28 de marzo de 2010

El Romanticismo Patriarcal


Foto de Eduardo Morales, es una seta abulense


Herrera Gómez, Coral: EL ROMANTICISMO PATRIARCAL, Marzo 2010.

El Amor Romántico


Nuestra cultura amorosa occidental es hija de la gran ola romántica del XIX, una época en la que los hombres eran ciudadanos de pleno derecho y las mujeres meros objetos de deseo. Como si de una droga se tratase, a través de la mujer idealizada los enamorados emprendían su búsqueda hacia el conocimiento, hacia la trascendencia, la belleza sublime, la felicidad eterna. La imagen estereotipada del romanticismo que compartimos es una época de abundante creatividad literaria y artística en la que los hombres son los artistas que escriben, que piensan, que pintan, esculpen y aman, y las mujeres son las amadas, damas distantes que provocan dolor. Los románticos no se enamoraban de campesinas o de proletarias, sino de princesas, mujeres etéreas confinadas en espacios asfixiantes, féminas imposibles de alcanzar por diversos motivos (están casadas, comprometidas, están reservadas a hombres de mayor rango...).


Lo que nos ha llegado del Romanticismo son los sentimientos exacerbados, la individualidad a ultranza, la profundidad y el arrebato de las emociones, el tormento que se vive desde y para el interior de uno mismo. Más que la persona amada, lo que importa a los románticos es la rebeldía contra una realidad que no se adecúa a sus deseos, y por tanto, la necesidad de evasión a mundos fantásticos o paisajes exóticos. El romántico está dominado por la insatisfacción permanente del que ama y la necesidad de perder el tiempo en elucubraciones poéticas en torno a sus zozobras sentimentales. Lo motiva a crear el deseo de alcanzar cúspides utópicas, perfectas y eternas. Por eso se suicida si no lo logra, en lo que hoy interpretaríamos como una especie de tolerancia cero a la frustración, en una oposición salvaje al no y a la realidad pura y dura.


El romántico está fascinado por la búsqueda de la fusión primigenia, el encuentro con la totalidad, pero desde el sentimiento de pérdida y desesperanza. Es un niño que quiere volver al vientre materno, un lugar lleno de paz y de necesidades colmadas, y que emplea el resto de su vida en soñar con el paraíso perdido a través de la figura de la amada. El Yo trágico se verá representado en la figura del genio, surgida en el Renacimiento, recuperada por el neoplatonismo, y exacerbada en el Romanticismo, según Rafael Argullol (1984) . En el siglo XIX, el artista genial (pensado en masculino, insisto) adquiere la clara conciencia de su total independencia de las reglas y de las normas; su arte se basa en la inspiración. El artista y el escritor romántico buscan en su Yo más profundo la materia prima de su creatividad; por eso quizás la egolatría y el deseo de grandeza del creador, que ha de demostrar que “su mundo no es este” a través de actos heroicos como el suicido o los actos de autodestrucción.


El Romanticismo, sin duda, introdujo un elemento novelesco dentro de la vida individual, una especie de neoplatonismo idealizante, un sentimiento trágico de la vida mezclado con grandes dosis de victimismo y una serie de barreras autoimpuestas para experimentar el dolor más desgarrador. En las novelas del siglo XIX sus protagonistas se desenvuelven en angustias existenciales, deseos de plenitud y desbordamiento emocional. Los románticos y las románticas necesitaban subidones de adrenalina, incendios del alma, desesperación por alcanzar la eternidad, frustración continua por no poder alcanzar la felicidad. Los enamorados se declaraban esclavos de sus amados y amadas, y cometían todo tipo de locuras y excesos irracionales por amor.


En el XIX, la novela alcanza su máxima expresión con el sentir romántico. En ella, los grandes ideales a alcanzar eran el amor y la libertad, dos abstracciones a través de las cuales lograr la autorrealización, encontrarse consigo mismo y encontrar un por qué a la existencia. A través del deseo de fusión, el romántico realiza una búsqueda de sentido, pretende hallar una respuesta a las preguntas, una forma de acabar con la incontingencia, una manera de controlar el futuro. El amor romántico es, así, un instrumento para elevarse por encima de la miseria humana y para enajenarse, evadirse, vivir otras realidades, llevar la propia hacia el extremo.


La reivindicación del Romanticismo fue la individualidad frente a la colectividad, el yo frente a la masa; es el sálvese quién pueda, por eso la actitud romántica nace con el capitalismo y la clase acomodada de la burguesía. El romanticismo es, de este modo, individualista, aristócrata y libertaria a un tiempo. El artista se siente desengañado del mundo, pero también se siente el centro de su mundo, el lugar desde el que se relaciona con los demás. Por ello si la realidad que se le impone no le gusta, tiene derecho a expresar su rabia, como un niño mimado, en forma de angustia sublimada.


El Romanticismo expresa un sentir dramático, una especie de tormento narcisista, una forma infantil de relacionarse con el mundo y una manera de soñar utopías irrealizables de carácter egoísta. El romántico se rebela, pero en lugar de luchar huye hacia lugares de ensueño, paisajes exóticos, atardeceres sublimes, lugares remotos donde la realidad no le alcanza. Desea cambiar el mundo, pero como no sabe organizarse políticamente con el resto de los descontentos, prefiere huir e imaginar un mundo mejor, construido imaginariamente a su medida. El poeta romántico siempre está insatisfecho, no se adapta a las convenciones, reniega de la realidad y pretende trascenderla a través del amor.


Los héroes románticos son seres solitarios, asociales; como héroes trágicos se hallan en guerra perpetua contra el universo carcelario que les rodea y que advierten también en su interior. Huyen de la soledad, pero la necesitan, del mismo modo que desean sufrir. Denis de Rougemont (1939), defiende la idea de que el amor romántico está basado en el tormento continuo, que nos eleva espiritualmente. El sufrimiento y la idea de la muerte intensifican la realidad cotidiana, dotándola así de una dimensión grandiosa. Por eso los románticos asumen el dolor y el placer como hermanos inseparables. Es más, sufren innecesariamente porque se pasan el día subyugados por la fuerza de lo subjetivo, por el narcisismo ególatra que les impide pensar en otra cosa que no sea su ego, y sus sentimientos.


El amor romántico entre dos personas, entonces, constituye una utopía emocional colectiva, porque por definición el deseo es aquello que nos mueve a alcanzar algo que no poseemos; por ello siempre, o casi siempre, va acompañado de frustración. El amor romántico es un sentimiento idealizado que utilizamos para calmar nuestro miedo a la vida y a la soledad; es un amor insaciable y además no es un fin en si mismo, sino un medio para ser feliz, para autorrealizarse, para huir de la soledad que nos acompaña toda la vida, o para sentir emociones que nos hagan sentir vivas. Pero nunca logramos que ese estado de embriaguez dure mucho tiempo, principalmente porque va acompañado de una tormenta química que se agota con el tiempo. Por eso, en general, los románticos no disfrutan del amor real, vivido en pareja, anclado a la cotidianidad. En el XIX, el que ama románticamente lo vive como una condena, y, es incapaz, “como le ocurre a Hyperion (de Hölderlin), de ser feliz incluso en las situaciones que aparentemente deberían reportarle felicidad, aspira a tal riqueza que se pierde en los espacios del deseo” (Argullol, 1984).






El Romanticismo Femenino 


La posición del sujeto femenino en el Romanticismo fue muy contradictoria, porque, pese a las ansias de libertad e igualdad de los románticos, estos seguían (continuando con la cerrazón de la Ilustración) refiriéndose al sujeto masculino al hablar del ser humano. El sujeto femenino en realidad era objeto de deseo, de devoción, más que sujeto de pleno derecho, como sucedió en el siglo XII con las damas del “amor cortés”, objetos de deseo y admiración encerradas en palacios y castillos.


Por una parte, el Romanticismo parecía fomentar la participación de las mujeres mediante la revalorización del sentimiento y la individualidad, que hasta entonces habían sido considerados despreciativamente como cosas de mujeres, debilidad del espíritu, flaqueza de voluntad. Así, fue un gran avance que los hombres comenzaran a hablar el lenguaje sentimental de las mujeres y lo embellecieran, pero de algún modo se reapropiaron de ese mundo, en el que brillaron como grandes artistas, relegando a las poetas, pintoras y escritoras románticas al anonimato o a esconderse tras pseudónimos masculinos. Fue el caso de Amandine Aurore Lucile Dupin, que triunfó como George Sand. Los intelectuales románticos a menudo se burlaron de las creadoras, minimizaron el impacto de sus obras, y criticaron con saña su condición de mujeres cultas. Sin embargo, a nuestros días han llegado las novelas de Mary Shelley, las Hermanas Brönte, Jane Austen, lo que demuestra que las mujeres escribían grandes novelas de amor. Aquí se hicieron un hueco en la literatura, entre otras, Rosalía de Castro, Carolina Coronado o Emilia Pardo Bazán.


Según el estudio de Susan Kirpatrick (1991), las mujeres encontraban difícil asumir la pasividad a las que se las confinaba como objeto de deseo; su necesidad de verse como sujetos estaba en contraposición a la norma social de la mujer encerrada en el ámbito doméstico, sin posibilidad de vivir aventuras, de trascender su mundo, de dirigir libremente sus pasos hacia la felicidad, o hacia la belleza, o hacia el amor. Por ello algunas escritoras románticas pusieron al descubierto en sus novelas la falsedad y la naturaleza opresiva del modelo de la subjetividad femenina como ángel doméstico.


Con respecto a las lectoras románticas, Gilles Lipovetsky analiza en La Tercera Mujer (1999) los efectos del romanticismo y afirma que la ideología amorosa de nuestra sociedad patriarcal ha contribuido a reproducir la representación social de la mujer dependiente del hombre por naturaleza, incapaz de acceder a la plena soberanía de sí. El autor cree que el amor ocupa un lugar privilegiado en la identidad y los sueños femeninos debido principalmente a tres fenómenos: la asignación de la mujer al papel de esposa, la inactividad profesional de las mujeres burguesas, y su consiguiente necesidad de evasión en lo imaginario.


En este siglo, el amor romántico incide más en las mujeres debido a la promoción moderna del ideal de felicidad individual y la legitimación progresiva del matrimonio por amor. Muchas ven en esta institución la posibilidad de alcanzar una autonomía, de lograr la libertad a través del amor, de sumergirse en la armonía y la felicidad conyugal. Ello propició lo que Shorter denomina la “primera revolución sexual”, que se acompaña de una mayor atención hacia los propios sentimientos, un compromiso femenino más completo con la relación amorosa, una “sexualidad afectiva” que privilegia la libre elección de la pareja en detrimento de las consideraciones materiales y de la sumisión a las reglas tradicionales. Las consecuencias de esta revolución fueron, según Lipovetsky, el aumento de la actividad sexual preconyugal y de los nacimientos ilegítimos.


A medida que retrocedía la costumbre de imponer un marido a las jóvenes, éstas soñaban con integrar el amor en su vida matrimonial, aspiraban a mayor intimidad en las relaciones privadas, a oír hablar de amor, a expresar sus sentimientos. En el siglo XIX “no hay muchacha que no sueñe con enamorarse, con encontrar el gran amor, con dar el sí al príncipe azul”, probablemente a causa de que el romanticismo sentimental femenino se vio exacerbado por un frenesí de lectura de novelas románticas publicadas por entregas en las revistas femeninas . En aquel tiempo proliferó toda una literatura destinada a las mujeres, centrada en la vida de pareja, las pasiones, y el adulterio.


El fenómeno pronto causa alarma social, porque se piensa que estos folletines “trastornan la imaginación de la joven, dan al traste con su inocencia, provocan secretos pensamientos y deseos desconocidos”, por ello resulta imperativo controlar lo que se lee: “En las familias burguesas, los padres prohíben a las muchachas la lectura de las novelas de Loti, Bourguet, Maupassant, Zola; creyentes y anticlericales suscriben la idea de que “una joven honesta jamás lee libros de amor”. (…) Con toda evidencia, tales condenas no consiguieron sofocar la violenta pasión femenina por la lectura, y numerosas jóvenes leían a escondidas de sus padres novelas sentimentales en ediciones baratas” (Lipovetsky, 1999).


Son muchos los teóricos que afirman que las mujeres en las novelas románticas modernas poseen un gran poder, porque son independientes e inteligentes, y poseen una energía arrasadora, como es el caso de la protagonista de Cumbres borrascosas, según Lourdes Ortiz (1997), la novela más “inconformista y brutal de la primera mitad del siglo XIX”. Fue escrita por una mujer de 28 años, Emily Brontë, quien descubre una verdad que espantaba a la moral victoriana de su tiempo: los hombres y las mujeres son iguales y ambos aman con la misma pasión.


Sin embargo, lo curioso de los escritores románticos es que creaban también personajes femeninos poderosos, aunque siempre las condenaran a la muerte o el ostracismo (Emma Bovary, Anna Karenina, la Regenta, Carmen). Castigar su libertad individual y su desbordante apetito sexual y amoroso es una especie de catarsis, una forma de ahuyentar el miedo masculino al poder devastador de la fémina insaciable. Este mito ancestral representa un miedo masculino muy antiguo, ya presente, por ejemplo, en la cosmogonía griega, plagada de diosas vengativas y crueles y monstruos femeninos perversos y devoradores.


En el siglo XX los personajes femeninos se dulcifican y se pretende instaurar en el colectivo imaginario el estereotipo de la mujer buena, abnegada y entregada por completo a la aventura del amor (probablemente la única aventura que va a vivir en su vida). Sin embargo, hemos de destacar que este proceso de invasión del amor romántico en la vida de las mujeres sólo tuvo lugar en el seno de las clases medias, ya que las mujeres trabajadoras eran en su mayoría analfabetas y no tenían tiempo de entregarse al ocio romántico, ni necesidad alguna de mitificar el matrimonio, que no las sacaba de pobres. La realidad era que muy pocos proletarios y obreros podían casarse (recuerden los míseros sueldos y las interminables jornadas laborales que sufrían). Las mujeres que anhelaron el amor romántico fueron las mujeres que no tenían doble jornada laboral, ni ancianos, ni enfermos, ni decenas de chiquillos hambrientos a su alrededor.


Sólo con el desarrollo de las clases medias y la globalización en la era de los medios de comunicación de masas, el romanticismo se ha extendido por todo el planeta, gracias principalmente a la industria cinematográfica de Hollywood y sus happy end representados simbólicamente a través de la boda (el día más importante en la vida de una mujer).


El proceso de expansión del romanticismo como modelo amoroso se consolidó a partir de la Segunda Guerra Mundial, cuando la prensa del corazón, la literatura llamada “rosa” y las fotonovelas inundan el mercado cultural. En E.E.U.U. el sector de las novelas sentimentales prospera como nunca; algunas mujeres compran hasta 80 libros al año. En Italia el público de las fotonovelas se estima en 12 millones de personas; se publican 10.000 títulos entre 1946 y finales de los años 60. La famosa colección Harlequín aparece en 1958 y en 1977 alcanza una difusión de 100 millones de ejemplares .


Todas estas publicaciones difundieron a gran escala el ideal romántico femenino, y con él las virtudes de la fidelidad y la virginidad, la imagen de la “mujer Cenicienta” (Dowling, 1992) que espera realizarse tras la llegada de un hombre extraordinario. En ellas siempre se da por supuesto el deseo imperioso de la mujer por lograr el objeto de deseo (el hombre) para luego domesticar el amor, y domesticarlo a él, salvando todos los obstáculos y logrando un final feliz a través de la boda que le da una dimensión dramática y narrativa al romance.


En la actualidad el romanticismo sigue siendo tan importante para las mujeres porque nos ofrece, en forma de mitos y relatos, una especie de utopía libertaria, un ideal de pareja en el que nuestro amado nos considerará sus compañeras y nos tratará como a iguales y nos querrá para siempre, tan incondicionalmente como nuestro padre nos ama. Esta necesidad de enamorar a un hombre viene reforzada dada por una imposición social y económica, pues nuestro mundo está ideado para que la gente se aúne en grupos de dos, empezando por el qué dirán y terminando con las ventajas fiscales del matrimonio.


Anthony Giddens (1995) ha señalado que si las mujeres leen apasionadamente novelas románticas es porque adquieren leyéndolas una perspectiva moral que permite contemplar el curso de la vida como aquel terreno de juego donde se puede realizar un proyecto vital: la construcción en común de un destino compartido. En cambio, el atractivo del amor romántico para las mujeres reside, según Enrique Gil Calvo (2000), en que ellas son las protagonistas, sujetos que desean: “la absorción del otro queda integrada en la orientación característica de la “búsqueda”. La búsqueda es una odisea, en la que la identidad del yo espera su validación del descubrimiento del otro. Tiene un carácter activo y en este sentido la novela moderna contrasta con las historias medievales, en las que la heroína es habitualmente pasiva”.


Según Georges Duby , hemos sobrevalorado el amor porque implica un reconocimiento del derecho a ejercer cierto dominio sobre los hombres, porque preconiza comportamientos masculinos que toman más en consideración la sensibilidad, la inteligencia y la libre decisión de las mujeres. También Lipovetsky opina que a través del amor la mujer aspira a un reconocimiento y una valoración de sí en cuanto persona individual, incambiable, única.


Y es que el amor nos hace sentirnos protagonistas del relato, nos hace sentir especiales para otra persona, diferenciadas del resto. A menudo, una mujer que nace en una sociedad donde no se le permite trabajar o dedicarse a la investigación o la cultura, sólo alcanza prestigio a través del matrimonio. Por eso se nos educa en la cultura patriarcal para que seamos narcisistas, sumisas, dependientes y susceptibles de ser amadas y deseadas por un hombre.


Así, que como vemos, el amor romántico por un lado es transgresor y liberador, y por otro lado reaccionario y preñado de la ideología patriarcal. En el amor romántico el uno necesita al otro para fusionarse: el mito de la media naranja nos hace creer que no somos un ser completo hasta que nos juntamos a otra mitad. Además, el romanticismo está basado en un modelo de pareja heterosexual y en la repartición de roles tradicional que crean hombres que necesitan mujeres, y mujeres que necesitan hombres. La necesidad, sin embargo, no tiene que ver mucho con la libertad y el deseo.


Y a pesar de ello, tampoco las relaciones amorosas homosexuales han logrado aún trascender el reparto de roles tradicionales, las relaciones de dominación y las luchas de poder. El amor homo y hetero comparten asimismo la idolatría del otro, el entusiasmo ante la conquista, y la posterior decepción cuando cesa la tormenta química y el paso del tiempo les descubre que el amor es un mito. El romantcisimo es entonces una especie de religión individualista en la que depositamos nuestros anhelos de alcanzar la felicidad eterna.


Las mujeres hemos sido más vulnerables a la tragedia romántica porque nos han educado para que nos pasemos la vida deseando que un hombre nos salve y nos colme la existencia (como Isolda, Melibea, Julieta, la Bella Durmiente, Cenicienta, Blancanieves…). En este sentido, las conquistas legales, jurídicas, sociales y económicas de las mujeres en materia de igualdad deben acompañarse también de una lucha por liberar al amor de la necesidad. Es decir, de lograr que las mujeres tengan otras metas en la vida más importantes que lograr un hombre que las ame, para que así puedan relacionarse con ellos en un plano de igualdad y de libertad.


A pesar de que muchas mujeres tienen independencia económica, vida social intensa y en ocasiones éxito en su desarrollo profesional, todavía son muchas las que no se sienten completas sin un hombre a su lado. Quizás porque las películas, los relatos, las canciones, nos siguen seduciendo con el mito del príncipe azul o la princesa rosa, y sus finales felices, que causan una tremenda frustración en casi todos nosotros, más grande cuanto más idealizamos las relaciones de pareja.Así pues, la mayor parte de nosotras nos hemos creído el cuento de hadas; en definitiva, nos han seducido para que nuestra mayor meta en la vida sea encontrar un hombre ideal, o al menos, no quedarnos solas, como si las mujeres fueramos dependientes por naturaleza.


Prueba de que esto no es cierto es la cantidad de mujeres viudas, divorciadas y solteras que declaran vivir mejor sin aguantar o sin ser criadas de nadie. En la madurez las mujeres se empoderan porque ya saben que la idea que les vendieron es falsa, que la felicidad no reside en otras personas sino en una misma, y ya han asumido e incluso disfrutan de la soledad y la independencia que las permite viajar, aprender, y llevar una vida intensa y al margen de una relación de dependencia mutua.




La transformación del romanticismo


Mientras el patriarcado va eliminandose de las estructuras legales y económicas de nuestra sociedad, sigue sin embargo muy arraigado en la cultura, y en los relatos amorosos. En la producción de sentido, en la creación cultural es donde creadores y creadoras han de aportar su granito de arena en la representación de modelos amorosos más igualitarios. Por ello creo que hay que comenzar a construir personajes femeninos que protagonizan la historia de su vida, que toman las riendas de sus problemas, que no esperan toda la vida a que las salve un príncipe azul o una princesa rosa.


Se trataría de (de)construir los estereotipos tradicionales que representan a las mujeres como seres débiles, sumisas, incapaces de hacer nada, victimistas, infantilizadas, caprichosas, y perversas. Y comenzar a representar modelos positivos de mujeres que luchan, que tienen conciencia de su poder, que crean redes sociales de apoyo mutuo, que logran que su identidad y su autoestima no varíen dependiendo de si un hombre las valora. También sería esencial construir, paralelamente, personajes masculinos que sepan compartir el protagonismo y valorar las habilidades de su compañera de reparto.


Lo ideal sería trabajar en la transformación cultural del patriarcado, paralelamente a la lucha por la igualdad política, social y económica. Así, podríamos innovar en la creación de contenidos antipatriarcales, en definitiva, crear representaciones simbólicas de relaciones amorosas menos egoístas e interesadas, y alejadas del patrón dominio-sumisión tradicional. Sólo así podremos transformar el romanticismo patriarcal, en nuestra era posmoderna, en un romanticismo igualitario, construido desde la necesidad humana de dar y recibir afecto, que en definitiva es la base del amor.




Otros artículos de la autora: 



El Mito del Matrimonio 





KATE Y GUILLERMO: Las bodas reales como acontecimiento mediático







BIBLIOGRAFÍA


1) Argullol, Rafael: “El héroe y el único. El espíritu trágico del Romanticismo”, Taurus, Madrid, 1999
2) Bornay, Erika: “Las hijas de Lilith”, Ensayos Arte Cátedra, Madrid, 1998.
3) Bou, Nuria: “Diosas y tumbas. Mitos femeninos en el cine de Hollywood”. Icaria, 2006.
4) Cerceda, Miguel: “El origen de la mujer sujeto”, Colección Metrópolis, Tecnos, Madrid, 1996.
5) De Rougemont, Denis: “El amor y Occidente”, Editorial Kairós, Barcelona, 1939.
6) Dowling, Colette: “El complejo de Cenicienta”, Mondadori, Barcelona, 2003.
7) Giddens, Anthony: “La transformación de la intimidad. Sexualidad, amor y erotismo en las sociedades modernas”, Cátedra, Madrid, 1995.
8) Gil Calvo, Enrique: “Medias miradas. Un análisis cultural de la imagen femenina”, Anagrama, Barcelona, 2000.
9) Kirkpatrick, Susan: “Las Románticas. Escritoras y subjetividad en España”, Feminismos, Cátedra, Madrid, 1991.
10) Lipovetsky, Gilles: “La tercera mujer”, Anagrama, Colección Argumentos, 1999.
11) Ortiz, Lourdes: “El sueño de la pasión”, Planeta, Barcelona, 1997.




 Coral Herrera Gómez

20 de marzo de 2010

La estereotipación negativa de los feminismos y la invisibilización de los estudios de género






Los estudios de género deberían formar parte del contenido curricular en la educación básica y en la Universidad. No es justo que todas las obras y hazañas de mujeres en el área de la ciencia, de la política, de las artes están invisibilizadas y apartadas de los ámbitos académicos. Cuando yo comencé a leer sobre teoría feminista, me di cuenta de que lo que yo había estado estudiado durante veinte años seguidos era la Historia de los Hombres. Excepto Cleopatra y la Reina Isabel la Católica, todos los reyes, príncipes, emperadores, zares, caudillos, gobernantes, condes, marqueses, militares y papas han sido hombres. 

Seneca Falls


No sólo en Historia: en Literatura todos los poetas, escritores y editores son hombres; solo recuerdo a Santa Teresa de Ávila y a Rosalía de Castro como ejemplos de mujeres creadoras. En Filosofía, todos los autores importantes (Aristóteles y Platón, San Agustín y Santo Tomás, Rousseau y Hobbes, Locke y Erasmo, Ortega y Marx...), pero nada de María Zambrano o Hanna Arendt hasta que llegué a la Universidad. Yo he estudiado a los grandes artistas (Miguel Ángel, Velázquez, Beethoven, Mozart, Picasso) y también he leído sobre los científicos más grandes (Galileo, Newton, Einstein), pero sólo recuerdo a una mujer científica importante: Madame Curie.


Cuando empecé a leer sobre mujeres que gobernaron países, que escribieron, que pintaron, que pensaron, que compusieron música, que descubrieron cosas importantes para la Ciencia, me pregunté cómo era posible que nadie me hubiera hecho notar la invisibilidad de las mujeres en los libros de texto mientras me contaban las guerras y las batallas de los Hombres. 



Empecé a leer sobre las mujeres que a lo largo de los siglos se han organizado para luchar por sus derechos y sus libertades;  muchísimas de ellas han sufrido y sufren aún ostracismo social, torturas y vejaciones. A lo largo de los siglos, las mujeres feministas han sido encarceladas, violadas y asesinadas sólo por defender la igualdad. 





Cuando me paro a pensar en los logros de esa lucha en las democracias actuales, me doy cuenta de la importancia que ha tenido para mí y para mi generación porque gracias a ellas puedo estudiar y trabajar, elegir con quién comparto mi sexualidad y mis emociones, elegir el momento de mi maternidad, configurar mi proyecto vital yo sola, etc. Y me emociono comparándome con mi abuela, que vivió toda la dictadura franquista y asumió su ideología católica y misógina, y con mi madre, que salió a las calles para luchar por sus derechos y por los míos.


Lo terrible no es solo es silenciamiento de estas luchas, sino que además muchos piensan que ya es suficiente porque la ley nos reconoce la igualdad de derechos que reclamábamos, a pesar de que las cifras muestren que esas leyes no se cumplen.  Los feminismos gozan de escasa reputación porque al poder le ha interesado transmitir una  visión estereotipada y negativa del feminismo; muchos siguen creyendo que el feminismo y el machismo son lo mismo, y nos acusan a las feministas de ser odiadoras de hombres, pese a que nosotras no deseamos imponer el poder femenino para instaurar un sistema violento y jerárquico como el patriarcado en el que dominen las mujeres. 





Los feminismos no quieren imponer un matriarcado basado en la violencia contra el hombre, como ha sido el patriarcado hasta ahora. No desean dejarlos sin voto, ni violarlos en las guerras, ni mutilar sus genitales en pro de una tradición cultural, ni confinarlos en el ámbito doméstico, ni quiere matarlos por adulterio. Los feminismos no pretenden que los hombres sean propiedad de sus madres y luego de sus mujeres, ni desea que los hombres cobren salarios más reducidos, ni tampoco querría desterrarlos de las cúpulas de poder mediático, empresarial y político. No quiere traficar con cuerpos masculinos para el disfrute de los femeninos, ni desea que los niños varones estén desnutridos o abandonados en orfanatos, ni, por supuesto, promovería 
su marginación social o económica. Tampoco vetarían el acceso a la escuela a los niños varones, ni les prohibirían el acceso a la Sanidad y la Universidad. 

Comprendan que eso es una locura que no promueven los feminismos, que han luchado siempre por la igualdad entre mujeres y hombres. 



el feminismo no quiere esta imagen al revés





Es una cosa muy simple de entender que los feminismos son algo más diverso, más complejo y más fascinante que el estereotipo hembrista que circula por el espacio social. Sin embargo, cuando en mis clases cuando pregunto quién es feminista, nadie levanta la mano, ni hombres ni mujeres. Cuando pregunto por qué, el argumento es siempre el mismo: "es que yo estoy a favor de la igualdad, no de que las mujeres dominen el mundo". El feminismo, sin embargo, no es una ideología anti-hombres llena de odio, rencor y miedo. Prueba de ello es la cantidad de hombres feministas que existen, y que han colaborado en esas luchas desde los años 60 en Occidente.




Los feminismos del siglo XX son, de igual modo que el pacifismo y el ecologismo, una extensión en la lucha por los derechos humanos.  Defienden la igualdad entre hombres y mujeres, y trabajan contra la discriminación que sufren las mujeres en las sociedades patriarcales. Las mujeres nos reunimos para pensar(nos), para organizarnos, para reflexionar y visibilizar la discriminación y la violencia. Los feminismos pretenden poner en cuestión las tradiciones patriarcales, reclaman un mundo más igualitario, denuncian la violencia ejercida contra mujeres y niñas en todo el planeta. 



El problema es que estas luchas de mujeres han quedado desprestigiadas por un estereotipo negativo que se ha extendido en la conciencia colectiva: la feminista que odia a los hombres y protesta por todol. Esta imagen de mujer amargada y masculinizada ha hecho mucho daño a la lucha por la igualdad; al ecologismo le pasó lo mismo cuando se comenzó a construir una imagen del movimiento como un grupúsculo de radicales irracionales.

Así que las feministas y las ecologistas son mujeres "locas", o "histéricas", o "desviadas", y eso le conviene al patriarcado para que no cunda el ejemplo.



Por eso me parece fundamental que en las escuelas, en los medios de comunicación, en los espacios públicos se visibilicen los logros de los feminismos, que son 


redes que tejemos, conglomerados de escuelas, corrientes teóricas, grupos de activismo muy variado. Los feminismos tienen un objetivo común, que es la igualdad de derechos y oportunidades, pero existen muchas ideologías en esa red de luchas y reflexiones: feminismo progre, feminismo institucional, feminismo punk, feminismo radical, feminismo comunista, feminismo anarquista, feminismo burgués, feminismo multicultural, feminismo lesbiano, post feminismo... y estudios de masculinidad que investigan cómo el patriarcado ha afectado a los hombres, a su salud mental y psíquica, a sus emociones y a sus relaciones afectivas. 

Además, dentro de los estudios de género también están los estudios gays y lesbianos, la teoría marica... y la teoría queer, que propone ir más allá del feminismo y diluir las barreras de género, integrando a la especie humana en un todo en el que caben mujeres masculinas, hombres femeninos, travestid@s, transexuales, y gente que no se siente ni una cosa ni la otra.

En ese entorno tan vasto de posibilidades, existen profundos choques entre las diferentes corrientes, pero en cualquier caso lo interesante de los estudios de género es la puesta en común de un análisis en torno a cómo el patriarcado ha afectado a la vida cotidiana de mujeres y hombres, a nuestras relaciones sexuales y afectivas, a nuestras formas de organización política, económica y social , a nuestras expresiones artísticas y nuestras producciones culturales... es simplemente analizarlo y proponer vías para que las mujeres no sigan estando invisibilizadas en los libros de texto. 


Esto en el caso de los países desarrollados, que son pocos comparados con el resto del planeta. No hace falta recordar que fuera de estas islas de privilegio (Europa y Norteamérica) 100 millones de niñas son mutiladas y privadas de su derecho a la sexualidad y al placer, a la educación y al trabajo remunerado, son apedreadas en el mundo árabe hasta la muerte, se trafica con ellas y sus cuerpos como negocio en todo el mundo, son más pobres y analfabetas y están más desnutridas que los hombres, trabajan el doble o el triple que ellos. En esos países hay muchísimo trabajo por hacer y el activismo feminista es fundamental para poder garantizar la vida de muchas mujeres. Por eso es importante proteger a las activistas amenazadas de muerte, y promover la cultura de la igualdad para lograr que más mujeres y hombres se unan al trabajo por los derechos humanos.

En el ámbito de la investigación lo justo sería visibilizar el papel de las mujeres en la Historia, sacar a la luz la cantidad de mujeres astrónomas, matemáticas, biólogas, médicas, filósofas, poetas, políticas, escultoras, arquitectas, etc. que han hecho grandes aportaciones a la Humanidad y que han sido reconocidas o despreciadas en su época. Su importancia ha quedado silenciada porque en el pasado sufrieron las burlas de sus colegas de profesión y en el presente no se las estudia en los colegios ni en las universidades. 






A mí me parece increíble que se estudie la crítica de Erich Fromm a la crítica de Marcuse sobre Freud, pero que no se hable de la crítica de Mary Wollstonecraft a Jacques Rousseau, hombre que creía en la igualdad y en la libertad, pero no en la de todo el mundo, sino solo la de los hombres. También que me parece increíble que me expliquen la Revolución Francesa sin contarme que las mujeres exigieron, al inicio de las revueltas, que la carta de derechos fundamentales del hombre también fuese para la otra mitad de la población. Lo mismo con las revoluciones socialistas: mujeres comunistas y anarquistas exigieron que antes de derribar las diferencias de clases había que derribar la inferioridad de la mujer y la superioridad del hombre, porque si no la Revolución no sería una Revolución, ni una lucha real por la igualdad de todos los seres humanos. 

El desprecio de las luchas de emancipación femenina que mantuvieron los hombres revolucionarios del siglo XVII hasta hace bien poco deslegitima, desde una perspectiva libertaria, la lucha socialista por el fin de las clases sociales y de las relaciones de dominación entre ricos y pobres, porque al mantener las jerarquías de género siguen proponiendo sistemas políticos no igualitarios.



En cualquier caso, ya va siendo hora de que las instituciones se esfuercen por dar la importancia que se merece a la lucha feminista dentro de la Historia Universal, y de que se impliquen en acabar con la idea de que las mujeres somos inferiores sólo porque a nuestras antepasadas se las prohibió el acceso a la educación, al prestigio intelectual, y a la disciplina científica. Que los grandes de la Historia hayan sido Hombres es normal en una cultura patriarcal; ya se sabe que son los vencedores los que escriben el relato histórico que la ciudadanía tendrá que estudiar y asimilar.

Ahora que las leyes democráticas fijan la igualdad de mujeres y hombres, hay que comenzar también a visibilizar una parte de nuestro pasado y nuestro presente que no nos han contado en las escuelas. Sólo para que las niñas y los niños del futuro sepan que muchas mujeres dieron su vida por alcanzar la igualdad, y que en la actualidad, muchas siguen arriesgando su libertad y su vida por los derechos de todas. 

Es necesario visibilizar estas luchas y darles la importancia que merecen, los feminismos recorren el planeta entero tratando de acabar con  la violencia y la discriminación que sufren a diario millones de mujeres en el mundo. Para ello es importante, entonces, seguir derribando mitos, estereotipos y roles, y unirnos, mujeres y hombres feministas, para poder seguir trabajando en esos cambios en la cama, en la casa, en las calles, en las instituciones, en el mundo laboral, en la cultura, en las escuelas y universidades, en los congresos y en las redes sociales.  



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