8 de agosto de 2012

La dimensión religiosa del amor romántico desde una perspectiva Queer




Mis ponencias en el I Simposio de Teología Queer en Costa Rica:








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El amor romántico y las religiones

El amor es la base de todas las religiones. Sin embargo, vivimos en un mundo en guerra, organizado en torno a la pobreza y la acumulación de capital, y en torno a unas jerarquías que margina a las mayorías. El amor es hoy un fenómeno individualizado y restringida a los núcleos familiares y a la pareja; vivimos rodeados de "otros", y esos "otros" a menudo representan una amenaza porque son diferentes, porque son pobres, porque son raros.

Decía Erich Fromm que el amor es un fenómeno excepcional en las sociedades tecnológicas que habitamos. Las religiones han estado ancestralmente vinculadas al amor y el erotismo, a la devoción y la adoración, al éxtasis y la fidelidad, a la pasión y el adulterio, a la represión y a la entrega total. 





Muchos son los autores que han reflexionado acerca de la dimensión religiosa del amor.  Octavio Paz (1993), por ejemplo, realiza un análisis muy interesante en torno a los períodos marcados socioculturalmente por la castidad o la continencia sexual seguidos de otros de desenfreno, como los de la Cuaresma y el Carnaval en Occidente. Desde el principio de los tiempos, las sociedades de Oriente y Occidente han practicado este doble ritmo: la bacanal, la orgía griega, la penitencia pública de los aztecas, las procesiones cristianas de desagravio, el Ramadán de los musulmanes….

En Oriente el culto a la castidad comenzó como método para alcanzar la longevidad: ahorrar semen era ahorrar energía vital. La castidad se convirtió en un método para adquirir, mediante el dominio de los sentidos, poderes sobrenaturales (en el taoísmo, la inmortalidad). Para Octavio Paz, la castidad cumple la misma función en Oriente que en Occidente: es una prueba, un ejercicio que nos fortifica espiritualmente y nos permite dar el gran salto de la naturaleza humana a la sobrenatural.

Muchos textos religiosos entre ellos algunos grandes  poemas no vacilan en comparar el placer sexual con el deleite estático del místico y con la beatitud de la unión con la divinidad”. (Paz, 1993).

En los místicos sufíes, es frecuente la confluencia de la visión religiosa y la erótica. La comunión se compara a veces con un  festín entre dos amantes en el que el vino corre en abundancia. Ebriedad divina y éxtasis erótico van de la mano en muchas religiones.

El paradigma de la comunión entre el erotismo y la religión es el tantrismo, un movimiento que surgió en la India hacia el siglo IV d.C. La palabra “Tantra” significa red o tejido y es explicada como “aquello que extiende el entendimiento”. Para todas sus escuelas, lo Divino no está separado de la creación por un abismo sino que el Mundo es un aspecto o manifestación de lo Divino. Esta idea revolucionaria se expresa en la fórmula “samsara=nirvana”, es decir el mundo cambiante que conocemos es idéntico a la Realidad eternamente inmutable.

Si en Oriente se da la fusión entre lo sexual y lo espiritual, en Occidente vivimos condenados a elegir entre el bien y el mal, lo masculino y lo femenino, el amor y el odio, la norma y la desviación de la norma. El Antiguo Testamento abunda en historias eróticas, muchas de ellas trágicas e incestuosas, pero su interpretación ha estado sujeta desde hace siglos en la moral patriarcal. 

El cristianismo elevó a la categoría de lo sagrado al amor, afirmando que Dios es Amor, y se expresó en un mandato divino: “Amaos los unos a los otros”. Jesús murió sacrificándose por la Humanidad (por amor), y su principal mensaje fue: “Ama al prójimo como a ti mismo”, nos proporcionó un código ético para regular las relaciones humanas, y la Iglesia lo elevó a la categoría de mandamiento. Y aunque la filosofía amorosa de Jesús no ha triunfado, y tampoco su afán por la justicia social, el amor ha sido y es la base fundamental de las religiones, también del budismo y el islamismo.

La religión musulmana también está basada en el amor y la compasión. Mahoma nunca defendió el celibato, porque pensaba que el coito era una de las mayores alegrías de la vida y que el matrimonio ayudaba a hombres y mujeres a ponerse a salvo del mundo. Por lo tanto, según Campillo Álvarez, el profeta insistía en que sus seguidores se casaran: 

La doctrina de Mahoma en el siglo VI de la era cristiana produjo una influencia que perdura todavía y que los científicos definen como una cultura islámica sexual positiva, una sociedad que venera el amor, el sexo y el matrimonio entre un hombre y una mujer. La sociedad occidental, en cambio, es definida algunas veces como sexualmente negativa porque históricamente nuestros preceptos religiosos alabaron el celibato y el monasticismo. Si bien consideró a las mujeres como seres subordinados a los hombres, una creencia heredada de los pueblos preislámicos, Mahoma introdujo una serie de códigos sociales, morales y legales para proteger a las mujeres, así como una lista explícita de derechos y deberes de cada cónyuge”. 

El amor siempre ha estado relacionado íntimamente con el misticismo desde sus inicios. Los y las místicas aspiran a unirse a Dios, a fusionar su alma con la de Él para dejar de ser dos cosas separadas. Tanto los místicos como los enamorados sienten que las cuestiones “terrenales” o cotidianas no les afectan, porque su espíritu se ha elevado por encima de las pequeñas minucias, como transportado a otra dimensión. El amor y el misticismo nos otorgan sensación de ingravidez, y nos hacen sentir arrebatados (llevados por fuerzas poderosas ajenas a nosotros).

 El “estado de gracia”, según Ortega y Gasset, “estriba en que uno está fuera del mundo y fuera de sí. Esto es, literalmente, lo que significa “ex -tasis” (…) y conviene advertir que aquí hay dos tipos irreductibles de hombres: los que sienten la felicidad como un estar fuera de sí, y los que, por el contrario, sólo se sienten en plenitud cuando están sobre sí. (…) El afán de “salir fuera de sí” ha creado todas las formas de lo orgiástico: embriaguez, misticismo, enamoramiento, etc. Yo no digo con ello que todas valgan lo mismo; únicamente insinúo que pertenecen al mismo linaje y tienen una raíz calando en la orgía”.

En los versos de San Juan de la Cruz o Santa Teresa de Ávila hacia Jesús es donde se sublima esa relación erótica entre lo carnal y lo divino. En los y las místicas  hay una sumisión total al amor hacia Dios, una violenta zozobra, un gozoso dolor, un deleite sufridor que eleva al amante religioso hacia el cielo. La experiencia mística revela el poder del amor, y exalta la unión total con Jesús, la fusión de lo divino con lo humano. 

Es una unión espiritual que va más allá de lo carnal, pero que se experimenta carnalmente, porque acelera el latido de su corazón, lo hace expandirse y encogerse, y transporta a la conciencia a otras dimensiones. Aún encerrados en sus celdas, ambos pudieron asomarse al Universo a través de la experiencia pasional y amorosa. En su época causaron escándalo por sus encendidos poemas de amor, hoy son una glorificación de la fe absoluta y del amor hacia la divinidad.  


La religión posmoderna del amor romántico

La posmodernidad se dice descreída, relativa, caleidoscópica. En la cultura actual posmoderna, realidad y ficción se mezclan, convergen contradictoriamente todos los movimientos y corrientes artísticas, intelectuales y sociales. Cayó la fe en las utopías políticas que podían salvarnos a todas colectivamente. 

En la Era de la Soledad vivimos bajo el lema “sálvese quién pueda”, y buscamos soluciones individualizadas, paraísos hechos a nuestra medida. En la posmodernidad, más que practicar el amor hacia la colectividad, estamos influenciados por la fuerza del amor romántico, que se ha sacralizado hasta el punto de que se ha convertido en una especie de religión individualista. En los mitos del amor romántico tenemos paraísos (aseguran que el amor puede con todos los obstáculos, que es eterno, que es maravilloso, y que nos permitirá sentirnos plenos y autorrealizados) e infiernos (el rechazo, el sufrimiento, el  amor imposible, la soledad).  También hay, como en los grandes relatos, héroes y heroínas, villanos y malvadas,  castigos justos y finales felices.

Al amor se le otorga un poder exacerbado, gracias sobre todo a la poesía, y se dice a menudo que es la fuerza que mueve el Universo. La mitificación del amor es muy antigua; desde siempre el amor pasional ha sido comparado  con los venenos, los brebajes mágicos, con la enfermedad del cuerpo y el alma, con los hechizos y embrujamientos, como si fuese algo que sentimos ajenos a nosotros mismos, y que provoca fuertes reacciones emocionales que escapan a nuestro control.

El amor se ha asociado también a la locura, al éxtasis, a la borrachera, a los estados de trance y a los accesos místicos: estados mentales, emocionales y sexuales que nos transportan a otras dimensiones de la realidad. Literariamente, este poder mágico ha dado lugar a millones de metáforas y figuras literarias que comparan el amor con los huracanes, los terremotos, las inundaciones, los incendios, los volcanes, los abismos oceánicos, los desiertos, las tormentas y todo tipo de desastres naturales frente a los que el ser humano no puede hacer nada.

El amor también ha sido comparado con la muerte, el infinito, la eternidad y la inmensidad del Cosmos, porque son ámbitos de la conciencia que superan nuestra capacidad de asimilarlos o de abarcarlos con nuestra pequeña mente. El amor se nos antoja, entonces, algo incomprensible e inconmensurable, como la misma existencia de la vida y del Universo.

El amor nos pone en contacto con la eternidad y con la muerte. El romanticismo surgió en el momento en que los artistas, a través del amor, tomaron conciencia de la muerte y de la vida como procesos inseparables y lo plasmaron en sus tragedias (esculturas, novelas, pinturas, partituras musicales, poemas, cuentos).  Y es que el amor nos produce una sensación de poder abarcar la totalidad del ser, porque nos vuelve hacia nosotros mismos, y en ese proceso podemos conocer la realidad desde la propia realidad, como si fuese la de la Humanidad entera.  

En este sentido, el amor es una fuerza grandiosa que revela al ser humano su insignificancia y su breve paso por este mundo. Es grandiosa porque existe independientemente de mí, del yo de cada uno, y flota en el ambiente, está en la publicidad, forma parte del día a día. La gente se casa en todos los países, se besa por la calle, se pelea en medio de la plaza, se canta canciones y se recita poemas, se ama en un coche, se casa y se divorcia, cae en éxtasis o se suicida.

El amor romántico es una fuerza potencialmente revolucionaria porque somos capaces de atrevernos por amor, de dejarlo todo por amor, de reconfigurar nuestra vida por completo. Sin embargo, al estar tan normativizado y constreñido por la ideología patriarcal, no sirve para cambiar la sociedad. Las revoluciones amorosas son individualistas: nos cambiamos de país por amor, dejamos nuestro trabajo por amor, nos enfrentamos a los prejuicios de la familia por amor, nos sumergimos en la felicidad por amor, nos deprimimos terriblemente por amor, nos suicidamos, nos destruimos por amor y luchamos por salir a delante por amor. Es una emoción que mueve montañas y da lugar a las más bellas creaciones artísticas.

Necesitamos paraísos. Por eso viajamos a otros países, por eso nos gusta leer, embriagarnos, y también por eso nos enamoramos brutalmente. Necesitamos paraísos de amor, lugares en los que nos distinguimos de la masa porque somos especiales para alguien. En el amor nos damos completamente, se disuelve nuestro ego, se despierta el amor a la vida. La vida adquiere un sentido. Por eso muchos amantes dicen: “Nací para amarte”, o “mi vida eres tú”. Amar es dotar de sentido a la existencia, sentir que vivimos para alguien o por alguien, y que ese alguien nos ama sin condiciones, sin límites, sin barreras. 





Aquí el amor romántico y el amor a la divinidad presentan muchos paralelismos. En todo el planeta hay mucha gente que vive el amor desde la figura de Jesús, de Mahoma o de Buda. En casi todas las religiones, Dios es Amor, y Dios nos ama, nos protege, nos ayuda, nos avisa, nos castiga, nos guía en el camino. Esa figura masculina nos da fuerzas para vivir, y creemos que amándolo conseguiremos ser amados y perdonados. De ahí que oremos para pedir que el amor de Dios nos envuelva y para que Dios reciba nuestro amor y devoción allá donde quiera que esté.

Carnal o espiritualmente, necesitamos que alguien nos quiera, y anhelamos ese amor incondicional de la madre,  o del Dios-Padre que nos acompaña en la vida. Este amor hacia un ser superior no se ve corrompido por el pecado, por la contingencia, por las circunstancias de la vida. Es un amor puro y eterno, inagotable: necesitamos tener la seguridad de que no vamos a dejar de ser amados, de que hay alguien que nos sostendrá cuando caigamos, y por eso este amor a la divinidad nos da motivos para vivir la vida: nos ofrece la salvación de nuestras almas, la vida eterna. 




Otro punto de conexión entre el amor romántico y la religión es la fe ciega de las masas en el amor romántico. Quizás muchos no puedan llegar a experimentarla con plenitud, o quizás han sufrido desengaños amorosos, pero seguimos creyendo en el amor y en las historias de amor de los demás. Por eso nos emocionamos en las bodas, por eso temblamos al sentirnos queridos por un ser superior a nosotros,  y por eso hallamos en la cultura la fuente de las ensoñaciones románticas: consumimos casi a diario dramas de gente que no puede estar junta por diversos motivos y que logran finalmente, tras muchos esfuerzos, superar la distancia y vuelven a unirse, esta vez felizmente y para siempre.

Otra característica que comparten la religión y el amor es la idea del límite: el ser humano experimenta a través de ellos la existencia de la muerte

El amor es un tipo especial entre todas las experiencias límite normales. A diferencia de la enfermedad y la muerte, es algo que deseamos. (…) Su más allá es terrenal, muy terrenal, tiene cuerpo, voz y voluntad propios. En el amor, a diferencia de la religión, rige una frase: existe en vida antes de la muerte (no después)”. (Los Beck, 2001).

Además de promesas de salvación y paraísos de armonía conyugal, también existen los infiernos: el miedo a no ser correspondido, el miedo a no gustar a nadie, el miedo a dar con la persona equivocada, el miedo a sufrir. El mayor  terror de la población ante la posibilidad de no lograr unirse  es el profundo miedo a la soledad, porque la soledad nos margina, nos hace bichos raros, solteros, fracasados en el intento de unirse a alguien.



En un mundo tan competitivo e individualista como el nuestro, en el que los grupos se han empequeñecido y fragmentado en unidades familiares básicas, las personas encuentran en el amor romántico la forma de tener una pequeña red de afecto: la familia. El amor entonces no sólo es una vivencia mágica, sino también un estilo de vida, una estrategia para enfrentarse al mundo. De dos en dos es más fácil insertarse en grupos de adultos, es más fácil ahorrar, es más fácil criar hijos e hijas, organizarse y sentir un apoyo mutuo de carácter incondicional.

Por eso cuando se produce el “milagro” del enamoramiento mutuo  entramos en éxtasis. Sucede cuando conectamos con alguien especial y nos sentimos correspondidas. Este hecho nos transporta a un estado de felicidad extraordinario, colosal, cargado de intensidad. En nuestra sociedad este estado de felicidad permanente es el estado ideal en el que la gente querría vivir siempre; por eso el amor tiene tanta importancia en la actualidad.  Porque sirve para evadirnos, para perdernos en ensoñaciones, para alejarnos de la realidad, más gris y dura que los mundos de fantasía.

Los humanos necesitamos dosis de felicidad, de cariño, de utopías cotidianas. El amor es una fuerza colosal porque dispara nuestro afán soñador y utópico; cuando nos enamoramos nos sentimos capaces de superar miedos y de dejar atrás el pasado, y creemos que bajo los efectos del amor todo es posible, porque es una fuerza avasalladora y transformadora que arrasa con todos los obstáculos. Por eso creo que hoy en día el amor es una de las utopías colectivas más grandes e intensas que existen. 

Es un fenómeno global , muchos piensan que es magia pura, porque no podemos elegir de quién nos enamoramos, ni tampoco está en nuestras manos la dicha de ser correspondidos. Es, desde luego, una emoción superior a nosotros y nosotras, de ahí su carácter sagrado. Por eso no reconocemos la ideología patriarcal que atraviesa al amor romántico; por eso seguimos tan limitados a la hora de darnos placer y cariño, por eso hay tanta gente metida en armarios.

Para el matrimonio Beck, el amor es la religión después de la religión: “El afán por el amor representa el fundamentalismo de la modernidad”. Para estos autores, lo curioso es que muchas personas que caen en este tipo de devoción son  aquellos que rechazan religiones fundamentalistas. Ulrick y Elisabeth Beck clasifican las causas principales por las que el amor se eleva al rango de religión en nuestras sociedades:
-La estabilidad de los roles de género, la familia y el trabajo se están desmoronando, por lo que se libera un anarquismo moderno del amor. Es una lucha por la realización en el ahora, e incluye su cambio repentino en odio, desesperación, indiferencia y soledad. Las relaciones se hacen y se deshacen, las familias se rompen y se acoplan a otras familias, y la gente sigue buscando el modo de ser feliz, antes, dentro y después del matrimonio.

-Lo novedoso de las últimas décadas reside en la transformación “del romanticismo poético exagerado del amor-odio en un movimiento de masas trivializado que se presenta con todos los atributos de la modernidad y que se inscribe en los corazones de la gente, en los libros de texto de los terapeutas, en los textos jurídicos y en las sentencias de los jueces de familia”. El matrimonio representa la cuadratura del círculo de la aventura permanente,  en él, el amor como romanticismo normalizado no sólo debe facilitar seguridad económica, paternidad, etc. sino el auto encontrarse y auto liberarse mutuos.

-El amor constituye el modelo de sentido para los mundos de la vida individualizados. Este amor moderno tiene su fundamento en sí mismo, por tanto en los individuos que lo viven. En esta autofundamentación reside también una pretensión totalizadora: es decir, el rechazo de la autoridad externa. Esta pretensión aboga por la sensibilidad, la espontaneidad y la sinceridad como base para relacionarse. Según Beck, el amor es no sólo una promesa de salvación y ternura, también es un plan de batalla para cruzadas con las armas blancas de la confianza.



Amor romántico, discurso religioso, igualdad y diversidad amorosa

El amor romántico se somete a las normas que los estados, las iglesias y la economía han dictado para regular nuestra vida afectiva y sexual. La primera restricción es el número de miembros de las uniones amorosas (solo dos), la segunda el mito de la heterosexualidad, la tercera la idea de la fidelidad absoluta como modelo ideal de relación. Esta fidelidad está copiada del modelo religioso: es una lealtad total hacia la persona a la que amamos, una fe incondicional en el amado.

Por eso los que aman de forma diferente al modelo patriarcal, sufren toda la condena de la moral heterosexista. Todas las relaciones que se desvían de la norma son consideradas aberraciones: amor en la tercera edad, amores interclasistas, interraciales, amores adúlteros, amores bisexuales y homosexuales, amores sin sexo, sexo sin amores, poliamores.

La desigualdad de género se perpetúa socialmente gracias al modelo de pareja heterosexual, con sus dos miembros diferentes pero complementarios, cada uno con sus roles, unidos para compartir la vida y quererse. Este modelo condena la diversidad; las diferencias sirven para discriminar a las personas que no se ajustan al modelo patriarcal. Por eso hay tanta gente que sufre a la hora de amar; sienten  miedo a salir del armario, a ser rechazados/as por el amado/a, a expresar públicamente su amor.

Lo terrible de esta condena a la diversidad es que son millones las personas que son torturadas y asesinadas en todo el planeta por su forma de amar y de vivir el amor. La gente lleva vidas paralelas, surgen amores virtuales, amores clandestinos, amores colectivos; pero no se pueden desvelar en un mundo que cree fanáticamente en la norma dictada supuestamente por los guías espirituales. 

Hoy el amor es tan limitado como el modelo heterosexual que nos han ofrecido durante muchos siglos.Toda la carga erótica de nuestra sociedad es semiclandestina, sirve para ser disfrutada como producto cultural (como la publicidad o la pornografía)  pero no para ser vivida.   Y es que la represión sexual característica de la cultura patriarcal va acompañada de la represión sentimental, lo que intensifica la experiencia romántica. El obstáculo ha sido el principal elemento de todas las narraciones amorosas, la dificultad sirve para mitificar aún más el logro de la unión amorosa. Las historias de amor que van contra la norma están llenas de dolor, decepciones, miedos, sufrimientos. Vividas en carne propia no son tan bonitas como en las películas, pero a los humanos nos encanta el drama y somos adictos a la tragedia.

El amor romántico seguirá siendo, mientras sigamos viviendo en el capitalismo, una utopía emocional de gente aislada que busca compañía, que cree en la llegada de un nuevo amor, y en la relación amorosa como vía de salvación a la soledad.  Y no solo a la soledad, sino a muchos problemas de otra índole, por ejemplo, económica. El príncipe azul rescató a Cenicienta de una vida dura, gris y monótona. Cuando se encontraron, ella no volvió a trabajar jamás, porque se convirtió en princesa. Y vivieron felices para siempre, nos dicen. Y nos lo creemos. Muchas son las mujeres que desean aún encontrar a su príncipe azul que la mantenga. Lo que nos hace ver que es preciso, entonces, trabajar en la dependencia emocional femenina, que afecta no solo a mujeres heteros, sino también lesbianas y bisexuales, mujeres transexuales, mujeres de clase alta y de clase baja. Pese a que muchas gozan de independencia económica, aún seguimos disfrutando de privilegios de género, nos aferramos a nuestros roles, seguimos dependiendo de los hombres porque seguimos necesitando maestros que, como Papá o Jesús, nos enseñen, nos protejan, nos cuiden, nos orienten y nos acompañen.

Las mujeres hemos sido educadas para resultar agradables, bonitas y tener hijos. También hemos sido educadas para llegar a sentir la misma devoción por Jesús que por el marido. A través de las historias bíblicas y de los demás relatos aprendemos a entregarnos plenamente, a desear el amor con un hombre como nuestra principal meta en la vida. Somos educadas por la familia y la cultura para renunciar a nuestro tiempo libre o nuestra felicidad en pos de la felicidad del otro, y de los demás miembros de la familia. La mitificación del aguante femenino, su capacidad de sacrificio, está muy arraigada aún en la cultura popular; su poder para salirse de sí misma y darlo todo por los demás, su ansia de ser querida y valorada por estas renuncias está glorificada en el imaginario colectivo.



A imagen y semejanza de la Virgen María, las mujeres hemos de ser receptoras, generosas, dulces, suaves, madres y amantes incondicionales. Cuando no nos sometemos a las normas patriarcales, somos condenadas, como Lilith o Eva, pecadoras que llevaron a la humanidad al desastre. Por eso quizás en la violencia contra las mujeres siempre está la sospecha de que “algo mal habrá hecho”. Puede que haya sacado de quicio a su marido, que le dé motivos para estar celoso, que no pare de quejarse o de pedir dinero, que le haya hecho enfadar.

El motivo principal, sin embargo, está en el discurso de las iglesias contra los derechos reproductivos de las mujeres, y la condición de la mujer como propiedad privada que ha ser feliz respetando la jerarquía, y asumiendo su condición de ser inferior que debe rendir pleitesía al macho endiosado. Cuando una mujer no adopta su rol sumiso es cuando aparece el conflicto y la sociedad se escandaliza. Las mujeres libres siempre han aparecido representadas como monstruos, putas, brujas que con nuestros encantos femeninos pretendemos seducir a los hombres para someterlos. En el lado contrario están las mujeres buenas, generalmente rubias, discretas, obedientes, aceptadoras. En los relatos románticos los héroes se casan con las mujeres buenas, las malas son solo para tener romances pasionales con intensas luchas de poder.

Jesús nos perdona a todas, santas y pecadoras. Pero ya sabemos cual es el modelo de virtud que se nos ofrece en la interpretación patriarcal del discurso bíblico. Y esta interpretación nos ofrece un modelo profundamente heterosexista, al menos en la forma de interpretar los textos bíblicos que rige en la Iglesia Católica actual. Afortunadamente, las teologías feministas y gays lleva años ofreciendo otro tipo de interpretaciones, y ahora el Queer pretende llegar no solo a mujeres heteros y lesbianas, no solo a hombres gay. 

La teología Queer no solo cuestiona la patriarcalidad del discurso religioso, sino que abraza a todos aquellos excluidos y marginados por el sistema: travestis, bolleras, putas y putos, raros y raras, transexuales, inmigrantes, presidarios, discapacitados, vagabundos y pobres. Esa masa de gente que Jesús amaba, esa gente que lo seguía y que creyó en sus palabras a favor de la igualdad y la justicia social.

Conclusiones:

El amor seguirá siendo el pilar fundamental de las religiones, que tendrán que abrirse a la complejidad y riqueza de la diversidad sexual y amorosa, y que podría, además transformar este individualismo feroz en redes de afecto y de ayuda muta, de solidaridad entre los pueblos, sea cual sea su religión, género, o cultura. 

“Amarnos los unos a los otros” es querer a los vecinos y las vecinas, los compañeros y compañeras de trabajo, los familiares, los conocidos, la ciudad o el pueblo entero. Es crear redes de afecto, de solidaridad, de ayuda mutua para poder sobrevivir en un mundo tan cruel. Esas redes nos permitirían sentir más, y abrir el amor a la vecindad, a la gente del pueblo, a la gente del barrio, a los compañeros de trabajo.

Esta idea de expandir el amor no interesa al  poder, por eso Jesús se consideró peligroso, por eso Gandhi fue encarcelado y torturado. La filosofía del amor como base para el cambio social no es promovida en nuestras sociedades porque es totalmente dañino para las jerarquías. Cuando nos queremos unas a otras sin discriminarnos por cuestiones de etnia, idioma, religión o clase social, convertimos al amor en el poder de la gente: nos situamos todos en el mismo nivel, por relaciones de empatía y simpatía mutuas.

Queriéndonos los unos a los otros, podríamos acabar con el machismo, la misoginia, el racismo y la xenofobia, la lesbofobia, la transfobia, y la homofobia. Podríamos superar los miedos que nos separan, y luchar unidos por nuestros derechos humanos, por nuestro bienestar, nuestras condiciones laborales, nuestra calidad de vida. Organizarnos, en fin, para juntarnos todos los habitantes del planeta y poder sentirnos humanos, poder querernos tal y como somos, poder hacer frente a los abusos de los poderosos unidos.

Por ello es necesario  seguir luchando por la igualdad, derribar estereotipos, destrozar los modelos tradicionales, subvertir los roles, inventarnos otros cuentos y aprender a querernos más allá de las etiquetas.   


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