8 de agosto de 2013

Defensa del enfoque queer como herramienta de análisis e instrumento de transformación social



Defensa del enfoque queer como herramienta de análisis e instrumento 
de lucha social: oda a las ventajas y utilidades del queer.


Soy una gran defensora del Queer por muchas razones. Siempre me ha costado mucho arraigarme o adherirme con fidelidad a un determinado grupo/corriente/perspectiva, 
tanto en el ámbito social como en el intelectual. El Queer en cambio me gusta porque 
se puede entrar o salir con libertad, y yo asocio el término queer a diversidad, porque 
en ella cabe todo: lo “normal” y lo “raro”. Su afán inclusivo  me hace sentir queer 
porque existe ahora, porque los que no hablan inglés lo pronuncian "cuer", porque yo 
puedo escribirlo "kuir" o puedo cambiarle el nombre, y no pasa nada. 

No importa mucho la etiqueta, lo interesante es el trabajo común y transnacional 
en la ruptura contra las catalogaciones que nos dividen, nos separan, nos clasifican
y nos discriminan.

El Queer no es una metodología ni posee pretensiones de universalidad, no se nos 
impone como una “nueva forma de pensar”, ni tampoco como una guía para seguir 
paso a paso. Tampoco tiene un modelo ideal de realidad ni una propuesta política 
determinada, cerrada en sí misma, lista para ser obedecida. La Teoría Queer es un 
proceso siempre inacabado, no nos regala metas ni certezas, sino que más bien 
es generosa en ofrecer preguntas y crear más dudas. Para mí es esencial como
herramienta de análisis y de activismo sociopolítico precisamente porque no ofrece
paraísos ni salvaciones individualistas, sino que desde lo colectivo multiplica 
las propuestas de transformación y da cabida a todas ellas.

Además, me gusta lo queer porque no se instala cómodamente en el activismo o en el academicismo, sino que transita libre entre las calles y las aulas, los museos y las 
discotecas, los congresos y los centros sociales okupados, las verbenas populares y 
las revistas académicas. El mundo Queer heredó todo el cuestionamiento foucaultiano 
acerca de la normalidad, la naturalidad, lo correcto y lo incorrecto. Las queers, al no 
creer en el concepto de “verdad”, no ofrecen soluciones totalizantes ni mapas para 
reconducir el sistema hacia un punto determinado.

El Queer está descentralizado, y se parece a Internet. Cualquiera de nosotras 
podemos hacer queer y aportar al debate con vídeos, textos, ilustraciones, foros, 
imágenes, reflexiones, deconstrucciones,  preguntas o performances. El cuestionamiento
 crítico de nuestra sociedad viene de todas partes, se multiplica solo: todo el mundo 
puede quejarse, dudar de las verdades dadas por supuesto, adquirir otra perspectiva 
sobre determinado tema, aportar desde donde está, elaborar críticas constructivas, 
proponer nuevas ideas y ponerlas en marcha. Aunque no se autodenominen queer, 
las críticas y las propuestas sirven para hacer queer. Vengan de donde vengan.

El mismo hecho de que la gente o los grupos o las mareas no quieran ser etiquetadas constituye en sí un acto de resistencia política que es queer, porque se niegan a ser encajonadas. En lugar de dedicarse a definirse, pasan el tiempo transitando,
transmutando, re-convirtiéndose, inventándose.  Pasan de ser innombrables a ser 
invisibles, y vienen más formas de protesta original para luchar por los derechos 
humanos, porque estamos en tiempos en que es preciso agudizar el ingenio y el 
humor para abrir el debate social y legislativo en el ámbito de los derechos humanos.

El queer es muy útil para llevar a cabo un análisis multidisciplinar en torno a nuestras construcciones culturales y sociales, porque no habla desde una sola disciplina, porque
no se detiene en una sola categoría de análisis: las autoras queer han incorporado 
múltiples categorías de análisis como la identidad, el género, la orientación sexual, 
el origen de  procedencia, la religión, la etnia o la nacionalidad, el idioma, la edad, 
el cuerpo y  la sexualidad, el deseo y los afectos, las emociones y los sentimientos.

El queer, entonces, nos puede servir para seguir aportando a la deconstrucción del pensamiento binario, para entender por qué pensamos en sistemas de pares de 
opuestos, y para visibilizar el modo en el que empobrece nuestra percepción y 
pensamiento. Sirve también para la sacar a la luz nuevas formas de pensar, de 
percibir, de relacionarnos con la realidad. Nos muestra otras ideologías alternativas 
que sostienen otros discursos, que crean otras performances, que nos cuentan 
otros cuentos.

El Queer reivindica la complejidad de la realidad, la visibilización de lo invisible, 
la necesidad de defender  la diversidad frente a los procesos de homogeneización y globalización cultural. El Queer entona un “nosotros/nosotras” frente al individualismo 
del “sálvese quien pueda” y del miedo atroz al otro, a los otros, a las diferentes, 
a los extraños, a las extranjeras, a los negros, a los rojos, a las mujeres transexuales, 
a los maricas, a las indefinidas, a las raras. Los y las queers reniegan de los 
estereotipos y roles de género, subvierten el concepto de “normalidad”, hacen gala de 
sus rarezas, exaltan el valor de la diversidad, y claman contra toda forma de
pensamiento autoritaria y rígida.

De este modo, el queer no solo rompe con el pensamiento binario, sino también con toda la producción asociada a este pensamiento binario y jerárquico: el patriarcado
la globalización, las democracias actuales, el fascismo y el capitalismo. Pero también 
con toda forma de hegemonía que al imponerse discrimina: la heterosexualización de la realidad, el racismo, el sexismo, la homofobia, la lesbofobia y la transfobia, la misoginia
y el machismo. Su lema no es “todos somos iguales”, sino “todas somos diferentes, 
y en la diversidad reside nuestra riqueza”.

El Queer no es una ciencia nueva ni una corriente, ni es solo un movimiento marica
o una moda pasajera. Es una herramienta para deconstruir, para proponer, para 
reflexionar sobre como construimos la realidad y cómo podríamos cambiar esa 
construcción, para ir más allá de las etiquetas que nos diferencian y nos oprimen. 

El queer  trabaja en red, de un modo simultáneo y horizontal, como en la nube: 
hay mucha gente trabajando en su comunidad o su barrio, desde las asambleas. 
Son gente que entiende que el bienestar o la felicidad no son posibles si no son 
colectivas. Eso para mí es ser gente queer…  gente generosa, comprometida, 
con ganas de mejorar el mundo en el que vive.  Las y los queer trabajan en la 
lucha por los derechos humanos de la población LGBT, de las mujeres, de las 
poblaciones indígenas, los refugiados, las inmigrantes, los desplazados, las marginadas.  

El queer también se atreve a soñar con un mundo diferente, a llenar de propuestas 
los muros vacíos: son nuevas utopías que surgen en todas las mentes soñadoras. 
Desde mi perspectiva, uno de los mayores potenciales de transformación del Queer 
es esta capacidad de incluir a todo tipo de gente en la transformación de nuestras 
sociedades. Otro potencial revolucionario de este concepto es también la posibilidad 
de que dejemos de llamarlo “queer” y se nos ocurra otro término.  

Lo importante, creo, es seguir analizando, cuestionando, hablando, compartiendo, 
debatiendo, aportando y derribando, construyendo otras estructuras más flexibles, 
probando nuevos formatos, creando espacios de trabajo desde la diversidad.




Este artículo pertenece al libro: 












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