desde el tren de cercanías
la Vieja Sorbona
desde la Tour de Montparnasse
Metro de París estación Lamarck
Barrio de Montmartre.
Montmartre de día
Cité de la Musique
debajo de la Torre Eiffel, parece una estación espacial!
Atardecer en el Sena, a la altura del Hotel de la Ville
R.E.R
Molin Rouge
Cementerio Pere Lachaise
desde Sacre Coeur
se me pusieron los pelos de punta con esta forma de encadenarse simbólicamente
afortunadamente estos encadenamientos románticos no duran toda la vida: los y las parisinas los cogen cuando necesitan un candado
en el Museo Georges Pompidou
en el Museo Georges Pompidou
Estaban rodando una película en mi calle
Saint Michel
Notre Dame al atardecer
En el 10 Aniversario de la Declaración de UNESCO sobre la Diversidad Cultural
Indignez-Vous!! 15 Octubre
De la mani 15O nos fuimos a la manifestación anticolonialista, sazonada con gas pimienta
Estas fotos reflejan sólo parcialmente mis vivencias en esta ciudad, pues me dediqué a sumergirme en los barrios como una ciudadana más, paseando por las calles llenas de mercados, tiendas de ropa barata, peluquerías afroamericanas, bazares, sex shops, bares, restaurantes de comidas de todos los países, talleres mecánicos, ferreterías, etc.
Como ya había estado dos veces de turista total, no me atraía mucho el París monumental a orillas del Sena y me apetecía más caminar por las calles y ver a la gente que pasa el día en ellas, grupos de latinos, pakistaníes, argelinos, marroquíes, subsaharianos, etc. Me alucinaba la cantidad de gente que se mueve sobre ruedas en la ciudad: bicis, patinetes, patines, monopatines... gente de todas las edades y con carriles estupendos para desplazarse. Me gustaba ir a los parques y ver a las mamás francesas (muy pocas) y a las niñeras negras (la gran mayoría) cuidando niños franceses blanquitos.
Me preguntaba quién estaría cuidando a las hijas e hijos de las niñeras, y me cuestioné mucho el concepto de multiculturalidad. Si, están todas las razas, todos los países en París. Pero cada uno en sus guettos, en su clase social, en su entorno. Las mujeres europeas se mueven con libertad, pero las de otras razas y culturas apenas caminan por las calles: del colegio de los niños a casa, de casa al mercado, del mercado a casa. Sólo son visibles las mujeres rumanas que piden en la calle; a las mujeres árabes no se las ve en los bares, que a menudo están llenos de hombres en exclusiva, a las mujeres pakistaníes o chinas solo las ves en las tiendas, y difícilmente, pues permanecen en el espacio doméstico la mayor parte del día.
Me impresiona mucho la miseria, también. Muchas personas deambulan por los barrios hablando solos, canturreando, o basureando, y también la gente habla sola en el metro, una ciudad subterránea con tiendas, bares y mucha gente tumbada por los pasillos y los andenes resguardándose del frío.
Me impresionó mucho la crueldad en una ciudad en la que en medio segundo te puede cambiar la vida de golpe. La policía te para indiscriminadamente por la calle para pedirte los papeles. Si no los tienes, la mayor parte de las veces te deportan, da igual que tengas hijos, casa, pareja, que estés estudiando, o que tengas que ir al trabajo al día siguiente. Es una cuestión de suerte. Si eres blanca ni te piden el billete en el metro.
París es una ciudad dura, y hay tiendas con precios verdaderamente obscenos. Es un espacio loco en el que conviven lujo y necesidad de una forma escandalosa. Me alucinaba y me indignaba ver vestidos de 100.000 euros, pendientes o pulseras de 50.000 euros, cochazos de lujo, hombres elegantes de traje y corbata, hoteles con precios absurdos e indecentes. También me llamaba la atención la soledad de la gente, la realidad del individualismo más exacerbado, y el desamparo de ancianas y ancianos, de enfermos mentales.
Del París bohemio me encantaban las librerías, las tiendas de antigüedades, y los rincones literarios, pero también me dejaban con la boca abierta los escaparates de las pastelerías, los músicos del metro que le daban al viaje otra dimensión mucho más humana, los y las artistas de la calle, los bailes de los domingos en discotecas para ancianos y ancianas con poder adquisitivo, la cantidad de personajes que me crucé en el camino, cada una con sus fantasías y rarezas.
Además de la sofisticación y el glamour de los parisinos, de su arquitectura monumental, sus palacios, sus aeropuertos, sus museos, sus vistas aéreas, sus puentes, sus tiendas y galerías de arte, París también es una ciudad maloliente, sucia, con solares abandonados, casas en ruinas, y calles poco recomendables a ciertas horas. Es una ciudad cruel donde la gente se busca la vida lo que puede, mi barrio estaba lleno de gente trapicheando con tabaco de contrabando, colonias falsas, droga, y encontrandose, intercambiando, buscando el modo de hacer plata.
Me gustó mucho también entrar en todas las iglesias que veía a mi paso porque estar en ellas te alejaba de la rutina urbana del siglo XXI y te transportaba a otro siglo, lleno de silencio, de olor a cirio y a incienso, te envolvías en una burbuja detenida en el tiempo. Pasee por los cementerios, no lugares también llenos de belleza, de escritores, escultores, pintores, filósofas, vida y de muerte.
Casi nunca hice fotos porque no quería parecer turista y porque me sentía dentro de lo que había en las calles, no fuera.



































1 comentarios:
Muy interesante, desmitifica Paris como la ciudad romantica de la novela rosa por excelencia, me llevo tu gif de feminismo para todas! ^.^
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