26 de diciembre de 2011

El poder de las mujeres






Las mujeres, a nivel individual y como clase social dominada, hemos tenido todo tipo de reacciones ante el poder patriarcal: por un lado la sumisión en diferentes grados, por otro, la lucha abierta contra la opresión. Y es que aunque no nos lo cuenten en la escuela, han sido muchas las pequeñas rebeliones de mujeres, individuales o en grupo,  que han tenido lugar a lo largo de toda la Historia del patriarcado. En la actualidad, el planeta entero está lleno de mujeres que están luchando por los derechos para todas, y por la igualdad, y afortunadamente, son cada vez más los hombres que están apoyando políticamente esta lucha contra la discriminación y la violencia contra las mujeres.

Decía Foucault que el poder es bidireccional, condicionado por múltiples factores interrelacionados entre sí, y más complejo de lo que pensamos aplicando la lógica del amo y el esclavo. En realidad, el poder es cambiante y toma múltiples formas. 

A mi no me hace especial ilusión que las mujeres presidan bancos, empresas o naciones si lo hacen al modo masculino, ya que por muy mujeres que sean las estructuras democráticas y capitalistas son masculinas, y el margen de maniobra para cambiar esta estructura patriarcal es mínimo. O sea, que me alegraría más ver el poder no representado por un hombre o una mujer, sino ejercido por la ciudadanía.









Angela Merkel, Presidenta de Alemania










Dilma Roussef, Presidenta de Brasil



Cristina Fernández, Presidenta de Argentina









Ellen Sirleaf Johnson. Presidenta de Liberia










Hillary Clinton, 
primera mujer que se presentó como candidata
 a las elecciones presidenciales de EEUU.




Helen Fisher afirma que la forma de organizarse de muchas mujeres en el planeta está basado en la creación de redes de ayuda mutua, en la cooperación, en la horizontalidad. Pero la realidad es que las presidentas, directoras y jefas están solas ahí arriba, en el poder de las culturas patriarcales. Y que la mayoría de ellas no luchan por acabar con  la desigualdad de género; es el caso de la Presidenta de Costa Rica, Laura Chinchilla, que no se casa con los valores feministas ni tiene en sus prioridades trabajar por la Igualdad.











Siempre he pensado que el poder compartido, el poder del grupo, es mucho más interesante que el poder individualizado. Es decir, me emociona mucho más ver a las Mujeres de Negro manifestándose contra las guerras, o a las Abuelas de Plaza de Mayo denunciando al régimen dictatorial que la subida al poder de mujeres relevantes. Que Isabel la Católica gobernara durante unos años no creo que significase el fin del machismo en la España de la época; era una excepcionalidad, más bien, que confirmaba la regla. 






A nivel personal, en una misma pueden darse diferentes grados de sumisión o rebeldía según las circunstancias. Es el caso, por ejemplo, de las mujeres que son jefas y a la vez tienen superiores, son madres pero también hijas, han sido nietas y luego se convierten en abuelas, son universitarias pero tienen trabajos precarios, a veces tienen autonomía y otras veces la pierden.


“Mujeres de clase alta pueden influir y mandar en hombres de clase inferior, las mujeres maduras a los hombres más jóvenes, las mujeres jóvenes y atractivas a los hombres maduros, y las esposas a sus maridos. Aun donde el sometimiento se aplica con especial rigor, los hombres nunca dominaron universalmente a las mujeres”. (Helen Fisher, 2000)

Helen Fisher destaca otros ejemplo de mujeres que han tenido poder en la esfera pública: Hatshepsut, que gobernó Egipto en el año 1505 antes de Cristo, y otras faraonas de género femenino. Las amas de casa de la Grecia clásica vivían recluidas, pero las cortesanas recibían educación y eran muy independientes. En los siglos I y II de la era cristiana algunas mujeres romanas de la clase alta urbana alcanzaron notoriedad como literatas; otras trascendieron en la política. 


Durante la Edad Media muchas monjas fueronintermediarias del poder dentro de la Iglesia; otras ejercieron enorme influencia en el mundo mercantil. En el 1400 algunas mujeres pertenecientes al mundo islámico del Imperio Otomano eran dueñas de tierras y barcos. Durante el Renacimiento europeo, una cantidad importante de mujeres inglesas y del continente eran tan cultas como cualquier hombre. 

Gracias a la Teoría Feminista, al Postestructuralismo y la Teoría Crítica, se han llevado a cabo minuciosas revisiones de ideas científicas que hasta ahora parecían verdaderas e inmutables, como la teoría occidental de que la dominación del hombre sobre la mujer es universal. Desde este proceso de crítica y revisión, y a la luz de nuevas investigaciones, han surgido nuevos modos de comprender las relaciones entre los géneros en las diversas culturas de la Tierra, tanto las que aún existen como las que desaparecieron. 

Para  la antropóloga norteamericana, el aporte fundamental de estos estudios fue demostrar que las mujeres de muchas otras culturas tradicionales eran relativamente poderosas hasta la llegada de los europeos: Antes del movimiento feminista de los años 70, los antropólogos norteamericanos y europeos simplemente daban por sentado que los hombres eran más poderosos que las mujeres y en sus investigaciones reflejaban sus convicciones. Por ejemplo en el caso de los aborígenes australianos, los estudios posteriores reflejaron que ningún sexo domina al otro, un concepto que aparentemente resultaba inconcebible para los eruditos occidentales” 
 (Helen Fisher, 2000).



Antes de que Colón desembarcara en el Caribe, antes de que los misioneros franceses cruzaran a remo los grandes lagos de Norteamérica, antes de que el capitán Cook arribara a Tahití, antes de que los europeos se introdujeran en África, Australia y el Ártico, las mujeres de muchas sociedades aborígenes poseían bienes e información que podían vender, trocar o regalar. Las mujeres hopis, blackfoot, iroquesas y algonquinas de Norteamérica contaban con un sustancial poder económico. Las mujeres pigmeas del Congo tenían autoridad dentro de sus comunidades, al igual que las balinesas, las semang, las polinesias, las indias tlingit, mujeres de las islas Trobiand, y mujeres de regiones de los Andes, África y el Caribe. Muchas de ellas tenían un estatus económico y social considerable. (Etienne y Leacock, 1980; Dahlberg, 1981; Sacks, 1979).

Las mujeres navajo forman parte de una comunidad matrilineal (aproximadamente el 15% de las sociedades humanas son matrilineales, es decir, trazan su ascendencia por vía femenina). Son las que heredan las propiedades familiares, curan medicinal y espiritualmente a sus semejantes, y gozan de un enorme poder económico y social. Su deidad más poderosa es femenina, “la Mujer cambiante”.





Las investigaciones de Martin Whyte, que exploró el Archivo del Área de Relaciones Humanas, (un avanzado banco de datos que contiene información sobre más de 800 sociedades) y otras fuentes etnográficas, fueron muy importantes por varias razones. En primer lugar, acabaron con el mito del matriarcado como sistema de poder semejante al  patriarcal, pero revelaron la existencia de sociedades igualitarias. Este es un tema muy controvertido porque hay autores y autoras que sí defienden la idea de que han existido y existen sistemas matriarcales, especialmente en las culturas prehistóricas cuando todo apuntaba a que los hombres no tenían ningún papel decisivo en la reproducción.





En segundo lugar, demostraron que muchas mujeres tenían poder e influencia en unas áreas y en otras no, pero que eso no significaba que estuvieran sometidas en todas las sociedades.

El estudio lo realizó basándose en la investigación de 93 culturas preindustriales. De ellas, un tercio eran cazadores-recolectores nómadas, otro tercio granjeros labriegos, y el último de agricultores y/o ganaderos. El espectro de pueblos estudiados iba desde los babilónicos en el 1750 a.C. hasta las culturas tradicionales modernas. Gracias a estos resultados se vio que el equilibrio de poderes entre hombres y mujeres era polifacético y variable en intensidad. Según Helen Fisher (2000), Whyte no encontró ninguna sociedad donde las mujeres dominaran a los hombres en la mayoría de las esferas de la vida social.

“El mito de las mujeres amazonas, las historias de matriarcas que gobernaban con puño de terciopelo eran solo eso; mitos e historias. En el 67% del total de culturas (principalmente en el caso de los pueblos agricultores) los hombres parecían haber controlado a las mujeres en la mayoría de los ámbitos de actividad. En una cantidad importante de sociedades (30%) hombres y mujeres parecían haber detentado jerarquías equivalentes, en especial en el caso de los pueblos dedicados a la horticultura y en el de los cazadores-recolectores. Y en el 50% del total de las culturas, las mujeres tenían mucha más influencia informal de la otorgada por las reglas de la sociedad. Aun en las sociedades en que las mujeres tenían varias propiedades y ejercían considerable poder económico, no necesariamente contaban con derechos políticos amplios o influencia religiosa, lo que demuestra que el poder en un sector de la sociedad no se traduce siempre en poder en los demás ámbitos. Estados Unidos es el paradigma: en 1920 las mujeres lograron el derecho al voto y su influencia política aumentó. Pero continuaron siendo ciudadanas de segunda clase en lo laboral. Whyte demostró asimismo que no existe nada parecido a una posición social femenina única, que tampoco existe en el caso de los hombres”.
 Helen Fisher.





 Según la Antropología de Género, las mujeres tienen y han tenido poder en todas las culturas, pero no lo han ejercido bajo la violencia o la imposición de un sistema político y económico de signo matriarcal, sino que han ejercido su influencia más bien a nivel práctico o cotidiano y simbólico:

Los pigmeos Mbuji de Zaire por ejemplo, creen que las mujeres son poderosas porque sólo ellas pueden dar a luz. Los mehinaku de Amazonia y muchos otros pueblos otorgan poder a la sangre menstrual (tocarla es causa segura de enfermedad). Los occidentales inmortalizaron el poder de seducción de la mujer sobre el hombre con la fábula de Adán, Eva, la serpiente y la manzana. En última instancia, lo que una sociedad designa como simbólicamente poderoso, acaba siendo poderoso”. (Helen Fisher, 2006)

Según un estudio de la antropóloga Susan Rogers, en las sociedades campesinas contemporáneas en las que los hombres monopolizan todas las posiciones de prestigio y autoridad, las mujeres suelen tratarlos con deferencia cuando están en público, pero en la intimidad poseen una gran influencia informal. Rogers entiende que a pesar de los alardes y actitudes masculinas de poder, ninguno de los dos sexos considera realmente que los hombres dominan a las mujeres, y llega a la conclusión de que el poder entre los sexos está más o menos equilibrado. 





Otro autor que defiende la idea de la mitificación del poder masculino es Franz De Waal, porque afirmó que la capacidad para liderar no depende de la fuerza, la velocidad, el tamaño, la agilidad o la agresividad; sino de otros factores como el ingenio, la seducción, las habilidad sociales para relacionarse,etc. Según Fisher, De Waal comprobó en los estudios sobre el papel fundamental de las hembras chimpancé en el juego de poder y confirmó las dos teorías observadas por los antropólogos en las culturas humanas: la jerarquía no es una cualidad única, monolítica, que pueda medirse de una sola manera, y el dominio de los machos, si implica poder sobre las hembras en todos los aspectos de la vida, es un mito.


Entendiendo que el poder tiene múltiples dimensiones y que la sumisión también puede ser una fuente de poder sobre el dominador, los  teóricos de ambos sexos han puesto el acento en otras variables como son las socioeconómicas, las raciales, laborales, psicológicas, etc. La mayor parte de ellas se han dado cuenta de que la variable de la edad es sumamente importante a la hora de valorar el poder femenino en todas las culturas de la tierra. Además, en muchos rincones del planeta a las mujeres mayores se las considera “parecidas” a los hombres, según la antropóloga Judith Brown (1982).



Numerosos estudios demuestran que en casi todas las culturas las mujeres, al llegar a la madurez, alcanzan la independencia, el dinero, las propiedades y las relaciones que les dan poder económico y prestigio. 


Helen Fisher dedica capítulos enteros a la importante función social de las abuelas, y a la figura de la mujer madura llena de experiencia, segura de sí misma, y con múltiples capacidades y habilidades que puede aportar a la sociedad.









“En todas las sociedades tradicionales estudiadas, la mujer posmenopáusica alcanza un tipo u otro de poder: económico, social, político y/o espiritual. Heredan propiedades y acceden a una posición central en la familia; ya no tienen niños pequeños a su cargo y pueden tener tiempo para dedicarse a los asuntos de la comunidad y para colaborar en las prácticas chamánicas.  Al no tener ya capacidad procreadora, se les suelen pasar por alto sus deslices sexuales. (…) Con la menopausia las mujeres se vuelven más seguras, decididas, directas, desinhibidas, todas ellas asociadas a la presencia de altos niveles de testosterona en las mujeres. Kristen Hawkes considera que el desarrollo de la menopausia en la fisiología femenina, junto con la aparición de la figura de la abuela, es uno de los hitos de la evolución humana. (…)  Las mujeres posmenopaúsicas ancestrales eran bibliotecas vivas, ancianas sabias que podían reconocer todo tipo de climatologías extrañas, plantas venenosas, curativas o nutritivas. Impedían las peleas entre los niños, calmaban a adolescentes inquietos, escuchaban quejas maritales, etc. Mediaban en las disputas y ayudaban a difundir las noticias. Algunas eran visionarias o clarividentes. Muchas tenían una especialidad y eran curanderas, comadronas, educadoras, contadoras de cuentos y mediadoras con el mundo de los espíritus”.
 Helen Fisher (2000)


En nuestra sociedad, las mujeres maduras se caracterizan en la actualidad por su mayor esperanza de vida y su capacidad adquisitiva. Un dato importante, según la antropóloga estadounidense, para la industria  y la política, pues se calcula que para 2020 el 45% de los votantes norteamericanos serán personas mayores de 55 años, y mayoritariamente mujeres (Fisher, 2000).



Aquí os dejo un vídeo donde se habla de la comunidad Mosuo, considerada por much@s una sociedad donde las mujeres tienen una gran importancia social. 




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http://unaantropologaenlaluna.blogspot.com/2011/11/cuando-las-mujeres-mandan-la-mujer.html?spref=fb




http://es.wikipedia.org/wiki/Matriarcado


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25 de diciembre de 2011

Otras masculinidades



La masculinidad es una construcción que varía según las zonas geográficas, las etapas históricas, la organización sociopolítica y económica de cada cultura. Hoy quería hablaros de dos culturas pacíficas e igualitarias, la tahitiana y la semai, donde la identidad masculina no está tan marcadamente construida en oposición a las mujeres. No son las únicas culturas no patriarcales, pero David Gilmore, antropólogo que ha estudiado en su obra los diferentes tipos de masculinidad, admite que no son muy numerosas en nuestro planeta.
 Sin embargo, pienso que su simple existencia demuestra que hay otras formas de ser hombres y mujeres, otros conceptos en torno a la virilidad que no están construidos sobre la base de oposiciones característica de nuestra forma de pensar occidental. Es decir, existen virilidades que no se construyen con el rechazo a la feminidad como trasfondo ideológico.


VIRILIDADES NO HEGEMÓNICAS: TAHITÍ Y LOS SEMAI DE MALASIA


El primer contacto con Tahití se remonta al siglo XVIII, con la expedición capitaneada por Cook. Desde las primeras visitas de los europeos, la cultura tahitiana ha despertado la curiosidad occidental, sobre todo a causa de su informal tratamiento de los roles sexuales. La mayoría de los visitantes se fijó en la extraña ausencia de diferenciación sexual en los papeles que desempeñaban en la isla. Por ejemplo, el marinero John Forster (1778) observó que las mujeres tahitianas gozaban de una condición notablemente alta y que se les permitía hacer todo lo que hacían los hombres. Había jefas con verdadero poder político, algunas mujeres dominaban a sus maridos; todas las mujeres podían participar en los deportes; incluso las había que practicaban la lucha con adversarios masculinos. En general las mujeres iban y venían a su antojo, conversando “libremente con cualquiera, sin restricciones”, cosa que extrañaba a los occidentales.

Según el estudio llevado a cabo por Levy (1973), las diferencias entre los sexos en Tahití no están muy marcadas, sino que son más bien borrosas o difusas.

“Los varones no son más agresivos que las mujeres, ni las mujeres más tiernas o maternales que los hombres. Además de tener personalidades similares, los hombres y las mujeres también desempeñan papeles tan parecidos que resultan casi indistinguibles. Ambos hacen más o menos las mismas tareas y no hay ningún trabajo u ocupación reservados a un solo sexo por dictado cultural. Los hombres cocinan de forma habitual. Además, no se insiste en demostrar la virilidad, ni se exige que los hombres se diferencien de algún modo de las mujeres y los niños. No se ejerce ninguna presión sobre los muchachos para que corran riesgos ni se prueben a sí mismos, ni se les obliga a ser diferentes de su madre o hermanas. La virilidad no supone pues ninguna categoría importante, ni simbólica ni de comportamiento”.

En la cultura de Tahití, los varones no temen actuar de un modo que los occidentales considerarían afeminado. Por ejemplo, durante las danzas, los hombres adultos bailan juntos en estrecho contacto corporal, y la mayoría de los varones va a visitar a menudo al homosexual del poblado (el mahu).  El mahu del poblado es un transexual que ha elegido ser mujer honoraria. Es una figura parecida al berdache de los indios americanos, o el wanith de los omaníes musulmanes. Al mahu se le tiene un gran respeto; viven como las mujeres, baila y canta con ellas, tiene voz afeminada y entretiene a los hombres y los muchachos ofreciéndoles sodomía y felaciones. La mayoría de los hombres tahitianos se relaciona abiertamente con el mahu  sin que eso les cause ningún problema, y además, suelen asumir el papel pasivo en las relaciones con el mahu.



Los hombres tahitianos contestaban a las preguntas de Levy diciendo que no hay diferencias generales entre el hombre y la mujer en cuanto a carácter, pensamiento, características morales o dificultades en la vida. El afeminamiento, según Levy, se acepta como un tipo corriente y general de la personalidad masculina. Los muy machos se consideran extraños y desagradables.  Se espera de los hombres no sólo que sean pasivos y complacientes, sino que ignoren los agravios. No hay concepto del honor masculino que defender ni venganza que llevar a cabo. Incluso cuando se les provoca, es raro que lleguen a las manos. Turnbull (1812) afirmó al estudiarlos: “Su carácter es extremadamente pacífico… nunca ví a un tahitiano fuera de sí durante toda mi estancia”. Está prohibido entre ellos agredir y tomarse la revancha, aunque se sientan estafados.

Otras características de esta ideología de la virilidad son:

-          El idioma tahitiano no expresa gramaticalmente el género. Los pronombres no indican el sexo del sujeto ni del objeto, y el género no desempeña ningún otro papel en la gramática. Casi todos los nombres propios tradicionales se dan tanto a las mujeres como a los varones.
-          Los tahitianos no hacen ningún esfuerzo para proteger a las mujeres ni para repeler a los intrusos extranjeros. De hecho, lo cierto es todo lo contrario, para gran escándalo y deleite de los observadores occidentales.
-          Los tahitianos no cazan, ni hay ocupaciones excesivamente peligrosas o agotadoras que se consideren masculinas. Hay pesca abundante de agua dulce y la tierra es muy fértil (todo el mundo tiene lo suficiente o lo arrienda por una suma muy pequeña), tienen animales domésticos y no existen la pobreza extrema ni los conflictos económicos.
-          En la sociedad tahitiana no hay luchas ni guerras. La economía más que competitiva es cooperativa, pues las familias se ayudan entre sí tanto en la pesca como en la recogida de las cosechas. Se alegran con subsistir y no se esfuerzan por acumular bienes. Lo auténticamente tahitiano es no trabajar con esfuerzo, lo que sorprende al occidental que los ve como perezosos.





LOS SEMAI: Según David Gilmore (1994), es un pueblo muy parecido al tahitiano en su falta de esquema respecto a los sexos. Son una etnia pacífica que sufrió una serie de incursiones de pueblos malayos, más numerosos y de tecnología más avanzada, y que por ello adoptó la política de huir en vez de luchar (Dentan, 1979). Son uno de los pueblos más tímidos de la tierra; y además están racialmente muy mezclados, producto de décadas de mestizaje casual con los malayos, los chinos, y cualquiera que pasara por sus enclaves selváticos.

Los semai creen que resistirse a las insinuaciones, sexuales u otras, de otra persona, equivale a una agresión contra esa persona. Punan es la palabra semai que designa cualquier gesto, por muy discreto que sea, que haga sentir rechazo o frustración a otra persona. Esto podría atraer sobre el poblado el castigo de los espíritus, que prohíben cualquier comportamiento incorrecto.

Para evitar la catástrofe, los semai siempre acceden mansamente a las peticiones y proposiciones. Del mismo modo, un hombre o una mujer no pueden acosar indebidamente a otro para tener relaciones sexuales. Evidentemente, los semai no sienten celos sexuales y el adulterio es endémico. De las relaciones fuera del matrimonio dicen: “Sólo es un préstamo”.


Las prohibiciones de herir los sentimientos de los demás suelen equilibrarse, por lo cual el comportamiento sexual en los poblados semai resulta generalmente conciliatorio, ya que es guiado por normas de extrema cortesía. Sin concepto de honor masculino o de derechos paternos que los inspiren, los varones semai no hacen ningún esfuerzo para impedir esa mezcla. Tampoco hay consecuencias negativas para los frutos de violaciones: todos los niños ilegítimos nacidos así son amados y bien atendidos, ya que los semai no pueden soportar que se desatienda a los niños.

La personalidad semai se asienta en una omnipresente imagen de sí mismo estrictamente no violenta. Ellos afirman que nunca se enfadan, e incluso alguien que esté evidentemente enojado lo negará categóricamente. Las discusiones a gritos están prohibidas porque los gritos “asustan a la gente”. Si alguien se siente contrariado por las acciones de otro, simplemente se aleja o pone mala cara. Si una disputa no puede solucionarse sin resentimientos, uno de los antagonistas dejará el poblado. Los semai no tienen competiciones deportivas ni concursos en los que alguien pueda perder o incomodarse. Nadie puede dar órdenes a otro, ya que ello “le frustraría”.

Los semai no hacen distinción entre un dominio público masculino y otro privado femenino. No hacen ningún esfuerzo por recluir o proteger a las mujeres, y el concepto occidental de intimidad les es desconocido. Por ejemplo, negarse a que alguien entre en su casa se considera un acto de extrema hostilidad. El concepto de “lo mío” no tiene ningún significado para ellos. Le dan poca importancia a las posesiones materiales y al individualismo. Disponen de abundante tierra para cultivar y todos cooperan en el trabajo. No existe la propiedad privada, ni de la tierra, ni de los bienes de consumo. Si alguien no tiene tierra para cultivar, puede pedir un trozo a un amigo o pariente: se le entrega con mucho gusto.




A los varones les gusta cazar con cerbatanas impregnadas de veneno, y con trampas, y además sólo cazan animales pequeños. Si topan con algún peligro, salen corriendo. Al parecer, las cerbatanas son un símbolo fálico de su virilidad. La ecuación arma = pene, adoptada también por los bosquimanos y otros pueblos pacíficos, parece universal en los pueblos cazadores.

Pero no hay culto a la masculinidad, como tampoco lo hay en la cultura tahitiana. Los semai tienen animales domésticos, sobre todo gallinas, pero no se atreven a matarlos cuando están criados, por lo cual los intercambian o los venden a chinos o malayos. Saben que ellos los matarán pero prefieren no pensar en ello. Pescan también, tanto hombres como mujeres.

Uno de los aspectos más interesantes de la población semai es que la división sexual de las labores se hace en virtud de preferencias, y no de obligaciones o de prohibiciones. Las mujeres participan en los asuntos políticos en la misma medida que los hombres, pero suele haber menos jefas de poblado. A los hombres se les permite ejercer de parteros (ayudan a las mujeres en los partos). Es decir, no hay reglas rígidas. Todos y todas pueden elegir hacer aquello para lo cual se sienten mejor dotados sin recibir crítica alguna.



Fuentes bibliográficas: 


1)      Gilmore, David D.: “Hacerse hombre. Concepciones culturales de la masculinidad”, Paidós Básica, Barcelona, 1994.
2)   Conell, R.W: “The men and the boys”, Polity Press, Cambrigde, 2000. 



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CITAS SOBRE LA MASCULINIDAD



17 de diciembre de 2011

El amor libre y la poliamoría




“Es una locura querer reducir el amor a una ecuación o limitarlo a una forma única de expresión. Aquellos que lo intentaron se dieron cuenta bien pronto de que habían equivocado el camino. La experiencia amorosa no conoce fronteras. Varía de individuo a individuo”.

Émile Armand; La vida sensual, la camaradería amorosa
  
De pequeñas aprendimos que lo normal es que el amor erótico se limite a una sola persona del sexo contrario. Es cierto que en la época de guardería  los adultos ríen cuando decimos que tenemos varios novios o varias novias, como si fuese una extravagancia infantil; pero pronto se nos enseña que el deseo sexual y la intimidad solo se comparten con uno. Lo demás es etiquetado como promiscuidad, adulterio o traición, y pronto comprobamos que transgredir las normas de la monogamia en nuestra sociedad tiene un coste muy alto. 


Y es que la mayor parte de las sociedades humanas límitan la libertad sexual y amorosa de sus miembros; nuestras comunidades poseen unas reglas morales y legales, unos tabúes y prohibiciones que constriñen nuestro deseo sexual con la excusa de mantener el orden social y la convivencia. 


Las sociedades en las que se practica el amor libre son minoritarias, pero han existido y existen con variaciones. Un ejemplo de ello es la cultura hippie o la cultura anarquista libertaria, o culturas no occidentalizadas como la comunidad de los Mosuo en China (os pongo el vídeo al final del artículo). A mí me fascina que a través de los medios de comunicación podamos acceder hoy a culturas que tienen ideologías amorosas diferentes a la nuestra. Y es que al estar basada en las relaciones jerárquicas y la monogamia, limitan enormemente nuestra capacidad de disfrute y nuestras releciones amorosas. 


En el amor romántico occidental, la monogamia es la parte luminosa, y el adulterio es la parte oscura de las parejas. El adulterio siempre comienza siendo clandestino y causa un enorme escándalo social, en cambio la gente que practica el amor libre se ve exenta de vivir ocultando sus amores, mintiendo a su pareja “oficial”, traicionando la confianza de los suyos. Las poliamorosas, por ejemplo, son personas que viven el amor sin estar sujetos a la idea de la propiedad privada, la exclusividad, el miedo y los celos, o al menos, trabajan para lograr relaciones más plenas basadas en la libertad, la confianza, la sinceridad, el cariño.

El amor libre es una forma de quererse que han seguido algunos grupos humanos desde el principio de los tiempos. La idea principal es que los amantes permanecen juntos hasta que dejan de querer estarlo, y no tienen que limitar su amor a una sola persona. En el amor libre no hay propiedad privada, de modo que cada una hace con su cuerpo lo que quiere, y nadie tiene exclusividad sexual sobre el cuerpo de otra persona.


Las relaciones libres están basadas en las ideas de igualdad, libertad y fraternidad; es una forma de expandir el acto amoroso y liberarlo de las normas morales sexuales de cada sociedad. El amor libre es contrario al egoísmo de las personas; de lo que se trata es de que todos disfruten, que no existan monopolios que constriñan las relaciones. La práctica del amor libre trata de derribar prejuicios, tabúes, discriminaciones, prohibiciones y normativas, y basa sus relaciones en la sinceridad y la confianza mutua. En el amor libre no tendrían lugar las mentiras, los engaños ni la hipocresía, y mucho menos la doble moral. 

Estas idealizaciones tienen un carácter utópico que viene dado por su impracticabilidad: para que se diera el amor libre las personas tendrían que vivir en un sistema social, político y económico de carácter libertario, es decir, sin jerarquías de poder. Podemos afirmar, pues, que el amor libre es también un mito que sin embargo ha sido practicado en todas los siglos y épocas, del mismo modo que el amor romántico.

En el ideario del amor libre no existen relaciones de poder o dominación, y por tanto, en su visión idealizada, estaría libre de engaños y traiciones, de obstáculos y mentiras, de acciones desesperadas, homicidios y suicidios. El amante libre acepta el rechazo del otro, o el fin de las relaciones con el otro, con suma deportividad, admitiendo que no se puede hacer nada sobre las pulsiones sexuales y el estado de enamoramiento en otra persona. 

Por lo tanto, no hay estrategias que cumplir, no hay tramas en las que tratar de forzar la realidad, no hay ganas de hacer sufrir al otro para atraerlo de nuevo hacia el amante. Simplemente porque se respeta que el otro no quiera, y se le deja marchar tan libremente como llegó. Cierto que se le puede transmitir la desazón que nos provoca la ruptura, pero el amante libre sigue amando al otro y a los demás porque su forma de estar en el mundo es amorosa. El amor libre no contempla la batalla, la guerra, el acoso o la conquista, la derrota o el triunfo.

El amor libre es más recolector que cazador, porque no emplea la violencia de la pasión, porque permite que el tiempo y el libre fluir de los acontecimientos le junten y le separen de las personas. Además, el amante libre disfruta siempre el carpe diem, porque no proyecta su dominio sobre el otro, su influencia o su poder en el futuro. Vive lo que hay, en el terreno de la interacción de los cuerpos, y lo vive con profundidad, estando presente en el acto amoroso, entregándose por completo a sus sentimientos y emociones; el amor libre carece de obstáculos porque se siente como energía vital y como experiencia maravillosa.




 Nuestro sistema está basado en el poder, la propiedad privada, el egoísmo, y la competitividad, y todo ello aderezado por la xenofobia, la misoginia, la homofobia, etc. de modo que es difícil que podamos practicar el amor libre de prejuicios, jerarquías y  discriminaciones. Es casi una utopía convencer al amante que lo normal es que se alegre de que su amada esté gozando con otra persona, sencillamente por el miedo y las inseguridades que este acto puede provocarnos. Yes que los grandes males de la Humanidad vienen provocados por la esclavitud del apego y el intenso miedo que siente el ser humano a perder a sus seres queridos, sus posesiones, su posición, su profesión, su honor, su estabilidad. El miedo a las mujeres, a etnias, culturas, idiomas diferentes, el miedo a enamorarse, el miedo a no sentir, el miedo a vivir y el miedo a morir: el miedo es sin duda el principal obstáculo para la libertad y la felicidad del ser humano.



Breve recorrido histórico del amor libre





El término amor libre, también conocido como unión libre o unión de hecho, surge a finales del siglo XIX y forma parte de la ideología del anarquismo, aunque también tuvo defensores anteriores y posteriores que no se identificaron con esa ideología. Según la concepción anarquista, todo acuerdo libre entre personas adultas es un compromiso legítimo que debe ser respetado por quienes lo suscriben así como por terceros, por lo tanto las relaciones sentimentales o sexuales no necesitan ningún permiso o autorización expresa del Estado, ni ningún compromiso religioso.




La libertad del amor libre se fundamenta en la soberanía individual y la asociación voluntaria, por lo que además de la unión libre incluye:
            La elección libre de pareja.
            El ejercicio del placer sexual.
            La camaradería afectiva.
            Respeto y sinceridad entre ambas partes.

El amor libre ha llegado a confundirse muchas veces con la ausencia de cualquier responsabilidad o compromiso en el amor y en las relaciones sexuales. Lo que se enfatiza en las diferentes concepciones de amor libre es que las relaciones amorosas o sexuales deben ser libres y por tanto responsables, es decir tomadas en un estado de conciencia.

        En unos casos designa una forma de convivencia voluntaria basada en la sinceridad y el respeto mutuos, ya se trate de una relación a corto o a largo plazo.
        El encuentro sexual ocasional, siempre que sea consensuado y responsable también encaja dentro de esta visión.


Las concepciones revolucionarias enmarcaban al amor libre como algo necesario dentro del cambio social. Las posiciones de amor libre han sido especialmente defendidas dentro del anarquismo y en algún grado en el liberalismo y el socialismo por mujeres feministas, aunque también por muchos varones. Dentro del anarquismo se puede destacar los ensayos y la acción de mujeres anarquistas como Emma Goldman o Voltairine de Cleyre, en el área del marxismo están los escritos de Alexandra Kollontai, teórica feminista rusa.



En el siglo XX, la defensa y práctica del amor libre resurgió en la generación Beat de los años 50, en mayo del 68 y en  el seno del movimiento hippie en Estados Unidos, que se convirtió en una subcultura cuyos principios aún son seguidos hoy en día con diferentes grados de intensidad. Aún quedan comunidades en aldeas remotas hippies  (por ejemplo, en la alpujarra granadina o en algún pueblo de la costa gaditana), pero como sucede con casi todos los movimientos colectivos, hoy en día pervive en nuestras sociedades mayormente en el mundo de la moda y la estética. A pesar de ello, el impacto de esta cultura alternativa fue enorme y tuvo unas consecuencias  visibles, porque es el marco en el cual se desató la revolución sexual.

La cultura hippie era profundamente pacifista y ecologista, porque hicieron del amor su máxima vital: 

"Vivimos en un mundo en el que nos escondemos para hacer el amor... pero la violencia se practica a plena luz del día" (John Lennon).  


Los y las hippies destacaron la necesidad de relacionarse amorosamente con la tierra, sus recursos y sus habitantes. Indisolublemente unido a este concepto sobre el amor universal, estaba el concepto de libertad. Los hippies rechazaban el poder, las jerarquías, la dominación y la autoridad, y proponían relaciones igualitarias, libres y armoniosas entre los seres humanos. Despojaron al erotismo y a la pasión de su afán posesivo y exclusivista, de su indisolubilidad, y sobre todo la desproveyeron de su dimensión económica y social. El amor era una forma de trascendencia y espiritualidad, la entendían como la fuerza que guió a Cristo en su intento rebelde de acabar con las injusticias de los poderosos y la desigualdad económica.

Las hippies detestaban las clases sociales, la moral sexual burguesa, las relaciones basadas en la propiedad privada y poseían un estilo de vida hedonista cuya máxima era el carpe diem. Rechazaban la violencia y por ello la lucha armada; su discurso no estaba lleno de rabia, sino de amor. Creían que para cambiar el mundo primero debíamos cambiar los humanos, conocernos mejor a nosotros mismos, trabajarnos las miserias humanas, y hacer felices a los demás, de modo que cuando se reunían era para celebrar que estaban vivos. 



El movimiento hippie organizó numerosas protestas contra la guerra de Vietnam, pero también se reunieron para desnudarse, bailar, cantar, amarse sin trabas, y probar drogas psicotrópicas; en este sentido es un movimiento cultural que se asimila al Romanticismo por su afán escapista. En los grandes festivales practicaban nudismo, escuchaban música y se relacionaban  libremente entre sí, provocando un escándalo social en la puritana sociedad estadounidense.

El movimiento hippie era idealista porque creía que la paz mundial, la igualdad económica, el fin de las jerarquías y el triunfo del amor libre eran posibles. Exportó a Occidente la filosofía oriental y las formas de espiritualidad de hindúes y budistas, poco conocidas hasta entonces. Su punto de referencia fue la India, y de allí exportaron a Occidente sus prácticas religiosas, el Yoga y la Meditación trascendental, la música, los símbolos y sobre todo, la filosofía de la no violencia budista.


A pesar de que los teóricos no se ponen de acuerdo sobre el impacto real en la sociedad de este movimiento, lo que es indudable es que el hippismo fue uno de los primeros fenómenos sociales que triunfaron por su visibilidad mediática. 





Actualmente esta concepción del amor libre ha tomado diferentes formas y expresiones, como por ejemplo los amores Kuir,  los amores swinger o el poliamor, que está basado en la multiplicación de parejas de forma libre. El poliamor mantiene la estructura dual pero rompe con la exclusividad, y abre las relaciones a un mundo más diverso, más complejo, más enriquecedor. Hoy es practicado por muchas personas, y se considera que personajes más famosos que han practicado poliamoría son: Simone de Beauvoir, Sartre, John Lennon, Yoko Ono, Anáis Nin...

Generalmente las prácticas amorosas y sexuales alternativas han sido practicadas en el silencio, en el seno de reducidos grupos sociales, por ejemplo entre las clases altas. Pero en la actualidad van tomando visibilidad gracias sobre todo a Internet, a reportajes periodísticos en los grandes medios sobre estos grupos, a una mayor tolerancia social sobre la diversidad sexual y amorosa. 

La Red es un punto de encuentro para obtener información, compartir puntos de vista, conocer gente con ideologías amorosas parecidas a la tuya, y crear redes poliamorosas, de intercambio de pareja, de prácticas como el bdsm, etc.  









MANIFIESTO POLIAMOROSO
 (Colectivo Poliamor en México)


Lo decimos de modo contundente: olemos algo enrarecido en el amor tradicional; algo se pudre, algo subyugante lo atraviesa: una forma de dominación casi imperceptible.

Cuestionamos en ese sentido lo incuestionable. Cuestionamos la monogamia obligatoria, la cosificación del ser amad@, la cárcel dicotómica del sexo-género y sus roles opresivos.

Impugnamos la familia nuclear tradicional y la mediocridad del monosexismo.

Aborrecemos la mitología del príncipe azul, la bella durmiente y de la media naranja, del “hasta que la muerte los separe” y la familia feliz.

Repudiamos los odios y la violencia sistemática que se genera contra toda manifestación que no se someta al sistema hegemónico.

Cuestionamos toda esencialización del sexo, el género, la sexualidad y el amor.

Nos asquea el yugo del patriarcado y de la dominación masculina que permea a la humanidad entera y nos está llevando a la destrucción del planeta y de la especie.

Rechazamos esa violencia disfrazada de amor que son los celos.

Pugnamos por erradicar toda forma de dominación, autoridad, jerarquía y orden impuesto.

Repudiamos un sólo y único modo de sentir, percibir, pensar y vivir los afectos, la sexualidad y las relaciones amorosas.

Queremos desenmascarar al amor tradicional como una forma más de dominación sistemática, para algun@s, casi imposible de percibir.

Así, nos proponemos trabajar en las siguientes 6 objetivos-áreas:

1. Erradicar. Aspiramos a descolonizarnos de la dominación que ha tomado y hecho suyo nuestros corazones, nuestra entraña, nuestra carne y nuestra alma.

2. Encarnar. Queremos hacer el poliamor, queremos hacer carne, materia, realidad el poliamor. Ansiamos imaginar y crear el amor más allá de lo que nos han impuesto como “el verdadero amor”. Hacerlo letra, imagen fija y en movimiento, canción y poema, pensamiento y acción, reflexión y creación; en una palabra, hacerlo vida.

3. Infectar. Queremos propagar el virus del poliamor y del amor libre. Queremos hablarle a tod@s del poliamor.

4. Tejer y hacer red. Pretendemos crear una red solidaria de poliamorosos en México y en todo el mundo. Queremos revertir la consigna política de “divide y vencerás”. Deseamos hacer alianzas con otros grupos hermanos, con otros rebeldes y excluidos que luchan por la autodeterminación y por una vida digna. Amamos la libertad y nos sentimos profundamente cercanos de todo movimiento libertario.

5. Ser lúdicos, festivos, reventados. Anhelamos compartir contigo unos tragos, un café, un paisaje, unas risas, sueños, la alegría, amaneceres, la cama. Reclamamos gozo. Queremos emborracharnos contigo en la fiesta de la vida.

6. PERO SOBRE TODO, TE QUEREMOS A TI. TE DESEAMOS. TE QUEREMOS LIBRE, LIGERO, DIGNO, PLENAMENTE AMOROS@. QUEREMOS ESCUCHARTE, SABERTE, SENTIRTE. QUEREMOS SABER TUS HISTORIAS, TUS DESEOS, TUS GANAS. QUEREMOS QUE NOS COMPARTAS, QUE NOS TOQUES. DESEAMOS TU DESEO HACIA NOSOTROS.

Si te leíste en alguno o varios de estos objetivos-áreas, es porque desde siempre han sido tuyos. En cada uno de ellos hay mucho que hacer, desde grupos de encuentro hasta orgías del pensamiento pasando por talleres, proyectos artísticos, tertulias, brigadas de divulgación, fiestas temáticas, literatura, cinedebates, obra, investigación, terapias, teoría, etc. Te conminamos a que propongas proyectos al respecto o que te sumes a los que empezaremos a construir. No queremos decirle a nadie qué hacer. No queremos caer en lo que estamos criticando. Te damos la palabra. ¿Qué quieres, qué deseas, qué propones?

Queremos contigo. ¿Quieres con nosotr@s?

Atte. Colectivo Poliamor en México (estamos en Facebook).






A continuación os dejo un vídeo muy interesante otra de las formas de practicar y vivir el amor libre que existe en una comunidad China, los Mosuo, que muchos han calificado como "sociedad matriarcal": 



Los Mosuo: Libertad sexual par raulespert





Aquí tenéis más información sobre el tema:



Libro "El amor libre" de Osvaldo Baigorría


web POLIAMORÍA






Radios de Poliamor: 


http://www.radiomenteabierta.com/ludico/








Sobre Poliamor en Diario PUBLICO:



En Facebook

En Wikipedia





En el blog LLegando Lejos...




Otros artículos de la autora: 


Manifiesto de los Amores Queer



LOS AMORES SWINGER