11 de agosto de 2010

CITAS SOBRE EL AMOR








“De todas las emociones, no hay niguna tan violenta como el amor”, Cicerón.

“Enamoraté y buscarás tu perdición”, dice un proverbio chino.

“Se enamoran los intrépidos”, Bayard Taylor, escritor nortamericano.

“Amamos a las mujeres en la medida en que nos resultan extrañas”. Baudelaire.

“La soledad se admira y desea cuando no se sufre, pero la necesidad humana de compartir cosas es evidente”. Carmen Martín Gaite, escritora española.

“El hombre celoso no es el amante que ama; es el propietario que se enfada”.
Mme. Staël

“Raras son las mujeres que no han soñado con el “gran amor”, raras las que, en un momento u otro de su vida, no han expresado su amor por el amor. En la mujer se confirma una necesidad de amar más constante, más dependiente, más devoradora que en el hombre”. Lipovetsky

“Dejarse dar, acoger lo desconocido, es, en realidad, la prueba de fuego del amor, que es algo que interesa y ha interesado más a las mujeres que a los hombres”. María Milagros Rivera Garretas

“El amor está por inventar”, decía Rimbaud.

«Engañarse respecto al amor es la pérdida más espantosa, es una pérdida eterna, para la que no existe compensación ni en el tiempo ni en la eternidad» Kierkegaard

“Cuando un hombre que está vivo te hace llorar, hay que dejarlo. Sólo se llora por los amantes muertos”. Clara Obligado

«Lo que el amor tiene de admirable es que el servicio que nos hacemos nosotros mismos al amar, se lo hacemos también al otro amándolo; más aún, se lo hacemos por segunda vez dejándonos de amar» Jean Guitton



“Los hombres engañan más que las mujeres; las mujeres, mejor”. Joaquín Sabina (1949-?) Cantautor y poeta español.


“Las costumbres no permiten en la mujer la pasión; sólo se les consiente el amor; quizá por eso amen tan totalmente”. Marguerite Yourcenar


"Cuando se exagera un sentimiento, desaparece la capacidad de razonar". 
Gustavo Le Bon (1841-1931) Psicólogo francés.



"El amor es la ocupación de los desocupados". Diógenes el Cínico.



5 de agosto de 2010

Los mitos del Amor Romántico









"La supervivencia de creencias míticas en nuestra forma de pensar la ciencia, el mismo arquetipo del antimito, debería invitar a nuestra curiosidad y exigir investigación. Los mitos que no se examinan, donde quiera que sobrevivan, tienen una potencia subterránea, afectan a nuestro pensamiento de formas de las que no somos conscientes y, en la medida en que nos falte esa consciencia, queda socavada nuestra capacidad para resistir a su influencia”. 

Evelyn Fox Keller, física, escritora y feminista estadounidense.




Qué son los mitos 

La palabra "mito" proviene del vocablo griego “mythos”, comúnmente interpretado en nuestra lengua como "narración" o "relato". Los mitos ayudaron a los seres humanos a explicar los fenómenos naturales y poseyeron siempre un poder de trascendencia, una dimensión emotiva, religiosa y espiritual que se expresaba simbólicamente a través de relatos. Platón y Aristóteles lo usarán como término opuesto a logos, que es el discurso razonado y objetivo. La palabra mythos en la Antigüedad, posee así unas connotaciones emotivas y ficcionales; los mitos eran explicaciones del mundo no racionales, y por tanto no servían para explicar la realidad ni para acceder al conocimiento, aunque ni Platón ni Aristóteles consiguieron elaborar su Filosofía sin recurrir a ellos.


Eros y Psique

Entre todas las definiciones que hemos encontrado, nos parece que la definición de Carlos García Cual es una de las más eficaces y concretas: “Mito es un relato tradicional que refiere la actuación memorable y ejemplar de unos personajes extraordinarios en un tiempo prestigioso y lejano. (…) El relato mítico tiene un carácter dramático y ejemplar. Se trata siempre de acciones de excepcional interés para la comunidad, porque explican aspectos importantes de la vida social mediante la narración de cómo se produjeron por primera vez tales o cuales hechos”.

Por su parte, Karen Armstrong (2005) afirma que los mitos más impactantes tratan sobre situaciones límite y nos obligan a ir más allá de nuestra experiencia. Tratan de lo desconocido; su función es ayudarnos a hacer frente a los conflictos humanos. En este sentido, los mitos han sido la base de todas las culturas humanas, porque han otorgado a la sociedad modelos de conducta y actitudes, han ofrecido héroes y heroínas que superaban situaciones difíciles con valentía, inteligencia, astucia o estrategias. En los orígenes, ayudaban a las personas a encontrar su lugar en el mundo y su verdadera orientación, porque ayudan a saber de dónde venimos (mitos sobre antepasados), a dónde vamos, y también ayudan a explicar esos momentos sublimes en que nos sentimos transportados más allá de nuestras preocupaciones prosaicas.

Todas las mitologías hablan de un mundo paralelo al nuestro; es una realidad invisible pero más intensa que a veces se identifica con el mundo de los dioses. A esta creencia se la ha llamado “filosofía perenne” porque ha impregnado la mitología y la organización ritual y social de todas las sociedades antes del advenimiento de nuestra modernidad científica, y todavía hoy sigue influyendo en las sociedades tradicionales. Los mitos explicaban cómo se comportaban los dioses para permitir a hombres y mujeres imitar a esos seres poderosos, y así experimentar ellos también la divinidad.

Armstrong cree también que el mito es una guía, que transmite un código ético y que, además, ha configurado la base de todas las religiones. En el caso de las religiones monoteístas como la cristiana, la musulmana y la budista, todas se han forjado a partir del mito del viaje heroico, que nos explica qué tenemos que hacer si queremos convertirnos en seres humanos completos: “El héroe tiene la sensación de que en su vida o en su sociedad falta algo. Por eso abandona el hogar u emprende peligrosas aventuras. Lucha contra monstruos, escala montañas inaccesibles y atraviesa oscuros bosques, y mientras su antiguo yo muere y el héroe descubre algo o aprende alguna habilidad que después transmite a su pueblo. (…) El mito del héroe está tan arraigado que hasta la vida de figuras históricas como Buda, Jesús, o Mahoma se cuenta siguiendo ese esquema arquetípico probablemente forjado en la era paleolítica”.

El mito, pues, ha estado siempre asociado a la experiencia de lo trascendente, inherente a la condición humana. Los humanos necesitan irrupciones en la rutina y la realidad de la vida cotidiana para trascenderla, para experimentar otras dimensiones temporales gracias a la intensidad de lo vivido. Siempre han necesitado esos mecanismos de escape que les sitúen en otra realidad, que les arrebaten, que les hagan entrar en éxtasis o en trance para sentir que pueden superar el aquí y el ahora.




 El beso de Rodin

Joseph Campbell (1964) afirma que una de las funciones del mito es apoyar el orden social en vigor, para integrar al individuo. Según él la función social de una mitología y de los ritos que la expresan es fijar en todos los miembros del grupo en cuestión un “sistema de sentimientos” que habrá de unirle espontáneamente a los fines de dicho grupo. Kirk (1990) cree que los mitos surgieron como trucos narrativos que utilizaron los humanos para socializar a los niños y facilitar su integración psíquica en la sociedad. Son, desde este punto de vista, narraciones contra el terror que provoca lo desconocido, explicaciones del mundo que guían a los humanos en sus primeras fases de socialización.


Los mitos, sin embargo, no han permanecido invariables; cambian con las culturas, se adaptan a nuevas realidades socioeconómicas y políticas que se consolidan gracias al apoyo del sistema simbólico y mitológico creado para sustentarlo. En Occidente, pese al proceso de desacralización de la sociedad característica de la posmodernidad, los mitos siguen cumpliendo estas funciones, aunque con variaciones.





Denis De Rougemont (1939) cree que necesitamos los mitos “para expresar el hecho oscuro e inconfesable de que la pasión está vinculada con la muerte y que supone la destrucción para quienes abandonan a ellas todas sus fuerzas. (…) La oscuridad del mito nos permite, así, acoger su contenido disfrazado y gozar de él con la imaginación, sin tomar una conciencia lo bastante clara para que estalle la contradicción”. El mito expresa esas contradicciones y actúa en todos los lugares “en que la pasión es soñada como un ideal y no temida como una fiebre maligna”. También en los lugares en que la fatalidad es requerida, imaginada como una bella y deseable catástrofe.




Tristán e Isolda




Los mitos amorosos


El principal mito que encontramos en el romanticismo es la frase que concluye los relatos de amor: “y vivieron felices, y comieron perdices”. La estructura mítica de la narración amorosa es casi siempre la misma: dos personas se enamoran, se ven separadas por diversas circunstancias, obstáculos (dragones, bosques encantados, monstruos terribles) y barreras (sociales y económicas, religiosas, morales, políticas). Tras superar todos los obstáculos, la pareja feliz por fin puede vivir su amor en libertad. Evidentemente, como mito que es, esta historia de obstáculos y superaciones está atravesada por las ideologías patriarcales, que ponen la misión en manos del héroe, mientras que la mujer espera en su castillo a ser salvada: él es activo, ella pasiva (el paradigma de este modelo es la Bella Durmiente, que pasó nada más y nada menos que CIEN!!!!! años dormida esperando a su príncipe).






Y es que los dos principales mitos del amor romántico son el príncipe azul y la princesa maravillosa, basados en una rígida división de roles sexuales (él es el salvador, ella es el descanso del guerrero) y estereotipos de género mitificados (él es valiente, ella miedosa, él es fuerte, ella vulnerable, él es varonil, ella es dulce, él es dominador, ella es sumisa). Estos modelos de feminidad y masculinidad patriarcal son la base de gran parte del dolor que experimentamos al enamorarnos y desenamorarnos, porque se nos vende un ideal que luego no se corresponde con la realidad.



Principalmente porque todos somos fuertes y frágiles, activos y pasivos, dominadores y sumisos; pero curiosamente nos encajonamos en unas etiquetas que determinan nuestra identidad, sentimientos, actitudes y comportamiento para toda la vida. Estas etiquetas nos dan una seguridad (soy el abuelo en la familia, soy el profesor en la escuela, soy la esposa complaciente, soy la ejecutiva agresiva, soy el adolescente problemático, soy el chico romántico, soy la joven alocada, soy el jefe tiránico…), pero nos quitan libertad para reinventarnos, para cambiar, evolucionar o aprender nuevas formas de relacionarnos. La pareja, por ejemplo, es una categoría social mitificada como el lugar donde hallar gozo, paz, calma, tormento, alegrías, estabilidad, bajo la promesa de la fusión total. Son muchos los enamorados y enamoradas que desean levantar cuanto antes su amor sobre la estructura sólida de la pareja feliz, un mito que ayuda a concluir los relatos y que se presenta como el paraíso sentimental gracias al cual evadirnos de esta realidad.

Hasta ahora la feminidad pasiva ha sido mitificada en los relatos para tranquilizar a los machos y suavizar su ancestral miedo a las mujeres, por un lado, y para ofrecer modelos de sumisión idealizada a las mujeres, por otro. Muchas de las mujeres de las culturas patriarcales han sido educadas para asumir en muchos casos el rol de mujer fiel cuya máxima en la vida no es alcanzar la libertad (deseo masculino por excelencia), sino el amor a través de un hombre (lo que se supone que es normal en las mujeres).






La princesa del cuento es una mujer de piel blanca y cabellos claros, rasgos suaves, voz delicada, que se siente feliz en un ámbito doméstico (generalmente un lujoso palacio, al cuidado de sus padres) y cuyas aspiraciones son muy simples: están siempre orientadas hacia el varón ideal de sus sueños. La princesa es leal a su amado, lo espera, se guarda para él, como hiciera Penélope durante más de veinte años esperando a Ulises. La princesa encontrará su autorrealización en el gran día de su vida; la boda con el príncipe. La princesa es una mujer discreta, sencilla, llena de amor y felicidad que quiere colmar de cuidados y cariño a su esposo y que además le dará hijos de cuya paternidad podrá estar seguro. Es una mujer buena frente a las mujeres malas, aquellas representadas como seres malvados, egoístas, manipuladores, caprichosos, insaciables, débiles y charlatanes. Las malas disfrutan pasionalmente del sexo, pero a pesar de que atraen a los hombres por su inteligencia y sus encantos, no ofrecen seguridad al macho, que casi nunca las eligen para ser princesas ni les piden matrimonio. Son tan atractivas como peligrosas, por eso evitan enamorarse de ellas, como fue el caso de Ulises con Circe.








El príncipe azul es otro mito que opera en el imaginario femenino porque se nos ofrece siempre como figura salvadora, del mismo modo que Jesucristo o Mahoma salvaron a la Humanidad de sus pecados. Notesé que Eva es la mujer mala por cuya curiosidad y desobediencia los seres humanos fuimos condenados al dolor y la muerte. Sólo un Hombre como Jesús podía venir a salvarnos; pero ni con su muerte logró que su padre nos perdonase.

Jesús es un hombre bueno y valiente que cree en las causas justas y no le importa sacrificarse por ellas. Del mismo modo, el príncipe azul es un héroe porque pone la misión (matar al dragón, encontrar al tesoro, derrotar a las hordas malvadas, devolver el poder a algún rey, etc) por delante de su propia vida. El príncipe azul es un hombre activo, saltarín, espadachín, gran atleta, buen jugador, gran estratega, noble de corazón. Es joven, travieso, algo ingenuo; a las mujeres les derrite este modelo porque es un ser valiente y bueno que necesita campo para correr y que pese a su gallardía, es tierno y dulce en la intimidad. El príncipe se convierte en Hombre en todos los relatos, porque la aventura que vive es su rito de paso de la juventud a la adultez, dado que tiene que superarse a sí mismo para poder lograr su triunfo (el amor de la princesa rosa). Así podrá protegerla, enseñarla, amarla para siempre y hacerle muchos hijos.




Estos dos mitos de género y la mayor parte de los mitos amorosos surgieron en la época medieval; otros han ido surgiendo con el paso de los siglos, y finalmente se consolidaron en el XIX, con el Movimiento Romántico. De ellos nos quedan, según Carlos Yela García (2002), unos cuantos que configuran nuestras estructuras sentimentales en la actualidad:

Mito de la media naranja, derivado del mito amoroso de Aristófanes, que supone que los humanos fueron divididos en dos partes que vuelven a unirse en un todo absoluto cuando encontramos a nuestra “alma gemela”, a nuestro compañero/a ideal. Es un mito que expresa la idea de que estamos predestinados el uno al otro; es decir, que la otra persona es inevitablemente nuestro par, y solo con ella nos sentimos completos. El mito platónico del amor expresa un sentimiento profundo de encuentro de la persona consigo misma, “y su culminación es recuperar los aspectos que nos fueron amputados y de esa manera, recuperar nuestra propia y completa identidad. Es decir, poder ser todo lo que somos y lo más plenamente posible” (Coria, 2005). El mito de la media naranja sería una imagen ingenua y simplificada del mito platónico que intenta transmitir esa búsqueda de la unidad perdida, pero su principal defecto es, según Coria, que uno más uno termina resultando uno, lo cual es un grave error, no sólo aritmético, que es asimilado mayoritariamente por mujeres.

• Mito de la exclusividad: creencia de que el amor romántico sólo puede sentirse por una única persona. Este mito es muy potente y tiene que ver con la propiedad privada y el egoísmo humano, que siente como propiedades a las personas y sus cuerpos. Es un mito que sustenta otro mito: el de la monogamia como estado ideal de las personas en la sociedad.

• Mito de la fidelidad: creencia de que todos los deseos pasionales, románticos y eróticos deben satisfacerse exclusivamente con una única persona: la propia pareja.

• Mito de la perdurabilidad (o de la pasión eterna): creencia de que el amor romántico y pasional de los primeros meses puede y debe perdurar tras miles de días (y noches) de convivencia.

• Mito del matrimonio o convivencia: creencia de que el amor romántico-pasional debe conducir a la unión estable de la pareja, y constituirse en la (única) base del matrimonio (o de la convivencia en pareja). Esto nos crea problemas porque vimos que la institucionalización de la pasión, y el paso del tiempo, acaban con ella. Por eso nos divorciamos y buscamos nuevas pasiones que nos hagan sentir vivos, pero en seguida la gente vuelve a casarse, cometiendo el mismo error que la primera vez. El matrimonio en la Era de la soledad ha visto, así, aumentada su dimensión mitológica e idealizada: “La idolatría del matrimonio es la contrapartida de las pérdidas que produce la modernidad. Si no hay Dios, ni cura, ni clase, ni vecino, entonces queda por lo menos el Tú. Y la magnitud del tú es el vacío invertido que reina en todo lo demás. Eso significa también que lo que mantiene unido al matrimonio y a la familia no es tanto el fundamento económico y el amor, sino el miedo a la soledad” (Ulrick y Elisabeth Beck, 2001).

• Mito de la omnipotencia: creencia de que “el amor lo puede todo” y debe permanecer ante todo y sobre todo. Este mito ha sujetado a muchas mujeres que han creído en este poder mágico del amor para salvarlas o hacerlas felices, pese a que el amor no siempre puede con la distancia, ni los problemas de convivencia, ni la pobreza extrema.

Mito del libre albedrío: creencia que supone que nuestros sentimientos amorosos son absolutamente íntimos y no están influidos de forma decisiva por factores socio-biológicos-culturales ajenos a nuestra voluntad.

El mito del emparejamiento: creencia en que la pareja es algo natural y universal. La convivencia de dos en dos ha sido, así, reificada en el imaginario colectivo, e institucionalizada en la sociedad.



Gracias a nuestra actividad racional, la Humanidad puede no solo construir mitos, sino también deconstruirlos, porque en ellos están insertos los miedos, las motivaciones, el sistema de creencias, los valores, la ética, los modelos a seguir y los deseos de los miembros de esa cultura. En el caso del romanticismo patriarcal, creo que es fundamental exponer las entrañas de sus mitos para poder acabar con la desigualdad y con el patriarcado a nivel narrativo, emocional e ideológico. Es importante mostrar la falsedad de esas idealizaciones que nos encajonan en unas máscaras sociales, que empobrecen nuestras relaciones y nos hacen sufrir porque chocan con la Realidad, generalmente menos bella y maravillosa que la fantasía amorosa.

La simplicidad de los estereotipos de género invisibiliza la amplia gama de modos de ser, de estar y de relacionarse que existen para hombres, mujeres y gente transgénero. Nos encierra en unos supuestos sobre lo que deberíamos ser, cómo deberíamos estar y sentir. De igual modo, los mitos amorosos crean unas expectativas desmesuradas que luego causan una intensa decepción, más hoy en día que no tenemos tolerancia al no; nos frustra todo enormemente porque nos ilusionamos con las promesas que nos venden en los relatos de la sociedad globalizada. El modelo de amor idealizado y cargado de estereotipos aprisionan a la gente en divisiones y clasificaciones perpetuando así el sistema jerárquico, desigual y basado en la dependencia de sus miembros en el que vivimos.




El beso de Gustav Klimt


Además, provocan dolor en la gente porque el amor no es eterno, ni perfecto, ni maravilloso, ni nos viene a salvar de nada. La utopía del amor romántico, con sus idealizaciones, es la nueva religión colectiva que nos envuelve en falsas promesas de autorrealización, plenitud, y felicidad perpetua. De ahí la insatisfacción permanente y la tensión continua entre el deseo y la Realidad que sufrimos los habitantes de la posmodernidad.

Y es que nos pasamos la vida sufriendo decepciones precisamente por estas “ilusiones” que nos invaden en forma de espejismo. Es cierto que nos ayudan a evadirnos, pero quizás estamos en un momento en el que deberíamos dejar de entretenernos y de escaparnos tanto de la Realidad que no nos gusta. La desigualdad, la pobreza, el hambre, las guerras, el engaño de políticos y empresarios a las comunidades, el destrozo medioambiental y la sensación de que nada es lo que parece (ni la democracia, ni la paz, ni los Estados) invaden los telediarios. Y mientras, las mujeres siguen esperando a su príncipe azul y los hombres a sus princesas virginales en un círculo vicioso que no se completa jamás, porque no existen y porque las personas somos infinitamente más complejas y contradictorias que los personajes planos de los cuentos patriarcales.

Lo lógico debería ser poder transformar los relatos, contar nuevas historias, cambiar los modelos idealizados que han quedado obsoletos, construir héroes y heroínas de carne y hueso, crear nuevos mitos que nos ayuden a construir unas sociedades más justas, igualitarias, ecologistas, cultas y pacíficas. Encaminar nuestros esfuerzos al bien común, trabajar para proponer otras realidades, luchar por construir otras nuevas en lugar de huir de lo que hay mediante paraísos emocionales y promesas de salvación individuales.



Coral Herrera Gómez




BIBLIOGRAFÍA



1. Armstrong, Karen: “Breve Historia del Mito”, Salamandra, Barcelona, 2005.

2. Asimov, Isaac: “Las palabras y los mitos”, Laia, Barcelonam, 1974.

3. Barthes, Roland: “Mitologías”, Siglo XXI, Madrid, 1º Edición En Francés, 1957, 10º Ed. En Español, 1980.

4. Beck, Ulrich, y Beck-Gernsheim, Elisabeth: “El normal caos del amor. Las nuevas formas de relación amorosa”, Paidós, Barcelona, 2001

5. Blanco Martín, Carlos Javier: “La reproducción del mito”. A parte rei, num 26.

6. Campbell, Joseph: “Las máscaras de Dios: Mitología occidental”, Alianza Editorial, 1964.

7. Coria, Clara: “El amor no es como nos contaron… ni como lo inventamos”, Paidós, Buenos Aires, 2005.

8. De Rougemont, Denis: “El amor y Occidente”, Editorial Kairós, Barcelona, 1976 (8 ed.).

9. Morin Edgar, Complejo de amor, Gazeta de Antropología, Nº 14, 1998, CNRS, París. http://www.ugr.es/~pwlac/

10. Sanpedro, Pilar: El mito del amor y sus consecuencias en los vínculos de pareja

Revista Disenso, num 45, mayo de 2005


11. Yela García, Carlos: “El amor desde la psicología social. Ni tan libres, ni tan racionales”, Ediciones Pirámide, Madrid, 2002.


Artículos relacionados: 






31 de julio de 2010

EL MITO DE DON JUAN


“No, el amor que hoy se atesora

en mi corazón mortal

no es un amor terrenal

como el que sentí hasta ahora;

no es esa chispa fugaz

que cualquier ráfaga apaga;

es incendio que se traga

cuanto ve, inmenso, voraz”.






Me decía un alumno en un trabajo que a todos los hombres, en el fondo, les encantaría ser un poco Don Juan, quizás porque su idea sobre el mito masculino remite a la imagen de un hombre hedonista que gozaba como un loco de todas las mujeres que deseaba. Sin embargo, hay estudios que lo describen como un individuo permanentemente insatisfecho, y poseído por los miedos. Un hombre cobarde, mentiroso, tramposo y obsesionado por la cantidad de trofeos femeninos que podía lograr.


El mito de Don Juan es internacional pero nació en la cultura española; hoy podemos ver en todas las películas de habla anglosajona reproducciones de este macho insaciable o al menos, restos de esas ansias de promiscuidad y apetito sexual desatado. El mito ha pasado a insertarse en el imaginario colectivo como una actitud chulesca y desafiante ante la vida y las mujeres, demostración de la superioridad masculina y de la fuerza de su libre albedrío, connatural al macho humano.


Elena Soriano piensa que Don Juan representa en nuestra cultura al macho por antonomasia, con todas sus facetas, tanto negativas como positivas: “es el símbolo del instinto animal, la libido humana, la belleza, el sex appeal, el deseo, el amor, la rebeldía, el pecado, el castigo, el ansia de lo absoluto, el idealismo, el sentido fáustico, la pasión del conocimiento, la aspiración al absoluto, la angustia existencial, la fuerza del destino, en fin, Eros y Tánatos, los dioses griegos de la vida y la muerte” (Elena Soriano, 2000).








Dado que Don Juan es el prototipo de hombre al que le gustan todas las mujeres, y cuya identidad se construye a base de conquistas y abandonos, Rosa Pereda define el donjuanismo como una conducta cazadora, expoliadora, característica del varón cuya meta en la vida consiste en acumular conquistas femeninas. Según sus múltiples versiones, a Don Juan no le atraen las mujeres deshonestas, las rameras, las de fama galante y licenciosa, y de ningún modo las prostitutas (es incapaz de pagar su placer). A él le gustan las doncellas virginales, las casadas o prometidas honestas, las novicias de convento, en fin, las únicas que pueden darle ocasión de burlar el honor de los hombres que las custodian:


En cada caso es más importante que el botín mismo, el nombre del hurtado, del despojado: el marido a quien ha burlado y son centenares, el prometido que llevará al altar a una mujer tocada, cuando no remendada por las artes de Celestina, y el padre, que guarda la castidad de la niña porque en ella está su respetabilidad. Don Juan no desea placer, para él es una cuestión de carácter metafísico, una lucha y una demostración” (Rosa Pereda, 2001).




El nacimiento del personaje con nombre y apellidos definitivos se debe al fraile mercedario Gabriel Téllez, más conocido como Tirso de Molina, que esbozó el tipo en su comedia El rey don Pedro en Madrid, y lo perfiló más en otra titulada ¿Tan largo me lo fiáis?. Según Soriano, su versión es la primera que define por completo con eficacia dramática la doble personalidad de su protagonista, Don Juan Tenorio, joven sevillano, apuesto, rico, valeroso, fanfarrón. Don Juan cumple su función arquetípica mediante embustes, disfraces, suplantación de personas y promesas de matrimonio para seducir a cuatro mujeres representativas de las diferentes clases sociales: la pescadora Tisbea, la labradora Aminta, la duquesa Isabela y doña Ana. Aunque el drama de Tirso no tuvo gran difusión teatral en España, el caso del Burlador se puso de moda y los plagios, imitaciones y recreaciones de su Don Juan Tenorio se multiplicaron en Europa.






Elena Soriano cree que el cambio trascendental del carácter de Don Juan se debe a Molière, que es el primero en intelectualizar el personaje y que, según los historiadores del mito, tuvo escaso éxito al estrenar en 1665 Don Juan ou le festin de Pierre, en París. La obra estuvo en cartel tan sólo quince días debido al escándalo y por la campaña que se desató en su contra. Molière presenta al protagonista como ateo y suicida que lleva a cabo una sarcástica defensa del libertinaje y la hipocresía de la sociedad francesa de entonces: “Este Don Juan aristócrata que, para satisfacer un capricho, rapta a una novicia de su convento y no duda en casarse con ella para abandonarla en seguida, demuestra cultura, elegancia, talento, capacidad razonadora y otras dotes intelectuales insólitas, en sus antecesores, y las aplica a defender su libertad de amar, de pensar y de obrar, y rechazar el falso honor de la fidelidad argumentando que: “la constancia es ridícula”, que “todo el placer del amor está en el cambio”, “toda mujer tiene derecho a ser amada” (Soriano, 2000).




El Don Juan de Molière no representa al pecador, sino al rebelde social; es el “héroe negativo”, en su historia el primero absolutamente ateo, pero humanista, es decir, representante perfecto del librepensador de la sociedad francesa del siglo XVII. Para Elena Soriano, esta racionalización del mito y su desvinculación religiosa son decisivas en su evolución: don Juan no es castigado por sus fechorías eróticas, sino por su talante librepensador. El caso es que, si Molière tuvo una intención satírica contra la conducta de la aristocracia francesa, paradójicamente su obra ha quedado para la crítica moderna como una apología de la “libertad de amar”.


Don Juan tuvo su primera idealización en Alemania y en el siglo XVIII, casi ciento cincuenta años después de su nacimiento, con la ópera de Mozart, Don Giovanni, que le dio el máximo prestigio mundial. En ella, Don Juan vuelve a ser el jovenzuelo inconsciente e instintivo que actúa como una fuerza elemental de la naturaleza. Según Macchia, Mozart consigue que su Don Juan no sea jamás odioso ni abyecto, y que fascine a todo el mundo.







A finales del XIX se escribe la recreación española del Burlador más estimada y conocida popularmente; el Don Juan Tenorio de José Zorrilla, subtitulado Drama fantástico religioso, escrito en verso y estrenado en Madrid en 1844. Está considerado el más Don Juan de todos los don juanes, y el más humano. Si los autores extranjeros, con Molière a la cabeza, intelectualizan el mito, es el español Zorrilla es quien lo sentimentaliza, es decir, lo convierte en la expresión del “triunfo del amor” y por ello es el más conocido y admirado por el público medio:


Entre unos y otros, el rudo modelo primitivo se convierte en un soñador, un filósofo, un poeta, un sentimental, un aspirante al amor único y eterno, con lo que adquiere un enorme prestigio erótico. El don Juan de Zorrilla es, como sus antepasados, fanfarrón, embustero, pendenciero, insolente, pero también gracioso, tierno, apasionado, y sobre todo, el único don Juan que es capaz de amar” (Soriano, 2000).






La salvación del personaje pecador viene por el amor que nace en Don Juan por doña Inés. Dios le perdona porque ha logrado amar y sufrir, y porque se ha arrepentido del mal que ha hecho destrozando corazones a diestro y siniestro con discursos amorosos falsos de carácter romántico. La mujer que logra domesticarlo a través del amor es Doña Inés, la elegida para el trono junto al rey de la virilidad, el hombre que no se dejaba atrapar, el galán que huia de todas, despreciándolas.


Entre los muchos sucesores de Don Juan –más bien copias o meros homónimos del primigenio- Soriano señala el Don Juan de los años sesenta: James Bond, creado por Ian Fleming, que compartía con Don Juan su necesidad de promiscuidad sexual, la voluntad de poder, y la licencia para matar.




James Bond intentó ser el aglutinante de la manera de pensar de la sociedad burguesa occidental en la nueva era atómica, a la vez cientifista y tecnócrata, violenta y utilitaria, pornográfica y antisentimental, materialista y exaltada ante la perspectiva de emociones ilimitada, y sobre todo, sometida a una tremenda tensión por sistemas políticos antagónicos, el comunismo y el capitalismo, que en “guerra fría” se disputaban el dominio del mundo”.


Las chicas de James Bond son mujeres fatales explosivas que caen en sus brazos sin que él se moleste en cortejarlas con discursos líricos prometiendo amor eterno ni matrimonio, como hacía don Juan. Bond, igual que su antecesor, tiene buen cuidado de no enamorarse, y “en el mejor de los casos, no vuelve a estar más de dos o tres veces con la mujer conquistada” para no enajenar su voluntad ni malgastar su precioso tiempo ni caer en peligrosas trampas, pues sus misiones secretas tienen mayor importancia que todos los encantos femeninos juntos.


El comportamiento promiscuo y donjuanesco pudo constituirse en mito precisamente por la condición sagrada e idealizada del personaje. Son muchos los hombres que simulan una pulsión vital donjuanesca para reafirmar su virilidad y para sentirse una especie de héroe maldito, de superhombre dotado que consigue lo que los demás no tienen: que las mujeres caigan a sus pies. Ser el centro de los cuidados y la atención femeninos ha sido siempre una necesidad masculina que en este mito se exacerba pero se disimula, porque Don Juan desprecia a las mujeres que conquista. Lo único que necesita es saberse deseado por mujeres, pero huye de la intimidad con ellas, del compromiso emocional.








Desde mi punto de vista el auténtico placer de este macho ibérico no es tanto la acumulación de féminas sino la transgresión de las normas sociales, la burla de las instituciones patriarcales. Actúa como un chavalote gamberro que va desflorando tesoros con la misma alegría con la que comete otras fechorías. Y es que parece que más que el acto sexual, a Don Juan lo que le gusta es burlarse de los padres, los maridos, los hermanos y los guardianes de la virginidad de las mujeres, que acabarán siendo entregadas a un hombre rico en un matrimonio de conveniencia.


El subidón de adrenalina no lo tiene en la alcoba de la mujer deseada, sino saltando la tapia del patio prohibido dada la posibilidad de que le pillen in fraganti. Así, Don Juan es una creación literaria que ha querido poner de manifiesto la hipocresía de la sociedad patriarcal porque pretende hacernos creer que las mujeres son burladas, que no poseen deseo sexual, sino, únicamente, sentido del honor. Sin embargo, la realidad es que las mujeres de don Juan quieren vivir la vida tan intensamente como él, y gozar de lo prohibido de igual modo. Por eso escuchan a las alcahuetas y celestinas que desean concertarlas citas con pretendientes jóvenes, por eso luego les piden que les reparen los virgos, por eso los padres las vigilan con ansiedad.





La inicial resistencia femenina no es más que una fórmula tradicional de cortejo, como sucedía con todas las jóvenes en esa época. A nivel social se presupone que la gran desgracia es su perdida del honor, pero realmente, lo que sucede es que las mujeres se convierten en seres libres que quieren gozar. Pese a ello, don Juan no quiere repetir, porque se le acaba el deseo con la culminación de la conquista, porque no disfruta de las mujeres, sino del acto transgresor. Ellas, en cambio, piden más goce, y él huye temiendo no poder dar a una sola mujer todo el placer que demanda.


En realidad, la historia de Don Juan es la de un adolescente inseguro en una perpetua huida hacia delante, una evasión continua de cualquier tipo de compromiso o contrato que aniquile su independencia, su autonomía y su voluntad. Don Juan es un personaje egoísta, miedoso e inmaduro; su autoestima sólo se eleva cuando aumenta la cifra de mujeres burladas. Porque sólo entonces se siente un héroe activo, que supera obstáculos (virginidades, vigilancias parentales, muros y resistencias morales o religiosas) gracias a sus dotes de seducción.


Don Juan necesita sentirse siempre deseado por todas las mujeres, porque lo que más le preocupa es “el qué dirán”, su prestigio social como semental irresistible. Conquistando mujeres, Don Juan reafirma su identidad, su virilidad y, sobre todo, su poder, basado en su patrimonio sexual y amoroso. Don Juan desea suscitar envidia en los demás machos y quiere, en parte, marcharse de la vida de las mujeres mancilladas para permanecer en sus corazones como el hombre ideal, el amor inalcanzable, la espinita clavada, el deseo no satisfecho.


Soriano afirma que las mujeres que atraen a Don Juan carecen de cualidades propias de los hombres, es decir, artísticas, literarias, científicas, políticas, intelectuales… todas son tan ignorantes y tontorronas como virtuosas, y su única función en la vida es defender a ultranza su virtud, sea real o fingida: “Dado que antaño la máxima aspiración y única perspectiva existencial de toda mujer soltera era conseguir marido, se explica que cuando esta aspiración era burlada se convirtiera en pertinaz perseguidora de don Juan y no porque lo amara apasionadamente, sino haciendo un esfuerzo desesperado por obtener la convencional reparación de la honra familiar, incluso llevando el caso ante el mismo rey”.


Ortega y Gasset (1941) afirma que Don Juan no es el hombre que hace el amor a las mueres, sino el varón a quien las mujeres hacen el amor. También, basándose en el donjuanismo como actitud ante la vida, cree que los hombres pueden dividirse en tres clases: los que creen ser Don Juanes, los que creen haberlo sido y los que creen haberlo podido ser, pero no quisieron.


Si Don Juan atrae a las mujeres es porque se lo trabaja, es decir, emplea sus dotes seductoras a través de la poesía. En esa situación en el que las palabras, con su belleza e intensidad, embaucan a las que las oyen, el deber de las mujeres es resistir (como Ulises de las Sirenas), pero lo prohibido es precisamente lo que desata el deseo en todas ellas.






Él se va, y ellas se enamoran precisamente porque se va, y su persona queda mitificada por la distancia y la imposibilidad de satisfacer el deseo. Don Juan es, pues, deseable, porque es efímero, porque no es marido, sino amante fugaz. El Don Juan que finalmente se enamora es el mito más dañino para el imaginario femenino, porque fantasea con la posibilidad de la rendición final del cazador, que se convierte en el cazador cazado. Es decir, anima a las mujeres a enamorarse de hombres inmaduros cuya posesión es difícil o imposible. Pero muchas se atreven porque constituye un desafío, y porque su objetivo es ambicioso: lograr poner a sus pies lo que ninguna otra hembra ha conseguido. Así, ellas se sienten especiales cuando logran que el eterno vividor asiente la cabeza junto a ellas; el mérito es mucho mayor si es más difícil conseguirlo.

¿Y quién consigue ocupar el corazón del chavalito miedoso?. La mujer más inocente, más dulce y más virginal de todas, aquella capaz de amarle con devoción, incondicionalmente. Su imagen está representada en Doña Inés, una monja que logra salvar al pecador a través del amor.


La necesidad de publicidad que posee a don Juan ha sido señalada por diversos autores como un síntoma de soberbia, de vanidad machista, de orgullo fálico, más que como un pecado de lujuria incontenible. De hecho existen teorías que incluso cuestionan la potencia sexual de Don Juan, o que creen que su necesidad de demostrarse viril es para ocultar y reprimir su homosexualidad.


La teoría más importante en torno a esta cuestión fue formulada por Gregorio Marañón en su tesis doctoral publicada en 1940. En “Don Juan. Ensayo sobre el origen de su leyenda”, el doctor Marañón afirma que la belleza física de Don Juan dota al personaje de una indecisa virilidad, porque no lo ve como un ser rudo y tosco, sino más bien poseedor de una belleza delicada y unos gestos femeninos que lo van a convertir en una persona de carácter ambigüo. Según Jorge Luis Mora López (1980), Marañón no admite abiertamente el carácter homosexual de Don Juan, pero sí deja entrever la posibilidad de que padezca una desviación sexual. 


Tanto Marañón como Ramón Pérez de Ayala han hablado también de la presunta esterilidad de Don Juan, el incansable conquistador de mujeres. Pérez de Ayala pretende atribuir dicha esterilidad a su escasa virilidad: “Don Juan –enorme paradoja- el garañón estéril. No se sabe que Don Juan haya tenido hijos.” Gregorio Marañón también insistirá en la ausencia de hijos de un hombre que supuestamente va derrochando su semilla por doquier, y no lo retrata como un hombre feliz, sino como un joven inseguro y eternamente insatisfecho que necesita demostrar que es el mejor y el más varonil.


Releyendo una vez más la obra, vuelvo a reírme con el fragmento más famoso de Don Juan, el monólogo en el que él trata de vencer las resistencias de Doña Inés con un discurso que, sea o no falso, se merece un aplauso por lo cursi y lo currado que está:


¡Cálmate, pues, vida mía!


Reposa aquí, y un momento

olvida de tu convento

la triste cárcel sombría.



¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor,

que en esta apartada orilla

más pura la luna brilla

y se respira mejor?



Esta aura que vaga llena

de los sencillos olores

de las campesinas flores

que brota esa orilla amena;

esa agua limpia y serena

que atraviesa sin temor

la barca del pescador

que espera cantando al día,

¿no es cierto, paloma mía,

que están respirando amor?



Esa armonía que el viento

recoge entre esos millares

de floridos olivares,

que agita con manso aliento;

ese dulcísimo acento

con que trina el ruiseñor

de sus copas morador

llamando al cercano día,

¿no es verdad, gacela mía,

que están respirando amor?



Y estas palabras que están

filtrando insensiblemente

tu corazón ya pendiente

de los labios de don Juan,

y cuyas ideas van

inflamando en su interior

un fuego germinador

no encendido todavía,

¿no es verdad, estrella mía,

que están respirando amor?



Y esas dos líquidas perlas

que se desprenden tranquilas

de tus radiantes pupilas

convidándome a beberlas,

evaporarse, a no verlas,

de sí mismas al calor;

y ese encendido color

que en tu semblante no había,

¿no es verdad, hermosa mía,

que están respirando amor?



¡Oh! Sí, bellísima Inés

espejo y luz de mis ojos;

escucharme sin enojos,

como lo haces, amor es:

mira aquí a tus plantas, pues,

todo el altivo rigor

de este corazón traidor

que rendirse no creía,

adorando, vida mía,

la esclavitud de tu amor.









Artículos relacionados: 






Coral Herrera Gómez Blog

Formulario de contacto

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *

Únete al Laboratorio del Amor

Únete al Laboratorio del Amor
Para saber más pincha en la imagen