2 de octubre de 2011

La prostitución masculina





La prostitución masculina es una profesión tan antigua como la femenina (Benjamin y Masters, 1964), pero está aún más invisibilizada socialmente por la homofobia patriarcal, y porque no entra dentro de las tesis que se centran únicamente en la explotación de los cuerpos femeninos.  Y es que pese a que la violencia y la explotación es común, la prostitución masculina no ha sido estudiada a fondo y ello empobrece de algún modo la visión de un fenómeno tan complejo.

Los estudios de masculinidad advirtieron de que los hombres también han sido víctimas de un sistema de poder patriarcal, desigual e injusto. Y el hecho de que haya tráfico de chicos para prostituirlos bajo condiciones de esclavitud demuestra que, aunque las mujeres sufren en mayor medida la explotación y el abuso, los hombres también se han visto utilizados como moneda de cambio, como esclavos sexuales, como objetos-cuerpo para uso y disfrute de los señores poderosos.





Paralelamente, creo que es importante entender que no todas las personas que se prostituyen son víctimas: muchas de ellas ejercen esta profesión voluntariamente, especialmente en el caso de la prostitución de lujo. Multitud de modelos, cantantes, presentadoras, showmen, showoman, camareros, azafatos, azafatas y estrellas mediáticas se prostituyen por unas cifras muy elevadas con personajes importantes de la actualidad política, deportiva o económica, y no se consideran víctimas. En muchos casos pueden negarse a prestar sus servicios, y la ejercen puntualmente, para lograr ingresos extra que les permitan llevar un nivel de vida superior.

El estudio de Rafael Ballester Arnal, Rafael, y Mª Dolores Gil Liario (1996) sobre prostitución masculina en España es muy interesante porque deconstruye todos los estereotipos que existen acerca de lochaperos o gigolós masculinos: no son personas superdotadas ni obsesionadas con el sexo, no todos son delincuentes, drogadictos o enfermos mentales, y muchos provienen de familias de clase media-alta.




Otro dato interesante es que en la actualidad los prostitutos no constituyen un grupo social organizado y su situación legal es todavía muy ambigua. Las prostitutas, en determinados contextos, están más organizadas y se concentran en determinados barrios y locales. En algunos países trabajan bajo licencia estatal e incluso conforman grupos de presión política. En cambio la prostitución masculina sigue siendo vista como algo más monstruoso que la femenina, que hasta cierto punto ha sido sublimada por la cultura patriarcal.

Sin embargo, el estudio de Ballester y Gil se limita a los trabajadores sexuales que ponen anuncios en periódicos o a través de Internet; otra cuestión son los chavalitos árabes que se prostituyen en las estaciones de tren o de autobuses, en la Puerta del Sol de Madrid, en las discotecas de ambiente, o en la entrada de los cines X. O, en el extremo opuesto, los hombres jóvenes que se casan con mujeres más ricas que ellos para ser mantenidos económicamente a cambio de cariño, sexo y acompañamiento.

Kinsey (1948), y más recientemente Janus (1981), hallaron en sus estudios que en las grandes ciudades americanas hay casi tantos hombres como mujeres adolescentes ejerciendo la prostitución en la calle. En 1977 había 13.000 chicos menores ejerciendo la prostitución en París. En la Antigua Grecia, se consideraba normal que un muchacho prestase servicios sexuales a hombres adultos a cambio de conocimiento: los grandes filósofos mantenían relaciones con jóvenes efebos y les explicaban que a través de la sexualidad podrían alcanzar el conocimiento. Estos jóvenes se prostituían a cambio de un material filosófico, y en otras culturas se ha ejercido a cambio de otros recursos, normalmente riquezas materiales o dinero.


La prostitución masculina de carácter homosexual constituye un fenómeno social muy antiguo, pero la prostitución masculina de tipo heterosexual es un fenómeno relativamente nuevo, según Ballester y Gil (1996). Cada vez son más las mujeres que pagan a cambio de sexo; suelen ser mujeres de clase alta o media-alta, pero es un sector aún muy minoritario. 

El perfil del cliente, sin embargo, es el de hombres de mediana edad, con un nivel económico y cultural elevado, que frecuentan con cierta asiduidad (entre una y cuatro veces al mes) al prostituto. La mayor parte de ellos están casados (cerca de un 60%) y son padres de familia con un nivel sociocultural alto. Al parecer, son raros los casos de clientes con una renta baja, según Ballester y Gil.

Otro dato interesante que aportan estos autores es que un 85% de hombres prostitutos afirmó tener clientes asiduos con los que mantenían contactos sexuales con cierta regularidad. También existe un porcentaje de clientes que, según la estimación de los trabajadores del sexo, acuden motivados por la necesidad de hablar con alguien que está enteramente a su disposición y de quien se espera confidencialidad absoluta:

A veces la necesidad que los prostitutos tienen de estabilidad y seguridad y la necesidad de los clientes de compañía y de sexo, llevan a que una relación o acuerdo puntual puramente comercial llegue a convertirse en una relación continuada. Esto parece haber sido desde siempre un rasgo característica de la prostitución masculina y por otra parte es consecuencia de algo que ocurre en el ambiente gay con mucha frecuencia. (…) Los clientes tienen sus temores, ya que se arriesgan a ser maltratados, robado o a sufrir chantaje. Pero en general, las relaciones se suelen desarrollar en un clima de tranquilidad, acuerdo y reciprocidad”(Ballester y Gil, 1996).

Sin embargo, la imagen que proyectan los medios sobre estos colectivos están siempre asociados a estereotipos negativos. Sólo salen si son noticia, como la que vimos hace pocos días acerca de la desarticulación de una trata de chicos jóvenes, esclavos sexuales. Comentando la noticia con la gente, son muchxs lxs que piensan que ellos se venden o se alquilan porque quieren, otrxs no lo entienden porque no sabían que los hombres se prostituyen y que tienen clientes, y otrxs se ríen con la cara de los policías que tienen que explicar un fenómeno así, sin entenderlo tampoco del todo, y con cara de consternación ante tal monstruosidad.




Y es que lo que no se ve por televisión, no existe. Por eso es positivo que en series de televisión como Aída exista un personaje cuya profesión es trabajadora sexual sin que eso suponga su marginación social ni afectiva. 

Creo que hay que romper los estereotipos asociados a su trabajo, porque existen colectivos no visibles (como las amas de casa que se prostituyen, los hombres que se casan por dinero, etc) y otros estigmatizados, como el caso de lxs transexuales, que siempre se asocia a gente con un nivel socioeconómico y cultural bajo y siempre relacionadxs con drogas, delincuencia y crímenes.

La realidad es siempre más compleja... y sorprendente.



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