29 de agosto de 2020

Mujeres que sobreviven a la Gran Estafa Romántica

 



Mujeres que sobreviven a la Gran Estafa Romántica: ya está aquí el noveno episodio de mi programa de podcast "Disfrutar del Amor", es el penúltimo de la temporada, y espero que os guste mucho.
Los podéis escuchar todos en Ivoox y Spotify.

27 de agosto de 2020

Diálogos sobre Masculinidades: Homes Transitant, y Coral Herrera

 Os invito a ver el vídeo del conversatorio en el que participé con HomesTransitant, un grupo de hombres igualitarios de las Islas Baleares, en el que charlé con Pere Fullana Falconer y Enrique Urbano sobre el tema de la autocrítica masculina, y en concreto, sobre el trabajo que hacen los hombres aliados del feminismo: ¿cómo lidian con su pasado?, ¿por qué les cuesta tanto hablar de sí mismos?, ¿cómo usan su poder y sus privilegios siendo hombres igualitarios?, ¿por qué les da tanto miedo desnudarse?, ¿cómo se trabajan la honestidad?, ¿por qué no hablan de las violencias que han ejercido y de las que han sufrido?, ¿son capaces de trabajar desde la idea de que "lo personal es político", o sólo les interesa lo político?, ¿cuál es su responsabilidad social como hombres que luchan por la igualdad? ¿para cuando un fenómeno al estilo #metoo  en el que todos hablen de la forma en que se han aprovechado y han abusado de las mujeres de su vida? Espero que os guste mucho:



16 de agosto de 2020

El Mito de la Familia Feliz




¿En qué consiste el mito de la familia feliz? En la idea de que sólo podemos ser felices si nos juntamos en pareja para amarnos toda la vida y tener hijos. Los mitos sirven para mantener el orden social, y para que repitamos el esquema que adopta todo el mundo: formar una familia heterosexual y monógama que trabaja, que se quiere, se reproduce, se pelea, produce, consume, y se endeuda. 

Todos los mitos nos prometen la felicidad, y el de la familia feliz es el más importante de nuestra cultura porque sobre esta forma de organización se sustenta todo el sistema patriarcal y capitalista. Es un mito que contiene otros mitos fundamentales de nuestra sociedad occidental: el mito del amor romántico, el mito de la monogamia, el mito de la maternidad romántica, y el mito de la conciliación laboral y familiar. 

El mito de la familia feliz sirve para que creamos que nuestro destino es enamorarnos, casarnos, reproducirnos, acumular objetos innecesarios, pagar facturas sin parar, sonreír en las fotos, y morirnos.

Nos hacen creer que en esto consiste tener éxito en la vida, porque quieren que nos juntemos y nos aislemos de dos en dos para que las mujeres traigamos al mundo nueva mano de obra para el mercado laboral. Nuestra misión es educarlos para que sean como nosotros y funden su propia familia feliz. 

¿Cómo consiguen que todas las mujeres soñemos con hacer lo mismo? En vez de obligarnos, nos seducen. Primero nos engañan para que creamos que nuestro sueño y nuestra función es cuidar a un hombre. Nos hacen creer que nuestro objetivo en la vida consiste en mantenernos bellas para encontrar uno y atarlo en corto, para que no se nos escape. 

Durante la infancia a las niñas nos dan jarabe de mitos a cucharadas, y nos inoculan el mismo tiempo el miedo a la soledad, al abandono, a que no nos quiera nadie, miedo al qué dirán, miedo al fracaso. 

Nos dicen que el éxito en la vida consiste en estar guapa y encontrar a un hombre que tenga dinero. 

Primero nos hacen creer que somos una mitad y que para estar completas necesitamos a otra persona que encaje a la perfección con nosotras. Cuando la encontramos, o creemos haberla encontrado, viene el siguiente mito: ya estamos acompañadas, pero para ser una "mujer de verdad", y para sentirnos plenamente completa y realizadas, tenemos que ser madres. Así que tenemos que convencer al príncipe para que se comprometa y acceda a formar una familia feliz. 

¿Cómo logran que nos creamos que la felicidad está en una familia? Nos seducen con historias de amor, y con la idea de que los hijos unen mucho a una pareja. Así creemos que si logramos fundar una familia feliz, ésta permanecerá unida para siempre, nunca estaremos solas, y viviremos en armonía por los siglos de los siglos. 

¿Cuál es la realidad? Podemos verlos en los informes que nos ofrecen los organismos nacionales e internacionales cada año sobre la violencia que sufren las mujeres, los niños y niñas, las personas mayores y los animales domésticos es dentro de las "familias felices". 

Las estadísticas sobre abandonos, malos tratos, abusos, violaciones, femicidios e infanticidios son espantosas, y son el indicador perfecto para entender que la familia feliz no es precisamente un espacio de amor, confort y seguridad, sino más bien lo contrario. 

Según la ONU, el lugar más peligroso del mundo para las mujeres, las niñas y los niños es su propio hogar. La mayor parte de la violencia que sufren las mujeres no es en la calle a manos de un desconocido, sino en sus casas, a manos de sus maridos, padres, abuelos, tíos, hermanos, primos y amigos de la familia. 

¿Por qué entonces nos siguen haciendo creer que la familia feliz es la mejor opción, el mejor proyecto de vida?, ¿por qué nos presionan tanto para que nos casemos por amor, tengamos hijos e hipoteca?, ¿por qué hay tantas mujeres que para escapar de su "familia feliz", busca fundar la suya propia?, ¿por qué tantas creen que sólo así podrán ser felices? 

Porque el capitalismo y el patriarcado necesitan que los jóvenes dejen la fiesta, se hagan hombres adultos, y se pongan a trabajar ocho horas al día en una fábrica, en el campo, o en una oficina, y que paguen facturas, y consuman en los centros comerciales. Y es muy complicado convencerles de que dejen el nido materno y cambien a su mamá por otra mujer parecida que les cuide igual de bien. 

¿Habéis visto las risas con las que se felicita a un novio recién casado?, ¿habéis escuchado las bromas que hacen sus amigos en torno a su nueva situación en "la cárcel del amor" ? En casi todo el mundo los hombres jóvenes sienten el matrimonio como una cárcel, así que lo evitan todo el tiempo que pueden.

La única manera de forzarles a "sentar la cabeza" es que sus compañeras les empujen hacia la paternidad. Para ello, hay que hacer creer a las mujeres que la felicidad está en atar a un hombre al hogar, y crean que teniendo un bebé, los hombres se mantendrán a su lado, fieles y comprometidos con el proyecto de crianza. 

Así los vemos a ellos en la publicidad, sonrientes y amorosos junto a su amada y a la parejita de niño y niña, todos con la piel blaquita y el cabello rubio, y una casa maravillosa, un perro y un coche. 

Es una trampa, claro, basta con echar un vistazo a las cifras sobre padres que abandonan a sus criaturas, tanto a nivel económico como emocional. 

La gran mayoría de las mujeres que consiguen fundar una familia feliz no son felices. Unas, porque el muchacho salió huyendo como si le persiguiera el diablo, otras porque el tipo se quedó, están hartas de la sobrecarga de trabajo y se sienten estafadas con la doble jornada laboral. Unas porque descubren que el amor en la realidad no tiene nada que ver con las películas que se montaron, otras porque se sienten atrapadas y les da rabia que sus maridos se escapen en cuanto pueden.

¿Qué beneficios obtienen las mujeres y los hombres de la familia feliz? Las mujeres, doble y triple jornada laboral, penalización en sus empleos, bajada de ingresos y de autonomía económica, agotamiento extremo, y falta de tiempo libre. Los hombres en cambio tienen muchos más privilegios que sus esposas.  Ganan en posición social, ven aumentar sus ingresos, y se les considera señores respetables. 

A cambio de sentirse vigilados, controlados y atrapados, obtienen sexo gratis, amor y cuidados permanentes. A muchos de ellos les compensa casarse porque el matrimonio les ofrece una criada gratis que también es enfermera, psicóloga, secretaria, madre, educadora, cocinera, limpiadora, y les compensa porque el papel de cualquiera de ellas es cubrir las necesidades básicas de su marido, incluidas las sexuales. Y aunque la vida en familia es muy aburrida y a rstos estresante, todos puede escaparse un ratito al burdel o a casa de la amante: si les descubren, les dejan dos noches durmiendo en el sofá y luego todo vuelve a ser como siempre. 
 
¿Os habéis fijado que cuando el papá va a conocer a su bebé recién nacido, todo el mundo insiste en el gran parecido que tienen ambos? Muchas mujeres creen que si su hombre se enamora del bebé nada más nacer, no querrá separarse de ellas durante todo el tiempo que dure la crianza. Por eso los demás familiares tratan de facilitar que el padre sienta que el niño es realmente hijo es suyo, y surja el vínculo amoroso: si el padre cae rendido, será más probable que acceda voluntariamente a formar parte de la nueva familia feliz. 

El mito romántico nos engaña a todas con la idea de que teniendo hijos, el hombre por fin se comprometerá, se comportará como un adulto, y se vinculará a nosotras y a los críos como proveedor principal, protector y cabeza de familia. Por eso hay tantas que creen que el hombre dejará de salir con sus amigos, que sacrificará su tiempo libre, y dejará de dedicar tiempo a sus pasiones para entregarse por completo a la crianza y al hogar. Y que aunque haya problemas, podrán superarlos unidos, y serán todos muy felices comiendo perdices. 

Este es el mito que nos venden, pero la realidad es diferente. Los hombres son educados para disfrutar de su libertad y para gozar de todo a la vez: de su papel como cabeza de familia, de su status como hombre soltero. Los hombres son educados para que crean que puedan compaginar su grupo de rock adolescente o sus juergas en el puticlub con sus obligaciones como compañero y papá. Las que se quedan sin sus pasiones y sus redes somos nosotras, y así es como, por muy modernas que seamos, acabamos todas maternando solas en casa y preguntándonos si era esto lo que queríamos. 

La falta de cuidados y la ausencia del padre genera un enorme resentimiento y una gran frustración en las mujeres que pensaron que tener hijos podría transformarlos en hombres más tiernos, más sensibles, más maduros, responsables y más comprometidos. A muchas nos hicieron creer que el amor nos haría iguales, y nos convertiría en compañeras de los hombres. 

Pero la realidad es otra. Los hombres tienen un problema muy serio con la paternidad. En muchos países del mundo las que acompañan a parir a las mamás son las abuelas, no los papás. Las que cuidan a las mamás en el postparto, son las abuelas, las tías, las hermanas, las primas y las amigas, no los papás. 

Hay muchos que en pocos días ya están haciendo su vida como si nada, y que jamás cambian un pañal. 

Son pocos los países del mundo que permiten a los hombres cuidar a su compañera y bebé en el posparto, pero no hay ningún movimiento social de hombres masivo pidiendo que las leyes reconozcan su derecho y su obligación de cuidar durante los primeros meses de vida de las criaturas, que es cuando más les necesitan. 

En las sociedades más modernas, los papás y las mamás primerizas se hacen una foto muy bonita para presentar a su bebé en sociedad, y cuando llegan a casa se dan un golpe fortísimo con la realidad: los bebés necesitan atención y cuidados las 24 horas del día, y la carga del trabajo doméstico pasa a ser descomunal. La vida es muy dura cuando no dormimos, y cuando el agotamiento nos tiene como zombies, hay momentos en que sentimos que hemos perdido nuestra propia vida. Y eso es lo que hace que muchos salgan corriendo. 

Las que no podemos salir corriendo somos nosotras. 

En las sociedades tradicionales, las mujeres se cuidan entre ellas, y en las más modernas, los hombres tienen permiso de paternidad unas semanas para poder cuidar a su compañera. Como no es obligatorio, muchos prefieren volver al trabajo que estar metido en la cuarentena del posparto. Y los que quieren disfrutar de su bebé, tienen que volver cuando se acaban los permisos de paternidad, así quela mamá se queda sola durante 9 o 10 horas al día, con dos empleos y sin remuneración. 

En la mayor parte del mundo los hombres pasan más tiempo fuera que dentro de casa, regresan al final del día, y se encuentran un hogar sumido en el caos y a una compañera agotada, cabreada o al borde del llanto. Que haya tantas mujeres solas en casa sin ayuda, con un bebé tan pequeño, a menudo con puntos de sutura en los genitales o en la panza, es una monstruosidad. Las mujeres no pueden llevar una casa y cuidar a un bebé a la vez en el posparto porque no hay energía ni tiempo material, especialmente si además de un bebé hay más niños/as y mascotas. 

Las mujeres recién paridas nos sentimos vulnerables y solas. Es entonces cuando empiezan las batallas en el hogar: las mamás reclaman tiempo para ellas mismas, piden ayuda y cuidados, y se cabrean porque el hombre no se compromete, o porque llega muy tarde a casa.

Cuando los hombres hacen su vida como si no tuvieran bebés, el mito de la familia feliz comienza a resquebrajarse como el corazón de las mujeres que creyeron que al encontrar el amor no se sentirían solas jamás. 

Hay pocas opciones para salir de la trampa. Si la mamá quiere cuidar ella misma a sus hijos, tendrá que renunciar a sus ingresos y depender económicamente del compañero. 

Otra opción es buscar una sustituta que cuide a tus hijos (pero no a tu marido), que cobre la mitad que tú por las mismas horas de trabajo, y que no forme parte de tu familia aunque pase más horas que tú en tu casa. Es decir, nosotras podemos liberamos como los hombres, pero explotando a otras mujeres más pobres o más precarias que para poder delegar tu responsabilidad y la de tu compañero en otra persona.

La tercera opción es llevarlo a una guardería diez horas al día. No importa el sufrimiento que genera en las crías estar con gente desconocida con la que no tiene vínculos afectivos: lo que importa es que las mujeres que son mamás sean igual de productivas que las que no son mamás. ¿Y qué ocurre con las madres y padres que quieren cuidar ellos mismos a sus criaturas? Que no pueden. La familia feliz tiene que pasar el día separada: los mayores en las residencias, los pequeños en las guarderías, y los adultos en sus centros de trabajo.

Las mujeres tenemos un problema con la droga del amor, y los hombres tienen un problema muy grande con la paternidad. Muchos de ellos desaparecen cuando surge la rayita en el aparato que te dice si estás o no embarazada. Otros huyen en el embarazo, y otros al poco de nacer el primer bebé. Algunos aguantan unos años, pero se van también. 

Por eso en casi todas las películas y novelas, los protagonistas tienen el mismo problema: un padre que no estuvo, un padre que a veces estaba y otras no, un padre que estuvo y abandonó, un padre que jamás quiso de verdad a su hijo. 

Si el mundo está lleno de niños y niñas traumadas por la ausencia del padre, es porque el mito de la familia feliz es una trampa. 

Los hombres logran huir de esa trampa de diversas maneras: unos desaparecen del mapa, otros huyen a ratitos. Los hay que se quedan en cuerpo pero no en alma: son esos hombres de antaño que permanecían frente al televisor con cara de fastidio porque los niños gritan y cuando ya no pueden aguantar más a la familia feliz, se bajan al bar a tomarse tres whiskys y ahogar las penas, hasta que llega la señora para mandarles de nuevo a casa. 

Antes las mujeres tenían que ejercer de policías y carceleras, intentando mantener a los hombres dentro de los confines del hogar, mientras los hombres vivían como ladrones, intentando burlar la vigilancia para poder vivir a ratitos la vida de hombre libre que siempre quiso vivir.  Para los hombres siempre ha sido relativamente fácil combinar su vida de hombre de familia y su vida de hombre soltero, pero para las mujeres no hay escapatoria posible. 

A nosotras nos toca el gran peso de la carga familiar: somos nosotras las que dejamos de tener tiempo libre y vida social. Somos nostras las que, en todo el mundo, hacemos doble o triple jornada laboral como trabajadoras del hogar, como mamás, y como profesionales: basta con echar un vistazo a los índices de tiempo libre que disfrutan los hombres en todos los países y compararlos con los de las mujeres para darnos cuenta de que en la gran trampa de la familia feliz, las que salimos perdiendo somos nosotras.

Antes de caer en la trampa, lo que vemos a diario en la calle son familias felices paseando o comprando, y subiendo sus fotos de familia feliz en las redes sociales. 

Y después de caer en la trampa, es cuando comprendemos lo que hay detrás de las sonrisas felices de las fotos, y la estafa que hemos sufrido. 

Algunas se divorcian porque no soportan la insolidaridad y el egoísmo de sus esposos, otras viven en una guerra permanente para que el compañero se porte bien y esté a la altura. Unas se quedan y tienen más hijos, y más trabajo, y más cansancio, y más amargura, otras se liberan cuando los hijos e hijas salen de casa. Las marcas que esa decepción deja en el rostro no se quitan con ningún filtro de Instagram. 

Algunas creen que han tenido mala suerte en la vida y siguen creyendo que lo que ven por la calle son familias felices. Otras saben perfectamente que en todas las familias tradicionales, y también en las modernas, las mujeres viven sobrecargadas y agotadas, volcadas en el bienestar de su marido y sus crías, tirando del carro como pueden, e intentando ser felices, cuando las dejan. 

¿Están los hombres haciendo cambios? Algunos de los hombres que no quieren familia feliz han empezado a usar condón y a hacerse la vasectomía. Los que sí quieren familia feliz combinan el rol de hombre moderno que apoya y ayuda pero sin asumir la responsabilidad, con el rol de hombre tradicional que se escapa de vez en cuando para disfrutar de la vida. Hay mujeres que toleran estas escapadas, otras que montan escenas dramáticas, unas que se rebelan contra la injusticia, y otras que se resignan y asumen lo que las ha tocado por haber nacido mujeres. 

Antes, de los hombres no se esperaba que fueran buenos padres. Lo único que tenían que hacer es traer  dinero a casa, y ya se apañaban las mujeres entre ellas. Ahora en cambio nos dejan solas en una casa, sin red alrededor, haciendo el trabajo de tres mujeres, y esperando a que vuelva el marido. 

Antes teníamos una red de mujeres de nuestro entorno, nos apoyabamos unas a otras, trabajando y criando a la vez. Había maridos que cumplían con su única obligación, y había otros que se gastaban el salario en una fiesta de dos días y les daba igual que sus hijos y compañera pasaran hambre. Las mujeres se buscaban las vueltas para alimentarlos hasta que llegara el próximo salario, si llegaba. Eso era todo.

Las mujeres de hoy en día sufrimos más porque estamos solas, y aunque algunas tenemos nuestros ingresos, esperamos que ellos sean solidarios y responsables, que se comprometan y sean capaces de disfrutar de su paternidad, que sean honestos y que sean buenos compañeros. 

Nos venden dos mitos por el precio de uno: el príncipe azul y el compañero que es buen padre. Y lo compramos a ciegas, aunque después nos demos cuenta del precio tan alto que hemos tenido que pagar.

¿Entonces no existen las familias felices? 

Hay parejas que se quieren, se cuidan, y reparten las tareas equitativamente. Hay familias amorosas que disfrutan pasando tiempo juntos, pero ninguna familia es perfecta: en todas hay conflictos y problemas, como en cualquier grupo humano. 

Es difícil encontrar familias que funcionen al margen de las estructuras patriarcales, porque en la mayoría de los hogares, somos nosotras las que cargamos con todo el trabajo mental y emocional, la organización y administración, y la planificación. La sociedad se alarma ante la bajada de la natalidad y nos pide que que seamos madres, pero no nos proporcionan las condiciones que necesitamos para criar. El mercado laboral nos castiga y no nos permite siquiera cuidar de nuestros críos cuando enferman. 

Nos engañan con el mito de la conciliación, pero las que vivimos en una familia feliz sabemos que la única forma de lidiar con todo es dormir poco y vivir permanentemente agotada. El cansancio extremo deteriora nuestra salud física, mental y emocional, nos afecta al ánimo y al humor, y al deseo sexual, y deteriora también la convivencia con la pareja. 

Así que el problema no es personal, sino político: las mujeres tenemos que luchar contra corriente en una sociedad que nos pone toda una carrera de obstáculos para maternar y educar. Hoy en día sostener una familia, trabajar e intentar ser feliz es toda una odisea, y tratar de eliminar al patriarcado de la ecuación, es una verdadera utopía. Ni siquiera con una pareja responsable al cien por cien, podemos con todo: para criar a un sólo niño hace falta una tribu entera. 



¿Cómo podríamos avisar a las nuevas generaciones para que no caigan en la trampa? 

A los niños hay que educarles para que sean autónomos y no busquen una criada gratis, para que sean honestos, y para que sólo sean padres si están dispuestos a cuidar a sus criaturas. 

A las niñas hay que explicarles que ser mujer no significa ser madre, que criar hijos es muy duro en un mundo anti-niños, y que los cuidados hay que compartirlos entre todos y todas. 

A las nuevas generaciones hay que contarles lo que hay después del final feliz de los cuentos, lo difícil que es vivir en pareja, los problemas que tienen los hombres con sus responsabilidades y sus paternidades, y los problemas que tienen las mujeres que compraron el pack completo de mitos creyendo que así serían felices el resto de sus vidas. 

Hay que hablarles de la presion social que sufrimos para que nos emparejemos y tengamos hijos aunque no queramos, y de lo difícil que es para nosotras que nos respeten cuando decidimos amar de otra manera o fundar otro tipo de familia que no sea la tradicional. 

También hay que hablar de la decepción, la frustración, la amargura que genera en las mujeres esta estafa romántica, y de cómo afecta a nuestra salud mental y emocional. 

Tenemos que visibilizar la prisión en la que viven tantas mujeres que soñaron otra vida distinta y no pudieron elegir. 

Hay que explicarles que la vida que llevan las princesas y las famosas de la Revista ¡Hola! junto a sus príncipes azules no es real. Son escenarios, performances, que nos hacen creer que las mujeres ricas sí logran fundar una familia feliz y ser felices. Ellas también sufren, se divorcian, se rompen, se recuperan, y vuelven a fundar otra familia feliz. Es una narrativa mágica que nos empuja a imitarlas, y que nos hace presas de un sistema que nos quiere a todas entretenidas en la tarea de fundar y sostener una familia feliz.  

Hay que explicarles a las niñas y adolescentes que los bebés más que unir, destrozan parejas: la llegada de un bebé es una experiencia tan fuerte y tan difícil, que sólo sobreviven aquellas que logran unirse y formar equipo de crianza. Y de ellas, son muy pocas las que logran ser equitativas en el reparto de las tareas. 

La familia feliz se construye sobre la capacidad de las mujeres para ceder, para resignarse, para aguantar, y para sacrificarse. Por eso ahora se rompen tantas familias felices: porque las mujeres ya no queremos asumir el papel que nos toca, y protestamos por la vida de privilegios que disfrutan los hombres. 

El problema es que muchas de las que quieren divorciarse son amenazadas de muerte, y la mayoría no tiene medios económicos para separarse. Por eso, para la mayor parte de nosotras el amor romántico y la maternidad romántica es una trampa. 

Para que la gente joven pueda entender la doble moral, la Gran Estafa del Mito Romántico y de la familia feliz, y lo que les pasa a los hombres, invitadles a que echen un vistazo a los aparcamientos de los burdeles a medio día: están a rebosar de hombres que van a misa los domingos con su señora y su descendencia.

El feminismo está sacando a la luz todos esos privilegios masculinos, y denunciando la explotación y la violencia que sufrimos las mujeres en el hogar feliz. Queremos desmitificar el amor romántico para que no caigan más niñas, lograr que todas las mujeres tengan las condiciones adecuadas para poder divorciarse si lo desean, queremos repartir los cuidados para que no recaigan sobre las espaldas de las mujeres, queremos que los hombres se impliquen en todas sus responsabilidades y dejen de vivir como reyes, queremos que todas las mujeres puedan elegir libremente la maternidad, queremos que los niños y niñas se sientan queridas, queremos que las mujeres se sientan libres para vivir su vida como quieren, queremos que las mujeres sean libres para amar a otras mujeres, queremos tener tiempo e ingresos para criar, y queremos que la sociedad acepte que hay muchas formas de relacionarse y muchos tipos de familia diferentes. 

Hay que seguir derribando los mitos románticos y el mito de la familia feliz para liberarnos de las cárceles en las que nos quieren meter en nombre del amor.

Coral Herrera Gómez 



Otros mitos: 

 

15 de agosto de 2020

Empecemos imaginando el final



Cuando os entren ganas de enamoraros de alguien, cuando estéis a punto de empezar una relación, probad a imaginar a esa persona como ex, y lanzaros al maravilloso mundo de las preguntas: 

¿Cómo será la relación cuando se acabe el enamoramiento y la luna de miel?, 

¿seguirá siendo tan buena gente cuando se nos acabe el amor?

¿cómo reaccionaría ante una separación?, 

¿tendrá herramientas para gestionar sus emociones?, 

¿me tratará bien estando enfadado o dolido?,

¿será buena persona también cuando acabe el romance?, 

¿sabrá cuidarme cuando lo dejemos? 


Probad a charlar sobre las historias de amor del pasado, y mientras os cuenta haceros preguntas: 

¿se portó bien con sus ex?

¿habla bien de ellas, de ellos?

¿es capaz de hacer autocrítica o va de víctima cuando te habla de sus separaciones?

¿cómo será cuando tú te conviertas en su ex?

¿y él, te lo imaginas siendo tu ex?


Empiecen imaginando el final. Es un ejercicio maravilloso de Autocuidado.


Coral Herrera 


*Este es uno de los ejercicios que hacemos en el Laboratorio del Amor: aquí puedes leer más sobre el trabajo que hacemos juntas en esta comunidad virtual de mujeres.  

6 de agosto de 2020

Mujeres feministas y aliados del feminismo


¿Sabéis cuál es la diferencia entre las mujeres feministas y los hombres aliados del feminismo? Nosotras además de manejar el discurso teórico, también contamos nuestras experiencias personales, ponemos el cuerpo, hablamos de lo que sentimos.

Compartimos nuestras experiencias con la regla y la masturbación, nuestros enamoramientos y nuestros duelos románticos, nuestras experiencias sexuales y amorosas, nuestros embarazos y abortos, hablamos sobre la crianza y la lactancia, la menopausia, el envejecimiento y la muerte. 

Hablamos también, aunque sea doloroso, del acoso que sufrimos en la calle y en el trabajo, de las historias de abuso y maltrato, las violaciones y las violencias que hemos sufrido. Nos exponemos en redes con nuestro nombre y apellidos para ayudar a otras mujeres a dejar de sufrir, a liberarse de la dependencia romántica, la culpa, los miedos, y a desobedecer los mandatos de género. 

Nosotras compartimos con las demás mujeres nuestros procesos para trabajarnos los patriarcados que nos habitan porque hemos aprendido que el trabajo es a la vez individual y colectivo, y que cuando una se libera, nos libermos todas.

Los hombres que hablan de los derechos de las mujeres, de la igualdad y de la violencia machista, en cambio, pocas veces salen del tema político para profundizar en lo personal ante un auditorio, o en sus redes sociales. Siento que sus discursos llegarían a más gente y tendrían más impacto en la sociedad si hiciesen autocrítica amorosa, si pusiesen el cuerpo y el corazón, si nos hablasen de las violencias que han sufrido y que han ejercido, si contasen su proceso desde su toma de conciencia hasta el momento en que se posicionan como hombres igualitarios, si pidiesen perdón públicamente a las mujeres a las que hicieron daño. 

Creo que sería más interesante escucharles hablar sobre cómo se han aprovechado de las mujeres de su vida para vivir como reyes, de los errores que cometieron en el pasado, de las veces en que se beneficiaron de sus privilegios para conseguir lo que querían, y de cómo aprendieron a usar su poder para no hacer daño a nadie. 

Creo que podrían ayudar a muchos hombres que quieren trabajarse sus machismos y sus problemas de violencia, y a muchos adolescentes que empiezan a tenerlos. También los niños varones necesitan referentes de masculinidades no violentas, necesitan escuchar a los hombres que están aprendiendo a cuidarse y a cuidar. Necesitan ejemplos de hombres reales que sean capaces de mostrar su vulnerabilidad y hablar de su sexualidad y sus sentimientos. 

Hombres que demuestren que el cambio es posible, y que se puede salir de la violencia. Hombres que compartan con generosidad el trabajo personal que están haciendo día a día para ser libres y para contribuir a la lucha por un mundo mejor. Sus experiencias personales podrían ayudar más que sus conocimientos teóricos. Podrían servir para que más hombres tomen conciencia y fabriquen sus propias herramientas para trabajarse los patriarcados. 

Es fácil hablar sobre feminismo, lo difícil es desnudarse en público y hablar de uno mismo, y éste es el gran reto que tenéis por delante la mayoría: llegar al gran público dando la cara, poniendo el cuerpo, y abriendo vuestros corazones con valentía. 

Para luchar por un mundo mejor y para hacer pedagogía feminista hay que dejar de esconderse tras los discursos bonitos, y hay que perder el miedo a desnudarse y compartirse. 

Nosotras mezclamos teoría y praxis, palabras y sentimientos, razón y emoción, y nos movemos con soltura en las dos dimensiones porque hemos aprendido que son inseparables. Y porque, compañeros, en esto consiste básicamente el feminismo: lo político es personal, y lo personal es político. 

#masculinidades  #feminismo #hombresigualitarios #autocríticaamorosa #abrirelcorazon #lopersonalespolitico

28 de julio de 2020

Humildad para dejar de sufrir

Necesitamos mucha humildad para dejar de sufrir, ¿cómo se puede trabajar el ego desde la autocrítica amorosa? Aquí algunas propuestas:
_ entender que nuestro amor no va a cambiar a las personas a las que amamos.
_ reconocer que no amas desinteresadamente, y que estás dispuesta a sufrir a cambio de una recompensa (que te quieran) 
_ reconocer los momentos en los que has elegido la estrategia de la sumisión para conseguir lo que necesitas o para dominar a alguien
_ aceptar que a veces queremos ayudar y cuidar a alguien para no ayudarnos ni cuidarnos a nosotras mismas. 
_ asumir el sentimiento de impotencia por no poder ayudar a alguien que nos está haciendo sufrir. 
_ aceptar que no podemos salvarle la vida a nadie porque cada cual somos responsables de nuestro propio auto-cuidado.
_ dejar de pedir reconocimiento y atención de alquien que no nos quiere bien y no nos cuida.
_ renunciar a tu rol de víctima para que los demás te den la razón y se pongan de tu parte
_ respetar el camino que elige alguien a quien quieres para auto-destruirse, y no permitir que te destruya a ti. 
_ entender que proteger a la persona que te está haciendo sufrir tiene un impacto y provoca sufrimiento en la gente que te quiere, y que no es justo.
_ aprender que no tienes tanto poder sobre la vida y los sentimientos de los demás, y que tu único poder es cambiarte a ti misma y trabajar en tí
_ saber perder las batallas, y abandonarlas para no salir heridas de ellas.

Para dejar de sufrir hay trabajar con el ego, para que no se crea tan necesario ni tan importante. Y ser humilde, para aceptar las derrotas con dignidad #Aprendiendo #Humildad #AutocríticaAmorosa

En mi blog: 

24 de julio de 2020

Definición de "Amor Romántico", por Coral Herrera





DEFINICIÓN DE AMOR ROMÁNTICO
Por Coral Herrera Gómez

El amor es una energía poderosa que mueve el mundo y nos ha permitido sobrevivir como especie. Dentro de ella hay muchos tipos de energías amorosas, y una de las más importantes es la del amor romántico, que podría definirse como el fenómeno químico, sexual, hormonal, político y cultural que atrae a los amantes entre sí bajo una intensidad descomunal, y que cuando es correspondido nos hace vivir una experiencia alucinógena que nos conecta directamente con el Cosmos. 

El amor romántico es una construcción cultural y social, un mito que se consolidó durante el siglo XIX en nuestra cultura occidental y que se expandió por todo el planeta gracias a la globalización. Hoy es un fenómeno universal que une a las personas de dos en dos, y que constituye un gran negocio para una industria centrada en las parejas y sus creaciones de nidos. 

El amor no nace, se hace: aprendemos a amar en el momento histórico que nos ha tocado, en la clase social a la que nos ha tocado pertenecer: interiorizamos la cultura amorosa en la que nacemos a través de la educación, la socialización y los medios de comunicación de masas. No se ama igual en un pueblecito de Japón que en un barrio de Montreal : el amor es un fenómeno en constante construcción que varía con las etapas históricas y épocas geográficas, y se alimenta de las culturas amorosas a las que coloniza.

La ideología que subyace al mito del amor romántico en la actualidad del siglo XXI es capitalista, colonialista y patriarcal. Es decir, que sus mensajes van dirigidos a mantenernos a las mujeres sometidas al dominio del varón, y presas de un engaño que dura hasta que maduramos o nos hartamos. Las mujeres son educadas para amar sin condiciones, en una posición de sumisión, y desde pequeñas invertimos toneladas de tiempo y energía en el amor romántico. Tanto que incluso el hombre más pobre y mísero del planeta tiene a una mujer trabajando para él y cuidándolo gratis, en nombre del amor. Son millones de horas las que dedicamos a trabajar gratis las mujeres en todo el mundo: la doble jornada laboral de las mujeres no solo es un rol femenino de nuestra cultura patriarcal, también se considera una demostración de amor hacia el marido y los hijos e hijas 

El amor también es una droga que nos tiene muy entretenidas. Nos hace pasar muchas horas soñando con el romance ideal, con la llegada de la media naranja, con el final feliz del cuento. Pero también nos hace daño, como cualquier droga, cuando abusamos de ella o nos excedemos en las dosis: el patriarcado nos quiere a todas adictas al amor romántico, y quiere que le demos prioridad a nuestra necesidad de vivir el romance por encima incluso de nuestro bienestar y nuestra salud mental y emocional.  

Cuando somos correspondidas, el amor es una de las experiencias más hermosas que podemos vivir en la vida. Si hay cuidados mutuos, respeto, honestidad, complicidad, comunicación, generosidad, compañerismo y solidaridad, y muchas ganas de disfrutar del amor, el amor es una vivencia llena de placer. Cuando podemos amar en libertad, el amor es una experiencia de liberación que nos permite disfrutar del sexo y de la vida, nos permite también ser nosotras mismas, conocernos mejor, trabajarnos por dentro, y crecer y potenciar nuestro desarrollo personal. 

El amor de pareja sólo puede disfrutarse en condiciones de igualdad, y cuando se da en un entorno libre de explotación y violencia. No nos han enseñado a tratarnos bien, a cuidarnos mutuamente, a disfrutar la relación el tiempo que dure, y a cortarla a tiempo cuando se acaba: necesitamos mucha educación sentimental, sexual y emocional para aprender a querernos bien. 

¿Por qué tanta insistencia con la pareja heterosexual y las familias felices? 

Porque las familias son las principales reproductoras, productoras y consumidoras: sostienen todo el sistema capitalista. Nos quieren de dos en dos, o de uno en uno, y nos quieren con afán reproductivo. Ahora en algunos países se permite el matrimonio igualitario y la adopción de parejas lesbianas y gays, siempre que funden una familia feliz al estilo heterosexual. 

El sexo y el amor romántico 

A las mujeres se nos educa para que no podamos separar sexo y amor romántico, y a los hombres justo para lo contrario. El mayor mandato del mito romántico es la monogamia y la exclusividad sexual y sentimental, pero es solo un mito construido para las mujeres. Los hombres siempre han gozado de una gran diversidad sexual y amorosa porque la doble moral les perdona todo. A las mujeres que gozamos de una vida sexual libre y diversa, se nos castiga rebajándonos a la categoría de “puta”, el insulto favorito de los machos patriarcales para intentar restringir o eliminar nuestra libertad sexual y amorosa.  

¿Por qué sufrimos tanto por amor? 

Porque el romanticismo y el cristianismo tienen muchas cosas en común: ambos prometen  paraísos de felicidad y abundancia, ambos exaltan el sufrimiento como una demostración de amor y una prueba de fortaleza interna. En ambos mitos hay heroínas y héroes sufridores, actos heroicos, dramas eternos, y la fe en la idea de que aunque esto es un valle de lágrimas, y lo mejor está por venir. A las mujeres nos hacen creer que aguantando y sufriendo se obtiene una gran recompensa (que te amen para siempre, que no te dejen nunca), mientras que los hombres son educados para defender su libertad, para vivir sus afectos con otros hombres y para no poner la pareja en el centro de sus vidas. El discurso romántico y el cristiano hegemónico tienen en común que ambos se dirigen a las mujeres, y ambos nos quieren de rodillas. 

Amor y feminismo

El feminismo trabaja para desmitificar el amor y construir relaciones igualitarias, sanas, libres de violencia y de dependencia. Sí es posible sufrir menos, y disfrutar más del amor. Pero hay que trabajar mucho en el ámbito educativo y en el cultural para reivindicar que otras formas de quererse son posibles, para liberar al amor de toda su ideología patriarcal, y para poner en el centro los cuidados mutuos, y los cuidados compartidos. Lo Romántico es político: el cambio tiene que ser a la vez individual y colectivo, y la revolución amorosa será feminista, o no será. 


Coral Herrera Gómez 


El Breve Diccionario de Feminismo  ya está en librerías, publicado por Los Libros de la Catarata y  coordinado por Rosa Cobo Bedia y Beatriz Ranea Triviño, junto a maestras y compañeras como Marcela Lagarde y de los Ríos, Alda Facio, Mari Luz Esteban, Nuria Varela, Silvia Buabent Vallejo, Beatriz Gimeno, Carmen Castro, Pilar Aguilar Carrasco, Mar Esquembre Cerdá, Alicia Puleo, Marian Moreno Llaneza, Laura Nuño Gómez, Luisa Posada Kubissa, Alicia Miyares, Carmen Ruiz Repullo, Henar Sastre Domingo, Victoria Sendon de Leon y muchas otras. Lo podéis comprar en papel y en ebook, en librerías y en la web de Catarata. 

17 de julio de 2020

Cómo trabajar la dependencia emocional



Ya podéis escuchar mi nuevo podcast, el 8 episodio de "Disfrutar del Amor", en Ivoox y Spotify, espero que os guste mucho y os sea muy útil. 

12 de julio de 2020

Los cuernos de las reinas son nuestros cuernos



A Sofía y a Diana las engañaron, pero nos engañaron a todas las demás también. Nos engañan todo el tiempo. Ellos no viven en monogamia. El matrimonio por amor es una estafa. 

No son las únicas: a María Victoria de España, a Paola de Bélgica, a Silvia de Suecia, a Noor de Jordania, a María Isabel de Dinamarca, y a la Reina Isabel II de Inglaterra, también las han engañado. 

Casi todas las princesas y reinas de las casas reales han sufrido infidelidades durante siglos. 

Y nosotras, las plebeyas, también. 

Nos casamos pensando que vamos a ser felices y que el amor verdadero es exclusivo y monógamo. Cuando descubrimos la trampa (la monogamia es solo para nosotras), a menudo es demasiado tarde, porque ya estamos atrapadas en una estructura de dependencia que no nos permite echar a volar. 

Las princesas que sufren por amor tienen dos opciones cuando descubren las infidelidades de sus príncipes: o renunciar al amor y al sexo, quedarse calladas y resignarse como Sofía, o protestar y divorciarse como Diana, que prefirió renunciar a los títulos de la realeza para poder vivir su vida como quería. 

Nosotras tenemos menos opciones aún: ni tenemos títulos, ni tenemos acceso al divorcio porque vamos directas a la precariedad y a la pobreza. 

¿Para qué nos engañan? Para que nos atemos a un hombre, para darle hijos, para que nos quedemos en casa, para que participemos en la estafa colectiva de la familia feliz, y para que aguantemos cuando la descubramos. 

¿Cómo nos engañan? En la infancia nos ofrecen historias de amor con final feliz y nos seducen con las imágenes de bellas plebeyas que salen de la pobreza a través del amor y se convierten en princesas. Para hacer más real el asunto, nos ofrecen bodas reales de mujeres de carne y hueso que salen del mundo laboral, se van a vivir a un palacio, comen perdices y son felices. 

La Monarquía es una institución que sirve para dar ejemplo, para ofrecer modelos de masculinidad y feminidad a los que imitar, para que multipliquemos las familias felices, para que todo siga en orden. Nos retransmiten las bodas reales para hacernos creer que la felicidad está en encontrar a tu media naranja y dedicarte a cuidarle a él y a sus hijos durante el resto de tu vida. Se gastan millonadas en sus bodas, y asistimos a ellas masivamente, encandiladas con el lujo y el derroche de flores, vestidos de alta costura, joyas, coches carísimos, sonrisas perfectas. 




El planeta entero vibra con las miradas de amor que cruzan los novios en el altar, redoblan las campanas de alegría, estallan los aplausos en la calle cuando pasa la comitiva nupcial, las multitudes piden que la pareja recién casada se bese, y nos pasamos semanas consumiendo noticias sobre el fastuoso banquete de bodas y la dulcísima luna de miel, esperando que dentro de nueve meses anuncien la llegada del primer bebé que garantizará la perpetuidad de la Corona. 

Millones de mujeres ven cumplido el sueño de los cuentos de princesas cada vez que se celebra una boda real y ven entrar a la novia por la puerta de la Catedral al son del Aleluya. Son mujeres de carne y hueso elegidas por los herederos de los tronos reales para ser las futuras reinas: unas son nobles o de familias emparentadas con la familia real, y otras son plebeyas, como Kate Middleton, Leticia Ortiz o Megan Markhle. Todas ellas ayudan a soñar a millones de mujeres adictas al amor romántico.  

Después de la luna de miel, vienen los bebés reales, y con ellos, la cascada de infidelidades. La lista de príncipes y reyes infieles de nuestra época es enorme: Alfonso XIII de España, Alberto II de Bélgica, Carlos Gustavo de Suecia, Hussein de Jordania, Federico de Dinamarca, Carlos de Inglaterra, y por supuesto, no podía faltar en esta lista, Juan Carlos I de España. 




A Sofía de Grecia la casaron muy jovencita, y en las fotos se la ve muy ilusionada. En pocos años su matrimonio estaba roto por las infidelidades de Juan Carlos I, que pagaba a sus amantes a cambio de silencio, y acumuló una enorme fortuna aprovechándose de su condición de rey inviolable. Podría haber vivido muy bien con el dinero que los españoles ponen todos los años para mantenerle, a él y su prole, pero era muy generoso con sus amantes, y quería vivir a todo trapo. Mientras se daba la gran vida, condenaba la corrupción en sus charla de Nochebuena de cada año, y advertía que el peso de la justicia debe recaer sobre todos los ciudadanos que no cumplen con la ley. 

La Reina Sofía fue educada para aguantar y para sufrir, para disimular su tristeza o su rabia, para mantener la sonrisa antes las cámaras, para seguir con su papel de esposa fiel y madre entregada, incluso cuando se empezaron a destapar todas las infidelidades de su marido. Eligió ser la mujer patriarcal, sumisa y obediente que sufre en silencio en una época en la que el divorcio estaba prohibido y el matrimonio era un sacramento eterno, ¿tenía otra opción en aquel entonces?. 

Sofía tenía que dar ejemplo a las demás mujeres de España: una mujer de verdad lleva sus cuernos con resignación y con toda la dignidad posible, y no abandona nunca su puesto como esposa oficial. Educó a sus dos hijas para que aguantaran los cuernos igual que ella: al marido solo se le pide discreción.

Lady Di rompió con ese papel de mujer sufrida: es cierto que al principio se presentó ante los medios como una víctima de la infidelidad de Carlos, pero más tarde confesó que ella no renunció al sexo y al amor, y que tuvo varios amantes: un cantante, un chófer. un profesor de equitación, un guardaespaldas... no tuvo mucha suerte en el amor hasta que llegó Dodi Al Fayed, que podría haberle dado hermanos árabes a los herederos del glorioso imperio británico. 
 
El público siempre estuvo de su parte porque ella fue engañada y utilizada para estafar al pueblo británico, y la coronó como la reina del pueblo. Carlos siempre estuvo enamorado de Camila, que estaba casada. Y hoy por fin, ambos han cumplido su sueño y viven juntos y felices, con la bendición de la Reina Isabel II. 

En su momento había que buscarle a Charles una princesa de verdad. Eligieron a Diana porque era una muchacha dulce, educada, tímida, que creía en los cuentos de hadas, pero podrían haberle destrozado la vida a cualquier otra jovencita que cumpliese condiciones similares. 

No sabemos si Carlos se paró a pensar en algún momento si era justo utilizar a Diana, que tenía doce años menos que él, para poder seguir su relación con Camila. Con o sin remordimientos, él y su familia se aprovecharon de su inocencia: mientras Diana creía en el mito del matrimonio por amor, en las casas reales siempre han sabido diferenciar muy bien entre el amor y el matrimonio, el placer y las obligaciones. 




¿Y la Reina Isabel II? Ella es el ejemplo de cómo sostener los cuernos con elegancia y dignidad. Su marido, el duque de Edimburgo, tuvo una "amiga íntima" que era 30 años menor que él, lady Penny Brabourne, que tuvo un sitio privilegiado en el entorno palaciego y en el funeral. De igual manera que Camila viajaba en el séquito de los príncipes de Gales para estar junto a su amado y su esposa, lady Penny también pudo formar parte de la familia real y viajar con el matrimonio sin ningún problema.

Además de esta "amiga fiel", o "amiga entrañable", el marido de la reina tuvo todas las amantes que quiso: Susan Ferguson, Cobina Wright Jr., Alexandra de Kent, Patricia Kluge, Lady Brabourne, Helene Cordet, Lady Romsey... la reina estuvo al tanto de todas sus infidelidades, y gracias a su capacidad para llevar los cuernos, su matrimonio duró 73 años. No sabemos si la Reina también tuvo una vida sexual y amorosa intensa como su marido. 





La monarquía es una institución que sostiene a las principales instituciones de los Estados posmodernos de hoy en día, que son las mismas que en la Edad Media: Ejército, Iglesia, la Banca y la Familia Tradicional. En las bodas reales están todos: el novio viste traje militar de gala, los recién casados pasan por el puente de sables que bendicen su unión, los empresarios y los banqueros lucen sus mejores galas, acuden herederos de todas las casas reales, y las bodas se celebran bajo el rito católico en catedrales imponentes con música sacra, custodiados por el ejército nacional y la cúpula de la jerarquía eclesiástica, todo adornado con flores y trajes de ensueño. 

Estas bodas, y sus consiguientes infidelidades, las pagamos nosotras de nuestro bolsillo, a través de los impuestos. Vean si no cómo ha vivido el esposo de la infanta Cristina de Borbón: imitando a su suegro, viviendo como un Rey, y engañando a su mujer desde que tuvo el primer bebé. Resultado: Cristina pariendo hijos durante años, Iñaki viviendo a todo lujo, follando como loco con cuantas mujeres ha querido, mientras nos hacía creer que era un marido ejemplar, un ciudadano modelo, un padre de familia responsable y honesto: era todo mentira. 

Y a pesar de todo, su propio hijo le justifica: "Son cosas que pasan", y luego declara: "Lo normal es que mis padres se reconcilien", y no, Pablito Urdangarín, lo normal en el siglo XXI es que las mujeres dejen las relaciones en las que sufren maltrato emocional y psicológico. Urdangarín es un maltratador porque ha mentido a su compañera, se ha aprovechado de ella, ha abusado lo que ha querido, ha vivido sin trabajar durante años, y eso se llama violencia: violencia económica, emocional y psicológica. 





La función de las mujeres en la monarquía es, básicamente, ser madres y esposas, mantenerse guapas, sonreír, servir al marido y a la nación, y darle herederos a la corona. Es también la función que tenemos las demás mujeres, según los postulados de la derecha más extrema de la Iglesia Católica. Los hombres son educados para vivir como reyes, mientras las mujeres somos educadas para que nos creamos que algún día seremos la princesa de alguno de esos reyes. 

A ninguna mujer le gusta vivir con cuernos, porque las que perdemos nuestro prestigio con las infidelidades de ellos somos nosotras. Ellos quedan siempre como machos con una gran potencia sexual. Las cornudas en cambio han sido siempre objeto de burla de los demás: en el imaginario colectivo, se cree que una mujer que no es capaz de vigilar, controlar y castigar a su marido, es una fracasada. 

El patriarcado nos hace creer que las culpables de las infidelidades masculinas somos las mujeres, bien porque nos dedicamos a calentar a los maridos de otras, bien porque no cuidamos a nuestros maridos, no les damos lo que desean y por eso se ven "obligados" a irse con otras. La única posibilidad de conservar algo de dignidad para una mujer cornuda es hacer como que no tiene cuernos, y sufrirlos en silencio, igual que se sufren las almorranas. 

Si te rebelas ante las infidelidades de tu marido, tienes que enfrentarte a una sociedad machista que disculpa a los hombres y se burla de las mujeres que quieren ser felices en su matrimonio, y de las mujeres que son engañadas por sus esposos. Una sociedad machista que castiga de manera diferente la infidelidad femenina y la masculina: a ellos les dejan tres días durmiendo en el sofá cuando echan canitas al aire, mientras que a ellas las asesinan cuando son infieles, o cuando quieren separarse. Según la ONU, 87 mil hombres asesinan a sus esposas o ex esposas cada año. 




Volvamos al cuento de hadas, a los trajes de novia, a los ramos de flores, al sonido de los violines. Las princesas tienen que formar familias felices para dar ejemplo a las plebeyas, y para seducirnos a todas con la idea de que la felicidad, el dinero y el poder se pueden conseguir a través del matrimonio. La revista ¡Hola! es un ejemplo del éxito de esta estrategia para que las mujeres crean en el mito del matrimonio por amor: hay millones de adictas a los reportajes de princesas mostrando sus lujosos palacios, sus lindos vestidos, y sus bebés blanquitos y rosados para despertar la admiración y la envidia de las mujeres de carne y hueso, e invitarlas a hacer lo mismo, pero con menos lujos. 

Después de esos reportajes aparecen las mujeres de toreros, futbolistas y grandes empresarios. Son princesas de segunda categoría, pero también se muestran muy felices confinadas en su hogar y dedicadas a su familia. Cuando no están cuidando de la casa, de sus maridos e hijos, ni cuidando su aspecto físico, es decir, en su escaso tiempo libre, se dedican a ejercer la caridad y a hacerse fotos con niños pobres o con enfermos de cáncer, y a acudir a fiestas como jarrón florero al lado de su esposo. Todas tienen criadas y niñeras para poder ir al gimnasio, acudir a desfiles de alta costura,  y tomar el sol en el yate   

Y después estamos nosotras, las de carne y hueso, al final de toda la jerarquía, mujeres que se topan con una realidad muy distinta a la que soñaron viendo las bodas reales por la televisión. 

¿Cómo lleva la Reina Sofía sus cuernos? Nunca ha torcido el gesto en público. A veces tarda un poco en llegar al hospital cuando operan a su marido, pero va. Cuando era joven creyó que no podía liberarse de su papel de esposa abnegada y sufriente, y aceptó su cruz particular. La mujer que sufre ha sido divinizada por la Iglesia, el modelo de la Virgen María nos fue impuesta bajo la dictadura de Franco: las mujeres debían ser monógamas y aguantar, soportar, y vivir con resignación asumiendo la presencia de las amantes de sus esposos. Sofía ha sido el ejemplo a seguir por las demás: una mujer que no protesta, y que tras la amarga decepción, decide disimular y hacer lo que se espera de ella. 

Silencio, aguante, discreción y sacrificio. Por el bien de España.

Juan Carlos quiso divorciarse de Sofía para casarse con Marta, pero le quitaron la idea de la cabeza: España no estaba preparada para los divorcios reales como Inglaterra o Mónaco. Fueron 40 años de dictadura, y la Iglesia nunca le hubiese apoyado. Debía cumplir con sus obligaciones y permanecer casado con Sofia, muy a su pesar. Los reyes tienen muchos privilegios, como tener amantes, pero no pueden enamorarse de ellas, ni casarse con ellas. 




La mayoría de las mujeres van al matrimonio hoy en día como fueron Sofía y Diana, sin saber que el mito de la monogamia es en realidad un mandato que existe sólo para las mujeres: en general, los hombres siempre han podido tener una vida sexual y amorosa diversa, y plena. Y los que más amantes tienen y los que más disfrutan son los hombres que tienen dinero y poder, como es el caso de los reyes. Todos han aparentado ser hombres monógamos y obedientes con el Régimen Heterosexual, ejemplares ciudadanos y excelentes padres de familia que van a misa los domingos, y casi todos han tenido amantes e hijos ilegítimos. En algunos casos la prensa de su país los ha encubierto, como en España, y en otros no.  

Diana también vio muchas películas de princesas, y fue al matrimonio creyendo que el matrimonio era cosa de dos. Después de la boda, Carlos apenas quería tener sexo con ella, pero disfrutaba como un loco con el gran amor de su vida: "Quiero ser un tampón para meterme en tu vagina", le decía a Camila en los tórridos mensajes publicados años después en los principales diarios ingleses. 

La Casa Real Británica utilizó a Diana para construir una familia feliz ficticia, y cuando se destapó toda la estafa romántica, ella logró que la población mundial se pusiese de su parte. 

Al principio aguantó todo tipo de humillaciones: Camila viajó con el matrimonio, sus hijos y su séquito varias veces en vacaciones, y en varios eventos públicos. Camila siempre estuvo ahí, hasta que Lady Di se hartó, decidió romper su imagen angelical y destrozó frente a las cámaras el cuento de hadas que empezó semanas antes de su boda y que duró demasiados años. 

Diana sufrió mucho: tuvo depresión, bulimia y anorexia, crisis nerviosas, e intentos de suicidio, pero Carlos no se compadeció de ella, ni se enamoró de ella. Cuando Diana se rindió, asumió que su matrimonio era de tres, y que la corona británica era una farsa, empezó a vivir mejor y a cuidarse más, y a tener también sus amantes. Se atrevió a romper el silencio, a desvelar el lado oscuro de la monarquía, a denunciar la estafa que había sufrido en las televisiones de todo el mundo. 

Tiempo después, se atrevió a hablar de sus infidelidades, y se justificó dejando claro que rompió la monogamia porque su marido nunca la amó, y nunca estaba en el palacio. Y todas la comprendimos al instante. No era justo que ella quedara condenada a vivir sin sexo, sin amor y sin cariño mientras Carlos El Egoísta vivía como antes de casarse, viendo a su amante y dedicado a sus pasiones. 

Como todos los hombres infieles que lo quieren todo: una esposa fiel y al mismo tiempo un montón de amigas disponibles en su agenda.




Sofía también tuvo a Corinna en palacio y en los viajes oficiales en avión. Era la asesora de su marido, rubia, guapa, joven, y poderosa. Y me imagino la humillación que debió sentir: se tuvo que comer la situación con patatas. 

Hoy Sofía sigue en silencio, viendo desde la distancia cómo su marido se hunde poco a poco. La prensa ya no protege al emérito, el poder judicial le ha retirado la impunidad, y cada día sabemos más detalles del engaño: la imagen de una familia real feliz, tradicional y campechana se ha desmoronado. 

Ni feliz, ni tradicional, ni campechana: hoy la familia real se ha reducido y fragmentado, hoy sabemos que Juan Carlos I utilizó sus privilegios para amasar una ingente fortuna, que nunca quiso tributar en España, que su matrimonio nunca fue feliz, y que todo lo que nos contaron era mentira. No había familia feliz veraneando en el palacio de Marivent, ni yendo a misa, ni besando la mano del Papa. El Rey no respetaba la institución del matrimonio, y tampoco amaba a su país: escondía su dinero en cuentas de Suiza y lo gastaba en mujeres. 

El símbolo de esa gran estafa es la aparición de Corinna luciendo la pulsera que le regaló el Rey de más de tres millones de euros, aunque a quien más nos duele es a todos los españoles que la financiamos pagando nuestros impuestos. Cuando se rompió la cadera matando elefantes en Botsuana, descubrimos la ficción con la que nos engañaron durante años. 

Sólo que Juan Carlos no engañó sólo a Sofía: se rió de toda España.

El Rey nos pidió perdón por la tele y nos dijo que no volvería a ocurrir. 

Como cualquier marido que es descubierto mintiendo y engañando a su compañera: te pido perdón, lo siento mucho, no volverá a ocurrir. 
 
¿Y cómo se ríen los maridos de nosotras? Echad un vistazo a los aparcamientos de los moteles y los burdeles en pueblos y carreteras: están llenos de coches por la mañana, por la tarde, y por la noche. 

¿Por qué aguantamos las mujeres los cuernos al mismo tiempo que obedecemos la ley de la monogamia? Porque no tenemos autonomía económica, ni emocional, ni redes que nos sostengan en un mundo hecho por y para las parejas. 

En las revistas del corazón las princesas que sufren infidelidades, o bien perdonan a sus maridos y les dan una segunda oportunidad, o bien son presentadas como víctimas que están luchando por sanar sus heridas y rehacer sus vidas junto a otro hombre guapo y famoso.

¿En qué se parecen sus cuernos a los nuestros? En que todas hemos sido educadas para creer en el mito de la monogamia y en el mito del matrimonio por amor, no importa a qué clase social pertenezcamos: todas soñamos, en algún momento de nuestras vidas, con el príncipe azul, con el gran amor de nuestras vidas, con el compañero ideal con el que hacer este viaje por el mundo. Y todas tenemos miedo a quedarnos solas y a que nadie nos quiera. 

¿Cuál es la diferencia entre los cuernos de las reinas y los nuestros?  Ellas tienen mucho dinero en su cuenta bancaria, y nosotras no. 

Ahora que sabemos todo lo que hay detrás de las familias unidas y felices que forman las mujeres más envidiadas e imitadas del planeta, me pregunto si volveremos a llorar con la próxima boda real. 

Ahora que sabemos que el matrimonio monógamo de reyes y reinas es una estafa en la que colaboran todas las instituciones, incluidos los medios de comunicación, 

¿cuántas seguirán soñando con casarse con un príncipe que las lleve a un palacio?, ¿cuándo nos daremos cuenta de que no es lo mismo estar encerrada en un palacio que en un piso de 60 metros, y que el divorcio es un lujo que no está al alcance de la mayor parte de las mujeres del planeta?, 

¿cuántas seguirán sin ver que los enlaces reales son asuntos políticos y estrategias de marketing que nada tienen que ver con el amor? 

¿Cuántas mujeres seguirán copiando los modelos del vestido de novia real para su propia boda?, ¿cuántas seguirán creyendo que sus maridos cumplirán con el pacto de monogamia que han firmado al casarse?, ¿cuantas tendrán que seguir sufriendo los cuernos en silencio, cuántas humillaciones estarán dispuestas a soportar? 

Y, cuando al poco tiempo de casarse descubran la trampa, ¿seguirán el ejemplo de la callada Sofía, o se rebelarán y se atreverán a protestar como Diana?, ¿se atreverán también a romper el pacto de la monogamia, o no lo harán por miedo a ser asesinadas?

¿Tomaremos conciencia algún día de la injusticia de la doble moral que permite a los hombres llevar  dobles vidas y regar el mundo de hijos huérfanos de padre? 

¿Entenderemos en algún momento que el amor de las mujeres es un asunto político, y que la gran estafa del matrimonio por amor está basada en la monogamia femenina y la libertad masculina?, ¿nos rebelaremos ante la injusticia y reclamaremos la libertad sexual y amorosa que nos corresponde?, 

¿Y los hombres, seguirán siendo igual de machistas o egoístas, o tomarán conciencia de sus privilegios, y se trabajarán la honestidad y el compañerismo para poder vivir en pareja?, ¿dejarán de obligar a sus parejas a ser fieles, serán capaces de amar y respetar su libertad?

¿Y nosotras, comprenderemos por fin que los cuernos de las princesas y de las reinas, son también nuestros cuernos, que el adulterio forma parte del régimen monogámico, y que la infidelidad masculina no es un problema personal ni de pareja, sino un problema colectivo? 

Coral Herrera Gómez 



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9 de julio de 2020

Hasta que descubrí que el amor es para disfrutar (yo no era feminista)

Ilustración de Laura Astorga Monestel


YO NO ERA FEMINISTA Hasta que descubrí que el amor es para disfrutar 

Una autora y una ilustradora cada semana: ¿Conocéis el proyecto latinoamericano Yo no era feminista? Esta semana toca mi relato, ilustrado por la gran artista costarricense Laura Astorga Monestel, ¡espero que os guste mucho!


Yo sí era feminista, pero aunque tenía toda la teoría en mi cabeza, no sabía cómo aplicarla a mi vida cotidiana. Es decir, yo me pensaba feminista, pero no me sentía feminista porque no lograba llevar la teoría a la práctica: en la escuela no me dieron herramientas para entender por qué anhelaba tanto ser amada por un hombre, por qué me habían hecho creer que el amor romántico tenía que ser el centro de mi vida, ni por qué sufría tanto por amor. 

Me crié con cuentos de princesas que están solas en el mundo, sin hermanas, ni madres, ni abuelas, ni primas, ni vecinas, ni compañeras de estudio o de trabajo. Pero además de películas y dibujos animados, también escuchaba los discursos de las amigas de mi madre hablando de los derechos de las mujeres, la libertad de las mujeres, y la necesidad de derribar el patriarcado para crear una sociedad igualitaria sin jerarquías ni explotación ni violencia. 

Entonces tenía dentro de mí esa necesidad de ser una mujer autónoma y libre, de estudiar y trabajar, de construir mi red de afectos, de llevar el timón de mi barco y navegar por mi vida eligiendo yo el camino y los lugares de destino. Pero a la vez, mis emociones eran profundamente patriarcales y soñaba con tener un compañero que me quisiera y con el que poder fundar una hermosa familia. Soñaba con poder vivir el romance del siglo, con vivir el amor total y absoluto que te hace sentir que no estarás sola nunca más, y ese sueño me hacía creer que al enamorarme y emparejarme, conseguiría una relación de igualdad y compañerismo de manera mágica, pensando que el amor todo lo podía. 

Sufrí mucho por amor, perdí mucho tiempo y energía en el amor, y a veces también, me olvidé de toda la teoría feminista sobre la libertad y la autonomía por amor. Yo estaba en una relación que no lograba soltar del todo, y pasaban los meses y yo no lograba desengancharme. Así que cuando me tocó hacer la tesis doctoral, elegí el amor romántico para intentar entender qué me estaba pasando, y por qué no sólo me pasaba a mí, sino a millones de mujeres en el mundo. Yo leía, escribía y me iba con mi perra al campo a pensar y a darle vueltas, fueron unos años muy felices en los que investigué mucho, y hablé mucho con mi gente. 

Y un día lo ví muy claro, mirando el atardecer: las mujeres tenemos derecho a vivir una buena vida, a disfrutar del sexo y del amor, a sentirnos libres, a buscar el placer y a ser nosotras mismas en todas nuestras relaciones sentimentales y afectivas. Esta idea en su momento fue revolucionaria para el feminismo, y en ese momento pasó del mundo de las ideas a explotar en mi corazón. 

Lo vi muy claro, si: yo no he nacido para sufrir, ninguna mujer ha nacido para sufrir. El amor no puede ser un arma de control social y destrucción de las mujeres, sino una experiencia de gozo, crecimiento y liberación, me dije. El amor es una construcción, y todo lo que se construye, se puede deconstruir y re-inventar. 

Pensé que sería maravilloso poder aplicar el feminismo al amor para liberarlo del machismo y el patriarcado, y de paso, liberarnos todas las mujeres del mundo, porque es a través del amor como la cultura patriarcal se perpetúa con mitos, estereotipos, mandatos, modelos, héroes y heroínas. 

En aquellos momentos empezaba a desarrollarse Internet, y yo lo que quería era colectivizar el debate en las redes, y sacar el amor romántico a la luz para debatir sobre el tema. Lo que había leído es que las feministas de los años 70 llegaron a la conclusión de que el amor romántico era una cárcel para nosotras y que como a muchas nos llevaba a la muerte o a una vida de esclavitud voluntaria, lo mejor era renunciar al matrimonio y así no tener que vivir de rodillas mendigando el amor de un hombre. 

Pero yo pensaba, bueno, no tenemos por qué renunciar al amor. Vamos a hacerlo feminista, vamos a transformarlo a nuestro gusto, vamos a convertirlo en una experiencia maravillosa que nos permita realmente acabar con la desigualdad entre hombres y mujeres. Y lo mismo para lesbianas y gays, gente monógama o poliamorosa: había que liberar el amor a la vez que reivindicamos el derecho al placer de las mujeres, y había que hacerlo desde los cuidados, la empatía, la solidaridad y el deseo de cambiar el mundo para construir una sociedad más pacífica, libre de violencia y dominación, una sociedad más justa, igualitaria y amorosa. 

Desde entonces, he trabajado para ayudar a muchas mujeres a construir sus propias herramientas que les permitan acabar las relaciones en las que no se sienten cuidadas ni queridas, para desengancharse de una de las drogas más potentes del mundo, para distinguir cuando están en una relación de dominación y sumisión, para dejar a sus parejas cuando no se sientan felices o cuando no se sientan bien tratadas. 

Después de cuatro años trabajando juntas en el Laboratorio del Amor, una red de mujeres internacional que es también un grupo de estudio, no hemos descubierto la fórmula ideal para disfrutar del sexo, del amor y de la vida, porque esa fórmula no existe. Cada cual tenemos que trabajar los patriarcados que nos habitan, tomar conciencia de lo que necesitamos, deseamos y queremos para estar bien y para ser felices, ponernos a  desmitificar el amor romántico, y construir otros modelos de relación en los que podamos ser nosotras mismas. 

Las semillas que hemos ido sembrando en estos años van dando sus frutos: ahora hemos aprendido a aceptarnos, a querernos y a cuidarnos a nosotras mismas, ya sabemos decir que no, ya sabemos, al menos, lo que no queremos, y tenemos más herramientas para entender lo que nos pasa, y por qué nos pasa. Ahora sabemos que lo personal es político, que hay otras formas de quererse, y que se puede sufrir menos, y disfrutar más del amor, y por eso creemos que hay que seguir trabajando mucho para poder llevar la teoría a la práctica, y para poder vivir una buena vida, que es muy corta, y sólo tenemos una. 


Coral Herrera Gómez. 

Post publicado en el libro colectivo: Yo no era feminista 

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