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2 de julio de 2012

El amor romántico perjudica seriamente la igualdad






Las historias de amor romántico siempre acaban en el día de la boda boda, pero nunca se nos cuenta cómo está Blancanieves después de cinco años de matrimonio y trabajando igual que como lo hacía cuando estaba con los 7 enanitos. La imagen del príncipe tomándose su birrita mientras ve el partido, completamente ajeno al mundo familiar, es lo contrario de lo que nos habían vendido. Miren qué cara de poca felicidad tiene la muchacha...
No nos cuentan qué hay después de la boda porque no es el paraíso de armonía que nos habían prometido. No es la fuente de felicidad absoluta, y pronto nos damos cuenta de que el amor está mitificado en nuestra cultura. Ocultando los problemas,  el mito permanece siempre puro e incorruptible ante el paso del  tiempo; su función, entre otras, es que todo siga todo tal y como está. O sea, los hombres viendo el fútbol o leyendo el periódico, y las mujeres asumiendo toda la carga doméstica y el cuidado de los bebés. 



El amor romántico perjudica seriamente la igualdad, porque sigue representando a los hombres y las mujeres como seres diferentes con roles opuestos pero complementarios. El modelo masculino son príncipes azules activos, fuertes, protectores,  y a las mujeres se nos representa como princesas débiles, sensibles, y desprotegidas. Se nos educa para el amor, para que deseemos ser amadas por encima de cualquier cosa, para que se nos meta en la cabeza la idea de que solas no somos nada. Por ello se dice que el día de la boda es el más importante en la vida de las mujeres, que si no logran marido parecen no triunfar socialmente. 
A los hombres en cambio se les mutila emocionalmente para que no muestren sus sentimientos en público, para que disfruten de su libertad y huyan de las mujeres hasta que no les quede más remedio que asentar la cabeza y formar una familia.
El peligro de este modelo romántico está en  los hombres que asumen sus privilegios de género dentro de la pareja y que someten a sus compañeras a diversas humillaciones, tantos físicas como verbales. El maltrato que soportan las mujeres es mayor cuanto mayor es la dependencia afectiva y económica, y cuanto mayor es su capacidad de autosacrificio en pro de la armonía y felicidad del marido y los hijos. 
Las mujeres jóvenes se casan pensando que serán felices y comerán perdices, seducidas por el mito del amor romántico como fuente de salvación, pero pronto tendrán que asumir su doble explotación (laboral y doméstica), y su papel de criadas del hogar no les deja mucho margen para dedicarse a sí mismas. De este modo, y siempre en nombre del amor como un sacramento en sus vidas, las mujeres son educadas para soportar no solo la carga de trabajo, sino también para que sean sumisas al marido, lo que descompensa totalmente el amor como un espacio de intercambio recíproco de cuidados y cariño.
Si bien socialmente esta división de roles dentro de la pareja amorosa va cambiando paulatinamente, gracias al avance del feminismo y a  las políticas y las leyes de igualdad, los cuentos que nos cuentan siguen siendo los mismos. Películas, canciones, novelas, series de televisión, siguen repitiendo hasta la saciedad el mismo modelo de dependencia amorosa heterosexual, dual, monogámica, como la quintaesencia de la felicidad. Por eso es necesario inventar otros cuentos, desmitificar el modelo tradicional basado en la posesión y el binomio dominador-dominada, inventarse otras formas de relacionarse, y abrir el abanico de posibilidades afectivas, sexuales y amorosas hasta el infinito.


Este artículo fue publicado originalmente en La Red 21, Uruguay: 

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