26 de julio de 2019

La culpa, los miedos y el amor romántico




Este post es un capítulo que publiqué en el libro colectivo "(H)amor 3", de la Editorial Continta Me Tienes, publicado en España en 2018.


La culpa, los miedos y el amor romántico


Los patriarcados que nos habitan

Lo más perverso del patriarcado es que se libra en dos frentes: el primero, toda la presión social y familiar y el bombardeo mediático. El segundo, en nuestro interior: los patriarcados nos habitan por dentro, determinan la construcción de nuestra identidad, nuestra sexualidad, nuestra forma de relacionarnos con los demás, nuestros sentimientos y emociones. No solo recibimos patriarcado, también lo reproducimos y lo transmitimos. Se nos va metiendo poco a poco a través de la cultura y la socialización: a los seis años ya tenemos la conciencia de pertenecer al género en desventaja, ya
asumimos que no somos iguales a ellos, ya entendemos que nuestro papel es secundario y ya empezamos a asumir la subordinación al género dominante.

A medida que crecemos, vamos interiorizando los mandatos de género a través de la cultura, que nos enseña cómo ser mujeres, como ser hombres, y cómo relacionarnos entre nosotros. Las mujeres aprendemos que ellos mandan dominando, y nosotras sometiéndonos. Nos damos cuenta pronto que conseguimos lo que queremos cuando nos mostramos encantadoras, cuando lloramos, cuando aparentamos ser dóciles y obedientes. Aprendemos a gustar a los demás, a convertirnos en muñecas con vestiditos preciosos que derriten a los mayores. Aprendemos a deleitar a los demás
con nuestra belleza y nuestra dulzura, porque nos han contado que sólo nos querrán si somos guapas.

Los modelos de feminidad que nos proponen son todas mujeres guapas: ninguna tiene malformaciones, ni discapacidades, no son gordas, ni tienen las piernas cortas, las orejas grandes o las tetas pequeñas. En el caso de las princesas Disney, todas son iguales, sus medidas son las mismas, sólo cambia el color de piel, de cabello y de ojos.

El príncipe elige a la guapa y se enamora de ella porque es guapa. Además, es buena persona: las malas de las películas suelen ser feísimas. Y se quedan todas solas: a las feas no las quiere nadie.

Esta idea nos machaca a todas por dentro: a las feas no las quiere nadie. Las feas se quedan solas.

El miedo a la soledad es una de las peores armas del patriarcado para tenernos sometidas. Por miedo a quedarnos solas, por miedo a que no nos amen, por miedo al rechazo somos capaces de aguantar en relaciones en las que no somos felices, somos capaces de auto-engañarnos a nosotras mismas, de mantener las esperanzas en todos los naufragios, de juntarnos con el primero que se fija en nosotras y darle nuestro poder y nuestro corazón para que haga con él lo que quiera.

El miedo nos lo inoculan en vena a través de la cultura y la socialización, y pronto está dentro de nosotras, multiplicándose y expandiéndose sobre nuestra personalidad. Se multiplica y se ramifica en cientos de miedos complementarios: nos da miedo no dar la talla, nos da miedo el qué dirán, nos da miedo el rechazo de los demás.

Nos da miedo no cumplir con las expectativas, no parecer una mujer “de verdad”, no tener el nivel para ser deseada y amada (y es en este orden: para que un hombre te ame, primero tiene que desearte. Para poder ser deseada, muchas imitan primero el modelo de mujer con el que ellos se hacen las pajas, y luego imitan el modelo de las buenas esposas para poder ser amadas).

Aunque nos trabajemos mucho el miedo a no gustar, el miedo al rechazo, el miedo a la
discriminación, el miedo a la soledad, el bombardeo de la publicidad hace mella en nosotras. Ya desde pequeñas nos damos cuenta de que nuestra belleza no se parece a la belleza plástica del patriarcado: a muchas les importa un bledo, pero a la mayoría nos martiriza pensar que somos feas. Desde muy pronto nos damos cuenta de lo lejos que estamos de cumplir con los cánones de belleza imposibles, de todos los fallos e imperfecciones que tenemos, y empezamos a odiar ciertas partes de nuestro cuerpo.

Nos vemos demasiado bajitas, demasiado altas, gordas o delgadas, con caderas demasiado grandes o demasiado estrechas, demasiado peludas o un poco calvas, con celulitis, piel de naranja, lunares, arrugas, y carencias o excesos (una nariz demasiado grande, una barbilla demasiado pequeña, unas tetas inmensas, o un culo pequeño...)

En la adolescencia nos sometemos voluntariamente a la tiranía de la belleza y la hacemos nuestra: somos nosotras las que nos aplicamos castigos y medidas correctivas para estar guapas, con el miedo a no reunir las condiciones que requiere la cultura patriarcal. Nos depilamos aunque nos duela, nos amargamos la existencia con dietas durísimas para engordar o adelgazar, pedimos de regalo de graduación una operación de tetas, nos agujereamos el cuerpo para ponernos pendientes o piercings, nos teñimos el pelo, nos sentimos avergonzadas por el aspecto extraño de nuestra
vulva, y nos llenamos de complejos e inseguridades. La culpa aparece cuando sentimos que no estamos haciendo lo suficiente por lucir bellas, cuando devoramos una caja de bombones porque sabemos que engordan y no deberíamos engordar más, cuando nos dan el toque los demás porque estamos descuidando nuestro aspecto físico o nuestra feminidad.

A la vez que destruye nuestra autoestima y nos cubre de miedos, el mercado nos lanza también mensajes de empoderamiento: tú puedes, tú vales, tienes que luchar para estar bella. Es nuestra misión: ser guapas, ser deseables, ser sexys. Nos hacen creer que con disciplina y con dinero podremos cambiar, o mejorar, o al menos mantenernos jóvenes y bellas. Pero no es cierto: no hay nada que podamos hacer para evitar la gravedad. Las carnes caen flácidas, caen las tetas y el culo, crece la barriga, aumentan las arrugas, en fin, no hay aún una fórmula que evite el
envejecimiento. Se puede retrasar unos años, pero es cuestión de tiempo: envejecemos y da igual que nos gastemos muchísimo dinero en evitarlo.

El feminismo nos dice: “Acéptate y quiérete tal y como eres. No pierdas tu tiempo, energías y recursos en ser deseable y en gustar a los demás”. Nos empoderamos abrazando la idea de que no nos importa que no nos deseen: lo importante es sentirnos bien con nosotras mismas. Pero por otro lado, está el bombardeo diario de los medios y las redes sociales para recordarnos que somos imperfectas, gordas, viejas, peludas. La buena noticia, nos dicen al final, es que podríamos dejar de serlo si quisiéramos y si invertimos nuestros recursos, tiempos y energías.

Por mucho que nos empoderemos individual y colectivamente, el miedo a no ser aceptadas, el miedo a no ser deseadas y queridas está siempre ahí y es mucho más fuerte que cualquier teoría feminista. Porque el miedo es una emoción, y las emociones son difíciles de gestionar. El miedo a no ser aceptadas nos hace adoptar posiciones de sumisión con respecto a nuestras relaciones sexuales y sentimentales: nuestra necesidad de aceptación y de amor nos hace creer que cumpliendo nuestro rol pasivo nos van a aceptar y a querer más.

Hay una jerarquía en el mercado de las mujeres solteras y disponibles: los hombres desean a unas pocas mujeres que se acercan a los cánones de belleza establecidos por la cultura en la que viven, y todas las demás se quedan atrás, tratando de alcanzar esas normas estéticas a la desesperada para poder entrar en el club de las mujeres deseables. Nos invitan a no fiarnos de las demás, y a mirarlas como potenciales rivales: cuanto más nos comparamos entre nosotras, más infelices nos sentimos.

Uno de los mandatos más importantes es que nosotras las mujeres estamos ahí para adornar, para ser admiradas por los hombres, para gustarles a ellos, para alegrarles el día, para ser evaluadas y puntuadas por los hombres, para ser reconocidas como mujeres valiosas por ellos y para satisfacer sus necesidades.

En algún momento nos hicieron creer que para ser amadas primero tenemos que ser folladas, y que sólo podremos enamorar a un hombre satisfaciendo su deseo sexual. Por eso es tan importante que estemos guapas, y nos mostremos disponibles. Estar disponible significa estar siempre arreglada y dispuesta para recibir la mirada lasciva masculina. Estar disponible implica una posición de subordinación: yo estoy aquí para ti, puedes hacer conmigo lo que quieras.

Para demostrar que una está disponible, hay que poner fotos sexys en las redes sociales ladeando la cabeza, contorsionando el cuerpo para realzar nuestro culo, nuestras tetas, nuestros labios, nuestra mirada de mujer lujuriosa que desea ser follada por algún macho alfa. Las grandes modelos se ofrecen tumbadas, dormidas, muertas, atontadas, borrachas, drogadas o inertes en sofás o descampados, como lanzando el mensaje de que están disponibles, vulnerables, y sin fuerzas para resistir las embestidas del macho deseante. Son imágenes que forman parte de la cultura de la violación: puedes abusar de cualquier mujer que se ofrezca a tu mirada, que se encuentre desvanecida, que esté sin fuerzas para repeler tu ataque. Si están ahí es porque lo están deseando: puedes violarlas sin remordimientos.

La cultura normaliza la violencia contra nosotras, por eso apenas percibimos como violencia que sen un trabajo se nos pida que nos mostremos guapas y disponibles para alegrarles la vista a los hombres. Tampoco identificamos como violencia que se nos cosifique y se nos invisibilice, que se nos trate como a seres inferiores, que se nos considere unas niñas eternas, que se nos pague menos en el trabajo, que se legisle en contra de nuestros derechos fundamentales, que nos pidan que hagamos todo el trabajo de cuidados, crianza y tareas domésticas gratis, que nos traten como a objetos y no como a sujetos.


Los miedos de las mujeres

Aunque no todas seamos conscientes de esta violencia contra las mujeres, casi todas vivimos con miedo. Los miedos nos paralizan, nos ponen sumisas, nos chupan las energías, nos mantienen calladas y en posiciones de subordinación. Son cientos los miedos que se nos meten en el cuerpo:

Miedo a que nos violen cuando regresamos solas a casa y caminamos por la calle de
noche.
Miedo a que nos violen si llevamos mini-falda, si nos emborrachamos o nos drogamos
demasiado.
Miedo a juntarse con alguno que parece buen tipo y luego resulta no serlo.
Miedo al rechazo de los demás, a que no nos acepten tal y como somos,
Miedo a los chismes y a la tiranía del “qué dirán”, miedo a la burla y los insultos por ser
diferentes,
Miedo a salir del armario y a reivindicar nuestro derecho a amar a quien queramos y
como queramos.
Miedo a expresar lo que queremos y lo que necesitamos, miedo a decir lo que
pensamos realmente.
Miedo a no ser la mejor en nuestro ámbito profesional, miedo a ser invisible, miedo a
destacar y a brillar con luz propia.
Miedo a que descubran cómo soy realmente,
Miedo a lo que sentimos cuando no podemos controlarlo.
Miedo a engordar, miedo a enfermar, miedo a morir, también miedo a vivir
Miedo a quedar embarazada, a abortar y a acabar muerta, o en la cárcel.
Miedo a decidir tenerlo y que nos echen del trabajo por quedarnos embarazadas.
Miedo a la reacción del compañero que puede no querer ser padre,
Miedo a la reacción de la familia, de tus amigas, y de tus amigas feministas cuando
sepan que quieres ser mamá.
Miedo al trato por parte del personal sanitario, a sufrir violencia obstétrica durante todo
el embarazo, el parto y el posparto, miedo a tener un bebé enfermo o con
malformaciones, miedo a no querer al bebé, miedo a ser una mala madre.
Miedo al amor: miedo a que no me quieran, miedo a que me quieran demasiado.
Miedo a que me dejen de querer, miedo que quiera a otra. Miedo a sufrir por amor,
miedo a tener miedos paralizantes. Miedo a la violencia machista en la pareja, miedo a
perder la vida, miedo a sentirse atrapada en una relación.

El patriarcado nos llena de miedos, pero además, nos mantiene siempre muy baja la autoestima, porque las mujeres empoderadas somos muy peligrosas. Cuando confiamos en nosotras mismas, cuando nos queremos bien, cuando nos cuidamos, no somos manipulables, ni obedientes ni sumisas. Y si somos muchas las mujeres con autoestima que saben usar su poder para construir un mundo mejor, acabamos con el patriarcado.

Entonces el patriarcado nos quiere con poca autoestima, solas, tristes, amargadas y entretenidas en la guerra contra nosotras mismas. Cuanto más baja está nuestra autoestima, más dependemos emocionalmente de un hombre. Cuanto más nos minusvaloramos, más inmensas hacemos las figuras de los hombres a nuestro alrededor. El patriarcado gana si nosotras cuidamos a los demás pero no nos cuidamos la salud física, mental y emocional. Gana cuando nos preocupamos más por
nuestra pareja que por nosotras mismas, gana cuando nos sentimos culpables por todo, cuando permitimos que nos usen y nos maltraten, cuando no respetamos los acuerdos que hicimos con nosotras mismas, cuando nos traicionamos, nos mentimos, nos enfadamos, y nos hablamos mal a nosotras mismas. Nos decepcionamos a nosotras mismas constantemente, nos boicoteamos y nos lo ponemos muy difícil cada vez que queremos hacer algo para ser felices.

Le ahorramos mucho trabajo al patriarcado: no hace falta que nos machaquen, que ya nos machacamos nosotras. Algunas se autodestruyen tanto que se acaban suicidando: no hace falta que nos maten, ya nos matamos nosotras. El patriarcado ensalza a las mujeres que se suicidan para que tomemos ejemplo en el caso de que no nos sintamos capaces de adaptarnos plenamente a un mundo machista, enfermo y violento. Nos hacen creer que muertas estamos más bellas y nos mitifican: nos quieren más que cuando estamos vivas.

Somos demasiadas las mujeres que sostenemos guerras contra nosotras mismas durante años. Hay que trabajarse mucho por dentro hasta que llega el día en el que nos rebelamos y decimos: “no quiero sufrir, no quiero estar mal, no quiero pelearme conmigo misma, no quiero estar en guerra conmigo misma”. Nos toca leer mucho, hacer terapia, hacernos talleres de autoestima y auto amor para poder terminar esa guerra, hablarlo mucho con las amigas, hacer grupos de debate, grupos de
acompañamiento... pero sin duda es lo más liberador que existe. Porque implica conocerse mejor para quererse mejor, para vivir una vida en paz con una misma, para hacerse compañía con mucho amor del bueno, para disfrutar más de la vida.

Qué pena que tengamos que pasarlo tan mal y perdamos tanta energía y tanto tiempo en luchas internas, hasta que nos damos cuenta de lo bonito que es acompañarte, quererte y cuidarte a ti misma. Hacerte tu mejor amiga, tu aliada, tu cómplice, y trabajar para protegerte y cuidarte no es una tarea fácil, pero para mi es apasionante.

Porque poner el foco en nuestra relación con nosotras mismas es una tarea política, y no hay mayor rebeldía contra el patriarcado que estar bien, sentirse bien, y enfocar nuestras energías en ser felices.

Cuanto más nos queremos, cuanto mejor nos tratamos, cuanto más nos valoramos a nosotras mismas, más puntos le ganamos al patriarcado. Si somos muchas, entonces tenemos la victoria asegurada: de ahí la importancia de empoderarnos individual y colectivamente. El patriarcado nos quiere miedosas, inseguras, dependientes, deprimidas, aisladas, calladas, acomplejadas, tristes, destruidas, solas. Sobre todo nos quieren aisladas las unas de las otras.

Por eso la mayor rebeldía del mundo es quererse bien a una misma, querer a las demás, cuidarnos entre nosotras, y dejar de buscar el reconocimiento masculino para encontrarlo en una misma.

No es fácil liberarse de esta necesidad de reconocimiento y afecto masculino. No nos pasa solo con las parejas, también nos pasa con figuras masculinas de nuestra familia: buscamos que nos protejan porque nos han hecho creer que solas no podemos, que somos seres débiles, que necesitamos a los hombres porque el mundo es un lugar muy peligroso para nosotras.

El miedo a que no nos ame nadie o a que dejen de amarnos nos tiene en constante alerta. Nos han enseñado que para poder conservar a nuestro macho al lado, tenemos que batallar duro. El mundo está lleno de mujeres malas que quieren quitarnos la pareja y que le seducen continuamente, por eso nos invitan a rivalizar entre nosotras y a vigilar al macho: la tentación está en todas partes.

Si él es infiel, la culpa no es de él, sino de todas las mujeres que quieren quitarte el novio. Nosotras somos las culpables siempre: porque no hemos sabido retener a nuestra pareja, o porque nos hemos acostado con un hombre casado. La culpa es siempre para nosotras.



El masoquismo romántico como arma de control social

La culpa es otra de las armas del patriarcado para someternos. Sirve para anularnos, para frenarnos, y para controlarnos. La culpa se nos mete dentro, y se enciende cada vez que nos vamos a divertir, cada vez que hacemos uso de nuestra autonomía, cada vez que nos entregamos al placer, cada vez que disfrutamos, cada vez que celebramos la vida.

Desobedecer los mandatos de género es una de las cosas que más despierta nuestro sentimiento de culpabilidad. Por ejemplo, cuando sentimos que no somos buenas madres, buenas hijas, buenas esposas, buenas estudiantes, buenas profesionales, buenas amas de casa, buenas amigas, buenas vecinas. Cuando decidimos por fin aceptarnos como somos, dejar de castigarnos, dejar a un lado las expectativas desmesuradas (propias y ajenas), sucede que una vez liberadas empezamos a
sentimos culpables.

Cualquier cosa que conlleve placer, o que atente contra las normas del patriarcado nos hace sentir culpables, porque nos han hecho creer que si nosotras estamos felices, hay alguien que se ve perjudicado por nosotras. Por ejemplo, irte con una amiga de vacaciones y que tu novio se quede en la ciudad trabajando en verano. 

Tú siempre haces un viaje con tu amiga todos los años desde hace mucho tiempo, tengáis o no pareja. Te mereces las vacaciones porque has estado todo el año trabajando mucho, has ahorrado mucho, tienes muchas ganas de ir. Pero te preocupa el otro, te sientes mal dejándole solo, te sientes responsable de su bienestar durante el verano, y te sientes mala por pensar sólo en ti misma, en tu amiga y en tu viaje.

El patriarcado nos quiere a todas sufriendo como la Virgen María, una mujer sacrificada y abnegada que lo dio todo por amor a su hijo. Nos quieren así, arrodilladas frente al hombre de nuestras vidas, sometidas al poder del amor y gozando con la sumisión como Santa Teresa gozaba sometiéndose a Jesús.

Los feminismos nos han ayudado a ver que hay otros modelos de feminidad, que el sufrimiento no sirve para que te quieran más, y que tenemos derecho a ser felices. Tenemos derecho a disfrutar de la vida, a transformarnos, a tomar decisiones que nos beneficien, a terminar las historias y a empezar nuevas etapas, a cuidarnos y mimarnos a nosotras mismas.

Tenemos mucho trabajo por delante. Hay que desaprenderlo todo, en especial en el ámbito del amor romántico. Hay que liberarse de un montón de cosas que nos hacen profundamente infelices, como los miedos y la culpa. Hay que desobedecer los mandatos de género, desmitificar el romanticismo patriarcal, disociar amor y sufrimiento, amor y sacrificio, amor y renuncia.

El amor sadomasoquista del romanticismo nos sitúa en dos bandos diferenciados: en las relaciones heteras generalmente los chicos son los sádicos, nosotras las masocas. El amor patriarcal se basa en el modelo del amo y el esclavo: es la lógica hegeliana por la cual unos adoptan el papel de dominadores, y otros el papel de dominados. En esta lucha de poder, nosotras solemos ser las que nos arrodillamos frente al Señor, y ellos los que se dejan querer, amar, e idolatrar con devoción cristiana.

Sin embargo, ya sabemos que todas las relaciones de poder son muy complejas, y que desde el masoquismo romántico también se puede dominar y manipular al otro. El victimismo, los chantajes, las amenazas, las súplicas, los reproches, los dramas son formas de control cuyo objetivo es hacer creer a la otra persona que es mala si no hace lo que queremos. El masoca siempre quiere que la otra persona se sienta responsable de su felicidad, y quiere hacerla sentir permanentemente culpable.

El masoquismo romántico y el placer del sufrimiento romántico son una herencia del cristianismo, igual que la noción de culpa, de arrepentimiento, de redención y de sacrificio. Creemos que amar es sufrir, sacrificarse, y entregarse por completo a un hombre, como Jesús se sacrificó y se entregó por todos nosotros.

Durante siglos, la primera figura masculina con las que se relacionaban las mujeres era Jesús. Hoy en día la mayor parte de las mujeres de este planeta se siguen relacionando con él de rodillas, le miran de abajo a arriba, se someten a la mirada de un hombre crucificado que se deja adorar como Dios. Dios se deja querer, escucha sus peticiones, súplicas, ruegos, lamentos, y promesas, les pide que se sacrifiquen, les invita a que pongan la otra mejilla si son agredidas, les seduce para que admiren lo hermoso que es amar sin recibir nada a cambio.

Así quieren que nos relacionemos con los demás hombres de carne y hueso. Desde abajo hacia arriba, arrodilladas, sumisas, devotas, sacrificadas, sufridoras y dolientes, como la madre de Jesús. Para parecernos a ella tenemos que hacerlo con amor, y por amor. Al patriarcado le va estupendo esto de que nos sometamos voluntariamente sin que nadie tenga que obligarnos: lo hacemos porque queremos y porque creemos que someternos es una prueba de amor.

Los hombres sacan mucho beneficio de esta generosidad y devoción nuestra, y mientras sigamos construyendo relaciones de dominación y sumisión, el patriarcado no morirá jamás, y nosotras si seguiremos muriendo. Porque la que desobedece lo paga muy caro. Al patriarcado le hacen falta muchas esclavas voluntarias que atiendan a un macho (o a muchos) a cambio de unas migajas de amor o unas monedas. Y por eso las desobedientes son tan peligrosas para el mantenimiento del sistema patriarcal.

El primer paso para que nos quieran es renunciar a nuestro poder. El patriarcado nos dice: a los hombres les gustan las mujeres sumisas. Follan con las rebeldes, pero se casan y forman un hogar con las sumisas. Para sentirte el rey de tu casa, necesitas una mujer sumisa. Para tener criada gratis, necesitas una mujer sumisa. Para sentirte amado y respetado, necesitas una mujer sumisa. Para estar seguro de que no te van a dejar nunca, necesitas una mujer sumisa.

Y eso no se lo puedes pedir a una mujer libre, que se siente con derecho a empezar o a terminar una relación cuando quiere.


La culpa es de las mujeres

La culpa es una construcción social y cultural que va adaptándose a las ideologías y a los nuevos tiempos, pero casi siempre elige los cerebros, los corazones y los coños de las mujeres para desarrollarse. La culpa es femenina, y tiene un poder descomunal sobre nosotras.

Hace que, por ejemplo, seamos capaces de responsabilizarnos a nosotras mismas del bienestar de un montón de gente. Nuestro marido, nuestros padres, nuestras abuelas, nuestras amigas y amigos, nuestros hijos, nuestras mascotas y plantas, nuestros ex novios, nuestras primas y tías... nos volcamos en que estén bien e invertimos mucho más tiempo y energía en cuidar a los que nos necesitan que a nosotras mismas.

Es un mandato social y un rol de género que nos dice: “Las mujeres son emocionales. Nacen con un don para amar y cuidar a los demás, tienen una capacidad innata para sacrificarse por amor, disfrutan olvidándose de sí mismas y dándolo todo a los demás. Y cuanto más buenas son, más se merecen el paraíso”

El “paraíso” es tener un buen marido que nos mantenga, nos proteja y nos quiera. Incluso a las que gozamos de autonomía económica nos seduce la idea de ser queridas por alguien que asuma un rol de protector, de maestro, de proveedor. Es una utopía individual pero compartida por millones de mujeres que esperan al milagro romántico que le traerá un príncipe azul a caballo, o que convertirá a la Bestia en un príncipe azul.

Y en eso se nos va a muchas la vida, en esperar como las princesas Disney a que alguien nos salve de nosotras mismas, del aburrimiento, del miedo, del vacío, de la pobreza, de la precariedad o de la explotación laboral para que podamos estar en casita, entregadas al amor, a la crianza y al cuidado de los demás. Silvia Federici dice: “lo que ellos llaman amor, nosotras lo llamamos trabajo gratis”.

Gracias a los feminismos nos hemos dado cuenta de que el don para el sacrificio no es un don con el que nacemos las mujeres, sino un mito más del romanticismo patriarcal para hacernos creer que todas debemos sacrificarnos para ser amadas.

No es justo que las mujeres sigamos sirviendo a los demás. Hay una solución muy fácil de llevar a cabo para acabar con el trabajo gratis que realizamos millones de mujeres en todo el mundo: repartir las tareas de crianza, cuidados, y tareas domésticas entre todos los miembros de una familia. Sea cual sea el tipo de familia que construyamos: las mujeres no tenemos por qué hacernos cargo del bienestar de todos. Podemos compartir estos cuidados para que todos, pero especialmente nosotras, tengamos calidad de vida, tiempo libre, y unos ingresos que nos permitan
vivir sin angustias y que no nos condenen a la pobreza.

Esto en la teoría es muy fácil, pero aplicarlo en una misma es más difícil: son muchos siglos de patriarcado encima. Nos responsabilizamos y nos culpamos: cargamos toneladas a las espaldas, y eso nos dificulta la movilidad. No sé si han visto la foto del hombre que circula por las redes para mostrar gráficamente lo que es el patriarcado. Él camina con un palo junto a su mujer que lleva un fajo inmenso de leña en la cabeza, un niño a la espalda y un bebé en el pecho mientras su marido fuma y le anima con el palo como a los burros. Unos van muy ligeros por la vida, otras llevamos demasiado peso encima.

Uno de los trucos para que nos sintamos responsables y culpables del bienestar de los demás es hacernos creer que si pretendemos liberarnos de esa responsabilidad estamos perjudicando al otro. Por ejemplo: una mujer que quiere separarse pero se siente mal al pensar que su marido tendrá que plancharse solo las camisas, cocinarse solo, tomarse la medicación sólo. Se siente culpable porque su marido no sabe las tareas básicas para la supervivencia, y sin embargo esto no es culpa suya. Es sólo que al marido le falta autonomía porque el patriarcado le hace creer que lo normal
como hombres es tener criada gratis y para siempre.

La culpa femenina es un elemento central del amor romántico. Nos sentimos culpables cuando nos desenamoramos de la otra persona, cuando cometemos adulterio, cuando sugerimos abrir la pareja para poder tener otras relaciones. Nos sentimos culpables si una relación no funciona. Tendemos a pensar que si no nos aman es porque no valemos lo suficiente, porque tenemos un problema, porque no tenemos altura, porque no damos la talla, porque estamos gordas, porque no nos cuidamos, porque no cuidamos al otro lo suficiente. Creemos que el fallo está en nosotras. Cuando nos quieren poco y mal nos sentimos responsables: algo malo estamos haciendo. Cuando nos dejan de querer, lo mismo: vivimos con ese miedo durante toda la relación, y solemos pensar que somos las culpables de que el amor se termine.

La presión de la culpabilidad es tal que ni siquiera hace falta que nos obliguen a renunciar a nuestra libertad: lo hacemos voluntariamente con tal de ahorrarnos problemas. Renunciamos a cumplir con nuestros sueños, a nuestro proyecto de vida, a disfrutar de nuestros espacios y nuestros tiempos, renunciamos a nuestros planes, a nuestra libertad y a nuestra felicidad.

Por eso no nos atrevemos a romper una relación de pareja. Tradicionalmente, el que deja la relación es el hombre, y la mujer asume. Ellos son los que se van con otra, generalmente más joven, y se ve como “normal” hasta cierto punto. En cambio, si las mujeres nos desenamoramos y queremos seguir nuestro camino a solas o acompañadas por otras personas, recae sobre nosotras todo el peso de la moral patriarcal que nos condena y nos juzga sin piedad.

Somos siempre las malas. Por ejemplo, somos malas si abandonamos al marido que no te pega, que te trata bien y te adora. Porque le vas a hacer mucho daño y no se lo merece. Porque le juraste amor verdadero y estás incumpliendo tu promesa. Porque las buenas mujeres no abandonan a sus esposos ni a su familia. Porque lo primero es la familia, y lo último son los deseos de las mujeres.

Somos malas si no tenemos hijos, somos malas si le damos más importancia a nuestra carrera que a nuestra maternidad, somos malas si no perdonamos las infidelidades de los maridos, somos malas si no nos sometemos a sus normas en el hogar. Somos malas si tenemos amigas y salimos por la noche, somos malas si no tenemos novio, si nos amamos entre nosotras.

A las mujeres malas les pasa de todo, pero la culpa es suya por ir provocando a los hombres. Como llevan faldas muy cortas, vuelven a casa solas de noche, y a veces se emborrachan hasta la médula, es normal que las violen. Como atormentan a sus maridos, es normal que las maltraten. Si ellas son infieles, si quieren abandonarles, si quieren darles celos, es normal que las maten.


Si se quedan embarazadas, las leyes de los hombres las obligan a parir. Si no tienen pareja o son lesbianas, las leyes de los hombres no las dejan parir. Si abortan, las encarcelan. Si abandonan a sus bebés, las encarcelan también. Da igual que el padre se haga cargo o no de la criatura: las malas somos siempre nosotras.

Si nos violan, si nos matan, si nos agraden, si nos estafan, si nos tratan mal, si nos secuestran, si nos explotan, si abusan de nosotras, si nos esclavizan para la trata, si nos acosan, si nos echan del trabajo, si nos empalan, es porque algo habremos hecho.


Propuestas para terminar con la culpa, los miedos y los patriarcados que nos habitan

Nos está costando mucho despatriarcalizarnos y liberarnos de los miedos y la culpa.
Sabemos que no tenemos por qué sentirnos responsables de los demás.
Sabemos que no somos imprescindibles para nadie.
Sabemos que somos libres para quedarnos y para irnos.
Sabemos que es importante disfrutar de la vida y que para cuidarnos bien a veces hay que anteponer nuestras necesidades a las de los demás.
Sabemos que no nacimos para ser criadas, ni para ser esclavas, ni para trabajar gratis en tareas con poco prestigio y reconocimiento social.
Sabemos que cumplir con las expectativas de los demás no nos hace felices.
Sabemos que podemos organizarnos y relacionarnos de otras formas, y que no estamos condenadas a sufrir por amor.

Lo sabemos, pero nos cuesta mucho llevarlo a la práctica: aún nos habitan muchos patriarcados por dentro. Por eso se nos va tanta energía en esas contradicciones entre lo que queremos y lo que debemos, lo que nos hace felices a nosotras y lo que hace felices a los demás.

Yo llevo años trabajando con mujeres diversas el tema del amor romántico en Internet. En el Laboratorio del Amor trabajamos en dos niveles: el personal, y el colectivo. Es un espacio construido bajo el lema: “Lo Romántico es Político”. A todas nos pasan las mismas cosas porque aprendemos a amar dentro de la estructura patriarcal: primero construimos nuestra identidad femenina obedeciendo y desobedeciendo los mandatos de género. Luego aprendemos a relacionarnos con los hombres y las mujeres, desde o en contra del romanticismo heteropatriarcal.

Cuando llega el feminismo a nuestras vidas y nos ponemos las gafas violetas, entonces empezamos a cuestionarnos y queremos desaprenderlo todo. Lo primero es analizar cómo el patriarcado nos presiona desde fuera y se nos mete dentro, y es cuando vemos lo importante que es despatriarcalizarnos en todos los ámbitos de nuestras vidas, pero especialmente en el ámbito emocional, porque es el lugar desde el cual interiorizamos todos los mandatos patriarcales.

El romanticismo patriarcal nos hace daño: vivimos en una constante decepción porque la realidad no se parece nada a la ficción y porque nuestros mitos no encajan. En las redes vi un meme que decía: “Ellos crecieron deseando a la actriz porno, ellas soñando con el príncipe azul”. Esta frase evidencia la profunda disparidad que existe entre los mitos de unos y de otras: es bien difícil que podamos amarnos desde este abismo.

El proceso de despatriarcalizarnos no es fácil, pero es apasionante. En el Laboratorio el objetivo común es sufrir menos, y disfrutar más del amor y de la vida. Como ya sabemos que a los demás no los podemos cambiar, entonces nos trabajamos a nosotras mismas desde la autocrítica amorosa. Es una metodología basada en el análisis crítico de la cultura romántica patriarcal, y el análisis crítico de cómo interiorizamos los mitos y las estructuras emocionales, y cómo nos afectan durante toda nuestra trayectoria vital.

La autocrítica es amorosa porque ya bastante tenemos nosotras con la guerra contra las mujeres y contra nosotras mismas. Es amorosa porque evitamos la culpabilidad: la idea es aprender a distinguir qué es responsabilidad nuestra, y qué no lo es. La idea es ser honesta y coherente con nosotras mismas, elaborar unos pactos para hacernos la vida más fácil y mas bonita, aprender a querernos bien, a cuidarnos más y mejor a nosotras mismas.

Todas sabemos que quererse una misma es un acto revolucionario de gran impacto político: cuantas más mujeres empoderadas haya, peor para el patriarcado. El patriarcado nos quiere jodidas, por eso estar bien y luchar por ser felices es el principal frente de la batalla contra el patriarcado. La revolución, la transformación, empieza en una misma.

Disfrutar del amor es otro gran acto de rebeldía: el patriarcado nos quiere amargadas, tristes, y sufridoras. Por eso trabajamos mucho el tema del realismo, la sensatez y el sentido práctico de la vida: nuestro tiempo y energía son limitados, y tenemos que enfocarlos en las personas y en las cosas que nos hacen felices.

Llevar la teoría a la práctica no es fácil, pero es un proceso apasionante porque nos permite conocernos mejor, e identificar todo aquello que nos hace grandes personas. Hacemos ejercicios para aumentar la autoestima y para trabajarnos los miedos, la culpa, los celos, la posesividad, la guerra contra una misma. Identificamos todo aquello que no nos gusta, que no nos hace bien, que queremos cambiar, eliminar o transformar, y nos acompañamos unas a otras en nuestros procesos individuales.

Cuando una se libera, nos liberamos todas: cuando una mujer se empodera y toma decisiones, todas nos empoderamos. Si una mujer quiere volar, todas volamos con ella. Es hermoso pensar también en las demás mujeres cuando tenemos que tomar una decisión: ¿Qué quieres tú para ti, que querrías tú para las demás?

El proceso de transformación consiste en ser consciente de cómo reproducimos los esquemas emocionales que aprendimos en las películas románticas. Nos dedicamos a desmitificar el amor y a desmontar los mitos que tenemos cada una injertados en nuestro corazón, para que pierdan su poder sobre nosotras.

En el trabajo que hacemos fabricamos herramientas que nos permitan gestionar las emociones, hablar de ellas, expresarlas, y disminuir su importancia para que no nos jodan la vida. El proceso es duro, pero es liberador poder trabajar en buena compañía los celos, los miedos, el auto-engaño, el auto-boicot, la culpa, la dependencia emocional, el victimismo y la sumisión, el afán de poder, la falta de autoestima, y la obediencia a los mandatos de género.

Trabajamos el tema de la soledad para que no nos de miedo y los mensajes del patriarcado no nos calen tan hondo. Cuando dejamos de enfocar nuestro amor en una sola persona y abrimos el campo de visión, nos encontramos con que el amor está en todas partes, en todas las personas a las que queremos, en las familias que hemos construido, en las comunidades a las que pertenecemos. No estamos solas si estamos sin pareja: todas admitimos que nos encanta tener intimidad y necesitamos compañía, pero no a cualquier precio, no con cualquiera.

Cada vez que una desobedece, todas avanzamos un poquito: los éxitos personales son también colectivos. Somos rebeldes porque creemos que otras formas de quererse son posibles, por eso estamos inventando nuevas formas de relacionarnos con nosotras mismas y con los demás.

Soñamos con relaciones de reciprocidad, queremos sentirnos correspondidas, queremos sentirnos cuidadas y poder cuidar en un espacio de igualdad, respeto y ternura. Queremos sentirnos nosotras mismas, queremos sentirnos libres cuando amamos, queremos un amor compañero que nos permita amar con los pies en la tierra, sin jerarquías de dominación y sumisión, sin culpa, sin miedos, sin luchas de poder.

La clave del trabajo personal y colectivo es liberarnos del patriarcado, reivindicar nuestro derecho al placer, aprender a cuidarnos y a querernos, aprender a relacionarnos desde el disfrute, y no desde el sufrimiento y el miedo.

Es mucha tarea: tenemos que desaprenderlo todo, desmitificarlo todo, desmontar todo el amor romántico para poder amar desde otras estructuras, inventar nuevas formas de relacionarnos, de comunicarnos, y de organizarnos. La transformación tiene que ser colectiva y en todas las dimensiones: política, economía, social, emocional, afectiva, sexual.

Esta es la experiencia que estamos teniendo nosotras, pero en las redes hay cada vez más mujeres compartiendo reflexiones y vivencias, escribiendo blogs, participando en foros, debatiendo en hilos, leyendo libros, sacando el debate a los bares y a las calles, y trabajándose por dentro para llevar la teoría a la práctica. Los sentimientos ya no son un problema individual con el que cada cual ha de aprender a lidiar, sino un tema colectivo en el que cada vez hay más gente despatriarcalizando y liberando el amor de toda su carga política y cultural.

Creo que el proceso es imparable, aunque genere muchas resistencias: lo importante es que estamos derribando los muros que nos aprisionan, nos estamos liberando de las cadenas que nos atan, estamos lanzando preguntas y cuestionándolo todo, estamos mostrando otras formas de relacionarse, estamos mejorando la relación con nosotras mismas y entre nosotras, estamos usando la empatía y la imaginación, estamos inventando nuestras propias herramientas para desaprender el patriarcado, estamos, poco a poco, aprendiendo a disfrutar del amor y de la vida desde otras perspectivas.

Coral Herrera Gómez

21 de julio de 2019

Cuidar te hace mejor persona


Maduras cuando aprendes a cuidar de ti misma. Una de las formas más lindas de crecer, ser autónoma y volar del nido es a través de los cuidados, hacia una misma y hacia los demás.

Cuando llega el momento en el que te toca cuidar a alguien, a solas o en red, puedes vivir una de las experiencias más enriquecedoras del mundo, y que más te ayudan en tu crecimiento personal.

Cuando comienzas a cuidar a alguien que depende de ti, se desarrolla la empatía y la solidaridad de una forma que nunca antes habías experimentado, aumenta tu sensibilidad y tu sentido de la responsabilidad, empiezas a ponerle todo el amor del mundo a tus tareas, y se potencia toda tu capacidad para el compromiso.

No importa si se trata de un animal, una hermana, tu madre, tu abuela, tu amiga, tu pareja o tus hijas: cuando el bienestar de otra persona depende de ti, cuando puedes disminuir o aliviar su sufrimiento, cuando te ves a ti misma cuidar con esa fortaleza y esa ternura, sientes que eres capaz de todo. Cuando aprendes a pedir ayuda, cuando te das cuenta de que también necesitas cuidarte y que te cuiden, es cuando creces y te conviertes en una persona adulta de verdad.

Hay gente que llega a los 50 sin haber cuidado a nadie y sin saber como cuidarse, y no lo necesitan porque hay alguien sosteniendo la situación. Esa gente puede permitirse el lujo de ser inmadura porque están aprovechándose de alguien que se ocupa y se preocupa por ellos. Por eso no salen de casa ni tan siquiera desean la autonomía: se vive mejor en la eterna adolescencia. Primero te cuida la mamá y luego la esposa, no hay necesidad de emanciparse.

A otras personas les toca estar en el otro lado, generalmente a las mujeres. Hay niñas que no tienen derecho a la infancia y se ven obligadas a cuidar a otros bebés desde que son muy pequeñas.

Creo que la madurez tiene mucho que ver con nuestra capacidad para ayudar a los demás cuando más nos necesitan. Porque cuidar te ayuda a verte a ti misma como una bebé y una anciana, te permite ser recíproca en la cadena de cuidados que recibimos y que damos, te ayuda a valorar mucho tu salud, tu juventud y tu autonomía, te ayuda a conocerte a fondo porque sale a flote lo peor de ti. Te hace mejor persona porque saca lo mejor de ti, te baja la prepotencia y dejas de verte como un ser inmortal, el mundo deja de girar alrededor de tu ombligo, te haces más humilde, generosa y sabia, y aprendes a disfrutar del presente.

Madurar cuidando a gente a la que quieres es una de las formas más bonitas de hacerse mayor, y además es un tema de justicia social. Ningún ser humano debería ser abandonado a su suerte cuando necesita cuidados constantes. Todos, todas, nos merecemos que nos cuiden cuando no podemos valernos por nosotros mismos. Somos seres sociales y emocionales, somos muy vulnerables, y en ocasiones muy dependientes. No podemos vivir fuera de la red de cuidados: necesitamos que nos cuiden hasta alcanzar la madurez cerebral, y necesitamos aprender a cuidarnos para poder salir del hogar materno.

También necesitamos los cuidados de los demás para sobrevivir cuando enfermamos o tenemos accidentes, al principio y al final de nuestras vidas. Y los demás también necesitan nuestros cuidados y demostraciones de cariño. Cuidando aprendemos a ser personas solidarias, responsables y comprometidas. Así  crecemos y nos hacemos mejores personas: aprendiendo a querernos a nosotras mismas, y contribuyendo a la red de cuidados.

#Cuidados #Redes #Crecer #Madurez #Amor #Autocuido   #TernuraSocial

Coral

11 de julio de 2019

Nunca más de rodillas ante el Señor: las ateas del amor romántico



Rebecca Hendin para Buzz Feed


El amor romántico es una especie de religión posmoderna, y tiene muchas cosas en común con la religión cristiana. Para que nos hagamos devotas, nos seducen con el paraíso romántico: ese lugar al que llegaremos tras atravesar el valle de lágrimas, en el que seremos felices, nos sentiremos  amadas, y comeremos perdices.

El romanticismo también tiene su infierno, y caemos en él cuando nuestra pareja deja la relación, cuando ofrecemos nuestro amor y nos rechazan, cuando nos son infieles, cuando nos mienten o nos traicionan, cuando se aprovechan  de nosotras, cuando nos tratan mal, cuando nos traicionan, cuando perdemos una batalla en la guerra del amor.

Como todas las religiones, el amor romántico tiene sus santos, santas y mártires: esas mujeres enamoradas que se suicidan “por amor”, esos hombres enamorados que matan “por amor”, esas mujeres enamoradas que lo dejan todo por amor, que aguantan por amor, que se sacrifican en nombre del amor.

Los sufridores y sufridoras románticas más famosas son mitificadas y endiosadas por nuestra cultura patriarcal para que las mujeres las admiremos y las imitemos. El patriarcado nos quiere de rodillas, mirando a los hombres como miramos a Jesucristo, desde abajo hacia arriba. Para muchas mujeres en el mundo, es su primera figura de referencia: le aman como se ama a un Dios, porque Jesús es el Hijo de Dios, y le adoramos porque nos ama, nos escucha, nos acompaña, nos protege, nos quiere aunque nos portemos mal. Y nunca nos abandona. 

Jesucristo es el Hombre que todas las sufridoras necesitamos: el Salvador, el Príncipe Azul, el Don Juan, el Guerrero, el Caballero que nos rescata y nos lleva al palacio en el que seremos felices. Algunas pasamos años y años esperando su llegada.

Los relatos del amor romántico nos fascinan tanto como los relatos sagrados de las religiones: nos encantan las canciones, películas, poemas, novelas y cuentos que nos narran historias de amor y tragedias románticas. Las consumimos vorazmente porque son una drogas: nos evaden de la realidad un rato, nos entretienen, nos hacen sentir emociones fuertes y de gran intensidad, nos revuelven por dentro, nos traen la paz y avivan nuestra esperanza con sus finales felices.

Los finales felices nos recuerdan constantemente la existencia del paraíso romántico, ese lugar lleno de abundancia, felicidad, paz, armonía y amor. Así nos enganchan a la droga más potente, a la religión más patriarcal. Así nos mantienen muchos años de nuestra vida, buscando a nuestra media naranja, soñando con el amor verdadero, sintiéndonos incompletas o fracasadas, creyendo que teniendo pareja nunca más volveremos a sentirnos solas.

Para muchas de las mujeres que aman, el amor es un espejismo colectivo que puede resultar muy peligroso. Porque nos hace creer que para conseguir el amor tenemos primero que sufrir, y que el sufrimiento es una demostración de amor hacia el que nos hace sufrir, de manera que caemos en la trampa sin darnos cuenta de que el patriarcado nos quiere de rodillas. Necesita que la búsqueda de amor sea el centro de nuestras vidas, que el deseo de ser amadas nos vuelva dependientes y sumisas, y que pongamos a un hombre en la cúspide de nuestros afectos para entregarnos a él con total devoción, como si fuera un dios.

El modelo femenino a seguir que nos proponen en las películas románticas se parece tanto a la tradicional de la Virgen María: la enamorada es una mujer pura, inocente, bondadosa, altruista, entregada y leal que quiere y cuida sin esperar nada a cambio. Es una mujer que cree en su amado, que lo ama incondicionalmente, que sufre y se sacrifica por amor, que acompaña al héroe en su inmolación, que se olvida de si misma y se centra sólo en el amor.

Todas las religiones tienen su propia ideología y la imponen como normas sagradas a sus fieles. Y en el amor romántico todos los mandamientos están dirigidos a coartar la libertad de las mujeres y a garantizar la de los hombres, a ponernos de rodillas a nosotras, y a ellos elevarlos a un trono.

Por eso cada vez hay más mujeres ateas e insumisas ante la religión romántica: ya nos hemos hartado de sufrir, de rezar para que nos amen, de hundirnos en los infiernos, de pasar calvarios y pagar penitencias. Cada vez son menos las que viven esperando la llegada de Dios y soñando con el paraíso. 

Cada vez nos rebelamos más ante nuestro rol de mártires: lo que queremos es disfrutar, y relacionarnos con iguales. Ya no queremos vivir en un valle de lágrimas: nos hartamos de pasarlo mal, y renegamos de nuestro rol de mujer complaciente y sumisa que se entrega por completo sin pedir nada, o muy poco, a cambio. 

No queremos vivir esperando, no queremos relaciones basadas en la dominación o la sumisión, ya no creemos en el milagro romántico. 

Las ateas del amor romántico ya no podemos creer más en el mito romántico: ya sabemos que no está ahí la salvación, ni la felicidad, ni el paraíso. Las mujeres que ya no sufrimos por amor estamos fabricando las herramientas que nos permitan unirnos algún día a un compañero o compañera sin perder nuestra libertad y autonomía

Queremos construir relaciones igualitarias, sanas, sin dependencias, y basadas en el placer y la alegría de vivir.

Ya sabemos que para ser felices no hace falta sufrir. 

Lo que queremos es vivir bien, disfrutar del sexo, de los afectos, y del amor. Lo que buscamos no son dioses a los que idolatrar, ni salvadores que nos rescaten, sino compañeros y compañeras con los que compartir un trocito de nuestras vidas. 

Queremos vivir el amor y los afectos que nos rodean aquí y ahora: sin perder el tiempo esperando, sin dejarnos seducir por las promesas falsas del paraíso romántico, amando con los pies en la tierra, siendo prácticas y realistas. 

Nos quieren amargadas y deprimidas, nos van a encontrar disfrutando del amor. 
Nos quieren aisladas y enfrentadas entre nosotras, nos van a encontrar unidas y celebrando la vida. 
Nos quieren sumisas y esclavizadas al amor, nos van a ver libres y empoderadas. 
Nos quieren de rodillas, nos tendrán a todas en pie. 

Coral Herrera Gómez


En inglés: 



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Pasos a seguir para someter a millones de mujeres con la droga del amor romántico





6 de julio de 2019

Las heroínas que necesitamos: hay tantas alternativas a Disney


La alternativa a Disney es crear protagonistas femeninas insipirándonos en las heroínas de carne y hueso. La realidad está llena de ellas: supervivientes de la violencia machista, mujeres que de liberan de la trampa del amor romántico, mujeres que tejen redes de cooperación y ayuda mutua para salvar a su pueblo, mujeres de todas las edades, colores de piel, orientaciones sexuales, nacionalidades que luchan juntas por sus derechos, mujeres que cuidan y protegen a la Madre naturaleza frente a las multinacionales, mujeres que se rebelan a la ley del pater familias y salen de casa, mujeres que se atreven a desafiar las leyes injustas, mujeres que luchan contra la ablación, mujeres con voz que dan voz a las que no la tienen, mujeres que emigran cruzando continentes para huir de la guerra, la miseria y el hambre, mujeres que luchan por la diversidad, la igualdad y la libertad en movimientos sociales, mujeres que salvan a las refugiadas de una muerte segura en el mar, mujeres que se juntan para sacar a sus hijos de la droga o para buscar a sus nietas, empleadas domésticas y limpiadoras que triunfan en sus luchas, mujeres que se aman, mujeres que se juntan para demostrarle a las demás mujeres que podemos subir al Everest, cruzar el polo Norte, llegar a Marte o pilotar un avión con tripulación exclusivamente femenina. Heroínas hay millones: en todos lados hay mujeres luchadoras que a solas o junto a otras luchan por salir adelante y por un mundo mejor para todas y todos. Ellas son nuestro ejemplo a seguir, las referencias que necesitan las niñas para construir su identidad para que sepan todas que "para las mujeres sensibles, no hay misión imposible".

25 de junio de 2019

Las mujeres con las que nos comparamos

Gloria Steinem y Dorothy Pitman Hughes, con 40 años de diferencia 


Seríamos más felices si en lugar de compararnos con mujeres bellas nos comparásemos con mujeres luchadoras que trabajan duro para sobrevivir y para salir adelante. A las mujeres nos han educado para que estemos constantemente comparándonos con las demás, de manera que siempre nos medimos con respecto a mujeres con cuerpos de top model, mujeres millonarias, mujeres exitosas que han triunfado en la música, el baile o la interpretación y han encontrado el amor con un hombre de éxito. De esta manera, es fácil que nos sintamos siempre imperfectas, y más viejas, más gordas, más feas que las mujeres famosas que salen en la tele o inundan las portadas de las revistas o las vallas publicitarias. 

Pienso que si en lugar de compararnos con las famosas o con las mujeres bellas nos fijáramos en las mujeres de nuestro alrededor, nos veríamos muy parecidas a ellas. Por ejemplo, la amiga que desobedece los mandatos de género y se rebela a sus padres, la vecina que decide separarse de su maltratador y saca adelante a sus hijos sola, la compañera de trabajo que decide no soportar una situación de acoso y denuncia, la prima que se rebela a la tradición patriarcal y decide vivir la vida a su manera... 

Si nos fijamos en ellas, podremos admirar y sentirnos inspiradas por mujeres de carne y hueso, como por ejemplo las mujeres de nuestra familia que sufrieron la guerra civil y el terrible hambre de la posguerra en España, las mujeres migrantes de América Latina y África que cruzan las fronteras en busca de una vida mejor, las mujeres que huyen de las guerras y las hambrunas, las mujeres que se organizan y defienden los derechos de todas nosotras, las mujeres que ayudan a otras mujeres en redes de apoyo mutuo y solidaridad. 

Hay muchas mujeres valientes, trabajadoras, luchadoras a las que podemos admirar: defensoras de los pueblos indígenas, de la naturaleza y los animales, y las mujeres que luchan por la paz y los derechos de las mujeres. Pero apenas sabemos de ellas porque no están de moda, no aparecen en la tele, no tienen millones de seguidoras en redes sociales. 

Otras referentes femeninas son todas aquellas mujeres que están borradas de los libros de texto y aquellas que apenas salen en los telediarios: filósofas, escritoras, dibujantes, pintoras, músicas, poetas, astrónomas, matemáticas, químicas, médicas, biólogas, periodistas, deportistas, inventoras... hay muchas mujeres a las que podemos admirar por su inteligencia, su bondad, su rebeldía, su sensibilidad, su fortaleza, y por su capacidad para resistir día a día en situaciones de pobreza, marginación, exclusión y violencia. Porque tenemos mucho más en común con ellas que con las herederas millonarias que lucen sus cuerpos a bordo de un yate: todas estamos luchando y resistiendo día a día contra el patriarcado, cada una desde su trinchera, intentando sobrevivir y tratando de ser felices. 

Como el patriarcado nos quiere envidiosas y acomplejadas, hay que buscar referentes femeninos: nos hace mucha falta tener presentes a mujeres poderosas, a mujeres luchadoras, a mujeres que son invisibilizadas y que día a día hacen que este mundo sea un poquito mejor. También a nuestras niñas les hace mucha falta conocer a esas mujeres a las que admirar, porque necesitan ejemplos a seguir y modelos de mujeres que les inspiren en la construcción de su identidad y su feminidad. 

#MujeresAdmirables #MujeresLuchadoras #MujeresValientes #ReferentesFemeninos

24 de junio de 2019

El Mejor Regalo del Mundo



El mejor regalo del mundo que podéis hacerle a la gente que queréis es tiempo. Es lo que más feliz puede hacerle a tus amigas, a tus hijas e hijos, a tu compañera o compañero, a tu familia y gente querida, y a tus mascotas. Tiempo de calidad, tiempo para cocinar y comer rico, para conversar largas horas, para jugar, para hacer cosas que os gustan a ambas, para demostraros cariño con abrazos y sonrisas, para contaros los secretos, para recordar tiempos pasados, para soñar el futuro, para aprender juntas cosas nuevas, para bailar y divertiros, para hacer excursiones y viajar, para escuchar música, para cuidaros mucho mutuamente, para demostraros el amor que os tenéis, para compartir esos silencios maravillosos en los que no hace falta decir nada.

#TiempoParaElAmor #ElMejorRegaloDelMundo



23 de junio de 2019

Sexo y cuidados




Una pareja que funciona como un equipo y basa su relación en la cooperación, la solidaridad, y los cuidados mutuos disfruta más del sexo que una pareja en la que una sola persona asume la mayor parte del trabajo doméstico, de crianza y cuidados.

Es de sentido común: una pareja basada en la explotación de una de las dos personas es una relación injusta y desequilibrada en la que una tiene una situación privilegiada, mientras la otra trabaja para que su vida sea más fácil y más bonita.

Este trabajo no es gratis: la injusticia genera cabreo, rabia, amargura y resentimiento, que es más grande cuanto mayor es la situación de abuso.

Y el cabreo nos baja la libido a todas las mujeres, es así de simple.

Las mujeres hemos vivido durante siglos como siervas del Señor (del Padre, del Marido), pero nos estamos rebelando, en las calles, en la casa, y en la cama. Ahora sabemos que la mayor parte de las mujeres del planeta tenemos doble jornada laboral, y disponemos de menos tiempo libre que nuestras parejas, y estamos hartas. Los hombres solo tienen que cumplir con el mandato patriarcal de traer ingresos a la casa, las mujeres además de trabajar para obtener ingresos, tenemos que asumir todo lo demás: tareas domésticas, organización y administración del hogar, crianza de los hijos/as, cuidados a familiares dependientes y a mascotas, más todo el trabajo mental y trabajo emocional que supone llevar adelante un hogar.

Hay muchos hombres que "ayudan", pero no es suficiente: queremos compañeros con los que repartir igualitariamente el sostenimiento de la familia. Compañeros que luchan por los derechos y la igualdad de los hombres, y de las mujeres también, lo mismo en la fábrica que en el hogar. Compañeros solidarios, generosos y responsables que no necesitan someter a nadie para vivir como si fueran ricos en su propia casa.

Hoy en día, el reparto desigual de tareas es uno de los motivos principales para separarse o divorciarse, junto con la infidelidad. Las mujeres ya no asumimos nuestro papel de criadas-esposas: no queremos reyes en casa a los que cuidar y complacer, queremos compañeros, queremos amor del bueno.

Las mujeres estamos agotadas: nos dijeron que podíamos con todo. Y nos piden que seamos todo a la vez: tan buenas madres y amas de casa como nuestras abuelas, tan profesionales como nuestras madres, y tan modernas como nuestras hijas. Nuestras energías y nuestro tiempo son muy limitados, y el sexo requiere de ambos para que sea una experiencia gozosa. La única forma de conquistar nuestro derecho al tiempo libre y de combatir el cansancio es compartiendo las tareas con la gente con la que vivimos.

La sobrecarga de trabajo nos pone de mal humor, y la hormona del estrés nos anula la hormona del amor. Es así de simple. Cuanto mayor es el cabreo y el cansancio, menos ganas tenemos de disfrutar de una sesión de sexo. Cuanto más solidario es el compañero, más ganas tenemos de hacer el amor.

Es fácil de entender: cuanto más se implica un hombre en sus obligaciones y responsabilidades, más ganas dan de follárselo, de cogérselo, de disfrutarlo.

Es una regla muy simple: cuanto más se compromete y trabaja un hombre en todo lo que tiene que ver con la limpieza, el orden, la alimentación, el cuidado de las mascotas, la crianza de los hijos e hijas, la organización del hogar y de la vida familiar, más posibilidades tiene de tener una compañera feliz a su lado.

Cuanto más felices somos las mujeres, más ganas tenemos de revolcarnos entre las sábanas. Y es que no hay nada más excitante que tener a tu lado a un hombre comprometido. Una persona que te cuida y se cuida, que se comporta como un adulto, que no se siente superior a ti, y que no necesita a una mamá que le de ordenes y le diga lo que tiene que hacer.

Cuando no hay reciprocidad, no hay manera de quererse bien y de disfrutar del amor. Cuando una relación no está equilibrada, no hay forma de evitar el conflicto y las luchas de poder. Cuando hay conflictos permanentes, se nos quitan las ganas de besar, acariciar, abrazar y jugar con los hombres. Para poder tener buen sexo, hay que tener buena comunicación y mucha complicidad, y toneladas de empatía, generosidad, y solidaridad.

Cuando sientes con tu pareja el amor compañero, es mucho más fácil tener la casa llena de risas, besos, gemidos y jadeos.

Tomen nota, compañeros: no se trata solo de barrer o de fregar los platos cuando toca. Se trata de renunciar a los privilegios de la masculinidad, y de transformar la propia masculinidad: los más machos son los hombres más egoístas, abusadores y explotadores.  No podéis seguir haciendo como que no pasa nada: si pasa. Os tenéis que poner ya a trabajaros los patriarcados: para ser mejores personas, y para tener relaciones más placenteras y más divertidas con vuestras compañeras.

Haz la prueba: cuando te lo trabajas a fondo para quitarte el machismo que llevas dentro, cuando aprendes a cuidarte, a cuidar a tu pareja, a cuidar la casa que compartís, el deseo y el amor se multiplican. 

Verás cómo si te quitas la corona y te desnudas, si te comprometes con los cuidados, si aprendes a ser un hombre adulto con la misma responsabilidad que tu pareja, es más probable que ambos podáis disfrutar del sexo. 

11 de junio de 2019

¿Cómo contribuimos las mujeres a la transformación de las masculinidades?



Siento que las mujeres tenemos una influencia enorme sobre los hombres de nuestro entorno, y que tenemos cada vez más capacidad para transformar nuestro mundo a través de nuestras relaciones personales.

Muchas de nosotras estamos luchando en las calles y en las instituciones, pero todas estamos librando una gran batalla en nuestra cama, en nuestra casa, en nuestra familia, en el trabajo y en el vecindario. Cada vez aguantamos menos, cada vez cedemos menos, y cada vez decimos más lo que sentimos. Estamos destronando a los reyes, y desmitificando la masculinidad patriarcal y el amor romántico, que es lo que más nos somete hoy en día porque nos vinculamos emocionalmente a ellos. Nos estamos quitando la venda de los ojos, estamos despertando, nos estamos hartando. Muchas nos estamos trabajando los patriarcados: ya estamos más que hartas de sufrir.


Yo siento que somos cada vez somos más las que tenemos ganas de disfrutar del amor y de la vida, y que estamos aprendiendo a querernos y a cuidarnos mejor. Las mujeres heterosexuales estamos llevando a cabo una lucha tremenda para compartir igualitariamente los cuidados, la crianza y las tareas domésticas. Ya no nos resignamos a asumir la doble jornada laboral, ni aguantamos malos tratos como antes, y esto está teniendo un fuerte impacto en los varones, que van perdiendo sus privilegios a medida que nosotras vamos ganando en derechos y a medida que nos empoderamos personal y colectivamente.


Todas estamos, de una forma u otra, rompiendo los esquemas y haciendo frente al machismo, el egoísmo y la deshonestidad de los compañeros y de los hombres de nuestra familia. Creo que estamos haciendo pensar mucho a los hombres con los que nos relacionamos día a día. A veces lo hacemos por solidaridad, de forma pedagógica, otras veces tenemos que imponernos para poder negociar las formas en que nos relacionamos con ellos. Todas de alguna forma u otra, vamos aportando a la transformación de las masculinidades, ya sea desde la ternura y la solidaridad, ya sea en las batallas nuestras de cada día.


Hay pocos varones que se trabajan los patriarcados, pero haberlos haylos. Yo trabajo con algunos en mis talleres presenciales o del Laboratorio del Amor, y la mayor parte me cuentan que empezaron a trabajarse el amor romántico cuando trataban de salvar su relación amorosa. Son las parejas, las ex o las amigas las que ponen límites, las que logran confrontarles y hacerles pensar, y son las que les orientan cuando quieren empezar a leer sobre Feminismo y Masculinidades.


Son ellas las que compran mi libro de #HombresQue para regalárselo a ellos, y cuando llegan al Laboratorio, ya hablan nuestro idioma. La mayoría se vuelca en el trabajo colectivo que hacemos en los cursos mixtos, aunque no todos participan al mismo nivel. Los más afortunados han pasado muchas horas hablando con el sobre el patriarcado, el feminismo y el amor romántico con ellas, aprenden a conversar mezclando las vivencias personales con la política, y algunos de ellos también se reúnen con sus amigos para currar en el tema.

Casi todos ellos reconocen que por si solos no habrían empezado a trabajarselo, aunque desde hacía años se sentían en crisis con su masculinidad y sus relaciones con las mujeres. Y agradecen en voz alta el haber tenido a su lado una mujer con paciencia que les introdujese en el mundo del feminismo. Y es que aunque no nos demos cuenta, las mujeres tenemos una gran influencia en nuestros hijos, padres, hermanos, amigos, alumnos, profesores, jefes, compañeros de trabajo y parejas. Vamos sembrando poco a poco en los hombres de nuestro entorno la semilla de la rebeldía contra el patriarcado.


Creo que las mujeres no somos conscientes del poder que tenemos: pienso que si fuésemos más selectivas a la hora de emparejarnos, si fuésemos capaces de abandonar las relaciones que no nos hacen felices, si le concediésemos menos importancia a los hombres, si nos quisiésemos más entre nosotras, si lográramos desengancharnos de la droga del amor, si aprendiésemos a decir no y a poner límites, si pudiésemos tener otros sueños, otras metas, otra relación con los hombres...


Si lográsemos liberarnos de la necesidad de amor, y la necesidad de ingresos, cambiaría radicalmente nuestra forma de relacionarnos con los hombres, y entonces ellos se lo tendrían que trabajar mucho todos para estar a nuestra altura. Y así es como se pondría de moda el tema de las masculinidades: por la insumisión feminista ante el amor, y nuestra rebeldía ante el rol de cuidadoras que nos ha tocado ejercer sin obtener cuidados a cambio.


Si el mundo se llenase de mujeres cuidándose a sí mismas y entre sí, enfocadas en su bienestar y su placer, y en el de las compañeras, el mundo sería muy diferente. Si las mujeres fortaleciésemos nuestras redes de autodefensa y apoyo mutuo, tendríamos mucho más poder.


Si pudiésemos liberarnos todas de la droga del amor romántico para tener una buena vida y no perder las energías y el tiempo en sufrir por amor, entonces los hombres patriarcales se quedarían solos y desfasados. Y probablemente, muchos de ellos enfadados, dolidos y frustrados.


Creo que sólo así, algunos empezarían a buscar la manera de encontrar su identidad masculina lejos de los mandatos patriarcales, y a explorar nuevas formas de relacionarse con nosotras, renunciando a sus privilegios y su posición de poder. Aunque sólo fuese para poder ligar, los hombres tendrían que espabilar. Disminuirían mucho las relaciones de abuso y explotación, y la violencia machista: si los hombres quisiesen cuidar las relaciones que tienen con nosotras, tendrían que hacer un trabajo enorme de deconstrucción y transformación personal y colectiva.


Por la parte que nos toca, tenemos que dejar de aguantar y de complacer a los hombres que no se lo trabajan. Nosotras ya llevamos años en ello: o se ponen ya, o se quedan atrás.

Si los hombres quieren unirse a la lucha por la igualdad y si quieren disfrutar del amor, que se lo trabajen a fondo y empiecen a leer, a conocerse mejor y a hacer autocrítica, individual y colectivamente. Necesitamos un cambio urgente en las masculinidades. Nosotras ya no queremos esperar, ni podemos aguantar más: queremos hombres trabajados a nuestro lado, queremos compañeros con capacidad para hablar y para trabajar la autocrítica. Tomen nota, señores, y empiecen ya, que el tren se va.



#OtrasMasculinidadesSonPosibles #HombresQueYaNoHacenSufrirPorAmor


Coral Herrera Gómez



9 de junio de 2019

Para las mujeres hipersensibles no hay misión imposible



Antes me daba vergüenza reconocerlo, y trataba de disimularlo. Ahora siento que ser hipersensible no es un defecto, sino más bien una virtud. Mis amigas me lo reprochaban mucho: desde pequeña he tenido una nula o escasa tolerancia a la violencia y al sufrimiento humano, y conforme fui creciendo, esta intolerancia ha ido aumentando. Desde que me quedé embarazada la sensibilidad ha ido a más, pero ahora me siento orgullosa de ser tan intolerante con el sufrimiento humano y animal. Gracias a mi sensibilidad, siento aún rabia e indignación ante las injusticias y la violencia, y siento empatía y solidaridad hacia la gente, y sigo queriendo luchar por un mundo mejor.

En la adolescencia no soportaba la realidad conforme me iba acercando a ella: a medida que me iba dando cuenta de cómo funcionaba el mundo, me resultaba cada vez más violento.La pobreza y la riqueza extrema me parecieron tremendamente violentas cuando tomé conciencia de la terrible injusticia que supone que unos pocos hombres blancos puedan acumular toda la riqueza del planeta. No podía creerme que existieran personas en el mundo incapaces de gastar su riqueza porque no tienen manera de hacerlo: es tanto el dinero que tienen que ni ellos ni sus descendientes, aún viviendo a tope, podrían gastarlo. Su forma de acumular recursos y poder me parecía tan obscena, que no podía comprender cómo no sólo no se avergüenzan, sino que se sienten orgullosos por acaparar tanta riqueza, y tienen millones de admiradores por el mundo. Ninguno parece sentir remordimiento de conciencia, supongo que porque la caridad les alivia el sentimiento de culpa.

Soy de esas personas que no soportan ver una pelea en el patio del colegio o en la calle. Mi dolor aumenta si al espectáculo de la pelea acude la gente a mirar fascinada, y a animar a uno de los dos contrincantes. No comprendo cómo la gente disfruta tanto viendo a un ser humano golpear y matar a otro ser humano delante de sus ojos, y cómo nadie se lanza a separar a la gente que se pelea. Tampoco la gente suele lanzarse a defender a alguien que está siendo agredido: ni siquiera cuando vemos a padres y madres maltratar, humillar o golpear a sus criaturas. A mí siempre me han dicho: "No te metas, no es asunto tuyo", pero sufro lo indecible viendo cómo los animales y las personas más vulnerables sufren delante de mis ojos.

Desde que me quedé embarazada, hace más de tres años, no puedo ver películas o series de televisión en las que la mayor parte del tiempo los protagonistas buenos y los malos están apuñalando, rajando, violando, torturando, golpeando, o tiroteando a sus enemigos. No es sólo que no me gustan, es que me duele y me resulta incomprensible que los humanos no sepamos crear historias de acción sin recurrir a la violencia. Lo más impresionante es que también en los dibujos animados se utiliza la violencia para resolver conflictos: los super héroes de nuestros hijos son casi todos asesinos y torturadores a los que identificamos como "los buenos", pero poco se distinguen de "los malos", en realidad. Así que se me ponen los pelos de punta viendo a los niños jugar con muñecos asesinos y dormir con edredones de asesinos.

No puedo ver vídeos de youtube que la gente comparte en redes sociales con peleas entre hombres, entre mujeres, entre pandillas. Ni siquiera puedo ver los videos de palizas y asesinatos que se usan para denunciar la violencia, y por supuesto jamás los comparto.

Me resulta insoportable pensar que hay gente que paga para ver animales peleando hasta la muerte, entre sí o contra seres humanos, en plazas de toros, en circos, en rings donde ponen a pelear a perros o gallos. Soy una antitaurina convencida: para mí la tortura no es arte, y lo paso fatal con las noticias en las que nos cuentan cómo se tortura a los animales en las fiestas tradicionales españolas.

No me hacen gracia los chistes racistas, machistas, gordofóbicos, homófobos, ni en general las bromas sobre cojos, sordos, ciegos, o personas sin movilidad. No soporto pensar en las novatadas ni las bromas crueles que sufren los niños y niñas más sensibles y más vulnerables en las instituciones educativas. Tampoco puedo ver vídeos en los que los bebés sufren accidentes y se hacen daño, y me parece extremadamente cruel que le añadan risas enlatadas mientras los niños y las niñas lloran de dolor, o lloran por el susto. No entiendo las risas que genera en la gente ver a niños golpeándose con furia, no comprendo cómo no les conmueve el sufrimiento de los más débiles, y me llena de rabia este mundo tan deshumanizado.

No soporto que las madres y los padres dejen llorar a sus bebés: me parece uno de los actos de violencia más crueles del mundo. El llanto del bebé es tan fuerte porque cumple una función de superviviencia: suena así para que ningún adulto o adulta pueda ignorarlo. No acudir a consolar a un bebé es una de las cosas más antinaturales que existe: la gente "normal" no puede soportarlo. Por eso los libros que te invitan a dejar llorar a tu bebé para que se resigne, se acostumbre y bloquee sus emociones me parecen super violentos también.

Hay cosas que sólo de pensarlas me hacen llorar: la violencia que sufren las mamás en los partos. Los comentarios despreciativos que reciben del personal sanitario, el trato vejatorio, las humillaciones y los insultos que reciben cuando gritan de dolor o cuando exigen información o respeto por sus derechos fundamentales. La falta de sensibilidad del personal de enfermería y de los doctores y doctoras me duele en el alma, pero lo que me desgarra por dentro es que nada más nacer, todos los hospitales separen a las crías de su madre.

Para mí la separación de bebés recién nacidos de sus madres es una demostración de poder fascista: en cuanto nacemos nos enseñan quién manda en nuestros cuerpos, quién tiene el poder sobre nuestras vidas y nuestras emociones. Los primeros minutos y las primeras horas de vida son cruciales para cualquier cachorro animal, y estar lejos de la fuente primaria de calor, protección y alimento daña nuestro cerebro y nuestro sistema emocional para siempre.

Lloro viendo a los niños en sus primeras semanas de guardería, cómo son capaces de llorar todo el día desconsolados buscando a sus mamás y papás, y cómo algunos se resisten con rebeldía a acostumbrarse a su ausencia durante ocho, diez o doce horas cada día. Lloro pensando en las mamás y papás que no pueden quedarse a cuidar a su bebé cuando tiene fiebre y se siente mal y necesita brazos y mimos.

Lloro cuando pienso en el castigo que sufren las personas migrantes que son separados de sus hijos e hijas: me parece una forma de tortura atroz e inhumana. No comprendo la forma en que hemos normalizado la violencia contra los niños y las niñas, y entre ellos mismos: los regañamos para que no monten escándalo, pero no les enseñamos a tratarse bien y a respetarse. Aún son muchos los profesores y profesoras que no hacen nada ante los casos de bullying en el colegio, porque les parece "normal" que un alumno o alumna tenga que vivir un infierno por culpa de la crueldad que los demás aprenden en sus hogares y que reproducen en las escuelas.

No comprendo cómo los padres y las madres envían a sus criaturas a colegios de curas, a conventos o seminarios sabiendo que hay una red de pederastia mundial en el seno de la Iglesia Católica que ha destrozado ya la vida de millones de personas. Leo los testimonios de los niños y niñas violadas hace treinta años, y no comprendo cómo nadie hace nada para proteger a todos los que están sufriendo violaciones en estos momentos.

Lo mismo me pasa con los malos tratos que sufren los ancianos y ancianas en sus casas y en las residencias en las que viven, los malos tratos que sufren los animales domésticos y el ganado, y cuando pienso en la cantidad de animales que viven permanentemente enjaulados mientras engordan y se hinchan, antes de ser enviados al matadero. Tampoco disfruto en los zoos ni en los lugares en los que se exhiben animales encerrados para que los niños se diviertan.

Sufro con las torturas a presos y presas en las cárceles, con los ataques que sufren lesbianas, homosexuales y transexuales en las calles, con las muertes diarias de inmigrantes en el Mar Mediterráneo, con el hambre y el miedo que pasan los refugiados en sus travesías, con las muertes de ballenas y peces que comen plástico, con la matanza de elefantes para comerciar con sus cuernos.... y sufro mucho con la indiferencia de la gente.

Yo sé que todos intentamos insensibilizarnos para poder hacer vida normal, y sé también que a mucha gente no identifica la violencia como tal, porque está normalizada en nuestra cultura y forma parte de la sabiduría popular: "para crecer hay que sufrir", "para aprender hay que sufrir", "para estar guapa hay que sufrir", "para que te quieran hay que sufrir", "quien bien te quiere te hará llorar", "que llore mucho que así se le ensanchan los pulmones", "que se acostumbre a sufrir que la vida es muy dura", "llora para manipularte, ignoralé", "tiene mamitis", "no le cojas en brazos que se acostumbran".

Sufro pensando en todas las mujeres que sufren "por amor": en todo el planeta el amor romántico sirve para mantener a las mujeres sometidas, ejerciendo de criadas, y a menudo en relaciones de malos tratos y violencia. Son millones las que aguantan pensando que amar es sufrir, que amar es sacrificarse, que amar es aguantar violaciones, abusos, explotación y tratos degradantes, y siempre pienso en cómo podríamos cambiar los cuentos que nos cuentan para engañarnos y para lograr que pasemos toda nuestra vida sufriendo por la falta de amor, o por la decepción que sentimos cuando nos damos cuenta de que el amor no nos hace felices.

También sufro con las guerras y el maltrato en redes sociales: me retiro de cualquier conversación en la que la gente que debate sobre algún tema que me interesa o me apasiona empieza a insultar y a hacer comentarios despreciativos a sus "adversarias" o "adversarios" para ganar el "combate". No sólo me duelen los trolls que atacan en grupo a una compañera feminista, también lo paso fatal con las guerras que se desatan entre ellas en facebook y en twitter.

Cada día leo en mi muro sobre violaciones, torturas y asesinatos a mujeres y a niñas, y sigo sin comprender cómo la gente lo ve como casos aislados, y cómo hay gente capaz de negar esta violencia diaria y sistemática: el negacionismo también me parece super violento, y super peligroso.

Pienso mucho en las niñas pobres, en las niñas pobres racializadas, en las niñas pobres con discapacidades, en las niñas pobres lesbianas, porque siento que sobre ellas se descarga toda la violencia del mundo: sufren violencia en sus hogares, en las escuelas, en los hospitales, en las fábricas, en los prostíbulos. Son el blanco de todo el odio del mundo, y son las más vulnerables del planeta, porque no sólo son mano de obra barata, sino también objetos que se compran y se venden en el mercado sexual. Ellas son las que menos derechos tienen, las que más sufren en el mundo, y las que menos nos importan a todos.

También pienso en todos los adultos que están intentando curar sus traumas de la infancia, en la gente que sobrevive a los abusos sexuales y en la gente que se suicida porque no encuentra el modo de convivir con un dolor tan profundo y tan eterno. Pienso en todas las víctimas del capitalismo y el patriarcado, en todas aquellas que se quitan la vida porque no pueden soportar tanto sufrimiento emocional y psíquico.

Sufro pensando en todas las personas que están fuera del sistema productivo, en toda la gente que no ha podido insertarse en la sociedad porque al capitalismo le sobra personal: tiene demasiada mano de obra barata. Pienso en la gente que está "castigada" en casa sin hacer nada, sin poder aportar nada a la sociedad, alejados del consumo, y aislados social, económica y emocionalmente. Pienso también en los que han acabado en la calle, en la gente que no es apta para el sistema por su hipersensibilidad y vulnerabilidad, y por sus problemas de adaptación a un mundo enfermo, cruel y durísimo. Pienso en la gente que pierde su salud mental por culpa de la marginación y el aislamiento, y en lo desprotegidas y abandonadas que están.

Hay días en los que me lleno de rabia e indignación, pero otros días lo que siento es dolor, un dolor que surge de lo más profundo de mi ser y me desata en llanto. En la infancia sufrí muchas burlas por esta sensibilidad extrema, y por mi radical pacifismo, pero con el tiempo fui conociendo a mucha gente que tampoco soporta el sufrimiento y la violencia. Así fue como empecé a admirar y a seguir en redes a animalistas, ecologistas, feministas, antimilitaristas, pacifistas, antiespecistas, activistas por los derechos humanos y la Naturaleza que están dedicando sus vidas a sensibilizar a la gente, a acabar con el sufrimiento de millones de personas y animales, y a hacer de este un mundo mejor.

Ahora ya no me avergüenzo de mi hipersensibilidad porque creo que no es exagerada. Me siento orgullosa de no vivir anestesiada, de no vivir de espaldas a la realidad, de sentir todavía indignación y rabia ante la injusticia y de poder sentir empatía hacia los demás seres humanos, animales, árboles y plantas.

Ahora sé que no es que yo sea una exagerada, lo que es exagerada es la normalización de la violencia, la insensibilidad ante el sufrimiento humano, la falta de solidaridad ante la gente que sufre. Así que no me siento anormal: creo que gracias a mi capacidad para sentir empatía e indignación ante el sufrimiento humano y animal, soy mejor persona.

Creo que esta capacidad es lo que me permite analizar el mundo, y escribir. Porque al final a esto me dedico casi a diario en redes: a intentar sensibilizar a la gente, a desmontar las ideas sobre lo necesario que es sufrir para aprender, a sacar a la luz la crueldad del sistema en el que vivimos y que se ceba en la gente más débil y desprotegida, a mostrar que hay otras formas de organizarse, de relacionarse y de quererse. Hay días en que mis niveles de fe en la Humanidad están bajo cero, y otros en que me animo cuando veo que hay tanta gente luchando por un mundo sin sufrimiento, sin explotación y sin violencia. Gente hipersensible que no puede permanecer indiferente y que lucha día a día por construir una sociedad mejor para todos y todas. Esa gente a la que quiero parecerme. Esa gente.


Coral Herrera Gómez

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