Todas las revoluciones tienen el mismo origen: una situación insostenible y el estallido de una indignación y rabia colectiva que ha permanecido latente meses o años. Desde que inventamos la figura del rey, del líder, del amo que manda, siglo tras siglo la dinámica ha sido siempre la misma: el rey le pide a la población un esfuerzo económico para lo que sea (invadir otros pueblos, aumentar su riqueza personal y la de su corte, adquirir más poder o guerrear contra otros reyes)
El campesinado se veía forzado a entregar al rey cada vez más cantidad de alimentos y a trabajar cada vez más para pagar impuestos, y aguantaba como podía hasta que no tenían ni para comer.
Entonces estallaba la rebelión, se ocupaban los espacios públicos, se asaltaban los castillos y se derribaba al rey. Lo sustituía otro rey y vuelta a empezar: el rey siempre quiere aumentar su poder y su patrimonio, y una vez en el poder es insaciable. Empieza a aumentar los impuestos, a derrochar en lujos, y a degradar las condiciones de vida de la población hasta que la situación es insostenible, y estalla la revuelta. Cualquiera que haya estudiado historia en el colegio puede reconocer este patrón.
En el siglo XIX, con la industrialización y el capitalismo, el rey pasó a tener una función simbólica y su único cometido es defender los intereses de la élite económica, la nacional y la internacional. En las democracias del siglo XX los que mandan son los empresarios, los banqueros y el clero.
Los gobernantes, por muy de izquierdas que sean, no pueden tomar medidas que transformen el sistema. Puede poner parches pero jamás tocar la estructura ni dañar los intereses y los negocios de la élite financiera y empresarial.
Y lo normal cuando los gobernantes no pueden hacer nada es que se produzca el estallido social.
Lo que está pasando en España es que la juventud no puede más. La crisis de la vivienda y los salarios es insostenible: la gente en las grandes ciudades cobra 1.150 euros y los alquileres de las casas son de 1.300
Es imposible ahorrar para comprarse una vivienda. Las viviendas están siendo compradas por la élite extranjera (anglosajona y latina). Al campesinado le quitaban el acceso a las tierras para que trabajaran para los señores, a nosotros nos quitan el derecho a la vivienda para que mantengamos a personas que no trabajan y viven del esfuerzo ajeno.
Las cifras de beneficios de las élites no paran de subir, mientras en España hay 14 millones de personas pobres y de ellas 6 millones sufren pobreza severa. Este fenómeno se está repitiendo en el resto de los países y la gente lo ve claro: cuanto más ganan ellos y menos impuestos pagan, más impuestos pagamos y menos salario ingresamos nosotros. No hay límites para la codicia de los ricos.
Llevamos años manifestándonos por grupos: un día la Sanidad, otro día la Educación, otro día los salarios y los derechos laborales, otro día la defensa del medioambiente… una revuelta comienza cuando nos juntamos todos. Y eso es lo que ha pasado en España: empezó siendo pequeña y en una semana está desbordando las plazas. Es una revuelta pacífica y es completamente legítima: el objetivo es obligar al gobierno a tomar medidas a favor de la población y a proteger nuestros derechos. Como se ha hecho siempre.
La población no tiene mecanismos para defenderse de la maldad de sus gobernantes: las leyes no contemplan la posibilidad de que el pueblo obligue a dimitir a un político que atente contra nuestros derechos o contra nuestras universidades y hospitales. No podemos ir al juzgado a denunciar a los gobernantes, porque mientras están en el poder tienen inmunidad y se aprovechan de su impunidad.
Lo único que podemos hacer es votar cada cuatro años o convocar protestas, organizar huelgas y salir a las calles a diario.
Nuestros niveles de salud mental y el índice de suicidios demuestran que ya no podemos más. El único antidepresivo eficaz es salir a las calles. Nuestras condiciones de vida son cada vez más duras y hace tiempo comprendimos que todos los seres humanos tenemos derecho a vivir una Buena Vida.
Esta revuelta está logrando que los medios dejen de poner el foco en la clase trabajadora inmigrante a ponerla en la élite nacional y extranjera: son ellos los que nos echan de nuestras casas y nuestros barrios. Ahora toda nuestra atención está puesta en ellos y en su obsceno nivel de vida. Ellos tienen a los gobernantes trabajando para ellos. Tienen a la policía, a los jueces y a los medios también. Tienen ejércitos y armas. No se presentan nunca a las elecciones, pero son los que mandan.
Esta élite es insaciable y está destruyendo nuestro planeta. Se gastan nuestro dinero en armamento y en guerras y nosotros no podemos siquiera ir al médico porque están destruyendo la Sanidad. Nos dicen que los derechos son para quien pueda pagarlos. Nosotros y nosotras defendemos la idea de que todos los seres humanos tenemos derecho a tener derechos.
El único camino que tenemos para salvarnos de la destrucción es ponerle límites y formar alianzas con otros pueblos sometidos a la tiranía de los ricos.
A ellos le da miedo que nos juntemos, por eso nos prefiere divididos y batallando entre nosotros.
Prefieren que nos quedemos en casa, anestesiados, deprimidos y amargados. Nos envían a los nazis a las acampadas y nos encuentran tan organizadas y unidas que tienen que salir corriendo.
El mundo entero está mirando a España que está en las calles unida. Ahora mismo lo que nos une a todos es que somos clase obrera, que somos antifascistas y que somos mayoría. Y esto no ha hecho nada más que empezar. ¡Qué viva la revuelta popular!
