8 de septiembre de 2010

¿Es un trabajo la prostitución femenina?

LA PROSTITUCIÓN FEMENINA 



El amor y el sexo tienen una dimensión económica que tratamos de invisibilizar continuamente en nuestra cultura, pero que es cotidiana e histórica. En televisión nos cuentan historias de amor idílicas de personajes famosos y ricos, pero no nos enseñan los contratos de cifras astronómicas que firman en los acuerdos prenupciales. 

Algunos autores como David Buss (1996) recalcan que los primates ofrecen favores sexuales a cambio de protección y recursos, y los humanos hacen lo mismo: “Sexo por recursos, o recursos por sexo: los dos se han intercambiado en millones de transacciones a lo largo de los milenios de la existencia humana.”

En algunas sociedades la prostitución ha sido considerado un fenómeno normal y hasta valorado positivamente, como es el caso de las geishas japonesas, las cortesanas renacentistas o las hetairas griegas. En otras se ha tratado de invisibilizar y marginar a las trabajadoras sexuales, que con su sola presencia disgustaban a las señoras casadas, poseedoras de prestigio y estatus social.



Para autoras como Simone de Beauvoir (1949), sin embargo, en la cultura patriarcal no existe gran diferencia entre la mujer prostituta y la casada: “Para ambas, el acto sexual es un servicio; una se compromete para toda la vida con un hombre, y la otra tiene muchos clientes que la mantienen. La esposa es defendida por un macho contra los demás, y la prostituta es defendida por todos los machos contra la exclusiva tiranía de cada uno. La gran diferencia entre ambas es que la casada es respetada como persona humana, pese a su opresión, y la prostituta no; en ella se resumen a la vez todas las figuras de la esclavitud femenina”. 

Para De Beauvoir, la actitud del macho con respecto a la prostitución es siempre cínica e hipócrita porque su demanda crea la oferta, es decir, existen prostitutas porque ellos las solicitan. Sin embargo, sus esposas poseen dignidad y aquellas a las que utiliza para lograr placer son degradadas “sobre todo por parte de los señores de apariencia respetable que despotrican contra el vicio y son los primeros en practicarlo. Se considera pervertidas y libertinas a las mujeres que viven de su cuerpo, pero no a los machos que lo usan”.


Otros autores como Pascal Bruckner ponen el acento en el hecho de que la prostitución femenina es cómoda para los hombres porque acceden de modo inmediato al sexo, y ahorran tiempo, se saltan los pasos del cortejo, prescinden de la interacción personal, el trabajo de seducción, y el miedo al rechazo. Otra ventaja es que pueden despreocuparse por completo del placer de la otra persona y centrarse en el suyo, porque la prostituta no protestará. Al contrario que las amantes, las prostitutas desean que el cliente llegue al orgasmo cuanto antes: así podrán ofrecer más servicios en menos tiempo:

“La prostituta no es un cuerpo que goza, se emociona, ríe, llora, se desgarra, se extasía, sufre; es un cuerpo que trabaja, que representa un personaje concreto en una obra concreta escrita por los clientes, es un cuerpo que encarna el teatro íntimo de un extraño, y por ello se le exige que silencie sus caprichos y sus deseos (a no ser que se le pida lo contrario)”.
Por otro lado, sin embargo, muchos clientes desearían ver disfrutar de verdad a una profesional del sexo para sentir la potencia de su hombría. Uno de los mitos que recorren el imaginario colectivo, en este sentido, es el de la puta que no cobra al macho por lo bien que este se ha portado, o por que ella se enamora de él sin remedio (un ejemplo de ello lo vemos en la copla española de La Bien Pagá).

Sin embargo, la realidad es bien distinta: las prostitutas no están obligadas a fingir placer o amor, y sus clientes tampoco. De ahí que a menudo las prostitutas ofrezcan sus genitales para ser usados, pero no permitan que se les bese en la boca, porque de algún modo ofrecen su cuerpo desexualizado, y no desean compartir otro tipo de contacto que ellas consideran más íntimo y personal. El cliente “alquila” su cuerpo por cuarto de hora, no su alma ni su deseo, que no están obligadas a ofrecer. La prostituta adula al hombre para atraerlo, pero una vez que lo lleva a la cama él siempre duda de si a ella le atraen sus atributos físicos y personalidad, o su dinero.

De ahí que muchas veces los hombres, según Bruckner, experimenten una especie de vacío tras la eyaculación que les pone de mal humor o les irrita. La trabajadora sexual se limpia, se viste, y se prepara para recibir un nuevo pene, de modo que es una mujer que en el fondo nunca es poseída del todo por ningún hombre.


Bruckner (1977) insiste en la idea de que la prostitución es un trabajo más y “no es más inmoral que el trabajo del peón, del minero, del ejecutivo, del artista, del escritor, de la mecanógrafa; no es más abyecto, es decir, menos abstracto, cínicamente concentrado en el resultado (el dinero) e indiferente a los medios de alcanzarlo”. 

Para Bruckner, entre el obrero y la puta aparecen dos analogías decisivas: la libertad y la indiferencia. Las prostitutas declaran: “Hacemos este oficio por la facilidad con la que podemos abstraernos de él. Nos desdoblamos, escapamos de nuestro cuerpo de trabajo, no es precisamente divertido, pero, ¿quién está hoy al abrigo de este desdoblamiento? ¿Qué empleado (a)? ¿Qué obrero (a)?
Afirma que la modernidad es ese momento en que toda puta puede decir “yo trabajo” y todo trabajador “yo soy puta”: “Hacemos un trabajo como cualquier otro, dicen, porque todo trabajo es una forma de prostitución. Vendemos nuestro cuerpo, como cualquier persona. Lo que nos vale la piedad de los más caritativos, lo que, a los ojos de todos, progresistas y retrógrados, es el estigma de nuestra profesión, obedece rigurosamente a la lógica del contrato de trabajo. Si vender su cuerpo es pecado, es un pecado universal”.

Si consideramos que la prostitución sexual es equivalente a la prostitución de la fuerza de trabajo, hallamos que las hetairas actuales se enfrentan a unos riesgos laborales de gran envergadura: están expuestas a conductas violentas y sádicas, al contagio de enfermedades de transmisión sexual, su vida laboral es sumamente inestable y breve (porque pronto llega la vejez), y su situación es a nivel legal, irregular, de modo que pueden ser detenidos o acosadas policial y jurídicamente. Es un colectivo de trabajadores sin derechos de ningún tipo: los clientes pueden irse sin marcharse, mantener un trato vejatorio o humillante, violar a la prostituta o incluso asesinarla. La frecuencia de estos casos convierte a la prostitución, especialmente la de calle, como una profesión muy peligrosa.



Sin embargo, las posiciones teóricas en torno a este problema son muy diversas y contradictorias entre sí. Los abolicionistas quieren acabar con la prostitución, y piensan que es necesario dotar de recursos alternativos a las mujeres que la ejercen, y reeducar a los hombres. Esta corriente cree que hay que liberar a las mujeres de la esclavitud sexual, que seguirá habiendo desigualdad de género mientras exista la prostitución, y se muestran contrarias a la normalización. Centran mucho su trabajo en la lucha contra la trata de mujeres, las mafias que explotan y esclavizan a mujeres que no desean trabajar para ellos, el proxenetismo, etc.




Por otro lado, están los grupos que no centran su lucha en acabar con un fenómeno tan antiguo, sino que defienden la dignidad de este trabajo. Son colectivos de trabajadoras sexuales que piden la legalización de su profesión (en Holanda por ejemplo es una actividad legal). Exigen tener acceso a la sanidad pública, a pasar controles sanitarios periódicos, contar con asesoramiento jurídico o protección policial, y sobre todo, quieren dejar de ser consideradas delincuentes. 


Su desprotección legal conlleva el hecho de que otras personas e instituciones persigan o castiguen su actividad, a la vez que se lucran a través de sus cuerpos. Chulos, proxenetas, policías, traficantes de personas, redes mafiosas, grandes empresarios y políticos sancionan, vigilan, se apropian de la fuerza de su trabajo con total impunidad. 






En España es muy conocido el colectivo Hetaira, que lleva desde 1995 exigiendo "que se reconozca y respete la dignidad de las prostitutas y su capacidad de decidir, sin coacciones, a qué quieren dedicarse y cómo o con quién quieren establecer acuerdos comerciales". 

Sus principales objetivos son: 

  • La defensa de los derechos de las prostitutas y de la normalización de su trabajo.
  • La lucha contra la estigmatización social y la criminalización de la prostitución.
  • Fomentar la auto organización de las prostitutas.
  • Promover la solidaridad entre las mujeres, tratando de que desaparezca la división entre las “malas” (las putas) y las “buenas” mujeres (todas las demás).
  • Concienciación de la sociedad sobre la realidad de la prostitución y su entorno.
  • Detectar y apoyar a las víctimas de trata de seres humanos. La protección, atención, asistencia formativa, informativa, jurídica y psicológica de las mujeres víctimas de trata obligadas a ejercer la prostitución.

 La mayor parte de estos colectivos reclaman la visibilización y legalización de esta profesión que no sólo no ha sido erradicada, sino que aumenta con el tiempo gracias a la apertura del comercio sexual a nivel internacional.


Lo confirma el Informe de la Dirección General de la Mujer (2002): el sexo alquilado está cada vez más disponible, es más permisible, más publicitado y es más tolerado. Según este estudio, las principales causas de la prostitución se pueden agrupar en tres grandes bloques:

Económicas y educativas: paro, irregularidad documental, escasez de nivel formativo, desconocimiento del idioma, falta de información y recursos para emigrar, explotación laboral, la feminización de la pobreza, el turismo sexual de las clases altas,…y sobre todo la demanda de la industria sexual y la riqueza que genera el tráfico de personas.

- Psicosociales: abusos sexuales, violencia de género, faltas de redes de apoyo sociales y familiares, situaciones de exclusión y marginación social, uso de drogas, falta de autoestima y habilidades sociales, estereotipos de la mujer como objeto sexual.

- Familiares: abuso incestuoso, ruptura de lazos familiares, prostitución inducida por un familiar, maltrato psicológico, violencia física, repetición de modelos familiares, compañero o marido en paro, pareja con adicciones, pareja que induce a prostituirse a su compañera…


El elemento común entre los clientes, según el Informe 2002, es que poseen una visión de las relaciones de género desiguales. Según este estudio, los hombres dicen acudir a la prostitución por :
- la vivencia y la emoción del ambiente (lo mítico, lo prohibido, el lado oscuro de la vida...)
- para tener acceso a sexo (problemas relacionales o de soledad), 
- para realizar una práctica en concreto (deseo de ser seducido por una mujer sexualmente agresiva, deseo de dominar...).

Bruckner cree que los mayores demandantes son:
- los que tienen problemas para ligar
- los que no tienen problemas pero no quieren trabajarse la seducción
- los que quieren escapar de la pareja sin ponerla en peligro;
 
De acuerdo con el estudio de Mansson, S. (2001) , los clientes más habituales son los que tienen más parejas sexuales, lo que contradice, según el autor, la creencia sobre el cliente solitario en busca de sexo por necesidad. Aunque, tal y como señala Mansson, quienes parecen tener más dificultades para mantener parejas estables y relaciones afectivas normalizadas son precisamente los hombres que acuden con mayor frecuencia a la prostitución. 

Otros estudios se centran en la dificultad de los varones para asimilar los cambios entre las relaciones de género tras la revolución feminista, y la persistencia en los estereotipos que dividen a las mujeres en dos grupos: uno al que pertenece la madre, la esposa, la hermana (mujeres buenas), y otro al que pertenecen todas las demás (susceptibles de ser folladas, alquiladas o utlizadas para obtener placer; putas todas).


La prostitución molesta profundamente a la burguesía y las clases medias: su existencia pone de relieve ese lado sombrío de la realidad que no parece en los medios de comunicación, esa cantidad de personas que viven como ciudadanos normales, mezclados entre el resto, pero cuyas prácticas sexuales se consideran pervertidas o desviadas (pederastas, sadomasoquistas, zoofílicos, etc.). Pone entonces de manifiesto también la hipocresía social: los matrimonios siguen pese a la existencia de la prostitución, o más bien, gracias a ella. 

Son muchos los hombres respetables que se presentan a ojos de la sociedad como heterosexuales y monogámicos, pero tienen una doble vida. En el lado diurno, los hombres acuden a misa con la familia los domingos; en el nocturno, esos padres de familia con un cargo de responsabilidad político o económico se desdoblan y se convierten en “puteros”, sin que su doble vida le represente un conflicto emocional o espiritual alguno, ya que sienten justificada su necesidad de novedad sólo por el hecho de ser varones. 

La prostitución ha sufrido un proceso de sublimación mediática que ha mejorado su imagen y ha derribado estereotipos. Digamos que con un lavado de imagen, la prostitución se ha normalizado porque se presenta como un dispositivo de consumo más, de igual modo que la pornografía. La prostitución ha experimentado un proceso continuo de normalización: ya no se presenta como un transmisor de enfermedades venéreas, o como algo sucio, clandestino, relacionado con las drogas, la delincuencia y la marginalidad. Ahora es un proceso más sofisticado, más light, menos morboso y más aséptico: un ejemplo de ello son las señoritas que acuden a fiestas de futbolistas multimillonarios como si fueran invitadas o amigas, pero sin la presencia molesta de novias o esposas.


Katheleen Barry escribió sobre la relación que existe entre la explotación sexual y el poder patriarcal, que ha situado a los hombres poderosos en una situación de dominación:

Considérese algunos de los perpetradores más agresivos: si se tiene en cuenta la cantidad de hombres que son chulos, procuradores, miembros de mafias de trata de blancas, gestores de burdeles y salas de masaje conectados con la industria recreativa de la explotación sexual, intermediarios pornográficos, maridos que maltratan a la mujer, pederastas, agentes del incesto, violadores, una no puede evitar sentir estupor al advertir la gran cantidad de población masculina que participa en la esclavitud sexual de las mujeres” .
Para Barry, el escandaloso número de hombres implicados en estas prácticas debería ser motivo para declarar un estado de emergencia nacional e internacional, una crisis de violencia sexual.




Coral Herrera Gómez



otros artículos de la autora:

La prostitución masculina

                           La industria del amor romántico




BIBLIOGRAFÍA UTILIZADA

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1)     Ballester Arnal, Rafael, y Gil Liario, Mª Dolores: “Prostitución masculina”. Promolibro, Valencia, 1996.
2)     Bruckner, Pascal, y Finkielkraut, Alain: “El nuevo desorden amoroso”, Anagrama, Barcelona, 1979.
3)     De Beauvoir, Simone: “El segundo sexo. La experiencia vivida”, Ediciones Siglo  XX, Buenos Aires, 1949.
4)     V.V.A.A: Informe sobre el tráfico de mujeres y la prostitución en la Comunidad de Madrid”, CIMTM, Dirección General de la Mujer, 2002.
5)     V.V.A.A, Mujer,Violencia y Medios de comunicación, Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, Instituto de la Mujer, RTVE, 2002.
6)     V.V.A.A: “Historia de la Teoría Feminista”, (coord. Celia Amorós), Instituto de Investigaciones Feministas, Universidad Complutense de Madrid, 1994.


 ENLACES



5 de septiembre de 2010

El Mito de la Heterosexualidad desde una perspectiva queer


 



La heterosexualidad es una construcción social y cultural que se ha instalado en el imaginario colectivo como un fenómeno natural, como si la unión macho-hembra fuese una ley divina o una ley física o matemática. Tanto es así que a las niñas desde pequeñas se las pregunta si tienen novio y a los niños si tienen novia sin apenas darnos cuenta de que preguntando estamos afirmando. Y al afirmar, imponemos una idea sobre lo que es normal, es decir, que a los niños les gusten las niñas, y no los niños.

El concepto de normalidad varía de cultura en cultura, por épocas y zonas geográficas; además, todo lo biológico en nosotros es cultural y viceversa. Por ejemplo en la Antigüa Grecia la homosexualidad era normal, como eran normales las relaciones homoeróticas entre sabios y jóvenes discípulos. En cambio en nuestra cultura actual la pederastia es una desviación, una aberración, una anormalidad penada con años de cárcel.


Piensen de nuevo: ¿Tienes novio ya?. Una pregunta así, aunque parezca inocente, inevitablemente dirige el erotismo y los sentimientos de las personas hacia el sexo opuesto. Una pregunta de signo contrario abriría enormemente el abanico de posibilidades afectivas y sexuales de la niña o el niño, pero a la mayor parte de los adultos no se les ocurre porque en su conciencia la heterosexualidad es la norma, está invisibilizada como construcción, integrada en los supuestos de cómo es la vida (o más bien, cómo debería ser). Esos supuestos se aprecian claramente en todos los cuentos heterosexuales que nos han contado de pequeñas; en ellos todas las relaciones eróticas son hacia el sexo opuesto.






Mi posición en torno a la heterosexualidad y la homosexualidad coincide con la concepción de Oscar Guasch (2000) que las considera mitos, en el sentido de que son narraciones creadas artificialmente, y transmitidas mediante libros sagrados. Mitos que explican el mundo desde un punto de vista particular, desde una ideología que al imponerse se convierte en hegemónica, y que modela y construye nuestro deseo y afectos, a la vez que justifica el orden social establecido. En este sentido, la homosexualidad es un cuento dentro de otro cuento, “un mito que explica otro mito. La homosexualidad es un epifenómeno de la heterosexualidad; pero no es posible entender la una sin la otra” (Guasch, 2000).


También nos parece acertada la definición de la heterosexualidad según Elisabeth Badinter (1993), que la considera una institución política, económica, social y simbólica que se impuso como norma obligatoria a finales del siglo XIX:Se acusa a los sexólogos de haber creado dicha institución, al haber inventado la palabra “heterosexualidad” como el contrapunto positivo de “homosexualidad” y haber impuesto aquella como la única sexualidad normal”.


Para Óscar Guasch (2000), la heterosexualidad, más que una forma de amar, es un estilo de vida que ha sido hegemónico en los últimos 150 años. La heterosexualidad nace asociada al trabajo asalariado y a la sociedad industrial: “Se trata de producir hijos que produzcan hijos. Para las fábricas, para el ejército, para las colonias durante más de un siglo, casarse y tener hijos, que a su vez se casen y los 
tengan, ha sido la opción considerada natural, normal y lógica”. 

Es entonces cuando la pareja estable y reproductora se elige en modelo social a seguir; “por eso a lo largo de la historia solteros y solteras han sido una especie de minusválidos sociales. En ellos se hacían visibles las carencias, los peores temores: vivían (y sobre todo morían) solos, sin hijos”.

Guasch define la heterosexualidad como sexista, misógina, homófoba y adultista. Para él posee cuatro características fundamentales:
•         Defiende el matrimonio o la pareja estable;
•         Es coitocéntrica, genitalista y reproductora;
•         Interpreta la sexualidad femenina en perspectiva masculina y la hace subalterna,
•         Persigue, condena o ignora a quienes se desvían del camino heterosexual.




Los estudiosos que han analizado la homosexualidad desde un punto de vista transcultural constatan un determinado número de constantes. El sociólogo Frederick Whitam, tras haber trabajado durante varios años entre comunidades de países tan distintos como los Estados Unidos, Guatemala, Brasil y Filipinas, sugiere seis conclusiones:
•         Hay personas homosexuales en todas las sociedades.
•         El porcentaje de homosexuales parece ser el mismo en todas las sociedades y permanece estable con el paso del tiempo.
•         Las normas sociales no impiden ni facilitan la aparición de la orientación sexual.
•         En cualquier sociedad mínimamente numerosa aparecen subculturas homosexuales.
•         Los homosexuales de sociedades distintas tienden a parecerse en lo que respecta a su comportamiento y sus intereses.
•         Todas las sociedades producen un continuum similar entre homosexuales muy masculinos y homosexuales muy femeninos.

A partir de estos estudios, Badinter afirma que la homosexualidad es una forma fundamental de la sexualidad humana que se expresa en todas las culturas. La homosexualidad existe en otras especies animales (Foucault, 1976; Kirsch y Weinrich, 1991). Beach y Ford, (1951) constataron que, de hecho, se da en la mayoría de las especies de mamíferos y culturas humanas. 

Helen Fisher (1992) señala que la homosexualidad es aún mayor en otras especies; es decir, cabría aventurar que lo natural sería que las relaciones homosexuales entre los humanos fueran incluso más frecuentes de lo que son, pero en muchas culturas humanas está reprimido socialmente. La presión evolutiva, según Fisher, no sólo favorece las conductas reproductoras: la homosexualidad podría tener funciones adaptativas como la de estrechar los lazos de la comunidad y/o la de reducirla densidad demográfica en condiciones de hacinamiento.


 Tanto los hombres como las mujeres homosexuales, a lo largo de los siglos, han sido excluidos o marginados socialmente, insultados y humillados, perseguidos, encarcelados, torturados, quemados en la hoguera, apedreados hasta la muerte o recluidos en campos de concentración. La homosexualidad ha sido tratada como enfermedad, delito, pecado, vicio, aberración, patología, desviación, y ha sido, a menudo, asociada a la obscenidad, la perversidad y la promiscuidad. Los estereotipos y los modelos negativos han recaído en ellos con una extrema crudeza, y aún hoy en día se sigue condenando y ejecutando o lapidando a gays y lesbianas en multitud de países.


En 1910, Sigmund Freud elabora su teoría de la bisexualidad originaria, en la que afirma que todos los seres “pueden tomar como objeto sexual a personas del mismo sexo o a personas del otro sexo… Reparten su libido ya sea de manera manifiesta, ya sea de forma latente sobre objetos de ambos sexos”. 

A lo largo de su obra, Freud defiende el carácter natural y no patológico de la homosexualidad, en contra de los sexólogos y sus propios colegas psicoanalistas, y afirma que la heterosexualidad es tan problemática como la homosexualidad. Además, según Freud, todos “en un momento dado la hemos practicado aunque después unos la hayan relegado al inconsciente y otros se defiendan manteniendo una enérgica actitud contraria a ella”).





 Tras la II Guerra Mundial el mito de la heterosexualidad empieza a ser cuestionado. Algunos estudios, entre ellos los estudios Comportamiento sexual del hombre (1948) y Comportamiento sexual de la mujer (1953) de Alfred Kinsey, han mostrado que la mayor parte de la población parece ser al menos ligeramente bisexual. La mayoría tiene cierta atracción hacia ambos sexos, aunque se suele preferir uno de ellos. Según las encuestas de Kinsey, sólo el 5%-10% de la población puede ser considerada como exclusivamente heterosexual u homosexual, por lo que el resto (entre un 80% y un 90%) de los hombres y mujeres estudiados eran bisexuales. Sólo un 5% de éstos no tenían ninguna preferencia especial entre hombres y mujeres. 


Este informe expuso que existen tendencias homo y heterosexuales en la mayor parte de los seres humanos y que su proporción varía entre una heterosexualidad exclusiva y una homosexualidad exclusiva. El informe Kinsey demostró que si bien tan sólo un 4% de la población masculina era exclusivamente homosexual desde la pubertad, un 37% de hombres y un 19% de mujeres reconocía haber mantenido al menos una experiencia homosexual con orgasmo entre la pubertad y la edad adulta. Un 30% de la población censada había tenido una experiencia homosexual accidental entre los 16 y los 55 años. La encuesta realizada por Shere Hite años más tarde confirmó los trabajos anteriores.





A mediados del siglo XX entran en crisis los modelos clásicos para el control social de la sexualidad, y en los 60 comienza la llamada revolución sexual que quiere liberar al cuerpo de la noción de pecado, de las normas impuestas por el catolicismo y el puritanismo, de las prohibiciones, el sentimiento de culpabilidad, los prejuicios, y las restricciones de la sociedad  para disfrutar del placer.

Un grupo de estadounidenses homosexuales rompieron su silencio obligado “para acabar con una clandestinidad vivida dolorosamente como una patología” (Elisabeth Badinter, 1993). Sustituyeron el término “homosexual” por “gay”, palabra más neutra que designa una cultura especifica y positiva. El principal objetivo del Movimiento Gay fue y es demostrar que la heterosexualidad no es la única fórmula de una sexualidad normal. Las siglas internacionales de este movimiento fueron LGB (Lesbianas, Gays, Bisexuales), que con el tiempo ampliará su campo de acción incluyendo la T de Transexuales (LGBT) y hoy también la Q de Queer (LGBTQ).



 El australiano Denis Altman señala cómo en el transcurso de una década, entre 1970 y 1980, tanto en los Estados Unidos como en otros lugares del mundo se asiste a la aparición de una nueva minoría, dotada de cultura propia, de un estilo de vida específico, con su propia expresión política y sus reivindicaciones de legitimidad. La aparición de esta minoría gay ha constituido un considerable impacto en la sociedad global, principalmente porque ha alcanzado mayor grado de visibilidad y mucho poderío económico, y mediático, especialmente en ciudades como San Francisco o en barrios populares como Chueca en Madrid








Las organizaciones LGBT plantean la diferencia como un orgullo que ha de visibilizarse socialmente y que ha logrado, con el tiempo, institucionalizarse. En los 80, los Estudios Gays se alinearon con los Estudios de Género para plantear la deconstrucción de la heterosexualidad como forma de sexualidad única, dominante y “natural” o “normal”. También se cuestiona la división de los roles sexuales, y se plantea que el género no puede ser pensado como una categoría acabada, sino como procesos, como estados en continua evolución (Oscar Guasch). 





Así, al igual que los Estudios de Género encontraron que no existe una sola forma de ser mujer u hombre, y que existen multitud de ideologías de la masculinidad y la feminidad, los estudios gays reivindicarán la multipluralidad de las identidades gays.
Se ha debatido mucho, en el seno del análisis de la construcción sociocultural de la identidad, si existe una identidad específicamente homosexual. Para unos es indudable que existe, para otros la homosexualidad constituye un factor más, junto con los de género, clase, raza, educación o religión, que determina la construcción de la identidad. 


Para autores como Manuel Castells (1998), la homosexualidad y el lesbianismo no pueden definirse como preferencias sexuales; son, fundamentalmente, identidades. “Y de hecho, dos identidades distintas: lesbianas y gays. No vienen dadas, no tienen su origen en cierta forma de determinación biológica. Aunque existe predisposición biológica, la mayor parte de los deseos homosexuales se mezclan con otros impulsos y sentimientos, de tal modo que la conducta real, las fronteras de la interacción social y la identidad personal se construyen cultural, social y políticamente”.




Muchos bisexuales sienten que no encajan ni en la comunidad gay ni en el mundo heterosexual, y como tienden a ser “invisibles” en público (ya que se confunden sin problemas en las sociedades homosexual y heterosexual), algunos de ellos han formado sus propias comunidades, cultura y movimientos políticos, por ejemplo a través del movimiento Queer, que critica la política identitaria gay de los 70 y 80.

Según el nuevo movimiento queer, lo gay y lo lésbico niegan la bisexualidad y reducen el travestismo, el transgenerismo y la transexualidad a la invisibilidad. Los colectivos de personas que no encajan en modelos de belleza, estilos de vida o ideologías políticas critican lo gay y lo lésbico porque excluyen la variedad y la diferencia. No construye igual su identidad un chico joven de Chueca que otro que vive en el campo, ni tienen los mismos problemas las lesbianas ancianas que viven en un pueblo de mentalidad cerrada que las actrices lesbianas y ricas de Hollywood.  



Un grupo de militantes bolleras, negras, chicanas, de trans, de maricas seropositivos, pobres, emigrantes, parados, personas intersexuales, van a autodenominarse queer para tomar distancia del término “gay”, que a finales de los 80 representaba solamente una realidad de varones homosexuales, blancos, de clase media o alta, con un proyecto político de integración normalizada en el sistema social y de consumo, y que excluía toda esa diversidad de sexualidades minoritarias articuladas con posiciones de raza, clase, edad, enfermedad, migración, pobreza, etc.





En lugar de tratar de ser igual que todo el mundo (y pretender que "todos" significa blancos, de clase media, conservadores y heterosexuales), la política "queer" implica la demanda del respeto y de la igualdad para cualquier modo de vida que opten por tomar las personas, independientemente de su género, su orientación sexual, su raza, su nivel socioeconómico, su edad o su religión. 

“Hace mucho tiempo que la heterosexualidad dejó de tener nada que ver con el sexo. Sólo comprendo esta relación homo-het-erótica como una guerra entre especies de diverso rango y jerarquía. Los heterosexuales son la especie dominante siempre: “la democracia es heterosexual”, me digo”
Ricardo Llamas y Francisco Javier Vidarte (2000)



En la actualidad occidental, las leyes que tratan de eliminar la discriminación por cuestiones de orientación sexual están logrando la normalización de la homosexualidad y la transexualidad. En España, por ejemplo, los homosexuales y las lesbianas pueden casarse y adoptar hijos, lo que ha tenido (y está teniendo) profundas consecuencias para las estructuras sociales básicas (principalmente el matrimonio y la familia nuclear tradicional).


Muchos autores y autoras señalan que gracias a estas mutaciones de carácter simbólico, económico, político y social, podemos hablar claramente de una crisis del patriarcado (Castells, 1998) y una crisis de la heterosexualidad (Guasch, 2000). Sin embargo, autoras queer como Beatriz Preciado opinan que esta normalización favorece las políticas pro-familia, tales como la reivindicación del derecho al matrimonio, a la adopción y a la transmisión del patrimonio. 

Algunas minorías gays, lesbianas, transexuales y transgéneros reaccionan hoy contra ese esencialismo y esa normalización de la identidad homosexual. Para Preciado y otros autores, esa normalización equivaldría a una “heterosexualización de la homosexualidad”, lo que supondría seguir reproduciendo los esquemas tradicionales del patriarcado trasvasados al mundo gay.




BIBLIOGRAFÍA
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1)     Badinter, Elisabeth: “XY La Identidad Masculina”, Alianza, Madrid, 1993.
2)     Castells, Manuel: “La era de la información. Economía, Sociedad y Cultura”. Volumen I. Volumen II. El poder de la identidad.Alianza Editorial, Madrid, 1998.
3)     Fisher, Helen: “Historia natural del amor: monogamia, divorcio y adulterio”, Anagrama, Barcelona, 2007.
4)     Guasch, Òscar: “La crisis de la heterosexualidad”, Ed. Laertes, Barcelona, 2000.
5)     Llamas, Ricardo, y Vidarte, Francisco Javier: “Homografías”, Espasa Hoy, Espasa Calpe, madrid, 2000.
6)     Preciado, Beatriz: “Manifiesto contra-sexual. Prácticas subversivas de identidad sexual”, Pensamiento-Opera Prima, Madrid, 2002.
7)     Sáez, Javier : “La destrucción de una cultura queer en España”, publicado en www.hartza.com
8)     Torvald, Patterson (2000): “Queer without fear”, traducido por Ricardo Martínez Lacey. En ww.queerekintza.org/web/pag_cast/articulos/articulos_queer.html

  



CORAL HERRERA GÓMEZ

Coral Herrera Gómez Blog

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