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28 de junio de 2017

Listado de mis privilegios desde la autocrítica feminista



1. Derecho a la educación pública y de calidad: estudié hasta los 30 años en instituciones públicas y pude estudiar una carrera universitaria y un doctorado. No pude estudiar Periodismo pero si pude estudiar Humanidades y Comunicación. Nunca tuve ninguna beca pero mis padres pudieron costearme las tasas universitarias porque en aquel entonces eran muy baratas y se permitía el acceso masivo de la clase obrera a la Universidad.

2. Derecho a la sanidad pública y de calidad: antes de que empezaran los recortes, pude ir al médico cuando enfermé. Nunca tuve que ir al hospital, siempre gocé de buena salud, pero viví en un país en el que tener pocos ingresos no ponía en riesgo tu vida. Hablo en pasado porque cuando emigré perdí mi derecho a la sanidad pública y porque ahora las listas de espera son tan largas que tienes que pagar para hacerte las pruebas fuera si no quieres morirte.

3. Derecho a una vida libre de violencianunca me han pegado, ni me han violado, ni he sufrido agresiones de ningún hombre de mi entorno, de mi pareja, ni de hombres desconocidos. Mis parejas nunca me han maltratado ni psicológica ni emocional ni físicamente. Tampoco he sufrido violencia por mi color de piel, ni mi nacionalidad, ni por no tener religión, ni por mi orientación sexual, ni por mi clase socioeconómica.

4. Derecho a comer todos los días de mi vida y a no pasar hambre. Cuando no he tenido dinero, he tenido mucha gente solidaria a mi alrededor que me ha dado de comer, y yo siempre he hecho lo mismo: grandes olladas de comida para alimentar a amigos, amigas y gente cercana.

5. Derechos sexuales y reproductivos: he tenido derecho a la educación sexual (no en la educación pública, sino en mi casa), y a los anticonceptivos. He vivido en un país donde abortar era posible aunque no lo necesité nunca. He tenido las parejas que he querido, me he juntado y me he separado cuando he querido, he probado todas las formas de relación y de amor que me ha apetecido, sin tener que esconderme, sin sufrir violencia en mi familia o en la calle por emparejarme con hombres y mujeres. He sido madre cuando he querido, nadie me lo ha impedido, nadie me ha obligado a serlo, y no he tenido que separarme de mi bebé ni pedir a nadie que me lo cuide, me siento muy privilegiada porque puedo cuidarlo junto con mi compañero ya que trabajo en casa.

6. Derecho a una vida libre de discriminación: la única discriminación que he sentido en la vida ha sido por ser joven, y por ser mujer. Me he sentido tratada como una niña, me he sentido acosada en la calle, en bares y discotecas, y en el entorno laboral. He trabajado mucho gratis a gente que se ha aprovechado de mí, todos hombres que me han prometido mejores condiciones en el futuro hasta que me he hartado. He tenido que aguantar mucho baboso asqueroso en mi vida laboral, tanto en España como en Costa Rica, de gente que tras recibir mi cv me llamaba para ofrecerme un contrato: me sacaban de la oficina para invitarme a un café, e insinuarse, y en esos momentos yo no tenía herramientas para entender que es mejor morirse de hambre que aguantar a este tipo de gentuza. Mi color de piel y nacionalidad me han puesto las cosas muy fáciles en muchos sitios, excepto con gente que odia a las personas que nacen en países desarrollados y de tradición colonialista, y gente que odia o desprecia a las personas blancas porque las considera opresoras. 

7. Derecho a trabajar y recibir un salario: empecé a trabajar a los 18 años mientras estudiaba. Todos mis trabajos han sido extremadamente precarios, incluso los de universidades y organismos internacionales. He sido cajera de supermercado, he repartido publicidad en la calle, he pintado las rayas de las sendas montañeras, he vendido cerveza y mojitos en los conciertos y las manifestaciones, he sido profesora de inglés y ciencias sociales, he sido cocinera en una cadena de comida basura, he sido actriz de teatro y cortometrajes, he sido profesora de teatro infantil, he trabajado en dos editoriales, y siempre sin contrato, sin seguro social y con salarios de mierda, excepto en el supermercado, época en la que fui mileurista. He sufrido todo tipo de abusos por parte de mis contratadores: me pagaban tarde y mal, me pagaban cuando querían, o no me pagaban: una empresa se esfumó en el aire y nos dejó a todos sin tres meses de salario, pero no podía denunciar porque no tenía contrato ni recursos para meterme en juicios. No tendré jubilación jamás porque apenas he cotizado en la seguridad social.

8. Derecho a la libertad de expresión, de reunión y asociación, derecho a la huelga: he nacido en un país en el que he podido manifestarme con libertad y he podido trabajar en movimientos sociales y políticos sin miedo a morir. Si que he tenido miedo a ser detenida pues en varias ocasiones he tenido a la policía encima y he tenido que correr cuando había cargas policiales para disolver las manifestaciones. En mi país se tortura a gente y he tenido la suerte de no ser torturada, ni golpeada, ni detenida de forma arbitraria.

9. Derecho a viajar y a emigrar: mi pasaporte español me permite viajar sola o acompañada a casi todos los países del mundo. Con 34 años emigré a Costa Rica y tuve el privilegio hacerme pasar por turista. Salía y entraba cada 3 meses del país. Solo en dos ocasiones las autoridades me humillaron tratando de entrar. Debido a mi origen español, no he sufrido apenas xenofobia, aunque siempre te encuentras gente que te acusa de llegar "a robarle el trabajo a los de aquí", o que te considera una colonizadora que viene a robar el oro del país. No he podido trabajar en el país durante tres años en los que estaba de ilegal, pero mi compañero me mantuvo durante todo el tiempo, monté mi propia escuela on line sobre amor y feminismo, y he podido hacer pequeñas colaboraciones en algunas instituciones costarricenses.

10. Derecho a techo: estuve okupando durante cinco años de mi vida en edificios comunitarios y fuimos desalojados por la policía. Luego he podido alquilar pisos con más gente hasta que me fui del país. En Costa Rica he podido hipotecarme y comprarme una casa: el banco nos consideró, a mi compañero y a mí, sujetos aceptables para comprar una casa y endeudarnos de por vida.

11. Derecho a no sufrir violencia obstétrica: disfruté de una buena atención durante todo mi embarazo, parto y postparto, y un excelente trato humano. Mi privilegio consistió en pedir prestado dinero para poder parir en un hospital privado en el que me permitieron intentar el parto natural, pude imponer mis condiciones,  y no me separaron de mi bebé al nacer.

12. Derecho a la libertad de movimientos, y a la libertad de elección: mi libertad siempre se ha visto limitada por mi necesidad y mi precariedad permanente. Pero soy privilegiada porque actualmente me gano la vida en lo que me gusta: escribir y comunicarme, aunque no sea autónoma aún. He pasado (mucho) miedo al volver a casa por las noches durante años, pero nunca quise renunciar a mi derecho a moverme con libertad por la calle. Me atracaron dos veces, sin agresión física por parte de los asaltantes. Puedo viajar sola sin problemas por muchos países, y lo disfruto mucho. Aguanto el acoso callejero como todas las mujeres de este planeta (a ratos con rabia profunda, a ratos con dolor, a ratos con resignación), y desde que vivo en Costa Rica no puedo caminar sola de noche por las calles. Por el día, sufro riesgo de sufrir acoso sexual (como todas) y a morir atropellada porque no hay aceras ni semáforos ni pasos de cebra en mi barrio, lo que limita mi libertad de movimientos.

Estos son, creo, todos los privilegios que he tenido y tengo. Los he planteado desde la perspectiva de los derechos humanos fundamentales, porque creo que comer o ir a la Universidad son derechos fundamentales, no privilegios que sean necesario abolir o renunciar a ellos.

Como creo que todo el mundo debería poder tener los mismos derechos, lucho día a día contra la discriminación, la desigualdad, la violencia y todas las formas de odio que perpetúan el fascismo, el machismo, la xenofobia, el clasismo, el racismo, la homolesbotransfobia, etc.

Probablemente me dejo unos cuantos privilegios o derechos en el tintero, son bienvenidos todos los aportes que alimenten esta lista de privilegios basados en las etiquetas con las que me definen: "blanca", "hetera", "cisexual", "europea", etc. 

Yo me siento más identificada con otras etiquetas como: “obrera”, “migrante”, “mujer que lucha”, “honesta”, “solidaria”, “trabajadora”, “comprometida”. Supongo que porque las etiquetas anteriores me sitúan en el grupo de las malas, y no me gusta que me definan desde esas dicotomías patriarcales según las cuales hay feministas opresoras que se dedican a oprimir a otras feministas a diario. 

Ahora que está de moda lo de competir a ver quién está más oprimida, en lugar de señalar a la estructura económica, política, social, etc, se etiqueta, se clasifica, se jerarquiza y se culpa a las compañeras. Se las señala con nombres y apellidos para que todo el mundo sepa quienes son. Yo me he atrevido a criticar estos concursos y he recibido mucho desprecio por parte de algunas compañeras. Por eso he escrito este listado para copipegarlo todas las veces que me regañen porque no me paso el día enumerando mis privilegios y no hago autocrítica. 

En mi vida personal y en mi grupo de trabajo feminista el Laboratorio del Amor, me trabajo los patriarcados que me habitan día a día, porque creo que ninguna de nosotras estamos libres de patriarcado, ni las bisex, ni las heteras, ni las lesbianas, ni las personas trans, ni la gente queer: todes tenemos que trabajarnos muchas cosas, porque vivimos en una cultura patriarcal que también impregna a la lucha feminista en sus formas de organizarse y relacionarse. 

Los discursos de odio no son exclusivos del machismo y la misoginia: están por todos lados, brotan en todos los sitios a diario, desde todos los frentes: hacia el enemigo, y hacia las propias compañeras de lucha. 

No me identifico como opresora y siento mucho que a algunas compañeras feministas les moleste, pero no me considero una persona violenta, ni explotadora, ni abusadora, y no me relaciono en base a jerarquías ni alimento luchas de poder con la gente.

Me solidarizo con las mujeres y la gente que sufre más opresiones, más violencia y discriminación que yo. Trato de combatir las opresiones que yo no sufro desde donde estoy, trato de apoyar y ayudar en lo que puedo, intento dar lo mejor de mí en mi día a día, en la interacción con todas las humanas con las que me cruzo a diario.

Me niego a considerar opresoras a las personas que disfrutan de más privilegios o más derechos que yo. Para mí las mujeres feministas son mis compañeras de lucha, y los hombres feministas son mis compañeros de lucha, y no me siento ni por encima ni por debajo de nadie: yo sólo sé relacionarme horizontalmente, y organizarme en redes.

Trato de ser honesta, solidaria, sensible, y coherente con mi discurso, mi forma de pensar, mis sentimientos, mi comportamiento, mis ideas, y mis acciones. A veces me equivoco porque soy imperfecta y humana, pero me lo trabajo para ser una buena persona. Trato de llevar la teoría a la práctica, de despatriarcalizarlo todo, de desaprender, desmitificar y desmontar el patriarcado en mi día a día.

Creo en el compañerismo feminista, en la sororidad y la solidaridad, en el trabajo en equipo, y creo que unidas somos mucho más fuertes. Creo que hay que evitar el odio y apostarle al amor y a la ternura social. Creo que otras formas de quererse, de organizarse y de relacionarse son posibles, y por eso trato de aportar lo mejor de mí para crear mucho amor del bueno, amor compañero, amor feminista y libertario.

Coral Herrera Gómez 

6 de marzo de 2017

Feminismo sin etiquetas, ni dicotomías, ni jerarquías

No sé a quién se le ha ocurrido etiquetar a la gente monógama como reaccionaria y a la gente poliamorosa como subversiva y feminista. Cualquier dicotomía es patriarcal: cis-trans, hetero-lesbiana, poliamorosa-monógama. La poliamoría puede ser tan patriarcal o más que la monogamia. 

Ser cis no te convierte en machista. Las lesbianas pueden ser tan patriarcales o más que las heteros. 

Ser feminista no tiene que ver con tu orientación sexual, ni con tus apetencias, sino con tu capacidad para ser coherente, para ser honesta, y para llevar la teoría a la práctica. 

Despatriarcalizarse es un trabajo personal y colectivo que puede hacer todo el mundo, y consiste precisamente en no juzgar a las demás ni utilizar etiquetas para discriminar a la gente por su origen, nacionalidad, color de piel, orientación sexual o por su forma de amar. 

Ser poliamorosas no nos hace más modernas ni más transgresoras, ser lesbianas no nos quita automáticamente la educación patriarcal que hemos recibido ni el pensamiento binario con el que entendemos el mundo y nos relacionamos con los demás. 

El feminismo consiste precisamente en poder liberarnos de las etiquetas, las dicotomías y las jerarquías que establecen quién es mejor, quién trasgrede más, quién es más o menos feminista o qué modelo amoroso es el más subversivo. 

Vamos a liberarnos de estas nuevas opresiones, vamos más allá de las etiquetas.

30 de noviembre de 2016

Sexualidad Queer: gente "rara" y amores diversos



Este artículo forma parte de la Revista del Instituto de la Juventud de EspañaINJUVE, en la que encontraréis material didáctico para trabajar con gente joven el tema de las identidades, las TIC, lo queer y la sexualidades diversas. 

Mi aportación es el capítulo 4 que podéis leer y descargar aquí: 

Sexualidad Queer, de Coral Herrera


25 de septiembre de 2016

Se vive mejor sin religiones del amor


En el trabajo que llevo a cabo con mujeres de toda España y América Latina en el Laboratorio del Amor, trabajamos mucho el tema de las nuevas formas de querernos, y en concreto hablamos mucho de las relaciones abiertas, el anarquismo relacional, la agamia,y el poliamor. Algunas lo están disfrutando mucho, especialmente las que ya eran poliamorosas antes de leer sobre el tema, las que nunca disfrutaron  en relaciones cerradas con pactos de fidelidad rígidos, las que se han atrevido por fin a relacionarse como siempre habían soñado: sin miedos, sin culpas, sin normas ajenas.
Sin embargo, muchas otras están llevando a cabo un esfuerzo titánico para convertirse en poliamorosas, y se preguntan si este esfuerzo merece la pena. Unas han llegado a la poliamoría de la mano de sus parejas masculinas, y otras han  llegado leyendo y debatiendo con amigas o en asambleas o foros virtuales. Sin darnos cuenta, casi todo el mundo mitifica la poliamoría como la práctica amorosa ideal que acabará con el sufrimiento, las mentiras, las peleas, las luchas de poder, la infidelidad, la violencia romántica.. y sin embargo al vivirlo nos damos cuenta de que las nuevas religiones del amor pueden ser tan tiranizantes como las antiguas. 
Casi todas coincidimos en que la fase teórica es lo mejor: hablar sobre relaciones abiertas es liberador y transgresor, y no es difícil entusiasmarse con esta forma de amar que nos liberará del patriarcado para siempre. Lo difícil es llevar la teoría a la práctica, porque la mayor parte de nosotras carecemos de herramientas para gestionar nuestras emociones: no nos han enseñado a manejarlas, y no podemos obligar al cuerpo a no sentir. Se  requiere de mucho tiempo y entrenamiento para cambiar nuestras estructuras emocionales: no se pueden borrar siglos de patriarcado de un plumazo.
Lo ideal sería encontrar la fórmula mágica para convertirnos en poliamorosas de la noche a la mañana, pero eso se les da mejor a los chicos, que llevan siglos simultaneando relaciones y ahora pueden hacerlo a la luz del día, sin mentir, sin sentirse culpables y sin miedo a que les descubran. 
En nuestro análisis colectivo hemos descubierto que la poliamoría puede ser tan patriarcal (o más) que la monogamia, y que por lo tanto la poliamoría tiene que ser feminista para que sea revolucionaria, y para que podamos disfrutarla nosotras también. Durante siglos y siglos hemos tenido que reprimirnos, mentir y jugarnos la vida para poder tener varios amores. Cuando nos han descubierto, los castigos han sido, y siguen siendo en muchos países del mundo, extremadamente crueles: se nos etiqueta como adúlteras, y luego se nos dilapida, se nos quema vivas o se nos tortura hasta la muerte.  
En el mundo desarrollado, sin embargo, ahora la imposición viene del lado contrario: lo que mola y lo que se lleva ahora es ser poliamorosa, y si no lo eres puedes ser etiquetada como una antigua, una conservadora o aún peor, una mujer machista que no se abre a las tendencias más "transgresoras". 
Como la mayoría quiere evitar estas etiquetas, nos adaptamos a las modas del amor y muchas veces nos machacamos tratando de seguir con fidelidad los nuevos esquemas y modelos amorosos. Lo hacemos para que la manada y la tribu nos acepten, pero también para que nos quieran y nos elijan como pareja. 
Sin embargo, someternos a las nuevas normas duele, porque no es nada fácil hacer la transición desde el romanticismo tradicional y monógamo al romanticismo poliamoroso y abierto. De hecho, puede llegar a ser una tortura que nos machaca la autoestima y la salud emocional, porque no toda la gente que practica el poliamor sigue una ética poliamorosa. Hay mucha gente cruel que miente, que no cuida a sus compañerxs, que hace daño para alimentar su Ego, que jerarquiza y minusvalora a sus amantes para reafirmarse y demostrar su poder y su capacidad de seducción.

Pensando sobre todo esto, nos dimos cuenta de que entonces es fundamental cuidarse a una misma, no permitir que nadie nos haga daño, no traspasar los límites propios, no tener miedo al "qué dirán". Es importante, pactar con una misma, respetar los acuerdos, conocerse bien, saber qué es lo que nos hace bien y lo que no, y querernos tanto como queremos a las personas con las que nos relacionamos. Es importante, también, tener la libertad para cambiar de opinión, para atrevernos o para quedarnos donde estamos: el poliamor no es la salvación, ni es la solución a todos los problemas del amor patriarcal. 
Otra conclusión a la que hemos llegado juntas es que la monogamia es una forma de relacionarse como otra cualquiera y que forma parte de la diversidad sexual y amorosa. Es decir, la monogamia ha de ser una opción libre que cualquiera de nosotrxs pueda elegir. Finalmente, sucede lo mismo que con la poliamoría: la monogamia ha de ser igualitaria, feminista y diversa. 
Todos los modelos amorosos se pueden desmitificar y despatriarcalizar.  En el Laboratorio vamos viendo que no merece la pena sufrir ni sacrificarse para alcanzar el paraíso del poliamor. Al mundo de las relaciones abiertas se ha de llegar disfrutando, sin imposiciones externas o internas, sin mitos ni normas que nos obliguen a adaptarnos al modelo hegemónico poliamoroso. 
Lo bueno de la poliamoría es que podría llamarse de otra manera, y puede vivirse y practicarse como a una le apetezca, de la manera en que a una le convenga, customizando o personalizando la experiencia como deseemos. Esto es practicar el feminismo desde una misma: sentirse libre para elegir, para entrar o salir, y para construir nuestros vínculos desde donde queramos.  
Hemos descubierto que no hay que culpabilizarse si una no es tan poliamorosa como las demás, que no pasa nada si no podemos tener varias relaciones a la vez, que no tenemos porqué torturarnos reprimiendo las emociones o tratando de disimularlas pensando en que nos van a juzgar y a etiquetar con los términos más abyectos (antiguas, mojigatas, estrechas, conservadoras, reaccionarias, patriarcales).
Hay que ser valienta y no tener miedo a las opiniones de la gente. Lo que de verdad es transgresor es disfrutar de tu vida sin pensar en los demás, sin seguir las modas, sin someterse a normas ajenas. Para las chicas del Labo, al final lo importante es sufrir menos, y disfrutar más del amor. 

Si sufres tratando de adaptarte a un nuevo esquema, no merece la pena hacer tanto esfuerzo: es legítimo intentarlo y abandonar, es legítimo probar otras formas de quererse, y es válido negarse a someterse a las nuevas o a las antiguas religiones del amor
Es importante reivindicar nuestro derecho a ser poliamorosas y a dejar de serlo cuando nos apetezca, pues nunca somos las mismas, cada pareja es un mundo, cada etapa de nuestras vidas es diferente, y lo que te apetece en un momento puede no apetecerte en otro. 
Por eso la etiqueta "poliamorosa"  debería ser como una prenda de vestir: me la pongo o me la quito cuando me apetezca, y no soy mejor o peor persona. Sigo siendo estupenda amando de una manera o de otra: lo importante es sentirnos completamente libres a la hora de relacionarnos y de construir nuestros vínculos con lxs demás.
Lo mismo sucede con la heterosexualidad: si es lo que me sale del coño y del corazón, no me hace menos feminista el amar y follar con hombres deliciosos. Si no es impuesta, la heterosexualidad es una opción tan transgresora como otra cualquiera: las lesbianas no son más feministas que las heteros. 
Quien esté libre de patriarcado, que tire la primera piedra. El patriarcado afecta lo mismo a gays, trans, lesbianas y heteros, por eso es tan importante hacer autocrítica amorosa continua, y por eso es tan importante cuestionar cualquier estructura amorosa, emocional, sexual y sentimental.
Todas las religiones y modas del amor pueden ser analizadas, repensadas, desmitificadas, despatriarcalizadas y desmontadas. La poliamoría es una liberación y un espacio de gozo para la gente poliamorosa, pero puede ser un infierno para la gente que no lo es. Por eso hay que probar y ver cómo nos sentimos, si es o no para nosotras, si nos apetece quedarnos un tiempo o para siempre, si nos sentimos nosotras mismas, si estamos a gusto, si tenemos la suerte de encontrarnos con gente linda en el proceso. 
Lo esencial para amar con alegría es poder ir más allá de las etiquetas, no arrodillarnos frente a las religiones del amor (las tradicionales o las nuevas), y sentirnos libres a la hora de elegir con quién y cómo queremos amar. Esto es el feminismo diverso: poder construir la estructura amorosa que queremos cada una, porque todas las formas de quererse son igual de válidas. Lo importante es vivirlas libremente y poder disfrutarlas.
Coral Herrera Gómez

Si quieres saber más sobre el Laboratorio del amor, visita mi web: 
laboratorio del amor final - TEXTO 3

27 de diciembre de 2015

Educación para la igualdad y la diversidad: acabar con las fobias sociales






Conozco a mucha gente que pide ayuda a psicólogos y terapeutas para tratarse la tristeza, el vacío existencial, las angustias y los miedos, pero no conozco a nadie que quiera curarse de enfermedades sociales como el racismo, el machismo, el clasismo, la xenofobia, la homofobia, la lesbofobia o la transfobia. 

Vivimos en un mundo competitivo, violento y jerárquico en el que unos seres humanos tienen más valor que otros: no nos educan para amarnos los unos a los otros en las escuelas ni en las universidades, y no hay especialistas a los que acudir cuando experimentamos un odio profundo hacia colectivos de personas o minorías. 

Las religiones tampoco promueven el amor hacia la gente diferente: generalmente los curas, sacerdotes, rabinos o imanes nos incitan al odio acusando de herejes e infieles a todos aquellos que no siguen su doctrina. Es frecuente escuchar en las iglesias, las mezquitas y las sinagogas discursos de odio hacia las mujeres que no se someten a los dictados del patriarcado, o hacia lesbianas y gays, pero sus autores no son acusados ni encarcelados por hacer apología de la discriminación y la violencia desde sus púlpitos. 

Vivimos en una cultura muy romántica, pero muy poco amorosa. Si bien el racismo es una enfermedad social que con los años se ha convertido en un fenómeno políticamente incorrecto, los chistes sobre negros, latinos, árabes, etc siguen fomentando el uso de estereotipos negativos  que se asumen como algo "natural" y gracioso, lo mismo que los chistes machistas que denigran a las mujeres. Cuando nos acusan de ser personas que discriminan, que odian o que rechazan a otros seres humanos, generalmente nos justificamos empezando con la tan conocida y estúpida frase: "Yo no soy racista pero... no soporto a los gitanos", "Yo no soy homófobo pero... a mi que no se me acerque un gay", "Yo no soy machista pero... las mujeres no están capacitadas para ciertas tareas", "Yo no soy clasista pero... creo que los pobres son unos vagos". 

Es curioso que a poca gente le de vergüenza expresar en voz alta su miedo o su odio hacia otros seres humanos y que nadie quiera curarse de estas enfermedades sociales que provocan tanta violencia. Hasta cierto punto es demencial que enseñemos a los niños y a las niñas a comportarse con corrección en público (dar los buenos días, no tocarse los genitales en público, rezar por las noches), pero luego tengan que oir en casa chistes y comentarios despreciativos hacia los inmigrantes, las lesbianas o las personas transexuales como si discriminar a otras personas no fuera un acto violento. 

Los seres humanos sentimos terror hacia las personas que no son como nosotras, por eso siempre estamos buscando la integración en los grupos, y por eso buscamos a los que son semejantes para formar grupos frente a otros grupos de gente que no son como nosotros. En nuestro sistema patriarcal, nos han convencido de que hay gente "normal" y gente "anormal", que hay un "nosotros" y un "ellos", que están los "buenos" y los "malos", que por fuerza has de ser "masculino" o "femenina"... todo nuestro pensamiento es binario, es decir, nuestra forma de pensar está determinada por los opuestos: blanco/negro, positivo/negativo, válido/inválido. 

La gente normal es aquella que cumple con los patrones y las normas del capitalismo patriarcal, es aquella que se puede etiquetar y definir, es aquella que encaja con una definición exacta. Toda la gente que no "encaja" es rara, es extraña, es extravagante, y por lo tanto es susceptible de recibir nuestro rechazo y nuestras burlas. Esto es lo que ocurre con las personas transexuales o las personas transgénero: nuestro cerebro trata de averiguar si estamos frente a un hombre o una mujer, y nos sentimos mal si no logramos definir con exactitud el género al que pertenece la persona que tenemos en frente. 

Y sin embargo, en la naturaleza nada es blanco o negro: vivimos en un mundo diverso con gente de todos los colores, tamaños, creencias, habilidades, capacidades, costumbres y formas de ser. En nuestro mundo hay mujeres masculinas, hombres femeninos, hermafroditas, personas que transitan, personas que se disfrazan, hombres travestidos, y toda clase de gente que no se adapta a ninguna etiqueta patriarcal. Nos cuesta gozar con esta ruptura de esquemas porque necesitamos que nuestro mundo sea estable, parecido al mundo simple que nos muestran los medios de comunicación: la diferencia nos da miedo, y por eso atacamos a personas que tienen otras creencias religiosas, otras formas de vestir, otros acentos e idiomas, otras orientaciones sexuales, otras costumbres y tradiciones....

Las enfermedades sociales producen discriminación, y la discriminación lleva a la violencia. Por eso la gente que vive esa violencia por ser diferente sufre tanto, por eso hay tantos niños y niñas diversas que se suicidan, por eso hay tantas personas adultas que son asesinadas cada año en todo el mundo. Por ser diferentes, por ser extranjeros, por ser raros...

Para acabar con las fobias sociales, hace falta integrar en la educación el respeto hacia las personas, y el amor hacia la diversidad del mundo en el que vivimos. No sirve de nada que nos aprendamos los nombres de los ríos y sus afluentes, o la lista de los reyes visigodos, si somos incapaces de entender que no se puede discriminar a nadie por su color de piel, por su forma de amar, por su identidad de género. No sirve de nada que tus hijos e hijas saquen buenas notas si luego acosan a sus compañeras con insultos, humillaciones, golpes y desprecios... no sirve de nada que hablemos de paz y de amor en Navidad si seguimos fomentando el odio contra colectivos de personas que no son como nosotros. 

Tenemos que ir más allá de las etiquetas y condenar todos los discursos de odio que nos hacen creer que hay personas inferiores y superiores, y que justifican la violencia contra las personas diversas. Tenemos que callar la boca a toda esa gente que utiliza esa maldita frase de: "Yo no soy machista pero..., yo no soy racista pero... yo no soy homófobo pero...." 

No hay peros que valgan. Todas las enfermedades sociales tienen cura: la mejor medicina contra la intolerancia, los miedos y la violencia es la educación en valores. Tenemos que romper con las etiquetas que nos reducen la libertad para ser y para sentir, y cuestionar profundamente los conceptos de "normalidad" y "anormalidad", porque en realidad somos todos gente diversa. Tenemos que ensanchar nuestras pequeñas mentes para que ser capaces de entender que la diversidad no es ninguna amenaza, que nos enriquece en la medida en que nos abre horizontes de realidad, y que la gente diversa merece respeto y amor. Tenemos que trabajar colectivamente, junto con los medios de comunicación, las familias y las instituciones, para promover una ética basada en el amor hacia la gente que nos rodea, sin exclusiones ni discriminaciones de ningún tipo. 


Coral Herrera Gómez


Otros artículos de la autora:






Uneté al Laboratorio del Amor 
por 100 euros al año o 9.95 euros al mes

12 de noviembre de 2015

Conferencia en México: La construcción sociocultural del amor romántico desde una perspectiva Queer. Coral Herrera Gómez



Aquí tenéis el audio de mi conferencia en la Universidad Autónoma de Aguascalientes, México, impartida el día 19 de Octubre de 2015. Fue la conferencia magistral con la que se abrió el VI Congreso Internacional de Ciencias Sociales y Humanidades, 
 un poco más abajo tenéis el texto completo para descargar o leer on line: 





6 de septiembre de 2015

No eres tú, es la estructura: desmontando la poliamoría feminista

Collage: Señora Milton
Ilustración de la Señora Milton

A nivel teórico y discursivo estamos haciendo grandes rupturas sobre el modelo de amor 
romántico monógamo y lo tenemos muy claro; a nivel emocional, son muchos siglos de 
patriarcado los que tenemos encima. El poliamor también genera mitos, finales felices, 
procesos enriquecedores, experiencias fascinantes, decepciones y frustraciones variadas.
Coral Herrera Gómez para Pikara Magazine.


        La poliamoría feminista es una nueva utopía colectiva para las que soñamos con un mundo igualitario, feminista y diverso. En este mundo ideal, las mujeres no estaríamos divididas en dos grupos: las buenas (fieles y sumisas sin deseo sexual), y las malas (ninfómanas, promiscuas y libres). Todas tendríamos derecho a tener las relaciones que quisiéramos sin sentirnos culpables, sin rendir cuentas a nadie, sin que se desate el escándalo social, sin que nos insulten, nos discriminen, nos castiguen o nos maten por ello.
Además, tendríamos mucho más tiempo para amar, para disfrutar de la vida y los afectos, para investigar y construir relaciones diversas, con o sin sexo, con o sin romanticismo. En el mundo poliamoroso feminista ideal no nos avergonzaríamos de nuestros cuerpos, no existiría el pecado ni la culpa, y podríamos disfrutar de nuestra sexualidad y nuestros multiorgasmos sin ningún tipo de traumas ni complejos.
Construiríamos una especie de ética amorosa para evitar las guerras románticas y las luchas de poder, y aprenderíamos a juntarnos y separarnos con cariño. En este código el objetivo general sería cuidar a los demás y cuidarse a una misma, aprender a resolver los conflictos sin violencia, evitar el sufrimiento innecesario, y aprender a disfrutar del amor y de la vida.
En un mundo de poliamoría feminista y queer no seríamos egoístas, celosas, ni posesivas, ni sufriríamos si nuestra pareja se enamora locamente de otra persona y necesita su espacio para disfrutar del colocón del enamoramiento. Podríamos llegar a ser, entonces, gente humilde y generosa que ama su libertad y la de los demás. Seríamos menos egocéntricas, pues no necesitaríamos sentirnos únicas ni especiales para alguien las veinticuatro horas del día. No aspiraríamos, como ahora, a ser el centro del Universo de la persona amada, pues en el mundo poliamoroso no hay centros, todo son redes interconectadas. Todos los afectos estarían en el mismo nivel, sin jerarquías: cada pareja se construiría desde la interacción y el presente, no habría amores clandestinos, y el amor no se encerraría en sí mismo, sino que fluiría libre, multiplicándose y expandiéndose.

8 de julio de 2015

La construcción sociocultural de la Realidad desde una perspectiva Queer







¿Cómo construimos la Realidad?, ¿cómo la percibimos y cuáles son nuestras limitaciones físicas y cognitivas para poder entenderla?, ¿qué es la Realidad?, ¿quién o quienes definen lo que es real?, ¿son la misma cosa la realidad y la ficción, se diferencian en algo?, ¿cómo aprendemos a pensar y a sentir?, ¿cómo aprendemos a ser hombres o mujeres?, ¿quién define lo que es “normal” y lo que no lo es?, ¿cómo construimos la cultura y la ciencia actual?, ¿cómo heredamos y transmitimos las estructuras?, ¿cómo atraviesa la ideología el cuerpo humano?, ¿cómo actúa la ideología capitalista y patriarcal en nuestra forma de convivir, de relacionarnos y de organizarnos?, ¿por qué los medios no representan la diversidad y la complejidad de la realidad?, ¿por qué hay realidades visibles, y realidades invisibles?, ¿por qué unas realidades valen más que otras?, ¿por qué pensamos en términos de blanco/negro?, ¿para qué sirven los mitos?, ¿cómo creamos conocimiento?, ¿qué es lo que no podemos conocer?, ¿son el amor y el sexo vías de conocimiento?, ¿cómo podemos empezar a pensar de otras maneras?, ¿cómo romper con las estructuras binarias del patriarcado?, ¿cómo inventarnos otros cuentos, otros métodos, otras hipótesis, otras preguntas, otras dudas, otras formas de pensar, de construir y de relacionarnos con la realidad?



INTRODUCCIÓN al libro: "La construcción sociocultural de la realidad desde una perspectiva Queer", Coral Herrera Gómez, 2015.


Ciencia, sexualidad, amor, conocimiento, comunicación, género, ideología, 
estructuras, cuerpos, saberes, y resistencias…


Otras realidades son posibles: otras formas de pensar, otras visiones de mundo, otras formas de comunicarnos, de intercambiar información y saberes, de transmitir conocimientos, de hacernos preguntas, de narrar la Historia del pasado y del presente, son posibles. Otras formas de estar y de relacionarnos con nuestro entorno son posibles. Otras formas de percibir y conocer, y otras formas de hacer ciencia y de producir cultura son también posibles. Otras formas de construir nuestra identidad, de relacionarnos con nuestros cuerpos, de amar y de organizarnos social, afectiva y políticamente, son posibles. Y necesarias.

Escribo este libro desde el convencimiento de que podemos transformar la Realidad porque es una construcción social, política, económica y cultural que puede deconstruirse, transformarse, mutar, revolucionarse. Mi apuesta es reivindicar la complejidad y la diversidad del mundo que construimos entre todos y todas, dejar atrás el pensamiento binario que reduce la realidad a dos pares de opuestos, deshacernos de las ideologías hegemónicas que perpetúan el capitalismo y el patriarcado dentro de cada uno de nosotros, cuestionar todas las verdades dadas por supuestas.

Mi enfoque está basado en la teoría queer, que reivindica la subjetividad, que sigue criticando la normalidad y la verdad, que visibiliza lo invisible, que rompe con la tradición y la modernidad, y aplica un enfoque transdisciplinar y diverso en la forma de hacer ciencia y de pensar la Realidad.


marco teórico

Esta obra surge del primer capítulo de mi tesis doctoral,“La construcción sociocultural de la realidad, del género y del Amor Romántico”, Universidad Carlos III de Madrid, que estuvo centrada en la investigación sobre la construcción social y cultural de la realidad, de las identidades de género, y del amor romántico. Este libro es una síntesis subjetiva de la crítica al pensamiento binario y la ciencia tradicional en la que aporto una visión queer al análisis del conocimiento sobre la Realidad. En Otras realidades son posibles he querido analizar el modo en que nos adaptamos a la norma, o nos alejamos de ella: todos los procesos de imposición generan resistencias, de ahí que podamos jugar con la Realidad, deconstruirla, desmontarla, analizarla, y elaborar nuevas construcciones bajo la premisa de que otras realidades son posibles.


17 de febrero de 2015

Consultora de Poliamor en Intimate



Desde hoy soy oficialmente la Consultora de Poliamor de Intimate, un proyecto de investigación de la Universidad de Coimbra (Portugal) sobre las "Micropolíticas de la intimidad en el Sur de Europa", financiado por el European Research Council y coordinado por Ana Cristina Santos. 

Esta aventura me llevará a Lisboa en 2016, al Primer Congreso Intimate en el que daré una ponencia en inglés...todo un reto asesorar a este equipazo internacional de investigadorxs. Apasionante!




         
      Página Web de Intimate: http://www.ces.uc.pt/intimate/

16 de octubre de 2014

Lo romántico es político




Artículo publicado originalmente en Revista Pikara:
http://www.pikaramagazine.com/2014/02/lo-romantico-es-politico/


Amamos patriarcalmente. Amamos democráticamente. Amamos como los capitalistas: con el ansia voraz de poseer al objeto de amor, con el ansia brutal del que colecciona piezas de caza. Nos conquistamos, nos endulzamos, nos fusionamos, nos separamos, nos destruimos mutuamente… nuestra forma de amar está impregnada de ideología, como cualquier fenómeno social y cultural.

El amor romántico que heredamos de la burguesía del siglo XIX está basado en los patrones del individualismo más atroz: que nos machaquen con la idea de que debemos unirnos de dos en dos no es casual. Bajo la filosofía del “sálvese quién pueda”, el romanticismo patriarcal se perpetúa en los cuentos que nos cuentan en diferentes soportes (cine, televisión, revistas, etc.).

A través de los cuentos que nos cuentan, asumimos los mitos, los estereotipos, los ritos y los roles de género tradicionales, y mientras consumimos ideología hegemónica, nos entretenemos y nos evadimos de una realidad que no nos gusta. Consumiendo estos productos románticos aprendemos a soñar con una utopía emocional posmoderna que nos promete la salvación eterna y la felicidad conyugal. Pero solo para mí y para ti, los demás que se busquen la vida.

Frente a las utopías religiosas o las utopías sociales y políticas, el amor romántico nos ofrece una solución individualizada, y nos mantiene distraídas soñando con finales felices.  El romanticismo sirve para que adoptemos un estilo de vida muy concreto, para que nos centremos en la búsqueda de pareja, para que nos reproduzcamos, para que sigamos con la tradición y para que todo siga como está.

El romanticismo patriarcal sirve para que todo siga como está. Unos disfrutando de sus privilegios de género, y las otras sometiéndose a los pequeños reyes absolutos que gobiernan en sus hogares. Sirve, también, para ayudarnos a aliviar un día horrible, para llevarnos a otros mundos más bonitos, para sufrir y ser felices con las historias idealizadas de otros, para olvidarnos de la realidad dura y gris de la cotidianidad. Sirve para que, sobre todo las mujeres, empleemos cantidades ingentes de recursos económicos, de tiempo y de energía, en encontrar a nuestra media naranja. Ante el fracaso, deseamos que todo cambie cuando encontremos al amor ideal que nos adore y nos acompañe en la dura batalla diaria de la vida.

Cada oveja rumiando su pena con su pareja.

Estamos rodeadas de afectos en nuestra vida, pero si no tenemos pareja decimos que “estamos solas”. Las que tienen pareja aseguran que la soledad que sienten en compañía es mucho peor. Muchas mujeres siguen creyendo que la pareja amorosa es la solución a su precariedad, a su vulnerabilidad, a sus problemas personales. Las industrias culturales y las inmobiliarias nos venden paraísos románticos para que busquemos pareja y nos encerremos en hogares felices, entornos de seguridad y aburrimiento que pueden llegar a convertirse en infiernos conyugales.


Las parejas de hoy en día siguen siendo profundamente desiguales, desequilibradas, jerárquicas, y casi todas practican la división de roles: heteros, lesbianas, bisexuales, gays… el amor es el reducto final en el que se ancla el patriarcado. El individualismo del romanticismo patriarcal nos sume en ensoñaciones románticas mientras nos quitan derechos y libertades… todavía una gran parte de la población permanece adormilada, protestando en sus casas, soñando con El Salvador o el Príncipe Azul.

Los medios de comunicación tradicionales jamás promueven el amor colectivo si no es para vendernos unas olimpiadas o un seguro de vida. Si todos nos quisiésemos mucho el sistema se tambalearía, pues está basado en la acumulación egoísta de bienes y recursos y no su gestión colectiva y solidaria. Por ello es que se prefiere que nos juntemos de dos en dos, no de veinte en veinte: es más fácil controlar a dos que a grupos de gente que se quiere.

El problema del amor romántico es que lo tratamos como si fuera un tema personal: si te enamoras y sufres, si pierdes al amado o amada, si no te llena tu relación, si eres infeliz, si te aburres, si aguantas desprecios y humillaciones por amor, es tu problema. Igual es que tienes mala suerte o que no eliges a los compañeros o compañeras adecuadas, te dicen.

Pero el problema no es individual, es colectivo: son muchas las personas que sufren porque sus expectativas no se adecúan a lo que habían soñado. O porque temen quedarse solas, porque  necesiten un marido o una esposa, o porque se decepcionan cuando comprueban que el romántico no es eterno, ni es perfecto, ni es la solución a todos nuestros problemas.

Lo personal es político, y nuestro romanticismo es patriarcal, aunque no queramos hablar de ello en los foros y asambleas.  También la gente de izquierdas y los feminismos seguimos anclados en viejos patrones de los que nos es muy difícil desprendernos. Elaboramos muchos discursos en torno a la libertad, la generosidad, la igualdad, los derechos, la autonomía… pero en la cama, en la casa, y en nuestra vida cotidiana no resulta tan fácil repartir igualitariamente las tareas domésticas, gestionar los celos, asumir separaciones, gestionar los miedos, comunicarse con sinceridad, expresar los sentimientos sin dejarse arrastrar por la ira o el dolor…

No nos enseñan a gestionar sentimientos en las escuelas, pero sí nos bombardean con patrones emocionales repetitivos y nos seducen para que imaginemos el amor a través de una pareja heterosexual de solo dos miembros con roles muy diferenciados, adultos y en edad reproductiva. Este modelo no solo es patriarcal, también es capitalista: Barbie y Ken, Angelina Jolie y Brad Pitt, Javier Bardem y Penélope Cruz, Letizia y Felipe… son parejas exitosas mitificadas por la prensa del corazón para que las tomemos como modelo a seguir. Es fácil entender, entonces, porqué damos más importancia a la búsqueda de nuestro paraíso romántico que a la de soluciones colectivas.
Para transformar o mejorar el mundo que habitamos hay que tratar políticamente el tema del amor, reflexionar sobre su dimensión subversiva cuando es colectivo, y su función como mecanismo de control de masas cuando se limita al mundo del romanticismo idealizado, heterocentrado y heterosexista.


Si me pongo romántica queer, me da por pensar que el amor de verdad podría destruir patriarcado y capitalismo juntos. Las redes de solidaridad podrían acabar con las desigualdades y las jerarquías, con el individualismo consumista y con los miedos colectivos a los “otros” (los raros, las marginadas, los inmigrantes, las presidarias, los transexuales, las prostitutas, los mendigos, las extranjeras). Para poder crear estas redes de amor tenemos que hablar mucho y trabajar mucho: queda todo el camino por hacer.
Tenemos que hablar de cómo podemos aprender a querernos mejor, a llevarnos bien, a crear relaciones bonitas, a extender el cariño hacia la gente y no centrarlo todo en una sola persona. Es hora de que empecemos a hablar de amor, de emociones y de sentimientos en   espacios en los que ha sido un tema ignorado o invisibilizado: en las universidades, en los congresos, en las asambleas de los movimientos sociales, las asociaciones vecinales, los sindicatos y los partidos políticos, en las calles y en los foros cibernéticos, las comunidades físicas y virtuales.
Hay que deconstruir y repensar el amor para poder crear relaciones más igualitarias y diversas.



Es necesario despatriarcalizar el amor, eliminar las jerarquías afectivas, desmitificar finales felices, volverlo a inventar, acabar con los estereotipos tradicionales, contarnos otras historias con otros modelos, construir relaciones diversas basadas en el buen trato, el cariño y la libertad.  Es necesario proponer otros “finales felices” y expandir el concepto de “amor”, hoy restringido para los que se organizan de dos en dos.
Ahora más que nunca, necesitamos ayudarnos, trabajar unidos por mejorar nuestras condiciones de vida y luchar por los derechos humanos para todos. Para acabar con la desigualdad, las fobias sociales, los odios y las soledades, necesitamos más generosidad, más comunicación, más trabajo en equipo, más redes de ayuda. Solo a través del amor colectivo es como podremos articular políticamente el cambio.
Confiando en la gente, interaccionando en las calles, tejiendo redes de solidaridad y cooperación, trabajando unidos para construir una sociedad más equitativa, igualitaria y  horizontal. Pensando y trabajando por el bien común, es más fácil aportar y recibir, es más fácil dejar de sentirse solo/a, es más fácil elegir pareja desde la libertad, y es más fácil diversificar afectos. Se trata, entonces, de dar más espacio al amor en nuestras vidas, de crear redes afectivas en las que podamos querernos bien, y mucho.
Que falta nos hace.

Coral Herrera Gómez

Publicado en Pikara Magazine: 



Otros artículos de la autora: 










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11 de mayo de 2014

¿Yo también puedo ser Queer? Hoy viene a cenar Coral Herrera
















     
Coral Herrera es una feminista queer madrileña que vive en Costa Rica.  Es doctora en 
Humanidades y Comunicación por la Universidad Carlos III de Madrid, fue profesora allí y en la Sorbona de París.

Estudió la teoría de géneroen su doctorado porque consideraba que “era fundamental ofrecer una investigación sobre la cultura romántica occidental desde un enfoque de género". Después de descubrir los feminismos, dice que se enamoró de losestudios de masculinidades y finalmente acabó siendo queer.


La he invitado a cenar  a mi blhogar porque es mi amiga. Es una mujer muy joven lo cual representa una garantía o muestra de la incorporación de una nueva generación de mujeres feministas con muchísimo talento.

¡ Coral, sois jóvenes y todo lo podéis!. ¿Cómo se pueden incorporar las nuevas generaciones de chicas jóvenes al feminismo , entendiendo eso como el trabajo por la Igualdad efectiva y real entre mujeres y hombres? 

KORI-Creo que tenemos que ponernos las pilas para poder llegar a ellas. Creo igualmente que es una cuestión de sensibilización hacia las luchas por los derechos humanos de las mujeres, por un lado, pero también es un asunto deestrategia comunicativa. Tenemos que derribar los estereotipos asociados a las mujeres feministas, porque los medios nos representan como mujeres amargadas que odian a los hombres, mujeres radicales que protestan por todo, mujeres que pretenden instaurar un sistema patriarcal dominado por ellas.

Tenemos que tratar de visibilizar nuestras luchas y de que nuestros mensajes y acciones sean inclusivos, es decir, que cualquier persona pueda solidarizarse con nuestras causas ofreciendo una imagen más proporcionada: los feminismos son muy diversos, pero la lucha por la igualdad es común. Y tenemos que potenciar eso: el que cualquiera entienda que el machismo mata, que no debemos perpetuar el sistema de dependencias mutuas en el que vivimos, que hay que romper la tradición e inventar otras formas de relacionarse. Tenemos que convencer de la importancia de deconstruir las etiquetas y las jerarquías que nos separan y discriminan, y tenemos que abrir los guetitos en los que nos metemos. Se me ocurre que una buena forma de empezar es unir las luchas de las mujeres feministas con la de los varones anti patriarcales, por ejemplo.
  
¡Que gusto me da oirte decir eso!

¿Leernos mutuamente los blogueros (como yo) y las blogueras ( como tú), puede ser un bonito antídoto para la soledad? ¿Te gusta la pregunta? ¿O realmente resulta que nos sigue más gente de la que creemos? ¿Qué es la soledad?


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