representaciones conocidas se sitúan hacia el 5.500 a.C. según Campbell. El antropólogo defiende que la epopeya babilónica y el resto de las épicas neolíticas evolucionaron de este modo:

1) El mundo ha nacido de una diosa.
2) El mundo ha nacido de una diosa fecundada por un consorte masculino.
3) El mundo está hecho del cuerpo de una diosa por un dios guerrero masculino.
4) El mundo se creó sin ayuda de un poder femenino; fue un dios masculino.


Joseph Campbell (1964), explica en su obra que en la primera de las grandes civilizaciones, Sumeria (3500-2350 a.C.), la Gran Diosa de veneración suprema fue un símbolo metafísico totalizante, que abarcaba toda la realidad, la cognoscible y la incognoscible, el tiempo y la materia, lo oscuro y lo luminoso, lo masculino y lo femenino: “En los más antiguos mitos y ritos de la madre tanto los aspectos luminosos como los oscuros de esa mezcla de ambos que es la vida, habían sido honrados por igual, mientras que en los posteriores mitos patriarcales, orientados hacia el varón, todo lo que es bueno y noble se atribuía a los nuevos y heroicos dioses dominantes, dejando a los poderes naturales nativos sólo el carácter de oscuridad, al que ahora se añadía también un juicio moral negativo”.

Según Campbell, los nómadas arios desde el Norte, y los semitas del Sur, pastores de ovejas y cabras, impusieron violentamente estos héroes solares y dioses masculinos. Las literaturas de la primera Edad del Hierro están atravesadas por el tema de la conquista por un héroe radiante del monstruo oscuro y desacreditado del anterior orden divino, de cuyos anillos se obtendría algún tesoro: una doncella, una tierra, un regalo de oro o la liberación de la tiranía del propio monstruo. Según Jane Ellen Harrison, citada por Campbell, esta mitología se presenta “primero y principalmente como protesta contra la adoración del Tierra y los demonios de la fertilidad de la tierra. Así, el punto de vista patriarcal se distingue de la anterior visión arcaica porque separa a todos los pares de opuestos: varón y hembra, vida y muerte, bueno y malo, verdad y mentira, como si fueran absolutos en sí mismos, y no meros aspectos de la más amplia entidad de la vida”.

En Grecia, la voluntad y el Ego masculino, según Campbell, prosperaron de una forma que en aquella época fue única en el mundo, por la forma de una inteligencia responsable de sí misma, que considera racionalmente y juzga responsablemente el mundo de los hechos empíricos, con la intención última no de servir a los dioses, sino de desarrollar y madurar al hombre. Los rituales hindúes del sacrifico humano ante Kali ignoraban al individuo; eran disciplinas destinadas a inspirar y consumar una espiritualidad de devoción impersonal a los arquetipos mitológicos del orden social .


Pero en Grecia, con su apreciación apolínea de la forma individual, su belleza y su excelencia particular, el acento de los antiguos temas míticos básicos pasó del arquetipo repetido continuamente a la individualidad única de cada víctima en particular: y no sólo a esta individualidad particular, sino también a todo el orden de valores que podemos llamar “personal” en oposición a los impersonales. Este cambio trascendental es lo que Campbell señala como el milagro griego, y afirma que es comparable a una mutación psicológica evolutiva.

En la cosmogonía griega, quedó asegurado el reino de los dioses patriarcales del Monte Olimpo sobre la anterior progenie de la Gran Diosa Madre gracias a la victoria de Zeus sobre Tifón, (el menor de los hijos de Gea, la Diosa Tierra) . Esta victoria de las deidades patriarcales sobre las anteriores matriarcales no fue tan decisiva en la esfera grecorromana como en los mitos del Antiguo Testamento (en Grecia los dioses no exterminaron a las diosas, sino que se casaron con ellas, con lo cual siguieron teniendo poder e influencia). Según Joseph Campbell, la nueva mitología se utiliza para crear no sólo un nuevo orden social, sino también una psicología nueva, una nueva verdad, una nueva estructura de pensamiento y sentimiento humana a la que se atribuye alcance cósmico.

La batalla, como si fuera la de los dioses contra los Titanes antes del principio del mundo, en realidad se libró entre dos aspectos de la psique humana en un momento crítico de la historia, cuando las funciones racionales y luminosas, bajo el signo del Varón Heroico, derrotaron a la fascinación del oscuro misterio de los más profundos niveles del alma. Así, lo luminoso lo representan los dioses solares, y lo oscuro queda representado por las diosas femeninas.

Para la doctora Harding, el símbolo de los misterios femeninos mitificados es la Luna. En muchos pueblos abundan los vocablos que significan a la vez luna y menstruación, esta misma palabra quiere decir “cambio de luna”, pues mens se refiere al mes como medida de tiempo por los ciclos lunares. “para el hombre primitivo, el Sol es masculino y la Luna femenina”, idea vigente en tribus de América, África, Australia y la Polinesia en la actualidad. “Según los pueblos más primitivos, la Luna es una presencia benéfica cuya luz se considera indispensable para la germinación; es una fuerza fertilizante de eficacia general sin la cual ni los animales tienen crías ni las mujeres pueden tener hijos” .

No sólo se creía que la Luna era la causa del embarazo de las mujeres, sino que además las protegía y se invocaba su ayuda en el momento del parto. Harding sostiene que la Vieja Madre es, en verdad, un título general de la Luna, y que sus poderes fueron desde un principio ambivalentes: unos benéficos y otros maléficos. Eran simbolizados por la Serpiente, que tenía prestigio por su capacidad de autorrenovación, igual que la Luna y la mujer en sus ciclos.

Campbell cree que el culto a la Luna fue sustituido por el culto al Sol y a los dioses masculinos. Afirma también que el hecho de que la Gran Diosa Madre haya sido relegada, insultada, sustituida, y asesinada por sus propios hijos en la mitología griega sigue actuando como oponente en el inconsciente de la civilización actual, lo que ha creado una especie de neurosis de evitar todo lo que ella representaba (vida, fertilidad, sentimientos) y ha reducido nuestro pensamiento a pares de elementos (masculino/femenino), en los que uno prevalece sobre el otro, declarándose superior y conformando dimensiones jerárquicas que generan desigualdades.

Campbell defiende y demuestra en su obra que en todas las mitologías patriarcales la función de la mujer ha sido devaluada sistemáticamente, no sólo en un sentido simbólico cosmológico, sino también personal, psicológico.




Coral Herrera Gómez
Especialista en Amor


Artículos relacionados de la autora: 

Mujeres en la Prehistoria: estereotipos y roles de género



Qué es el Patriarcado









BIBLIOGRAFÍA

1) Armstrong, Karen: “Breve Historia del Mito”, Salamandra, Barcelona, 2005.
2) Bou, Nuria: “Diosas y tumbas. Mitos femeninos en el cine de Hollywood”. Icaria, 2006.
3) Bourdieu, Pierre: “La dominación masculina”, Anagrama, Colección Argumentos, Barcelona, 2000.
4) Campbell, Joseph: “Las máscaras de Dios: Mitología occidental”, Alianza Editorial, 1964.
5) Comte, Fernand: “Las grandes figuras mitológicas”, Ediciones del Prado, Madrid, 1992.
6) Martín-Cano Abreu, Francisca (2001): Falsas ideas sobre los papeles sexuales en la Prehistoria. Revista SEIAAL, Antropología y Arqueología latinoamericana.
7) Moore, R. y Gillette, D: “La nueva masculinidad. Rey, Guerrero, Mago y Amante”, Paidós, Barcelona, 1993.
8) Morales Saro, Mª Cruz: La Mujer Armada/Armas de Mujer. En: Sauret Guerrero, Teresa, y Quiles Faz, Amparo (Eds): “Luchas de Género en la Historia a través de la imagen”. Vol I. Centro de ediciones de la Diputación Provincial de Málaga (Cedma), 2001.

22 de abril de 2010

Sobre el Tiempo




"Vosotros tenéis los relojes, nosotros tenemos el tiempo".    Proverbio haitiano.

 "El tiempo es muy lento para los que esperan, muy rápido para los que temen, muy largo para los que sufren, muy corto para los que gozan; pero para quienes aman, el tiempo es eternidad." William Shakespeare


El tiempo es el envoltorio dentro del cual nos movemos por el espacio. Hasta hace poco se pensaba que el tiempo era una línea recta infinita, eterna, que había existido desde siempre y que no acabaría jamás. Según esta concepción, el tiempo es como la malla en la cual transcurre nuestra vida, y en la que los efectos preceden a las causas. Por eso distinguimos, desde el ahora, un pasado y un futuro; la cuestión estriba en determinar, según los filósofos, qué es el presente. Cuando lo nombramos ha pasado ya, pero en el fondo el presente es siempre el mismo para un humano, porque lo acompaña cada segundo de su vida.

Los humanos hemos construido relojes que marcan el paso de ese tiempo de manera continua, invariable, siempre hacia delante. Su linealidad se nos antoja irreversible, porque hasta ahora no hemos sido capaces de viajar al pasado ni saltar hacia el futuro. Obtendríamos una prueba de que esto es posible si hubiésemos tenido visita de viajeros del futuro para contarnos la clave de los viajes en el tiempo. Pero hasta ahora no ha sido así, de modo que parece que no podemos saltar hacia delante o hacia atrás, sino siempre discurrir por la vida con el mismo ritmo, minuto tras minuto, hora tras hora, hacia el futuro.

El tiempo es también una construcción de la Humanidad, y en cada cultura el concepto de tiempo varía. En Occidente nuestra concepción del tiempo ha sido rectilínea; Cristo-Dios creó todo al principio y nos juzgará a todos en el final. En cambio para las culturas orientales el tiempo es cíclico. Por eso muchas de sus religiones creen en la reencarnación, en la vida como un proceso eterno sin principio ni fin. En las filosofías orientales, el principio y el fin, la vida y la muerte, el tiempo y el espacio, son una misma cosa, conforman un todo homogéneo.

En el siglo XX, la teoría de la relatividad de Einstein revolucionó el mundo al descubrir  que el tiempo es relativo y que depende de muchos factores: la percepción del espacio y el tiempo depende del estado de movimiento del observador. Dicho de un modo más sencillo, viene a ser como el hecho de que cada uno cuenta la fiesta según le ha ido: la misma fiesta puede ser vivida por algunos como una gran celebración, intensa y breve, o como un verdadero tostón de horas sucesivas y lentas por otros, los que no se divierten.

El tiempo, en realidad, es tan relativo que nos produce perplejidad. No transcurre igual para una ejecutiva de Wall Street que para una monja tibetana, ni significa lo mismo para un enfermo terminal que para un bebé sin conciencia del tiempo.

El tiempo es relativo porque una hora no es vivida del mismo modo por un preso a punto de ser ejecutado que por un enamorado que va a encontrarse con su amada. El tiempo transcurre de manera diferente cuando estamos disfrutando que cuando estamos sufriendo, y tampoco es lo mismo para alguien que espera, que para el que no espera nada.


El tiempo, entonces, lo percibimos desde donde estamos, condicionados por nuestro tamaño, nuestro idioma, nuestra cultura, y las actividades que estamos realizando o las circunstancias en las que estamos. Nueve segundos de vibración sísmica pueden hacerse eternos para los humanos que viven un terremoto bajo sus pies, pero en tiempos cósmicos no es nada.

Lo más increíble es la dualidad del tiempo: por un lado es invariable y continuo, marcado por el tic-tac de los segunderos, y por otro lado es relativo, dependiendo de quién y cómo lo estemos viviendo. Una prueba física que tenemos de esta relatividad espacio-temporal es que un astronauta en el espacio envejece más lentamente que su gemelo en la Tierra. Al viajar a esas velocidades y no estar sujeto a la gravedad del planeta, el tiempo no transcurre de igual modo para él.

 Otra prueba quizás sea la enajenación que siente el humano posmoderno de sí mismo y de su tiempo. Pasamos tantas horas al día trabajando (en el trabajo y en casa, y moviendonos de un lugar al otro) y cumpliendo con obligaciones, que ya sentimos que el tiempo no es nuestro. Es de los demás: mi tiempo es de mi jefe, de mis hijos, de mi proyecto profesional, pero ya no es nuestro como en la infancia, en que una tarde era siempre una eternidad para ser disfrutada. Uno no manejaba el paso de las horas; sólo que llegaba en algún momento el atardecer y luego anochecia, tiempo de volver a casa después del juego y el callejeo. 

En el campo el tiempo también pasa distinto que en la ciudad, donde encontrar tiempo para enamorarse y vivir una historia profunda es ya muy difícil. La gente del campo en cambio tiene tiempo para trabajar, para saludarse, para contemplar el paisaje, para dedicarlo a sus seres queridos. No ve los amaneceres atascado en una autopista, dentro del coche y con la angustia de llegar tarde. Puede celebrar la salida del sol. Un día más.

Uno de los fenómenos más fascinantes para el ser humano es la pérdida total de la conciencia del tiempo, por ejemplo cuando nos quedamos dormidos y al despertar no entendemos por qué es de noche ni cómo han podido pasar así las horas. El tiempo también se detiene haciendo el amor, viendo una película, charlando con un@ amigo@, o mirando el fuego de la hoguera. Al volver a la realidad nos sorprendemos porque sentimos que nuestra concepción del tiempo no es la misma que la del reloj; bien porque la nuestra es más lenta o más rápida, o porque hemos podido sentir que lo apresábamos y lo parábamos.


Esa sensación de estar parados en el tiempo es lo más parecido al concepto abstracto de eternidad, por eso sucede tan pocas veces y siempre en contextos extraordinarios, alejados de la rutina del día a día. Son estados en los que la estructura rígida del tiempo se rompe, se hace elástica. Nuestro cerebro, al menos, lo percibe de otro modo, aunque no sepa explicar cómo. Y es que, esta pequeña masa gris ha sido la única con capacidad para percibir el tiempo, pensarlo, einvestigarlo, pero siempre desde su subjetividad y su pequeñez.

Por eso lo más probable es que aún nos quede mucho para llegar a entenderlo, y que nunca podamos manejarlo a nuestro antojo…
 

Más info: http://eltamiz.com/elcedazo/2009/08/17/analisis-de-las-paradojas-del-viaje-en-el-tiempo/

8 de abril de 2010

El egoísmo romántico posmoderno




celos, egoísmo, falta de empatía 




 “Si tú no vas a la cena de empresa de esta noche, anulo mi cita con mi ex novio”

 “Si no vas a la acampada de tu grupo de montaña, yo paso de la despedida de soltero de mi amigo”


Los celos son un claro síntoma del egoísmo del amor romántico. Nos ponemos celosos y celosas cuando nuestro objeto de amor desvía su foco de atención de nosotros a otra persona o actividad. Hay amantes que no solo tienen celos de una persona atractiva o deseable, sino también de la madre, el padre, los hijos, los amigos o las amigas de su amada. Hay amantes que no soportan las pasiones propias de su amado o amada, porque le quitan tiempo al celoso para disfrutar del amor. Por ejemplo, es muy común que la gente exija al otro que deje atrás sus hobbies (esquiar, ir al teatro, pintar, leer, viajar, aprender bailes del mundo…) cuando se unen en pareja. Al amado le puede parecer que ese acto de sacrificio es una prueba de amor, pero en realidad es otra forma de “cercar” al amado, de tenerlo para sí, de conseguir que su tiempo sea para él, de que comparta todos los espacios y todos los momentos. 

En ocasiones no sólo se dejan los hobbies, sino también las pandillas, y se pasa a un modelo más individualista: tú y yo, y si acaso dos parejitas más como tú y yo. Porque solteros y solteras provocan inquietud o desasosiego; son un elemento solo, desclasificado, desemparejado, y a veces se interpreta su presencia en un evento social como un peligro para los casados o las casadas.Por eso a las parejas les gusta estar con otras parejas, y comparten con ellas la filosofía de vida basada en la felicidad del dúo, a menudo sostenida por el miedo a que esa unión se rompa por la mitad.

El egoísmo de la gente enamorada me asusta. Sobre todo la gente que está deseosa de darlo todo; porque normalmente se da todo para recibirlo todo, no para malgastar gratuitamente tiempo y energía. Es como una especie de inversión: te lo doy todo, me hago imprescindible para ti, y a ti no te queda más remedio que ser tan intenso y “generoso” como yo. Es la gente que te reprocha que lo hace todo por ti y tú no estás a la altura. Es la gente que quiere que te adaptes a su ritmo aunque tú lleves otro. Es la gente que te cuida para que se lo agradezcas, y para que correspondas. Si no sucede así, ya está el sentimiento de culpa judeocristiano para recordarte que no estás dando lo mismo que estás recibiendo.

El enamorado egoísta quiere que cambies una reunión de trabajo solo para que le demuestres lo importante que es para ti. Al enamorado egoísta le encanta que anules una cena con los amigos y que lo hagas por él/ella, le entusiasma que no acudas a un concierto que para ti es importante si a él/ella no le apetece mucho. El enamorado egoísta jamás te anima a que llames a ese amigo que hace mucho que no ves, ni aunque sepa que vas a disfrutar mucho. El egoísta considera que los mejores momentos de tu vida tienes que vivirlos con él, y no se hace a la idea que tu mundo afectivo sea rico y variado, y que esté compuesto por familia y gente a la que aprecias y es fundamental en tu vida. El egoísta quiere cubrir el puesto más alto de tu jerarquía emocional, quiere constreñir tu sexualidad con el contrato de fidelidad en la mano, quiere ocupar todo tu tiempo libre y limitar tu libertad de movimientos.





“(Yo) lo hago todo por ti y tú no haces nada por mí”, “(Yo) necesito que me cuides”, 



“(Yo) quiero que te sacrifiques por mi”, “(Yo) no quiero que te vayas”, “Siempre soy 



(yo) el que llamo”, “Siempre soy (yo) la que empiezo”, “Nunca me dices que me 


quieres” , “Si tú me dejas (yo) me muero”….




En los celos y en el egoísmo yo veo mucho miedo, pero también mucho egoísmo; nos aferramos de un modo tan enfermizo a la gente porque no queremos estar solos, porque necesitamos ser lo más importante para alguien, como si eso le diese algún sentido a la existencia humana, como si eso nos asegurase la eternidad. Ser especiales para alguien, serlo todo incluso después de la muerte; es un anhelo de omnipotencia y eternidad muy humano. Por eso compartir el afecto de alguien a quien amamos con toda su gente resulta poco menos que imposible para un amante posesivo, celoso y egoísta.

El romanticismo está, inevitablemente, centrado en el yo; en el siglo XIX se ensalzó la subjetividad como modo de relacionarse con el mundo. Tanto en las artes y las ciencias, como en la vida cotidiana, el yo es la fuente de inspiración romántica, el lugar donde se crean los sueños,  allí donde se pretende confundir la realidad con el deseo. Los escritores y sus protagonistas son personajes excesivos que transforman imaginariamente su realidad porque no les gusta tal y como es. No soportan la soledad inherente al ser humano moderno, por eso tratan de mitigarla o anularla con la grandiosidad de la fusión erótica entre dos personas, elevándola a la categoría de la eternidad y lo sublime. Desde mi punto de vista, el prototipo del sujeto romántico es infantil, narcisista, sufridor, protagonista de la historia de su vida. Y la posmodernidad ha heredado esa ñoñez hipersensible, caprichosa y vulnerable.

El romanticismo es egoísta porque siempre se parte desde el ego para crear o para pensar el mundo, porque este ego se alimenta de soñar con voluntades ajenas doblegadas por el amor, porque incurre en continuos procesos de victimización y autodestrucción heroica y grandilocuente que le hará un hueco en la Historia. Por eso nuestra forma de amar actual, heredera de aquel movimiento decimonónico, está basada en la posesividad, en la apariencia por encima del ser, en el apego y el miedo, en la necesidad más que en la libertad. Los más egoístas suelen ser aquellos que están enamorados del modelo de amor idealizado, todos los que tratan de que nos quepa el zapatito de princesa, o que el sapito que nos encontramos se convierta en príncipe azul de la noche a la mañana, o poco a poco. Nos enamoramos del amor más que de las personas, a las que no solemos querer tal y como son, sino tal y como nos gustaría que fuesen. 

Si los románticos son proclives a la decepción es porque el amor no es tan bonito como lo pintan y porque la gente no es tan maravillosa como parece. Una vez que se nos pasa el colocón de anfetaminas del amor, la gente es como es, con sus virtudes, defectos y miserias. 

La frustración que nos genera no encontrar a nuestra "media naranja" es porque la fusión entre dos personas no es nunca total; somos unidades, absolutos en sí; no seres imperfectos a la espera de ser completados. De modo que por mucho que tratemos de vivir el amor como una ola arrasadora en la que toda nuestra vida (trabajo, amigos, familia, y otras pasiones) queda sepultada, la realidad es que nadie puede, por sí solo, cubrir todas las necesidades de una persona.

También es desgarrador pensar que nadie puede eliminar de nuestra vida la soledad que nos acompaña de la cuna a la tumba; la realidad es que la gente no nos pertenece, sino que nos acompaña en el camino un tiempo. Nuestros padres se mueren, nosotros acompañamos un tiempo a nuestros hijos e hijas, pero también nos vamos. Por nuestra vida pasan amantes, amigos, conocidos, pero nos resistimos a dejarles marchar porque sentimos que esas personas a las que queremos son "nuestras". Sin embargo, los amantes nos dejan, los amigos emigran, y otras veces somos nosotras las que nos vamos. 

El amor no correspondido, decía Freud, es uno de los dolores emocionales y psíquicos más duros para el ser humano. La muerte y el desamor nos privan de las personas a las que amamos, y cuando se van no sólo dejan un vacío, sino que además,  hemos de recomponer toda nuestra estructura vital para poder sobrevivir, porque ésta se desploma si la hemos concebido para no vivirla en solitario.

Creo, además, que el romanticismo aumenta exageradamente nuestra sensación de soledad, precisamente porque dejamos la responsabilidad sobre nuestra propia felicidad en manos de otra persona. No podemos pedirle a alguien que su misión en la vida sea querernos y tenernos continuamente distraídos para no pensar en nuestra soledad, en la muerte, en el dolor o el miedo. 
Probablemente nuestras relaciones serían más bonitas nos relacionásemos desde la generosidad, disfrutando mientras nos damos, nos compartimos, nos hacemos la vida más fácil y bonita. Pero no sólo con la pareja, sino con toda la gente que está en nuestras vidas. 

Una de las cosas en las que me fijo cuando empiezo una relación con alguien es cómo se relaciona con su entorno, si tiene amigos y amigas, si es una persona generosa con el entorno que la rodea, si se lleva bien con sus ex o le odian, si trata bien a los animales. Por ejemplo, para mí es esencial observar cómo la persona con la que me relaciono se comporta con la gente que trabaja.  Entiendo que conmigo esa persona es generosa porque tiene un interés en mí, y quiere causarme una buena impresión. 

Para mí es fundamental saber que la persona con la que estoy es generosa porque no puedo estar con gente que no me respeta el espacio o que me exige todo mi tiempo. Yo cuando amo a alguien también amo su libertad, sus relaciones con gente querida, su tiempo y sus espacios propios.

Pero creo que en nuestra sociedad individualista, en general nuestra forma de amar es egoísta. No nos es fácil ser generosos porque vivimos en un mundo en el que cada cual persigue su interés personal, y son pocas las personas que se implican en proyectos colectivos que persigan el bien común. No estamos acostumbrados, por ejemplo, a pensar en las necesidades de los demás, sino en las propias. Cuando nos enamoramos de alguien nos marcamos unos objetivos: quiero gustarle, quiero que se enamore de mi, quiero darle un beso, quiero que duerma conmigo, quiero tener sexo salvaje, quiero que me llame, quiero que me presente como su pareja, quiero quiero quiero... 

Decía D.H Lawrence que la pareja es una fórmula individualista de practicar el "egoísmo a dúo". 
En una sociedad  jerárquica y desigual como la nuestra, y en el entorno urbano donde vamos perdiendo las redes de ayuda mutua y cooperación, la pareja es un oasis de igualdad y de ayuda mutua enormemente valioso. No sólo para la reproducción (obviamente es más duro criar a un bebé en solitario), sino también para hacer frente al mundo y a los avatares del mercado laboral. Las ventajas de tener pareja en nuestro mundo deshumanizado son muchas: aunque no destaques entre las masas, puedes sentirte especial para alguien. Aunque en el trabajo no valoren tus capacidades y tus esfuerzos, tu pareja te quiere por como eres. Además cuando llegas a casa tienes a alguien que te abraza si lo necesitas, alguien que te escucha, alguien que te consuela o te proporciona momentos de placer intenso, que te anima en momentos de bajón, que te sostiene cuando te quedas sin empleo, que te mima cuando sientes que no puedes más de cansancio. Estamos hablando de una pareja igualitaria, equilibrada, con dos personas muy generosas que se entregan por igual al amor, que se cuidan mutuamente y se apoyan cuando se necesitan. Cuando logramos construir parejas desde el compañerismo y no desde la batalla de la dominación, disfrutamos mucho y nos sentimos reconfortados sabiendo que damos y recibimos equitativamente. 

Sin embargo, no es fácil construir este tipo de relaciones basadas en el trabajo en equipo. Este equilibrio en el dar y recibir requiere de mucha atención por parte de las dos personas, y en realidad nos es muy difícil darnos sin recibir nada a cambio. Cuando solo un miembro de la pareja lleva a cabo muchas más renuncias y sacrificios en pro del otro, el equilibrio se rompe. Lo más probable es que la persona que se sacrifica y siempre cede se sienta mal porque no se le valora lo que da, o porque no recibe ni la mitad de lo que da. En ese desequilibrio surgen el rencor y los reproches, elementos perfectos para acabar con la relación erótica y afectiva entre dos personas.

A menudo pedimos más de lo que damos porque vivimos en una sociedad en la que la gente acumula riquezas y recursos para sí mismo aunque eso suponga que los demás tengan menos. Amamos capitalistamente, es decir, en base a los intereses personales: yo te amo, entonces comparto contigo mis riquezas, con nadie más.

Dentro de la propia pareja tampoco podemos evitar ser egoístas y exigir lo que nos gustaría que nos diesen, por eso son muchas las parejas que dedican tanto tiempo a los reproches mutuos. Generalmente lo queremos TODO  y ya, de ahí que más que amar, las metas de la gente suelen ser encontrar a alguien que los ame. Erich Fromm decía, con razón, que el fenómeno del amor es relativamente inusual y extraordinario en esta era de la soledad. Una soledad narcisista en la que todos soñamos con encontrar  "compañía" y en concreto, una compañía que nos ame, nos admire, nos comprenda, nos proteja, nos apoye, nos... 

Parte de la frustración que nos genera el amor es que no encontramos el modo de conseguir que una sola persona nos llene todos los vacíos, que nos saque del aburrimiento mortal, que nos cubra todas las necesidades intelectuales, sexuales, afectivas. La pareja no es ni debería ser la única fuente de afecto y emociones positivas. Nuestras redes sociales y familiares son imprescindibles aunque nos hagan creer que con nuestra "media naranja" no necesitamos a nadie más. 

La gente con la que interaccionamos a diario, los compañeros de trabajo y vecindario, las personas que nos atienden cuando contratamos un servicio, los compañeros y compañeras de la Universidad, la gente con la que compartimos aficiones.... estas redes nos estimulan, nos enriquecen, nos ofrecen otros puntos de vista sobre la realidad, y nos hacen sentir que tenemos un lugar en el mundo. Por eso el aislamiento de la pareja, creo, es perjudicial para el funcionamiento de nuestras sociedades. El capitalismo y el patriarcado nos quieren divididos y encerrados cada uno en sus hogares, para que no estemos en las calles trabajando por nuestros derechos y libertades. 

A las mujeres educadas en sistemas patriarcales como el nuestro, se nos ha enseñado a ser mimosas, a reclamar un trato delicado y especial, a exigir el rango de reinas, a pedir que se nos tape cuando tengamos frío, que se nos defienda de otros hombres, que se nos proteja como a niñitas asustadas. A los hombres se les ha enseñado a ser protectores, pero también quieren compañeras incondicionales, comprensivas, que estén atentas a sus necesidades y deseos, que les cuiden cuando enferman, que les refuercen la autoestima cuando florecen sus inseguridades.

Hombres y mujeres hemos sido enseñadas a establecer relaciones de dependencia mutua en el que dos egos son más que suficientes. Cada uno de esos egos con sus intereses personales, sus deseos, sus miedos y sus frustraciones. A menudo esos egos se relacionan desde el capricho, el miedo, el temor a perder a la persona amada, de modo que resulta muy difícil la práctica del desapego y la generosidad.


Conclusión

Lo mejor sería disfrutar del presente y de la gente a la que queremos sin miedo a perderla. Lo ideal sería que nos relacionásemos desde la libertad, y no desde la necesidad, desde la generosidad y no desde la exigencia. Desde esa generosidad, somos felices cuando las personas a las que amamos son felices, aunque sea sin nosotras, cuando disfrutan en otros espacios y con otras personas que no somos nosotras. 

Lo ideal sería aprender a llenar nuestro vacío con cosas nuevas, sin exigirle a nadie que lo llene. Aprender a disfrutar de la soledad, aceptarla como compañera de viaje. Aprender a repartir y compartir el amor de nuestra amada o amado con mucha más gente, en lugar de aislarnos en nuestra casa y aislar a la otra persona. Expandir el sentimiento amoroso, no constreñirlo y enfocarlo en un solo ser humano. Diversificar y ampliar nuestras redes de afecto y cariño, y cuidarlas para crear intercambios de cariño y ayuda mutua. 


Lo ideal, sería practicar más a menudo ese sentimiento gozoso que nos invade cuando practicamos la empatía y la generosidad, dos de los pilares básicos de las relaciones humanas que podrían expandirse más allá de la pareja a toda la comunidad de gente con la que nos relacionamos. Disfrutaríamos más del amor. Y de la vida, creo yo. 


Coral Herrera Gómez





28 de marzo de 2010

El Romanticismo Patriarcal


Foto de Eduardo Morales, es una seta abulense


Herrera Gómez, Coral: EL ROMANTICISMO PATRIARCAL, Marzo 2010.

El Amor Romántico


Nuestra cultura amorosa occidental es hija de la gran ola romántica del XIX, una época en la que los hombres eran ciudadanos de pleno derecho y las mujeres meros objetos de deseo. Como si de una droga se tratase, a través de la mujer idealizada los enamorados emprendían su búsqueda hacia el conocimiento, hacia la trascendencia, la belleza sublime, la felicidad eterna. La imagen estereotipada del romanticismo que compartimos es una época de abundante creatividad literaria y artística en la que los hombres son los artistas que escriben, que piensan, que pintan, esculpen y aman, y las mujeres son las amadas, damas distantes que provocan dolor. Los románticos no se enamoraban de campesinas o de proletarias, sino de princesas, mujeres etéreas confinadas en espacios asfixiantes, féminas imposibles de alcanzar por diversos motivos (están casadas, comprometidas, están reservadas a hombres de mayor rango...).


Lo que nos ha llegado del Romanticismo son los sentimientos exacerbados, la individualidad a ultranza, la profundidad y el arrebato de las emociones, el tormento que se vive desde y para el interior de uno mismo. Más que la persona amada, lo que importa a los románticos es la rebeldía contra una realidad que no se adecúa a sus deseos, y por tanto, la necesidad de evasión a mundos fantásticos o paisajes exóticos. El romántico está dominado por la insatisfacción permanente del que ama y la necesidad de perder el tiempo en elucubraciones poéticas en torno a sus zozobras sentimentales. Lo motiva a crear el deseo de alcanzar cúspides utópicas, perfectas y eternas. Por eso se suicida si no lo logra, en lo que hoy interpretaríamos como una especie de tolerancia cero a la frustración, en una oposición salvaje al no y a la realidad pura y dura.


El romántico está fascinado por la búsqueda de la fusión primigenia, el encuentro con la totalidad, pero desde el sentimiento de pérdida y desesperanza. Es un niño que quiere volver al vientre materno, un lugar lleno de paz y de necesidades colmadas, y que emplea el resto de su vida en soñar con el paraíso perdido a través de la figura de la amada. El Yo trágico se verá representado en la figura del genio, surgida en el Renacimiento, recuperada por el neoplatonismo, y exacerbada en el Romanticismo, según Rafael Argullol (1984) . En el siglo XIX, el artista genial (pensado en masculino, insisto) adquiere la clara conciencia de su total independencia de las reglas y de las normas; su arte se basa en la inspiración. El artista y el escritor romántico buscan en su Yo más profundo la materia prima de su creatividad; por eso quizás la egolatría y el deseo de grandeza del creador, que ha de demostrar que “su mundo no es este” a través de actos heroicos como el suicido o los actos de autodestrucción.


El Romanticismo, sin duda, introdujo un elemento novelesco dentro de la vida individual, una especie de neoplatonismo idealizante, un sentimiento trágico de la vida mezclado con grandes dosis de victimismo y una serie de barreras autoimpuestas para experimentar el dolor más desgarrador. En las novelas del siglo XIX sus protagonistas se desenvuelven en angustias existenciales, deseos de plenitud y desbordamiento emocional. Los románticos y las románticas necesitaban subidones de adrenalina, incendios del alma, desesperación por alcanzar la eternidad, frustración continua por no poder alcanzar la felicidad. Los enamorados se declaraban esclavos de sus amados y amadas, y cometían todo tipo de locuras y excesos irracionales por amor.


En el XIX, la novela alcanza su máxima expresión con el sentir romántico. En ella, los grandes ideales a alcanzar eran el amor y la libertad, dos abstracciones a través de las cuales lograr la autorrealización, encontrarse consigo mismo y encontrar un por qué a la existencia. A través del deseo de fusión, el romántico realiza una búsqueda de sentido, pretende hallar una respuesta a las preguntas, una forma de acabar con la incontingencia, una manera de controlar el futuro. El amor romántico es, así, un instrumento para elevarse por encima de la miseria humana y para enajenarse, evadirse, vivir otras realidades, llevar la propia hacia el extremo.


La reivindicación del Romanticismo fue la individualidad frente a la colectividad, el yo frente a la masa; es el sálvese quién pueda, por eso la actitud romántica nace con el capitalismo y la clase acomodada de la burguesía. El romanticismo es, de este modo, individualista, aristócrata y libertaria a un tiempo. El artista se siente desengañado del mundo, pero también se siente el centro de su mundo, el lugar desde el que se relaciona con los demás. Por ello si la realidad que se le impone no le gusta, tiene derecho a expresar su rabia, como un niño mimado, en forma de angustia sublimada.


El Romanticismo expresa un sentir dramático, una especie de tormento narcisista, una forma infantil de relacionarse con el mundo y una manera de soñar utopías irrealizables de carácter egoísta. El romántico se rebela, pero en lugar de luchar huye hacia lugares de ensueño, paisajes exóticos, atardeceres sublimes, lugares remotos donde la realidad no le alcanza. Desea cambiar el mundo, pero como no sabe organizarse políticamente con el resto de los descontentos, prefiere huir e imaginar un mundo mejor, construido imaginariamente a su medida. El poeta romántico siempre está insatisfecho, no se adapta a las convenciones, reniega de la realidad y pretende trascenderla a través del amor.


Los héroes románticos son seres solitarios, asociales; como héroes trágicos se hallan en guerra perpetua contra el universo carcelario que les rodea y que advierten también en su interior. Huyen de la soledad, pero la necesitan, del mismo modo que desean sufrir. Denis de Rougemont (1939), defiende la idea de que el amor romántico está basado en el tormento continuo, que nos eleva espiritualmente. El sufrimiento y la idea de la muerte intensifican la realidad cotidiana, dotándola así de una dimensión grandiosa. Por eso los románticos asumen el dolor y el placer como hermanos inseparables. Es más, sufren innecesariamente porque se pasan el día subyugados por la fuerza de lo subjetivo, por el narcisismo ególatra que les impide pensar en otra cosa que no sea su ego, y sus sentimientos.


El amor romántico entre dos personas, entonces, constituye una utopía emocional colectiva, porque por definición el deseo es aquello que nos mueve a alcanzar algo que no poseemos; por ello siempre, o casi siempre, va acompañado de frustración. El amor romántico es un sentimiento idealizado que utilizamos para calmar nuestro miedo a la vida y a la soledad; es un amor insaciable y además no es un fin en si mismo, sino un medio para ser feliz, para autorrealizarse, para huir de la soledad que nos acompaña toda la vida, o para sentir emociones que nos hagan sentir vivas. Pero nunca logramos que ese estado de embriaguez dure mucho tiempo, principalmente porque va acompañado de una tormenta química que se agota con el tiempo. Por eso, en general, los románticos no disfrutan del amor real, vivido en pareja, anclado a la cotidianidad. En el XIX, el que ama románticamente lo vive como una condena, y, es incapaz, “como le ocurre a Hyperion (de Hölderlin), de ser feliz incluso en las situaciones que aparentemente deberían reportarle felicidad, aspira a tal riqueza que se pierde en los espacios del deseo” (Argullol, 1984).






El Romanticismo Femenino 


La posición del sujeto femenino en el Romanticismo fue muy contradictoria, porque, pese a las ansias de libertad e igualdad de los románticos, estos seguían (continuando con la cerrazón de la Ilustración) refiriéndose al sujeto masculino al hablar del ser humano. El sujeto femenino en realidad era objeto de deseo, de devoción, más que sujeto de pleno derecho, como sucedió en el siglo XII con las damas del “amor cortés”, objetos de deseo y admiración encerradas en palacios y castillos.


Por una parte, el Romanticismo parecía fomentar la participación de las mujeres mediante la revalorización del sentimiento y la individualidad, que hasta entonces habían sido considerados despreciativamente como cosas de mujeres, debilidad del espíritu, flaqueza de voluntad. Así, fue un gran avance que los hombres comenzaran a hablar el lenguaje sentimental de las mujeres y lo embellecieran, pero de algún modo se reapropiaron de ese mundo, en el que brillaron como grandes artistas, relegando a las poetas, pintoras y escritoras románticas al anonimato o a esconderse tras pseudónimos masculinos. Fue el caso de Amandine Aurore Lucile Dupin, que triunfó como George Sand. Los intelectuales románticos a menudo se burlaron de las creadoras, minimizaron el impacto de sus obras, y criticaron con saña su condición de mujeres cultas. Sin embargo, a nuestros días han llegado las novelas de Mary Shelley, las Hermanas Brönte, Jane Austen, lo que demuestra que las mujeres escribían grandes novelas de amor. Aquí se hicieron un hueco en la literatura, entre otras, Rosalía de Castro, Carolina Coronado o Emilia Pardo Bazán.


Según el estudio de Susan Kirpatrick (1991), las mujeres encontraban difícil asumir la pasividad a las que se las confinaba como objeto de deseo; su necesidad de verse como sujetos estaba en contraposición a la norma social de la mujer encerrada en el ámbito doméstico, sin posibilidad de vivir aventuras, de trascender su mundo, de dirigir libremente sus pasos hacia la felicidad, o hacia la belleza, o hacia el amor. Por ello algunas escritoras románticas pusieron al descubierto en sus novelas la falsedad y la naturaleza opresiva del modelo de la subjetividad femenina como ángel doméstico.


Con respecto a las lectoras románticas, Gilles Lipovetsky analiza en La Tercera Mujer (1999) los efectos del romanticismo y afirma que la ideología amorosa de nuestra sociedad patriarcal ha contribuido a reproducir la representación social de la mujer dependiente del hombre por naturaleza, incapaz de acceder a la plena soberanía de sí. El autor cree que el amor ocupa un lugar privilegiado en la identidad y los sueños femeninos debido principalmente a tres fenómenos: la asignación de la mujer al papel de esposa, la inactividad profesional de las mujeres burguesas, y su consiguiente necesidad de evasión en lo imaginario.


En este siglo, el amor romántico incide más en las mujeres debido a la promoción moderna del ideal de felicidad individual y la legitimación progresiva del matrimonio por amor. Muchas ven en esta institución la posibilidad de alcanzar una autonomía, de lograr la libertad a través del amor, de sumergirse en la armonía y la felicidad conyugal. Ello propició lo que Shorter denomina la “primera revolución sexual”, que se acompaña de una mayor atención hacia los propios sentimientos, un compromiso femenino más completo con la relación amorosa, una “sexualidad afectiva” que privilegia la libre elección de la pareja en detrimento de las consideraciones materiales y de la sumisión a las reglas tradicionales. Las consecuencias de esta revolución fueron, según Lipovetsky, el aumento de la actividad sexual preconyugal y de los nacimientos ilegítimos.


A medida que retrocedía la costumbre de imponer un marido a las jóvenes, éstas soñaban con integrar el amor en su vida matrimonial, aspiraban a mayor intimidad en las relaciones privadas, a oír hablar de amor, a expresar sus sentimientos. En el siglo XIX “no hay muchacha que no sueñe con enamorarse, con encontrar el gran amor, con dar el sí al príncipe azul”, probablemente a causa de que el romanticismo sentimental femenino se vio exacerbado por un frenesí de lectura de novelas románticas publicadas por entregas en las revistas femeninas . En aquel tiempo proliferó toda una literatura destinada a las mujeres, centrada en la vida de pareja, las pasiones, y el adulterio.


El fenómeno pronto causa alarma social, porque se piensa que estos folletines “trastornan la imaginación de la joven, dan al traste con su inocencia, provocan secretos pensamientos y deseos desconocidos”, por ello resulta imperativo controlar lo que se lee: “En las familias burguesas, los padres prohíben a las muchachas la lectura de las novelas de Loti, Bourguet, Maupassant, Zola; creyentes y anticlericales suscriben la idea de que “una joven honesta jamás lee libros de amor”. (…) Con toda evidencia, tales condenas no consiguieron sofocar la violenta pasión femenina por la lectura, y numerosas jóvenes leían a escondidas de sus padres novelas sentimentales en ediciones baratas” (Lipovetsky, 1999).


Son muchos los teóricos que afirman que las mujeres en las novelas románticas modernas poseen un gran poder, porque son independientes e inteligentes, y poseen una energía arrasadora, como es el caso de la protagonista de Cumbres borrascosas, según Lourdes Ortiz (1997), la novela más “inconformista y brutal de la primera mitad del siglo XIX”. Fue escrita por una mujer de 28 años, Emily Brontë, quien descubre una verdad que espantaba a la moral victoriana de su tiempo: los hombres y las mujeres son iguales y ambos aman con la misma pasión.


Sin embargo, lo curioso de los escritores románticos es que creaban también personajes femeninos poderosos, aunque siempre las condenaran a la muerte o el ostracismo (Emma Bovary, Anna Karenina, la Regenta, Carmen). Castigar su libertad individual y su desbordante apetito sexual y amoroso es una especie de catarsis, una forma de ahuyentar el miedo masculino al poder devastador de la fémina insaciable. Este mito ancestral representa un miedo masculino muy antiguo, ya presente, por ejemplo, en la cosmogonía griega, plagada de diosas vengativas y crueles y monstruos femeninos perversos y devoradores.


En el siglo XX los personajes femeninos se dulcifican y se pretende instaurar en el colectivo imaginario el estereotipo de la mujer buena, abnegada y entregada por completo a la aventura del amor (probablemente la única aventura que va a vivir en su vida). Sin embargo, hemos de destacar que este proceso de invasión del amor romántico en la vida de las mujeres sólo tuvo lugar en el seno de las clases medias, ya que las mujeres trabajadoras eran en su mayoría analfabetas y no tenían tiempo de entregarse al ocio romántico, ni necesidad alguna de mitificar el matrimonio, que no las sacaba de pobres. La realidad era que muy pocos proletarios y obreros podían casarse (recuerden los míseros sueldos y las interminables jornadas laborales que sufrían). Las mujeres que anhelaron el amor romántico fueron las mujeres que no tenían doble jornada laboral, ni ancianos, ni enfermos, ni decenas de chiquillos hambrientos a su alrededor.


Sólo con el desarrollo de las clases medias y la globalización en la era de los medios de comunicación de masas, el romanticismo se ha extendido por todo el planeta, gracias principalmente a la industria cinematográfica de Hollywood y sus happy end representados simbólicamente a través de la boda (el día más importante en la vida de una mujer).


El proceso de expansión del romanticismo como modelo amoroso se consolidó a partir de la Segunda Guerra Mundial, cuando la prensa del corazón, la literatura llamada “rosa” y las fotonovelas inundan el mercado cultural. En E.E.U.U. el sector de las novelas sentimentales prospera como nunca; algunas mujeres compran hasta 80 libros al año. En Italia el público de las fotonovelas se estima en 12 millones de personas; se publican 10.000 títulos entre 1946 y finales de los años 60. La famosa colección Harlequín aparece en 1958 y en 1977 alcanza una difusión de 100 millones de ejemplares .


Todas estas publicaciones difundieron a gran escala el ideal romántico femenino, y con él las virtudes de la fidelidad y la virginidad, la imagen de la “mujer Cenicienta” (Dowling, 1992) que espera realizarse tras la llegada de un hombre extraordinario. En ellas siempre se da por supuesto el deseo imperioso de la mujer por lograr el objeto de deseo (el hombre) para luego domesticar el amor, y domesticarlo a él, salvando todos los obstáculos y logrando un final feliz a través de la boda que le da una dimensión dramática y narrativa al romance.


En la actualidad el romanticismo sigue siendo tan importante para las mujeres porque nos ofrece, en forma de mitos y relatos, una especie de utopía libertaria, un ideal de pareja en el que nuestro amado nos considerará sus compañeras y nos tratará como a iguales y nos querrá para siempre, tan incondicionalmente como nuestro padre nos ama. Esta necesidad de enamorar a un hombre viene reforzada dada por una imposición social y económica, pues nuestro mundo está ideado para que la gente se aúne en grupos de dos, empezando por el qué dirán y terminando con las ventajas fiscales del matrimonio.


Anthony Giddens (1995) ha señalado que si las mujeres leen apasionadamente novelas románticas es porque adquieren leyéndolas una perspectiva moral que permite contemplar el curso de la vida como aquel terreno de juego donde se puede realizar un proyecto vital: la construcción en común de un destino compartido. En cambio, el atractivo del amor romántico para las mujeres reside, según Enrique Gil Calvo (2000), en que ellas son las protagonistas, sujetos que desean: “la absorción del otro queda integrada en la orientación característica de la “búsqueda”. La búsqueda es una odisea, en la que la identidad del yo espera su validación del descubrimiento del otro. Tiene un carácter activo y en este sentido la novela moderna contrasta con las historias medievales, en las que la heroína es habitualmente pasiva”.


Según Georges Duby , hemos sobrevalorado el amor porque implica un reconocimiento del derecho a ejercer cierto dominio sobre los hombres, porque preconiza comportamientos masculinos que toman más en consideración la sensibilidad, la inteligencia y la libre decisión de las mujeres. También Lipovetsky opina que a través del amor la mujer aspira a un reconocimiento y una valoración de sí en cuanto persona individual, incambiable, única.


Y es que el amor nos hace sentirnos protagonistas del relato, nos hace sentir especiales para otra persona, diferenciadas del resto. A menudo, una mujer que nace en una sociedad donde no se le permite trabajar o dedicarse a la investigación o la cultura, sólo alcanza prestigio a través del matrimonio. Por eso se nos educa en la cultura patriarcal para que seamos narcisistas, sumisas, dependientes y susceptibles de ser amadas y deseadas por un hombre.


Así, que como vemos, el amor romántico por un lado es transgresor y liberador, y por otro lado reaccionario y preñado de la ideología patriarcal. En el amor romántico el uno necesita al otro para fusionarse: el mito de la media naranja nos hace creer que no somos un ser completo hasta que nos juntamos a otra mitad. Además, el romanticismo está basado en un modelo de pareja heterosexual y en la repartición de roles tradicional que crean hombres que necesitan mujeres, y mujeres que necesitan hombres. La necesidad, sin embargo, no tiene que ver mucho con la libertad y el deseo.


Y a pesar de ello, tampoco las relaciones amorosas homosexuales han logrado aún trascender el reparto de roles tradicionales, las relaciones de dominación y las luchas de poder. El amor homo y hetero comparten asimismo la idolatría del otro, el entusiasmo ante la conquista, y la posterior decepción cuando cesa la tormenta química y el paso del tiempo les descubre que el amor es un mito. El romantcisimo es entonces una especie de religión individualista en la que depositamos nuestros anhelos de alcanzar la felicidad eterna.


Las mujeres hemos sido más vulnerables a la tragedia romántica porque nos han educado para que nos pasemos la vida deseando que un hombre nos salve y nos colme la existencia (como Isolda, Melibea, Julieta, la Bella Durmiente, Cenicienta, Blancanieves…). En este sentido, las conquistas legales, jurídicas, sociales y económicas de las mujeres en materia de igualdad deben acompañarse también de una lucha por liberar al amor de la necesidad. Es decir, de lograr que las mujeres tengan otras metas en la vida más importantes que lograr un hombre que las ame, para que así puedan relacionarse con ellos en un plano de igualdad y de libertad.


A pesar de que muchas mujeres tienen independencia económica, vida social intensa y en ocasiones éxito en su desarrollo profesional, todavía son muchas las que no se sienten completas sin un hombre a su lado. Quizás porque las películas, los relatos, las canciones, nos siguen seduciendo con el mito del príncipe azul o la princesa rosa, y sus finales felices, que causan una tremenda frustración en casi todos nosotros, más grande cuanto más idealizamos las relaciones de pareja.Así pues, la mayor parte de nosotras nos hemos creído el cuento de hadas; en definitiva, nos han seducido para que nuestra mayor meta en la vida sea encontrar un hombre ideal, o al menos, no quedarnos solas, como si las mujeres fueramos dependientes por naturaleza.


Prueba de que esto no es cierto es la cantidad de mujeres viudas, divorciadas y solteras que declaran vivir mejor sin aguantar o sin ser criadas de nadie. En la madurez las mujeres se empoderan porque ya saben que la idea que les vendieron es falsa, que la felicidad no reside en otras personas sino en una misma, y ya han asumido e incluso disfrutan de la soledad y la independencia que las permite viajar, aprender, y llevar una vida intensa y al margen de una relación de dependencia mutua.




La transformación del romanticismo


Mientras el patriarcado va eliminandose de las estructuras legales y económicas de nuestra sociedad, sigue sin embargo muy arraigado en la cultura, y en los relatos amorosos. En la producción de sentido, en la creación cultural es donde creadores y creadoras han de aportar su granito de arena en la representación de modelos amorosos más igualitarios. Por ello creo que hay que comenzar a construir personajes femeninos que protagonizan la historia de su vida, que toman las riendas de sus problemas, que no esperan toda la vida a que las salve un príncipe azul o una princesa rosa.


Se trataría de (de)construir los estereotipos tradicionales que representan a las mujeres como seres débiles, sumisas, incapaces de hacer nada, victimistas, infantilizadas, caprichosas, y perversas. Y comenzar a representar modelos positivos de mujeres que luchan, que tienen conciencia de su poder, que crean redes sociales de apoyo mutuo, que logran que su identidad y su autoestima no varíen dependiendo de si un hombre las valora. También sería esencial construir, paralelamente, personajes masculinos que sepan compartir el protagonismo y valorar las habilidades de su compañera de reparto.


Lo ideal sería trabajar en la transformación cultural del patriarcado, paralelamente a la lucha por la igualdad política, social y económica. Así, podríamos innovar en la creación de contenidos antipatriarcales, en definitiva, crear representaciones simbólicas de relaciones amorosas menos egoístas e interesadas, y alejadas del patrón dominio-sumisión tradicional. Sólo así podremos transformar el romanticismo patriarcal, en nuestra era posmoderna, en un romanticismo igualitario, construido desde la necesidad humana de dar y recibir afecto, que en definitiva es la base del amor.




Otros artículos de la autora: 



El Mito del Matrimonio 





KATE Y GUILLERMO: Las bodas reales como acontecimiento mediático







BIBLIOGRAFÍA


1) Argullol, Rafael: “El héroe y el único. El espíritu trágico del Romanticismo”, Taurus, Madrid, 1999
2) Bornay, Erika: “Las hijas de Lilith”, Ensayos Arte Cátedra, Madrid, 1998.
3) Bou, Nuria: “Diosas y tumbas. Mitos femeninos en el cine de Hollywood”. Icaria, 2006.
4) Cerceda, Miguel: “El origen de la mujer sujeto”, Colección Metrópolis, Tecnos, Madrid, 1996.
5) De Rougemont, Denis: “El amor y Occidente”, Editorial Kairós, Barcelona, 1939.
6) Dowling, Colette: “El complejo de Cenicienta”, Mondadori, Barcelona, 2003.
7) Giddens, Anthony: “La transformación de la intimidad. Sexualidad, amor y erotismo en las sociedades modernas”, Cátedra, Madrid, 1995.
8) Gil Calvo, Enrique: “Medias miradas. Un análisis cultural de la imagen femenina”, Anagrama, Barcelona, 2000.
9) Kirkpatrick, Susan: “Las Románticas. Escritoras y subjetividad en España”, Feminismos, Cátedra, Madrid, 1991.
10) Lipovetsky, Gilles: “La tercera mujer”, Anagrama, Colección Argumentos, 1999.
11) Ortiz, Lourdes: “El sueño de la pasión”, Planeta, Barcelona, 1997.




 Coral Herrera Gómez

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