Foto de la Concha. Extraída de la web de la Asociación de vecinos de Aluche (A.V.A).
Desde que mataron a Alvaro Ussía ahora la Comunidad de Madrid se ha "puesto las pilas" y se está dedicando a cerrar discotecas, como si esa fuera la solución para acabar con la violencia mafiosa de los porteros. Los dueños de las discotecas de esta ciudad han hecho (y seguirán haciendo) sus
trapicheos; por eso
necesitan matones que protejan sus garitos. En los garitos la gente consume, bebe y baila, y en los cuartos privados, zonas vip y demás anexos se desarrollan los negocios más turbios de la ciudad, especialmente prostitución y drogas. El local que paga todos sus impuestos no suele tener problemas. Cuando digo
todos, me refiero también a la cantidad que hay que pagar a la policía; quien no lo hace sabe que los registros, redadas y multas van a ser constantes.
A los bares y las discotecas obviamente no les interesa que la gente beba en la calle, por lo que se reúnen con la alcaldesa-presidenta (la
tremenda Doña Espe) para que ella les prometa que va a acabar con la costumbre del Botellón. Empresarios y políticos se ponen de acuerdo, una vez más, para obligar a la gente a divertirse en las zonas que ellos consideran oportunas (o sea, en sus garitos). Para divertirse en ellos hay que consumir obligatoriamente, o pagar una entrada. En esas zonas no se van a urdir rebeliones callejeras, ni protestas sociales masivas, porque el volumen está tan alto que la gente no puede comunicarse si no es en los baños y a grito pelado. El mundo discotequero, además, tiene un aire a veces irrespirable, porque está lleno de humo y suelen tener un aforo trucado, es decir, se deja entrar a más gente de la que cabe, todo por la pasta. Y precisamente eso es lo peor: que
ir de garitos es caro, muy caro. para el bolsillo y para la salud, porque adulteran la bebida para ganar más de lo que ganan. Los bares se ven beneficiados cuando la policía la emprende a hostias con la juventud y les hace entrar en estos templos del ocio. Pero, como el pez grande se come al chico, a las 3 de la mañana en punto todo el mundo tiene que salir de los bares para encaminarse a las discotecas o a su casa. Simplemente porque las discotecas pagan para cerrar hasta las 6; de hecho, hacen su agosto de 3 a 6. Los que pagan desde las 6 de la mañana en adelante son
afterhours donde se mueve lo
mejorcito de la noche madrileña (es decir, quien tiene un
afterhour se las tiene que apañar como sea para poder pagar los impuestos de la Espe; para ello se dedican a actividades similares a las discotecas, pero con mayor intensidad y menos
glamour).
Así que visto este estado mafioso de la noche madrileña,
yo abogo por la práctica del Botellón. Yo lo he hecho durante todos estos años y sus ventajas son:
- es mucho
más barato que tomar copas.
-estar al aire libre con espacio para moverse, corretear y hacer ejercicio
es más sano que respirar el humo de los garitos.
-
sabes lo que bebes porque lo compras tú (el
garrafón indecente que te ponen en las discotecas te deja una resaca terrible, es como beberse el alcohol de curar heridas y provoca diarreas tremendas).
- puedes charlar con una
gran cantidad de gente, y vivir la experiencia de compartir con tus amigos y amigas horas y horas de conversación, de plantear proyectos, de contar historias y de planear aventuras..
- en el Botellón te da tiempo a conocer gente, a pelearte, reconciliarte, bromear, hacer confidencias, resolver problemas, animar a la gente...
-
nadie te impone la música que quieres escuchar, y quien quiera puede bajarse instrumentos musicales y tocarlos en plena calle, lo que supone no solo que se diviertan tus amigos, sino cualquiera que quiera escucharte.
- en la calle también se puede cantar y bailar, y comprobar cómo
la alegría es contagiosa cuando hay más gente a tu alrededor.
- se puede jugar, saltar, correr, trepar, esconderse, hacer malabares, hacer el gamba, expresarse y besarse.
- en el caso de los lugares donde todo el mundo hace Botellón,
es un sitio de encuentro, como lo que era antiguamente la plaza del pueblo donde la gente se veía y se relacionaba.
Mi grupo siempre se reunía en La Concha, un escenario de piedra que imitaba a una ola y que nos protegía de los vientos helados del norte y las lluvias invernales y primaverales (ver foto arriba). Nosotros la llamábamos La Madre Concha, porque era testigo de nuestros miedos, nuestras ilusiones, nuestras borracheras, nuestros secretos más íntimos, nuestros amoríos y nuestras peleas. En ella celebramos cumpleaños, navidades, fines de exámenes, y todo tipo de eventos sociales. Cierto que pasamos muchisimo frío, pero no nos íbamos a los bares hasta las 2 o las 3, cuando nos dolía el cuerpo y lo sentíamos entumecido; cuando ya no podíamos más. Prometo hablar del asunto Concha más adelante, para explicar como derribaron un espacio público importante para el barrio sin consultar, ni avisar, ni explicar por qué. Yo lo achaco precisamente a ese uso por parte de
l@s vecin@s jóvenes, que lo usábamos para improvisar conciertos o debatir hasta altas horas de la madrugada, muriendonos de frío porque no teníamos otro sitio donde ir (a excepción de los bares).
Esta es la No-Concha, en la actualidad. Su destrucción ha dejado un gran vacío en el barrio.
Algun@s de mis
amig@s quedaron con reúma o artritis de aquellos tiempos, y yo siempre me pregunto, ¿por qué no se habilitan espacios sociales para que la gente se reúna para divertirse o para implicarse en proyectos sociales o artísticos sin que tenga que pagar por ello o sin que se le imponga la música que ha de escuchar?. De ahí la necesidad de los centros sociales okupados, que se sitúan al margen de ese ocio impuesto y borreguil que inunda los barrios más
cool de Madrid. En Moncloa, en Chueca, en Huertas, en Malasaña y Latina se ven
hordas de gente saliendo a la hora marcada por los poderes políticos y económicos, y entrando en discotecas en las que hay que pagar, o bien yéndose a casa si no tienen más pasta.
Madrid en primavera y verano es una ciudad increíble para estar, pasear, beber, reunirse o celebrar eventos en la calle. Pero
en invierno es muy duro pasar tantas horas a la intemperie, aunque estés jugando con tus amigos, bailando o moviendote sin parar. Y para colmo de males, la señora Aguirre de vez en cuando saca a los policías y los pone en la calle como en aquella época en que una reunión de más de tres personas era disuelta sin contemplaciones. También va la prensa, que apoyando esta labor, muestra a la mañana siguiente fotos de jóvenes vandálicos ejerciendo la violencia contra la
santa policía.
Se presenta a la juventud como violenta pero no se cuenta que es la policía la encargada de vaciar las calles, de meter a la gente en los antros aunque sea a porrazo limpio. Tampoco se habla del acoso policial que sufrimos constantemente en los parques y lugares públicos: se nos pide constantemente el DNI para amenazarnos; pero yo siempre pienso con ironía que tendrían que emplear su tiempo y energía policial a detener a la cantidad de sinvergüienzas de este país que utilizan sus cargos políticos, económicos y mediáticos en beneficio propio, para enriquecerse.
Me sentiría más segura si la policía en lugar de cortar el rollo a la gente humilde en su escaso tiempo de ocio, se dedicase a detener ladrones, banqueros, empresarios, estafadores y políticos corruptos, que sí que constituyen un verdadero peligro para la ciudadanía.
Al fenómeno del Botellón va unida una gran polémica. Primero porque los medios no sacan a la gente que se pone hasta arriba de alcohol y drogas en las discotecas;
nunca veo a las niñas peperianas con pendientes de perla salir en la tele perdiendo el control de sus actos y esfínteres. Tampoco sacan a los ejecutivos que se ponen finos de lo mismo, ni a las parejas de cincuentones y sesentones que fiestean en garitos de lujo; tampoco se habla mucho del uso de la cocaína en el Congreso de los diputados. En cambio, los medios crean alarma social entre los padres y apelan a su miedo más irracional porque presentan a sus hijos en un estado etílico avanzado y solo sacan a los que hacen el imbécil delante de la cámara o a los que cometen actos vandálicos para presentar a toda la juventud
echada a perder (solo la juventud que se divierte fuera de los centros especializados de diversión, no los
niñat@s que se divierten en Pachá pero pagando mucho más que los de la calle).
El Botellón como fenómeno sociológico es de origen español, y se ha convertido en una moda juvenil que se exporta a otros países. En Sudamérica, sin embargo, se bebe y se celebra en la calle desde siempre, y no está penalizado. Aquí se ha intentado ilegalizar, pero como siempre el poder económico es más inteligente que el político y muchas empresas se han apuntado a la organización de
macrobotellones, que surgieron de modo espontáneo hace unos años en diversas ciudades del Estado español
sin otro objeto que el de divertirse en espacios abiertos. En muchos casos fueron patrocinadas por multinacionales que vieron rápidamente el modo de hacer su particular
agosto (
si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma. O también:
si no puedes contra ellos, uneté a ellos).
Cuando la práctica del Botellón deja de ser libre y gratuita, y pasa a ser cosa de ayuntamientos y dueños de marcas de bebidas alcohólicas, la cosa pierde su gracia. Yo estoy a favor de que se habiliten baños, contenedores de plástico y vidrio, y ambulancias como en los conciertos, pero el encanto del botellón es siempre su carácter de encuentro local y libre. Es maravilloso que la gente se reúna de forma masiva para festejar cualquier cosa (
aunque mejor nos iría si nos concentrásemos tanta cantidad de gente para defender nuestros derechos o para protestar por la mierda de futuro que vamos a heredar de los adultos).
El debate en torno al Botellón en realidad nos lleva a otro mucho más profundo, que es
por qué los jóvenes beben alcohol y se pillan tamaños pedos etílicos. A la gente le
preocupa mucho el tema, pero los jóvenes beben desde siempre, simplemente porque es una costumbre social. En nuestro país todo el mundo celebra cualquier evento (nacimientos, partos, cumpleaños, bodas, separaciones, reuniones de negocios, comidas de empresa, aprobados y suspensos, fines de curso y de carrera, fin de año, navidades, festividades religiosas y fiestas locales, etc.) bebiendo alcohol, porque es una droga legal y no está mal vista. Sólo se critica cuando se bebe fuera de los lugares autorizados para celebrar y reunirse, porque evidentemente
con los botellones pierden todos: los baresy las discotecas, y el ayuntamiento que cobra licencias e impuestos. También pierde el poder policial, que considera amenazante y/o peligroso que la gente joven se una en grandes masas por el peligro que supone tener a miles de personas en estado de embriaguez. Se teme la euforia y la rabia colectiva, y se
prohíbe su expresión porque normalmente se prefiere reprimir a la gente en lugar de proporcionarles lugares y circunstancias en las que puedan protestar, reflexionar, debatir, construir y dar rienda suelta a su rabia, su destructividad, su inconformismo y su frustración. Los jóvenes necesitamos espacios abiertos en los que comunicarnos, encontrarnos, rozarnos, organizarnos, y expresarnos; y sí,
el alcohol no es nada revolucionario, sino más bien un anestesiante, un instrumento de evasión. Pero reconozcamoslo: todo el mundo necesita divertirse, entretenerse, evadirse y sobre todo, relacionarse, y los jóvenes los que más. Y, repito, el alcohol se ingiere en todas partes; no apliquemos la doble moral que aprueba unos usos y condena otros.
Otro problema que esgrimen los enemigos del Botellón es la basura que generan. Es cierto que mucha gente que hace Botellón deja su mierda esparcida; pero no lo hace todo el mundo.
Nosotr@s, por ejemplo, recogemos siempre botellas, bolsas y residuos (y siempre hemos reciclado el vidrio y el plástico). También he de reconocer que hay determinados barrios con un problemón de tipo olfativo, como es el caso de Malasaña, que huele a pis que echa para atrás.
Se solucionaría el problema habilitando baños portátiles, como se hace en la ciudad de Córdoba desde el año 2005, ya que en los garitos no dejan mear a la gente. Pero la política de la comunidad y del ayuntamiento madrileño es que los vecinos se cansen de los jóvenes y que
los medios criminalicen a la gente que no puede ni quiere divertirse en las discotecas. Luego los asesinatos y las peleas suceden siempre en los entornos de las discotecas y los bares, y precisamente a cargo de estos matones cargados de farlopa. Que la gente esté borracha y encerrada entre cuatro paredes puede ser mucho más peligroso que la gente moviendose con libertad y con suficiente espacio para relacionarse. Probablemente este encierro agobiante sea la causa de las tensiones entre los grupos (tensiones casi siempre motivadas por la falta de espacio) y la cocaína que circula por ese espacio. Pero
las campañas mediáticas contra el Botellón han sido continuas, y siguen presentando como peligrosa a la gente que decide libremente cómo pasar su tiempo de ocio. Es una especie de doble moral: en España todo el mundo bebe pero que los jóvenes beban donde ellos quieran se presenta como un problema de orden público. La
farlopa es una droga muy común entre los adultos (políticos, empresarios, currelas, etc.), pero se pone el grito en el cielo con los porros que se fuman en los Botellones.
Yo creo que se debería de encarcelar a los dueños de las discotecas que adulteran el alcohol, poniendo en peligro la vida de la gente, y que deberían además hacer controles sobre los compuestos químicos que provocan tanta euforia en los garitos de moda.
También reivindico la calle, los conciertos gratuitos al aire libre, las performances que la gente hace de manera espontánea en lugares públicos, los espacios liberados de la especulación, las fiestas populares de los barrios (
fiestas que Doña Aguirre prohíbe cuando le sale del nanai), la música en directo, y la libertad de moverte por la ciudad, de expresarte en ella... de conocerla, pasearla, fotografiarla, y vivirla de un modo colectivo.
Más info:
Botellón en Wikipedia
Un español exporta el botellón a Suiza Manifiesto pro-Botellón de Robe Iniesta (página de Extremoduro).