6 de junio de 2010

La utopía emocional del amor romántico


El amor romántico siempre se ha presentado como un fenómeno individual, que acontece en el interior de cada ser humano como un proceso mágico e inevitable. Esta trascendencia a la que nos elevamos los seres humanos cuando vivimos el presente de una forma tan intensa es lo que he denominado la utopía emocional de la posmodernidad. El amor transforma la vida entera de las personas cuando caemos enamorados (del inglés falling in love), pero nuestra forma de amar está construida social e históricamente. El amor también es una construcción cultural y simbólica que varía según las culturas y las épocas históricas.

En la posmodernidad el amor romántico se ha erigido en una nueva utopía de carácter emocional, una vez derrumbadas las utopías colectivas de carácter ideológico y político. El individualismo y la infantilización de la población han llevado a una despolitización y un vaciamiento del espacio social, con notables consecuencias para las democracias occidentales y para la vida de las personas. Una de ellas es la enfermedad del siglo XXI: la soledad, característica del modo de vida en las grandes urbes. En ellas las redes de cooperación y ayuda entre los grupos se han debilitado o han desaparecido. Ha aumentado el número de hogares monoparentales; la gente dispone de poco tiempo de ocio para crear redes sociales en la calle, y el anonimato es el modus vivendi de la ciudad. Un caldo de cultivo, pues, ideal para las uniones de dos en dos (a ser posible monogámicas y heterosexuales, si’l vous plait).

El amor constituye un dispositivo de control social, y además también posee una dimensión económica de gran envergadura cuyo correlato es el auge de las industrias nupciales: inmobiliarias, agencias de viajes, agencias de contactos, iglesia católica, hoteles, salones de boda, bufetes de abogados para tratar acuerdos pre y postmatrimoniales, gabinetes de psicólogos y en los que se trata el mal de amores, etc. El amor es, así, un mecanismo que encauza el estilo de vida consumista imperante en nuestras sociedades actuales. El amor tiene su propia oferta y demanda, y sus productos de usar y tirar; tod@s buscan a la persona ideal con la que establecer la relación perfecta. Este mercado sentimental constituye una especie de búsqueda compulsiva del Paraíso, edén emocional en el que las ansias de autorrealización y de felicidad se ven colmadas y satisfechas.

LAS PRINCESAS, LOS PRÍNCIPES Y LAS MEDIAS NARANJAS

Los mitos amorosos siguen impregnando el imaginario colectivo y se refuerzan aún más a través de las narraciones que circulan por el espacio social a diario: novelas, música (pop)ular, películas de cine, series de televisión, concursos televisivos, cuentos, spots publicitarios, obras teatrales, etc. En los medios de comunicación de masas siempre se habla de “tú y yo para siempre”, nunca de un “nosotros” que englobe a los grandes colectivos humanos. Las narraciones posmodernas, además, ofrecen una imagen idealizada del amor porque están plagadas de princesas rosas, príncipes azules, medias naranjas, o mitos románticos acerca del amor como algo puro, incorruptible y eterno. Estos mitos construyen el amor como una fuente de felicidad absoluta y de emociones compartidas que amortiguan la soledad a la que está condenado el ser humano; en pareja las personas se sienten al menos acompañadas. En un mundo tan competitivo e individualista como el nuestro, en el que los grupos humanos se encuentran hiperfragmentados en unidades familiares básicas, las personas encuentran en el amor romántico la forma de enfrentarse al mundo. El amor, es, en este sentido, un nexo que se establece con otra persona y gracias al cual podemos sentir que hay alguien que nos escucha, nos apoya incondicionalmente y lucha con nosotros contra los obstáculos de la vida.
El problema fundamental de esta cultura del amor mitificado es que no casa con la realidad, ya que las personas no somos perfectas, y las relaciones entre nosotros tampoco. La rutina, el egoísmo, la incomunicación, la convivencia, y otros muchos factores interrelacionados acaban con la magia del amor. Las grandes expectativas que ponemos en que alguien nos salve y nos colme la existencia por completo hacen que la gente se sienta frustrada o agobiada por la tremenda responsabilidad que deposita la otra persona en nosotros.
El amor es una potente fábrica de sueños imposibles y además es una forma moderna de trascendencia espiritual. Al enamorarnos, las potentes hormonas placenteras que se disparan en nuestros cuerpos hacen que la vida cobre una intensidad inusitada; que todo, el tiempo y el espacio, y nuestra concepción de la realidad, se trastoquen y adquieran nuevos colores y tonos. La gente al enamorarse siente las puertas del destino abiertas a multitud de posibilidades, y se sienten creativos, ilusionados ante un nuevo proyecto vital y amoroso.Bajo la máxima de que el amor todo lo puede somos capaces de realizar grandes gestas: buscar un trabajo mejor remunerado, enfrentarnos con valentía al jefe, cambiarnos de ciudad o país, enfrentarnos a nosotros mismos (nuestros miedos, defectos, debilidades…).

En definitiva, el amor es una especie de religión posmoderna colectiva que nos convierte en protagonistas de nuestra propia novela, que nos hace sentir especiales y que logra transportarnos a una dimensión sagrada, alejada de la gris cotidianidad de nuestra vida. Nos sirve, de algún modo, como un dispositivo para escapar de la realidad, una forma de evadirnos análoga a los deportes de riesgo, las drogas y la fiesta.

Enamorarnos es sentir que estamos vivos, es una forma de segregar adrenalina que, sin embargo, suele hacernos sufrir mucho cuando se acaba o nos abandonan. El amor es utópico porque su idealización es irrealizable, su intensidad no es para siempre, y además, como dijo Neruda, el amor es breve: dura más el olvido.


Coral Herrera Gómez. investigadora en Humanidades.

Este artículo fue publicado en Diagonal el día 24 de Julio.


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