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24 de enero de 2026

La llamita de la esperanza



La llama de la esperanza nunca se apaga porque es un tesoro colectivo. Cuando te invade la tristeza, el miedo y la desolación, otras personas mantienen vivo el fuego. Es un pacto universal no escrito: nos vamos turnando para cuidar el fueguito y por eso siempre está encendido.

Aunque un día te levantes sintiendo que todo está perdido, siempre hay alguien para recordar a los demás que la desesperanza y la indiferencia es el combustible del fascismo. 

Siempre hay gente en las calles protestando contra las injusticias, la violencia, la explotación y las guerras. 

Siempre hay alguien hablando de utopías, haciendo propuestas, lanzando preguntas, invitándonos a pensar, o poniendo el foco sobre algún tema importante del que no hablan los medios. 

Siempre hay gente animando a los demás, siempre hay voces de soñadoras y rebeldes que nos ayudan a levantar el ánimo y a imaginar un mundo mejor. 

A veces somos nosotras las que hacemos pedagogía y nos dedicamos a sensibilizar y concienciar sobre los cambios que necesitamos para que todos y todas podamos vivir mejor, pero cuando nos abandona la fe en la Humanidad y perdemos fuerza y energía, siempre hay gente que se sienta contigo a llorar y descansar un poco. Y que luego te anima a seguir y te recuerda que no podemos quedarnos sentadas mucho tiempo porque acabamos hundidas en el lodo. 

Por muy malas que sean las noticias del día a día, siempre hay alguien que nos recuerda que no estamos solas, y nos ayuda a seguir caminando hacia el horizonte de la utopía. 

Nos turnamos sin planificarlo: como somos muchísimas personas, cuando a alguien le da el bajón estamos los demás para cuidar y alimentar esa llamita, esa pequeña hoguera que nunca se apaga y que nos ilumina a todos y a todas desde el principio de los tiempos. 

Es el fuego que alimenta las revoluciones, los cambios, los avances y las mejoras, y que ha ayudado a millones de personas a resistir en las condiciones más terribles y más duras desde que somos Homo sapiens. 

Los y las cuidadoras de la llama alimentan este fueguito y trabajan día a día para despertar a los demás, para evitar que el frío congele los corazones, y para contribuir a la construcción de un mundo mejor. 

Todos y todas podemos cuidar y alimentar esta candela de la esperanza, no sólo con bellas palabras sino también con acciones: hay muchísima gente sensible que sueña con la paz, la justicia social, la igualdad, y el amor. Y cuando nos unimos, la llama se convierte en una gran hoguera. 

Gracias de corazón a toda la gente que alimenta este fueguito para darnos calor cuando sentimos que nos morimos de frío.