22 de abril de 2010

Sobre el Tiempo




"Vosotros tenéis los relojes, nosotros tenemos el tiempo".    Proverbio haitiano.

 "El tiempo es muy lento para los que esperan, muy rápido para los que temen, muy largo para los que sufren, muy corto para los que gozan; pero para quienes aman, el tiempo es eternidad." William Shakespeare


El tiempo es el envoltorio dentro del cual nos movemos por el espacio. Hasta hace poco se pensaba que el tiempo era una línea recta infinita, eterna, que había existido desde siempre y que no acabaría jamás. Según esta concepción, el tiempo es como la malla en la cual transcurre nuestra vida, y en la que los efectos preceden a las causas. Por eso distinguimos, desde el ahora, un pasado y un futuro; la cuestión estriba en determinar, según los filósofos, qué es el presente. Cuando lo nombramos ha pasado ya, pero en el fondo el presente es siempre el mismo para un humano, porque lo acompaña cada segundo de su vida.

Los humanos hemos construido relojes que marcan el paso de ese tiempo de manera continua, invariable, siempre hacia delante. Su linealidad se nos antoja irreversible, porque hasta ahora no hemos sido capaces de viajar al pasado ni saltar hacia el futuro. Obtendríamos una prueba de que esto es posible si hubiésemos tenido visita de viajeros del futuro para contarnos la clave de los viajes en el tiempo. Pero hasta ahora no ha sido así, de modo que parece que no podemos saltar hacia delante o hacia atrás, sino siempre discurrir por la vida con el mismo ritmo, minuto tras minuto, hora tras hora, hacia el futuro.

El tiempo es también una construcción de la Humanidad, y en cada cultura el concepto de tiempo varía. En Occidente nuestra concepción del tiempo ha sido rectilínea; Cristo-Dios creó todo al principio y nos juzgará a todos en el final. En cambio para las culturas orientales el tiempo es cíclico. Por eso muchas de sus religiones creen en la reencarnación, en la vida como un proceso eterno sin principio ni fin. En las filosofías orientales, el principio y el fin, la vida y la muerte, el tiempo y el espacio, son una misma cosa, conforman un todo homogéneo.

En el siglo XX, la teoría de la relatividad de Einstein revolucionó el mundo al descubrir  que el tiempo es relativo y que depende de muchos factores: la percepción del espacio y el tiempo depende del estado de movimiento del observador. Dicho de un modo más sencillo, viene a ser como el hecho de que cada uno cuenta la fiesta según le ha ido: la misma fiesta puede ser vivida por algunos como una gran celebración, intensa y breve, o como un verdadero tostón de horas sucesivas y lentas por otros, los que no se divierten.

El tiempo, en realidad, es tan relativo que nos produce perplejidad. No transcurre igual para una ejecutiva de Wall Street que para una monja tibetana, ni significa lo mismo para un enfermo terminal que para un bebé sin conciencia del tiempo.

El tiempo es relativo porque una hora no es vivida del mismo modo por un preso a punto de ser ejecutado que por un enamorado que va a encontrarse con su amada. El tiempo transcurre de manera diferente cuando estamos disfrutando que cuando estamos sufriendo, y tampoco es lo mismo para alguien que espera, que para el que no espera nada.


El tiempo, entonces, lo percibimos desde donde estamos, condicionados por nuestro tamaño, nuestro idioma, nuestra cultura, y las actividades que estamos realizando o las circunstancias en las que estamos. Nueve segundos de vibración sísmica pueden hacerse eternos para los humanos que viven un terremoto bajo sus pies, pero en tiempos cósmicos no es nada.

Lo más increíble es la dualidad del tiempo: por un lado es invariable y continuo, marcado por el tic-tac de los segunderos, y por otro lado es relativo, dependiendo de quién y cómo lo estemos viviendo. Una prueba física que tenemos de esta relatividad espacio-temporal es que un astronauta en el espacio envejece más lentamente que su gemelo en la Tierra. Al viajar a esas velocidades y no estar sujeto a la gravedad del planeta, el tiempo no transcurre de igual modo para él.

 Otra prueba quizás sea la enajenación que siente el humano posmoderno de sí mismo y de su tiempo. Pasamos tantas horas al día trabajando (en el trabajo y en casa, y moviendonos de un lugar al otro) y cumpliendo con obligaciones, que ya sentimos que el tiempo no es nuestro. Es de los demás: mi tiempo es de mi jefe, de mis hijos, de mi proyecto profesional, pero ya no es nuestro como en la infancia, en que una tarde era siempre una eternidad para ser disfrutada. Uno no manejaba el paso de las horas; sólo que llegaba en algún momento el atardecer y luego anochecia, tiempo de volver a casa después del juego y el callejeo. 

En el campo el tiempo también pasa distinto que en la ciudad, donde encontrar tiempo para enamorarse y vivir una historia profunda es ya muy difícil. La gente del campo en cambio tiene tiempo para trabajar, para saludarse, para contemplar el paisaje, para dedicarlo a sus seres queridos. No ve los amaneceres atascado en una autopista, dentro del coche y con la angustia de llegar tarde. Puede celebrar la salida del sol. Un día más.

Uno de los fenómenos más fascinantes para el ser humano es la pérdida total de la conciencia del tiempo, por ejemplo cuando nos quedamos dormidos y al despertar no entendemos por qué es de noche ni cómo han podido pasar así las horas. El tiempo también se detiene haciendo el amor, viendo una película, charlando con un@ amigo@, o mirando el fuego de la hoguera. Al volver a la realidad nos sorprendemos porque sentimos que nuestra concepción del tiempo no es la misma que la del reloj; bien porque la nuestra es más lenta o más rápida, o porque hemos podido sentir que lo apresábamos y lo parábamos.


Esa sensación de estar parados en el tiempo es lo más parecido al concepto abstracto de eternidad, por eso sucede tan pocas veces y siempre en contextos extraordinarios, alejados de la rutina del día a día. Son estados en los que la estructura rígida del tiempo se rompe, se hace elástica. Nuestro cerebro, al menos, lo percibe de otro modo, aunque no sepa explicar cómo. Y es que, esta pequeña masa gris ha sido la única con capacidad para percibir el tiempo, pensarlo, einvestigarlo, pero siempre desde su subjetividad y su pequeñez.

Por eso lo más probable es que aún nos quede mucho para llegar a entenderlo, y que nunca podamos manejarlo a nuestro antojo…
 

Más info: http://eltamiz.com/elcedazo/2009/08/17/analisis-de-las-paradojas-del-viaje-en-el-tiempo/

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