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25 de diciembre de 2011

Otras masculinidades



La masculinidad es una construcción que varía según las zonas geográficas, las etapas históricas, la organización sociopolítica y económica de cada cultura. Hoy quería hablaros de dos culturas pacíficas e igualitarias, la tahitiana y la semai, donde la identidad masculina no está tan marcadamente construida en oposición a las mujeres. No son las únicas culturas no patriarcales, pero David Gilmore, antropólogo que ha estudiado en su obra los diferentes tipos de masculinidad, admite que no son muy numerosas en nuestro planeta.
 Sin embargo, pienso que su simple existencia demuestra que hay otras formas de ser hombres y mujeres, otros conceptos en torno a la virilidad que no están construidos sobre la base de oposiciones característica de nuestra forma de pensar occidental. Es decir, existen virilidades que no se construyen con el rechazo a la feminidad como trasfondo ideológico.


VIRILIDADES NO HEGEMÓNICAS: TAHITÍ Y LOS SEMAI DE MALASIA


El primer contacto con Tahití se remonta al siglo XVIII, con la expedición capitaneada por Cook. Desde las primeras visitas de los europeos, la cultura tahitiana ha despertado la curiosidad occidental, sobre todo a causa de su informal tratamiento de los roles sexuales. La mayoría de los visitantes se fijó en la extraña ausencia de diferenciación sexual en los papeles que desempeñaban en la isla. Por ejemplo, el marinero John Forster (1778) observó que las mujeres tahitianas gozaban de una condición notablemente alta y que se les permitía hacer todo lo que hacían los hombres. Había jefas con verdadero poder político, algunas mujeres dominaban a sus maridos; todas las mujeres podían participar en los deportes; incluso las había que practicaban la lucha con adversarios masculinos. En general las mujeres iban y venían a su antojo, conversando “libremente con cualquiera, sin restricciones”, cosa que extrañaba a los occidentales.

Según el estudio llevado a cabo por Levy (1973), las diferencias entre los sexos en Tahití no están muy marcadas, sino que son más bien borrosas o difusas.

“Los varones no son más agresivos que las mujeres, ni las mujeres más tiernas o maternales que los hombres. Además de tener personalidades similares, los hombres y las mujeres también desempeñan papeles tan parecidos que resultan casi indistinguibles. Ambos hacen más o menos las mismas tareas y no hay ningún trabajo u ocupación reservados a un solo sexo por dictado cultural. Los hombres cocinan de forma habitual. Además, no se insiste en demostrar la virilidad, ni se exige que los hombres se diferencien de algún modo de las mujeres y los niños. No se ejerce ninguna presión sobre los muchachos para que corran riesgos ni se prueben a sí mismos, ni se les obliga a ser diferentes de su madre o hermanas. La virilidad no supone pues ninguna categoría importante, ni simbólica ni de comportamiento”.

En la cultura de Tahití, los varones no temen actuar de un modo que los occidentales considerarían afeminado. Por ejemplo, durante las danzas, los hombres adultos bailan juntos en estrecho contacto corporal, y la mayoría de los varones va a visitar a menudo al homosexual del poblado (el mahu).  El mahu del poblado es un transexual que ha elegido ser mujer honoraria. Es una figura parecida al berdache de los indios americanos, o el wanith de los omaníes musulmanes. Al mahu se le tiene un gran respeto; viven como las mujeres, baila y canta con ellas, tiene voz afeminada y entretiene a los hombres y los muchachos ofreciéndoles sodomía y felaciones. La mayoría de los hombres tahitianos se relaciona abiertamente con el mahu  sin que eso les cause ningún problema, y además, suelen asumir el papel pasivo en las relaciones con el mahu.



Los hombres tahitianos contestaban a las preguntas de Levy diciendo que no hay diferencias generales entre el hombre y la mujer en cuanto a carácter, pensamiento, características morales o dificultades en la vida. El afeminamiento, según Levy, se acepta como un tipo corriente y general de la personalidad masculina. Los muy machos se consideran extraños y desagradables.  Se espera de los hombres no sólo que sean pasivos y complacientes, sino que ignoren los agravios. No hay concepto del honor masculino que defender ni venganza que llevar a cabo. Incluso cuando se les provoca, es raro que lleguen a las manos. Turnbull (1812) afirmó al estudiarlos: “Su carácter es extremadamente pacífico… nunca ví a un tahitiano fuera de sí durante toda mi estancia”. Está prohibido entre ellos agredir y tomarse la revancha, aunque se sientan estafados.

Otras características de esta ideología de la virilidad son:

-          El idioma tahitiano no expresa gramaticalmente el género. Los pronombres no indican el sexo del sujeto ni del objeto, y el género no desempeña ningún otro papel en la gramática. Casi todos los nombres propios tradicionales se dan tanto a las mujeres como a los varones.
-          Los tahitianos no hacen ningún esfuerzo para proteger a las mujeres ni para repeler a los intrusos extranjeros. De hecho, lo cierto es todo lo contrario, para gran escándalo y deleite de los observadores occidentales.
-          Los tahitianos no cazan, ni hay ocupaciones excesivamente peligrosas o agotadoras que se consideren masculinas. Hay pesca abundante de agua dulce y la tierra es muy fértil (todo el mundo tiene lo suficiente o lo arrienda por una suma muy pequeña), tienen animales domésticos y no existen la pobreza extrema ni los conflictos económicos.
-          En la sociedad tahitiana no hay luchas ni guerras. La economía más que competitiva es cooperativa, pues las familias se ayudan entre sí tanto en la pesca como en la recogida de las cosechas. Se alegran con subsistir y no se esfuerzan por acumular bienes. Lo auténticamente tahitiano es no trabajar con esfuerzo, lo que sorprende al occidental que los ve como perezosos.





LOS SEMAI: Según David Gilmore (1994), es un pueblo muy parecido al tahitiano en su falta de esquema respecto a los sexos. Son una etnia pacífica que sufrió una serie de incursiones de pueblos malayos, más numerosos y de tecnología más avanzada, y que por ello adoptó la política de huir en vez de luchar (Dentan, 1979). Son uno de los pueblos más tímidos de la tierra; y además están racialmente muy mezclados, producto de décadas de mestizaje casual con los malayos, los chinos, y cualquiera que pasara por sus enclaves selváticos.

Los semai creen que resistirse a las insinuaciones, sexuales u otras, de otra persona, equivale a una agresión contra esa persona. Punan es la palabra semai que designa cualquier gesto, por muy discreto que sea, que haga sentir rechazo o frustración a otra persona. Esto podría atraer sobre el poblado el castigo de los espíritus, que prohíben cualquier comportamiento incorrecto.

Para evitar la catástrofe, los semai siempre acceden mansamente a las peticiones y proposiciones. Del mismo modo, un hombre o una mujer no pueden acosar indebidamente a otro para tener relaciones sexuales. Evidentemente, los semai no sienten celos sexuales y el adulterio es endémico. De las relaciones fuera del matrimonio dicen: “Sólo es un préstamo”.


Las prohibiciones de herir los sentimientos de los demás suelen equilibrarse, por lo cual el comportamiento sexual en los poblados semai resulta generalmente conciliatorio, ya que es guiado por normas de extrema cortesía. Sin concepto de honor masculino o de derechos paternos que los inspiren, los varones semai no hacen ningún esfuerzo para impedir esa mezcla. Tampoco hay consecuencias negativas para los frutos de violaciones: todos los niños ilegítimos nacidos así son amados y bien atendidos, ya que los semai no pueden soportar que se desatienda a los niños.

La personalidad semai se asienta en una omnipresente imagen de sí mismo estrictamente no violenta. Ellos afirman que nunca se enfadan, e incluso alguien que esté evidentemente enojado lo negará categóricamente. Las discusiones a gritos están prohibidas porque los gritos “asustan a la gente”. Si alguien se siente contrariado por las acciones de otro, simplemente se aleja o pone mala cara. Si una disputa no puede solucionarse sin resentimientos, uno de los antagonistas dejará el poblado. Los semai no tienen competiciones deportivas ni concursos en los que alguien pueda perder o incomodarse. Nadie puede dar órdenes a otro, ya que ello “le frustraría”.

Los semai no hacen distinción entre un dominio público masculino y otro privado femenino. No hacen ningún esfuerzo por recluir o proteger a las mujeres, y el concepto occidental de intimidad les es desconocido. Por ejemplo, negarse a que alguien entre en su casa se considera un acto de extrema hostilidad. El concepto de “lo mío” no tiene ningún significado para ellos. Le dan poca importancia a las posesiones materiales y al individualismo. Disponen de abundante tierra para cultivar y todos cooperan en el trabajo. No existe la propiedad privada, ni de la tierra, ni de los bienes de consumo. Si alguien no tiene tierra para cultivar, puede pedir un trozo a un amigo o pariente: se le entrega con mucho gusto.




A los varones les gusta cazar con cerbatanas impregnadas de veneno, y con trampas, y además sólo cazan animales pequeños. Si topan con algún peligro, salen corriendo. Al parecer, las cerbatanas son un símbolo fálico de su virilidad. La ecuación arma = pene, adoptada también por los bosquimanos y otros pueblos pacíficos, parece universal en los pueblos cazadores.

Pero no hay culto a la masculinidad, como tampoco lo hay en la cultura tahitiana. Los semai tienen animales domésticos, sobre todo gallinas, pero no se atreven a matarlos cuando están criados, por lo cual los intercambian o los venden a chinos o malayos. Saben que ellos los matarán pero prefieren no pensar en ello. Pescan también, tanto hombres como mujeres.

Uno de los aspectos más interesantes de la población semai es que la división sexual de las labores se hace en virtud de preferencias, y no de obligaciones o de prohibiciones. Las mujeres participan en los asuntos políticos en la misma medida que los hombres, pero suele haber menos jefas de poblado. A los hombres se les permite ejercer de parteros (ayudan a las mujeres en los partos). Es decir, no hay reglas rígidas. Todos y todas pueden elegir hacer aquello para lo cual se sienten mejor dotados sin recibir crítica alguna.



Fuentes bibliográficas: 


1)      Gilmore, David D.: “Hacerse hombre. Concepciones culturales de la masculinidad”, Paidós Básica, Barcelona, 1994.
2)   Conell, R.W: “The men and the boys”, Polity Press, Cambrigde, 2000. 



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