29 de agosto de 2018

Las mujeres pobres y el feminismo




Las mujeres pobres no son felices cuidando a tus hijos e hijas, ni limpiando tu mierda, ni la de tu familia. No son altruistas ni quieren ayudaros a cumplir vuestro sueño de tener hijos biológicos. Las mujeres pobres no son felices cuando la viola tu marido o tu padre, pagando o sin pagar, en el burdel o en la calle. No han nacido para hacer ricos a los hombres que trafican con mujeres. Las mujeres pobres no existen para que tú puedas ser feliz, para que puedas trabajar y disponer de más tiempo libre, para que te libere de las tareas domésticas y los cuidados, para que puedas tener hijos con tus genes, o para calmar las ansias de tu marido en una película porno o en un puticlub. 

Las mujeres pobres no han nacido para aliviar a los soldados en las guerras, ni para que todos se descarguen sobre ellas en las fronteras entre países. Ellas aguantan toda la violencia del mundo con sus cuerpos, sostienen el capitalismo en sus hombros, limpian la mierda de todo el planeta, y están completamente excluidas de la Declaración Universal de los Derechos Humanos Fundamentales. Ellas no pueden estudiar, ni elegir profesión, ni elegir la maternidad, ni viajar, ni ser dueñas de su cuerpo y su sexualidad, y no son libres para hacer lo que deseen con sus vidas porque están marcadas por la necesidad. 

No son pobres porque quieren, dejad ya de decir que ellas venden sus coños, sus culos, sus riñones y sus bebés porque quieren, que emigran porque quieren, o que limpian la mierda porque quieren. Si todas tuviesen ingresos y derechos, los hombres no podrían enriquecerse con ellas, no habría vendedores de bebés, ni proxenetas, ni clientes, ni negocio posible. La única forma de cambiar el mundo es acabando con la explotación de mujeres pobres, y con todo el clasismo y el machismo que sostiene y justifica la explotación. 

La violencia patriarcal se ceba sobre las mujeres más pobres, y destruye no sólo sus vidas sino también las de sus bebés. Dos imágenes espantosas tengo hoy en la cabeza: una bebé que no reconoce a su mamá porque Trump las separó durante meses, en el vídeo su mamá la tiene en brazos y trata de calmarla, ella se quiere zafar y llora, la mamá desesperada queriendo abrazarla. Segunda imagen: los compradores que arrancan a los bebés de los brazos de sus mamás en el paritorio, los llantos desgarradores de esos bebés, los compradores haciéndose fotos con el bebé, la mamá coge la manita del bebé para despedirse porque no la dejan cogerlo en brazos. En los dos casos todo es legal. El sistema machaca a los más débiles, las mujeres pobres y sus crías, las castigan si quieren ser madres y si no quieren serlo, las castigan si quieren salir de la pobreza emigrando, las seducen para que salgan de la pobreza vendiendo a sus bebés. Nacer mujer, pobre y no ser blanca es lo peor que le puede pasar a un ser humano en este planeta Patriarcado.

Las mujeres pobres creen en Dios, pero Dios no cree en ellas. Le piden protección, ayuda, misericordia, pero a Dios no le gustan los pobres, ni le gustan las mujeres. Dios sólo ayuda a la gente con éxito que acumula riquezas y poder. A ellas no les llega la misericordia infinita del Señor aunque siguen pagando el diezmo religiosamente en sus iglesias.

Las mujeres pobres creen en la salvación a través del amor romántico con un Señor menos divino que el anterior, pero es una trampa a través de la cual adquieren una doble jornada laboral sin remuneración, lo que se llama trabajo gratis o esclavitud moderna. Cuando el hombre se larga con otra, la carga de los hijos las estanca todavía más en la pobreza. Nunca el amor las salva de nada. 

Y por último tratan de engañarlas con el mito de que trabajando duro podrán salir de la pobreza, y no es cierto, por mucho que estudien y se esfuercen no dejarán de ser pobres jamás. No hay salvación posible para ellas, ni emigrando, ni comprando lotería, ni vendiendo sus cuerpos, ni sus bebés, podrán salir de la pobreza y la explotación. 

Porque el mundo necesita a las mujeres pobres, el capitalismo necesita mano de obra gratis, y el patriarcado necesita siervas para cubrir las necesidades básicas de los hombres.

 Y como son tan necesarias, cuando desobedecen y se rebelan, las mata el Estado o las mata el marido. Cuando se organizan para luchar por sus derechos, por los de los animales y la naturaleza, las matan las multinacionales que se dedican al petróleo, a la industria hidroeléctrica, a la megaminería, o a la plantación extensiva de piña, aceite de palma, bananos, etc. 

Todo el patriarcado se les echa encima cuando osan desafiar las leyes patriarcales, cuando piden igualdad, justicia y derechos, por eso se aplica tanta violencia sobre ellas: violaciones, torturas, palizas, en la calle y en casa, en todos los rincones del mundo. El odio a las mujeres pobres es mayor aún si son feministas, si son extranjeras y migrantes, si son indígenas, negras, mestizas, asiáticas o árabes: en ellas se condensan todos los odios y todas las opresiones de la jerarquía patriarcal. Porque no son hombres, no son blancas, no son ricas, no son occidentales: son escoria, son las nadie, son las invisibles, son la mano de obra  barata para coser las camisetas baratas y los bolsos caros que compran las blancas, son la mina de oro para puteros y proxenetas, son las criadas de millones de hombres en todo el mundo. 

Creo que la única salvación posible es la lucha feminista anticapitalista, antirracista, antifascista e interseccional que derrumbe este sistema patriarcal, violento, injusto y cruel. El feminismo sólo puede ser revolucionario si queremos que los derechos sean para todas y todos. 


Coral Herrera Gómez 

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