2 de marzo de 2009

Lo personal es político


Estas son mis botas nuevas caminando por ARCO.
Nos filmaban los pies al pasar y no pude resistirme a hacerme una foto.



Este fue un lema del movimiento de Mayo del 68. No sé por qué, cada vez que leía esta frase tenía que pararme a pensarla en profundidad. Llevo varias semanas pensando en ella de manera más insistente, porque hace pocos días en Granada comprendí su verdadero significado.

A mí leer los periódicos y ver la tele me deprime mogollón y me suele provocar rabia; no puedo evitar sentir odio hacia la gente más poderosa del planeta que fabrica armamento, que fabrica enfermedades para vender medicamentos, que gobierna y saquea pueblos, provincias, distritos, comunidades y países enteros. Odio al clero religioso, a los empresarios con sueldos indecentes que pagan míseros sueldos a las personas, a la gente que maltrata a los animales y a las personas, a los banqueros y los gobiernos que los ayudan. Mi lista de rabias es enorme, así que deciros que si aguanto esta lluvia de noticias sobre el mundo es por la otra gente; esas comunidades de vecinos que se organizan para protestar y pedir mejoras en transporte e infraestructuras, las asociaciones de madres y padres de alumn@s para luchar por los derechos de sus retoños, los colectivos de inmigrantes, los sindicatos horizontales de trabajador@s, los colectivos de estudiantes, el trabajo colectivo organizado feminista, las asociaciones de familiares de enfermos de Alzheimer, los colectivos gays y transexuales, el trabajo pacifista, los colectivos ecologistas, anticapitalistas y antifascistas, y en general todas las personas que se reunen para organizarse y exigir, protestar, mejorar, cambiar su entorno o las injusticias económicas y sociales del sistema.



Verlos en los telediarios, ver sus carteles pegados por la calle, leer sus comunicados... su visibilidad me hace sentir bien, porque eso demuestra que no estamos aborregados del todo aún. Que cuando la gente se organiza asambleariamente y concentra sus energías en un objetivo común, muchas veces lo consigue. Un ejemplo de ello es la lucha vecinal por la construcción de un hospital en Aluche; pero podría citar muchos éxitos más. Me admira mucho el curro que se pegan, el entusiasmo que la gente pone para sentir que cuenta algo en esta democracia en la que nosotros solo podemos elegir a la gente que luego en el poder hace lo que quiere y, generalmente, no cumple sus promesas electorales.

Los movimientos colectivos me hacen sentir, como sentí hace años, que otro mundo es posible; sé que el poder económico y político es un monstruo grande, pero la ciudadanía le pone los límites, porque hemos aprendido a usar el poder mediático para provocar reacciones en el poder político. Revolución no va a haber, pero al menos la gente sigue pensando y alzando la voz, y reuniendose para parar injusticias, o defender el medio ambiente, o para pedir la paz, o defender unas condiciones de trabajo dignas.

Sin embargo, de lo que yo quería hablar es del activismo político llevado al terreno de lo personal. Admiro mucho a la gente que funciona colectivamente en pequeños grupos para ofrecer ayuda económica, psicológica y emocional a sus miembros. Normalmente son comunidades unidas por lazos afectivos, bien sean de parentesco o no. Sucede por ejemplo con los inmigrantes: a menudo hacen fondos comunes de dinero que actúen de colchón para cuando alguien lo necesite. Todos pueden aportar, y todos pueden beneficiarse en momentos difíciles.


Otro ejemplo son las comunidades rurales indígenas en las todo el mundo aporta algo a la gran olla (verduras, huesos, trozos de pollo, de vaca, etc.) y se cocina para tod@s (esto es común en Guatemala). El que más tiene, más aporta. Y el que no tiene para comer, come. Es una forma de solidaridad comunal maravillosa que funciona mientras nadie quiera apropiarse de los bienes comunes para beneficiarse personalmente. Otros ejemplos en nuestra sociedad occidental son los grupos de gente que se reúnen para encontrar trabajo y ayudar a los demás a encontrarlo, o la gente que funciona por trueque. En este sistema, el fontanero puede pedir a cambio de arreglar una tubería clases de inglés para sus hijos, la profesora de inglés puede necesitar a un modista que le haga un traje, el modista un abogado que le asesore legalmente. El abogado puede necesitar sesiones de terapia con la psicóloga, y la psicóloga puede necesitar a un transportista que le haga una mudanza y que necesite una sesión de fisioterapia. La fisioterapeuta puede necesitar un informático que le arregle el ordenador y así sucesivamente.... en estos grupos la gente aporta sus conocimientos y el intercambio se produce con las horas que la gente dedica al grupo y las horas que recibe.

Hay grupos que van más allá, generalmente tienen pocos miembros pero una fuerte conciencia de que lo personal es político, es decir, que lo que le sucede a una persona del grupo importa a los demás. Es como nosotros con nuestros amigos y amigas: nos volcamos si nos necesitan tras una ruptura amorosa, nos prestamos dinero mutuamente, nos preocupamos por la salud de la gente, e incluso podemos hacer turnos para cuidar a un amigo o amiga, o familiar, que lo necesite. Hasta hace poco este tipo de solidaridad grupal solo se daba en el ámbito de la familia, y a menudo rodeado de un gran secretismo. Desde siempre las mujeres han cargado solas con los enfermos de la familia, los bebés, los discapacitados y las personas mayores, y a menudo han sacrificado su vida para entregarse a los demás. Esto no es justo, porque una persona no puede dejar de ser la que es para pasar a ser una enfermera permanente, una cuidadora sin vida propia. Por eso es tan interesante para mí la idea de crear grupos de apoyo, formados por allegados, amigos y familiares.

Ahora cada vez más estos grupos de apoyo están formados por grupos de personas que se quieren o que tienen afinidades ideológicas, musicales, artísticas o vitales. A mí me admira que la gente gestione políticamente cuestiones que siempre se han considerado individuales, como por ejemplo: depresiones, enfermedades graves, rupturas amorosas, y malas rachas en general. Es decir, que el grupo asuma que la persona que se encuentra mal se sienta apoyada en todos los niveles, no sólo en el económico. Así es más fácil sobrevivir en un mundo individualista, competitivo, desigual y a menudo cruel... de hecho nuestra superviviencia como especie se debe precisamente a esa solidaridad grupal. El humano solo no hubiera podido hacer frente al dolor psíquico de la existencia... y ahora hay mucha gente que enferma mental y emocionalmente debido a la pérdida de sentido de la vida, a la angustia existencial, al miedo.




En nuestra sociedad individualista las redes de apoyo y de solidaridad a menudo se pierden por el anonimato de la gran ciudad, y por el ocio dirigido y consumista. La cantidad de horas que tenemos que echar al trabajo, la soledad y el ritmo de vida trepidante nos deja poco tiempo para los demás. Es frecuente que la gente se una a la gente que le va bien, a los triunfadores. A la gente le gusta relacionarse bien (que se lo digan a jueces y políticos de ambos bandos), y estar próxima a la gente que tiene éxito social y profesional. De modo que las personas no competitivas a menudo se ven apartadas de los grupos sociales y se van aislando progresivamente. Esto sucede con l@s parad@s, l@s enferm@s mentales, l@s pres@s y ex-pres@s, delincuentes, las personas drogodependientes, ludópatas o alcohólicas, l@s ancian@s, etc. Tenemos un sistema social, político y económico brutal, despiadado e injusto, pero la gente que no logra adaptarse a él o que no tiene suerte en la vida se ve apartada y marginada. Que se apañen como puedan, se piensa. Se les mira a menudo como si fueran responsables de su situación, como si fuesen vagos o débiles para triunfar. Es aquí cuando lo individual acaba siendo colectivo; hasta algo tan íntimo como el amor romántico nos afecta social y colectivamente.

Yo me pregunto, ¿cómo se puede ser feliz o estar equilibrado en un mundo demenciado que se autodestruye lentamente?. ¿Cómo se le puede pedir a la gente que esté bien cuando todo va mal y sólo tienen suerte unos pocos?. Yo pienso en el teléfono de la Esperanza. Es horrible que exista un teléfono al que llama gente llorando con ganas de suicidarse y millones de problemas que no son sólo personales, sino también políticos. Se les presta atención psicológica, pero, ¿qué hay más terapéutico que un abrazo lleno de cariño o una charla en la que poder desahogarse con alguien y tomar perspectiva?. Si además de tener amigos íntimos tenemos grupos de personas cuyo objeto principal es la ayuda mutua, el consuelo, el trabajo colectivo por superar enfermedades, dependencias y retos, la vida se hace más fácil, sin duda alguna. Porque la soledad es la gran enfermedad del siglo XXI y si no nos solidarizamos unos con otros, si no tratamos de hacernos la vida más fácil y amable, la cotidianidad y la vida diaria pierden sentido.


Este post se lo dedico a Charles, porque es mi amigo,
porque protestó por mis vacaciones sin aparecer por el blog,
porque sé que me lee y que me sigue y eso me motiva mogollón.

A Ruth porque siempre que la veo se me multiplican por mil las preguntas;
con ella aprendo siempre cosas nuevas, y
me estimulo mucho intelectual y políticamente a su lado.

A Gema porque he comprendido muchas cosas reflexionando sobre esto,
porque hemos practicado mucho la terapia mutua y porque la quiero mucho.

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