12 de abril de 2017



Ya llevamos 8 meses de lactancia, y ya empieza a preguntar la gente que cuándo lo dejamos. Cuando nació mi bebé, me di cuenta de que vivimos en una sociedad obsesionada por separar a las madres de sus hijos. Por eso es tan importante que desobedezcamos todos los mandatos de la disciplina fascista que nos quita al bebé nada más nacer, que nos obliga a imponerles nuestros ritmos y horarios, que nos dice cuándo y como debemos alimentarle, que nos anima a dejarle llorar cuando se siente mal, y a hacerle comer o dormir cuando no tiene hambre o no tiene sueño. 

Todo el mundo participa en esta obsesión por separar a la mamá de la cría, bajo la lógica de que los bebés son unos seres caprichosos que te tiranizan y a los que tienes que enseñarles quién manda. Al amor y la necesidad del bebé hacia su mamá lo llaman "mamitis", como si fuera una patología que hay que corregir o curar. Si un niño no se comporta como un mueble, entonces se dice que es "malo" o que "se porta mal". Todo muy cruel: el imaginario colectivo está contaminado de esta obsesión por separarnos y disciplinarles. 

A mi todos los comentarios me entran por un oído y me salen por el otro: la mejor forma de resistencia es no hacer ni caso a las presiones del entorno. Le daré teta a Gael hasta que nos apetezca a los dos, le cuidaré con todo el amor del mundo con mis propios criterios, y le criaré libre de la tiranía del "qué dirán".
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