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1 de noviembre de 2012

La magia del amor: el colocón del romanticismo





El amor romántico o pasional es una experiencia extraordinaria, una borrachera de emociones placenteras, un hechizo que nos atrapa y nos encanta, una droga que nos atonta, un cuento que nos han contado, un teatrillo donde se desarrollan encuentros y desencuentros fatales, y romances de película. 






El amor es extraordinario porque es misterioso, es mágico, y lo sentimos irracional e instintivo, como algo situado más allá de nuestra capacidad para razonar. Nos enamoramos pocas veces en la vida y cuando ocurre nos sentimos invadidos por una oleada de metanfetaminas naturales que, o bien nos otorga una gran lucidez mental o bien nos enajena como a los alcohólicos o los drogadictos. Este cóctel molotov de drogas duras es una mezcla de adrenalina, serotonina, oxitocina, dopamina, etc que trastoca nuestro comportamiento, determina nuestras decisiones y revuelca toda nuestra rutina, nuestras costumbres y creencias, nuestros prejuicios, nuestros miedos, nuestros deseos. 

El amor es  una condensación de mitos que circulan por el espacio colectivo, pero también un cúmulo de emociones potentes que nos cambian la vida, a veces de un modo radical. El amor es una energía transformadora, pero está mitificada porque la sentimos como una energía salvadora, cargada de falsas promesas. 

Es una utopía colectiva posmoderna, y a la vez es un sentimiento universal. El romanticismo tiene mucho que ver con la necesidad de compañía, del miedo humano a la soledad, nuestra necesidad de idolatrar a otros semejantes. Al amor le pedimos que nos de intensidad, pero que sea eterno, que sea bonito, pero que sea también conflictivo, que sea pasional, pero que nos de estabilidad. 






El amor es, también, un arte, como dijo Erich Fromm (1959), pero por ello precisamente el amor es un bien escaso en la Era de la Soledad. Pocos le dedican el tiempo y el espacio que requiere entrenarse para el amor, pocos se dedican a cuestionar las estructuras amorosas que hemos heredado, pocos le dedican energías a pensar en el amor y a trabajar por hacerlo más bonito. Lo que hacemos es buscar mitos fantasmales y decepcionarnos continuamente porque no queremos a los demás tal y como son, sino más bien como querríamos que fuesen. 

El amor es una fuente sentimental que genera otras emociones fuertes; a menudo se le acusa de ser un elemento perturbador, generador de caos y destrucción, provocador de actos irracionales que anulan la lucidez y cordura de las personas, como si pudiese separarse a las emociones de los pensamientos, como si los sentimientos y las ideas fuesen entes contrapuestos.

El amor nos hace tomar conciencia de la muerte y de la vida como procesos inseparables. Nos produce una sensación de poder abarcar la totalidad del ser, porque nos vuelve hacia nosotros mismos, y en ese proceso podemos conocer la realidad desde la propia realidad, como si fuese la de la Humanidad entera. Nos sentimos grandiosos cuando amamos, pero también nos sentimos vulnerables; por eso ansiamos la eternidad, la perfección, el infinito, la sublimación de los sentimientos. 

En este sentido, el amor es una fuerza grandiosa que hace tomar conciencia al ser humano de su insignificancia y su breve paso por este mundo. Y eso sucede porque el amor romántico es un deseo de eternidad que nos arroja a la cara la precariedad de nuestra existencia, como personas y como especie. El mundo fue creado por accidente; una casualidad maravillosa hizo que en este planeta la vida surgiera en un caldo primigenio. No sabemos por qué estamos vivos o para qué, pero el amor a veces logra proporcionarnos un sentido, un motivo, una causalidad. 







Sabemos que todo se acaba, aunque no sabemos aún por qué.  Los seres humanos, las estrellas, los planetas y los sistemas solares se apagan, se extinguen, explotan, se deshacen y se recomponen formando nuevos cuerpos; pero nosotros somos demasiado pequeños para poder ver y entender el mundo en una línea temporal que mide años/luz. Debido a esta indeterminación es probable que el ser humano sea el único ser de la Tierra que maneja el concepto de eternidad.

 El amor, entonces, nos pone en contacto con lo grandioso (la vida, la eternidad, el movimiento, la existencia) y con lo insignificante (nosotros mismos, perdidos en una esquina de una galaxia lejana y aislados por distancias astronómicas del resto del universo). Y esta conexión con la inmensidad nos hace ser conscientes de lo extraño y maravilloso que es a la vez estar vivo

Existir es un estado tan precario que precisa ser disfrutado con intensidad, porque es poco probable que vuelva a repetirse. La pasión amorosa se acaba; explota con violencia o se extingue lentamente, pero se acaba, como la vida misma, como nuestra propia existencia. Por eso el amor nos pone en relación con la vida y la muerte; por eso lo experimentamos de un modo tan trágico y pasional en ocasiones.

La realidad de la persona enamorada es mucho más colorida, diversificada, intensa y placentera que la realidad del día a día; por eso hoy en día el amor romántico sirve como dispositivo de evasión, bien consumido como relato, bien vivido en personaPor su carácter escapista, el romanticismo a menudo constituye una realidad utópica que choca con la realidad; en ella deseo y frustración van de la mano. La extraordinariedad del amor correspondido radica en que nos eleva por encima de la cotidianidad, normalmente monótona y rutinaria para la mayor parte de la Humanidad. 

En un sistema tan cruel como el nuestro, tan desocializado e individualista, es normal que el ser humano desee vivir otro tipo de realidades; enamorarse sería un modo de evadirnos, de relacionarnos y de trascender la realidad.




El romanticismo, así, actúa de trasfondo, distorsionando, enriqueciendo, transformando la realidad cotidiana. El amor es un estado naciente (Alberoni, 1979) que nos sitúa en una posición comprometida con la realidad, porque es más intensa que la cotidiana. Decía Alberoni que cuando nos enamoramos vivimos la revolución, porque existen pocas oportunidades para vivir esos momentos de cambio en nuestras sociedades. Son, así, revoluciones individualistas, pero nunca colectivas.

El amor saca lo mejor y lo peor de nosotros. Hay gente que se ve inundada de bondad y generosidad, ocurre que a veces los enamorados se ven de pronto mostrando su mejor cara, tratando de ser buenas personas, siendo hospitalarios, ofreciendo su ayuda, haciendo sentir bien al otro, deseado lo mejor para el otro. Muchos se ven “fuera de sí”, como contemplándose a sí mismos desde lejos, sorprendidos por su propia generosidad, altruismo y capacidad de entrega: 

El amor es el comunismo dentro del capitalismo. Incluso a los más avaros les da por regalar y se sienten por ello totalmente felices” (Ulrich Beck, 2001).








Necesitamos enamorarnos del mismo modo que necesitamos rezar, leer, bailar, navegar, ver una película o jugar durante horas: porque necesitamos trascender nuestro “aquí y ahora”. Alejarnos de la realidad, ponernos en la piel de otras personas, de otros seres fantásticos, viajar a otros mundos, descubrir nuevas cosas, buscar la trascendencia espiritual. 

Fusionar nuestra realidad con la realidad de otra persona es un proceso fascinante porque se unen dos biografías que hasta entonces habían vivido separadas, se construye una historia en común, y se proyecta un presente y futuro idealizado, situado más allá de la realidad propiamente dicha, y alejada de los cambios y avatares de la vida.



Por eso el amor es para los enamorados como una isla o una burbuja, un refugio o un lugar exótico, una droga, una fiesta, una película o un paraíso: siempre se habla de las historias amorosas como situados en lugares excepcionales, en contextos especiales, como suspendidas en el espacio y el tiempo. El amor en este sentido es algo extraordinario, un suceso excepcional que cambia misteriosamente la relación de las personas con su entorno y consigo mismas. Esa magia es lo que hace este fenómeno incomprensible para muchas personas, que no se explican por qué sus vidas cambian cuando se enamoran, por qué hacen cosas que nunca harían, por qué son capaces de cualquier cosa por su amado o amada…


La magia del amor es universal, pero los mitos varían según las zonas del planeta o las épocas históricas. En nuestra cultura globalizada del siglo XXI, el amor se presenta como una utopía emocional colectiva construida a base de mitos románticos. Así se invisibiliza la represión sexual y afectiva en la que vivimos, y la importancia que tiene para el sistema que nos juntemos de dos en dos, no de seis en seis.  Nos necesitan aislados unos de otros, produciendo y consumiendo. Juntos podríamos transformar las cosas, queriendonos un poquito más, y un poquito mejor.











Pero no nos queremos. Nos tenemos miedo y desconfiamos de los que son diferentes a nosotros, de los que llegan de fuera, de los que hablan otro idioma, de los que aman diferente. La mitificación romántica nos mantiene aislados y entretenidos buscando a nuestra media naranja, y de este modo se vacían las calles y las plazas de gente buscando el bienestar colectivo. Por eso creo que el amor romántico es un anestesiante, y hasta cierto punto una nueva religión, porque nos ofrece la felicidad individualizada. El amor, en su sentido más utilitario, es un medio para ser feliz, es un espejismo en medio del desierto: nos hace creer que en pareja nos salvaremos de la soledad a la que estamos condenados y condenadas. Nos promete que seremos amados hasta la muerte, acompañados siempre por alguien fiel y entregado que jamás nos abandonará. 

Es la utopía emocional de la posmodernidad, que nos ofrece paraísos personalizados, a gusto del consumidor o la consumidora...


Coral Herrera Gómez




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