Todos los días intento hacerle un hueco a la vida. Lo llamo el ratito de la vida, y lo disfruto como un acto político de resistencia. Es una hora para mí, una hora que le robo al capitalismo y al patriarcado para estar sola, para estar en silencio, para detener el reloj y tomar conciencia de mi existencia.
Es una hora mágica en la que dejo a un lado el teléfono y la interminable lista de tareas por hacer, y me dedico a conectar conmigo misma. En esa hora mágica camino por la naturaleza, o hago yoga, o nado en la piscina, o me subo al castillo y me quedo tranquila y en silencio observando el valle y las montañas alrededor.
En esa hora agradezco a la vida estar viva, pienso en mi gente querida, tomo conciencia de mi respiración y observo los pensamientos que se generan en mi cabeza y se van con las nubes, especialmente los días en que hace viento. O se van con la corriente del Río, que siempre está en movimiento. No permito que se queden en mi cabeza y me atrapen, porque sé que luego me invadirán cuando acabe la hora mágica. Me paso el día invadida por frases que empiezan con: “Tengo que…”, y con preocupaciones personales, angustia con las noticias del día, miedo al futuro, y pequeñas obsesiones que me chupan la energía.
Así que en esta “hora para mí” aprovecho para parar, para tomar plena conciencia del aquí y el ahora, para disfrutarlo en soledad. Si hay sol me quedo un rato disfrutando del calor en mi piel, si llueve me quedo un rato mirando la lluvia. Si estoy nadando me quedo un rato flotando boca arriba sin pensar en nada. Si estoy caminando absorbo la energía de los árboles y lleno mis pulmones de aire puro. Me encanta sentarme, escuchar el canto de los pájaros y observar a mi alrededor para asombrarme con la belleza que me rodea.
Esta hora mágica es el único rato que tengo en todo el día para conectar con mis emociones y con mi presente, y me sirve de terapia para poder regresar al ritmo brutal de la cotidianidad con fuerzas y con buen ánimo.
Cuando no tengo tiempo para disfrutar de la “hora mágica”, que suele ser siempre al amanecer o al atardecer, entonces busco la manera de robarle al capitalismo quince, diez, cinco minutos. En los aeropuertos, en las estaciones de tren, en cualquier sitio puedo cerrar los ojos y guardar el teléfono para respirar profundo, parar los pensamientos obsesivos, tomar conciencia del presente y conectar conmigo misma.
El dia a día está marcado por las obligaciones del trabajo fuera y dentro de casa, y el estrés por falta de tiempo y energía para llegar a todo. La mayor parte de la población vivimos produciendo, pagando facturas y consumiendo sin parar, y las mujeres somos las que más estrés sufrimos y las que menos tiempo tenemos tenemos para descansar y disfrutar. A lo largo del año tenemos varios momentos en los que tomamos conciencia de lo rapidísimo que está pasando la vida: el día de tu cumpleaños, el día que termina el año y empieza uno nuevo, el día de la graduación escolar de los niños y las niñas, las bodas, los entierros y otras fechas señaladas. Es una tortura pensar que los días y los años pasan veloces uno tras otro, así que para sentir que soy dueña de mi vida intento dedicar una hora al día a la vida.
Este rato me hace sentir que la vida es bella y que estoy en ella. Me maravillo pensando que tengo mucha suerte de que haya habido un Big Bang a partir del cual surgió el Universo, que en él haya un planeta con vida (porque aún no sabemos si hay otros planetas aptos para la vida), y que de una sola célula compleja llamada Luca hayamos surgido tantas plantas, árboles y animales diversos. Es una suerte también que nuestros cerebros sapiens hayan podido tomar conciencia del regalo que supone existir, sentir, movernos, soñar, crear, aprender, cambiar, amar, pensar y hablar.
Me siento afortunada pensando que las mujeres de mi linaje se han reproducido sucesivamente hasta llegar a concebirme a mí. Porque si alguna se hubiese muerto antes de dar a luz a su hija, yo no estaría aquí. También me siento agradecida pensando que nuestra especie tiene ya 200 mil años de antigüedad y que tengo la suerte de haber nacido en el siglo XX. Antes la esperanza de vida humana era muy corta.
Cuando tomo conciencia de que todo esto es producto de un sinfín de casualidades, me siento muy afortunada de haber podido estar aquí estos 48 años. Y es entonces cuando me entran ganas de vivir más tiempo, porque si me paro a pensarlo, estar viva es un milagro, y la vida es realmente un regalo muy grande.
Después de perderme en estos pensamientos maravillosos, toca aterrizar en el día que inicia y empieza el estrés, la lista de tareas pendientes, los correos de trabajo, la lavadora, qué hago de comer hoy, la cita con el dentista, las facturas, las noticias terribles en los medios de comunicación, las prisas y todo lo demás. Por eso necesito sentir que a pesar de este ritmo de vida infernal marcado por la necesidad de sobrevivir, logro robarle al sistema una hora para mí.
A veces me regalo una tarde para estar sola. Una tarde para mí es el paraíso. Me recuerdo a mi misma que el tiempo libre es un derecho humano fundamental, que el silencio es terapéutico, que desconectar del mundo y conectar conmigo es bueno para la salud, que caminar o nadar son importantes para mi mente y mi cuerpo. Y a la vez soy consciente de que una “hora mágica” o “una tarde para mí” son un lujo y un privilegio que muchísimas mujeres no pueden permitirse.
Por eso reivindico públicamente el derecho que tenemos todas y todos al tiempo libre, y recomiendo con mucho amor que si podéis busquéis esos ratitos para meditar, para pasear, para disfrutar del silencio y la soledad, para pensar en calma o para no pensar en nada, para hablar contigo misma/o y para tomar conciencia de que aquí y ahora, estás viva, estás vivo en un planeta con vida.
Aprovechen que están aquí (nadie sabe por cuánto tiempo) para maravillarse con el hecho de existir, y para disfrutar del amor que os rodea: es el único regalo que no se puede comprar. Está dentro de cada uno de nosotros y nosotras, y es una energía que no se agota: se regenera constantemente en la interacción con los demás. El amor es lo que hace que la vida sea hermosa, especialmente en condiciones extremas de vulnerabilidad, como las que estamos viviendo ahora.
No renuncien a su hora mágica, a ese ratito para conectar con la vida, con el presente, y con el amor que os rodea. Ese espacio sin teléfono ni distracciones es un acto de rebeldía frente a un sistema que nos quiere desconectados, aislados y enganchados a las pantallas, viendo con impotencia cómo pasan los días y los años. Parar los relojes, detener el tiempo y tomar conciencia es una forma de resistencia y también una manera de llegar al día de tu muerte sintiéndote Inmensamente viva.
Coral Herrera Gómez


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